Dimes cómo eres y te diré tu pareja ideal

En cuestiones amorosas los victorianos eran realmente curiosos, y, antes de embarcarse en una relación amorosa analizaban todos los pros y contras para evitar que esa relación pudiera ser un fracaso. Y, para ello, utilizaban todos los estereotipos que tenían a su alcance.

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Vía Pinterest

El ideal de mujer de esta época, representado por las heroínas de las novelas de Brönte, Dickens, Gaskell o Collins, por poner algunos ejemplos, era una mujer bonita, agradable, de constitución pequeña y delicada, recatada, con gracia, tranquila pero capaz de afrontar los contratiempos y sinsabores de la vida con gran valentía y fortaleza, enfrentándose a todos ellos con gran resolución y principio morales.

Por el contrario, el hombre ideal, el héroe romántico, era todo un caballero, alto, fuerte, protector, honesto, valiente, con grandes cualidades morales, aunque siempre era un aliciente que tuviera un pasado misterioso y una personalidad ligeramente atormentada.

Lejos de los ideales novelescos, en el complementario estaba el éxito: una persona irritable y nerviosa debería buscar a otra tranquila y comprensiva, y una persona demasiado sensible e insegura a alguien de carácter fuerte y resolutivo.

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Pero no sólo importaba el carácter a la hora de elegir  a una pareja, sino que también era fundamental prestar atención a  las características físicas de cada una de ellas.

El Profesor Thomas E. Hill nos la recuerda en su The Essential Handbook of Victorian Etiquette, y seguro que muchas de ellas, además de sorprendernos, nos dibujarán una sonrisa.

Una de las peculiaridades que se analizan son el color de los ojos: si uno de los miembros de la pareja tuviera los ojos grises, azules, negros o color avellana nunca deberían casarse con alguien que tuviera el mismo color de ojos.

Además si el color de ojos fuera muy intenso,  elegir una pareja con el mismo color de ojos sería un tremendo error para la felicidad futura de la pareja.

El pelo rojo indica una personalidad nerviosa e inestable, por lo que una persona pelirroja debería buscar una pareja con el pelo negro azabache, ya que su carácter sería complementario y dotaría de estabilidad a la unión.

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Una persona de pelo claro y fino, con una piel suave y delicada denotaba un carácter sensible; casarse con alguien con las mismas características físicas traería la ruina a su relación, ya que el carácter endeble de ambos haría imposible hacer frente a los momentos difíciles de la vida en pareja. Su pareja ideal sería alguien con el pelo y la piel más oscuros, ya que estos denotaban un carácter más fuerte y firme.

Lo mismo sucedía con las personas de pelo lacio; su complementario ideal sería una persona con el pelo fuerte y, a poder ser rizado.

Si alguien tenía el óvalo de la cara alargado y delgado debía buscar a alguien de cara redonda, y si la nariz era chata su ideal era una persona con una nariz con personalidad, a poder ser con el típico perfil romano.

Si el rostro era huesudo, con mandíbula prominente y rasgos muy marcados, con nariz sobresaliente, frente ancha, ojos hundidos y complexión delgada, NUNCA podía tener éxito con una persona con características similares, ya que estos rasgos reflejaban frialdad, un carácter severo y ausencia de sensibilidad. Por lo tanto, las personas con este tipo de peculiaridades físicas deberían esforzarse en buscar una pareja con el óvalo de la cara redonda, mejillas sonrosadas, nariz pequeña y silueta redondeada, rasgos identificables con la calidez y la dulzura. Así la calidez calentaría la frialdad del otro y el matrimonio complementaría su carácter.

La herencia en los rasgos también tenía su importancia: si una mujer había heredado los rasgos físicos de su padre, nunca debía buscar un hombre con rasgos similares a los de su progenitor, sino buscar a alguien cuyos rasgos fueran más coincidentes ¡con los de su madre!

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Pero, ¿qué sucedía si una persona no tenía rasgos especialmente destacables? Por ejemplo, los ojos de una persona podían ser ni muy azules, ni muy verdes, ni muy negros, o su pelo ni demasiado, rubio, ni demasiado negro ni pelirrojo. Pues, estas personas, lo tenían muchísimo más fácil, ya que podía emparejarse con personas de rasgos similares a ellas, así tenían mucha menos dificultad en encontrar una pareja ideal.

Como podéis ver, en la época victoriana el amor no sólo era una cuestión del corazón sino que para encontrar a la pareja apropiada ¡había que hacer un estudio anatómico completo del candidato!

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Qué tengáis un San Valentín muy feliz y victoriano. Y para felicitar a todas aquellas personas por las que sintáis amor, en la página de Pinterest de La Casa Victoriana tenemos un tablero lleno de preciosas postales de San Valentín victorianas con preciosas ilustraciones.

Tarjetas Victorian de San Valentín

Un festín navideño victoriano

La mesa navideña

El esplendor y la abundancia de la mesa navideña victoriana eran casi escandalosos. La presentación de los platos, el increíble menú compuesto por innumerables platos de carnes, aves, verduras, frutas y los más deliciosos dulces, servidos en maravillosas vajillas, eran un espectáculo para la vista.

Las fechas navideñas representaban todo un reto para las cocineras, ya que cada anfitrión se esmeraba por tener el menú más completo, original, y por qué no decirlo, extravagante. Los debates y discusiones sobre el menú más adecuado comenzaban semanas antes de las celebraciones, poniendo a prueba la imaginación, y también la paciencia, sobre todo del servicio doméstico.

El lema “menos es más” no era una no era una máxima por la que se regían los victorianos; para un victoriano menos es menos y más nunca es suficiente, sobre todo, en las fiestas navideñas.

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The Dinner Party- Sir Henry Cole

El servicio

Hasta mediados del siglo XIX, los diferentes platos se servían en la mesa principal, siguiendo el estilo “a la francesa”, es decir, no retirando el servicio hasta que finalizaba la cena. Pero la imperante moda de cenar “a la rusa” impuso nuevas costumbres en los victorianos, entre ellas la de que los platos fueran traídos a la mesa sólo cuando fueran solicitados, de manera que la mesa quedara despejada para poder ser adornada con centros y decoraciones espectaculares.

La gran mesa del salón, a la que se sentaban todos los invitados, se cubría con un mantel blanco, acompañado de sus servilletas de un blanco tan inmaculado como el mantel.

Hay una curiosidad no del todo cierta sobre la costumbre victoriana de cubrir las mesas con grandes manteles que casi llegaban al suelo. Parece ser que la razón que tenían los victorianos para utilizar estos manteles tan largos era tapar las patas de la mesa para no ofender a las damas.

La explicación de esta extraña costumbre se puede explicar con la palabra que se utiliza en inglés para designar las patas de la mesa: “legs”. Dejar las “piernas de la mesa” a la vista podía resultar ofensivo y esa era la razón para cubrirlas.

Aunque otras versiones dicen que la verdadera razón de cubrirlas era simplemente para que no se rayaran o astillaran con posibles golpes durante la cena.

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Dinner at Haddo House – Alfred Edward Emslie

La decoración de la mesa

La comida se servía en las mejores vajillas de cara porcelana exquisitamente decorada y en las más delicadas copas de cristal. Las mesas se adornaban con enormes fruteros o cestillas de plata con todo tipo de frutas, siendo un elemento esencial de estos ornamentos los racimos de uvas, naturales o escarchados.

Ninguna decoración era lo suficientemente ostentosa o llamativa para la alta sociedad victoriana: si los altos y abundantes fruteros no fueran suficientes, la ornamentación se completaba con arreglos florales en forma de arcos o de pequeños ramos.

Para completar la exuberancia decorativa se añadían hojas de helecho (los maidenhair, helechos pequeños de frondosas y brillantes hojas eran los preferidos), hiedra, acebo y muérdago, que colgaban en forma de guirnaldas por todo el salón. Estas plantas, especialmente los helechos, también se empleaban para decorar las fuentes de la comida.

Los candelabros llenos de tintineantes velas completaban la ensoñación de contrastes y colores que convertían los salones en un derroche de luces y victoriana elegancia.

Los platos se dejaban en una mesa auxiliar de donde los sirvientes las acercaban a la mesa cuando los comensales los requerían. La función de los sirvientes, lacayos en este caso, era la de acercar las bandejas al comensal, que se servía él mismo.

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The End of Dinner- Jules Alexandre Grun

Los platos principales

Los victorianos no ahorraban en número de platos para degustar en estas celebraciones: para los entremeses las preciosas soperas victorianas alternaban gustosos consomés con espesas cremas y sopas, o bien, ligeros platos de pescado.

Entre los platos principales se podía escoger entre diferentes carnes de vacuno, asadas o estofadas, rellenas, o en pasteles salados y deliciosos platos de aves donde destacaba el pavo relleno, servido con salchichas y bacon.

Como curiosidad podemos comentar que el pavo no fue siempre el rey de los platos navideños. El ganso y el pato eran las aves preferidas para asar y rellenar en las ocasiones especiales, pero a finales del siglo XVIII el pavo llegó de América para quedarse como protagonista absoluto de las comidas navideñas.

Los acompañamientos se servían en un carro auxiliar que contenía patatas asadas, puré de patatas, coles de Bruselas, repollo, nabos, ensaladas y distintas clases de salsas, destacando la famosa gravy.

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Víspera de Navidad- Carl Larsson

Los postres

En otra mesa auxiliar vistosos postres eran exhibidos como en un escaparate: dulces decorados con frutas y rellenos de crema, gelatinas, merengues, pies o tartas dulces inglesas, o gateaux, tartas a la francesa, con diferentes coberturas, bizcochos borrachos de brandy o jerez, como trifles y tipsy cakes, en dulce almíbar, como los savarines o horneados después de empaparlos en licores dulces como el babá francés.

Aunque el postre que no podía faltar era el Christmas Plum Pudding. Este postre de origen celta se elaboraba días antes de Navidad y su masa se envolvía en una fina tela, para posteriormente ser horneado a fuego bajo durante varias horas. Este bizcocho especiado llevaba infinidad de frutos secos y frutas.

Este pastel estuvo en peligro durante el mandato del puritano Oliver Cromwell, que convirtió el país en una república denominada Commonwealth of England.

Cuenta la leyenda que fue el mismo Cromwell el que prohibió la Navidad en el siglo XVII y, por consiguiente, la elaboración de las recetas tradicionales navideñas, con la amenaza de enviar a prisión a cualquiera que elaborase o comiese  un Christmas Pudding.

En realidad no fue Cromwell quien lo prohibió, sino su partido político, que estaba en el gobierno en ese momento, y la prohibición duró lo que duró su mandato, recuperando la sociedad inglesa la elaboración del pudin que alcanzó su máxima popularidad en la Inglaterra victoriana.

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A Christmas Dole – Joseh Clark

Las golosinas

En 1840, el pastelero inglés Tom Smith, inventó un elemento fundamental para las festividades victorianas: los crackers. El invento consiste en un tubo relleno de golosinas cerrado por ambos lados y envuelto en papeles de vivos y brillantes colores, a modo de caramelo grande. Al friccionar una tira que atraviesa el cracker este hace una pequeña explosión liberando todas las golosinas.

Durante la época victoriana a esta golosina se la denominó bon-bon, y no fue hasta los años 20 en el que el nombre cracker se adoptó definitivamente para denominarlo.

En las casas más humildes también se celebraba la Navidad de manera especial. Aunque la comida no podía ser tan abundante, en la mesa siempre había un buen pollo o ganso asados, acompañados de ricas patatas o castañas, y no faltaba un pudin navideño y golosinas y crackers para los más pequeños.

Y, ninguna casa carecía de un árbol decorado y bonitas guirnaldas para que la alegría navideña entrara en todos los hogares.

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Noche de Navidad – Viggo Johansen

 

 

Halloween victoriano: rituales y conjuros

Como todos los años en La Casa Victoriana no puede faltar nuestro particular homenaje a la fiesta de Halloween, una fecha en la que los victorianos disfrutaban especialmente celebrando fiestas de disfraces y escenificando toda clase de rituales relacionados con la magia y el amor.

¡Hagamos una recopilación de algunos de estos ritos eran realmente curiosos!

Los tres platos: decidme si me casaré con una bella doncella

En una mesa se colocaban tres platos: uno lleno de agua limpia, otro con agua sucia y otro vacío. A uno de los participantes en el juego se le vendaban los ojos y se le conducía hacia la mesa en la que estaban los tres platos.

A ciegas  la persona escogía uno: si su elección era el plato con agua limpia se casaría con una bella dama, si el elegido era el que contenía agua sucia sería viudo, y si la suerte le llevaba hacia el vacío sería un amargado solterón.

Este ritual podía intentarse tres veces, previo cambio de sitio de los platos.

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La dama frente al espejo: espejo, muéstrame el rostro de mi amado.

On Halloween look in the glass,

your future husband’s face will pass

Una de las tradiciones más populares entre las jóvenes era la de tratar de conocer cual sería el rostro de su futuro marido.

Para ello, la joven se encerraba en una habitación a oscuras, con la única luz de una vela iluminando el cuarto, y se colocaba frente al espejo. La superstición decía que al iluminar su imagen frente al espejo, a su lado, se reflejaría la imagen de su futuro marido.

A este ritual, a veces se le añadía un elemento adicional: la joven además de iluminar su imagen con una vela en el espejo debía ¡estar comiendo una manzana!

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Quemando nueces, ¿cuál será nuestro futuro?

The auld gudewife’s weel hoarded nits
Are round and round divided,
And monie lads’ and lasses’ fates
Are there that night decided.
Some kindle, couthie, side by side,
And burn thegither trimly;
Some start awa’ with saucy pride,
And jump out-owre the chimlie.

Cada miembro de una pareja elige una nuez entera. Ambas nueces se ponen al fuego. Cada uno observa atentamente cómo se van quemando las nueces: si se queman lentamente, si se rompen o si ambos lados de la nuez se separan. Dependiendo de cómo respondan las nueces al fuego, así será su relación.

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Mojé manga de mi camisa en el río: mi futura pareja aparecerá para secarla

Go to a south-running stream,

and dip your sleeve in it at a spot

where the lands of three lands come together

Una superstición escocesa contaba que la noche del 31 de octubre un joven o una joven debían mojar la manga de su camisa en un arroyo donde las tierras de tres tierras se unían. Al llegar a casa tenía que colgar la manga cerca del fuego para que secara, en un lugar que pudiese ver desde su cama.

No podía dormirse porque durante la noche una aparición tendría lugar en el lugar en el que había dejado la manga: su futuro esposo o esposa aparecería para retorcer la manga para intentar que se secase.

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Lanza la berza, ella te contará tu futuro

O, is my true love tall or grand?

O, is my sweetheart boony?

Una de las tradiciones más antiguas cuenta como las kales, berzas, podían pronosticar el futuro de las parejas.

Las parejas salen cogidas de la mano y con los ojos vendados a la búsqueda de una berza, que aún está plantada, y deben arrancarla y lanzarla. Dependiendo del tiro y de cómo cayera la berza, así será el aspecto de la futura pareja y la relación de los jóvenes.

Si la raíz arrastra una buena cantidad de tierra, las previsiones económicas futuras de la pareja serán favorables. Si al comerla el corazón de la berza es dulce, la pareja vivirá momentos felices, pero si es amargo, no se deparan buenos augurios para la relación.

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Dulces y velas: la vela paga

El aro y la vela, más que un ritual, es un juego para los más jóvenes.

Se coge un aro de un barril y en él se cuelgan varios dulces, caramelos y manzanas, pero también finales de velas. Se vendan los ojos de los participantes y se gira el aro.

Los participantes deben intentar morder uno de los dulces colgados y no morder el final de vela. Aquellos que tengan la mala suerte de morder la vela tendrán que pagar la multa, que habitualmente consistía, en el pago de las velas.

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Caminando en la oscuridad

Una dama debía caminar hacia atrás en la oscuridad, hacia el sótano, con la única iluminación de una vela en su mano derecha y un espejo en su mano izquierda, mientras recitaba una y otra vez:

    ” Appear, appear, my true love dear,
Appear to me to-night,”

Antes de alcanzar el final de la escalera el rostro del amado se reflejaría en el espejo.

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El pastel y el anillo

Antes de hornear un delicioso bizcocho se introduce un anillo en la masa. Una vez hecho se sirve en porciones y a aquel a quien le toque el anillo en su porción encontrará el amor verdadero en el plazo de un año. ¡Cuidado con tragarse el anillo!

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Un barquito en su cáscara de nuez

Se le ofrece a los invitados una cáscara de nuez, con un palillo y un papel blanco simulando una vela. En la cáscara de nuez se escribe la inicial de la persona de la que está enamorado.

Se colocan los barquitos de nuez en un barreño con agua y se agita. Si un barquito se hunde significará no solo que el amor no será corrrespondido sino que esa persona permanecerá soltera y sola ¡para el resto de su vida!

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¿Fundimos plomo? Sus formas nos dirán nuestro futuro

Este juego me parece un poco más complicado e implica poderes de adivinación o mucha imaginación…

Fundimos un objeto de plomo y dejamos que el fundido se vierta a través de la manija de una llave cayendo sobre un bol de agua limpia. Las formas que forme el plomo serán un reflejo de lo que nos depara nuestro futuro.

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Rituales y juegos con manzanas

  • La manzana me dirá el nombre de mi amado

Aquel joven o aquella joven que quiera saber por qué letra comenzará el nombre de su futura pareja tendrá que pelar una manzana de una sola vez. Cuando termine tendrá que lanzar la monda de la manzana por encima de su hombro izquierdo.

Cuando caiga en el suelo dibujará la forma de una letra en el suelo. Esa letra será la inicial del apellido de su enamorado o enamorada.

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  • Bobbing the apples

Se escogían varias manzanas rojas y apetitosas y se dejaban flotar en un barreño con agua; los participantes del juego debían poner los brazos a su espalda y sumergir sus cabezas en el barreño para coger las manzanas con los dientes. ¡La diversión estaba asegurada!

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  • Manzanas a la hoguera

Para atraer al verdadero amor, se comía una manzana asada y se echaban al fuego el corazón y las semillas mientras se cantaba:

    “One, I love, two, I love, three, I love, I say,
Four, I love with all my heart,
Five, I cast away;
Six, he loves, seven, she loves, Eight, they both love.”

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¿Queréis intentar alguno la noche del 31 de octubre?

¡Feliz noche de Halloween a todos los suscriptores y seguidores de La Casa Victoriana!

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Regreso a la escuela: las “one room school” victorianas

Cuando pensamos en las escuelas victorianas una de las primeras imágenes que nos vienen a la cabeza es la de un internado con niños y niñas vestidos con sobrios uniformes, severos profesores y estrictas normas de comportamiento.

Pero  las pequeñas escuelas de los barrios más humildes y, sobre todo, de las zonas rurales, distaban mucho de esa imagen.

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A Dame’s School- Thomas Webster

Las escuelas

Este tipo de escuelas eran lo que se denominaba one room school, formadas por cuatro paredes y un tejado, con los materiales más básicos para impartir las clases.

Estas escuelas albergaban en una misma habitación a alumnos de todas las edades y de diferentes niveles de aprendizaje. Niños y niñas compartían el espacio, sin haber separación por sexos, entre otras cosas, porque el espacio único no lo permitía. La única separación consistía en la creación de pequeños grupos de niños según su nivel escolar.

Algunas escuelas con mayor número de alumnos tenían dos puertas de entrada y salida: una para las niñas y otra para los niños, aunque en el interior todos estuvieran en la misma clase.

Habitualmente los maestros utilizaban una campanilla colocada en la puerta para indicar la hora de entrada a la clase.

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Snow Scene Children Leaving School, Marc Louis Benjamin Vautier;

Los maestros

La persona que impartía las clases era una persona dedicada a sus alumnos, y, que a pesar del bajo salario que recibía, se preocupaba más allá de lo que implicaba su trabajo de maestro, ya que se ocupaba de la higiene, de la salud, de la alimentación y muchas veces intercedía en problemas familiares de los que los niños eran víctimas indirectas o directas, como problemas de alcoholismo de los progenitores o de maltrato infantil.

La mayoría de los maestros eran hombres y no recibían el nombre de teacher sino de schoolmaster.

La maestra era una mujer con una imagen muy alejada de la de las serias institutrices. Para poder ejercer de profesora tenía que ser soltera. En el momento en que contraía matrimonio tenía que dejar su trabajo como maestra.

Cuando la escuela no estaba financiada por alguna institución política o un benefactor privado, que corría con los gastos del material y del sueldo del maestro, eran las instituciones religiosas o de caridad las que sufragaban los gastos.

Habitualmente, en las zonas rurales, eran las propias familias las que aportaban una pequeña cantidad para pagar el salario del maestro, además de proporcionarle un lugar donde vivir. Aquellas familias que no podían aportar dinero en metálico, pagaban con productos de su huerto, de su granja o con servicios propios de su oficio.

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The Country School Winslow Homer

Las asignaturas

Las asignaturas que se impartían en estas humildes escuelas, eran muy diferentes de las escuelas o internados privados. En estas escuelas no había clases de música o de protocolo, sino que que se enseñaban lo que se conocía como las Three Rs: Reading, Riting and Rithmetic, o lo que es lo mismo Reading (lectura), wRiting y aRithmetic – lectura, escritura y aritmética.

Los estudiantes aprendían poemas, rimas, canciones y oraciones por el método de memorización, que era un método habitual de aprendizaje. Después tenían que recitarlos en voz alta en clase, para acostumbrarse a pronunciar correctamente y a hablar en público.

En algunas escuelas, si los niños dominaban las materias básicas,  se enseñaba historia, geografía y gramática.

Además se dedicaba una especial atención a la caligrafía y al uso de la pluma y la tinta: tener una letra firme, inteligible y con bellas curvas se consideraba una cualidad muy apreciada en los estudiantes.

A aquellos alumnos que destacaban en sus asignaturas se les premiaba con una medalla o distinción, premios que trataban de estimular el estudio.

Aquellos estudiantes que no cumplían con sus tareas o cuyo comportamiento no era lo suficientemente bueno, recibían castigos más o menos ejemplares que iban desde las aburridas copias, a los castigos “cara a la pared” o la humillación de llevar puesto un gorro  que ponía “burro”.

Los castigos corporales, desgraciadamente, no eran inusuales y estaban socialmente aceptados. Habitualmente consistían en darle al niño unos azotes en el trastero o en las manos con una vara de madera.

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School Punishment, Ralph Hedley, 1848

El material de estudio

Para la escritura se utilizaban quills, plumas, habitualmente de ganso, que previamente afilaban. La tarea de afilado le correspondía a los profesores o a los estudiantes mayores para evitar que los más pequeños se hicieran daño al afilarlas.

Las plumas se mojaban en la tinta que contenían los tinteros, generalmente pequeños botes de cristal, que se cerraban herméticamente después de su uso para evitar que la tinta se secase. Ante la dificultad de escribir con tinta sobre los papeles, ya que quedaban humedecidos, se utilizaban blotting papers o papeles secantes que se colocaban encima del papel escrito, al término de la tarea, para absorber el exceso de tinta.

Posteriormente los estudiantes comenzaron a utilizar lápices similares a los que utilizamos en la actualidad.

Para escribir se utilizaban cuadernillos de papel blanco, a los que los niños le dibujaban líneas paralelas para no torcerse en la escritura. También se utilizaban pizarrines.

Los libros básicos para el aprendizaje solían ser la Biblia, de donde se aprendían las oraciones y las historias que posteriormente se recitaban – además se utilizaba como libro de lectura – y el llamado primer, que contenía los números, el alfabeto, y rimas.

Los primer tenían diferentes niveles y cada niño utilizaba el más adecuado para su aprendizaje y progreso.

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A Straw Plaiting School in Essex, G.W. Brown, 1864

El tiempo de recreo

Los recreos eran los momentos de descanso de la jornada y era el momento más esperado por los estudiantes, ya que era el tiempo de juegos al aire libre.

Los juegos de pelota eran uno de los favoritos. Como no existían las pelotas de caucho, cuero o plástico como en la actualidad, en las zonas urbanas se hacían pelotas con ropa vieja enrollada y en las zonas rurales se empleaban las bladders, unas pelotas hechas con las vejigas de los animales de las granjas, previamente lavadas y secadas.

Las canicas, las peonzas y el escondite eran, asímismo, juegos muy populares.

Las niñas preferían juegos que implicaban canciones como la comba, el corro o el hopscotch, o rayuela.

El rolling hoop, o aro. los knucklebones o tabas y otros juguetes caseros hechos de madera o latón también triunfaban entre los más pequeños.

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New England Country School, Winslow Homer

 La hora de la merienda

Muchos estudiantes llevaban refrigerios a la escuela para comer en los descansos. Este era humilde pero sabroso y consistía en pan casero, piezas de fruta o porciones de bizcocho o tartas para los más afortunados. Los niños llevaban su comida en pequeñas cestas de mimbre.

En muchas escuelas los niños recibían mantequilla o mermelada para acompañar el pan. También se les proporcionaba un vaso de leche y, a veces, un chocolate caliente. Incluso existían pequeños hornillos en el colegio para calentar las bebidas. Estos alimentos que repartía el colegio entre sus alumnos eran muy importantes para muchos pequeños, ya que no todos podían llevar una pequeña merienda y su estado de desnutrición era claramente visible, siendo estas pequeñas porciones de leche y pan casi la base de su alimentación diaria.

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A Straw Plaiting School in Essex, G.W. Brown, 1864

El mobiliario

El mobiliario era sobrio y funcional, hecho íntegramente de madera y estaba formado por mesas con bancos de una o dos plazas, o con taburetes de tres patas, donde se sentaban los niños.

El maestro se sentaba en una mesa grande de madera con silla colocada de cara a los niños. Además había diferentes estanterías para los libros y cuadernos y percheros para colgar la ropa de abrigo y los sombreros – prácticamente todos los niños y niñas, tanto en la ciudad como en el rural, llevaban la cabeza cubierta con sombreros, gorros o gorras.

La pared de la clase estaba presidida por una pizarra. En la clase había además una chimenea o una estufa de leña para calentar la habitación durante los meses de invierno.

Si el colegio era afortunado con alguna donación podía exhibir mapas en sus paredes.

 

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Country School, William Lawson Henry

 

Regalos victorianos para San Valentín

En el siglo XIX, acertar con el regalo correcto en el día de los enamorados por excelencia, San Valentín, no era sólo cuestión de buena voluntad sino que podía considerarse un auténtico arte, ya que una simple flor o un delicado perfume iban cargados de un significado más profundo que el acto de ofrecer un simple presente a la persona amada.

Con el afán de ayudar a aquellos enamorados y enamoradas indecisos el Hill’s Manual of Social and Business Forms,  el The Ladies’ Home Journal o el Everyday Etiquette daban precisas instrucciones de comportamiento para salir airoso de cualquier situación, por complicada que fuera.

Los regalos de una amada a su enamorado debían ser reflejo de las virtudes de esa dama y de su naturaleza dulce y refinada, por lo que eran preferibles aquellos obsequios con un valor más sentimental que monetario. Un cuadro, un dibujo, un poema o un bordado hechos por ella misma serían los regalos más adecuados.

Charles Amable Lenoir

Según estos manuales de las buenas costumbres, un caballero no debería regalar a su amada regalos caros y ostentosos, si todavía no están casados, excepto el anillo de compromiso que no debe ser entregado como regalo de San Valentín, sino en una fiesta de pedida de mano. Un regalo que transmita cariño y respeto sería más valorado.

Si el amado opta por regalar una joya, puede elegir entre un sencillo anillo, pendientes o un broche, ninguno de ellos demasiado llamativo y  que puedan ser lucidos por su amada en el día a día como muestra de amor correspondido.

Un libro entraba dentro de la lista de regalos perfectos, aunque había que tener cuidado con la temática elegida; un libro de poesía era una elección perfecta para la fecha, al igual que una novela de temática romántica. Otros tipo de libros, como novelas de Dickens, no eran tan adecuados, aunque todo dependía de los gustos de la dama.

Cuadros, pinturas, dibujos y litografías, cuidadosamente enmarcados en marcos de plata o en originales – y más cursis- marcos con forma de corazón, eran un regalo habitual entre las parejas de enamorados. Álbumes para guardar fotografías y decorarlos con la técnica del scrapbooking eran uno de los agasajos mejor recibidos.

In Love - Marcus Stone

Un perfume, aún siendo un regalo más personal, era una elección correcta. Las fragancias debían ser delicadas, siendo el agua de rosas la más elegante, aunque cualquier agua de colonia sería un buen regalo. Las mezclas con almizcle o el pachulí tenían que evitarse ya que no eran considerados convenientes para una mujer refinada y su olor se consideraba exagerado e incluso desagradable.

Según The Ladies’ Home Journal unas bonitas cajas, pequeños baúles o costureros para guardar encajes, lazos, organdíes o tules le encantarían a las damas, así como cajas para guantes y bolsitas de tul con lazos para guardar los pañuelos bordados.

Si el enamorado optaba por obsequiar a su amada con una caja de bombones u otros dulces, estos deberían ir siempre en una lujosa caja o cesta adornada con lazos recogidos con grandes lazadas, cintas de vivos colores y las flores adecuadas. Ningún adorno, por exagerado que pudiera parecernos, sobraba en estas exquisitas cestas de dulces.

Jules James Rougeron

Los bombones iban siempre acompañados de una bella tarjeta en la que el amado declaraba su amor con una cita o un poema. La más utilizada era la socorrida “Sweets for my sweet”, aunque también eran comunes “A wilderness of sweets” o “Love has found the way”.

En esta lista de posibles regalos no podían faltar las flores recogidas en preciosos ramos y bouquets de rosas rojas y rosas (símbolo del amor), rosas blancas (transmitiendo un amor puro y espiritual), lilas (cuyo signficado está relacionado con la ilusión de sentirse enamorado), lirios del valle (como símbolo de un corazón henchido de felicidad) o nomeolvides (el amor verdadero declarado a través de las flores).

Y, por supuesto, siempre todos y cada uno de los presentes debía ir acompañado de una de las hermosas postales decoradas con todo tipo de adornos y románticas ilustraciones en las que aparezcan todos y cada uno de los símbolos con los que los victorianos asociaban el amor: bellas damas, ángeles, flores, pájaros de intensos colores, dulces niños y niñas, gatitos…

Desde La Casa Victoriana os deseamos un Feliz San Valentín a todos nuestros visitantes.

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Rosas - Emilie Vernon

 

 

 

 

 

 

Fiestas de disfraces: las farsas victorianas

Preparing for the Fancy-Dress Ball - Finishing Touches Lucien Davis

Los victorianos no celebraban las fiestas de carnaval tal y como nosotros las conocemos, pero pocas cosas le gustaban más que participar en una fancy dress party y ponerse un fancy dress lo más exótico y recargado posible.

Los fancy dresses no eran disfraces propiamente dichos sino trajes cuidadosamente elaborados con los que se representaba a personajes reales o ficticios, y que iban evolucionando según las modas literarias o culturales del momento.

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Este tipo de trajes se usaban en las fancy dress parties, fiestas que se organizaban habitualmente en casas particulares y en las que los anfitriones elegantemente disfrazados recibían a sus invitados y los agasajaban con magníficos tentempiés y, muy a menudo, con música.

En otras ocasiones, se celebraban en salones habilitados para grandes bailes (ballrooms) y contaban con la presencia de la más rancia aristocracia victoriana, incluidos los miembros de la familia real, que dejaban a un lado la etiqueta para divertirse transformándose en el personaje que representaban, a menudo protegidos con máscaras o antifaces.

En muchas de estas fiestas participaban no sólo los adultos sino también los más pequeños de la casa, que correteaban entre los invitados engalanados con sus fancy dresses.

Ni las familias más serias, ni las damas más discretas, ni los hombres con los más altos cargos de responsabilidad de la sociedad victoriana podían resistirse a una divertida fancy dress party.

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Una de las características de este tipo de fiestas era la celebración de charadas o farsas, pequeñas obras de teatro satíricas, con guiones literarios o inventados donde los protagonistas eran los anfitriones, los invitados a la fiesta o un grupo de actores contratados para este fin.

Para asistir a estas parties, los invitados ponían un cuidado especial en su vestuario, comprando los fancy dresses en tiendas especializadas en diseñar y confeccionar ropa para obras de teatro, o bien encargándoselas a sus modistas y sastres particulares, sin escatimar en la calidad del tejido, siendo las sedas de vivos colores, el terciopelo y recargados brocados las telas preferidas.

Era fundamental que no faltara detalle alguno, completando cada traje con los más exquisitos y osados complementos, desde pelucas confeccionadas con pelo natural, plumas exóticas y máscaras de estilo veneciano, a complementos más cómicos, como sencillos antifaces, grandes gafas, mostachos o finos bigotillos de estilo oriental.

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Los diseños iban en función de la moda del momento: el estilo oriental tanto para mujeres como para hombres estuvo de moda durante varios años, al igual que la moda francesa del reinado de Luis XVI y María Antonieta y los trajes isabelinos, sin olvidar a los socorridos Pierrot, Arlequín y Colombina que siempre eran garantía de éxito.

El vestuario relacionado con la astrología, la mitología y las ciencias ocultas eran de los más demandados: ninguna mujer se resistía a los ajustados vestios carmesí de diablesa, adornados con negras alas de murciélago, y no era extraño ver a los hombres con coloridad mallas y elaborados tocados para dar vida a Mephistofeles, el diablo literario diablo de Goethe.

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Un personaje de asistencia casi obligada a cualquier fiesta era la recreación, con diferentes interpretaciones, del personaje dickensiano de Dolly Warden, una excéntrica, descarada y presumida mujer que aparecía en la novela Barnaby Rudge, escrita por Charles Dickens en 1841.

Dolly solía vestir en el siglo XIX con ropa propia del siglo XVIII: polainas, sombreros de paja de estilo bonnet y apariencia de ingenua pastorcilla. Su vestuario en contraste con su carácter y el ambiente en el que se desarrola la novela hacen de ella uno de los personajes más estrafalarios y recordados de Dickens.

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Harriet de Elizabeth Jenkins

harriet stauton 1Única fotografía que existe de Elizabeth Stauton, tomada con motivo de su compromiso en 1876

“Y su madre lo tomó por una fantasía, fruto de las atenciones de un hombre sin mala voluntad, fuera quien fuese. Se sintió agradecida de que hubiera sido amable con la pobre Hatty y le hubiera permitido disfrutar como las demás mujeres, y pensó que, quizás, no se había dado cuenta de que no debía tratarla con tanta amabilidad, pues Harriet se haría más ilusiones de las debidas y tardaría algún tiempo en olvidarlo”

Harriet, Elizabeth Jerkins

Hoy abrimos una nueva habitación de La Casa Victoriana que intentaremos llenar de libros y de historias relacionadas con hechos y personajes que huella en cualquiera de los ámbitos de la época.

Para estrenar esta nueva sección os propongo la lectura de Harriet, escrita en 1934 por la escritora británica Elizabeth Jenkins.  Y, a pesar, del fragmento que he escogido para comenzar esta entrada, no esperéis una obra romántica ni de elegante seducción en Harriet, sino una historia en el que el amor  inocente de la protagonista dará paso progresivamente al horror y al abandono de una mujer completamente desvalida.

En la obra, la escritora reconstruye una crónica negra que estremeció a la sociedad victoriana de 1877, el conocido como “Misterio de Penge“. Este caso llenó paginas de periódicos, removió los cimientos de los colegios médicos y puso en el ojo del huracán a la judicatura – a raíz de este caso se aceleró la creación del Tribunal de Apelación en Gran Bretaña- pero sobre todo movilizó y horrorizó a la sociedad por la crueldad y falta de remordimientos y escrúpulos de los protagonistas de la historia.

Para reconstruir la historia Elizabeth Jenkins contó con material de una fiabilidad fuera de toda duda: su hermano David le prestó un ejemplar de The Trial de los Stautons, volumen incluido en la colección Notable British Trials Series, que se encontraba en la biblioteca del bufete donde trabajaba.

En mi opinión, la maestría de Jenkins, sin embargo, no proviene de la certeza datos sino del increíble estudio psicológico que hace de los personajes, especialmente de los hermanos Stauton y de las hermanas Rhodes- Oman y Hoppner en la novela, ya que la escritora sustituye los nombres reales por ficticios.

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Louis Staunton, 23, and his 15-year-old sweetheart Alice

No voy a desvelar más sobre el  caso Penge para no descubrir la trama de la novela y os recomiendo no leer más sobre él hasta haber leído el libro, que, por cierto, ganó el prestigioso galardón Femina Vie Heureuse.

En España ha sido publicado por Alba Editorial dentro de esa estupenda colección que es rara avis. Esta es la reseña de la contraportada del libro (si no conoceis nada sobre el caso quizás sería más conveniente no leer la reseña porque puede ser un spoiler de la historia):

Esta novela, escrita en 1934 y un éxito de ventas en su día, reconstruye el llamado «misterio de Penge», que estremeció a la sociedad victoriana de 1877. Harriet es una mujer de treinta y dos años, elegante y adinerada, ya en posesión de su propia herencia; pero es también lo que «los vecinos del pueblo» de donde procede su madre llaman «tontita».

Esta alma cándida y simple conoce un día, mientras pasa una temporada en casa de unos parientes pobres, a Lewis Oman, empleado en una casa de subastas, el cual no tarda en pedir su mano. «Las mujeres me encuentran atractivo», le dice a la madre de Harriet, que solo ve en él a un vulgar cazafortunas y que trata por todos los medios de impedir la boda. Sin embargo, ésta se celebra… y Harriet, a merced de su marido y de la familia de éste, entra en una pesadilla que nadie habría sido capaz de imaginar.

Lo inimaginable es, ciertamente, el tema de Harriet, una novela que empieza como Washington Square y termina como Luz de gas. Elizabeth Jenkins compone una brillante historia de seducción y engaño que progresa como una novela de horror, con un suspense casi irrespirable.

Desde La Casa Victoriana os animo a dejar en Comentarios vuestras aportaciones y recomendaciones literarias para el resto de los visitantes y hacer más grande nuestra biblioteca.