Como todos los años en La Casa Victoriana celebramos Halloween. En años anteriores hablamos del origen de la festividad, de sus ritos y juegos y de algunas de las historias de terror con las que deleitarnos en esta noche de espíritus.

Hoy repetimos con Edgar Allan Poe – años atrás publicamos El Cuervo- y uno de sus relatos de terror más aclamados La verdad sobre el caso del señor Valdemar.

Espero que lo disfrutéis.

la verdad sobre el caso valdemar
Imagen Vía Pinterest

La verdad sobre el caso del señor Valdemar

De ninguna manera me parece sorprendente que el extraordinario caso del señor Valdemar haya provocado tantas discusiones. Hubiera sido un milagro que ocurriera lo contrario, especialmente en tales circunstancias. Aunque todos los participantes deseábamos mantener el asunto alejado del público –al menos por el momento, o hasta que se nos ofrecieran nuevas oportunidades de investigación–, a pesar de nuestros esfuerzos no tardó en difundirse una versión tan espuria como exagerada que se convirtió en fuente de muchas desagradables tergiversaciones y, como es natural, de profunda incredulidad.

El momento ha llegado de que yo dé a conocer los hechos –en la medida en que me es posible comprenderlos–. Helos aquí sucintamente:

Durante los últimos años el estudio del hipnotismo había atraído repetidamente mi atención. Hace unos nueve meses, se me ocurrió súbitamente que en la serie de experimentos efectuados hasta ahora existía una omisión tan curiosa como inexplicable: jamás se había hipnotizado a nadie in articulo mortis. Quedaba por verse si, en primer lugar, un paciente en esas condiciones sería susceptible de influencia magnética; segundo, en caso de que lo fuera, si su estado aumentaría o disminuiría dicha susceptibilidad, y tercero, hasta qué punto, o por cuánto tiempo, el proceso hipnótico sería capaz de detener la intrusión de la muerte. Quedaban por aclarar otros puntos, pero éstos eran los que más excitaban mi curiosidad, sobre todo el último, dada la inmensa importancia que podían tener sus consecuencias.

Pensando si entre mis relaciones habría algún sujeto que me permitiera verificar esos puntos, me acordé de mi amigo Ernest Valdemar, renombrado compilador de la Bibliotheca Forensica y autor (bajo el nom de plume de Issachar Marx) de las versiones polacas de Wallenstein Gargantúa. El señor Valdemar, residente desde 1839 en Harlem, Nueva York, es (o era) especialmente notable por su extraordinaria delgadez, tanto que sus extremidades inferiores se parecían mucho a las de John Randolph, y también por la blancura de sus patillas, en violento contraste con sus cabellos negros, lo cual llevaba a suponer con frecuencia que usaba peluca. Tenía un temperamento muy nervioso, que le convertía en buen sujeto para experiencias hipnóticas. Dos o tres veces le había adormecido sin gran trabajo, pero me decepcionó no alcanzar otros resultados que su especial constitución me había hecho prever. Su voluntad no quedaba nunca bajo mi entero dominio, y, por lo que respecta a la clarividencia, no se podía confiar en nada de lo que había conseguido con él. Atribuía yo aquellos fracasos al mal estado de salud de mi amigo. Unos meses antes de trabar relación con él, los médicos le habían declarado tuberculoso. El señor Valdemar acostumbraba referirse con toda calma a su próximo fin, como algo que no cabe ni evitar ni lamentar.

Cuando las ideas a que he aludido se me ocurrieron por primera vez, lo más natural fue que acudiese a Valdemar. Demasiado bien conocía la serena filosofía de mi amigo para temer algún escrúpulo de su parte; por lo demás, no tenía parientes en América que pudieran intervenir para oponerse. Le hablé francamente del asunto y, para mi sorpresa, noté que se interesaba vivamente. Digo para mi sorpresa, pues si bien hasta entonces se había prestado libremente a mis experimentos, jamás demostró el menor interés por lo que yo hacía. Su enfermedad era de las que permiten un cálculo preciso sobre el momento en que sobrevendrá la muerte. Convinimos, pues, en que me mandaría llamar veinticuatro horas antes del momento fijado por sus médicos para su fallecimiento.

Hace más de siete meses que recibí la siguiente nota, de puño y letra de Valdemar:

Estimado P…:

Ya puede usted venir. D… y F… coinciden en que no pasaré de mañana a medianoche, y me parece que han calculado el tiempo con mucha exactitud.

Valdemar

Recibí el billete media hora después de escrito, y quince minutos más tarde estaba en el dormitorio del moribundo. No le había visto en los últimos diez días y me aterró la espantosa alteración que se había producido en tan breve intervalo. Su rostro tenía un color plomizo, no había el menor brillo en los ojos y, tan terrible era su delgadez, que la piel se había abierto en los pómulos. Expectoraba continuamente y el pulso era casi imperceptible. Conservaba no obstante una notable claridad mental, y cierta fuerza. Me habló con toda claridad, tomó algunos calmantes sin ayuda ajena y, en el momento de entrar en su habitación, le encontré escribiendo unas notas en una libreta. Se mantenía sentado en el lecho con ayuda de varias almohadas, y estaban a su lado los doctores D… y E..

Luego de estrechar la mano de Valdemar, llevé aparte a los médicos y les pedí que me explicaran detalladamente el estado del enfermo. Desde hacía dieciocho meses, el pulmón izquierdo se hallaba en un estado semióseo o cartilaginoso, y, como es natural, no funcionaba en absoluto. En su porción superior el pulmón derecho aparecía parcialmente osificado, mientras la inferior era tan sólo una masa de tubérculos purulentos que se confundían unos con otros. Existían varias dilatadas perforaciones y en un punto se había producido una adherencia permanente a las costillas. Todos estos fenómenos del lóbulo derecho eran de fecha reciente; la osificación se había operado con insólita rapidez, ya que un mes antes no existían señales de la misma y la adherencia sólo había sido comprobable en los últimos tres días. Aparte de la tuberculosis los médicos sospechaban un aneurisma de la aorta, pero los síntomas de osificación volvían sumamente difícil un diagnóstico. Ambos facultativos opinaban que Valdemar moriría hacia la medianoche del día siguiente (un domingo). Eran ahora las siete de la tarde del sábado.

Al abandonar la cabecera del moribundo para conversar conmigo, los doctores D… y F… se habían despedido definitivamente de él. No era su intención volver a verle, pero, a mi pedido, convinieron en examinar al paciente a las diez de la noche del día siguiente.

Una vez que se fueron, hablé francamente con Valdemar sobre su próximo fin, y me referí en detalle al experimento que le había propuesto. Nuevamente se mostró dispuesto, e incluso ansioso por llevarlo a cabo, y me pidió que comenzara de inmediato. Dos enfermeros, un hombre y una mujer, atendían al paciente, pero no me sentí autorizado a llevar a cabo una intervención de tal naturaleza frente a testigos de tan poca responsabilidad en caso de algún accidente repentino. Aplacé, por tanto, el experimento hasta las ocho de la noche del día siguiente, cuando la llegada de un estudiante de medicina de mi conocimiento (el señor Theodore L…l) me libró de toda preocupación. Mi intención inicial había sido la de esperar a los médicos, pero me vi obligado a proceder, primeramente por los urgentes pedidos de Valdemar y luego por mi propia convicción, de que no había un minuto que perder, ya que con toda evidencia el fin se acercaba rápidamente.

El señor L…l tuvo la amabilidad de acceder a mi pedido, así como de tomar nota de todo lo que ocurriera. Lo que voy a relatar ahora procede de sus apuntes, ya sea en forma condensada o verbatim.

Faltaban cinco minutos para las ocho cuando, después de tomar la mano de Valdemar, le pedí que manifestara con toda la claridad posible, en presencia de L…l, que estaba dispuesto a que yo le hipnotizara en el estado en que se encontraba.

Débil, pero distintamente, el enfermo respondió: «Sí, quiero ser hipnotizado», agregando de inmediato: «Me temo que sea demasiado tarde.»

Mientras así decía, empecé a efectuar los pases que en las ocasiones anteriores habían sido más efectivos con él. Sentía indudablemente la influencia del primer movimiento lateral de mi mano por su frente, pero, aunque empleé todos mis poderes, me fue imposible lograr otros efectos hasta algunos minutos después de las diez, cuando llegaron los doctores D… y F…, tal como lo habían prometido. En pocas palabras les expliqué cuál era mi intención, y, como no opusieron inconveniente, considerando que el enfermo se hallaba ya en agonía, continué sin vacilar, cambiando, sin embargo, los pases laterales por otros verticales y concentrando mi mirada en el ojo derecho del sujeto.

A esta altura su pulso era imperceptible y respiraba entre estertores, a intervalos de medio minuto.

Esta situación se mantuvo sin variantes durante un cuarto de hora. Al expirar este período, sin embargo, un suspiro perfectamente natural, aunque muy profundo, escapó del pecho del moribundo, mientras cesaba la respiración estertorosa o, mejor dicho, dejaban de percibirse los estertores; en cuanto a los intervalos de la respiración, siguieron siendo los mismos. Las extremidades del paciente estaban heladas.

A las once menos cinco, advertí inequívocas señales de influencia hipnótica. La vidriosa mirada de los ojos fue reemplazada por esa expresión de intranquilo examen interior que jamás se ve sino en casos de hipnotismo, y sobre la cual no cabe engañarse. Mediante unos rápidos pases laterales hice palpitar los párpados, como al acercarse el sueño, y con unos pocos más los cerré por completo. No bastaba esto para satisfacerme, sin embargo, sino que continué vigorosamente mis manipulaciones, poniendo en ellas toda mi voluntad, hasta que hube logrado la completa rigidez de los miembros del durmiente, a quien previamente había colocado en la posición que me pareció más cómoda. Las piernas estaban completamente estiradas; los brazos reposaban en el lecho, a corta distancia de los flancos. La cabeza había sido ligeramente levantada.

Al dar esto por terminado era ya medianoche y pedí a los presentes que examinaran el estado de Valdemar. Luego de unas pocas verificaciones, admitieron que se encontraba en un estado insólitamente perfecto de trance hipnótico. La curiosidad de ambos médicos se había despertado en sumo grado. El doctor D… decidió pasar toda la noche a la cabecera del paciente, mientras el doctor F… se marchaba, con promesa de volver por la mañana temprano. L…l y los enfermeros se quedaron.

Dejamos a Valdemar en completa tranquilidad hasta las tres de la madrugada, hora en que me acerqué y vi que seguía en el mismo estado que al marcharse el doctor F…; vale decir, yacía en la misma posición y su pulso era imperceptible. Respiraba sin esfuerzo, aunque casi no se advertía su aliento, salvo que se aplicara un espejo a los labios. Los ojos estaban cerrados con naturalidad y las piernas tan rígidas y frías como si fueran de mármol. No obstante ello, la apariencia general distaba mucho de la de la muerte.

Al acercarme intenté un ligero esfuerzo para influir sobre el brazo derecho, a fin de que siguiera los movimientos del mío, que movía suavemente sobre su cuerpo. En esta clase de experimento jamás había logrado buen resultado con Valdemar, pero ahora, para mi estupefacción, vi que su brazo, débil pero seguro, seguía todas las direcciones que le señalaba el mío. Me decidí entonces a intentar un breve diálogo.

–Valdemar…, ¿duerme usted? –pregunté.

No me contestó, pero noté que le temblaban los labios, por lo cual repetí varias veces la pregunta. A la tercera vez, todo su cuerpo se agitó con un ligero temblor; los párpados se levantaron lo bastante para mostrar una línea del blanco del ojo; moviéronse lentamente los labios, mientras en un susurro apenas audible brotaban de ellos estas palabras:

–Sí… ahora duermo. ¡No me despierte! ¡Déjeme morir así!

Palpé los miembros, encontrándolos tan rígidos como antes. Volví a interrogar al hipnotizado:

–¿Sigue sintiendo dolor en el pecho, Valdemar?

La respuesta tardó un momento y fue aún menos audible que la anterior:

–No sufro… Me estoy muriendo.

No me pareció aconsejable molestarle más por el momento, y no volví a hablarle hasta la llegada del doctor F…, que arribó poco antes de la salida del sol y se quedó absolutamente estupefacto al encontrar que el paciente se hallaba todavía vivo. Luego de tomarle el pulso y acercar un espejo a sus labios, me pidió que le hablara otra vez, a lo cual accedí.

–Valdemar –dije–. ¿Sigue usted durmiendo?

Como la primera vez, pasaron unos minutos antes de lograr respuesta, y durante el intervalo el moribundo dio la impresión de estar juntando fuerzas para hablar. A la cuarta repetición de la pregunta, y con voz que la debilidad volvía casi inaudible, murmuró:

–Sí… Dormido… Muriéndome.

La opinión o, mejor, el deseo de los médicos era que no se arrancase a Valdemar de su actual estado de aparente tranquilidad hasta que la muerte sobreviniera, cosa que, según consenso general, sólo podía tardar algunos minutos. Decidí, sin embargo, hablarle una vez más, limitándome a repetir mi pregunta anterior.

Mientras lo hacía, un notable cambio se produjo en las facciones del hipnotizado. Los ojos se abrieron lentamente, aunque las pupilas habían girado hacia arriba; la piel adquirió una tonalidad cadavérica, más semejante al papel blanco que al pergamino, y los círculos hécticos, que hasta ese momento se destacaban fuertemente en el centro de cada mejilla, se apagaron bruscamente. Empleo estas palabras porque lo instantáneo de su desaparición trajo a mi memoria la imagen de una bujía que se apaga de un soplo. Al mismo tiempo el labio superior se replegó, dejando al descubierto los dientes que antes cubría completamente, mientras la mandíbula inferior caía con un sacudimiento que todos oímos, dejando la boca abierta de par en par y revelando una lengua hinchada y ennegrecida. Supongo que todos los presentes estaban acostumbrados a los horrores de un lecho de muerte, pero la apariencia de Valdemar era tan espantosa en aquel instante, que se produjo un movimiento general de retroceso.

Comprendo que he llegado ahora a un punto de mi relato en el que el lector se sentirá movido a una absoluta incredulidad. Me veo, sin embargo, obligado a continuarlo.

El más imperceptible signo de vitalidad había cesado en Valdemar; seguros de que estaba muerto lo confiábamos ya a los enfermeros, cuando nos fue dado observar un fuerte movimiento vibratorio de la lengua. La vibración se mantuvo aproximadamente durante un minuto. Al cesar, de aquellas abiertas e inmóviles mandíbulas brotó una voz que sería insensato pretender describir. Es verdad que existen dos o tres epítetos que cabría aplicarle parcialmente: puedo decir, por ejemplo, que su sonido era áspero y quebrado, así como hueco. Pero el todo es indescriptible, por la sencilla razón de que jamás un oído humano ha percibido resonancias semejantes. Dos características, sin embargo –según lo pensé en el momento y lo sigo pensando–, pueden ser señaladas como propias de aquel sonido y dar alguna idea de su calidad extraterrena. En primer término, la voz parecía llegar a nuestros oídos (por lo menos a los míos) desde larga distancia, o desde una caverna en la profundidad de la tierra. Segundo, me produjo la misma sensación (temo que me resultará imposible hacerme entender) que las materias gelatinosas y viscosas producen en el sentido del tacto.

He hablado al mismo tiempo de «sonido» y de «voz». Quiero decir que el sonido consistía en un silabeo clarísimo, de una claridad incluso asombrosa y aterradora. El señor Valdemar hablaba, y era evidente que estaba contestando a la interrogación formulada por mí unos minutos antes. Como se recordará, le había preguntado si seguía durmiendo. Y ahora escuché:

–Sí… No… Estuve durmiendo… y ahora… ahora… estoy muerto.

Ninguno de los presentes pretendió siquiera negar ni reprimir el inexpresable, estremecedor espanto que aquellas pocas palabras, así pronunciadas, tenían que producir. L…l, el estudiante, cayó desvanecido. Los enfermeros escaparon del aposento y fue imposible convencerlos de que volvieran. Por mi parte, no trataré de comunicar mis propias impresiones al lector. Durante una hora, silenciosos, sin pronunciar una palabra, nos esforzamos por reanimar a L…l. Cuando volvió en sí, pudimos dedicarnos a examinar el estado de Valdemar.

Seguía, en todo sentido, como lo he descrito antes, salvo que el espejo no proporcionaba ya pruebas de su respiración. Fue inútil que tratáramos de sangrarlo en el brazo. Debo agregar que éste no obedecía ya a mi voluntad. En vano me esforcé por hacerle seguir la dirección de mi mano. La única señal de la influencia hipnótica la constituía ahora el movimiento vibratorio de la lengua cada vez que volvía a hacer una pregunta a Valdemar. Se diría que trataba de contestar, pero que carecía ya de voluntad suficiente. Permanecía insensible a toda pregunta que le formulara cualquiera que no fuese yo, aunque me esforcé por poner a cada uno de los presentes en relación hipnótica con el paciente. Creo que con esto he señalado todo lo necesario para que se comprenda cuál era la condición del hipnotizado en ese momento. Se llamó a nuevos enfermeros, y a las diez de la mañana abandoné la morada en compañía de ambos médicos y de L…l.

Volvimos por la tarde a ver al paciente. Su estado seguía siendo el mismo. Discutimos un rato sobre la conveniencia y posibilidad de despertarlo, pero poco nos costó llegar a la conclusión de que nada bueno se conseguiría con eso. Resultaba evidente que hasta ahora, la muerte (o eso que de costumbre se denomina muerte) había sido detenida por el proceso hipnótico. Parecía claro que, si despertábamos a Valdemar, lo único que lograríamos seria su inmediato o, por lo menos, su rápido fallecimiento.

Desde este momento hasta fines de la semana pasada –vale decir, casi siete meses–continuamos acudiendo diariamente a casa de Valdemar, acompañados una y otra vez por médicos y otros amigos. Durante todo este tiempo el hipnotizado se mantuvo exactamente como lo he descrito. Los enfermeros le atendían continuamente.

Por fin, el viernes pasado resolvimos hacer el experimento de despertarlo, o tratar de despertarlo: probablemente el lamentable resultado del mismo es el que ha dado lugar a tanta discusión en los círculos privados y a una opinión pública que no puedo dejar de considerar como injustificada.

A efectos de librar del trance hipnótico al paciente, acudí a los pases habituales. De entrada resultaron infructuosos. La primera indicación de un retorno a la vida lo proporcionó el descenso parcial del iris. Como detalle notable se observó que este descenso de la pupila iba acompañado de un abundante flujo de icor amarillento, procedente de debajo de los párpados, que despedía un olor penetrante y fétido. Alguien me sugirió que tratara de influir sobre el brazo del paciente, como al comienzo. Lo intenté, sin resultado. Entonces el doctor F… expresó su deseo de que interrogara al paciente. Así lo hice, con las siguientes palabras:

–Señor Valdemar… ¿puede explicarnos lo que siente y lo que desea?

Instantáneamente reaparecieron los círculos hécticos en las mejillas; la lengua tembló, o, mejor dicho, rodó violentamente en la boca (aunque las mandíbulas y los labios siguieron rígidos como antes), y entonces resonó aquella horrenda voz que he tratado ya de describir:

–¡Por amor de Dios… pronto… pronto… hágame dormir… o despiérteme… pronto… despiérteme! ¡Le digo que estoy muerto!

Perdí por completo la serenidad y, durante un momento, me quedé sin saber qué hacer. Por fin, intenté calmar otra vez al paciente, pero al fracasar, debido a la total suspensión de la voluntad, cambié el procedimiento y luché con todas mis fuerzas para despertarlo. Pronto me di cuenta de que lo lograría, o, por lo menos, así me lo imaginé; y estoy seguro de que todos los asistentes se hallaban preparados para ver despertar al paciente.

Pero lo que realmente ocurrió fue algo para lo cual ningún ser humano podía estar preparado.

Mientras ejecutaba rápidamente los pases hipnóticos, entre los clamores de: «¡Muerto! ¡Muerto!», que literalmente explotaban desde la lengua y no desde los labios del sufriente, bruscamente todo su cuerpo, en el espacio de un minuto, o aún menos, se encogió, se deshizo… se pudrió entre mis manos. Sobre el lecho, ante todos los presentes, no quedó más que una masa casi líquida de repugnante, de abominable putrefacción.

 

¡Happy Halloween, victorianos! ¡Feliz y terrorífico Samaín!

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Mary Cholmondeley

Mary Cholmondeley (pronúnciese “Chumley”) es una de esas escritoras , que a pesar de lograr un gran éxito en vida y de escribir magníficas novelas, han sido olvidadas injustamente  a lo largo de los años.

Nacida en Hodnet, Shropshire, en 1859, se crió en la rectoría de la cual su padre era el responsable.  A pesar de su origen aristocrático y de que algunos de los miembros de su familia estaban relacionados con el mundo literario, el carácter tímido de Mary la convirtió en una joven retraída que creía carecer del atractivo necesario para atraer a los chicos y se refugiaba en sus historias de ficción, que contaba a sus hermanos pequeños, para escapar de su vida anodina.

De todos modos, parece que hubo un hombre en la vida de Mary, cuya relación la marcó para siempre. La imposibilidad de vivir esa relación y la posterior ruptura agudizaron más si cabe su carácter retraído y melancólico, dedicando su vida al cuidado de su madre enferma, y después de la muerte de su madre, al cuidado de su padre y de sus hermanos menores.

Cuando le llegó el éxito con su obra Red Pottage, ya había publicado varios libros. En 1886, publicó su primer libro Her Evil Genious. Un año después, publicó anónimamente The Danvers Jewels en el Temple Bar – esta era una publicación inglesa especializada principalmente en seriales de ficción y que contaba con la colaboración entre otros, del genial Wilkie Collins.

Su siguiente obra, Sir Charles Danvers, fue publicada en 1889 también de manera anónima en el Temple Bar, y no fue hasta 1893, con la publicación de Diana Tempest, que comenzó a publicar con su propio nombre. Uno de los valores literarios de Diana Tempest es que anticipa el movimiento literario conocido como New Woman fiction, que apareció alrededor de 1890.

Pero su gran éxito como escritora le llegó en 1899 con la publicación de la más autobiográfica de sus obras Red Pottage. La novela fue un éxito rotundo tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos y le abrió las puertas de las grandes círculos literarios y de amistades como la de Henry James.

Aunque el éxito de sus obras , la convirtieron en un personaje popular de las letras victorianas inglesas, Mary Cholmondeley nunca abandonó su vida apartada y solitaria,  que consagró a la escritura y al cuidado de su familia, ya que, como predijo, nunca se casó – Mary padecía un asma crónica que dificultaba su vida diaria y con el tiempo la enfermedad se hizo tan insoportable que tomaba morfina para aliviar los síntomas, lo que hacía que sólo pudiese escribir y hacer las correcciones de sus obras en sus momentos de lucidez.

Murió en 1925, dejando un legado literario que refleja a la mujer de su tiempo y su papel en una sociedad en la que intenta ser independiente.

La escritora, que desgraciadamente es una gran desconocida en España, volvió brevemente a la actualidad con la edición en 2008 de La Polilla y la Herrumbre, que publicó la Editorial Periférica. La obra, altamente recomendable, cuenta la historia de dos mujeres: la inteligente, independiente y cultivada Anne y la ingenua, bella y de clase social más humilde Janet, y, por supuesto del tercer personaje en discordia Stephen.

Los tres compondrán el triángulo sobre el que se asienta una historia, reflejo de una sociedad preocupada por los estereotipos sociales y el poder económico contrapuestos y enfrentados a las emociones y sentimientos individuales.

La obra ha sido comparada con las novelas y personajes de Jane Austen, aunque el nivel de crítica social, de sátira e ironía que destila el libro es mucho más ácido que las novelas de Austen, incluso en la frase de la que se saca el curioso título de la novela:

«Hemos sufrido lo que hemos sufrido. La persona por la que se sufrió no volverá a escuchar una palabra nuestra./ La polilla y la herrumbre han corroído. / Han entrado los ladrones y han robado.»

En 2009 se publicó una biografía de la autora titulada Let the Flowers Go, A life of Mary Cholmondeley, obra de Carolyn W de la L Oulton.

Desgraciadamente, la obra de Mary Cholmondeley no está disponible, en castellano, en nuestro país. Podéis acceder a alguna de sus novelas a través de los links del Projecto Gutenberg en lengua inglesa.


Emily Brontë

Emily Brontë – pronunciese “bronti” o “brontei”–  nació en Thornton, en el condado inglés de Yorkshire en 1818. Fue la quinta de 6 hermanos, hijos del Reverendo Patrick Brontë y de María Branwell.

Poco después de la muerte de su madre, sus hermanas María y Elizabeth fueron enviadas al internado de Clergy Daughters, donde enfermaron de tuberculosis y murieron poco después, dejando a la familia con sólo cuatro hermanos: las chicas Charlotte, Emily y Ann, y Branwell, el único varón.

Durante su infancia, los tres hermanos estuvieron muy unidos y se evadían de la soledad de la rectoría inventando historias y mundos imaginarios, llenos de personajes de fantasía con sus propias vidas e historias, que vivían en tres países imaginarios, Angria, Gondal y Gaaldine.

En su juventud, Emily trabajó como institutriz, pero pronto dejó su trabajo para ocuparse de la casa familiar, su administración y principalmente de su hermano Branwell. Durante años Branwell fue su principal opreocupación;  borracho, adicto al opio, fracasado como pintor y con episodios violentos, su hermano se convirtió en el centro de la vida de Emily, que dedicaba gran parte de su tiempo a su cuidado. Parece ser que durante las noches de vigilia que pasaba esperando su llegada o en vela junto a su cama,  escribió muchos de sus poemas y gran parte de su única novela Cumbres Borrascosas.

En 1846, Charlotte descubrió las poesías de Emily y le propuso a ella y a Anne, que también escribía poesía, editar un poemario conjunto. Dados los prejuicios que había contra las mujeres escritoras en la época, decidieron publicarlo bajo pseudónimos masculinos eligiendo Currer Bell, Ellis Bell y Acton Bell – cada uno de los nombre comenzaba por la inicial de su propio nombre. Emily, evidentemente,  era Ellis y sus poemas son de una calidad superior a los de sus hermanas, revelando a una poetisa de indudable sensibilidad y talento.

Aunque el libro no tuvo ninguna repercusión literaria ni popular, Charlotte no se rindió y decidió que cada una de las hermanas escribiera y publicara una novela.

En 1847,  Emily Brontë publicó Cumbres Borrascosas, Wuthering Heights en el original, bajo el psudónimo de Ellis Bell. La obra, de una calidad literaria innegable y que se ha convertido en una de las mejores novelas de la literatura en habla inglesa de todos los tiempos, tuvo muchos problemas para ser comprendida en su tiempo: una estructura argumental diferente , personajes extremos, violentos y pasionales, un enclave geográfico árido y abrupto, hacían de Cumbres Borrascosas un relato demasiado diferente e impactante para los exquisitos gustos victorianos.

Emily no pudo disfrutar el éxito de su novela. Al año siguiente a su publicación falleció de tuberculosis. Su hermana Charlotte – la más decidida y emprendedora de las tres hermanas – se hizo cargo de su legado literario, publicando una segunda edición con el verdadero nombre de su hermana Emily Brontë.

(Si no has leído la novela , no leas los párrafos siguientes, ya que diseccionan los acontecimientos más importantes de la obra)

La novela cuenta la historia de un hombre llamado Lockwood que llega a la finca Cumbres Borrascosas para conocer al señor Heathcliff, su casero, que le ha alquilado una villa cercana, la Granja de los Tordos. El recibimiento no puede ser más frío. En la casa viven también la nuera de Heathcliff, Catherine, y el joven Hareton. Los tres personajes le parecen a Lockwood incomprensiblemente hoscos y amargados.

La señora Dean, que sirve a Lockwood en la Granja de los Tordos y cuidó a los protagonistas cuando eran niños, le cuenta la historia de las dos familias que viven en la zona, los Linton y los Earnshaw. El señor Earnshaw, dueño de Cumbres Borrascosas, trajo un día a su casa a Heathcliff, un niño abandonado, para criarlo como suyo. Los hijos de Earnshaw recibieron con extrañeza a Heathcliff. Con el tiempo, la hija, Catherine, hizo buenas migas con él, pero el hijo mayor, Hindley, lo detestaba y no perdía ocasión de humillarlo.

Años después, los padres de Catherine y Hindley mueren. Hindley se casa con una mujer llamada Frances, la cual prohíbe a Heathcliff todo contacto con Catherine. Sin embargo, los dos mantienen a escondidas su amistad, que pronto se convierte en amor apasionado. Un día deciden ir a espiar a los vecinos que viven en la Granja de los Tordos, los Linton. Los Linton los sorprenden. Mientras intenta huir, un perro muerde a Catherine. Los Linton la recogen, la cuidan y la alojan en su casa durante una temporada. En cambio, expulsan a Heathcliff, al que consideran poco menos que un criado. Cuando Catherine vuelve a las Cumbres, ha cambiado: ya no es una niña salvaje, sino toda una señorita.

Catherine se casa con el hijo de los Linton, Edgar, aunque confiesa al ama de llaves, Nelly Dean, que en realidad está enamorada de Heathcliff. Éste, que escucha escondido parte de la conversación, se siente ofendido, pues Catherine dice que descarta casarse con él porque la unión la rebajaría. Herido en su orgullo, desaparece, pero vuelve tiempo después, enriquecido por oscuros negocios. Para enfadar a Edgar y poner celosa a Catherine, corteja a Isabella (la hermana menor de Edgar), y acaba casándose con ella, que le da un hijo, Linton.

Catherine enferma por los encontronazos entre su marido y Heathcliff, y acaba muriendo la noche en que da a luz a la hija que tiene con Linton, su marido. Linton le pone el nombre de su esposa. Hindley, convertido en un borracho y jugador empedernido, se ve obligado a vender Cumbres Borrascosas a Heathcliff. Finalmente muere, y Heathcliff se queda con la casa y con el hijo de Hindley, Hareton, al que mantiene analfabeto y salvaje, vengándose así de su padre. Isabella huye de Cumbres Borrascosas y se consagra al cuidado de su hijo, Linton. Finalmente, muere, y Linton vuelve con Heathcliff, que lo desprecia, pues es un niño enfermizo que no se parece en nada a él.

Pasan dieciséis años. Cathy Linton, que no conoce la historia de las Cumbres, acude a visitar a su primo Linton. Heathcliff orquesta un romance entre los dos primos y logra que se casen, de modo que cuando Edgar y el propio Linton mueren poco después, Heathcliff hereda la Granja de los Tordos, apoderándose así del patrimonio de las dos familias que tanto lo despreciaron.

El señor Lockwood vuelve a Cumbres Borrascosas y descubre que Heathcliff ha muerto, convencido de que el fantasma de su amada Catherine ha venido a buscarlo. A pesar de lo mucho que lo maltrató, Hareton llora por Heathcliff, que ha sido lo más parecido a un padre que ha conocido. Cathy, que al principio despreciaba a Hareton, pasó a compadecerse de la ignorancia del muchacho y le enseñó en secreto a leer. Su relación da un giro feliz: al final, deciden casarse, dando así un final feliz a la historia de odios y desencuentros de sus familias.

Se han hecho muchas adaptaciones de la obra de Emily Brontë, siendo la mas aclamada la que en 1939 dirigió el americano William Wyler con un espléndido Lawrence Olivier en el papel de Heatchcliff y Merle Oberon como Catherine.

En 1970 Se rodó otra versión de menor repercusión donde un joven Timothy Dalton daba vida al pasional Heatchcliff.

En los años 90, se revisó de nuevo este clásico con Ralph Fiennes y Juliette Binoche como protagonistas; una de las últimas adaptaciones se hizo en el año 2009, la cadena británica ITV y fue protagonizada por Charlotte Riley y Tom Hardy. Ha habido otras adaptaciones, entre ellas una realizada por Luis Buñuel en México, aunque ninguna ha logrado hacer olvidar a la primera adaptación de la obra, principalmente por la gran actuación de Sir Lawrence Olivier, que quedará en nuestro recuerdo como una muy fiel interpretación del Heatchcliff imaginado por Emily.

Ilustraciones por orden de aparición en el blog:

1. Retrato de Emily Brontë realizado por su hermano Branwell

2. Estatua de las tres Hermanas Brontë situada en el jardín del Bronte Parsonage, en West Yorkshire

3. Adaptación de 2009 por la cadena de televisíon británica ITV con Tom Hardy y Catherine Riley como protagonistas

4. Ilustración de Ruben Toledo para la portada de la edición de la Editorial Penguin

5. Merle Oberon y Sir Lawrence Olivier en la adaptación cinematrográfica de 1939

6. Ralph Fiennes y Juliette Binoche en la película realizada sobre la novela de Emily en 1992

7. Fotografía de Yorkshire

7. Ilustración de Heathcliff

8 y 9. Carteles de las películas de 1992 y 1939

10.  Fanart sobre los personajes de la novela

Todas las ilustraciones son propiedad de sus autores

Fuente del argumento de la obra: wikipedia

Y como broche final a esta entrada, un recuerdo para Kate Bush y la maravillosa Wuthering Heights, todo un clásico de la música.

Kate Bush. Wuthering Heights



Elizabeth Gaskell: vida

La escritora victoriana Elizabeth Gaskell nació en Londres en 1810. Después de la temprana muerte de su madre, se fue a vivir con su tía a Knutsford, Cheshire; fue este pequeño pueblo y sus habitantes los que más tarde retrataría en la exquisita novela Cranford.

Fue allí donde conoció al que sería su esposo, William Gaskell, un pastor de la iglesia con el se fue a vivir a la industrializada ciudad de Manchester. De hecho sería esta ciudad, ejemplo de una nueva forma de esclavitud obrera y deshumanización industrial, la que inspiraría una de sus más aclamadas novelas, Norte y Sur.

‘Knutsford, before the Railway was made, in 1860’

Durante sus primeros años de matrimonio, Elizabeth se dedicó a lo que se consideraban las labores  propias de la mujer de un hombre de la iglesia; estas tareas y el cuidado de su familia ocupaban todo su tiempo.

Su marido además de ministro de la iglesia era un hombre con grandes inquietudes culturales, por lo que el hogar de los Gaskell era frecuentado por intelectuales, en todos los campos, de la cultura: entre ellos escritores y reformadores sociales.

Pollard and Kennedy’s Mills, Ancoats-Lane, Manchester, C.1830

Pero un inesperado y trágico suceso hizo que la vida de Elizabeth Gaskell cambiara radicalmente: su hijo murió y Gaskell se refugió en la literatura para tratar de superar la gran pena que la invadió.

Su primera obra, publicada anónimamente en 1848, Mary Burton, fue un gran éxito. Su estilo realista y el retrato intimista que hacía de los protagonistas de su obra, así como las descripciones de escenarios y ambientes, hicieron que Thomas Carlyle y el mismísimo Charles Dickens se fijaran en la novel escritora.

Dickens la invitó a colaborar en su revista Household Words, donde sus novelas Crandford y Norte y Sur fueron apareciendo por capítulos, gozando de un increíble éxito entre los lectores de la publicación.

El gran éxito de sus novelas le trajeron el reconocimiento y  grandes amistades entre los escritores más importantes de su época, ya que además de Dickens cultivó la amistad de John Ruskin, el estadounidense Charles Eliot Norton y sobre todo con la escritora Charlotte Brönte. A Charlotte la admiraba tan profundamente que incluso escribió una exitosa y completísima biografía de la autora de Jane Eyre, que además de su calidad literaria y narrativa, sigue siendo una de las mejores fuentes sobre la vida y obra de la escritora.

Entre su obra, además de la Vida de Charlotte Brönte, destacan las novelas:

  • Mary Barton (1848)
  • Cranford (1851-3)
  • Ruth (1853)
  • North and South (1854-5)
  • Sylvia’s Lovers (1863)
  • Cousin Phillis (1864)
  • Wives and Daughters: An Everyday Story (1865)

La última ilustración de este post es obra de Alexy Pendle y pertenece a su autora ( http://alexypendle.com) ; aparece en este post solamente para ilustrarlo y sin ánimo de lucro.

Sir James Matthew Barrie: Peter Pan

El 9 de Mayo se celebró el 150 Aniversario del nacimiento del escritor escocés JM Barrie, creador del célebre personaje Peter Pan que ha fascinado a generaciones de niños y adultos desde la primera representación de la obra en 1904 en un teatro londinense, bajo el nombre de Wendy.

Sir James Matthew Barrie, criado en una familia victoriana de clase alta, tuvo una infancia difícil debido al carácter inflexible y autoritario de su padre, y a la desatención de su madre, que nunca pudo superar la muerte de su hijo mayor en un accidente. A consecuencia del abandono familiar, Barrie desarrolló enanismo psicogénico, que le impidió desarrollarse físicamente y le marcaría el resto de su vida.

A Barrie le acompañó el éxito desde sus primeras novelas sobre Thrums, nombre ficticio para su lugar de origen Kirriemuir, donde ambientó sus primeros relatos. Entre sus obras teatrales destaca Peter Pan, personaje que ya había aparecido por primera vez en su obra, escrita en 1902, The LittleWhite Bird .

Peter Pan fue representada por primera vez , en un teatro londinense, en 1904, y cuyo éxito hizo que Barrie, en 1911, la transformara en una novela, con el título de Peter Pan y Wendy.

Bajo la apariencia de una fantasía infantil, la obra retrata la tiranía y rigidez de la moral de la sociedad y la familia victoriana en contraposición con Nunca Jamás, lugar del que Peter Pan se niega a volver, y, en donde las reglas morales son bastante más ambigüas que en el mundo “real”.

El personaje está inspirado en Peter, uno de los niños de la familia Llewelyn Davies, con la que Barrie tenía una especial relación de amistad. De hecho no parece muy claro que fuera sólo Peter el inspirador del personaje, sino que Barrie basó, no sólo el personaje de Peter, sino los de los Niños Perdidos en todos los hermanos Lewelyn Davies. Para el personaje de Wendy parece ser que se inspiró en Margaret Henley, hija de su amigo el poeta William Ernest Heanley.

Las alegorías al mundo real que aparecen de Peter Pan han convertido la obra en objeto de estudio no sólo en el campo de la literatura sino en el campo de la psiquiatría y lo psicología: la negativa de Peter a hacerse mayor y su decisión de quedarse para siempre en Nunca Jamás, la elección de Wendy como madre de los Niños Perdidos – algo a lo que también aspira Garfio, enemigo de Peter- y su acción de regresar a casa con sus hermanos para aceptar sus responsabilidades, así como la confrontación moral entre los dos mundos han convertido la historia de Barrie en un relato que no deja indiferente a nadie.

Además de esto, la historia del niño libre en su isla de fantasía, como jefe de su pandilla de niños perdidos, las hadas, los piratas y los indios convirtieron la obra de Barrie en un clásico de la literatura y el imaginario infantil, disparando su popularidad con la adaptación  cinematográfica, en forma de dibujos animados, que Walt Disney hizo en 1953.

Barrie donó los derechos de su obra en 1929 al Great Ormond Street Hospital, aunque la gestión de estos derechos han generado polémica a lo largo de las décadas.

La ciudad de Londres homenajeó a Barrie con una estatua de Peter Pan tocando la flauta, en los jardines de Kensington, obra del escultor George Frampton, que decepcionó profundamente a Barrie. El escritor quería que Michael ,uno de los hermanos Llewelyn Davies,  fuera el modelo elegido para esculpir la estatua. En la fotografía que Barrie proporcionó al escultor Michael aparecía vestido con el característico traje de Peter Pan. El artista decidió prescindir de la fotografía de Michael y elegir a otro niño como modelo, lo que causó el malestar de Barrie. Cuando éste pudo ver la obra de Frampton opinó que el autor no había sabido mostrar el verdadero espíritu de Peter ni el demonio que Peter Pan llevaba dentro.

Charles A Buchel: Peter Pan from Barrier’s Theatre Poster 1904

Arte y Cultura en la Época Victoriana

La lectura era uno de los principales intereses de los Victorianos. No sólo los libros y los periódicos, sino las revistas, guías de viajes, revistas sensacionalistas – “penny dreadfuls” –  historias populares e incluso comics, tenían gran éxito entre la sociedad. Y, la llegada del ferrocarril hizo posible una distribución del material de lectura por todo el país con rapidez.  Los kioskos propiedad de H.W. Smith, situados en las estaciones proporcionaban a los lectores  las últimas ediciones de las publicaciones más esperadas – la empresa de H.W. Smith sigue presente, en la actualidad,  en las estaciones y calles inglesas.

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Los esfuerzos por los reformistas sociales para acercar la educación a todas las clases sociales hizo posible que las clases menos acomodadas  tuviesen acceso al aprendizaje de la escritura y la lectura. Para los adultos  se organizaban clases y reuniones para enseñarles a leer y a escribir, y se trataba de que los niños acudiesen regularmente a las escuelas.

Las bibliotecas estaban vetadas a los obreros. Los horarios de apertura coincidían con sus horarios de trabajo por lo que les resultaba imposible visitarlas; pero poco a poco el número de bibliotecas públicas se incrementó y amplió su horario por lo que el acceso a ellas por parte de las clases trabajadoras fue más fácil.

The Times, que se comenzó a publicar en 1785, era el periódico de referencia. Era caro y sólo tenían acceso a él las clases altas.  Los impuestos a los que estaban sujetos los periódicos los convertían en publicaciones que por su precio no estaban al alcance de todos. La supresión de la tasa hizo que los periódicos se abaratasen y aparecieran nuevas publicaciones como The Daily Telegraph o el más sensacionalista Daily Mail. A partir de aproximadamente 1850 aparecieron las publicaciones específicas para niños en forma de novelas o comics.

Los autores literarios más populares, como Charles Dickens o Elizabeth Gaskell,  editaban sus novelas publicando capítulos mensuales en revistas que eran esperados con ansiedad por los lectores no sólo británicos sino también estadounidenses.

Muchas de las mejores escritoras que ha dado la literatura inglesa, como las hermanas Brontë o Mary Ann Evans (más conocida como George Eliot) comenzaron a enviar sus obras a las editoriales bajo nombres masculinos.

El fantástico Wilkie Collins o Arthur Conan Doyle tenían un gran número de lectores que se incrementaba con cada nueva publicación de una obra. Thomas Hardy, aunque obtuvo un gran éxito con sus novelas, conmocionó a la sociedad victoriana con sus historias rurales demasiado realistas y alejadas del mundo ideal en el que les gustaba imaginar que vivían.

R.L. Stevenson, R. Kipling o Lewis Carroll, fueron algunos de los grandes maestros de las letras victorianas.

 

Bienvenidos a la Época Victoriana

Bienvenidos a mi blog sobre la Época Victoriana, una época fascinante tanto desde el punto de vista social como cultural.

Un tiempo donde escritores como las hermanas Brontë, Charles Dickens, Conan Doyle, Lewis Carroll, Wilkie Collins , Elizabeth Gaskell y muchos otros convivieron con artistas como Everett  Millais, Dante Gabriel Rosetti o el diseñador William Morris, reformistas como Annie Besant, Josephine Butler o Florence Nightingale e inventores como Boyd Dunlop o Graham Bell.

Una época por la que intentaré hacer un recorrido desde este blog, así como ofrecer links interesantes sobre todo lo relacionado con sus protagonistas.

Alfred Stevens (Belgian, 1823-1906) ~ Girl Looking in the Mirror

Alfred Stevens (Belgian, 1823-1906) ~ Girl Looking in the Mirror