El Irish Linen y las spinsters: las hilanderas irlandesas que hilaban el lino victoriano

Como cada año, en La Casa Victoriana, celebramos el día de San Patricio recordando un hecho o tradición relacionado con la preciosa isla esmeralda.

En primer lugar, me gustaría aclarar el uso de la palabra spinster, término que en la actualidad se traduce como“solterona”, para evitar provocar cualquier tipo de malentendido, por lo despectivo de la palabra. En el contexto de esta entrada, una spinster es una mujer que maneja la rueca de hilar, la spinning wheel en lengua inglesa y cuya traducción en español sería hilandera.

El término spinster, se utilizó tiempo más tarde, para definir a una mujer que no estaba casada o que tenía una edad avanzada – siempre en el contexto de la época – y no tenían expectativas de contraer matrimonio. Con el tiempo se fue convirtiendo en un término ofensivo y hasta insultante, pues se identificaba con una mujer de mediana edad o mayor, no casada y con un carácter agrio o triste, dependiendo de las circunstancias en las que fuera presentada.

Aclarado el término, La Casa Victoriana dedica este año el Día de San Patricio a todas las mujeres irlandesas que fueron las impulsoras de un oficio artesano que ha pervivido a lo largo de los siglos dejando muestras de unas manifestaciones artísticas menores pero no por ello menos bellas.

Woman At A Spinning Wheel – Platt powell Ryder

En el siglo XIX, en pleno auge de la industria textil, la nobleza y la burguesía demandaban tejidos de alta calidad para la confección de sus ropa y ajuar doméstico. La planta del lino proporcionaba uno de los tejidos de más populares, no sólo por su suavidad y resistencia sino por su gran versatilidad. No en vano, la producción de lino para diferentes ámbitos comerciales y económicos, ha quedado registrada históricamente desde hace más de 4000 años.

Irlanda, y más concretamente la zona norte de la isla, hizo del cultivo y posterior procesamiento del lino dos de las bases en las que se asentaba su economía, llegando a convertirse en uno de los mayores productores de la planta a nivel mundial, y en el principal proveedor de los países europeos y de su industria textil. La producción de lino se convirtió en el sustento de pueblos enteros que dependían casi por entero del cultivo de la planta y del trabajo en los molinos para su procesado. Toda la familia trabajaba en la industria del lino, incluidos los niños que aportaban un salario extra a los ingresos familiares.

The spinning wheel – Giovanni Battista Torriglia

Uno de los éxitos del lino irlandés radicaba en la pericia de las spinsters, las tejedoras que manipulaban el lino en ruecas o bien en husos. La rueca era una rueda en la que se hilaban las fibras para separarlas lo más finamente posible. Un huso era una pico recto, generalmente de madera o hueso, que se utilizaba para hilar. En su parte superior tenía un objeto esférico llamado espiral para que el hilo no se saliera del pico. Muchos husos tenían un gancho o una ranura, como la de una aguja de coser, para guiar las fibras de hilo.

El trabajo de las hilanderas destacaba por el modo en la que hilaban las fibras de lino en finísimos hilos, que después eran tejidos en los telares, dando las telas de lino resultantes para ser utilizados en la industria de la confección. Este oficio, que se transmitía de madres a hijas, era tan demandado por la industria que, a pesar de que familias enteras se dedicaban a este menester, no era suficiente para la cantidad demandada y, además, encarecía el producto, pues tardaba bastante tiempo en llegar a los telares. Por este motivo, las industrias textiles idearon una fórmula de producción que tuvo gran popularidad en el siglo XIX.

Girl at a Spinning Wheel- H Harcourt

Los empresarios promovieron que las familias tuvieran sus propios campos de cultivo, recogieran el lino y lo hilaran y tejieran en sus propios telares. Una vez tejido, los empresarios los adquirirían a las familias para posteriormente procesarlos y venderlos a las empresas de confección. Como las familias irlandesas no disponían del dinero suficiente para la adquisición de la maquinaria, los telares fueron proporcionados gratuitamente, aunque siempre con supervisión por parte de los empresarios, con el fin de comprobar que se utilizaban correctamente y lo producido se le vendía íntegramente a ellos.

El negocio era tan rentable que las spinsters pronto comenzaron a contratar muchachas como aprendices para poder producir más cantidad y más rápido sin que la calidad del hilado se deteriorara, ya que comenzaba a circular una variedad de lino directamente tejido, sin previo hilado a mano. Esta mecanización conseguía una producción mayor pero también unas fibras más gruesas y toscas que bajaban el precio del tejido.

Sunshine – Robert Thorburn Ross

La ropa de cama victoriana o las piezas de mantelería confeccionadas con lino irlandés, habitualmente adornadas con bordados o brocados eran consideradas una muestra de exquisito gusto y lujo debido a su trabajo de hilado y su suavidad al tacto. Una familia victoriana de alto estatus siempre engalanaría su mesa con un mantel de procedencia irlandesa o adornaría sus mesitas y tocadores con tapetes de lino de Irlanda.

El arte de las spinsters, se hizo tan popular durante la época victoriana que hasta la mismísima Reina Victoria tenía su rueca particular y no dudaba en dejarse fotografiar llevando a cabo tan doméstica labor.

Con el tiempo la labor de las spinsters fue perdiendo competitividad frente al trabajo mecanizado y a la producción en serie, ya que a los costes de producción eran más baratos y eso repercutía en los precios de venta al público que los empresarios podían ofrecer y que se traducía en un incremento en las ventas. El mecanizado y la llegada de lino de países en los que los salarios eran mucho menores, abarató y democratizó el acceso a los productos confeccionados de lino, a costa de un detrimento de la calidad de los mismos. Los campos de cultivo y los molinos fueron abandonados y las familias se dedicaron a oficios mucho más rentables económicamente y que exigían menor laboriosidad. Afortunadamente, el oficio no se perdió pero quedó relegado al concepto de artesanía tradicional.

En la actualidad, el sello de calidad de Irish Linen sigue teniendo el prestigio de un producto de excelencia. Aunque el lino no sea de cultivo autóctono irlandés, la condición para la obtención de la denominación Irish Linen es el hilado y la separación de las fibras de modo manual y artesanal y, por supuesto, un resultado de una belleza y delicadeza inigualables.

Fotografía Vía Pinterest

El arte del coqueteo con el pañuelo

A Reclining Lady With A Fan – EleuterioPagliani

El honor y la virtud eran dos cualidades morales que se consideraban inherentes a toda dama victoriana. Cualquier desliz podía empañar la reputación de una mujer de manera irreversible con consecuencias fatales para un futuro casamiento o para su matrimonio, poniendo en entredicho, además, la honra de su familia. Pero la pasión amorosa y la discreción no siempre conseguían ir de la mano, por lo que las jóvenes, y no tan jóvenes, tenían que idear modos de comunicarse con sus amados que no llamasen demasiado la atención. Uno de estas maneras de comunicarse era por medio de los pañuelos, cuyo uso era bien distinto del que la funcionalidad con la que los asociamos en la actualidad.

En un primer momento el uso del pañuelo como complemento de vestuario se consideró muy atrevido, ya que este pequeño cuadrado de tela y encaje era más propio de los tocadores y se identificaba con la intimidad femenina más que con la exhibición y el coqueteo.

Un pañuelo no se utilizaba para algo tan vulgar como sonarse, sino que era uno de los regalos más preciados que podían recibirse. La razón era que un pañuelo era un objeto preciado, con un significado más allá de lo material. Las damas bordaban sus iniciales o un pequeño mensaje en él para dárselos a sus seres queridos o a su amado. Estos mensajes eran algo más que una letra o una frase bordada, era una labor cuidadosa, hecha con mimo, preparada con tiempo, dedicada y personalizada en la que la dama mostraba sus habilidades con la aguja, aprendidas tras horas de dedicación y esfuerzo.

Otro de los motivos que acompañaban a estas iniciales o mensajes eran pequeñas flores y ramilletes de vivos colores bordados en una de las esquinas. Las iniciales estaban bordadas con letras de bonita caligrafía – incluso había modelos para traspasar a la tela y hacer más fácil el bordado. La elección de las flores, que iban acompañando a las iniciales o bien solas no eran casuales y siempre en colores delicados, nada estridentes, trataban de transmitir un mensaje siguiendo el lenguaje victoriano de las flores, violetas como signo de lealtad, margaritas simbolizando la pureza e inocencia, rosas como recordatorio de un amor verdadero y apasionado o campanillas expresando esperanza, eran las más comunes.

Otros motivos como una casa, una cesta, un árbol, un carro podían ser los protagonistas del bordado, dependiendo del mensaje que se quisiera transmitir con la entrega del pañuelo. Algunas damas preferían el petit point o punto de cruz para realizar sus pequeños dibujos. Este tipo de puntada era el preferido si el pañuelo iba a ser entregado a un niño.

Algunas veces se punteaban los extremos con vivos colores o simplemente se le añadía un bonito encaje, bordeando los extremos o simplemente en una de las esquinas. El encaje era caro y no todas las damas dominaban la técnica de empleo de este delicado tejido para unirla a la tela, lo que convertían a los pañuelos con encaje en piezas valiosas más allá del coste material de los materiales de confección.

Household duties – Franz Xaver Simm

Los encajes franceses y belgas eran reconocidos por sus filigranas y su minuciosidad, así como por su gran calidad y elevado precio; pero los británicos preferían encajes ingleses e irlandeses, que aunque menos demandados en Europa eran de extraordinaria belleza y denotaban un trabajo de alta precisión en su elaboración y posterior aplicación. Algunos ejemplos de estos preciosos encajes eran:

  • El encaje inglés, también conocido como encaje inglés, era de los más populares. Este encaje se cosía sobre una tela blanca con hilo de color blanco, consiguiendo un efecto casi tridimensional.
  • Los encajes de Limerick, localidad irlandesa, famosa entre otras cosas por la belleza de sus encajes y sus depuradas técnicas de confección. Los más destacados eran los encajes realizados con needlerun, un delicado trabajo de bordado sobre tela de tul, con puntadas a la carrera con una aguja de coser. En este tipo de encaje se dejaban huecos en los diseños que se rellenaban posteriormente con meticulosas puntadas diferentes para lograr un conjunto armonioso y elegante. En Limerick también se confeccionaba el Tambour lace, un tipo de técnica realizada igualmente sobre tul, pero mientras que en la técnica needlerun se utilizaba la aguja, aquí se utilizaba un gancho para crear la decoración del encaje. El nombre tambour viene del objeto que se utilizaba para estirar el tul y facilitar la puntada de gancho, un gran aro muy similiar a un bastidor.
  • También en Irlanda, pero un poco más hacia el sur, en la localidad marinera de Youghal, se confeccionaba uno de los encajes más demandados por las damas de la alta sociedad, como símbolo de estatus y elegancia. El hilo con el que se creaba este exquisito encaje era finísimo, literalmente, incluso más que el cabello humano, lo que daba lugar a unas piezas muy delicadas, de altísima calidad que había que tratar y guardar con sumo cuidado.

Aquellas mujeres que no podían permitirse estas delicatessen de la costura se conformaban con el Irish crochet, piezas de ganchillo, igualmente bellas pero menos delicadas, al alcance de cualquier familia, pero con las que una dama de buen gusto podía lograr un diseño realmente bello.

Waiting For The Ferry – Thomas Brooks

Con la llegada de la Revolución Industrial y el desarrollo de las fábricas textiles, la confección de encaje se hacía de manera industrial y no artesanal. Aunque la calidad, evidentemente no era la misma, consiguuió que los precios fueran muy inferiores y estuvieran al alcance de cualquier mujer. Esto popularizó la técnica del tape lace, que consistía en la unión de diferentes piezas de encaje para lograr un conjunto armonioso.

El modo de confeccionarlo dependía del buen gusto de la dama, pero, contrariamente al gusto victoriano por lo recargado, los pañuelos solían ser delicados y elegantes. Las familias guardaban los pañuelos bordados como pequeños tesoros familiares que pasaban de una a otra generación, las damas los guardaban en sus cajitas de labor o en estuches adaptados para que la humedad no los estropeara y se conservaran en la mejor condición.

Un pañuelo en las manos de una dama evitaba que esta mostrara su nerviosismo y resultaba un apoyo para tener sus manos ocupadas y mostrar serenidad, pero, además, fue uno de los complementos más utilizados para la comunicación entre los amantes, elaborando con suaves y discretos movimientos un complejo código amoroso en el que se incluía desde el coqueteo, hasta la advertencia e, incluso, el enfado y una ruptura elegante.

El lenguaje del coqueteo con el pañuelo implicaba una serie de movimientos, cada uno con su propio significado, que todo pretendiente o amante debía conocer:

Pasarlo por los labios: Estoy deseando conocer a alguien.
Pasarlo por los ojos: Lo siento.
Ponerlo en la mejilla: Te quiero.
Ponerlo en la frente: Nos observan.
Pasarlo por las manos: Te odio.
Dejarlo caer: Seremos amigos.
Doblarlo: Deseo hablar contigo.
Apoyarlo en la mejilla derecha: Sí.
Apoyarlo en la mejilla izquierda: No.
Ponerlo sobre los ojos: Eres cruel.
Poner las esquinas opuestas en ambas manos: Espérame.
Pasarlo por encima del hombro: Sígueme.
Colocarlo en la oreja derecha: Has cambiado.
Tomándolo por el centro: Eres demasiado voluntarioso.
Girarlo con ambas manos: Indiferencia.
Girarlo con la mano izquierda: Deseo librarme de ti.
Girarlo con la mano derecha: Amo a otro.
Girarlo alrededor del dedo índice: estoy comprometida.
Girarlo alrededor del tercer dedo: estoy casada.
Agitarlo cerca de alguien una vez: eres un seductor.
Agitarlo cerca de alguien tres veces: Váyase al diablo.
Pasarlo sobre por encima de la cabeza: Váyase lejos.
Meterlo en el bolsillo: No más por ahora.

New Year’s Day Open House: el día de las visitas de Año Nuevo

El New Year’s Open House era una tradición celebrada en muchas casas victorianas, principalmente en Estados Unidos, en la que los caballeros solteros visitaban las casas de sus allegados y conocidos para conocer a jóvenes casaderas.

Estas visitas no se realizaban de un modo casual sino que requerían de una preparación previa que implicaban una invitación no explícita y una visita planificada. Unos días antes del día de Año Nuevo, las familias con hijas en edad de casarse publicaban en los periódicos que, en esa fecha, su casa estaría abierta para recibir a los posibles pretendientes. De este modo, cualquier caballero que desease solicitar la atención de una dama y el permiso paterno para cortejarla podía consultar las listas publicadas en los periódicos para comprobar si la casa de su joven deseada estaba disponible para la visita.

Una de las condiciones para que el caballero pudiera acceder a la casa era tener una tarjeta de visita; esta le proporcionaba una forma de presentación ante la familia que podía saber quién era y a qué se dedicaba.

Una vez en la casa, se presentaría, el sirviente cogería su abrigo y sombrero y le conduciría al salón, donde sería recibido por los padres de la joven, sus hermanos y los familiares más allegados. Una vez allí, tendría alrededor de 15 minutos para presentarle sus respetos a la dama, presentarse ante la familia y mostrar sus pretensiones con respecto a la muchacha. Mientras estaba en la casa se le ofrecería un ligero refrigerio, ya que se le trataría como a un invitado.

Tissot, James; Hush!; Manchester Art Gallery

Poco a poco esta costumbre fue perdiendo su originaria esencia – que jóvenes casaderas conocieran a caballeros deseosos de formar una familia – para convertirse en casi una desagradable parodia en la que caballeros sin ningún interés en las jóvenes trataban de visitar el mayor número de casas posibles para comer y beber y todo lo que pudieran, llegando incluso bebidos a alguna de las visitas. Para las jóvenes damas era una fecha para competir entre ellas, siendo su máxima preocupación “coleccionar” tarjetas de visita de pretendientes para mostrar a sus amigas lo populares que eran.

A finales del siglo XIX, esta tradición fue desapareciendo porque los padres preferían buscar pretendientes entre los conocidos y solo permitían la entrada a aquellos que venían con algún tipo de recomendación de los allegados y familiares, sustituyendo las “morning calls” del día de Año Nuevo por las “family calls” de la fiesta de celebración de fin de año.

¡La Casa Victoriana os envía los mejores deseos para el año que está a punto de comenzar!

El Christmas pudding, una delicia navideña

“¡Supongamos que no esté bien cocido! ¡Supongamos que se rompa al sacarlo! ¡Supongamos que alguien haya saltado la pared del patio y lo haya robado mientras festejábamos la oca! – suposición que puso lívidos a los dos jóvenes Cratchit. Toda clase de horrores fueron supuestos.
¡Vaya! ¡Mucho vapor! El pudding se sacó del barreño. ¡Un olor como el de los días de hacer colada! Era el paño. Un olor como el de un restaurante situado al lado de una confitería y una lavandería. Era el pudding. La señora Cratchit volvió en medio minuto, acalorada pero sonriendo con orgullo, con un pudding como una bala de cañón moteada, denso y firme, flambeado con la mitad de medio cuartillo de brandy y adornado con acebo en la parte superior.”

Cuento de Navidad. Charles Dickens.

Los orígenes

‘The plumb-pudding in danger: – or – state epicures taking un petit souper’ National Portrait Gallery

El Pudín de Ciruela inglés, o Christmas Pudding, servido al final de un banquete navideño, es uno de los platos más destacados de todo menú victoriano que se precie. La historia de este famoso postre, al igual que su receta, es realmente curiosa e intrigrante.

En un primer momento, este plato era un entrante y no un dulce. Se cree que la receta original era celta y consistía en una mezcla de especias de trigo descascarado hervido en leche. A mediados del siglo XVII, las gachas de ciruela o el potaje de ciruela se asemejaban a una sopa espesa. Sus ingredientes principales eran avena y frijoles; también se le agregaban restos de carne y pescado para darle sabor . Este puré se servía para acompañar el plato principal de carne y se comía con cuchara.

Con el tiempo, los ingredientes básicos fueron cambiando y se añadió carne de cordero y de vaca hervida al caldo, complementándolo con migas de pan, pasas y ciruelas pasas, vino, especias, jengibre y clavo. Debemos tener en cuenta que la receta cambiaba según las necesidades y recursos de cada hogar, y, sobre todo, que los victorianos utilizaban la palabra “ciruela” para referirse tanto a ciruelas secas, como a pasas y grosellas.

Los 13 ingredientes del pudding

Una de las leyendas referidas al Christmas pudding es que debe tener 13 ingredientes, ni uno más ni uno menos. Supuestamente esta afirmación se atribuye a la Iglesia católica, que decretó el empleo de este número de ingredientes haciendo referencia a Jesús y los 12 apóstoles. La proclamación de este decreto nunca se ha podido confirmar y se duda que haya existido en algún momento histórico.

Fuera o no verdad, muchas familias utilizaban 13 ingredientes para la elaboración del pudding. Los 13 elementos más utilizados eran: zumo de limón o de naranja, harina, pan rallado, especias, sebo de riñón de vaca, huevos, frutas secas, miel o melaza, manzanas, almendras, cáscara confitada, brandy y azúcar.

King George Pudding: la tradición de Georgie Porgie

Otra de las historias sobre este plato hace referencia a la petición del rey Jorge I que pidió que se sirviera pudín de ciruelas como parte de la fiesta real durante su primera Navidad en Inglaterra, en el año 1714. A causa de esta petición ha pasado a la historia como ‘el rey pudin’. Incluso hay registros de la hora exacta en la que el nuevo rey probó el plato por primera vez: a las 6 pm del 25 de diciembre de 1714. Esta curiosa historia del Pudding King solo aparece recogida en el Pudding Book de May Byron, pero que no haya evidencias de su certeza no implica que el rey haya pasado a la historia como el introductor del pudding de ciruelas en Gran Bretaña e Irlanda e incluso, en la actualidad, se vendan pudding hecho con la receta “original” del pudding que se le sirvió.

Por qué Oliver Cromwell prohibió el pudding

La llegada de Cromwell al poder en 1640, después de la Guerra Civil inglesa trajo malos tiempos para la Navidad y, aunque parezca increíble, para el Plum Pudding. El gobernante que se definía como puritano, aplicó sus creencias religiosas estrictas al gobierno del país y a la redacción de las leyes. De acuerdo con las ideas de su fe, la Navidad, al igual que la Pascua eran fiestas católicas irrelevantes e innecesarias, que a lo único que incitaban era al pecado, al consumo de alcohol y al libertinaje.

Para proteger a la sociedad del país de prácticas perversas e inmorales se propuso la prohibición de la Navidad, y todo lo que conllevaba la festividad, incluidas las comidas tradicionales como el pudin de ciruela, que fue declarado ilegal. Cualquier iglesia o sacerdote que celebrara un oficio religioso sería detenido inmediatamente. Del mismo modo, aquel que fuera sorprendido haciendo o comiendo el popular pastel podía ser multado y enviado a prisión. La prohibición de la Navidad trajo un descontento social que desembocó en las protestas conocidas popularmente como Plum Pudding Riots.

La Navidad continuó celebrándose, aunque en secreto, hasta que el rey Carlos II la reinstauró en 1660, y el pudin sobrevivió como plato tradicional hasta convertirse en el siglo XIX, en el postre que conocemos.

El Stir-up Sunday

“Stir up, we beseech thee”, and be “plenteously rewarded [with] the fruit of good works” (“Remueve, te lo suplicamos”, y serás “recompensado [con] abundantemente el fruto de las buenas obras”)

The English Book of Common Prayer (1549).


Los victorianos tomaron las palabras del libro de oraciones al pie de la letra y se esforzaron por remover el pudin una y otra vez para sumar buenas obras a su vida. Este trabajo agotador comenzaba alrededor de seis semanas antes de Navidad, aunque se comenta que algunas familias empezaban los preparativos mucho antes; todo dependía del dispendio económico en leña y carbón para la cocina que cada familia podía permitirse.

Una vez mezclados los ingredientes los miembros de la familia se turnaban para removerlo de derecha a izquierda, durante todo el proceso de elaboración, que podía llevara días, semanas o incluso meses. El movimiento no era algo aleatorio sino que simulaba la ruta de oriente a occidente que siguieron los Reyes Magos para honrar al Niño Jesús.

Una vez mezclado todo, se le añadía como “ingrediente final” unas monedas con las que serían recompensados los comensales que tuvieran la fortuna de comer ese pedazo, símbolo de buena suerte para el resto del año. La pesada mezcla se ataba en un paño y se cocinaba durante horas.


El día de Navidad, después de varias horas más de cocción, la deliciosa masa, con su embriagador aroma a fruta, cáscara confitada, especias y licores se colocaba en el plato y se adornaba con una ramita de acebo roja y verde que contrastaba con el color oscuro del pastel.

Justo antes de servirlo se empapaba en brandy y se flambeaba para que llegara en llamas a la mesa, como cierre espectacular del festín navideño. Para acompañarlo se servía vino dulce de Oporto, queso inglés Stilton, frutas frescas y confitadas , castañas asadas, frutos secos y trufas de chocolate.

Qué se hacía con el pudding sobrante

El Christmas pudding era un final de fiesta contundente, y un pedazo solía ser suficiente para colmar las ansias del comensal más goloso. Si además, como ingredientes extra se le añadía manteca, crema agria y varios licores como brandy o ron, se convertía en un bocado de difícil digestión si se comía en abundancia.
En una casa victoriana, el pudin sobrante nunca se desperdiciaba. Una de los principales comidas de aprovechamiento del pudin sobrante consistía en freírlo en mantequilla y servirlo cubierto con azúcar, con ron o con ambos. Otro modo de prepararlo era humedecerlo desmenuzado y empaparlo en brandy; después se rellenaba con el una masa casera de hojaldre. Los trozos sobrantes también se utilizaban para crear pequeños pasteles humedecidos en brandy, cubiertos con merengue y, posteriormente, horneados. Otra receta para el pudin sobrante se elaboraba contándolo en pequeños trozos que se colocaban en una bandeja sobre la que se vería una natilla de huevo por encima y luego se horneaba.

En multitud de páginas de internet podéis encontrar diferentes y más o menos acertadas recetas para un pudin navideño. Recordad que para elaborarlo necesitaréis tiempo y sobre todo mucha paciencia.

¡Feliz Navidad victoriana!


El día de la madre: del Mothering Sunday británico al Mother’s Day americano

Backward, turn backward, O Time, in your flight,

Make me a child again, just for tonight!

Mother, come back from the echoless shore,

Take me again to your heart as of yore;

Kiss from my forehead the furrows of care,

Smooth the few silver threads out of my hair;

Rock me to sleep, mother, rock me to sleep!

Elizabeth Akers Allen

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Mother’s Darling – Joseph Clark

La celebración del Día de la madre, Mother’s Day, tal y como lo conocemos dista mucho de su verdadero propósito y del origen de su creación. Aunque hoy celebramos este día como un reconocimiento a las madres reuniéndonos con ellas y agasajándolas, en un principio era un día para recordar a las madres fallecidas y ensalzar su trabajo dentro y fuera de la familia; podríamos decir que la función de este día era una muestra de gratitud póstuma para, de algún modo, celebrar que aún estaban en nuestro corazón aunque se hubieran ido de nuestro lado.

Anna M. Jarvis y su Mother’s Day

Cualquier madre preferiría tener una línea del peor garabato de su hijo o hija que cualquier tarjeta de felicitación elegante.

Anna Maria Jarvis

En 1907, la activista estadounidense Anna M. Jarvis propuso dedicar un día a rendir homenaje a todas las madres, que ya habían fallecido, por su dedicación y amor con sus familias, sus hijos y con todos aquellos que hubieran podido tener la suerte de recibir sus cuidados y cariño.

Esta iniciativa, propiciada por el recuerdo de su fallecida madre, que atendió a los heridos en ambos lados del conflicto y tuvo un papel destacado en conseguir que las madre de la Unión y las Confederadas olvidaran sus diferencias y abrazaran su identidad festejando un Día de la Amistad de las Madres.

Aunque en un principio, la idea no tuvo una acogida demasiado cálida, convirtiéndose incluso en objeto de burlas – varios senadores llegaron a sentirse ofendidos por la idea que sugería dedicar un día a la memoria de las madres, cuyo recuerdo debería estar presente día tras día – Anna siguió adelante con su idea.

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Motherly Love-Gustave Leonard de Jonghe

Para lograr que la fiesta fuera reconocida escribió varias cartas a reconocidas organizaciones, buscó patrocinadores y organizó eventos. Uno de los más recordados fue el llevado a cabo en 1908, en Grafton, Virginia, en la iglesia donde su madre enseñaba en la escuela dominical. Anna no asistó a este evento pero adornó la iglesia con más de 500 claveles blancos, la flor favorita de su madre.

Empresarios del mundo de la alimentación y la respostería, así como el comercio floral, que vieron una posibilidad de negocio en la celebración apoyaron el reconocimiento oficial, e incluso propusieron ideas como la posibilidad de regalar flores diferentes a los claveles blancos que sugería Anna; así nació la sugerencia de ofrecer flores de brillantes colores a las madres vivas, y portar flores blancas en honor de madres fallecidas.

Ante el clamor popular, en 1914, el Presidente Woodrow Wilson proclamó el segundo domingo de mayo Día de la Madre como “una expresión pública anual del amor y reverencia por las madres de nuestro país”

Pero la alegría de Anna pronto se convirtió en frustración al ver como a la industria poco le importaba el sentimentalismo de la fecha y si la posibilidad promocionar productos especialmente diseñados para ser comprados ese día, convirtiendo la festividad en un acto más consumista que familiar.

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Mother and her Children – Alfred Stevens 1883

Hay una anécdota que ilustra cómo se sintió Anna al ver malinterpretada su idea de homenaje a las madres. Se cuenta que un día fue a almorzar a los almacenes Wanamaker, uno de los grandes promotores de la celebración y se estaba ofreciendo “ la ensalada del Día de la Madre”. La activista, enfurecida por la banalidad, pidió la ensalada y, en vez de comérsela, la tiró al suelo en señal de protesta.

A partir de ese momento, Anna no cejó en su empeño de devolver a la celebración su sentimiento original, muy alejado de la locura consumista en la que se había convertido. Para tratar de lograrlo emprendió una lucha sin cuartel en contra de la industria floral, las tarjetas de felicitación, las confiterías, los grandes almacenes…contra cualquiera que utilizara ese día para ganar dinero.

Asimismo escribió cartas, imprimió panfletos, contrato editoriales, publicó en periódicos con el fin de recordar que el Día de la Madre trataba de inspirar un gesto afectuoso, un recuerdo cálido, un reconocimiento sincero como respuesta al amor incondicional y abnegado de las madres.

De la feroz lucha no se salvó ni la mismísima Eleanor Roosvelt, a pesar de la utilización que la Primera dama hizo de la fecha para recaudar fondos para la caridad, ni el Servicio Postal estadounidense que en su sello conmemorativo para la fecha emitió la imagen del cuadro Retrato de la madre del artista de James Whistler, pero añadiéndole un jarrón de claveles blancos que el pintor no había pintado y que Anna entendió como un guiño publicitario a la industria floral.

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Sello postal con la imagen de la Madre del pintor y el añadido del jarrón de claveles

Anna M. Jarvis dedicó su vida y todos sus esfuerzos tantos personales como económicos a la reivindicación del sentimiento original de la celebración que ella misma ideó sin lograrlo. Sin familia, sin descendientes y completamente arruinada finalizó sus días en un hospital psiquiátrico en 1948, sin saber que paradójicamente, fue la industria floral quien pagaba su estancia y tratamiento en dicha residencia, en agradecimiento por todos los ingresos que de forma indirecta le había proporcionado

Mothering Sunday

It is the day of all year
of all the year the one day,
And here come I, my Mother Day,
To bring you cheer,
A mothering on Sunday

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Mother with Child – George Sheridan Knowles

La idea de Anna Jarvis, aunque original en su concepto de honrar a las madres fallecidas, ya tenía el antecedente británico del Simmel Sunday o Mothering Sunday, la celebración del cuarto domingo de Cuaresma.

Esta festividad, cuyo nombre originario era Mother Mary, y que ya se celebraba en la Edad Media, tenía un carácter religioso: el cuarto domingo de Cuaresma, tres semanas antes del Domingo de Pascua, las familias se reunían y acudían a su iglesia para dar las gracias a la Virgen María. Muchos jóvenes trabajaban en el servicio doméstico o como aprendices en las ciudades y en ese día, sus empleadores le daban el día libre para regresar a sus pueblos y acudir a la iglesia con sus familias y rezar a la Virgen. Poco a poco la figura de la Virgen María, como madre abnegada y cariñosa se identificó con el afecto de todas las madres por sus hijos y viceversa, por lo que esta celebración se convirtió en una exaltación del amor maternal.

Lee Lufkin Kaula
Mother Reading with Two Girls– Lee Lufkin Kaula

Tan importante se consideraba la reunión que incluso se permitía que las familias se saltasen el ayuno de Cuaresma para celebrar una gran comida en la no faltaba el Simnel Cake, un pastel de frutas especiado. El encargado de entregar este pastel a su madre era el hijo mayor en representación de todos sus hermanos. Aunque en la actualidad se encarga y se compra en las confiterías, la tradición indica que debía ser elaborado por los hijos para que la madre lo cortara y lo sirviese después de la comida para degustarlo todos juntos.

Cada zona, incluso cada familia, tiene su propia receta con variantes dependiendo de las posibilidades económicas pero el Simnel Cake estaba pensado para ser elaborado con ingredientes caseros al alcance de las familias más humildes.

La receta más tradicional presenta un bizcocho de tres capas, dos de masa afrutada y una de mazapán o pan dulce, donde los protagonistas son los frutos secos y las frutas confitadas. Coronando la tarta aparecen 11 bolitas de mazapán representando a los once Apóstoles – aunque los Apóstoles eran 12, la bola número doce no se coloca pues sería la correspondiente a Judas, que a causa de su traición no tiene representación.

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Queen Victoria and Prince Albert with Five of their Children– Autor desconocido

La Reina Victoria, modelo de la sociedad victoriana, ayudó a popularizar este día reuniendo a su gran familia y su amado esposo Alberto en una conmemoración familiar imitada por los británicos. Pero no nos engañemos, aunque Victoria fue una amantísima esposa, nunca destacó por su amor maternal, excepto con sus favoritos; es más, en alguna ocasión mostró su decepción por algunos de ellos y la molestia que le daba criar tantos niños y, posteriormente, el fastidio que le causaba tener que buscar matrimonios adecuados en las monarquias europeas para proporcionarles bienestar y una posición privilegiada.

 

El lenguaje secreto del amor

When the golden sun is sinking

And your heart from care is free

When o’er thousand things you’re thinking,

Will you sometimes think of me?

 

La Casa Victoriana no quiere dejar de celebrar esta romántica fecha con una entrada llena de simbología y ¡de secretos!

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Lovers – Pál Szinyei Merse

El nombre de mi amada compone un poema

Enviar a la dama un poema romántico siempre era un riesgo, aunque las intenciones fueran buenas, ya que si el caballero no estaba especialmente familiarizado con la poesía, el resultado podía resultar desastroso y arruinar una relación incipiente.

Dedicarle a la amada un poema en el que su nombre fuera el protagonista en forma de acróstico era uno de los modos más originales que tenía un caballero de demostrar su amor a una dama. Una composición poética con un acróstico está constituida por versos cuyas letras iniciales, medias o finales forman un vocablo o una frase.

Como habitualmente los enamorados no eran tan creativos ni tan buenos poetas como pretendían, solían encargar estas románticas composiciones a poetas o escritores aficionados. Otras veces, los copiaban de alguna revista o manual. Uno de los más populares era “The People’s Valentin Writer”, un libreto publicado en 1850, que ofrecía diferentes poemas cuyos acrósticos componían algunos de los nombres victorianos más populares como Charlotte, Eliza, Elizabeth o Laura.

Less of friendship, more of love

A single smile, my heart can move;

Undying love! Not echoed yet,

Remains within a ponderous weight

And, without you, I’m all but dead.

Si se decidían a componerlo ellos mismos, debían equilibrar la pasión de enamorados que sentían por su amada con la etiqueta de las buenas maneras, sin resultar demasiado atrevidos ni tampoco cursis y, sobre todo, evitando ser ridículos presentando una mala composición poética, que pudiera causar más vergüenza ajena que amor romántico.

The Love Letter by Auguste Toulmouche
The Love Letter – Auguste Toulmouche

El lenguaje secreto del sello postales

Enviar un mensaje de amor al amado o la amada era complicado, ya que, sobre todo las damas podían poner en entredicho su reputación si la carta era interceptada o leída por la persona a aquién no iba dirigida.

Los amantes victorianos, siempre ingeniosos, encontraron un sistema de comunicarse mediante la colocación de los sellos postales, dependiendo de su colocación en el sobre transmitían diferentes mensajes amorosos.

El sello colocado al revés en la esquina izquierda del sobre significa – Te amo.
La misma esquina, en forma de cruz – Mi corazón es de otro.
En la misma esquina, de arriba a abajo – Adiós, cariño.
Al revés en la esquina derecha – No escribas más.
En el centro, arriba – Sí.
En el centro de la parte inferior – No.
En la esquina derecha en ángulo recto – ¿Me amas?
En la esquina izquierda en ángulo recto – Te odio.
En la esquina superior a la derecha – Te deseo tu amistad
En la esquina inferior a la izquierda- L
e pido su amistad.
En línea con el apellido – Acepta mi amor.
Lo mismo, al revés – estoy comprometido.

 

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The-Bridesmaid – James-Jacques-Joseph-Tissot

El lenguaje secreto de los anillos

Si un caballero desea una esposa, lleva un anillo en el dedo índice de la mano izquierda; si está comprometido, la lleva en el dedo corazón; si está casado, en el dedo anular; y en el meñique si nunca tiene intención de casarse.

Cuando una dama no está comprometida, lleva un aro o un diamante en el dedo índice; si está comprometida, en el corazón; si está casada, en el anular; y en el meñique si tiene la intención de permanecer soltera.

Así, pcon unos simples gestos, se pueden expresar las intenciones amorosas; y  el hombre más tímido puede, sin dificultad, comunicar sus sentimientos románticos a una dama, y en caso de que su oferta sea rechazada, evitar experimentar la mortificación de un rechazo explícito.

 

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Quarrelling – James Tissot

A cada objeto su significado

Lady Mary Wortley Montagu, esposa del embajador británico en Turquía era popular entre sus conocidos por sus originales cartas, en las que no solo contaba sus experiencias en tierras turcas, sino que enviaba misivas con paquetes llenos de simbología.
En alguna
ocasión sus cartas iban acompañadas de una cajita con diferentes elementos, cada uno lleno de significado, como esta que reproducimos a continuación, dirigida a su hermana, para que utilizara cada elemento según su simbología.

” Tengo para ti una carta de amor turca, que he puesto en una cajita… El primer objeto que debes sacar de la caja es una pequeña perla, después el clavo y, así, sucesivamente, entendiendo el significado de cada objeto como te indico a continuación:

Perla – La más bella de las jóvenes
Clavo – ¡Desde hace mucho tiempo te he amado y tú no lo has sabido!
Junquillo – ¡Ten piedad de mi pasión!
Papel – ¡Me desmayo a cada hora!
Pera – Dame un poco de esperanza
Jabón – Estoy enfermo de amor.
Carbón – ¡Si muero todos mis años serán tuyos!
Una rosa – ¡Que seas feliz, y tus penas sean mías!
Una brizna de paja – Déjame ser tu esclavo.
Un paño – No tienes precio.
Canela – Pero mi fortuna es tuya.
Un fósforo – ¡Ardo, ardo! ¡Mi llama me consume!
Hilo de oro – No apartes tu rostro de mí.
Pelo – ¡Corona de mi cabeza!
Uva – ¡Eres mis ojos!
Hilo de oro – Muero – ven rápido.

P.S. Pimienta – Envíame una respuesta.”

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Girl With A Rose – Gustave-Leonard de Jonghe

 

Un ramo de flores lleno de intenciones

En esta lista de elementos románticos llenos de simbología no podían faltar las flores recogidas en preciosos ramos y bouquets donde cada flor tenía un significado especial. Las más enviadas el día de San Valentín eran:

Rosas rojas y rosas (símbolo del amor)

Rosas blancas (transmitiendo un amor puro y espiritual)

Lilas (cuyo significado está relacionado con la ilusión de sentirse enamorado),

Lirios del valle (como símbolo de un corazón henchido de felicidad)

Nomeolvides (el amor verdadero declarado a través de las flores).

 

 

Tradiciones navideñas victorianas

Viggo Johansen
Round the Tree- Viggo Johansen

El Calendario de Adviento

El periodo de Adviento comprendía las cuatro semanas que precedían a la Navidad. Era un tiempo de oración y meditación religiosa en el que los fieles se preparaban para el nacimiento de Jesús.

En el siglo XIX comenzaron a popularizarse los calendarios de Adviento; su función era recordar los días que faltaban para Navidad de un modo muy peculiar: durante los 24 días precedentes a la festividad navideña las familias abrían una ventanita hasta terminar el día de Nochebuena, en la que se abría la última de ellas.

Los calendarios de Adviento eran piezas elaboradas habitualmente en madera que tenían 24 pequeñas puertas o ventanas. Al principio, cada ventana contenía una pequeña historia que se leía en familia. Algunas veces, cada ventana contenía un capitulo de una historia cuyo desenlace no se desvelaba hasta el día 24, manteniendo la atención y curiosidad de los mas pequeños de la casa hasta el último día. La temática de las historias era inevitablemente religiosa, como correspondía a la celebración, y contaba un pasaje de la Biblia, o algún proverbio diario para proporcionar una enseñanza a los niños de la casa.

La Navidad consumista, desprovista de su significado religioso no fue un invento victoriano.

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Christmas Morning Edward Frederick Brewtnall

La Corona de Adviento

Según la tradición victoriana, las familias confeccionaban una corona de adviento y la suspendían en la sala familiar con una vela roja; cada uno de los domingos del periodo de Adviento se añadiría una vela hasta encender las cuatro velas correspondientes a los cuatro domingos.

Los más jóvenes colaboraban en este bello adorno añadiendo a la corona una estrella cada día de papel dorado o plateado cada día.

Si los niños eran pequeños la madre podía variar el modo de colocar la corona para que estos pudiesen añadir sus estrellas sin peligro de quemarse o de caerse intentando colocarlas en una altura.

No era común en la tradición navideña norteamericana pero si en la británica y europea, que los niños participaran activamente en la celebración del adviento y para ello las familias no solo permitían, sino que promovían, cierta libertad en la decoración de los pequeños, que convertían las coronas en pequeños jardines, añadiendo piedras, ramitas, flores y figuritas de barro. Esta decoración infantil se añadía diariamente, ya que no olvidemos que su verdadero significado era la celebración del Adviento y la preparación de los corazones de la familia para el nacimiento del Niño Jesús.

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San Nicolás y Santa Lucía

En las festividades del Adviento la celebración de los días de San Nicolás y Santa Lucía eran otro momento para la celebración y la reunión de la familia. Ambos días eran un momento ideal para renovar los buenos deseos, la unión familiar y el sentimiento de entrega y amor mutuo como preparación para la Navidad.

El día de San Nicolás se celebraba el 6 de diciembre y se consideraba la fecha de inicio de la época navideña. San Nicolás era conocido por su compasión, generosidad y entrega a los más desfavorecidos, por ello gozaba del cariño de su comunidad. Los más necesitados nunca carecían de un plato de comida caliente, de una prenda de ropa de abrigo o de unas monedas si Nicolás estaba cerca.

Cuenta la leyenda que San Nicolás, montado un caballo blanco, visitaba a los más pequeños la noche del 5 de diciembre, la noche previa a su cumpleaños, para llenar sus corazones de buenos sentimientos para la Navidad. Además, con aquellos niños que habían mostrado tener un buen corazón durante todo el año, Nicolás dejaba una pequeña recompensa en forma de golosinas (chocolatinas, galletas o pastelitos)

Para preparar su llegada, los pequeños victorianos dejaban junto a la chimenea o en la puerta de casa comida para el caballo de San Nicolas, y un pequeño refrigerio para San Nicolás y su ayudante Ruprecht, que se encargaba de cargar con los sacos de golosinas. Los refrigerios consistían en zanahorias y heno para el caballo y galletas y bebidas calientes para que Nicolás y Ruprecht pudiesen soportar los rigores del frío y tener fuerzas para el duro trabajo que les esperaba.

Como curiosidad, señalar que las primeras representaciones de San Nicolás muestran a un anciano con una larga blanca, no llevaba una chaqueta y un pantalón de color rojo ribeteados en piel blanca, ni un gorro rojo de elfo sino una túnica de color marrón con una capucha del mismo color adornada con una corona de muérdago.

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La celebración del día de Santa Lucía provenía de la tradición escandinava, y sin ser propiamente victoriana, en aquellos hogares donde las familias eran de ascendencia nórdica, el 13 de diciembre se recordaba, con una pequeña representación, la leyenda de la santa apareciendo rodeada de un círculo de luz para llevar comida a aquellas familias que sufrían la gran hambruna sueca.

La mañana del día de Santa Lucía, la hija mayor de la familia se vestía con una túnica blanca y larga (habitualmente un camisón) y adornaba su cabello con una corona de velas encendidas para simular el aura brillante de la santa; los chicos de la casa usaban gorros en forma cónica adornados con estrellas y las niñas más pequeñas bandas y fajines de color rojo brillante.

La hermana mayor, seguida por los pequeños, como en una improvisada procesión, sorprendía a sus padres llevándoles un delicioso desayuno a cama como símbolo de agradecimiento por todo el amor y cuidado que sus padres le dedicaban.

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El Yule log

Aunque hace tiempo que ya no forma parte de la tradición navideña británica, el tronco de Navidad formó parte de las chimeneas navideñas inglesas no solo como elemento decorativo sino como un objeto casi mágico que después de ser encendido con una pequeña ceremonia en la chimenea del hogar, debía arder hasta la fiesta de Epifanía del 6 de enero (Twelve Night o Doceava noche de Navidad). El tronco se adornaba con ramitas y hojas. Su origen está en Europa central y oriental y en las tradiciones y supersticiones paganas que tenían que ver con la luz perpetuo y regenerador, el fuego, las cenizas y la protección del hogar. En muchos hogares se preservaban las cenizas o se marcaban con ellas las puertas para evitar las desgracias y la mala suerte.

En Francia el Bûche de Noel representa ese tronco en forma de un rico pastel de chocolate cubierto relleno de nata, helado, como marca la tradición, por el frío clima invernal.

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El calcetín navideño

Antes de ser colgados cerca de la chimenea, muchos padres victorianos dejaban los calcetines, confeccionados con lana de vivos colores en los que predominaba el rojo, verde u blanco, colgados a los pies de la cama, bien cerrados de tal modo que los niños pudiesen palparlos cada día y tratar de imaginar que contenían. Esto creaba una expectación y algarabía en los pequeños que llenaba de alegría toda la casa.

Dentro de los calcetines, los regalos estaban cuidadosamente envueltos en brillantes papeles con lazos y adornos, ya que los victorianos ponían casi el mismo cuidado en el continente como en el contenido: la presentación era un reflejo del esfuerzo que la persona que regalaba ponía en agradar al destinatario del regalo.

Para no fallar nunca en los regalos, los victorianos tenían una receta mágica: cuatro regalos, ni uno más ni uno menos, que debían contener algo que comer (una chocolatina o galletas), algo que leer (un cuento infantil, una novela o un libro de oraciones), algo para jugar (juguetes de hojalata, un muñeco, o algún juguete de madera que hacían los propios padres, dependiendo del poder adquisitivo de los padres) y algo que se necesitara (habitualmente una prenda de ropa).

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Christmas Crackers V&A Museum

 

Los Christmas Crackers

Sin crackers no hay Navidad. Eso es lo que pensaba, desde la Reina Victoria, que disfrutaba como una niña con los crackers hasta la actual monarca Isabel II. Estos cilindros decorados con motivos navideños contenían pequeños regalos que salían disparados después de tirar de sus dos extremos y provocar un pequeño estallido.

Los crackers se explotaban después del plato principal, mientras se esperaba el pudding de navidad. La alegría que podría el estallido de los crackers era indescriptible y niños y mayores buscaban sus regalos que estaban esparcidos por todo el comedor. En el momento en que los crackers explotaban el ruido, los gritos y las risas estaban asegurados y la etiqueta que presidía la cena hasta ese momento terminaba de forma súbita.

Un cracker debía incluir un pequeño juguete, sombreros de papel, matasuegras, silbatos y un deseo o predicción de fortuna. Las anfitrionas victorianas se encargaban de que ningún niño quedara sin sus regalos de los crackers navideños, con regalos de reserva.

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The Christmas Tree- Albert Chevallier Tayler

Boxing Day, el día de los agradecimientos y los Santos Inocentes

La festividad de San Esteban, era el día de los regalos por excelencia. No solo se entregaban regalos a los niños sino que los sirvientes recibían cajas de comida y regalos de los señores de la casa para compartirlos con sus familias. Los más necesitados también recibían sus cajas que eran entregadas en las parroquias, centros de caridad o en las casas más pudientes, con alimentos o ropa de abrigo.

Al día siguiente, el 27 de diciembre, era el día del agradecimiento en el que las familias escribían y recibían bonitas notas de agradecimiento por los regalos del día anterior.

Estas notas eran muy cuidadas y se escribían en bonitos papeles con el membrete familiar o simplemente en papeles decorados por los propios miembros de la familia. Aunque los victorianos eran muy cuidadosos con los protocolos y la presentación de sus notas o cartas, lo más importante era la intención de agradecer y ser agradecido y un papel común con una mala caligrafía y ortografía era tan bienvenido como una preciosa nota de agradecimiento, ya que cada persona y familia lo hacía de acuerdo a sus posibilidades y estudios. Un agradecimiento de la humilde familia de una cocinera se recibía con tanto respeto como la de una familia adinerada londinense.

El día 28 se celebraba el Día de los Santos Inocentes, una celebración muy alejada de la bromista fecha actual donde las protagonistas son chanzas de mejor o peor gusto.

Esta fiesta que recordaba a todos los niños inocentes asesinados por Herodes, era conocida por los victorianos como Little Christmas y era una conmemoración de la infancia. En ella se organizaban fiestas para los niños de la casa y sus amigos, con divertidos juegos, golosas meriendas y tazas de humeante chocolate caliente.

Hip Hip Hurrah - Peder Severin Kroyer
Brindis – Peder Severin Kroyer

La fiesta del “¡hasta nunca!” : el Good Riddance del día 31 de diciembre

El último día del año reunía varias tradiciones en un solo día. A última hora de la tarde la familia se reunía para una festiva tea party, previa a la gran cena. Esta tea party estaba desprovista de toda la parafernalia de etiqueta victoriana, cambiando el protocolo por sombreros de papel, confeti, serpentinas y raudales de felicidad.

Una de las razones de esta fiesta era que los más pequeños celebraran el cambio de año, ya que a las 12 de la noche los pequeños ya estarían durmiendo rendidos de cansancio. Además a ninguna madre responsable victoriana se le pasaría siquiera por la cabeza tener a sus hijos despiertos hasta esas horas de la noche, por lo que esa fiesta era casi una celebración de despedida de año para los más pequeños.

Antes de que acabara el año las familias hacían una pequeña ceremonia de despedida: individualmente, en un papel se escribían todas las cosas malas que le habían ocurrido a cada miembro y todos aquellos sentimientos que se querían alejar del corazón; también se añadían aquellas malas acciones que se habían cometido y de las que se arrepentían profundamente.

Después se metían en una caja, se envolvía la caja con papel negro y se ataba fuertemente con cordel para que todo lo malo, quedase allí metido sin posibilidad de volver a salir. Posteriormente la caja se arrojaba al fuego de la chimenea mientras se decía Good Riddance!!! (¡hasta nunca!).

Enterrarla en el jardín o simplemente quemarla eran otras opciones.

Así, desprovistos de cualquier peso del remordimiento, arrepentidos de nuestras malas acciones y con el deseo de alejar todo lo malo, niños y mayores empezaban el año lleno de esperanzas y deseos renovados.

Después en un nuevo papel se escribía la lista de deseos y propósitos para el nuevo año, que se guardaría en un diario o en la Biblia familiar.

Una de las tradiciones del final del año consistía en leer las listas que se habían hecho el año anterior, para comprobar cuantos propósitos se habían llevado a cabo. Como, inevitablemente, la mayor parte no se habían cumplido, ese momento era de diversión, ya que no haberlos cumplido no significaba ningún drama, simplemente la voluntad de que sucediera era digna de elogio. Todos los asistentes terminaban prometiendo cumplir su nueva lista para el próximo año.

Como todos los años, La Casa Victoriana desea a todos sus seguidores y visitantes una Feliz y Victoriana Navidad, llena de amor y rodeados de vuestros seres más queridos.

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Lucky Woman – Emile Vernon

Una fiesta de Halloween

From ghoulies and ghosties and long- legged beasties

And things that go bump in the night, God Lord, deliver us!

Old Cornish prayer

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La preparación

Habitualmente eran las mujeres de la casa las encargadas de preparar la fiesta de Halloween. Una buena anfitriona siempre se organizaba la cena y los juegos con la antelación suficiente para no dejar ningún detalle al azar, desde el menú de la cena hasta los disfraces. Para ello consultaba revistas y otras publicaciones para ver que tejidos y motivos estaban de moda, así como los juegos más populares y la decoración más impactante.

La anfitriona debía conocer a sus invitados, sus relaciones y sus gustos, para organizar los menús, los lugares en la mesa y conseguir que todos los comensales se sintieran cómodos. Además no podemos olvidar que a las fiestas de Halloween acudían los más pequeños y los jóvenes, por lo que la noche debía ofrecer momentos para la diversión de cada grupo.

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Las estancias

Una fiesta de Halloween necesita un lugar espacioso. El lugar ideal sería un gran jardín pero a causa de las frías temperaturas de octubre, no sería el sitio más adecuado para la celebración, por lo que una buena anfitriona debería organizar la fiesta en el interior de la casa dedicando varias estancias al festejo.

Para lograr un gran espacio, se vaciarían las habitaciones lo máximo posible, quitando todos aquellos muebles y objetos que pudiesen representar un peligro para los invitados a la hora de celebrar varios de los juegos más típicos de estas fechas, muchos de los cuales implicaban tener los ojos vendados o las manos atadas.

Por tanto, ningún objeto valioso que pudiera romperse ni un mueble, que pudiera causar un daño debido a su diseño, estaría en ninguna de las dos o tres habitaciones que como mínimo se dedicarían a la fiesta de Halloween.

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La decoración

Contrariamente a la época actual donde el plástico o el papel son los reyes de la decoración, los victorianos preferían decoraciones naturales compuestas por mazorcas de maíz, Indian corn, con granos de colores, hojas y tallos del mismo cereal y calabazas de diferentes formas, algunas comestibles y otras simplemente decorativas que portaban velas o tenían terroríficas caras talladas en ellas.

Con ramas secas se confeccionaban esqueletos que se cubrían con paños de algodón o muselina de color blanco y se colgaban del techo como si fueran fantasmas. Farolillos cubiertos de delicadas telas proporcionaban la atmósfera necesaria para una noche mágica.

La manzana, una de las frutas reinas del otoño, desprendía su aroma por toda la casa, ya fuera transformada en dulce compota o como relleno de una tarta y aportaba cálidos colores en la decoración hogareña que se llenaba de brillantes manzanas caramelizadas, al natural, colocadas en barreños de agua, colgadas del techo para protagonizar los juegos de Halloween, y en grandes fruteros que adornaban las mesas.

Y, por supuesto, las flores de otoño eran otras de las grandes protagonistas de la decoración: begonias, pensamientos, hibiscus, crisantemos y dalias estaban presentes en las mesas y en forma de guirnaldas decorativas.

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La cena

En una apropiada cena de Halloween nunca faltará una buena sopa de vegetales de temporada, sandwiches con diferentes rellenos y platos de patatas cocinados de diferentes modos: asadas, rellenas o en puré. Además, los invitados podía degustar gachas dulces y platos típicos de cada zona.

Pero, sin duda, el mejor momento de la cena eran los postres. La anfitriona se esmeraba especialmente en este momento de la celebración, ofreciendo una selección de deliciosos pasteles de manzana y pera, compotas de higos, membrillos, magdalenas de calabaza, tartas de nueces y castañas, galletas de jengibre, panes especiados de frutas y el riquísimo Victorian cake, sin olvidar una buena taza de chocolate para los más pequeños y un vaso de sidra caliente para los mayores.

En 1891, la revista Ingalls Home and Art Magazine ofrecía una idea de menú para una fiesta de Halloween compuesto por:

Ostras, sandwiches variados, pavo asado relleno de castañas y fiambres fríos, todo ello con diferentes acompañamientos como ensalada de lengua de vaca, col, almendras tostadas, aceitunas y compota de manzana.

Los postres que ofrecía este modelo de menú de Ingalls Home eran tan abundantes como deliciosos: tartas de calabaza, pasteles de frutos secos, panes de nueces, helados y cremas de chocolate, pasas, frutas caramelizadas y café y chocolate caliente.

Todo ello componía un menú para una éxitosa cena de Halloween que gustaría a todo el mundo, fuera cual fuera su edad.

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Los juegos

En otras entradas de La Casa Victoriana hemos hablado de varios hechizos y ritos que se celebraban en las fechas de Halloween. Hoy hablaremos de nuevas maneras de divertirse en estas fechas.

The Nut Shower

Los frutos secos típicos de estas fechas solían ser protagonistas de muchos de los juegos de Halloween. Las nueces, por su forma eran uno de los frutos favoritos.

Este juego requiere paciencia pero el resultado es tan agradecido que merece la pena. Se abrían las nueces con mucho cuidado y se le quitaban los frutos, dejando las cáscaras lo más intactas posibles. Se reservaban los frutos y se rellenaban las nueces con otras pequeñas golosinas o caramelos caseros y se volvían a cerrar, pegando las dos partes de las nueces con, por ejemplo, azúcar caramelizado o un glaseado.

Las nueces se esparcirían por el suelo y los niños deberían cogerlas y abrirlas – siempre se reservarían unas cuantas por si alguno de los pequeños cogía pocas o ninguna, ya que ningún niño debía quedar sin diversión. En el momento en que abrían las nueces y descubrían golosinas la estancia se llenaba de algarabía. Más tarde, los pequeños también darían buena cuenta de las nueces, tomándolas solas o con miel.

Otra variante consistía en llenar las nueces con diminutos juguetes hechos por los mayores de la familia.

Fuera cual fuera el “relleno” de las nueces la diversión estaba asegurada.

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The Nut Crack Night

Este juego era uno de los favoritos de los jóvenes de la casa, ya que era un juego de predicción de futuro que vaticinaba si dos jóvenes estaban destinados a tener un amor verdadero o solo una bonita amistad.

Los elementos necesarios para jugar eran una parrilla y avellanas o castañas. Los jóvenes se sentaban a ambos lados de la parrilla, que previamente se había calentado, y, cada uno de ellos colocaba uno de los frutos sobre la parrilla. Si los frutos se quemaban lentamente hasta convertirse en cenizas la amistad duraría para siempre e incluso podría convertirse en amor duradero o un matrimonio feliz. Si, por el contrario, los frutos estallaban, la relación sería un reflejo de ese estallido, y no solo no duraría sino que acabaría de un modo conflictivo.

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Emparejando a los invitados

En una jornada informal y festiva en la que el protocolo se suavizaba ¡qué mejor manera de sentar a la mesa a los invitados que mediante un divertido juego!

La anfitriona dispersaba a los invitados por las diferentes estancias de la casa y les entregaba el cabo de un ovillo de lana a cada uno de ellos. Dos cabos de lana pertenecían al mismo ovillo y el juego consistiría en encontrar a la persona cuyo ovillo coincidiese. Para dificultar el encuentro, el largo ovillo se habría enrollado en muebles, extendido por las habitaciones y entremezclado con los ovillos de otros participantes, todo con el fin de que los propietarios de los ovillos recorrieran la casa y se divirtieran encontrando a su pareja.

De todos modos, la propietaria nunca dejaría nada al azar, encargándose de que dos cabos que estuvieran unidos no pertenecieran a comensales que pudieran tener ciertas rencillas entre ellos, y, si se sentaran juntos, su evidente malestar pudiese arruinar la reunión.

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The Fateful Food

Este juego de adivinación del destino era muy popular porque no solo implicaba comer una buena razón de dulces sino que aportaba la sorpresa de encontrar el objeto que previamente se había escondido en ellos y de interpretar su significado:

– una moneda predecía riqueza

– un anillo era símbolo de un matrimonio

– un botón o un dedal indicaban soltería para el próximo año

– un wishbone, el hueso de pollo o pavo en forma de horquilla, permitía a su poseedor pedir un deseo para el próximo año.

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Kaling

El Kaling era un juego de origen escocés muy popular en Halloween. Para jugarlo era necesario un jardín y varias coles enterradas. Los jugadores saldrían al exterior y con los ojos tapados tendrían que desenterrar una col. Uno de los jugadores, que representaría el papel de pitonisa, interpretaba el futuro amoroso del poseedor de la col dependiendo del tamaño del vegetal, su posición económica atendiendo a la tierra adherida al repollo y el carácter del futuro esposo o esposa después de probar la acidez o no de la col.

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Un barquito con la cáscara de nuez predice mi futuro

Este título es una interpretación del popular juego de lanzar cáscaras de nueces en barreño lleno de agua. Estas nueces se podían adornar con una pequeña vela para semejarlas a barquitos veleros.

Dependiendo del comportamiento de los barcos en el agua se podía interpretar el futuro: si el barco se hundía, el futuro del poseedor del barco no iba a ser muy halagüeño; por el contrario, si el barco seguía su travesía sin hundirse, significaría una vida feliz y estable.

Si dos barcos se cruzaban sin tocarse, sus propietarios estaban destinados a ignorarse en el futuro; si los barcos chocaban, las personas que los habían lanzado se encontrarían en algún periodo de sus vidas compartiendo intereses, negocios o amor y si los barcos navegaban juntos, sus dueños estaban predestinados a vivir juntos una vida feliz, acompañándose en cada momento.

Si un barco navegaba solo por los bordes del barreño, sin ir hacía el centro, donde se encontraban el resto de los barcos, predecía una vida solitaria y, quizás, una soltería de por vida; si el barquito de nuez tocaba frecuentemente los bordes, su poseedor tendría una vida de aventura, y viajaría por todo el mundo.

Como vemos, se podía dar lugar a tantas interpretaciones como fructífera fuera la imaginación de los invitados, ya que el fin de los juegos era la diversión, las risas y pasar una jornada tan agradable como mágica.

Si queréis pasar una noche llena de hechizos y un Halloween mágicamente victoriano no tepierdas las entradas que en años pasados La Casa Victoriana le ha dedicado a esta terrorífica jornada.

Breve historia de la festividad de Halloween

https://lacasavictoriana.com/category/happy-halloween/

Rituales y conjuros

https://lacasavictoriana.com/2016/10/29/halloween-victoriano-rituales-y-conjuros/

Happy “Catlloween”

https://lacasavictoriana.com/2015/10/30/happy-catloween-los-gatos-victorianos-de-whittier-y-wain/

Cuentos de miedo: La verdad sobre el señor Valdemar y El Cuervo

https://lacasavictoriana.com/2018/10/31/6993/

https://lacasavictoriana.com/category/edgar-allan-poe-el-cuervo/

Imágenes: Vía pinterest.

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¡FELIZ Y TERRORÍFICO HALLOWEEN, VICTORIANOS!

Como todos los años en La Casa Victoriana celebramos Halloween. En años anteriores hablamos del origen de la festividad, de sus ritos y juegos y de algunas de las historias de terror con las que deleitarnos en esta noche de espíritus.

Hoy repetimos con Edgar Allan Poe – años atrás publicamos El Cuervo- y uno de sus relatos de terror más aclamados La verdad sobre el caso del señor Valdemar.

Espero que lo disfrutéis.

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Imagen Vía Pinterest

La verdad sobre el caso del señor Valdemar

De ninguna manera me parece sorprendente que el extraordinario caso del señor Valdemar haya provocado tantas discusiones. Hubiera sido un milagro que ocurriera lo contrario, especialmente en tales circunstancias. Aunque todos los participantes deseábamos mantener el asunto alejado del público –al menos por el momento, o hasta que se nos ofrecieran nuevas oportunidades de investigación–, a pesar de nuestros esfuerzos no tardó en difundirse una versión tan espuria como exagerada que se convirtió en fuente de muchas desagradables tergiversaciones y, como es natural, de profunda incredulidad.

El momento ha llegado de que yo dé a conocer los hechos –en la medida en que me es posible comprenderlos–. Helos aquí sucintamente:

Durante los últimos años el estudio del hipnotismo había atraído repetidamente mi atención. Hace unos nueve meses, se me ocurrió súbitamente que en la serie de experimentos efectuados hasta ahora existía una omisión tan curiosa como inexplicable: jamás se había hipnotizado a nadie in articulo mortis. Quedaba por verse si, en primer lugar, un paciente en esas condiciones sería susceptible de influencia magnética; segundo, en caso de que lo fuera, si su estado aumentaría o disminuiría dicha susceptibilidad, y tercero, hasta qué punto, o por cuánto tiempo, el proceso hipnótico sería capaz de detener la intrusión de la muerte. Quedaban por aclarar otros puntos, pero éstos eran los que más excitaban mi curiosidad, sobre todo el último, dada la inmensa importancia que podían tener sus consecuencias.

Pensando si entre mis relaciones habría algún sujeto que me permitiera verificar esos puntos, me acordé de mi amigo Ernest Valdemar, renombrado compilador de la Bibliotheca Forensica y autor (bajo el nom de plume de Issachar Marx) de las versiones polacas de Wallenstein Gargantúa. El señor Valdemar, residente desde 1839 en Harlem, Nueva York, es (o era) especialmente notable por su extraordinaria delgadez, tanto que sus extremidades inferiores se parecían mucho a las de John Randolph, y también por la blancura de sus patillas, en violento contraste con sus cabellos negros, lo cual llevaba a suponer con frecuencia que usaba peluca. Tenía un temperamento muy nervioso, que le convertía en buen sujeto para experiencias hipnóticas. Dos o tres veces le había adormecido sin gran trabajo, pero me decepcionó no alcanzar otros resultados que su especial constitución me había hecho prever. Su voluntad no quedaba nunca bajo mi entero dominio, y, por lo que respecta a la clarividencia, no se podía confiar en nada de lo que había conseguido con él. Atribuía yo aquellos fracasos al mal estado de salud de mi amigo. Unos meses antes de trabar relación con él, los médicos le habían declarado tuberculoso. El señor Valdemar acostumbraba referirse con toda calma a su próximo fin, como algo que no cabe ni evitar ni lamentar.

Cuando las ideas a que he aludido se me ocurrieron por primera vez, lo más natural fue que acudiese a Valdemar. Demasiado bien conocía la serena filosofía de mi amigo para temer algún escrúpulo de su parte; por lo demás, no tenía parientes en América que pudieran intervenir para oponerse. Le hablé francamente del asunto y, para mi sorpresa, noté que se interesaba vivamente. Digo para mi sorpresa, pues si bien hasta entonces se había prestado libremente a mis experimentos, jamás demostró el menor interés por lo que yo hacía. Su enfermedad era de las que permiten un cálculo preciso sobre el momento en que sobrevendrá la muerte. Convinimos, pues, en que me mandaría llamar veinticuatro horas antes del momento fijado por sus médicos para su fallecimiento.

Hace más de siete meses que recibí la siguiente nota, de puño y letra de Valdemar:

Estimado P…:

Ya puede usted venir. D… y F… coinciden en que no pasaré de mañana a medianoche, y me parece que han calculado el tiempo con mucha exactitud.

Valdemar

Recibí el billete media hora después de escrito, y quince minutos más tarde estaba en el dormitorio del moribundo. No le había visto en los últimos diez días y me aterró la espantosa alteración que se había producido en tan breve intervalo. Su rostro tenía un color plomizo, no había el menor brillo en los ojos y, tan terrible era su delgadez, que la piel se había abierto en los pómulos. Expectoraba continuamente y el pulso era casi imperceptible. Conservaba no obstante una notable claridad mental, y cierta fuerza. Me habló con toda claridad, tomó algunos calmantes sin ayuda ajena y, en el momento de entrar en su habitación, le encontré escribiendo unas notas en una libreta. Se mantenía sentado en el lecho con ayuda de varias almohadas, y estaban a su lado los doctores D… y E..

Luego de estrechar la mano de Valdemar, llevé aparte a los médicos y les pedí que me explicaran detalladamente el estado del enfermo. Desde hacía dieciocho meses, el pulmón izquierdo se hallaba en un estado semióseo o cartilaginoso, y, como es natural, no funcionaba en absoluto. En su porción superior el pulmón derecho aparecía parcialmente osificado, mientras la inferior era tan sólo una masa de tubérculos purulentos que se confundían unos con otros. Existían varias dilatadas perforaciones y en un punto se había producido una adherencia permanente a las costillas. Todos estos fenómenos del lóbulo derecho eran de fecha reciente; la osificación se había operado con insólita rapidez, ya que un mes antes no existían señales de la misma y la adherencia sólo había sido comprobable en los últimos tres días. Aparte de la tuberculosis los médicos sospechaban un aneurisma de la aorta, pero los síntomas de osificación volvían sumamente difícil un diagnóstico. Ambos facultativos opinaban que Valdemar moriría hacia la medianoche del día siguiente (un domingo). Eran ahora las siete de la tarde del sábado.

Al abandonar la cabecera del moribundo para conversar conmigo, los doctores D… y F… se habían despedido definitivamente de él. No era su intención volver a verle, pero, a mi pedido, convinieron en examinar al paciente a las diez de la noche del día siguiente.

Una vez que se fueron, hablé francamente con Valdemar sobre su próximo fin, y me referí en detalle al experimento que le había propuesto. Nuevamente se mostró dispuesto, e incluso ansioso por llevarlo a cabo, y me pidió que comenzara de inmediato. Dos enfermeros, un hombre y una mujer, atendían al paciente, pero no me sentí autorizado a llevar a cabo una intervención de tal naturaleza frente a testigos de tan poca responsabilidad en caso de algún accidente repentino. Aplacé, por tanto, el experimento hasta las ocho de la noche del día siguiente, cuando la llegada de un estudiante de medicina de mi conocimiento (el señor Theodore L…l) me libró de toda preocupación. Mi intención inicial había sido la de esperar a los médicos, pero me vi obligado a proceder, primeramente por los urgentes pedidos de Valdemar y luego por mi propia convicción, de que no había un minuto que perder, ya que con toda evidencia el fin se acercaba rápidamente.

El señor L…l tuvo la amabilidad de acceder a mi pedido, así como de tomar nota de todo lo que ocurriera. Lo que voy a relatar ahora procede de sus apuntes, ya sea en forma condensada o verbatim.

Faltaban cinco minutos para las ocho cuando, después de tomar la mano de Valdemar, le pedí que manifestara con toda la claridad posible, en presencia de L…l, que estaba dispuesto a que yo le hipnotizara en el estado en que se encontraba.

Débil, pero distintamente, el enfermo respondió: «Sí, quiero ser hipnotizado», agregando de inmediato: «Me temo que sea demasiado tarde.»

Mientras así decía, empecé a efectuar los pases que en las ocasiones anteriores habían sido más efectivos con él. Sentía indudablemente la influencia del primer movimiento lateral de mi mano por su frente, pero, aunque empleé todos mis poderes, me fue imposible lograr otros efectos hasta algunos minutos después de las diez, cuando llegaron los doctores D… y F…, tal como lo habían prometido. En pocas palabras les expliqué cuál era mi intención, y, como no opusieron inconveniente, considerando que el enfermo se hallaba ya en agonía, continué sin vacilar, cambiando, sin embargo, los pases laterales por otros verticales y concentrando mi mirada en el ojo derecho del sujeto.

A esta altura su pulso era imperceptible y respiraba entre estertores, a intervalos de medio minuto.

Esta situación se mantuvo sin variantes durante un cuarto de hora. Al expirar este período, sin embargo, un suspiro perfectamente natural, aunque muy profundo, escapó del pecho del moribundo, mientras cesaba la respiración estertorosa o, mejor dicho, dejaban de percibirse los estertores; en cuanto a los intervalos de la respiración, siguieron siendo los mismos. Las extremidades del paciente estaban heladas.

A las once menos cinco, advertí inequívocas señales de influencia hipnótica. La vidriosa mirada de los ojos fue reemplazada por esa expresión de intranquilo examen interior que jamás se ve sino en casos de hipnotismo, y sobre la cual no cabe engañarse. Mediante unos rápidos pases laterales hice palpitar los párpados, como al acercarse el sueño, y con unos pocos más los cerré por completo. No bastaba esto para satisfacerme, sin embargo, sino que continué vigorosamente mis manipulaciones, poniendo en ellas toda mi voluntad, hasta que hube logrado la completa rigidez de los miembros del durmiente, a quien previamente había colocado en la posición que me pareció más cómoda. Las piernas estaban completamente estiradas; los brazos reposaban en el lecho, a corta distancia de los flancos. La cabeza había sido ligeramente levantada.

Al dar esto por terminado era ya medianoche y pedí a los presentes que examinaran el estado de Valdemar. Luego de unas pocas verificaciones, admitieron que se encontraba en un estado insólitamente perfecto de trance hipnótico. La curiosidad de ambos médicos se había despertado en sumo grado. El doctor D… decidió pasar toda la noche a la cabecera del paciente, mientras el doctor F… se marchaba, con promesa de volver por la mañana temprano. L…l y los enfermeros se quedaron.

Dejamos a Valdemar en completa tranquilidad hasta las tres de la madrugada, hora en que me acerqué y vi que seguía en el mismo estado que al marcharse el doctor F…; vale decir, yacía en la misma posición y su pulso era imperceptible. Respiraba sin esfuerzo, aunque casi no se advertía su aliento, salvo que se aplicara un espejo a los labios. Los ojos estaban cerrados con naturalidad y las piernas tan rígidas y frías como si fueran de mármol. No obstante ello, la apariencia general distaba mucho de la de la muerte.

Al acercarme intenté un ligero esfuerzo para influir sobre el brazo derecho, a fin de que siguiera los movimientos del mío, que movía suavemente sobre su cuerpo. En esta clase de experimento jamás había logrado buen resultado con Valdemar, pero ahora, para mi estupefacción, vi que su brazo, débil pero seguro, seguía todas las direcciones que le señalaba el mío. Me decidí entonces a intentar un breve diálogo.

–Valdemar…, ¿duerme usted? –pregunté.

No me contestó, pero noté que le temblaban los labios, por lo cual repetí varias veces la pregunta. A la tercera vez, todo su cuerpo se agitó con un ligero temblor; los párpados se levantaron lo bastante para mostrar una línea del blanco del ojo; moviéronse lentamente los labios, mientras en un susurro apenas audible brotaban de ellos estas palabras:

–Sí… ahora duermo. ¡No me despierte! ¡Déjeme morir así!

Palpé los miembros, encontrándolos tan rígidos como antes. Volví a interrogar al hipnotizado:

–¿Sigue sintiendo dolor en el pecho, Valdemar?

La respuesta tardó un momento y fue aún menos audible que la anterior:

–No sufro… Me estoy muriendo.

No me pareció aconsejable molestarle más por el momento, y no volví a hablarle hasta la llegada del doctor F…, que arribó poco antes de la salida del sol y se quedó absolutamente estupefacto al encontrar que el paciente se hallaba todavía vivo. Luego de tomarle el pulso y acercar un espejo a sus labios, me pidió que le hablara otra vez, a lo cual accedí.

–Valdemar –dije–. ¿Sigue usted durmiendo?

Como la primera vez, pasaron unos minutos antes de lograr respuesta, y durante el intervalo el moribundo dio la impresión de estar juntando fuerzas para hablar. A la cuarta repetición de la pregunta, y con voz que la debilidad volvía casi inaudible, murmuró:

–Sí… Dormido… Muriéndome.

La opinión o, mejor, el deseo de los médicos era que no se arrancase a Valdemar de su actual estado de aparente tranquilidad hasta que la muerte sobreviniera, cosa que, según consenso general, sólo podía tardar algunos minutos. Decidí, sin embargo, hablarle una vez más, limitándome a repetir mi pregunta anterior.

Mientras lo hacía, un notable cambio se produjo en las facciones del hipnotizado. Los ojos se abrieron lentamente, aunque las pupilas habían girado hacia arriba; la piel adquirió una tonalidad cadavérica, más semejante al papel blanco que al pergamino, y los círculos hécticos, que hasta ese momento se destacaban fuertemente en el centro de cada mejilla, se apagaron bruscamente. Empleo estas palabras porque lo instantáneo de su desaparición trajo a mi memoria la imagen de una bujía que se apaga de un soplo. Al mismo tiempo el labio superior se replegó, dejando al descubierto los dientes que antes cubría completamente, mientras la mandíbula inferior caía con un sacudimiento que todos oímos, dejando la boca abierta de par en par y revelando una lengua hinchada y ennegrecida. Supongo que todos los presentes estaban acostumbrados a los horrores de un lecho de muerte, pero la apariencia de Valdemar era tan espantosa en aquel instante, que se produjo un movimiento general de retroceso.

Comprendo que he llegado ahora a un punto de mi relato en el que el lector se sentirá movido a una absoluta incredulidad. Me veo, sin embargo, obligado a continuarlo.

El más imperceptible signo de vitalidad había cesado en Valdemar; seguros de que estaba muerto lo confiábamos ya a los enfermeros, cuando nos fue dado observar un fuerte movimiento vibratorio de la lengua. La vibración se mantuvo aproximadamente durante un minuto. Al cesar, de aquellas abiertas e inmóviles mandíbulas brotó una voz que sería insensato pretender describir. Es verdad que existen dos o tres epítetos que cabría aplicarle parcialmente: puedo decir, por ejemplo, que su sonido era áspero y quebrado, así como hueco. Pero el todo es indescriptible, por la sencilla razón de que jamás un oído humano ha percibido resonancias semejantes. Dos características, sin embargo –según lo pensé en el momento y lo sigo pensando–, pueden ser señaladas como propias de aquel sonido y dar alguna idea de su calidad extraterrena. En primer término, la voz parecía llegar a nuestros oídos (por lo menos a los míos) desde larga distancia, o desde una caverna en la profundidad de la tierra. Segundo, me produjo la misma sensación (temo que me resultará imposible hacerme entender) que las materias gelatinosas y viscosas producen en el sentido del tacto.

He hablado al mismo tiempo de «sonido» y de «voz». Quiero decir que el sonido consistía en un silabeo clarísimo, de una claridad incluso asombrosa y aterradora. El señor Valdemar hablaba, y era evidente que estaba contestando a la interrogación formulada por mí unos minutos antes. Como se recordará, le había preguntado si seguía durmiendo. Y ahora escuché:

–Sí… No… Estuve durmiendo… y ahora… ahora… estoy muerto.

Ninguno de los presentes pretendió siquiera negar ni reprimir el inexpresable, estremecedor espanto que aquellas pocas palabras, así pronunciadas, tenían que producir. L…l, el estudiante, cayó desvanecido. Los enfermeros escaparon del aposento y fue imposible convencerlos de que volvieran. Por mi parte, no trataré de comunicar mis propias impresiones al lector. Durante una hora, silenciosos, sin pronunciar una palabra, nos esforzamos por reanimar a L…l. Cuando volvió en sí, pudimos dedicarnos a examinar el estado de Valdemar.

Seguía, en todo sentido, como lo he descrito antes, salvo que el espejo no proporcionaba ya pruebas de su respiración. Fue inútil que tratáramos de sangrarlo en el brazo. Debo agregar que éste no obedecía ya a mi voluntad. En vano me esforcé por hacerle seguir la dirección de mi mano. La única señal de la influencia hipnótica la constituía ahora el movimiento vibratorio de la lengua cada vez que volvía a hacer una pregunta a Valdemar. Se diría que trataba de contestar, pero que carecía ya de voluntad suficiente. Permanecía insensible a toda pregunta que le formulara cualquiera que no fuese yo, aunque me esforcé por poner a cada uno de los presentes en relación hipnótica con el paciente. Creo que con esto he señalado todo lo necesario para que se comprenda cuál era la condición del hipnotizado en ese momento. Se llamó a nuevos enfermeros, y a las diez de la mañana abandoné la morada en compañía de ambos médicos y de L…l.

Volvimos por la tarde a ver al paciente. Su estado seguía siendo el mismo. Discutimos un rato sobre la conveniencia y posibilidad de despertarlo, pero poco nos costó llegar a la conclusión de que nada bueno se conseguiría con eso. Resultaba evidente que hasta ahora, la muerte (o eso que de costumbre se denomina muerte) había sido detenida por el proceso hipnótico. Parecía claro que, si despertábamos a Valdemar, lo único que lograríamos seria su inmediato o, por lo menos, su rápido fallecimiento.

Desde este momento hasta fines de la semana pasada –vale decir, casi siete meses–continuamos acudiendo diariamente a casa de Valdemar, acompañados una y otra vez por médicos y otros amigos. Durante todo este tiempo el hipnotizado se mantuvo exactamente como lo he descrito. Los enfermeros le atendían continuamente.

Por fin, el viernes pasado resolvimos hacer el experimento de despertarlo, o tratar de despertarlo: probablemente el lamentable resultado del mismo es el que ha dado lugar a tanta discusión en los círculos privados y a una opinión pública que no puedo dejar de considerar como injustificada.

A efectos de librar del trance hipnótico al paciente, acudí a los pases habituales. De entrada resultaron infructuosos. La primera indicación de un retorno a la vida lo proporcionó el descenso parcial del iris. Como detalle notable se observó que este descenso de la pupila iba acompañado de un abundante flujo de icor amarillento, procedente de debajo de los párpados, que despedía un olor penetrante y fétido. Alguien me sugirió que tratara de influir sobre el brazo del paciente, como al comienzo. Lo intenté, sin resultado. Entonces el doctor F… expresó su deseo de que interrogara al paciente. Así lo hice, con las siguientes palabras:

–Señor Valdemar… ¿puede explicarnos lo que siente y lo que desea?

Instantáneamente reaparecieron los círculos hécticos en las mejillas; la lengua tembló, o, mejor dicho, rodó violentamente en la boca (aunque las mandíbulas y los labios siguieron rígidos como antes), y entonces resonó aquella horrenda voz que he tratado ya de describir:

–¡Por amor de Dios… pronto… pronto… hágame dormir… o despiérteme… pronto… despiérteme! ¡Le digo que estoy muerto!

Perdí por completo la serenidad y, durante un momento, me quedé sin saber qué hacer. Por fin, intenté calmar otra vez al paciente, pero al fracasar, debido a la total suspensión de la voluntad, cambié el procedimiento y luché con todas mis fuerzas para despertarlo. Pronto me di cuenta de que lo lograría, o, por lo menos, así me lo imaginé; y estoy seguro de que todos los asistentes se hallaban preparados para ver despertar al paciente.

Pero lo que realmente ocurrió fue algo para lo cual ningún ser humano podía estar preparado.

Mientras ejecutaba rápidamente los pases hipnóticos, entre los clamores de: «¡Muerto! ¡Muerto!», que literalmente explotaban desde la lengua y no desde los labios del sufriente, bruscamente todo su cuerpo, en el espacio de un minuto, o aún menos, se encogió, se deshizo… se pudrió entre mis manos. Sobre el lecho, ante todos los presentes, no quedó más que una masa casi líquida de repugnante, de abominable putrefacción.

 

¡Happy Halloween, victorianos! ¡Feliz y terrorífico Samaín!

Reina Victoria: curiosidades

Antes de comenzar esta entrada me gustaría dar las gracias a todos los seguidores de La Casa Victoriana, a los que nos siguen en las Redes Sociales y especialmente a los que nos seguís en la web, por vuestra fidelidad y paciencia, ya que los artículos no son publicados con mucha asiduidad.

La Casa Victoriana es una idea original mía y, a veces, falta tiempo para poder elaborar los artículos y publicar algo que realmente me parezca interesante para compartir con todos los victorianos del siglo XXI que me seguís.

Para compensar, os dejo esta entrada especial sobre curiosidades de la Reina Victoria, sobre algunas de las cuales ya he hablado en la página de Facebook pero que aquí están más ampliamente documentadas. Espero que esta publicación sea de vuestro agrado.

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La Reina Victoria: Curiosidades

Pocas reinas han pasado a la historia con una historia y una leyenda que sobrevive a los siglos como la Reina Victoria.

Todo en ella, desde su personalidad a su incondicional amor por el Príncipe Alberto, a su reinado con todas las circunstancias sociopolíticas y económicas que se sucedieron durante sus años al frente de Gran Bretaña han pasado no sólo a la historia sino también a la imaginería popular, creando no sólo un personaje histórico irrepetible, sino una personalidad que sigue fascinando a personas de todas las culturas y edades.

Hoy en La Casa Victoriana queremos contar algunas anécdotas de una reina que dio su nombre a toda una época: la victoriana.

El vestido de novia de Victoria

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Vía Pinterest

Nunca antes un vestido de novia fue tan comentado ni tan imitado, no sólo en su estilo sino en su simbología: desde los bordados hasta el color.

Victoria escogió para su vestido el color blanco, algo bastante inusual en las novias de la época. A partir de ese momento fueron muchas las novias que optaron por el blanco para sus vestidos de novia como imitación a la elección de la monarca, pero Victoria no fue ni la primera novia en usar ese color, ni siquiera la primera novia real en hacerlo. Como curiosidad apuntaremos que uno de los primeros registros históricos de novias reales vestidas de blanco es el de Philippa de Inglaterra en 1406.

El vestido de Victoria fue confeccionado en satén blanco fabricado en Spitalfields, en el distrito del East London (zona conocida por su industria textil especializada en seda, y, posteriormente al declive de la industria textil, por ser una de las zonas más peligrosas de Londres).

El encaje era un maravilloso encaje de Honiton, una localidad del condado de Devon conocido por su confección de encajes, diseñado por William Dyce, elaborado a mano con la técnica de encaje de bolillos. Una de las señas de identidad de este encaje eran los elementos de la naturaleza, especialmente hojas y flores. La cola del vestido medía 5 metros y medio de largo.

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Fotografía en la que se puede apreciar el magnífico trabajo del encaje de Honiton. Ver créditos al final del artículo.

Esta elección de Victoria no fue casual. Con la elección de un vestido confeccionado por completo en Inglaterra, con tejidos fabricados en el país estaba expresando su apoyo a la industria y comercio del país. Victoria hubiera podido, como otras novias reales, escoger al mejor modisto francés y llevar los más delicados encajes de Bruselas y las más exquisitas sedas francesas, pero prefirió honrar a la industria de su país, con un vestido que no desmereció en absoluto al de otras novias reales.

Curiosamente, Victoria no usó ni corona ni tiara en su boda; su elección fue una sencilla guirnalda hecha con flores de naranjo, como símbolo de la fertilidad, que sujetaba su velo de 3 metros y medio de largo y casi un metro de ancho. En el pecho llevaba prendido un ramillete de las mismas flores.

Las joyas usadas por la reina fueron un broche de zafiros, regalo del Príncipe Alberto, pendientes y su collar turco de diamantes.

Sus zapatos no fueron unos zapatos franceses recargados, sino unas preciosas zapatillas de fabricación inglesa, de seda blanca, al estilo de las zapatillas de ballet, con cintas para anudarlas en las piernas.

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La dieta de Victoria

No es ningún secreto el amor apasionado que la Reina le dedicaba al príncipe Alberto. Estar perfecta para su amado era una de sus obsesiones, y una de sus prioridades era mantener la línea y no engordar para poder lucir los bellos vestidos que las modistas de palacio cosían para ella.

Aunque Victoria siempre comió de una manera ligera y frugal, a causa de su trabajo y de su eterna preocupación por su figura, los sucesivos embarazos no le permitían mantenerse en su peso ideal, por lo que la dieta comenzó a ser una obsesión para ella.

Pero ese control por el peso desapareció con la muerte del Príncipe Alberto. Liberada de la esclavitud de las básculas y los corsés, la reina depositó toda su tristeza y frustración en la comida, convirtiendo ésta en un sustitutivo de su amor perdido. Uno de sus platos favoritos era la cabeza de jabalí con áspic, que los cocineros de palacio preparaban con mimo para el Príncipe Alberto, ya que era su preferido.

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Aspic de cabeza de jabalí al estilo victoriano. Personalmente no lo encuentro nada apetecible, pero  Victoria y Alberto no serían de la misma opinión. Vía Pinterest

Además, después de años de restricciones alimentarias, la reina descubrió los placeres de la comida, no sólo inglesa, sino de nuevos sabores como los proporcionados por los sirvientes hindúes de palacio, con especias como el curry, que la Reina adoraba.

Esto hizo que la monarca comenzara que a sumar kilos convirtiéndose en la mujer oronda que aparece en las fotografías de sus últimos años. Los invitados a palacio comentaban la gula de la Reina, que pasaba de un plato a otro prácticamente sin darse un respiro, y como, cuando terminaba la comida y el postre, todavía pedía “algo” para terminar, como frutas o una tabla de quesos.

De acuerdo con lo expuesto en el libro The Greedy Queen de Annie Gray, un menú habitual de la Reina consistía en los siguientes platos, con sus diferentes variaciones:

Desayuno

Chuletas de cordero y patatas
Pan, tostada, bizcochos y “spread” (que podía consistir en mantequilla, crema de queso, mermelada, gelatina, patés u otras cremas y salsas para acompañar el pan y los bizcochos)

Almuerzo

Chuletas de cordero, espárrago y ave (de corral, como pollo o pavo o de caza, como perdiz o codorniz, servida fría)
Arroz con leche y canela
Compota de fruta

Cena

Huevos hervidos y un consomé de pollo
Lenguado gratinado y pescadilla frita
Rosbif y capón con espárrago
Vol-au-vents con salsa bechamel y huevos a la plancha
Flan de albaricoque
Gofres con nata

Tentempié para antes de acostarse

Fiambres y tartas
Fruta fresca

Pero si había un momento culinario que la reina adoraba, por encima de cualquier otro, este era el de los postres. Victoria amaba las tartas y las preparaciones de pastelería casi tanto como a su reino, y una ración, ni dos, eran nunca suficientes para saciar su apetito por lo dulce. Estos eran sus postres favoritos:

Jalea de vino
Crema de vainilla
Bizcochos
Vol au vent de cerezas
Rosca de Chantilly
Torta alemana
Cestas de golosinas de azúcar (frutas escarchadas y otras delicatessen azucaradas)
Turrón
Fruta fresca

Osborne House en la Isla de Wight

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Osborne House fue la mansión de vacaciones de la reina Victoria y su querido príncipe Alberto. Antes de escoger Balmoral como residencia vacacional, la familia real, por expreso deseo de la reina, pasaba las navidades y los veranos en la preciosa Osborne House.

Esta casa fue también el refugio de la reina a la muerte de Alberto, y se cuenta que sus paredes fueron testigo del amor de madurez de la monarca y su sirviente indio Abdul, el hombre que pasó de las cocinas y la servidumbre a ser la mano derecha de la reina, provocando la desconfianza del resto de la familia real que veían como el joven indio influía en las decisiones de la reina más de lo que era deseable.

La terraza y los jardines estaban en estado de semi-abandono, hasta este año en el que han gastado 600,000 libras en una renovación integral, y podrá ser visitada por el público.

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La gran terraza fue construida siguiendo un diseño personal del Príncipe Alberto, y la fuente Andrómeda, que ocupa el centro del jardín, fue mandada traer a la isla por la reina de la Great Exhibition de 1851.

Como curiosidad, una de las plantas más destacadas del jardín es un gran mirto (o arrayán) que fue un regalo de la madre del príncipe Alberto y que éste plantó en los jardines de Osborne House. Este mirto fue usado para confeccionar el ramo de novia que Kate Middleton llevó el día de su boda con el príncipe William.

El scrapbook de Victoria

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Vía Pinterest

La técnica del scrapbook era un pasatiempo al que los victorianos eran especialmente aficionados. Los álbumes no sólo demostraban la pericia y creatividad de las jóvenes victorianas, sino que implicaba dominar varias habilidades más, como el bordado, el secado de flores, la conservación de hierbas aromáticas, la caligrafía, el colecccionismo de pequeños detalles, la técnica del decoupage…

Los álbumes de scrapbook se convertían en algo más que un diario siendo casi pequeños tesoros llenos de recuerdos que nos mostraban los gustos, comportamientos y sentimientos de las jóvenes de una época. Si la joven protagonista del scrapbook en cuestión era la Reina Victoria, entonces nos encontramos con un documento de gran valor histórico.

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La institutriz alemana de la joven Victoria elaboró durante años un álbum lleno de recuerdos de la niñez de la Reina; este álbum era una de su posesiones más preciadas y está realizado con sumo gusto y cuidado, representando cada una de las etapas de su querida pupila. Este trabajo es un testimonio histórico no sólo de la niñez y juventud de la reina, sino de la especial relación que tenía con su institutriz.

El álbum está formado por postales, recortes, mechones de pelo, trozos de tela de sus vestidos más representativos, cartas, flores secas y un sinfín de pequeños y especiales recuerdos, entre los que destacan las primeras acuarelas pintadas por Victoria.

Este scrapbook fue subastado en Berlín por un precio que ronda los 70.000 euros.

 

Los regalos de la Reina Victoria a sus soldados

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Vía Pinterest

A la Reina Victoria le gustaba saber cómo se sentían los ciudadanos de su país e mostrarles que su reinado era un reinado de servicio al pueblo y no sólo decorativo.

Uno de los colectivos a los que le demostraba mayor cariño era a los soldados del ejército británico, a quienes no dudaba en mostrarles su respeto por el servicio prestado a la corona y a todo el imperio, poniendo en riesgo sus propias vidas.

Ella misma elaboraba pequeños obsequios para os soldados, como las bufandas de lana de la fotografía, que ella misma calcetaba (no las compraba o tenía a otros calentando por ella, sino que lo hacía ella misma) y que enviaba con todo su afecto a los soldados.

A Victoria le encantaba el crochet, y desde niña hacía pequeños complementos para ella y para los suyos. No era extraño ver a la Reina en su casa de Osborne, en sus aposentos privados o en los jardines con sus agujas y su ovillo de lana calcetando y abstraída en sus pensamientos. Para ella era un momento de relax, ajena a los deberes oficiales y familiares.

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Fotografía de una de las bufandas tejidas por la Reina Victoria con su emblema VR sobre ella. Vía Pinterest

Cuando tejió estas bufandas Victoria tenía una edad avanzada y su vista no era buena, por lo que solo fueron entregadas unas 8 bufandas, tejidas por Victoria. Cada bufanda llevaba grabado el emblema VR, Victoria Regina.

La Reina especificó que cuatro de esas bufandas fueran entregadas a soldados británicos y otras cuatro a soldados de las colonias, independientemente de su rango.

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El soldado A. du Frayer del NSW Mounted Rifles usando, con orgullo, una de las bufandas tejidas por la Reina. Vía Pinterest.

Años atrás, una de estas bufandas, que fue entregada a un sargento, fue autentificada y vendida en una subasta a un precio de entre 8000 y 12000 libras; la bufanda se acompañó de su paquete original y de un lote de medallas.

 

Los chocolates de la Reina Victoria

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Lata que contenía el chocolate de regalo. Vía pinterest.

 

Otro de los obsequios de la reina a sus soldados fue una lata de riquísimo chocolate negro enviado en 1900 a los soldados que participan en la guerra de los Boer.
El chocolate hecho en tabletas de onzas gruesas fue enviado en una lata especialmente diseñada para este hecho.
En la lata aparecía un busto de la reina y, por supuesto, su emblema VR. Cada lata tenía una pequeña tableta de chocolate elaborada por la casa proveedora de la familia real desde 1854, Cadburys.

Este encargo por parte de la reina, puso a los hermanos Cadbury, Richard and George, en un dilema, ya que ellos no estaban a favor de la guerra; pero renunciar a la elaboración podría suponer una ofensa a Victoria y que una de las empresas rivales se hicieran con los servicios reales, por lo que pidieron la colaboración de otras dos empresas para elaborar el obsequio de manera conjunta, sin que aparecieran los nombres de ninguna de las tres empresas en la lata. Los tres participantes en el proyecto fueron Quakers, Joseph Rowntree y Joseph Fry.

Se fabricaron 10 latas de chocolate diseñadas por Fry, en dos tamaños diferentes.

Algunas de estas latas aún se conservan y pueden ser adquiridas por los coleccionistas, ¡con el chocolate intacto!

El pastel de boda de Victoria

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Pedazo de pastel de boda de la Reina Victoria. Web de Christie’s.

En 2016, salió a subasta un trozo del pastel de boda de la Reina Victoria que se vendió por 1,500 libras. El trozo de pastel  fue servido en 1840.

El pastel de bodas fue un sencillo bizcocho inglés elaborado con frutas confitadas y frutos secos, que como podéis observar no tiene nada que ver con los espectaculares pasteles de boda actuales. De este pastel se reservaron varios trozos que se guardaron en un estuche conmemorativo y se regalaron a personas escogidas por la propia Victoria.

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Estuche en el que se regaló el pastel, con la fecha y el acontecimiento conmemorartivo grabados. Web de Christies.

Esta rareza fue vendida por el coleccionista de Jersey David Gainsborough Roberts y se ofreció dentro de su estuche conmemorativo original, donde se conservó hasta la actualidad.

Como prueba de esto es realmente cierto os dejo las fotografías del estuche, que se conserva en un casi perfecto estado, y del trozo de pastel, que se conservará en un estado que prefiero no saber, tal y como aparecen en la web de la casa de subastas Christie’s (garantía de que tanto el estuche como el trozo de pastel son auténticos)

 

Sarah Forbes Bonetta, la décima hija de la Reina Victoria

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Imagen de Sarah Forber Bonetta. Vía Pinterest.

Aina, fue una niña africana nacida en Oke-Odan. Después de un ataque de la milicia Dahomeyan, la familia de la pequeña fue atacada. Sus padres y hermanos murieron en el ataque y Aina fue capturada a los 5 años.

Su primer destino fue la corte del rey Ghezo, donde era tratada como una esclava, a pesar de no haber cumplido ni siquiera los 6 años de edad, pero en la corte había otros planes para la pequeña: ser destinada a los rituales de sacrificio humano.

El oficial de la marina británica Frederick Forbes, enviado por la Reina Victoria a las tierras africanas la conoció y convenció a sus captores de que la niña sería un regalo para la Reina Victoria, salvándola de una cruel muerte.

Cumpliendo su palabra, el oficial se la presentó a la reina, quien la adoptó y le proporcionó todas las comodidades de un miembro de la familia real. Además cambió su nombre, por uno que consideró más inglés: Sarah. Sus nuevos apellidos Forbes Bonetta, se decidieron por las circunstancias de su llegada a Inglaterra: Forbes por el oficial que la conoció y Bonetta por el HMS Bonetta, el navío que la trajo a Inglaterra.

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Fotograma de la serie Victoria de la ITV. Vía Pinterest.

A causa de los problemas de Sarah, para acostumbrarse al clima inglés y para completar su educación la reina la envió a Sierra Leona y, una vez terminados sus estudios, a la edad de 12 años, Sarah regresó a Inglaterra, pudiendo así acudir a la boda de Victoria con el Príncipe Alberto.

A pesar de la juventud de Sarah, la reina promovió su matrimonio con el Capitán James Davies, un rico hombre de negocios de Yoruba, con el que tuvo una hija a la que llamó Victoria y de la que la reina fue madrina.
A la muerte de Sarah, la reina de ocupó de todos los gastos derivados de la educación y bienestar de la niña.

 

Los “calzones” de la Reina

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Vía Pinterest

En el año 2016 se subastaron uno de los calzones o bloomers que usó la Reina Victoria en sus últimos años. Esta prenda iba acompañada de una camisa con la que formaba un conjunto de ropa interior. En la subasta, las prendas fueron adquiridas por más de 16,000 libras, el doble de lo esperado por sus vendedores.

La ropa de color blanca, se encontraba con algunas manchas y un ligero color amarillento, no por el uso, ya que al parecer las prendas fueron solamente utilizadas una o dos veces, sino por el desgaste del paso de los años y el efecto de la humedad.

Una de las características de los calzones es que son enormes, pero debemos tener en cuenta que Victoria tuvo 9 hijos, y que aunque siempre estuvo muy orgullosa de su figura menuda, que cuidaba a base de una estricta dieta, a la muerte de su querido Alberto abandonó todos los cuidados y se dedicó a dar cuenta de suntuosas comilonas, lo que le creo un severo sobrepeso, que nunca pareció importarle en absoluto.

Estas prendas llegaron al vendedor por medio de su abuela, que fue una de las asistentes personales de la Reina, ya que era habitual, como veremos a continuación, que Victoria regalara sus prendas íntimas después de su uso.

 

Cuando la Reina Victoria regalaba su ropa interior

 

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Bloomers de la Reina Victoria. Vía Pinterest.

 

La Reina Victoria no usaba su ropa interior más que un contado número de veces. Cuando consideraba que sus bloomers ya no eran adecuados para su uso personal, los regalaba a otras mujeres para que pudieran usarlos. Habitualmente, las destinatarias de la ropa interior de la Reina eran sus ayudantes personales u otro personal del servicio.

Estas prendas no se solían utilizar de nuevo, entre otras cosas porque era difícil encontrar mujeres de la envergadura de la Reina, básicamente porque no tenían la suerte de poder alimentarse de cinco comidas al día con las viandas que se servían en palacio, pero cualquier mujer se sentía muy afortunada por ser la destinataria de este obsequio.

Regalar la ropa interior usada nos puede parecer bastante insólito, pero no en el caso que nos ocupa, ya que se consideraba un inmenso privilegio recibir un regalo de la Reina. Además, debemos recordar que en toda su ropa interior se bordaban las letras VR, Victoria Regina, y, en algunas prendas, además, se bordaba una corona como símbolo de su majestad, por lo que la afortunada que recibía los bloomers tenía un pequeño tesoro real en su humilde casa.

 

Los cuentos de la Reina: The Adventures of Alice Laselles

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Vía Pinterest

 

A la edad de casi 10 años, Victoria Alexandrina escribió su primer cuento completo que fue publicado hace pocos años con una introducción de Jaqueline Wilson.

El libro cuenta la historia de Alice Laselles que es  acusada falsamente de permitir que un gato entre en la escuela sin permiso. Alguien ha atado una cinta roja al gato con el nombre de Alice en ella,  para implicarla en la travesura. Sin embargo, el culpable es descubierto y Alice es declarada inocente.

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El libro incluye preciosas ilustraciones que combinan imágenes restauradas digitalmente de las muñecas de papel hechas por la Princesa Victoria y su institutriz, Baronesa Louise Lehzen, así como aguafuertes de siglo XIX.

El cuento aparece firmado por Alexandrina Victoria.

 

Boy Jones, el chico obsesionado con Victoria

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El joven Edward Jones se convirtió en toda una celebridad en el siglo XIX. No había pub, reunión o periódico en donde no hablara sobre este joven. ¿La razón? Ser uno de los primeros acosadores que se registraron públicamente como “stalkers” y cuya acción se convirtió formalmente en delito policial.

Y, ¿quién fue la destinaria de este acoso? Pues la mismísima Reina Victoria.

El joven Boy Jones, como era popularmente conocido, era un joven introvertido y solitario, no demasiado agraciado físicamente, que vagabundeaba por las calles de Londres. La creencia popular era que trabajaba como deshollinador, pero la realidad era que siempre estaba sucio porque, como él mismo reconocía, nunca se lavaba ¡porque no le gustaba hacerlo!

Su obsesión con Victoria comenzó cuando Jones tenía sólo 14 años. A esa edad entró en Buckingham Palace por primera vez. Aprovechaba puertas mal cerradas, ventanas abiertas o cualquier descuido del servicio para colarse en palacio (debemos tener en cuenta que, en aquella época, no existían las medidas de seguridad actuales). Jones fue atrapado tres veces, pero él mismo confesó que había entrado muchas más.

La primera vez que se coló en palacio su botín fue ni más ni menos que los “bloomers” de la Reina, de hecho, una de las veces que fue atrapado, la policía descubrió con sorpresa que ¡Jones llevaba puesta la ropa interior de la Reina Victoria bajo sus pantalones!

Otras veces lo encontraron plácidamente sentado en el trono de Victoria, uno de sus lugares favoritos para estar cuando entraba en palacio, como él mismo le contó a la policía.

Cuando entraba también solía robar comida de la cocina.

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Irene Dunne interpretando a Victoria

Como en la época el acoso no constituía un delito, y el joven no podía ser condenado por traición, sólo se le acusó de robo y pasó un breve tiempo en prisión. Pero cuando salió volvió a acosar a la Reina. Se le apresó durante meses en un barco prisión y después fue deportado a Australia, de donde regresó al poco tiempo.

Convencido por su familia volvió a Australia, donde terminó sus días.

No hay noticia de que Jones acosara o vigilara a otras mujeres (aunque también es cierto que si lo hiciera probablemente no habría denuncia alguna, sobre todo si la mujer era pobre y vivía en los barrios de la clase trabajadora londinense). Es más, según los estudiosos de la figura del curioso joven, ni siquiera se le conoce un especial interés en las mujeres o una relación con alguna. Para él solo existía Victoria.

Como curiosidad comentar que en 1950 se estreno la película The Mudlark sobre Boy Jones y su relación con la reina. Protagonizada por Irene Dunne, presentaba una versión muy edulcorada de joven y su relación Victoria, relación que realmente nunca existió.

 

El atrevido regalo de Victoria a Alberto

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 The Royal Collection

 

En 1843, con motivo de su vigésimo cuarto cumpleaños, la Reina Victoria le encargó al pintor Franz Xaver Winterhalter, un retrato que salía de lo usual.

No era un retrato oficial, sino un encargo personal para su enamorado.

Durante muchos años este retrato fue conoido como el retrato secreto, no porque no se conociera su existencia sino porque no fue pintado para ser exhibido sino para ser admirado sólo por os ojos de Alberto.

De hecho el retrato podría considerarse muy atrevido ya que Victoria posa muy natural, con un vestido sugerente con los hombros al descubierto (tenemos que verlo desde la perspectiva del siglo XIX) y con su cabello suelto cayéndole sobre los hombros.

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The Royal Collection

Victoria no sólo le regaló este cuadro a su marido; también le gustaba enviarle sus dibujos, especialmente autorretratos con lapiceros, que acompañaban a sus largas misivas. Estos autorretratos son bastante desconocidos para el gran público, y  muestran una de las aficiones favoritas de la reina (recordemos que dibujaba sus muñecas y sus paper dolls con sus vestidos) y una técnica bastante aceptable a la hora de hacer sus dibujos.

 

Las 8 veces que intentaron asesinar a Victoria

 

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Segundo intento de asesinato de John Frances. London News

 

Victoria sufrió 8 intentos de asesinatos; algunos con un trasfondo político, otros con significado social y bastantes llevados a cabo por hombres con enfermedades mentales.

Aunque alguno de sus agresores fue condenado al patíbulo, la misma Victoria condonó el castigo por la reclusión o la deportación.

De todos modos ningún intento de asesinato consiguió que la Reina cambiara sus costumbres ni se dejara amedrentar por la situación, aún a pesar de las súplicas de Alberto y e sus ministros y asesores. La reclusión en palacio por temor a ser asesinada no fue nunca una opción para Victoria que no renunció a cumplir ninguno de sus deberes oficiales ni siquiera durante los embarazos e sus nueve hijos.

La primera vez lo intentó Edward Oxford, en 1840. Victoria estaba embarazada de su primer hijo y recorría en calesa la ciudad de Londres. Se demostró que Edward tenía una enfermedad mental y fue recluido en un manicomio.

La segunda vez y la tercera vez el protagonista fue John Frances en el 29 y el 30 de mayo de  1842. El 29 de mayo pudo escapar y volvió a intentarlo al día siguiente. El hombre fue condenado a la horca, pero Victoria lo perdonó y cambió el castigo a reclusión en una prisión.

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Intento de asesinato de William Hamilton. London News.

El cuarto intento fue obra de John Bean, también en 1842. El hombre que logró escapar de la policía aunque herido fue detenido en su casa familiar esa misma noche. Bean declaró que sólo intentaba llamar la atención y que la pistola ni siquiera estaba cargada con pólvora, sino con tabaco. Fue condenado a 18 meses de trabajos forzados.

William Hamilton intentó matar a la Reina en 1849. Las razones que adujo fueron muy curiosas; para resumirlas diremos que el hombre dijo que estaba cansado de ser pobre y trabajar y deseaba ir a prisión para tener un plato de comida caliente. Fue deportado a Gibraltar.

El sexto intento de asesinato sucedió en 1850 y fue Robert Pate, un antiguo oficial de la armada británica, conocido en los círculos londinenses por su comportamiento errático, rozando en la locura quien disparó a la Reina. Fue deportado a Tasmania.

 

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Roderick Mc Lean en su intento de asesinato a la Reina tal y como recogió el London News

El revolucionario irlandés Arthur O’Connor lo intentó por séptima vez en 1872. Confesó que nunca tuvo la intención de matar a Victoria sino que pretendía llamar la atención sobre la situación irlandesa y los irlandeses encarcelados por sus ideas políticas.

El último intento registrado fue obra de Roderick McLean en 1882. Este hombre con serios problemas mentales fue internado en un manicomio.

 

¡Hasta la próxima, victorianos!

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