Como todos los años en La Casa Victoriana celebramos Halloween. En años anteriores hablamos del origen de la festividad, de sus ritos y juegos y de algunas de las historias de terror con las que deleitarnos en esta noche de espíritus.

Hoy repetimos con Edgar Allan Poe – años atrás publicamos El Cuervo- y uno de sus relatos de terror más aclamados La verdad sobre el caso del señor Valdemar.

Espero que lo disfrutéis.

la verdad sobre el caso valdemar
Imagen Vía Pinterest

La verdad sobre el caso del señor Valdemar

De ninguna manera me parece sorprendente que el extraordinario caso del señor Valdemar haya provocado tantas discusiones. Hubiera sido un milagro que ocurriera lo contrario, especialmente en tales circunstancias. Aunque todos los participantes deseábamos mantener el asunto alejado del público –al menos por el momento, o hasta que se nos ofrecieran nuevas oportunidades de investigación–, a pesar de nuestros esfuerzos no tardó en difundirse una versión tan espuria como exagerada que se convirtió en fuente de muchas desagradables tergiversaciones y, como es natural, de profunda incredulidad.

El momento ha llegado de que yo dé a conocer los hechos –en la medida en que me es posible comprenderlos–. Helos aquí sucintamente:

Durante los últimos años el estudio del hipnotismo había atraído repetidamente mi atención. Hace unos nueve meses, se me ocurrió súbitamente que en la serie de experimentos efectuados hasta ahora existía una omisión tan curiosa como inexplicable: jamás se había hipnotizado a nadie in articulo mortis. Quedaba por verse si, en primer lugar, un paciente en esas condiciones sería susceptible de influencia magnética; segundo, en caso de que lo fuera, si su estado aumentaría o disminuiría dicha susceptibilidad, y tercero, hasta qué punto, o por cuánto tiempo, el proceso hipnótico sería capaz de detener la intrusión de la muerte. Quedaban por aclarar otros puntos, pero éstos eran los que más excitaban mi curiosidad, sobre todo el último, dada la inmensa importancia que podían tener sus consecuencias.

Pensando si entre mis relaciones habría algún sujeto que me permitiera verificar esos puntos, me acordé de mi amigo Ernest Valdemar, renombrado compilador de la Bibliotheca Forensica y autor (bajo el nom de plume de Issachar Marx) de las versiones polacas de Wallenstein Gargantúa. El señor Valdemar, residente desde 1839 en Harlem, Nueva York, es (o era) especialmente notable por su extraordinaria delgadez, tanto que sus extremidades inferiores se parecían mucho a las de John Randolph, y también por la blancura de sus patillas, en violento contraste con sus cabellos negros, lo cual llevaba a suponer con frecuencia que usaba peluca. Tenía un temperamento muy nervioso, que le convertía en buen sujeto para experiencias hipnóticas. Dos o tres veces le había adormecido sin gran trabajo, pero me decepcionó no alcanzar otros resultados que su especial constitución me había hecho prever. Su voluntad no quedaba nunca bajo mi entero dominio, y, por lo que respecta a la clarividencia, no se podía confiar en nada de lo que había conseguido con él. Atribuía yo aquellos fracasos al mal estado de salud de mi amigo. Unos meses antes de trabar relación con él, los médicos le habían declarado tuberculoso. El señor Valdemar acostumbraba referirse con toda calma a su próximo fin, como algo que no cabe ni evitar ni lamentar.

Cuando las ideas a que he aludido se me ocurrieron por primera vez, lo más natural fue que acudiese a Valdemar. Demasiado bien conocía la serena filosofía de mi amigo para temer algún escrúpulo de su parte; por lo demás, no tenía parientes en América que pudieran intervenir para oponerse. Le hablé francamente del asunto y, para mi sorpresa, noté que se interesaba vivamente. Digo para mi sorpresa, pues si bien hasta entonces se había prestado libremente a mis experimentos, jamás demostró el menor interés por lo que yo hacía. Su enfermedad era de las que permiten un cálculo preciso sobre el momento en que sobrevendrá la muerte. Convinimos, pues, en que me mandaría llamar veinticuatro horas antes del momento fijado por sus médicos para su fallecimiento.

Hace más de siete meses que recibí la siguiente nota, de puño y letra de Valdemar:

Estimado P…:

Ya puede usted venir. D… y F… coinciden en que no pasaré de mañana a medianoche, y me parece que han calculado el tiempo con mucha exactitud.

Valdemar

Recibí el billete media hora después de escrito, y quince minutos más tarde estaba en el dormitorio del moribundo. No le había visto en los últimos diez días y me aterró la espantosa alteración que se había producido en tan breve intervalo. Su rostro tenía un color plomizo, no había el menor brillo en los ojos y, tan terrible era su delgadez, que la piel se había abierto en los pómulos. Expectoraba continuamente y el pulso era casi imperceptible. Conservaba no obstante una notable claridad mental, y cierta fuerza. Me habló con toda claridad, tomó algunos calmantes sin ayuda ajena y, en el momento de entrar en su habitación, le encontré escribiendo unas notas en una libreta. Se mantenía sentado en el lecho con ayuda de varias almohadas, y estaban a su lado los doctores D… y E..

Luego de estrechar la mano de Valdemar, llevé aparte a los médicos y les pedí que me explicaran detalladamente el estado del enfermo. Desde hacía dieciocho meses, el pulmón izquierdo se hallaba en un estado semióseo o cartilaginoso, y, como es natural, no funcionaba en absoluto. En su porción superior el pulmón derecho aparecía parcialmente osificado, mientras la inferior era tan sólo una masa de tubérculos purulentos que se confundían unos con otros. Existían varias dilatadas perforaciones y en un punto se había producido una adherencia permanente a las costillas. Todos estos fenómenos del lóbulo derecho eran de fecha reciente; la osificación se había operado con insólita rapidez, ya que un mes antes no existían señales de la misma y la adherencia sólo había sido comprobable en los últimos tres días. Aparte de la tuberculosis los médicos sospechaban un aneurisma de la aorta, pero los síntomas de osificación volvían sumamente difícil un diagnóstico. Ambos facultativos opinaban que Valdemar moriría hacia la medianoche del día siguiente (un domingo). Eran ahora las siete de la tarde del sábado.

Al abandonar la cabecera del moribundo para conversar conmigo, los doctores D… y F… se habían despedido definitivamente de él. No era su intención volver a verle, pero, a mi pedido, convinieron en examinar al paciente a las diez de la noche del día siguiente.

Una vez que se fueron, hablé francamente con Valdemar sobre su próximo fin, y me referí en detalle al experimento que le había propuesto. Nuevamente se mostró dispuesto, e incluso ansioso por llevarlo a cabo, y me pidió que comenzara de inmediato. Dos enfermeros, un hombre y una mujer, atendían al paciente, pero no me sentí autorizado a llevar a cabo una intervención de tal naturaleza frente a testigos de tan poca responsabilidad en caso de algún accidente repentino. Aplacé, por tanto, el experimento hasta las ocho de la noche del día siguiente, cuando la llegada de un estudiante de medicina de mi conocimiento (el señor Theodore L…l) me libró de toda preocupación. Mi intención inicial había sido la de esperar a los médicos, pero me vi obligado a proceder, primeramente por los urgentes pedidos de Valdemar y luego por mi propia convicción, de que no había un minuto que perder, ya que con toda evidencia el fin se acercaba rápidamente.

El señor L…l tuvo la amabilidad de acceder a mi pedido, así como de tomar nota de todo lo que ocurriera. Lo que voy a relatar ahora procede de sus apuntes, ya sea en forma condensada o verbatim.

Faltaban cinco minutos para las ocho cuando, después de tomar la mano de Valdemar, le pedí que manifestara con toda la claridad posible, en presencia de L…l, que estaba dispuesto a que yo le hipnotizara en el estado en que se encontraba.

Débil, pero distintamente, el enfermo respondió: «Sí, quiero ser hipnotizado», agregando de inmediato: «Me temo que sea demasiado tarde.»

Mientras así decía, empecé a efectuar los pases que en las ocasiones anteriores habían sido más efectivos con él. Sentía indudablemente la influencia del primer movimiento lateral de mi mano por su frente, pero, aunque empleé todos mis poderes, me fue imposible lograr otros efectos hasta algunos minutos después de las diez, cuando llegaron los doctores D… y F…, tal como lo habían prometido. En pocas palabras les expliqué cuál era mi intención, y, como no opusieron inconveniente, considerando que el enfermo se hallaba ya en agonía, continué sin vacilar, cambiando, sin embargo, los pases laterales por otros verticales y concentrando mi mirada en el ojo derecho del sujeto.

A esta altura su pulso era imperceptible y respiraba entre estertores, a intervalos de medio minuto.

Esta situación se mantuvo sin variantes durante un cuarto de hora. Al expirar este período, sin embargo, un suspiro perfectamente natural, aunque muy profundo, escapó del pecho del moribundo, mientras cesaba la respiración estertorosa o, mejor dicho, dejaban de percibirse los estertores; en cuanto a los intervalos de la respiración, siguieron siendo los mismos. Las extremidades del paciente estaban heladas.

A las once menos cinco, advertí inequívocas señales de influencia hipnótica. La vidriosa mirada de los ojos fue reemplazada por esa expresión de intranquilo examen interior que jamás se ve sino en casos de hipnotismo, y sobre la cual no cabe engañarse. Mediante unos rápidos pases laterales hice palpitar los párpados, como al acercarse el sueño, y con unos pocos más los cerré por completo. No bastaba esto para satisfacerme, sin embargo, sino que continué vigorosamente mis manipulaciones, poniendo en ellas toda mi voluntad, hasta que hube logrado la completa rigidez de los miembros del durmiente, a quien previamente había colocado en la posición que me pareció más cómoda. Las piernas estaban completamente estiradas; los brazos reposaban en el lecho, a corta distancia de los flancos. La cabeza había sido ligeramente levantada.

Al dar esto por terminado era ya medianoche y pedí a los presentes que examinaran el estado de Valdemar. Luego de unas pocas verificaciones, admitieron que se encontraba en un estado insólitamente perfecto de trance hipnótico. La curiosidad de ambos médicos se había despertado en sumo grado. El doctor D… decidió pasar toda la noche a la cabecera del paciente, mientras el doctor F… se marchaba, con promesa de volver por la mañana temprano. L…l y los enfermeros se quedaron.

Dejamos a Valdemar en completa tranquilidad hasta las tres de la madrugada, hora en que me acerqué y vi que seguía en el mismo estado que al marcharse el doctor F…; vale decir, yacía en la misma posición y su pulso era imperceptible. Respiraba sin esfuerzo, aunque casi no se advertía su aliento, salvo que se aplicara un espejo a los labios. Los ojos estaban cerrados con naturalidad y las piernas tan rígidas y frías como si fueran de mármol. No obstante ello, la apariencia general distaba mucho de la de la muerte.

Al acercarme intenté un ligero esfuerzo para influir sobre el brazo derecho, a fin de que siguiera los movimientos del mío, que movía suavemente sobre su cuerpo. En esta clase de experimento jamás había logrado buen resultado con Valdemar, pero ahora, para mi estupefacción, vi que su brazo, débil pero seguro, seguía todas las direcciones que le señalaba el mío. Me decidí entonces a intentar un breve diálogo.

–Valdemar…, ¿duerme usted? –pregunté.

No me contestó, pero noté que le temblaban los labios, por lo cual repetí varias veces la pregunta. A la tercera vez, todo su cuerpo se agitó con un ligero temblor; los párpados se levantaron lo bastante para mostrar una línea del blanco del ojo; moviéronse lentamente los labios, mientras en un susurro apenas audible brotaban de ellos estas palabras:

–Sí… ahora duermo. ¡No me despierte! ¡Déjeme morir así!

Palpé los miembros, encontrándolos tan rígidos como antes. Volví a interrogar al hipnotizado:

–¿Sigue sintiendo dolor en el pecho, Valdemar?

La respuesta tardó un momento y fue aún menos audible que la anterior:

–No sufro… Me estoy muriendo.

No me pareció aconsejable molestarle más por el momento, y no volví a hablarle hasta la llegada del doctor F…, que arribó poco antes de la salida del sol y se quedó absolutamente estupefacto al encontrar que el paciente se hallaba todavía vivo. Luego de tomarle el pulso y acercar un espejo a sus labios, me pidió que le hablara otra vez, a lo cual accedí.

–Valdemar –dije–. ¿Sigue usted durmiendo?

Como la primera vez, pasaron unos minutos antes de lograr respuesta, y durante el intervalo el moribundo dio la impresión de estar juntando fuerzas para hablar. A la cuarta repetición de la pregunta, y con voz que la debilidad volvía casi inaudible, murmuró:

–Sí… Dormido… Muriéndome.

La opinión o, mejor, el deseo de los médicos era que no se arrancase a Valdemar de su actual estado de aparente tranquilidad hasta que la muerte sobreviniera, cosa que, según consenso general, sólo podía tardar algunos minutos. Decidí, sin embargo, hablarle una vez más, limitándome a repetir mi pregunta anterior.

Mientras lo hacía, un notable cambio se produjo en las facciones del hipnotizado. Los ojos se abrieron lentamente, aunque las pupilas habían girado hacia arriba; la piel adquirió una tonalidad cadavérica, más semejante al papel blanco que al pergamino, y los círculos hécticos, que hasta ese momento se destacaban fuertemente en el centro de cada mejilla, se apagaron bruscamente. Empleo estas palabras porque lo instantáneo de su desaparición trajo a mi memoria la imagen de una bujía que se apaga de un soplo. Al mismo tiempo el labio superior se replegó, dejando al descubierto los dientes que antes cubría completamente, mientras la mandíbula inferior caía con un sacudimiento que todos oímos, dejando la boca abierta de par en par y revelando una lengua hinchada y ennegrecida. Supongo que todos los presentes estaban acostumbrados a los horrores de un lecho de muerte, pero la apariencia de Valdemar era tan espantosa en aquel instante, que se produjo un movimiento general de retroceso.

Comprendo que he llegado ahora a un punto de mi relato en el que el lector se sentirá movido a una absoluta incredulidad. Me veo, sin embargo, obligado a continuarlo.

El más imperceptible signo de vitalidad había cesado en Valdemar; seguros de que estaba muerto lo confiábamos ya a los enfermeros, cuando nos fue dado observar un fuerte movimiento vibratorio de la lengua. La vibración se mantuvo aproximadamente durante un minuto. Al cesar, de aquellas abiertas e inmóviles mandíbulas brotó una voz que sería insensato pretender describir. Es verdad que existen dos o tres epítetos que cabría aplicarle parcialmente: puedo decir, por ejemplo, que su sonido era áspero y quebrado, así como hueco. Pero el todo es indescriptible, por la sencilla razón de que jamás un oído humano ha percibido resonancias semejantes. Dos características, sin embargo –según lo pensé en el momento y lo sigo pensando–, pueden ser señaladas como propias de aquel sonido y dar alguna idea de su calidad extraterrena. En primer término, la voz parecía llegar a nuestros oídos (por lo menos a los míos) desde larga distancia, o desde una caverna en la profundidad de la tierra. Segundo, me produjo la misma sensación (temo que me resultará imposible hacerme entender) que las materias gelatinosas y viscosas producen en el sentido del tacto.

He hablado al mismo tiempo de «sonido» y de «voz». Quiero decir que el sonido consistía en un silabeo clarísimo, de una claridad incluso asombrosa y aterradora. El señor Valdemar hablaba, y era evidente que estaba contestando a la interrogación formulada por mí unos minutos antes. Como se recordará, le había preguntado si seguía durmiendo. Y ahora escuché:

–Sí… No… Estuve durmiendo… y ahora… ahora… estoy muerto.

Ninguno de los presentes pretendió siquiera negar ni reprimir el inexpresable, estremecedor espanto que aquellas pocas palabras, así pronunciadas, tenían que producir. L…l, el estudiante, cayó desvanecido. Los enfermeros escaparon del aposento y fue imposible convencerlos de que volvieran. Por mi parte, no trataré de comunicar mis propias impresiones al lector. Durante una hora, silenciosos, sin pronunciar una palabra, nos esforzamos por reanimar a L…l. Cuando volvió en sí, pudimos dedicarnos a examinar el estado de Valdemar.

Seguía, en todo sentido, como lo he descrito antes, salvo que el espejo no proporcionaba ya pruebas de su respiración. Fue inútil que tratáramos de sangrarlo en el brazo. Debo agregar que éste no obedecía ya a mi voluntad. En vano me esforcé por hacerle seguir la dirección de mi mano. La única señal de la influencia hipnótica la constituía ahora el movimiento vibratorio de la lengua cada vez que volvía a hacer una pregunta a Valdemar. Se diría que trataba de contestar, pero que carecía ya de voluntad suficiente. Permanecía insensible a toda pregunta que le formulara cualquiera que no fuese yo, aunque me esforcé por poner a cada uno de los presentes en relación hipnótica con el paciente. Creo que con esto he señalado todo lo necesario para que se comprenda cuál era la condición del hipnotizado en ese momento. Se llamó a nuevos enfermeros, y a las diez de la mañana abandoné la morada en compañía de ambos médicos y de L…l.

Volvimos por la tarde a ver al paciente. Su estado seguía siendo el mismo. Discutimos un rato sobre la conveniencia y posibilidad de despertarlo, pero poco nos costó llegar a la conclusión de que nada bueno se conseguiría con eso. Resultaba evidente que hasta ahora, la muerte (o eso que de costumbre se denomina muerte) había sido detenida por el proceso hipnótico. Parecía claro que, si despertábamos a Valdemar, lo único que lograríamos seria su inmediato o, por lo menos, su rápido fallecimiento.

Desde este momento hasta fines de la semana pasada –vale decir, casi siete meses–continuamos acudiendo diariamente a casa de Valdemar, acompañados una y otra vez por médicos y otros amigos. Durante todo este tiempo el hipnotizado se mantuvo exactamente como lo he descrito. Los enfermeros le atendían continuamente.

Por fin, el viernes pasado resolvimos hacer el experimento de despertarlo, o tratar de despertarlo: probablemente el lamentable resultado del mismo es el que ha dado lugar a tanta discusión en los círculos privados y a una opinión pública que no puedo dejar de considerar como injustificada.

A efectos de librar del trance hipnótico al paciente, acudí a los pases habituales. De entrada resultaron infructuosos. La primera indicación de un retorno a la vida lo proporcionó el descenso parcial del iris. Como detalle notable se observó que este descenso de la pupila iba acompañado de un abundante flujo de icor amarillento, procedente de debajo de los párpados, que despedía un olor penetrante y fétido. Alguien me sugirió que tratara de influir sobre el brazo del paciente, como al comienzo. Lo intenté, sin resultado. Entonces el doctor F… expresó su deseo de que interrogara al paciente. Así lo hice, con las siguientes palabras:

–Señor Valdemar… ¿puede explicarnos lo que siente y lo que desea?

Instantáneamente reaparecieron los círculos hécticos en las mejillas; la lengua tembló, o, mejor dicho, rodó violentamente en la boca (aunque las mandíbulas y los labios siguieron rígidos como antes), y entonces resonó aquella horrenda voz que he tratado ya de describir:

–¡Por amor de Dios… pronto… pronto… hágame dormir… o despiérteme… pronto… despiérteme! ¡Le digo que estoy muerto!

Perdí por completo la serenidad y, durante un momento, me quedé sin saber qué hacer. Por fin, intenté calmar otra vez al paciente, pero al fracasar, debido a la total suspensión de la voluntad, cambié el procedimiento y luché con todas mis fuerzas para despertarlo. Pronto me di cuenta de que lo lograría, o, por lo menos, así me lo imaginé; y estoy seguro de que todos los asistentes se hallaban preparados para ver despertar al paciente.

Pero lo que realmente ocurrió fue algo para lo cual ningún ser humano podía estar preparado.

Mientras ejecutaba rápidamente los pases hipnóticos, entre los clamores de: «¡Muerto! ¡Muerto!», que literalmente explotaban desde la lengua y no desde los labios del sufriente, bruscamente todo su cuerpo, en el espacio de un minuto, o aún menos, se encogió, se deshizo… se pudrió entre mis manos. Sobre el lecho, ante todos los presentes, no quedó más que una masa casi líquida de repugnante, de abominable putrefacción.

 

¡Happy Halloween, victorianos! ¡Feliz y terrorífico Samaín!

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Halloween victoriano: rituales y conjuros

Como todos los años en La Casa Victoriana no puede faltar nuestro particular homenaje a la fiesta de Halloween, una fecha en la que los victorianos disfrutaban especialmente celebrando fiestas de disfraces y escenificando toda clase de rituales relacionados con la magia y el amor.

¡Hagamos una recopilación de algunos de estos ritos eran realmente curiosos!

Los tres platos: decidme si me casaré con una bella doncella

En una mesa se colocaban tres platos: uno lleno de agua limpia, otro con agua sucia y otro vacío. A uno de los participantes en el juego se le vendaban los ojos y se le conducía hacia la mesa en la que estaban los tres platos.

A ciegas  la persona escogía uno: si su elección era el plato con agua limpia se casaría con una bella dama, si el elegido era el que contenía agua sucia sería viudo, y si la suerte le llevaba hacia el vacío sería un amargado solterón.

Este ritual podía intentarse tres veces, previo cambio de sitio de los platos.

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La dama frente al espejo: espejo, muéstrame el rostro de mi amado.

On Halloween look in the glass,

your future husband’s face will pass

Una de las tradiciones más populares entre las jóvenes era la de tratar de conocer cual sería el rostro de su futuro marido.

Para ello, la joven se encerraba en una habitación a oscuras, con la única luz de una vela iluminando el cuarto, y se colocaba frente al espejo. La superstición decía que al iluminar su imagen frente al espejo, a su lado, se reflejaría la imagen de su futuro marido.

A este ritual, a veces se le añadía un elemento adicional: la joven además de iluminar su imagen con una vela en el espejo debía ¡estar comiendo una manzana!

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Quemando nueces, ¿cuál será nuestro futuro?

The auld gudewife’s weel hoarded nits
Are round and round divided,
And monie lads’ and lasses’ fates
Are there that night decided.
Some kindle, couthie, side by side,
And burn thegither trimly;
Some start awa’ with saucy pride,
And jump out-owre the chimlie.

Cada miembro de una pareja elige una nuez entera. Ambas nueces se ponen al fuego. Cada uno observa atentamente cómo se van quemando las nueces: si se queman lentamente, si se rompen o si ambos lados de la nuez se separan. Dependiendo de cómo respondan las nueces al fuego, así será su relación.

Roasting Nuts

Mojé manga de mi camisa en el río: mi futura pareja aparecerá para secarla

Go to a south-running stream,

and dip your sleeve in it at a spot

where the lands of three lands come together

Una superstición escocesa contaba que la noche del 31 de octubre un joven o una joven debían mojar la manga de su camisa en un arroyo donde las tierras de tres tierras se unían. Al llegar a casa tenía que colgar la manga cerca del fuego para que secara, en un lugar que pudiese ver desde su cama.

No podía dormirse porque durante la noche una aparición tendría lugar en el lugar en el que había dejado la manga: su futuro esposo o esposa aparecería para retorcer la manga para intentar que se secase.

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Lanza la berza, ella te contará tu futuro

O, is my true love tall or grand?

O, is my sweetheart boony?

Una de las tradiciones más antiguas cuenta como las kales, berzas, podían pronosticar el futuro de las parejas.

Las parejas salen cogidas de la mano y con los ojos vendados a la búsqueda de una berza, que aún está plantada, y deben arrancarla y lanzarla. Dependiendo del tiro y de cómo cayera la berza, así será el aspecto de la futura pareja y la relación de los jóvenes.

Si la raíz arrastra una buena cantidad de tierra, las previsiones económicas futuras de la pareja serán favorables. Si al comerla el corazón de la berza es dulce, la pareja vivirá momentos felices, pero si es amargo, no se deparan buenos augurios para la relación.

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Dulces y velas: la vela paga

El aro y la vela, más que un ritual, es un juego para los más jóvenes.

Se coge un aro de un barril y en él se cuelgan varios dulces, caramelos y manzanas, pero también finales de velas. Se vendan los ojos de los participantes y se gira el aro.

Los participantes deben intentar morder uno de los dulces colgados y no morder el final de vela. Aquellos que tengan la mala suerte de morder la vela tendrán que pagar la multa, que habitualmente consistía, en el pago de las velas.

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Caminando en la oscuridad

Una dama debía caminar hacia atrás en la oscuridad, hacia el sótano, con la única iluminación de una vela en su mano derecha y un espejo en su mano izquierda, mientras recitaba una y otra vez:

    ” Appear, appear, my true love dear,
Appear to me to-night,”

Antes de alcanzar el final de la escalera el rostro del amado se reflejaría en el espejo.

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El pastel y el anillo

Antes de hornear un delicioso bizcocho se introduce un anillo en la masa. Una vez hecho se sirve en porciones y a aquel a quien le toque el anillo en su porción encontrará el amor verdadero en el plazo de un año. ¡Cuidado con tragarse el anillo!

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Un barquito en su cáscara de nuez

Se le ofrece a los invitados una cáscara de nuez, con un palillo y un papel blanco simulando una vela. En la cáscara de nuez se escribe la inicial de la persona de la que está enamorado.

Se colocan los barquitos de nuez en un barreño con agua y se agita. Si un barquito se hunde significará no solo que el amor no será corrrespondido sino que esa persona permanecerá soltera y sola ¡para el resto de su vida!

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¿Fundimos plomo? Sus formas nos dirán nuestro futuro

Este juego me parece un poco más complicado e implica poderes de adivinación o mucha imaginación…

Fundimos un objeto de plomo y dejamos que el fundido se vierta a través de la manija de una llave cayendo sobre un bol de agua limpia. Las formas que forme el plomo serán un reflejo de lo que nos depara nuestro futuro.

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Rituales y juegos con manzanas

  • La manzana me dirá el nombre de mi amado

Aquel joven o aquella joven que quiera saber por qué letra comenzará el nombre de su futura pareja tendrá que pelar una manzana de una sola vez. Cuando termine tendrá que lanzar la monda de la manzana por encima de su hombro izquierdo.

Cuando caiga en el suelo dibujará la forma de una letra en el suelo. Esa letra será la inicial del apellido de su enamorado o enamorada.

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  • Bobbing the apples

Se escogían varias manzanas rojas y apetitosas y se dejaban flotar en un barreño con agua; los participantes del juego debían poner los brazos a su espalda y sumergir sus cabezas en el barreño para coger las manzanas con los dientes. ¡La diversión estaba asegurada!

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  • Manzanas a la hoguera

Para atraer al verdadero amor, se comía una manzana asada y se echaban al fuego el corazón y las semillas mientras se cantaba:

    “One, I love, two, I love, three, I love, I say,
Four, I love with all my heart,
Five, I cast away;
Six, he loves, seven, she loves, Eight, they both love.”

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¿Queréis intentar alguno la noche del 31 de octubre?

¡Feliz noche de Halloween a todos los suscriptores y seguidores de La Casa Victoriana!

Recordad que, si queréis más información sobre la época victoriana, podéis seguir nuestras RRSS, Facebook, Pinterest e Instagram.

 

Happy “Catloween”: Los gatos victorianos de Whittier y Wain

“Rabbits are the easiest to photograph in costume, but incapable of taking many ‘human’ parts. Puppies are tractable when rightly understood, but the kitten is the most versatile animal actor, and possesses the greatest variety of appeal,”

Harry Whittier Frees (1879–1953

gatos lana

No hay Halloween sin brujas y no hay brujas sin sus gatos. El gato estuvo y estará unido a la tradición del misterio y la superstición, aunque durante la época victoriana algo cambió y lo convirtió en protagonista indiscutible de la casa, la decoración y hasta la fotografía.

Antes de esta época, el gato no era un animal doméstico, tal y como entendemos en nuestros tiempos esa expresión, sino simplemente un animal “útil” al que tener en casa, ya que su presencia garantizaba que los ratones se mantendrían lejos de la casa.

mesa

No fue hasta la llegada de la Reina Victoria, una niña solitaria con la única compañía de sus muñecas y sus mascotas, que la percepción de los gatos y de los animales en general cambió para la sociedad.

Fue Victoria, gran amante de los animales, quien patrocinó la primera sociedad en contra del maltrato animal del Reino Unido – de hecho ella tenía varios perros y dos gatos persas a los que adoraba, y que aparecen en varias fotografías de la época.

Aunque, como todos los victorianos tenía sus contradicciones: patrocinar la asociación no era incompatible con practicar los numerosos deportes de caza que tanta tradición tenían entre la realeza británica.

gato cazuela

Así los gatos pasaron a convertirse en el animal de moda victoriano y a aparecer en multitud de elementos decorativos, pinturas, dibujos y hasta fotografías, protagonizando no sólo las ilustraciones  de Halloween sino apareciendo en las ilustraciones de  libros infantiles y otras postales y fotografías victorianas.

¿Creíais que las fotografías de gatitos adorables son fruto de la era internet?

De ningún modo, a finales del siglo XIX, Harry Whittier Frees , fotógrafo estadounidense comenzó a retratar a gatos en poses y actitudes humanas, consiguiendo fotografías que nada tienen que envidiarle a las imágenes virales que invaden las redes sociales en la actualidad, convirtiéndose en el pionero del fenómeno LOLcat.

harry

Todos sus gatitos aparecen vestidos como personas y representando escenas cotidianas de la vida victoriana, ya que como afirma en su libro Animal Land on the Air, el gato es el actor con más talento de entre todos los animales, y aunque no fácil trabajar con él, es el animal que más versatilidad ofrece a un fotógrafo para poner en práctica su arte.

Muchas de las imágenes aparecen acompañadas de una frase humorística que tiene que ver con la escena.

Pero Whittier Frees no fue el único artista que creo un universo de gatos. Louis Wain, también brilló en el suyo aunque dentro del campo de la ilustración y el dibujo.

El mismísio H.G.Wells dijo de él:

“He has made the cat his own. He invented a cat style, a cat society, a whole cat world. English cats that do not look and live like Louis Wain cats are ashamed of themselves.”

Su mundo icónico y costumbrista de gatos antropomórficos se ganó el favor del público victoriano que lo encumbró como uno de los ilustradores más célebres de la época, publicando sus dibujos en varias revistas con gran éxito.

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En sus ilustraciones los gatos que siempre aparecían caminando sobre dos patas y, a menudo, vistiendo atuendos humanos, representaban una escena que encubre, bajo la ilustración humorística,  una visión crítica de la sociedad victoriana, que habitualmente remarca con una frase o diálogo irónico de los gatos protagonistas.

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A veces, sus dibujos y su mundo gatuno es tan surrealista que muchos autores coinciden en afirmar que el ilustrador sufría trastornos esquizoides que asomaban a través de sus caricaturas.

Las ilustraciones de Wain, donde muestra su particular visión del mundo a través de los gatos, están enormemente cotizadas en la actualidad.

Feliz Halloween a todos los los seguidores y seguidoras de La Casa Victoriana.

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Edgar Allan Poe: El Cuervo

Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche.

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Esta frase de Edgar Allan Poe me parece el perfecto prólogo para hablar sobre uno de los mejores novelistas y poetas que ha dado la literatura norteamericana y a quien damos la bienvenida por primera vez a La Casa Victoriana en este tiempo de misterio y almas perdidas que es el Samaín, en mi tierra, o Halloween en tradición anglosajona.

Sabéis que en todos los post pongo especial cuidado en la elección de las ilustraciones que acompañan a los textos. En este caso me he decidido por ilustraciones de la artista británica Lisa Perrin, a quien le agradezco nuavemente su permiso para reproducir sus obras – al final del artículo os dejo la dirección de su blog y la entrada que hice en Mi Casita de Papel con sus magníficas paper dolls de Emily Dickinson y Sylvia Plath – del genial Gustave Doré, de John Tenniel, y por último de Edmund Dulac, que pondrá la nota de color a este homenaje en blanco y negro (poniendo el ratón sobre las imágenes veréis el nombre de su autor)

Una breve biografía

Edgar Poe nació en Baltimore en 1809, y habiendo quedado huérfano muy joven fue acogido por el matrimonio Allan, de quien adoptó su apellido. John Allan era un hombre severo a quien le disgustaba enormemente que su hijastro, a quien habían educado en los mejores colegios privados de Inglaterra y Estados Unidos no encontrara su lugar y gastara su dinero en alcohol y en el juego. Por este hecho fue expulsado de la Universidad de Virginia donde cursaba estudios.

Allan, decepcionado y cansado con la actitud de su hijastro amenazó con desheredarlo y repudiarlo sino se enmendaba. Para evitarlo Edgar encontró un trabajo en una oficina que no le duró demasiado, ya que aborrecía la vida organizada y controlada. Despedido de su trabajo, aprovechó para buscarse la vida como escritor publicando su primer trabajo sin mucho éxito.

Sin dinero, intentó reconciliarse con su padre enrolándose en el ejército. Allan pensando que su hijo se había enmendado, se encargó de que obtuviera un rápido ascenso, pero pronto fue expulsado por incumplimiento del deber.

Rotos todos los lazos con sus padres adoptivos decidió dedicarse a la literatura y al periodismo, donde poco a poco, gracias a su estilo mordaz y a sus relatos cortos y poemas tan inquietantes como diferentes fue haciéndose un nombre de referencia.

Aunque su gran pasión era la poesía, las necesidades económicas le hicieron trabajar como articulista para varias revistas y, afortunadamente para todos sus lectores, adentrarse cada vez más en el terreno de la prosa, de la que se convirtió en un maestro y en un escritor de referencia y extraordinaria influencia que ha llegado hasta nuestros días.

Sus argumentos inquietantes, sus protagonistas casi desquiciados, algunos al borde de la locura, los desenlaces inesperados se convirtieron en el sello personal de los relatos cortos del escritor norteamericano.

Se casó con su prima, Virginia Clemm, de tan solo 13 años en 1835, causando un gran escándalo en la sociedad de su época. La joven murió en 1847, dos años después de la publicación de El Cuervo, dejando a un Edgar desolado, sumido en la depresión, el alcohol y las drogas. Edgar Allan Poe murió en 1849, dos años después del fallecimiento de su esposa.

Como suele ocurrir el verdadero valor de su arte como escritor fue más valorado por las generaciones posteriores que por sus contemporáneos.

Su obra no es muy extensa en cuanto cantidad, aunque irradia calidad tanto desde sus poemas como desde sus narraciones.

El Cuervo

El cuervo fue publicada en 1845. Narra la visita de un cuervo a la casa de un amante desesperado por la pérdida de su amada Leonor. La atmósfera enrarecida, asfixiante y casi sobrenatural que transmite el poema nos hace vivir el dolor del amante hasta los mismos límites de la locura, mientras el cuervo repite un hipnotizante Nevermore (nunca más). La musicalidad y el lenguaje del poema acentúan más la sensación de desasosiego que transmite el poema.

El cuervo

Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos.  Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón
imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como virtiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de ‘Nunca, nunca más’.”

Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir granzando: “Nunca más.”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabolica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!

Si preferís escucharlo y leerlo en inglés, a la vez que veis las ilustraciones de Dore os recomiendo este video donde el poema está excepcionalmente narrado por el inigualable Vincent Price.

The raven by Vincent Price

Y no he podido resistirme a poner este recortable de Lisa Perrin

¡Feliz Haloween a todos! Bo Samaín!

Muchísimas gracias a todos/as por vuestros comentarios y sugerencias que merecen una actualización de esta entrada.

Cuando estaba escribiendo este post no pude dejar de recordar el inolvidable homenaje que Los Simpsons hacen a El Cuervo con una versión tan buena como irreverente. Me parece estupenda la sugerencia de Fina de rememorarla así que la añadimos a esta entrada.

El cuervo. The Simpsons

Y gracias a Sonia he hecho todo un descubrimiento: las Historias de Juan José Plans en RNE. Plans no sólo narra admirablemente cuentos y relatos, sino que hace un repaso por las efemérides del año en el que fue escrito, y nos trae una pequeña introducción a la vida y obra del autor. Muy recomendable. No dejéis de visitar su Miedoteca, para noches de Halloween o de oscuras y atronadoras tormentas…

Os dejo un link con los Podcast del programa (y La caída de la Casa Usher, como destacado)

http://www.ivoox.com/temporada-1-prog-23-el-humdimiento-casa-del-usher-audios-mp3_rf_865993_1.html

Laura, anímate con Poe, en cuanto comiences no podrás parar y acabarás leyéndote todos sus cuentos, te lo aseguro.

Bo e terrorífico Samaín!


Ilustraciones de Lisa Perrin

Mi Casa de Papel. Lisa Perrin

Feliz Año Nuevo!!!

El pasado año por estas fechas La Casa Victoriana era sólo un proyecto cargado de ilusión y de futuro incierto. Un blog que nació con el ánimo de divulgar y compartir pequeños retazos de una época, que por razones políticas, literarias, científicas y sociales  siempre me pareció sumamente atrayente.

Mes tras mes, el incremento de vuestras visitas, los mensajes de ánimo y la cálida acogida que ha tenido me animan a continuar un año más, intentando hacer de La Casa Victoriana un lugar de referencia dentro de los blogs dedicados a esta época. Cada post ha tratado de ser riguroso, ameno y visualmente atractivo, e intentaré que el próximo año sean mejores.

Permitidme que dedique, especialmente, este post a queridos amigos que han inspirado con sus comentarios muchos de los post que he publicado: a Laura por sus siempre cariñosos comentarios, a Fina cuyos ánimos y aportaciones no sólo son siempre muy bien recibidos sino que me transmiten un contagioso entusiasmo para seguir adelante, a Esther y Ángeles de  La noche con Esther en Radio Voz, por dejarme compartir este rincón victoriano con sus oyentes, a Ameba, amigo y creador de relatos en Ameba Parlante, y a Bishop, de  La Balsa de la Nostromo compañero bloguero de aventuras ilustradas por el mundo digital.

Y por supuesto, a todos los que estáis suscritos al blog o simplemente me visitáis de vez en cuando para sumergiros en la maravillosa Época Victoriana.

Feliz Año a todos y a todas!!!

 

 

Juguetes Victorianos I

En La Casa Victoriana volvemos con la primera entrega de un post muy navideño. En esta época donde la publicidad nos bombardea con lo último en juguetes, ¿ qué os parece volver al pasado y recordar aquellos juegos y juguetes que hacían felices a los niños del XIX y de principios del XX?

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Kate Greenaway

Los juguetes de los niños victorianos eran tremendamente sencillos, tanto en su diseño como en sus materiales pero, al mismo tiempo, increíblemente jugables tanto como para que un niño pudiera divertirse solo, como para poder compartir un mundo de imaginación con otros niños, en casa y en las calles, en los parques y en los patios de las escuelas. Hagamos un recorrido por algunos de los más populares.

La rayuela: la rayuela o mariquitilla, hopscotch en inglés, no era propiamente un juguete pero sí uno de los juegos más populares en la época victoriana, sobre todo entre las niñas. Una de las causas de su gran popularidad es que realmente no hacía falta ningún juguete: una simple piedra o trozo de tiza para dibujar en el suelo de cualquier calle o callejón – que eran menos transitados – una serie de rectángulos unidos y numerados entre sí y una piedra para lanzar. Después la habilidad de cada jugador para lanzar la piedra al rectángulo correcto y recogerlo “a la pata coja” decidían al ganador.

Amazing Blocks

Los bloques eran los juegos preferidos de los niños más jóvenes y cumplían dos funciones: divertir y educar. Habitualmente estos bloques tenían sus cuatro caras decoradas con números, letras del alfabeto o dibujos de animales. Otras veces cada cara del bloque tenía una parte de una ilustración, a modo de rompecabezas o puzzle, y uniendo todos los bloques en el orden correcto se conseguía completar una escena infantil.

Alguno de los juegos de bloques más populares eran:

La Escalera de Jacob: la Jacob´s Ladder era un juego de bloques, que se hizo tremendamente popular alrededor de 1800, estaba formado por varios bloques planos unidos con un cordel. Cuando se cogían correctamente parecía que un bloque iba tumbando a los demás  y con un poco de habilidad se podían formar figuras e incluso formas de animales.

El curioso nombre del juego viene de una historia bíblica: Jacob viajando a través del desierto tuvo un sueño; en él vio cientos de ángeles que subían y bajaban por una escalera que unía el cielo y la tierra. El juego  parecía como si una persona subiera y bajara una escalera, de ahí su nombre.

Nesting blocks: Los bloques anidados (del inglés nest “nido”) recibían este nombre porque como matrioskas, cada caja tenía otra en su interior. Sacando todas las cajas anidadas y ordenando las ilustraciones que tenían dibujadas en  sus caras el niño formaba una escena, que habitualmente, en este tipo de juego, era una ilustración a todo color de las diferentes atracciones de un zoo.


Building blocks: eran los típicos bloques de construcción con los que los niños podían hacer divertidas construcciones como torres, puentes o pequeños castillos.

Juguetes para jugar en la calle

Aunque los niños victorianos de clase alta hacían de la nursery su lugar de juegos y de instrucción escolar, en la tardía época victoriana los parques, las calles y los patios de la escuela se llenaban de niños con juegos y juguetes que también han llenado muchas de nuestras horas de juego y recreos.

Kate Greenaway

Canicas: las marbles o canicas eran uno de los juguetes preferidos de los niños, ya que además de jugar daban con ellas, podían ganarlas, perderlas e incluso comerciar con ellas, siendo las piezas más codiciadas las canicas grandes. Los canicas estaban hechas de porcelana, piedra, cerámica o arcilla y estaban decoradas con vivos colores formando remolinos u otros originales diseños. Los niños que no podían permitirse tener estas canicas, las sustituían por nueces o bayas secas.

Cantillos: los cantillos o jackstones eran unos objetos con seis pinchos pequeños; cada jugador tiraba su jack contra los que estaban en el suelo para hacerlos volar, intentando recoger otro jack del suelo mientras atrapa con la misma mano el cantillo volador. A finales de siglo se empleaba una pelota de goma para tirar contra los jackstones.

Peonzas: las peonzas o tops eran uno de los juguetes favoritos de los niños.  Estaban hechas de madera y había diferentes modelos y formas; algunas se lanzaban con una cuerda a la que estaban atadas, otras tenían una clavija. Entre las más populares estaban las peg tops y las humming tops. El juego era muy simple y tenía variantes: unas veces era una batalla entre las dos peonzas que se golpeaban una con la otra; otras consistía simplemente ver que jugador era capaz de conseguir que su peonza girara durante más tiempo.

Kate Greenaway

Aros: los hops o aros estaban hechos de metal o madera. Los niños los guiaban con un palo por las calles o los parques, y los participantes mostraban su pericia conduciéndolos por obstáculos y manteniéndolos en constante giro. Muchas veces los niños utilizaban como hoops los aros que se utilizaban para sujetar las maderas de los barriles. Cuando un barril se rompía los aros desaparecían rápidamente a manos de los niños que veían en ellos resistentes aros de metal, mucho más duraderos que los de madera.

Kids Sailing Toys Sailboat. Louis Abel-Truchet

Ring- around- the-Rosie: es otro de los juegos más populares de los niños victorianos y, creo, que de los niños de todos los tiempos. No es otro que la rueda o el corro, como le llamábamos los niños de mi zona, aunque es posible que reciba otros nombres. El juego de la rueda tenía múltiples variantes y siempre estaba acompañado de una bonita rima o cancioncilla que todavía permanece escondida entre nuestros recuerdos infantiles (a la rueda-rueda de pan y canela…) Algo tan simple, que no necesitaba nada más que un grupo de niños cogidos de la mano cantando, era capaz de llenar de risas y diversión una tarde de juegos.

Jessie Wilcox Smith

Combas: las combas o skipping ropes eran uno de los jueguetes preferidos de los niños victorianos, ya que con un simple trozo de cuerda podían divertirse saltando solos, en parejas o jugando a saltar por turnos con otros niños, mientras dos de ellos movían la cuerda. Habitualmente los juegos de comba se acompañaban de pegadizas canciones infantiles.

Robert Salle

 

Como veis, los juguetes y juegos antiguos no son tan diferentes de muchos a los que jugábamos los niños de mi edad, y ni siquiera tan diferentes a los que juegan los más pequeños de hoy en día. Simplemente las peonzas de madera se han convertido en  peonzas plásticas o metálicas que se lanzan con una tira de plástico en vez de una cuerda y van decoradas con personajes de los dibujos de moda, los aros son están hechos de plástico y las rayuelas son electrónicas…

Pero lo que debe permanecer siempre vivo y no debería cambiar es la capacidad de un niño para que su imaginación pueda hacer que el juego más simple se convierta en todo un universo de fantasía.

Greenaway

Hasta el próximo post sobre juguetes victorianos!

Happy Halloween!!!

La celebración de Halloween tiene su origen en una tradición celta de origen pagano llamada Samhain.

De hecho, y como herencia de nuestra ancestral cultura celta, en Galicia, celebramos en estas fechas el Samaín, tan cargado de tradiciones como Halloween y curiosamente con alguna de ellas en común.

Los antiguos celtas creían que la línea entre el mundo de los vivos y los difuntos se hacía más frágil con la llegada de Samhain y los espíritus, tanto benignos como malignos podían atravesar el velo de la oscuridad para adentrarse en el mundo de los vivos. Se piensa que el  objetivo del uso de máscaras y disfraces era precisamente ahuyentar a los malos espíritus.

La tradición celta fue adoptada posteriormente por los romanos, que asimilaron las tradiciones del culto a los difuntos con las fiestas de la cosecha, que ellos celebraban a finales de octubre. De la unión de ambas festividades viene la tradición del consumo de manzanas como parte del menú, aunque con el tiempo estas manzanas se degustaban caramelizadas y eran una de las golosinas asociadas con Halloween preferidas de los niños.

Aunque en Reino Unido e Irlanda estas tradiciones se mantuvieron a lo largo de los siglos, no fue hasta su llegada a los Estados Unidos, alrededor de 1840, transmitidas por los emigrantes irlandeses, cuando adquirió una gran popularidad y quedó fuertemente arraigada hasta nuestros días.

En esas fechas una de las mayores desgracias que recuerda la historia irlandesa se abatió sobre el país: las cosechas de patata, producto fundamental para la alimentación del país se echaron a perder provocando una hambruna sin precedentes. Esto obligó a que muchos irlandeses tuvieran que emigrar a los Estados Unidos en busca de una vida mejor. Con ellos llevaron sus tradiciones que siguieron celebrando en su nuevo país y que rápidamente se hicieron populares – como la de Jack O’Lantern, un ser maligno con cuerpo humano y cabeza de calabaza-

A partir del primer desfile de Halloween celebrado en 1921 en Minnesota, la popularidad de esta fiesta fue incrementando hasta hacerse imprescindible en el calendario de festividades estadounidenses.

Los victorianos, tan aficionados al envio de tarjetas ilustradas para felicitar cualquier hecho o fecha destacable, nos han dejado no sólo un conjunto de preciosas ilustraciones sino una serie de documentos históricos donde podemos estudiar las tradiciones y leyendas de esta festividad, desde juegos o disfraces a recetas y leyendas.

Algunas de ellas muy conocidas, como la Trick or Treat – truco o trato – donde siempre es mejor hacer el trato, ya que cuenta la tradición que en caso de no aceptar el trato Jack O’Lantern podría maldecirnos,  la costumbre de que una chica soltera se pusiera en frente de un espejo, con la habitación a oscuras y con una vela como única iluminación para ver su reflejo de su futuro marido en el espejo, o costumbres – también arraigadas en Galicia, aunque en la festividad de San Juan, como robar las o puertasgates– o cancelas de las casas.

Entre las tradiciones culinarias están las taffy apples o caramel apples, manzanas bañadas en un delicioso y llamativo caramelo rojo o ricos pasteles de calabaza –pumpkin pie – o los ricos pasteles llamados soul cakes.

Para endulzar estas fechas o propongo una fácil y deliciosa receta de galletas que nos dejó en un comentario mi amiga Fina a propósito del post sobre los cupcakes:

” Tengo una receta ‘cup’ para hacer galletas. Con los moldes apropiados y una gotitas de colorante especial postre salen un montón de galletas ideales para celebrar el Halloween.
1 taza de azúcar
1 taza de leche
1 taza de aceite de girasol
1 huevo
6 tazas de harina “bizcochona” o con levadura – o un sobrecito de levadura química – o ir incorporando tazas de harina hasta que la masa se despegue de los dedos. Estirar la masa con un rodillo. Marcar con los moldes. Meter en el horno a unos 180º – 200º durante 15 o 20 minutos.

Nota: para hacer ojos y boquitas… gominolas de colores!

Trick or Treat and Happy Halloween!”

Muchas gracias Fina!

Para completar la tanda de postres os propongo el bizcocho de calabaza que he publicado en el post de mi blog de recortables

http://casitadepapel.wordpress.com/2010/10/27/happy-halloween/