Como todos los años en La Casa Victoriana celebramos Halloween. En años anteriores hablamos del origen de la festividad, de sus ritos y juegos y de algunas de las historias de terror con las que deleitarnos en esta noche de espíritus.

Hoy repetimos con Edgar Allan Poe – años atrás publicamos El Cuervo- y uno de sus relatos de terror más aclamados La verdad sobre el caso del señor Valdemar.

Espero que lo disfrutéis.

la verdad sobre el caso valdemar
Imagen Vía Pinterest

La verdad sobre el caso del señor Valdemar

De ninguna manera me parece sorprendente que el extraordinario caso del señor Valdemar haya provocado tantas discusiones. Hubiera sido un milagro que ocurriera lo contrario, especialmente en tales circunstancias. Aunque todos los participantes deseábamos mantener el asunto alejado del público –al menos por el momento, o hasta que se nos ofrecieran nuevas oportunidades de investigación–, a pesar de nuestros esfuerzos no tardó en difundirse una versión tan espuria como exagerada que se convirtió en fuente de muchas desagradables tergiversaciones y, como es natural, de profunda incredulidad.

El momento ha llegado de que yo dé a conocer los hechos –en la medida en que me es posible comprenderlos–. Helos aquí sucintamente:

Durante los últimos años el estudio del hipnotismo había atraído repetidamente mi atención. Hace unos nueve meses, se me ocurrió súbitamente que en la serie de experimentos efectuados hasta ahora existía una omisión tan curiosa como inexplicable: jamás se había hipnotizado a nadie in articulo mortis. Quedaba por verse si, en primer lugar, un paciente en esas condiciones sería susceptible de influencia magnética; segundo, en caso de que lo fuera, si su estado aumentaría o disminuiría dicha susceptibilidad, y tercero, hasta qué punto, o por cuánto tiempo, el proceso hipnótico sería capaz de detener la intrusión de la muerte. Quedaban por aclarar otros puntos, pero éstos eran los que más excitaban mi curiosidad, sobre todo el último, dada la inmensa importancia que podían tener sus consecuencias.

Pensando si entre mis relaciones habría algún sujeto que me permitiera verificar esos puntos, me acordé de mi amigo Ernest Valdemar, renombrado compilador de la Bibliotheca Forensica y autor (bajo el nom de plume de Issachar Marx) de las versiones polacas de Wallenstein Gargantúa. El señor Valdemar, residente desde 1839 en Harlem, Nueva York, es (o era) especialmente notable por su extraordinaria delgadez, tanto que sus extremidades inferiores se parecían mucho a las de John Randolph, y también por la blancura de sus patillas, en violento contraste con sus cabellos negros, lo cual llevaba a suponer con frecuencia que usaba peluca. Tenía un temperamento muy nervioso, que le convertía en buen sujeto para experiencias hipnóticas. Dos o tres veces le había adormecido sin gran trabajo, pero me decepcionó no alcanzar otros resultados que su especial constitución me había hecho prever. Su voluntad no quedaba nunca bajo mi entero dominio, y, por lo que respecta a la clarividencia, no se podía confiar en nada de lo que había conseguido con él. Atribuía yo aquellos fracasos al mal estado de salud de mi amigo. Unos meses antes de trabar relación con él, los médicos le habían declarado tuberculoso. El señor Valdemar acostumbraba referirse con toda calma a su próximo fin, como algo que no cabe ni evitar ni lamentar.

Cuando las ideas a que he aludido se me ocurrieron por primera vez, lo más natural fue que acudiese a Valdemar. Demasiado bien conocía la serena filosofía de mi amigo para temer algún escrúpulo de su parte; por lo demás, no tenía parientes en América que pudieran intervenir para oponerse. Le hablé francamente del asunto y, para mi sorpresa, noté que se interesaba vivamente. Digo para mi sorpresa, pues si bien hasta entonces se había prestado libremente a mis experimentos, jamás demostró el menor interés por lo que yo hacía. Su enfermedad era de las que permiten un cálculo preciso sobre el momento en que sobrevendrá la muerte. Convinimos, pues, en que me mandaría llamar veinticuatro horas antes del momento fijado por sus médicos para su fallecimiento.

Hace más de siete meses que recibí la siguiente nota, de puño y letra de Valdemar:

Estimado P…:

Ya puede usted venir. D… y F… coinciden en que no pasaré de mañana a medianoche, y me parece que han calculado el tiempo con mucha exactitud.

Valdemar

Recibí el billete media hora después de escrito, y quince minutos más tarde estaba en el dormitorio del moribundo. No le había visto en los últimos diez días y me aterró la espantosa alteración que se había producido en tan breve intervalo. Su rostro tenía un color plomizo, no había el menor brillo en los ojos y, tan terrible era su delgadez, que la piel se había abierto en los pómulos. Expectoraba continuamente y el pulso era casi imperceptible. Conservaba no obstante una notable claridad mental, y cierta fuerza. Me habló con toda claridad, tomó algunos calmantes sin ayuda ajena y, en el momento de entrar en su habitación, le encontré escribiendo unas notas en una libreta. Se mantenía sentado en el lecho con ayuda de varias almohadas, y estaban a su lado los doctores D… y E..

Luego de estrechar la mano de Valdemar, llevé aparte a los médicos y les pedí que me explicaran detalladamente el estado del enfermo. Desde hacía dieciocho meses, el pulmón izquierdo se hallaba en un estado semióseo o cartilaginoso, y, como es natural, no funcionaba en absoluto. En su porción superior el pulmón derecho aparecía parcialmente osificado, mientras la inferior era tan sólo una masa de tubérculos purulentos que se confundían unos con otros. Existían varias dilatadas perforaciones y en un punto se había producido una adherencia permanente a las costillas. Todos estos fenómenos del lóbulo derecho eran de fecha reciente; la osificación se había operado con insólita rapidez, ya que un mes antes no existían señales de la misma y la adherencia sólo había sido comprobable en los últimos tres días. Aparte de la tuberculosis los médicos sospechaban un aneurisma de la aorta, pero los síntomas de osificación volvían sumamente difícil un diagnóstico. Ambos facultativos opinaban que Valdemar moriría hacia la medianoche del día siguiente (un domingo). Eran ahora las siete de la tarde del sábado.

Al abandonar la cabecera del moribundo para conversar conmigo, los doctores D… y F… se habían despedido definitivamente de él. No era su intención volver a verle, pero, a mi pedido, convinieron en examinar al paciente a las diez de la noche del día siguiente.

Una vez que se fueron, hablé francamente con Valdemar sobre su próximo fin, y me referí en detalle al experimento que le había propuesto. Nuevamente se mostró dispuesto, e incluso ansioso por llevarlo a cabo, y me pidió que comenzara de inmediato. Dos enfermeros, un hombre y una mujer, atendían al paciente, pero no me sentí autorizado a llevar a cabo una intervención de tal naturaleza frente a testigos de tan poca responsabilidad en caso de algún accidente repentino. Aplacé, por tanto, el experimento hasta las ocho de la noche del día siguiente, cuando la llegada de un estudiante de medicina de mi conocimiento (el señor Theodore L…l) me libró de toda preocupación. Mi intención inicial había sido la de esperar a los médicos, pero me vi obligado a proceder, primeramente por los urgentes pedidos de Valdemar y luego por mi propia convicción, de que no había un minuto que perder, ya que con toda evidencia el fin se acercaba rápidamente.

El señor L…l tuvo la amabilidad de acceder a mi pedido, así como de tomar nota de todo lo que ocurriera. Lo que voy a relatar ahora procede de sus apuntes, ya sea en forma condensada o verbatim.

Faltaban cinco minutos para las ocho cuando, después de tomar la mano de Valdemar, le pedí que manifestara con toda la claridad posible, en presencia de L…l, que estaba dispuesto a que yo le hipnotizara en el estado en que se encontraba.

Débil, pero distintamente, el enfermo respondió: «Sí, quiero ser hipnotizado», agregando de inmediato: «Me temo que sea demasiado tarde.»

Mientras así decía, empecé a efectuar los pases que en las ocasiones anteriores habían sido más efectivos con él. Sentía indudablemente la influencia del primer movimiento lateral de mi mano por su frente, pero, aunque empleé todos mis poderes, me fue imposible lograr otros efectos hasta algunos minutos después de las diez, cuando llegaron los doctores D… y F…, tal como lo habían prometido. En pocas palabras les expliqué cuál era mi intención, y, como no opusieron inconveniente, considerando que el enfermo se hallaba ya en agonía, continué sin vacilar, cambiando, sin embargo, los pases laterales por otros verticales y concentrando mi mirada en el ojo derecho del sujeto.

A esta altura su pulso era imperceptible y respiraba entre estertores, a intervalos de medio minuto.

Esta situación se mantuvo sin variantes durante un cuarto de hora. Al expirar este período, sin embargo, un suspiro perfectamente natural, aunque muy profundo, escapó del pecho del moribundo, mientras cesaba la respiración estertorosa o, mejor dicho, dejaban de percibirse los estertores; en cuanto a los intervalos de la respiración, siguieron siendo los mismos. Las extremidades del paciente estaban heladas.

A las once menos cinco, advertí inequívocas señales de influencia hipnótica. La vidriosa mirada de los ojos fue reemplazada por esa expresión de intranquilo examen interior que jamás se ve sino en casos de hipnotismo, y sobre la cual no cabe engañarse. Mediante unos rápidos pases laterales hice palpitar los párpados, como al acercarse el sueño, y con unos pocos más los cerré por completo. No bastaba esto para satisfacerme, sin embargo, sino que continué vigorosamente mis manipulaciones, poniendo en ellas toda mi voluntad, hasta que hube logrado la completa rigidez de los miembros del durmiente, a quien previamente había colocado en la posición que me pareció más cómoda. Las piernas estaban completamente estiradas; los brazos reposaban en el lecho, a corta distancia de los flancos. La cabeza había sido ligeramente levantada.

Al dar esto por terminado era ya medianoche y pedí a los presentes que examinaran el estado de Valdemar. Luego de unas pocas verificaciones, admitieron que se encontraba en un estado insólitamente perfecto de trance hipnótico. La curiosidad de ambos médicos se había despertado en sumo grado. El doctor D… decidió pasar toda la noche a la cabecera del paciente, mientras el doctor F… se marchaba, con promesa de volver por la mañana temprano. L…l y los enfermeros se quedaron.

Dejamos a Valdemar en completa tranquilidad hasta las tres de la madrugada, hora en que me acerqué y vi que seguía en el mismo estado que al marcharse el doctor F…; vale decir, yacía en la misma posición y su pulso era imperceptible. Respiraba sin esfuerzo, aunque casi no se advertía su aliento, salvo que se aplicara un espejo a los labios. Los ojos estaban cerrados con naturalidad y las piernas tan rígidas y frías como si fueran de mármol. No obstante ello, la apariencia general distaba mucho de la de la muerte.

Al acercarme intenté un ligero esfuerzo para influir sobre el brazo derecho, a fin de que siguiera los movimientos del mío, que movía suavemente sobre su cuerpo. En esta clase de experimento jamás había logrado buen resultado con Valdemar, pero ahora, para mi estupefacción, vi que su brazo, débil pero seguro, seguía todas las direcciones que le señalaba el mío. Me decidí entonces a intentar un breve diálogo.

–Valdemar…, ¿duerme usted? –pregunté.

No me contestó, pero noté que le temblaban los labios, por lo cual repetí varias veces la pregunta. A la tercera vez, todo su cuerpo se agitó con un ligero temblor; los párpados se levantaron lo bastante para mostrar una línea del blanco del ojo; moviéronse lentamente los labios, mientras en un susurro apenas audible brotaban de ellos estas palabras:

–Sí… ahora duermo. ¡No me despierte! ¡Déjeme morir así!

Palpé los miembros, encontrándolos tan rígidos como antes. Volví a interrogar al hipnotizado:

–¿Sigue sintiendo dolor en el pecho, Valdemar?

La respuesta tardó un momento y fue aún menos audible que la anterior:

–No sufro… Me estoy muriendo.

No me pareció aconsejable molestarle más por el momento, y no volví a hablarle hasta la llegada del doctor F…, que arribó poco antes de la salida del sol y se quedó absolutamente estupefacto al encontrar que el paciente se hallaba todavía vivo. Luego de tomarle el pulso y acercar un espejo a sus labios, me pidió que le hablara otra vez, a lo cual accedí.

–Valdemar –dije–. ¿Sigue usted durmiendo?

Como la primera vez, pasaron unos minutos antes de lograr respuesta, y durante el intervalo el moribundo dio la impresión de estar juntando fuerzas para hablar. A la cuarta repetición de la pregunta, y con voz que la debilidad volvía casi inaudible, murmuró:

–Sí… Dormido… Muriéndome.

La opinión o, mejor, el deseo de los médicos era que no se arrancase a Valdemar de su actual estado de aparente tranquilidad hasta que la muerte sobreviniera, cosa que, según consenso general, sólo podía tardar algunos minutos. Decidí, sin embargo, hablarle una vez más, limitándome a repetir mi pregunta anterior.

Mientras lo hacía, un notable cambio se produjo en las facciones del hipnotizado. Los ojos se abrieron lentamente, aunque las pupilas habían girado hacia arriba; la piel adquirió una tonalidad cadavérica, más semejante al papel blanco que al pergamino, y los círculos hécticos, que hasta ese momento se destacaban fuertemente en el centro de cada mejilla, se apagaron bruscamente. Empleo estas palabras porque lo instantáneo de su desaparición trajo a mi memoria la imagen de una bujía que se apaga de un soplo. Al mismo tiempo el labio superior se replegó, dejando al descubierto los dientes que antes cubría completamente, mientras la mandíbula inferior caía con un sacudimiento que todos oímos, dejando la boca abierta de par en par y revelando una lengua hinchada y ennegrecida. Supongo que todos los presentes estaban acostumbrados a los horrores de un lecho de muerte, pero la apariencia de Valdemar era tan espantosa en aquel instante, que se produjo un movimiento general de retroceso.

Comprendo que he llegado ahora a un punto de mi relato en el que el lector se sentirá movido a una absoluta incredulidad. Me veo, sin embargo, obligado a continuarlo.

El más imperceptible signo de vitalidad había cesado en Valdemar; seguros de que estaba muerto lo confiábamos ya a los enfermeros, cuando nos fue dado observar un fuerte movimiento vibratorio de la lengua. La vibración se mantuvo aproximadamente durante un minuto. Al cesar, de aquellas abiertas e inmóviles mandíbulas brotó una voz que sería insensato pretender describir. Es verdad que existen dos o tres epítetos que cabría aplicarle parcialmente: puedo decir, por ejemplo, que su sonido era áspero y quebrado, así como hueco. Pero el todo es indescriptible, por la sencilla razón de que jamás un oído humano ha percibido resonancias semejantes. Dos características, sin embargo –según lo pensé en el momento y lo sigo pensando–, pueden ser señaladas como propias de aquel sonido y dar alguna idea de su calidad extraterrena. En primer término, la voz parecía llegar a nuestros oídos (por lo menos a los míos) desde larga distancia, o desde una caverna en la profundidad de la tierra. Segundo, me produjo la misma sensación (temo que me resultará imposible hacerme entender) que las materias gelatinosas y viscosas producen en el sentido del tacto.

He hablado al mismo tiempo de «sonido» y de «voz». Quiero decir que el sonido consistía en un silabeo clarísimo, de una claridad incluso asombrosa y aterradora. El señor Valdemar hablaba, y era evidente que estaba contestando a la interrogación formulada por mí unos minutos antes. Como se recordará, le había preguntado si seguía durmiendo. Y ahora escuché:

–Sí… No… Estuve durmiendo… y ahora… ahora… estoy muerto.

Ninguno de los presentes pretendió siquiera negar ni reprimir el inexpresable, estremecedor espanto que aquellas pocas palabras, así pronunciadas, tenían que producir. L…l, el estudiante, cayó desvanecido. Los enfermeros escaparon del aposento y fue imposible convencerlos de que volvieran. Por mi parte, no trataré de comunicar mis propias impresiones al lector. Durante una hora, silenciosos, sin pronunciar una palabra, nos esforzamos por reanimar a L…l. Cuando volvió en sí, pudimos dedicarnos a examinar el estado de Valdemar.

Seguía, en todo sentido, como lo he descrito antes, salvo que el espejo no proporcionaba ya pruebas de su respiración. Fue inútil que tratáramos de sangrarlo en el brazo. Debo agregar que éste no obedecía ya a mi voluntad. En vano me esforcé por hacerle seguir la dirección de mi mano. La única señal de la influencia hipnótica la constituía ahora el movimiento vibratorio de la lengua cada vez que volvía a hacer una pregunta a Valdemar. Se diría que trataba de contestar, pero que carecía ya de voluntad suficiente. Permanecía insensible a toda pregunta que le formulara cualquiera que no fuese yo, aunque me esforcé por poner a cada uno de los presentes en relación hipnótica con el paciente. Creo que con esto he señalado todo lo necesario para que se comprenda cuál era la condición del hipnotizado en ese momento. Se llamó a nuevos enfermeros, y a las diez de la mañana abandoné la morada en compañía de ambos médicos y de L…l.

Volvimos por la tarde a ver al paciente. Su estado seguía siendo el mismo. Discutimos un rato sobre la conveniencia y posibilidad de despertarlo, pero poco nos costó llegar a la conclusión de que nada bueno se conseguiría con eso. Resultaba evidente que hasta ahora, la muerte (o eso que de costumbre se denomina muerte) había sido detenida por el proceso hipnótico. Parecía claro que, si despertábamos a Valdemar, lo único que lograríamos seria su inmediato o, por lo menos, su rápido fallecimiento.

Desde este momento hasta fines de la semana pasada –vale decir, casi siete meses–continuamos acudiendo diariamente a casa de Valdemar, acompañados una y otra vez por médicos y otros amigos. Durante todo este tiempo el hipnotizado se mantuvo exactamente como lo he descrito. Los enfermeros le atendían continuamente.

Por fin, el viernes pasado resolvimos hacer el experimento de despertarlo, o tratar de despertarlo: probablemente el lamentable resultado del mismo es el que ha dado lugar a tanta discusión en los círculos privados y a una opinión pública que no puedo dejar de considerar como injustificada.

A efectos de librar del trance hipnótico al paciente, acudí a los pases habituales. De entrada resultaron infructuosos. La primera indicación de un retorno a la vida lo proporcionó el descenso parcial del iris. Como detalle notable se observó que este descenso de la pupila iba acompañado de un abundante flujo de icor amarillento, procedente de debajo de los párpados, que despedía un olor penetrante y fétido. Alguien me sugirió que tratara de influir sobre el brazo del paciente, como al comienzo. Lo intenté, sin resultado. Entonces el doctor F… expresó su deseo de que interrogara al paciente. Así lo hice, con las siguientes palabras:

–Señor Valdemar… ¿puede explicarnos lo que siente y lo que desea?

Instantáneamente reaparecieron los círculos hécticos en las mejillas; la lengua tembló, o, mejor dicho, rodó violentamente en la boca (aunque las mandíbulas y los labios siguieron rígidos como antes), y entonces resonó aquella horrenda voz que he tratado ya de describir:

–¡Por amor de Dios… pronto… pronto… hágame dormir… o despiérteme… pronto… despiérteme! ¡Le digo que estoy muerto!

Perdí por completo la serenidad y, durante un momento, me quedé sin saber qué hacer. Por fin, intenté calmar otra vez al paciente, pero al fracasar, debido a la total suspensión de la voluntad, cambié el procedimiento y luché con todas mis fuerzas para despertarlo. Pronto me di cuenta de que lo lograría, o, por lo menos, así me lo imaginé; y estoy seguro de que todos los asistentes se hallaban preparados para ver despertar al paciente.

Pero lo que realmente ocurrió fue algo para lo cual ningún ser humano podía estar preparado.

Mientras ejecutaba rápidamente los pases hipnóticos, entre los clamores de: «¡Muerto! ¡Muerto!», que literalmente explotaban desde la lengua y no desde los labios del sufriente, bruscamente todo su cuerpo, en el espacio de un minuto, o aún menos, se encogió, se deshizo… se pudrió entre mis manos. Sobre el lecho, ante todos los presentes, no quedó más que una masa casi líquida de repugnante, de abominable putrefacción.

 

¡Happy Halloween, victorianos! ¡Feliz y terrorífico Samaín!

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Reina Victoria: curiosidades

Antes de comenzar esta entrada me gustaría dar las gracias a todos los seguidores de La Casa Victoriana, a los que nos siguen en las Redes Sociales y especialmente a los que nos seguís en la web, por vuestra fidelidad y paciencia, ya que los artículos no son publicados con mucha asiduidad.

La Casa Victoriana es una idea original mía y, a veces, falta tiempo para poder elaborar los artículos y publicar algo que realmente me parezca interesante para compartir con todos los victorianos del siglo XXI que me seguís.

Para compensar, os dejo esta entrada especial sobre curiosidades de la Reina Victoria, sobre algunas de las cuales ya he hablado en la página de Facebook pero que aquí están más ampliamente documentadas. Espero que esta publicación sea de vuestro agrado.

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La Reina Victoria: Curiosidades

Pocas reinas han pasado a la historia con una historia y una leyenda que sobrevive a los siglos como la Reina Victoria.

Todo en ella, desde su personalidad a su incondicional amor por el Príncipe Alberto, a su reinado con todas las circunstancias sociopolíticas y económicas que se sucedieron durante sus años al frente de Gran Bretaña han pasado no sólo a la historia sino también a la imaginería popular, creando no sólo un personaje histórico irrepetible, sino una personalidad que sigue fascinando a personas de todas las culturas y edades.

Hoy en La Casa Victoriana queremos contar algunas anécdotas de una reina que dio su nombre a toda una época: la victoriana.

El vestido de novia de Victoria

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Vía Pinterest

Nunca antes un vestido de novia fue tan comentado ni tan imitado, no sólo en su estilo sino en su simbología: desde los bordados hasta el color.

Victoria escogió para su vestido el color blanco, algo bastante inusual en las novias de la época. A partir de ese momento fueron muchas las novias que optaron por el blanco para sus vestidos de novia como imitación a la elección de la monarca, pero Victoria no fue ni la primera novia en usar ese color, ni siquiera la primera novia real en hacerlo. Como curiosidad apuntaremos que uno de los primeros registros históricos de novias reales vestidas de blanco es el de Philippa de Inglaterra en 1406.

El vestido de Victoria fue confeccionado en satén blanco fabricado en Spitalfields, en el distrito del East London (zona conocida por su industria textil especializada en seda, y, posteriormente al declive de la industria textil, por ser una de las zonas más peligrosas de Londres).

El encaje era un maravilloso encaje de Honiton, una localidad del condado de Devon conocido por su confección de encajes, diseñado por William Dyce, elaborado a mano con la técnica de encaje de bolillos. Una de las señas de identidad de este encaje eran los elementos de la naturaleza, especialmente hojas y flores. La cola del vestido medía 5 metros y medio de largo.

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Fotografía en la que se puede apreciar el magnífico trabajo del encaje de Honiton. Ver créditos al final del artículo.

Esta elección de Victoria no fue casual. Con la elección de un vestido confeccionado por completo en Inglaterra, con tejidos fabricados en el país estaba expresando su apoyo a la industria y comercio del país. Victoria hubiera podido, como otras novias reales, escoger al mejor modisto francés y llevar los más delicados encajes de Bruselas y las más exquisitas sedas francesas, pero prefirió honrar a la industria de su país, con un vestido que no desmereció en absoluto al de otras novias reales.

Curiosamente, Victoria no usó ni corona ni tiara en su boda; su elección fue una sencilla guirnalda hecha con flores de naranjo, como símbolo de la fertilidad, que sujetaba su velo de 3 metros y medio de largo y casi un metro de ancho. En el pecho llevaba prendido un ramillete de las mismas flores.

Las joyas usadas por la reina fueron un broche de zafiros, regalo del Príncipe Alberto, pendientes y su collar turco de diamantes.

Sus zapatos no fueron unos zapatos franceses recargados, sino unas preciosas zapatillas de fabricación inglesa, de seda blanca, al estilo de las zapatillas de ballet, con cintas para anudarlas en las piernas.

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La dieta de Victoria

No es ningún secreto el amor apasionado que la Reina le dedicaba al príncipe Alberto. Estar perfecta para su amado era una de sus obsesiones, y una de sus prioridades era mantener la línea y no engordar para poder lucir los bellos vestidos que las modistas de palacio cosían para ella.

Aunque Victoria siempre comió de una manera ligera y frugal, a causa de su trabajo y de su eterna preocupación por su figura, los sucesivos embarazos no le permitían mantenerse en su peso ideal, por lo que la dieta comenzó a ser una obsesión para ella.

Pero ese control por el peso desapareció con la muerte del Príncipe Alberto. Liberada de la esclavitud de las básculas y los corsés, la reina depositó toda su tristeza y frustración en la comida, convirtiendo ésta en un sustitutivo de su amor perdido. Uno de sus platos favoritos era la cabeza de jabalí con áspic, que los cocineros de palacio preparaban con mimo para el Príncipe Alberto, ya que era su preferido.

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Aspic de cabeza de jabalí al estilo victoriano. Personalmente no lo encuentro nada apetecible, pero  Victoria y Alberto no serían de la misma opinión. Vía Pinterest

Además, después de años de restricciones alimentarias, la reina descubrió los placeres de la comida, no sólo inglesa, sino de nuevos sabores como los proporcionados por los sirvientes hindúes de palacio, con especias como el curry, que la Reina adoraba.

Esto hizo que la monarca comenzara que a sumar kilos convirtiéndose en la mujer oronda que aparece en las fotografías de sus últimos años. Los invitados a palacio comentaban la gula de la Reina, que pasaba de un plato a otro prácticamente sin darse un respiro, y como, cuando terminaba la comida y el postre, todavía pedía “algo” para terminar, como frutas o una tabla de quesos.

De acuerdo con lo expuesto en el libro The Greedy Queen de Annie Gray, un menú habitual de la Reina consistía en los siguientes platos, con sus diferentes variaciones:

Desayuno

Chuletas de cordero y patatas
Pan, tostada, bizcochos y “spread” (que podía consistir en mantequilla, crema de queso, mermelada, gelatina, patés u otras cremas y salsas para acompañar el pan y los bizcochos)

Almuerzo

Chuletas de cordero, espárrago y ave (de corral, como pollo o pavo o de caza, como perdiz o codorniz, servida fría)
Arroz con leche y canela
Compota de fruta

Cena

Huevos hervidos y un consomé de pollo
Lenguado gratinado y pescadilla frita
Rosbif y capón con espárrago
Vol-au-vents con salsa bechamel y huevos a la plancha
Flan de albaricoque
Gofres con nata

Tentempié para antes de acostarse

Fiambres y tartas
Fruta fresca

Pero si había un momento culinario que la reina adoraba, por encima de cualquier otro, este era el de los postres. Victoria amaba las tartas y las preparaciones de pastelería casi tanto como a su reino, y una ración, ni dos, eran nunca suficientes para saciar su apetito por lo dulce. Estos eran sus postres favoritos:

Jalea de vino
Crema de vainilla
Bizcochos
Vol au vent de cerezas
Rosca de Chantilly
Torta alemana
Cestas de golosinas de azúcar (frutas escarchadas y otras delicatessen azucaradas)
Turrón
Fruta fresca

Osborne House en la Isla de Wight

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Osborne House fue la mansión de vacaciones de la reina Victoria y su querido príncipe Alberto. Antes de escoger Balmoral como residencia vacacional, la familia real, por expreso deseo de la reina, pasaba las navidades y los veranos en la preciosa Osborne House.

Esta casa fue también el refugio de la reina a la muerte de Alberto, y se cuenta que sus paredes fueron testigo del amor de madurez de la monarca y su sirviente indio Abdul, el hombre que pasó de las cocinas y la servidumbre a ser la mano derecha de la reina, provocando la desconfianza del resto de la familia real que veían como el joven indio influía en las decisiones de la reina más de lo que era deseable.

La terraza y los jardines estaban en estado de semi-abandono, hasta este año en el que han gastado 600,000 libras en una renovación integral, y podrá ser visitada por el público.

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La gran terraza fue construida siguiendo un diseño personal del Príncipe Alberto, y la fuente Andrómeda, que ocupa el centro del jardín, fue mandada traer a la isla por la reina de la Great Exhibition de 1851.

Como curiosidad, una de las plantas más destacadas del jardín es un gran mirto (o arrayán) que fue un regalo de la madre del príncipe Alberto y que éste plantó en los jardines de Osborne House. Este mirto fue usado para confeccionar el ramo de novia que Kate Middleton llevó el día de su boda con el príncipe William.

El scrapbook de Victoria

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Vía Pinterest

La técnica del scrapbook era un pasatiempo al que los victorianos eran especialmente aficionados. Los álbumes no sólo demostraban la pericia y creatividad de las jóvenes victorianas, sino que implicaba dominar varias habilidades más, como el bordado, el secado de flores, la conservación de hierbas aromáticas, la caligrafía, el colecccionismo de pequeños detalles, la técnica del decoupage…

Los álbumes de scrapbook se convertían en algo más que un diario siendo casi pequeños tesoros llenos de recuerdos que nos mostraban los gustos, comportamientos y sentimientos de las jóvenes de una época. Si la joven protagonista del scrapbook en cuestión era la Reina Victoria, entonces nos encontramos con un documento de gran valor histórico.

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La institutriz alemana de la joven Victoria elaboró durante años un álbum lleno de recuerdos de la niñez de la Reina; este álbum era una de su posesiones más preciadas y está realizado con sumo gusto y cuidado, representando cada una de las etapas de su querida pupila. Este trabajo es un testimonio histórico no sólo de la niñez y juventud de la reina, sino de la especial relación que tenía con su institutriz.

El álbum está formado por postales, recortes, mechones de pelo, trozos de tela de sus vestidos más representativos, cartas, flores secas y un sinfín de pequeños y especiales recuerdos, entre los que destacan las primeras acuarelas pintadas por Victoria.

Este scrapbook fue subastado en Berlín por un precio que ronda los 70.000 euros.

 

Los regalos de la Reina Victoria a sus soldados

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Vía Pinterest

A la Reina Victoria le gustaba saber cómo se sentían los ciudadanos de su país e mostrarles que su reinado era un reinado de servicio al pueblo y no sólo decorativo.

Uno de los colectivos a los que le demostraba mayor cariño era a los soldados del ejército británico, a quienes no dudaba en mostrarles su respeto por el servicio prestado a la corona y a todo el imperio, poniendo en riesgo sus propias vidas.

Ella misma elaboraba pequeños obsequios para os soldados, como las bufandas de lana de la fotografía, que ella misma calcetaba (no las compraba o tenía a otros calentando por ella, sino que lo hacía ella misma) y que enviaba con todo su afecto a los soldados.

A Victoria le encantaba el crochet, y desde niña hacía pequeños complementos para ella y para los suyos. No era extraño ver a la Reina en su casa de Osborne, en sus aposentos privados o en los jardines con sus agujas y su ovillo de lana calcetando y abstraída en sus pensamientos. Para ella era un momento de relax, ajena a los deberes oficiales y familiares.

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Fotografía de una de las bufandas tejidas por la Reina Victoria con su emblema VR sobre ella. Vía Pinterest

Cuando tejió estas bufandas Victoria tenía una edad avanzada y su vista no era buena, por lo que solo fueron entregadas unas 8 bufandas, tejidas por Victoria. Cada bufanda llevaba grabado el emblema VR, Victoria Regina.

La Reina especificó que cuatro de esas bufandas fueran entregadas a soldados británicos y otras cuatro a soldados de las colonias, independientemente de su rango.

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El soldado A. du Frayer del NSW Mounted Rifles usando, con orgullo, una de las bufandas tejidas por la Reina. Vía Pinterest.

Años atrás, una de estas bufandas, que fue entregada a un sargento, fue autentificada y vendida en una subasta a un precio de entre 8000 y 12000 libras; la bufanda se acompañó de su paquete original y de un lote de medallas.

 

Los chocolates de la Reina Victoria

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Lata que contenía el chocolate de regalo. Vía pinterest.

 

Otro de los obsequios de la reina a sus soldados fue una lata de riquísimo chocolate negro enviado en 1900 a los soldados que participan en la guerra de los Boer.
El chocolate hecho en tabletas de onzas gruesas fue enviado en una lata especialmente diseñada para este hecho.
En la lata aparecía un busto de la reina y, por supuesto, su emblema VR. Cada lata tenía una pequeña tableta de chocolate elaborada por la casa proveedora de la familia real desde 1854, Cadburys.

Este encargo por parte de la reina, puso a los hermanos Cadbury, Richard and George, en un dilema, ya que ellos no estaban a favor de la guerra; pero renunciar a la elaboración podría suponer una ofensa a Victoria y que una de las empresas rivales se hicieran con los servicios reales, por lo que pidieron la colaboración de otras dos empresas para elaborar el obsequio de manera conjunta, sin que aparecieran los nombres de ninguna de las tres empresas en la lata. Los tres participantes en el proyecto fueron Quakers, Joseph Rowntree y Joseph Fry.

Se fabricaron 10 latas de chocolate diseñadas por Fry, en dos tamaños diferentes.

Algunas de estas latas aún se conservan y pueden ser adquiridas por los coleccionistas, ¡con el chocolate intacto!

El pastel de boda de Victoria

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Pedazo de pastel de boda de la Reina Victoria. Web de Christie’s.

En 2016, salió a subasta un trozo del pastel de boda de la Reina Victoria que se vendió por 1,500 libras. El trozo de pastel  fue servido en 1840.

El pastel de bodas fue un sencillo bizcocho inglés elaborado con frutas confitadas y frutos secos, que como podéis observar no tiene nada que ver con los espectaculares pasteles de boda actuales. De este pastel se reservaron varios trozos que se guardaron en un estuche conmemorativo y se regalaron a personas escogidas por la propia Victoria.

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Estuche en el que se regaló el pastel, con la fecha y el acontecimiento conmemorartivo grabados. Web de Christies.

Esta rareza fue vendida por el coleccionista de Jersey David Gainsborough Roberts y se ofreció dentro de su estuche conmemorativo original, donde se conservó hasta la actualidad.

Como prueba de esto es realmente cierto os dejo las fotografías del estuche, que se conserva en un casi perfecto estado, y del trozo de pastel, que se conservará en un estado que prefiero no saber, tal y como aparecen en la web de la casa de subastas Christie’s (garantía de que tanto el estuche como el trozo de pastel son auténticos)

 

Sarah Forbes Bonetta, la décima hija de la Reina Victoria

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Imagen de Sarah Forber Bonetta. Vía Pinterest.

Aina, fue una niña africana nacida en Oke-Odan. Después de un ataque de la milicia Dahomeyan, la familia de la pequeña fue atacada. Sus padres y hermanos murieron en el ataque y Aina fue capturada a los 5 años.

Su primer destino fue la corte del rey Ghezo, donde era tratada como una esclava, a pesar de no haber cumplido ni siquiera los 6 años de edad, pero en la corte había otros planes para la pequeña: ser destinada a los rituales de sacrificio humano.

El oficial de la marina británica Frederick Forbes, enviado por la Reina Victoria a las tierras africanas la conoció y convenció a sus captores de que la niña sería un regalo para la Reina Victoria, salvándola de una cruel muerte.

Cumpliendo su palabra, el oficial se la presentó a la reina, quien la adoptó y le proporcionó todas las comodidades de un miembro de la familia real. Además cambió su nombre, por uno que consideró más inglés: Sarah. Sus nuevos apellidos Forbes Bonetta, se decidieron por las circunstancias de su llegada a Inglaterra: Forbes por el oficial que la conoció y Bonetta por el HMS Bonetta, el navío que la trajo a Inglaterra.

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Fotograma de la serie Victoria de la ITV. Vía Pinterest.

A causa de los problemas de Sarah, para acostumbrarse al clima inglés y para completar su educación la reina la envió a Sierra Leona y, una vez terminados sus estudios, a la edad de 12 años, Sarah regresó a Inglaterra, pudiendo así acudir a la boda de Victoria con el Príncipe Alberto.

A pesar de la juventud de Sarah, la reina promovió su matrimonio con el Capitán James Davies, un rico hombre de negocios de Yoruba, con el que tuvo una hija a la que llamó Victoria y de la que la reina fue madrina.
A la muerte de Sarah, la reina de ocupó de todos los gastos derivados de la educación y bienestar de la niña.

 

Los “calzones” de la Reina

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Vía Pinterest

En el año 2016 se subastaron uno de los calzones o bloomers que usó la Reina Victoria en sus últimos años. Esta prenda iba acompañada de una camisa con la que formaba un conjunto de ropa interior. En la subasta, las prendas fueron adquiridas por más de 16,000 libras, el doble de lo esperado por sus vendedores.

La ropa de color blanca, se encontraba con algunas manchas y un ligero color amarillento, no por el uso, ya que al parecer las prendas fueron solamente utilizadas una o dos veces, sino por el desgaste del paso de los años y el efecto de la humedad.

Una de las características de los calzones es que son enormes, pero debemos tener en cuenta que Victoria tuvo 9 hijos, y que aunque siempre estuvo muy orgullosa de su figura menuda, que cuidaba a base de una estricta dieta, a la muerte de su querido Alberto abandonó todos los cuidados y se dedicó a dar cuenta de suntuosas comilonas, lo que le creo un severo sobrepeso, que nunca pareció importarle en absoluto.

Estas prendas llegaron al vendedor por medio de su abuela, que fue una de las asistentes personales de la Reina, ya que era habitual, como veremos a continuación, que Victoria regalara sus prendas íntimas después de su uso.

 

Cuando la Reina Victoria regalaba su ropa interior

 

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Bloomers de la Reina Victoria. Vía Pinterest.

 

La Reina Victoria no usaba su ropa interior más que un contado número de veces. Cuando consideraba que sus bloomers ya no eran adecuados para su uso personal, los regalaba a otras mujeres para que pudieran usarlos. Habitualmente, las destinatarias de la ropa interior de la Reina eran sus ayudantes personales u otro personal del servicio.

Estas prendas no se solían utilizar de nuevo, entre otras cosas porque era difícil encontrar mujeres de la envergadura de la Reina, básicamente porque no tenían la suerte de poder alimentarse de cinco comidas al día con las viandas que se servían en palacio, pero cualquier mujer se sentía muy afortunada por ser la destinataria de este obsequio.

Regalar la ropa interior usada nos puede parecer bastante insólito, pero no en el caso que nos ocupa, ya que se consideraba un inmenso privilegio recibir un regalo de la Reina. Además, debemos recordar que en toda su ropa interior se bordaban las letras VR, Victoria Regina, y, en algunas prendas, además, se bordaba una corona como símbolo de su majestad, por lo que la afortunada que recibía los bloomers tenía un pequeño tesoro real en su humilde casa.

 

Los cuentos de la Reina: The Adventures of Alice Laselles

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Vía Pinterest

 

A la edad de casi 10 años, Victoria Alexandrina escribió su primer cuento completo que fue publicado hace pocos años con una introducción de Jaqueline Wilson.

El libro cuenta la historia de Alice Laselles que es  acusada falsamente de permitir que un gato entre en la escuela sin permiso. Alguien ha atado una cinta roja al gato con el nombre de Alice en ella,  para implicarla en la travesura. Sin embargo, el culpable es descubierto y Alice es declarada inocente.

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El libro incluye preciosas ilustraciones que combinan imágenes restauradas digitalmente de las muñecas de papel hechas por la Princesa Victoria y su institutriz, Baronesa Louise Lehzen, así como aguafuertes de siglo XIX.

El cuento aparece firmado por Alexandrina Victoria.

 

Boy Jones, el chico obsesionado con Victoria

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El joven Edward Jones se convirtió en toda una celebridad en el siglo XIX. No había pub, reunión o periódico en donde no hablara sobre este joven. ¿La razón? Ser uno de los primeros acosadores que se registraron públicamente como “stalkers” y cuya acción se convirtió formalmente en delito policial.

Y, ¿quién fue la destinaria de este acoso? Pues la mismísima Reina Victoria.

El joven Boy Jones, como era popularmente conocido, era un joven introvertido y solitario, no demasiado agraciado físicamente, que vagabundeaba por las calles de Londres. La creencia popular era que trabajaba como deshollinador, pero la realidad era que siempre estaba sucio porque, como él mismo reconocía, nunca se lavaba ¡porque no le gustaba hacerlo!

Su obsesión con Victoria comenzó cuando Jones tenía sólo 14 años. A esa edad entró en Buckingham Palace por primera vez. Aprovechaba puertas mal cerradas, ventanas abiertas o cualquier descuido del servicio para colarse en palacio (debemos tener en cuenta que, en aquella época, no existían las medidas de seguridad actuales). Jones fue atrapado tres veces, pero él mismo confesó que había entrado muchas más.

La primera vez que se coló en palacio su botín fue ni más ni menos que los “bloomers” de la Reina, de hecho, una de las veces que fue atrapado, la policía descubrió con sorpresa que ¡Jones llevaba puesta la ropa interior de la Reina Victoria bajo sus pantalones!

Otras veces lo encontraron plácidamente sentado en el trono de Victoria, uno de sus lugares favoritos para estar cuando entraba en palacio, como él mismo le contó a la policía.

Cuando entraba también solía robar comida de la cocina.

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Irene Dunne interpretando a Victoria

Como en la época el acoso no constituía un delito, y el joven no podía ser condenado por traición, sólo se le acusó de robo y pasó un breve tiempo en prisión. Pero cuando salió volvió a acosar a la Reina. Se le apresó durante meses en un barco prisión y después fue deportado a Australia, de donde regresó al poco tiempo.

Convencido por su familia volvió a Australia, donde terminó sus días.

No hay noticia de que Jones acosara o vigilara a otras mujeres (aunque también es cierto que si lo hiciera probablemente no habría denuncia alguna, sobre todo si la mujer era pobre y vivía en los barrios de la clase trabajadora londinense). Es más, según los estudiosos de la figura del curioso joven, ni siquiera se le conoce un especial interés en las mujeres o una relación con alguna. Para él solo existía Victoria.

Como curiosidad comentar que en 1950 se estreno la película The Mudlark sobre Boy Jones y su relación con la reina. Protagonizada por Irene Dunne, presentaba una versión muy edulcorada de joven y su relación Victoria, relación que realmente nunca existió.

 

El atrevido regalo de Victoria a Alberto

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 The Royal Collection

 

En 1843, con motivo de su vigésimo cuarto cumpleaños, la Reina Victoria le encargó al pintor Franz Xaver Winterhalter, un retrato que salía de lo usual.

No era un retrato oficial, sino un encargo personal para su enamorado.

Durante muchos años este retrato fue conoido como el retrato secreto, no porque no se conociera su existencia sino porque no fue pintado para ser exhibido sino para ser admirado sólo por os ojos de Alberto.

De hecho el retrato podría considerarse muy atrevido ya que Victoria posa muy natural, con un vestido sugerente con los hombros al descubierto (tenemos que verlo desde la perspectiva del siglo XIX) y con su cabello suelto cayéndole sobre los hombros.

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The Royal Collection

Victoria no sólo le regaló este cuadro a su marido; también le gustaba enviarle sus dibujos, especialmente autorretratos con lapiceros, que acompañaban a sus largas misivas. Estos autorretratos son bastante desconocidos para el gran público, y  muestran una de las aficiones favoritas de la reina (recordemos que dibujaba sus muñecas y sus paper dolls con sus vestidos) y una técnica bastante aceptable a la hora de hacer sus dibujos.

 

Las 8 veces que intentaron asesinar a Victoria

 

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Segundo intento de asesinato de John Frances. London News

 

Victoria sufrió 8 intentos de asesinatos; algunos con un trasfondo político, otros con significado social y bastantes llevados a cabo por hombres con enfermedades mentales.

Aunque alguno de sus agresores fue condenado al patíbulo, la misma Victoria condonó el castigo por la reclusión o la deportación.

De todos modos ningún intento de asesinato consiguió que la Reina cambiara sus costumbres ni se dejara amedrentar por la situación, aún a pesar de las súplicas de Alberto y e sus ministros y asesores. La reclusión en palacio por temor a ser asesinada no fue nunca una opción para Victoria que no renunció a cumplir ninguno de sus deberes oficiales ni siquiera durante los embarazos e sus nueve hijos.

La primera vez lo intentó Edward Oxford, en 1840. Victoria estaba embarazada de su primer hijo y recorría en calesa la ciudad de Londres. Se demostró que Edward tenía una enfermedad mental y fue recluido en un manicomio.

La segunda vez y la tercera vez el protagonista fue John Frances en el 29 y el 30 de mayo de  1842. El 29 de mayo pudo escapar y volvió a intentarlo al día siguiente. El hombre fue condenado a la horca, pero Victoria lo perdonó y cambió el castigo a reclusión en una prisión.

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Intento de asesinato de William Hamilton. London News.

El cuarto intento fue obra de John Bean, también en 1842. El hombre que logró escapar de la policía aunque herido fue detenido en su casa familiar esa misma noche. Bean declaró que sólo intentaba llamar la atención y que la pistola ni siquiera estaba cargada con pólvora, sino con tabaco. Fue condenado a 18 meses de trabajos forzados.

William Hamilton intentó matar a la Reina en 1849. Las razones que adujo fueron muy curiosas; para resumirlas diremos que el hombre dijo que estaba cansado de ser pobre y trabajar y deseaba ir a prisión para tener un plato de comida caliente. Fue deportado a Gibraltar.

El sexto intento de asesinato sucedió en 1850 y fue Robert Pate, un antiguo oficial de la armada británica, conocido en los círculos londinenses por su comportamiento errático, rozando en la locura quien disparó a la Reina. Fue deportado a Tasmania.

 

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Roderick Mc Lean en su intento de asesinato a la Reina tal y como recogió el London News

El revolucionario irlandés Arthur O’Connor lo intentó por séptima vez en 1872. Confesó que nunca tuvo la intención de matar a Victoria sino que pretendía llamar la atención sobre la situación irlandesa y los irlandeses encarcelados por sus ideas políticas.

El último intento registrado fue obra de Roderick McLean en 1882. Este hombre con serios problemas mentales fue internado en un manicomio.

 

¡Hasta la próxima, victorianos!

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El trabajo en la época victoriana y algunos de los oficios más duros

Las condiciones laborales

No es ningún secreto que con el glamour, la elegancia y la etiqueta de las clases burguesas y aristocráticas victorianas coexistía otra sociedad formada por las clases bajas y trabajadoras. Dos mundos casi opuestos pero tan necesitados uno del otro.

La clase obrera, la mayoría llegada desde el campo o desde la vecina Irlanda (donde la hambruna hizo que se desplazaran familias enteras) , buscaba una vida mejor, malvivía en las ciudades, habitaba en casas insalubres y se dejaba, literalmente, la vida en las fábricas en las que más trabajar eran explotados por sueldos miserables.

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Trabajadores. Vía Pinterest.

Los salarios eran mínimos y las jornadas inacabables, por no hablar de las deplorables condiciones laborales a las que estaban expuestos hombres, mujeres y niños, ya que el trabajo infantil no sólo no estaba prohibido sino que los niños eran mano de obra maleable y barata y los padres no veían mal que un salario más llegara a las empobrecidas familias. De hecho en la época victoriana la mano de obra infantil representaba el 25% de los trabajadores activos en el Reino Unido.

La edad en la que un niño podía empezar a trabajar era de ¡4 años!, y los pequeños de esta edad se dejaban su vida en labores tan duras como el trabajo en las minas. No fue hasta 1833, cuando se prohibió que los menores de 9 años trabajaran en las fábricas y factorías textiles, y 1842 se aprobó que los menores de 10 años no pudiesen bajar al interior de las minas.

En 1847, con el decreto de Ten Hours, se consiguió un gran avance para la época (y hay que entenderlo en su contexto): se prohibía que las mujeres y los niños trabajaran, en cualquier labor, más de 10 horas al día. Esta ley casi revolucionaria para los derechos de los trabajadores, no siempre se cumplía, y dueños de las fábricas solían extorsionar a sus trabajadoras bajo amenaza de perder sus empleos.

 

Aprovechándose de la necesidad, muchos empresarios ni siquiera pagaban un salario a sus trabajadores, sino que daban a los empleados una serie de bonos para que los gastaran sus propias fábricas. De este modo los obreros trabajaban para dejar el fruto de su trabajo en la misma fábrica que los explotaba.

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Obreros en una fábrica de cerillas. Vía Pinterest.

La enfermedad, la pobreza, el analfabetismo y el alcoholismo convivían en los barrios obreros; los accidentes laborales por inhalación de productos tóxicos, por quemaduras o miembros seccionados por las máquinas no estaban contemplados en ninguna ley  y por supuesto no existían ni pensiones, ni ayudas gubernamentales ni subsidios no sólo por desempleo sino por accidentes en el trabajo.

Como curiosidad, apuntaremos que, en cambio, la ley sí permitía multar y sancionar a los trabajadores por los motivos más nimios, por ejemplo silbar mientras realizaban sus tareas.

El Cartismo y las Trade Unions

El Cartismo, movimiento nacido en 1838, emergió como crítica de la actitud de los políticos y las clases más pudientes hacia las clases más oprimidas. Sus reclamaciones llegaron hasta el Parlamento, y, aunque el Cartismo fue perdiendo fuerza hasta casi desaparecer en 1848, sus demandas prendieron en una población harta de ser explotada.

De todos modos las ideas del Cartismo calaron profundamente en la población y podemos decir que fueron el germen del nacimiento de los Trade Unions, los sindicatos de obreros, que inicialmente fueron organizados en los sectores en los que había trabajadores considerados de más alta cualificación: los mineros, los trabajadores del ferrocarril y los ingenieros.

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John Burns hablando en Hyde Park. Vía Pinterest.

Estos sindicatos, cuya fecha de creación podemos situar en torno a 1850, informaban a los trabajadores de sus derechos, y luchaban por unas condiciones de trabajo dignas. A estos colectivos se unieron los trabajadores de los puertos y las trabajadoras de las fábricas de fósforos.

La gran demostración de la seriedad de sus peticiones, y de que su lucha, a favor de clase trabajadora, iba a ser implacable, fueron las largas huelgas de los dockers y de las match girls, en las que no sin esfuerzo, consiguieron importantes mejoras laborales.

 

Algunos de los oficios más duros y peligrosos de la época victoriana

Los Leech Collectors

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Leech collectors. Vía Pinterest.

En el siglo las sanguijuelas eran muy apreciadas con fines médicos y farmacéuticos. Pero para que los doctores tuvieran acceso a ellas debía haber personas que las recogieran. Y estas personas eran las mujeres y niños de las clases más desfavorecidas que se metían en las charcas y los lodazales para capturarlas.

Pero, ¿cómo se capturaban?, pues de la manera más simple: las sanguijuelas se adherían a las piernas y brazos de los recolectores, que a la salida de la charca se las arrancaban y las guardaban en latas y botes. A más sanguijuelas “pegadas” a la piel, más botín para vender.

Evidentemente, las infecciones, las hemorragias y las enfermedades acababan haciendo mella en estos pobres recolectores, cuya esperanza de vida no era muy alentadora.

 

Las Pitbrow Lassies

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Pitbrow Lassies. Vía Pinterest

Este era el nombre con el que se denominaba a las mujeres que trabajaban en las minas cargando vagones de carbón. En las minas trabajaban, muy a menudo, todos los miembros de la familia y las mujeres y los niños no eran excepciones.

Las Pitbrow Lassers continuaron haciendo su trabajo hasta 1842, año en el que se prohibió que las mujeres y los niños bajaran a las galerías.

Una de las razones de la prohibición, aunque pueda parecer extraña, no fue el peligro que suponía para estas mujeres, sino que las mujeres y los hombre no trabajaran juntos en espacios interiores y reducidos, ya que no parecía pudoroso.

Las Pitbrow Lassies se resistieron y continuaron haciendo su trabajo hasta bien entrada la década de los 80.

Los Toshers

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Tosher en las alcantarillas de Londres. Vía Wikimedia Commons.

 

Uno de los peores oficios era el de tosher, cuya ocupación era hurgar en las alcantarillas, en busca de cualquier cosa de un mínimo valor, desde pequeños objetos de metal, botas o zapatos viejos o monedas. Además se encargaban del mantenimiento del deficiente alcantarillado londinense.

Para hacer su trabajo, los toshers caminaban horas y horas entre la basura de la alcantarillas; pero a veces las cosas se complicaban y morían de una enfermedad infecciosa que habían contraído – por ejemplo, la mordedura de una rata -, ahogados por las aguas subterráneas, o si quedaban atrapados en alguno de los túneles, devorados por las ratas. Ser tosher era un trabajo muy peligroso.

De todos modos, los toshers eran grupos de hombres rudos, muy respetados entre su gente e, increíblemente bien pagados por los contratistas.

Los Mudlark

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Los pequeños mudlarks entre el barro. Vía Pinterest.

La labor de estos trabajadores era hurgar en el barro y el lodo que se posaba a las orillas del Támesis. Su misión consistía en retirar el barro de las zonas que el Támesis invadía. Este trabajo, muy peligroso, era desempeñado principalmente por niños.

Los Chimney Sweepers

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Chimney sweeper. Vía Pinterest.

 

La  pequeña constitución de los niños hacía que fueran los deshollinadores (chimney sweepers) perfectos, ya que podían introducirse y trepar por las chimeneas con más facilidad que un adulto, pero era común que los pequeños quedaran atrapados, muriendo ahogados por el hollín. Si no era así, el hollín que iba llenando sus pulmones les provocaría una muerte dolorosa en pocos años.

Estos niños, además de mal pagados, eran maltratados con palizas, o se les pinchaba con objetos afilados para que siguieran trabajando o metiendo su cabeza en calderos de agua helada si por el cansancio se quedaban dormidos.

Las Seamstress

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Familia cosiendo en su casa. Vía Pinterest.

Los vestidos de las damas victorianas de principios del siglo XIX se hacían en pequeños talleres de costura o estaban hechos por modistas que no sólo cosían sino que diseñaban los modelos que posteriormente se lucirían en los mejores salones londinenses.

Pero la aparición de las empresas textiles y la irrupción de las casas de diseño, diseñadores de renombre y los grandes almacenes, como Selfridges, hicieron de la moda un producto de consumo masivo y un bien más asequible para todas las mujeres.

Esto hizo que el oficio de costurera fuera uno de los más demandados, aunque estas trabajadoras fueran explotadas: mal pagadas, con jornadas interminables que abarcaban los siete días de la semana y con un maravilloso trabajo artesanal apenas reconocido.

Familias enteras, incluyendo niños y ancianos, trabajaban en talleres o en sus propios hogares, casi sin descanso. Todos tenían sus tareas: zurcir, coser, calcetar, ganchillar…Las jornadas de trabajo eran interminables y los salarios eran escasos. Las maravillas que hacían con sus agujas estaba muy lejos de la recompensa que hacían por su trabajo.

 

Los Rat catchers

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Rat chatcher con su perro y su jaula, Public domain.

En un Londres infestado por las ratas, los cazadores de ratas tenían su trabajo asegurado. En una época donde no había exterminadores de plagas ni raticidas, estos cazadores eran trabajadores muy bien valorados.

¿Su método? Utilizar un perro o un hurón para capturar a las ratas vivas. Los rat  catchers necesitaban a las ratas vivas para sacarse un sobresueldo con las apuestas ilegales de los ratters, personajes del submundo victoriano que organizaban partidas ilegales de perros y ratas, cuyo objetivo consistía en ver cuantas ratas era capaz de cazar el perro o si las ratas lo devoraban a él antes de que las hubiera cazado todas (lo cuál nos hace pensar quien era realmente la rata, si los animales o los ratters, si me permitís la reflexión)

Los cazadores de ratas solían fallecer a causa de las infecciones que les provocaban las mordeduras de ratas y los ambientes infecciosos en los que se movían.

Uno de los rat catcher más famosos Jack Black, el “cazador” personal de la Reina Victoria, en cuya residencia las ratas campaban a sus anchas. El método de Jack era cazarlas en una gran jaula, dejarlas sin comida y esperar a que se comieran unos a otras.

 

Las Match Girls

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Unas jovencísimas matchgirls recibiendo su mísero salario, Vía Pinterest.

Muchas mujeres y niñas trabajaban en fábricas de cerillas. Es célebre el artículo de Annie Besant, la política socialista inglesa, en el que describía las condiciones infrahumanas de casi esclavitud en la que vivían esas niñas, y la grave enfermedad que contraían en las fábricas a causa de los productos químicos con los que trabajaban.

La denuncia de Annie Besant de la explotación que sufrían las “cerilleras” y las posteriores represalias de las empresas despidiendo a trabajadoras, condujeron a una de las mayores huelgas y manifestaciones de protesta acaecidas durante la Época Victoriana.

En 1888, las cerilleras se declararon en huelga, reclamando sus derechos laborales y denunciando las condiciones de casi esclavitud en las que trabajaban estas mujeres en las fábricas de cerillas: jornadas inacabables, sueldos míseros y condiciones insalubres.

Los Peelers  o Bobbies

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Los primeros bobbies uniformados con su abrigo con cinturón y su sombrero tipo chimenea. Vía Pinterest.

El crimen, los robos y la violencia estaba tan presentes en la época victoriana que en 1829, Sir Robert Peel creó un cuerpo especial de la policía metropolitana conocido como los peelers o los bobbies, debido al nombre e su creador. No demasiado populares en un primer momento, este cuerpo de policía fue creándose una reputación de respetabilidad por su trabajo preventivo y no abusivo.

Estos policías se jugaban la vida a diario y resolvían desde trifulcas familiares, a auténticas batallas campales en los barrios más deprimidos, además de asesinatos y robos. Estos policías llevaban uniformes especiales, donde lo más característico de su atuendo eran sus peculiares sombreros, en un primer momento estilo chimenea y después sustituidos por el casco custodio, alto y redondeado en su parte superior. Especial relevancia tuvo la policía de Whitechapel, que además de tener que patrullar por un barrio extremadamente conflictivo se las tuvo que ver con el famoso Jack El Destripador.

Como curiosidad diremos que los bobbies tenían estrictamente prohibido beber alcohol, algo que en una época en la que el alcohol era tan común como el agua, trajo graves problemas e incluso expulsiones a muchos miembros de este colectivo…

 

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Feministas y reformistas victorianas

Hoy 8 de Mayo, Día internacional de la mujer, como todos los años, La Casa Victoriana homenajea a aquellas mujeres victorianas que por sus actos, su lucha, su vida y sus ideas, en momentos adversos para su condición de mujer, deben ser un referente no sólo para las mujeres sino para la sociedad en general.

Muchas de ellas han sido casi olvidadas, otras están siendo rescatadas del olvido y recuperando su lugar en la historia. A ellas, las desconocidas, las casi olvidadas dedicamos nuestro artículo de hoy.

 

Fanny Blood

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¿Fanny Blood? No tengo seguridad de que la mujer del retrato sea realmente Fanny

Frances “Fanny” Blood, no vivió durante la época victoriana sino durante el periodo Regencia. Esta pintora y profesora inglesa fue la mentora de Mary Wollstonecraft, además de su mejor amiga – en sus memorias, el marido de Mary afirmó que Fanny más que una amiga había sido casi una malsana obsesión para su esposa Mary, insinuando una relación entre ambas que había ido más allá de la amistad, aunque dada la animadversión que sentía por su esposa, fallecida cuando publicó su libro, nunca sabremos que había de realidad o de maledicencia en las palabras de William Godwin.

Aunque Fanny nunca publicó escritos sobre sus pensamientos, de sus ideas educativas y sus concepciones intelectuales surgieron las escuelas que fundó con las hermanas Wollstonecraft, en las que además de instruir a las jóvenes, recogían y ayudaban a mujeres abandonadas por sus familias, creando una suerte de escuela-pensión donde no sólo podían alcanzar unas habilidades básicas para mantenerse en la vida, sino que allí encontraban cuidado y refugio.

Dada la complejidad de la idea y la dificultad para captar fondos para su manutención, (demasiado innovadora para el siglo XVIII, las diferentes escuelas que fundaron tuvieron que cerrar.

Pero el gran mérito de Fanny Blood  fue instruir, abrir la mente y educar a una de las grandes intelectuales y feministas de la historia, Mary Wollstonecraft, que a su vez trasmitió sus ideas de una vida lejos de toda convención a su hija, la escritora y poetisa Mary Shelley.

 

Annie Bessant

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Annie Bessant (1847-1933)

Annie Bessant nació en 1847, en Londres, aunque su ascendencia era irlandesa. Muy orgullosa de sus orígenes Annie nunca ocultó sus ideas políticas, a favor de la independencia de Irlanda y del autogobierno de la India, en un tiempo en el que una mujer no opinaba de política, ni en público ni en privado, y si lo hacía, su opinión no era tenida en cuenta.

La desgracia de la ruina económica en su familia trajo una educación inesperada para Annie, ya que fue criada por una amiga de su madre, Ellen Marryat, hermana del  escritor Frederick Marryat. Ellen no sólo le dio una educación privilegiada sino que le proporcionó la oportunidad de viajar por Europa, además de transmitirle elevados valores como ciudadana y como mujer: una mujer fuerte y preparada podía conseguir lo que se propusiera independientemente de su sexo.

Su marido, un clérigo con el que tuvo dos hijos, la echó de casa después de que Annie se negara a que él se quedase con el dinero que ella ganaba con sus cuentos, la amonestase por tratar de organizar a los campesinos sindicalmente para reclamar sus derechos, por renunciar a su religión a favor del laicismo y por enorgullecerse de sus ideas políticas.

Liberada de su matrimonio, Annie se volcó en la defensa activa de los derechos de las mujeres, la organización de sindicatos obreros para que las mujeres que trabajaban en las fábricas defendiesen sus derechos, la libertad de pensamiento y de prensa para poder expresarlo y difundirlo, el derecho de las mujeres a ganar su propio salario y poder administrarlo – como ella hacía con lo que ganaba como escritora para el National Reformer– y el control de la natalidad como medio de liberar a las mujeres más pobres de tener un embarazo tras otro sin medios para alimentar a sus hijos.

Sus ideas del control de la natalidad como reforma social se plasmaron en el libro Fruits of Philosophy, que la llevaron a ser acusada de inmoral e inducir a la corrupción moral, por lo que fue encarcelada.

 

Josephine Butler

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Josephine Butler (1828-1906)

Josephine Butler fue considerada una de las primeras feministas británicas. Desde su juventud se implicó en campañas para promover el acceso de las mujeres  de los estratos sociales más desfavorecidos a la educación.

Una de las labores  por la que es principalmente recordada es por el intento de ofrecer cuidado y atención médica a las prostitutas. Desde sus creencias fervientemente cristianas, consideraba que las condiciones de miseria en las que sobrevivían estas mujeres con sus hijos eran algo intolerable. Josephine consideraba la prostitución como una forma de explotación masculina sobre las mujeres y denunciaba la doble moral victoriana que promovía la prostitución  y, al mismo tiempo,  perseguía y encarcelaba a las prostitutas.

 

Elizabeth Cady Stanton

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Elizabeth Cady Stanton (1815-1902)

Elizabeth Cady Stanton, norteamericana , fue una figura destacadísima dentro del movimiento feminista del siglo XIX, reivindicando no sólo los derechos de la mujer en los ámbitos sociales, sino en los laborales y políticos. Alumna aventajada de la americana Academia Johnston, veía como sus compañeras se veían obligadas a dejar sus estudios debido a las convenciones sociales y a sus “deberes femeninos” de casarse y formar una familia, mientras que sus compañeros de clase, muchos de ellos menos brillantes que ellas, podían seguir estudiando y desarrollando sus carreras en las universidades, entidades vetadas para las feminas.

Pero Elizabeth, dueña de una determinación brillante, decidió que ella no iba a escoger entre una vida familiar y profesional, sino que iba a luchar por realizarse como mujer en todos los aspectos que ella considerase necesario para su crecimiento personal.

Esposa y madre de una familia numerosa, el activismo de Elizabeth no solo no fue frenado por su marido sino que fue alentado por éste, que creía firmemente en la igualdad de derechos. Un marido que, entendió y aceptó (estamos hablando del siglo XIX) que Elizabeth se negara a pronunciar sus votos matrimoniales en los que se comprometía a obedecer y someterse a su esposo.

Convencida de que los objetivos que se proponía solo podían ser conseguidos con la unión de las mujeres organizó la primera convención de derechos femeninos en 1848, en Seneca Falls, cerca de Nueva York, a la que asistieron más de trescientas mujeres, un número de participantes increíble para la época. De esta convención salió la Declaración de Sentimientos, en las que las mujeres reclamaban la participación activa en la vida política y social, el derecho a la educación básica y superior y la independencia legal y económica de los hombres, ya fueran estos sus maridos, hermanos o tutores.

 

Susan B. Anthony

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Susan B. Anthony (1820-1906)

Susan Brownell Anthony, fue una activista, escritora, profesora y abolicionista estadounidense, además de una de las líderes del movimiento sufragista americano.

Anthony conoció a Elizabeth Cady en una conferencia antiesclavista y entre ellas se estableció una fuerte corriente de simpatía que las llevó a colaborar durante toda su vida en la organización de las mujeres de cara a la consecución de una igualdad en todos los ámbitos sociales, fundando el New York State Woman’s Rights Committee, organización muy activa en la segunda mitad del siglo XIX.

Firme defensora de sus creencias, Anthony viajó por todos los Estados Unidos difundiendo sus ideas e incluso consiguió ser recibida por el presidente Theodore Roosevelt, al que transmitió sus reclamaciones de una ley más igualitaria donde las personas pudieran participar en la vida pública independientemente de su sexo, raza o religión.

Como curiosidad, podemos recordar que la activista fue arrestada y multada por intentar votar en unas elecciones presidenciales, lo que se consideraba un delito en la época, ya que las mujeres no podían votar, ni, por supuesto, ser votadas.

 

Sarah Emily Davies

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Sarah Emily Davies (1830-1921)

Sarah Emily Davies, fue una figura fundamental dentro del feminismo británico por su defensa del derecho de la mujer a la educación, no sólo básica sino secundaria – las mujeres no podían presentarse a las pruebas para obtener una titulación mayor que la básica-  y, también,  universitaria. Su labor no sólo se ciñó al campo de la cultura sino también al de la política: fue una sufragista activa, que reclamó para las mujeres un papel determinante en un mundo político totalmente dominado por los hombres. Davies pensaba que la mejor manera de lograr sus objetivos era pasar a la acción, dando a conocer sus ideas y poniéndolas en práctica.  Creó el grupo de discusión Kensington Society y fundó la primera universidad para mujeres en Gran Bretaña, el Girton College, del que fue directora. Además editó una publicación feminista, The Englishwoman´s Journal.

 

Barbara Bochidon

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Barbara Bochidon (1827-1891)

Pedagoga y artista británica, nació de la relación extramatrimonial de un rico terrateniente inglés de ideas liberales y revolucionarias, Ben Smith y de Anne Longden.

Desde niña fue criada en un ambiente liberal, que la llevarían a colaborar con filántropos y trabajadores sociales. Profundamente convencida de que las reformas sociales eran necesarias para la sociedad británica, con un grupo de amigas comenzó a reunirse alrededor de 1850 en Langham Place para debatir sobre los derechos de los más necesitados y de las mujeres en particular. ESte grupo fue conocido como The Ladies of Langham Place. Este se convirtió en uno de los primeros movimientos organizados de mujeres en Gran Bretaña.

En 1858, con la ayuda de Sarah Emily Davies fundó el English Women’s Journal. En este periódico se hablaba de la igualdad de oportunidades laborales para hombres y mujeres, de la lucha por los derechos de las mujeres, el voto femenino y la necesidad de reformar las leyes para que las mujeres tuvieran más participación y atención social.

Con Davies creó la primera residencia universitaria para mujeres que existía en Inglaterra, el Girton College de la Universidad de Cambridge.

Aunque Barbara estaba casada con un médico francés, el matrimonio no fue un obstáculo para continuar con su implicación a favor de los derechos de las mujeres, empleando no sólo su tiempo sino su dinero en las causas a las que estaba entregada y contando para ello con el beneplácito y ayuda su esposo, el Dr. Eugène Bodichon.

¡Feliz Día internacional de la mujer!

 

 

 

¡Bienvenido febrero!

¡Bienvenido febrero!
El cuadro que ilustra nuestro mes de febrero es una preciosidad titulada A Summer Beauty, perteneciente a la escuela pictórica inglesa del siglo XIX y cuyo autor es anónimo.

Podéis descargarlo en la opción “guardar foto” del botón derecho del ratón, después de “pinchar” en la imagen.

 

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Para comenzar el año: el calendario de La Casa Victoriana.

Este año os iremos ofreciendo un calendario mensual, ilustrado con los mejores cuadros de la época victoriana. Podéis descargarlo en la opción “guardar foto” del botón derecho del ratón, después de “pinchar” en la imagen.

La temática que he escogido para este primer calendario es la lectura y la escritura, con damas victorianas como hilo conductor.

Os dejo enero, ilustrado con un cuadro de Hermann Fenner-Behmer, titulado Mujer escribiendo una carta.

Espero que sea de vuestro agrado.

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Feliz Pascua victoriana

El conejo de Pascua y su carro lleno de huevos multicolor.
 
El conejo de Pascua, en realidad la liebre, Easter Hare, y su carro lleno de huevos de los más diversos colores, para repartir entre niños y mayores fue una de las imágenes más reproducidas en las tarjetas postales victorianas y una de las tradiciones más esperadas del año.
 
Pero como muchas de las costumbres victorianas, su origen no era británico sino alemán, patria del Príncipe Alberto, marido de la Reina Victoria.
 
Eso sí, los victorianos, tan dados a lo recargado y colorido, adoptaron la tradición a su manera: el carro de se llenaba, además de huevos con bellas flores como violetas, lirios o rosas.
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Aunque unos dulces pollitos, adornados con lazos de coores, eran los acompañantes del conejo de Pascua en la imaginería victoriana, pájaros y otras criaturas del bosque acompañaban al conejo en su reparto e inocentes niños disfrutaban los ricos huevos de Pascua componiendo unas bellas composiciones que los ilustradores reflejaban en sus postales.
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Dependiendo del poder adquisitivo de las familias, los huevos que llegaban a los hogares de Pascua eran diferentes: simplemente huevos cocidos, tintados con el agua de diferentes legumbres o verduras (cebollas para un color amarillento, remolacha para un color morado, espinacas para conseguir huevos verdes…) o huevos de chocolate o caramelo, con decoración simple o profusamente decorados o adornados, envueltos en papel de colores o en lujosos envoltorios como sedas atadas con bellos lazos.
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Las dulcerías y pastelerías llenaban sus escaparates con multitud de huevos de colores, haciendo de la Pascua una explosión de color sólo igualada por la decoración navideña.
 
Pero todo el mundo tenía su pequeño regalo dulce en Pascua, gracias a una tradición que ha llegado a nuestros días y se ha introducido poco en poco en la cultura de países en la que no existía, como en España donde los alegres huevos de Pascua conviven con el Roscón de Pascua haciendo las delicias de los más golosos.
Feliz Pascua a todos los subscriptores y visitantes de La Casa Victoriana.
Recordad que seguimos en nuestras Redes Sociales hablando del mundo victoriano y sus protagonistas.
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