Dimes cómo eres y te diré tu pareja ideal

En cuestiones amorosas los victorianos eran realmente curiosos, y, antes de embarcarse en una relación amorosa analizaban todos los pros y contras para evitar que esa relación pudiera ser un fracaso. Y, para ello, utilizaban todos los estereotipos que tenían a su alcance.

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El ideal de mujer de esta época, representado por las heroínas de las novelas de Brönte, Dickens, Gaskell o Collins, por poner algunos ejemplos, era una mujer bonita, agradable, de constitución pequeña y delicada, recatada, con gracia, tranquila pero capaz de afrontar los contratiempos y sinsabores de la vida con gran valentía y fortaleza, enfrentándose a todos ellos con gran resolución y principio morales.

Por el contrario, el hombre ideal, el héroe romántico, era todo un caballero, alto, fuerte, protector, honesto, valiente, con grandes cualidades morales, aunque siempre era un aliciente que tuviera un pasado misterioso y una personalidad ligeramente atormentada.

Lejos de los ideales novelescos, en el complementario estaba el éxito: una persona irritable y nerviosa debería buscar a otra tranquila y comprensiva, y una persona demasiado sensible e insegura a alguien de carácter fuerte y resolutivo.

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Pero no sólo importaba el carácter a la hora de elegir  a una pareja, sino que también era fundamental prestar atención a  las características físicas de cada una de ellas.

El Profesor Thomas E. Hill nos la recuerda en su The Essential Handbook of Victorian Etiquette, y seguro que muchas de ellas, además de sorprendernos, nos dibujarán una sonrisa.

Una de las peculiaridades que se analizan son el color de los ojos: si uno de los miembros de la pareja tuviera los ojos grises, azules, negros o color avellana nunca deberían casarse con alguien que tuviera el mismo color de ojos.

Además si el color de ojos fuera muy intenso,  elegir una pareja con el mismo color de ojos sería un tremendo error para la felicidad futura de la pareja.

El pelo rojo indica una personalidad nerviosa e inestable, por lo que una persona pelirroja debería buscar una pareja con el pelo negro azabache, ya que su carácter sería complementario y dotaría de estabilidad a la unión.

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Una persona de pelo claro y fino, con una piel suave y delicada denotaba un carácter sensible; casarse con alguien con las mismas características físicas traería la ruina a su relación, ya que el carácter endeble de ambos haría imposible hacer frente a los momentos difíciles de la vida en pareja. Su pareja ideal sería alguien con el pelo y la piel más oscuros, ya que estos denotaban un carácter más fuerte y firme.

Lo mismo sucedía con las personas de pelo lacio; su complementario ideal sería una persona con el pelo fuerte y, a poder ser rizado.

Si alguien tenía el óvalo de la cara alargado y delgado debía buscar a alguien de cara redonda, y si la nariz era chata su ideal era una persona con una nariz con personalidad, a poder ser con el típico perfil romano.

Si el rostro era huesudo, con mandíbula prominente y rasgos muy marcados, con nariz sobresaliente, frente ancha, ojos hundidos y complexión delgada, NUNCA podía tener éxito con una persona con características similares, ya que estos rasgos reflejaban frialdad, un carácter severo y ausencia de sensibilidad. Por lo tanto, las personas con este tipo de peculiaridades físicas deberían esforzarse en buscar una pareja con el óvalo de la cara redonda, mejillas sonrosadas, nariz pequeña y silueta redondeada, rasgos identificables con la calidez y la dulzura. Así la calidez calentaría la frialdad del otro y el matrimonio complementaría su carácter.

La herencia en los rasgos también tenía su importancia: si una mujer había heredado los rasgos físicos de su padre, nunca debía buscar un hombre con rasgos similares a los de su progenitor, sino buscar a alguien cuyos rasgos fueran más coincidentes ¡con los de su madre!

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Pero, ¿qué sucedía si una persona no tenía rasgos especialmente destacables? Por ejemplo, los ojos de una persona podían ser ni muy azules, ni muy verdes, ni muy negros, o su pelo ni demasiado, rubio, ni demasiado negro ni pelirrojo. Pues, estas personas, lo tenían muchísimo más fácil, ya que podía emparejarse con personas de rasgos similares a ellas, así tenían mucha menos dificultad en encontrar una pareja ideal.

Como podéis ver, en la época victoriana el amor no sólo era una cuestión del corazón sino que para encontrar a la pareja apropiada ¡había que hacer un estudio anatómico completo del candidato!

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Qué tengáis un San Valentín muy feliz y victoriano. Y para felicitar a todas aquellas personas por las que sintáis amor, en la página de Pinterest de La Casa Victoriana tenemos un tablero lleno de preciosas postales de San Valentín victorianas con preciosas ilustraciones.

Tarjetas Victorian de San Valentín

Halloween victoriano: rituales y conjuros

Como todos los años en La Casa Victoriana no puede faltar nuestro particular homenaje a la fiesta de Halloween, una fecha en la que los victorianos disfrutaban especialmente celebrando fiestas de disfraces y escenificando toda clase de rituales relacionados con la magia y el amor.

¡Hagamos una recopilación de algunos de estos ritos eran realmente curiosos!

Los tres platos: decidme si me casaré con una bella doncella

En una mesa se colocaban tres platos: uno lleno de agua limpia, otro con agua sucia y otro vacío. A uno de los participantes en el juego se le vendaban los ojos y se le conducía hacia la mesa en la que estaban los tres platos.

A ciegas  la persona escogía uno: si su elección era el plato con agua limpia se casaría con una bella dama, si el elegido era el que contenía agua sucia sería viudo, y si la suerte le llevaba hacia el vacío sería un amargado solterón.

Este ritual podía intentarse tres veces, previo cambio de sitio de los platos.

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La dama frente al espejo: espejo, muéstrame el rostro de mi amado.

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your future husband’s face will pass

Una de las tradiciones más populares entre las jóvenes era la de tratar de conocer cual sería el rostro de su futuro marido.

Para ello, la joven se encerraba en una habitación a oscuras, con la única luz de una vela iluminando el cuarto, y se colocaba frente al espejo. La superstición decía que al iluminar su imagen frente al espejo, a su lado, se reflejaría la imagen de su futuro marido.

A este ritual, a veces se le añadía un elemento adicional: la joven además de iluminar su imagen con una vela en el espejo debía ¡estar comiendo una manzana!

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Quemando nueces, ¿cuál será nuestro futuro?

The auld gudewife’s weel hoarded nits
Are round and round divided,
And monie lads’ and lasses’ fates
Are there that night decided.
Some kindle, couthie, side by side,
And burn thegither trimly;
Some start awa’ with saucy pride,
And jump out-owre the chimlie.

Cada miembro de una pareja elige una nuez entera. Ambas nueces se ponen al fuego. Cada uno observa atentamente cómo se van quemando las nueces: si se queman lentamente, si se rompen o si ambos lados de la nuez se separan. Dependiendo de cómo respondan las nueces al fuego, así será su relación.

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Mojé manga de mi camisa en el río: mi futura pareja aparecerá para secarla

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and dip your sleeve in it at a spot

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Una superstición escocesa contaba que la noche del 31 de octubre un joven o una joven debían mojar la manga de su camisa en un arroyo donde las tierras de tres tierras se unían. Al llegar a casa tenía que colgar la manga cerca del fuego para que secara, en un lugar que pudiese ver desde su cama.

No podía dormirse porque durante la noche una aparición tendría lugar en el lugar en el que había dejado la manga: su futuro esposo o esposa aparecería para retorcer la manga para intentar que se secase.

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Lanza la berza, ella te contará tu futuro

O, is my true love tall or grand?

O, is my sweetheart boony?

Una de las tradiciones más antiguas cuenta como las kales, berzas, podían pronosticar el futuro de las parejas.

Las parejas salen cogidas de la mano y con los ojos vendados a la búsqueda de una berza, que aún está plantada, y deben arrancarla y lanzarla. Dependiendo del tiro y de cómo cayera la berza, así será el aspecto de la futura pareja y la relación de los jóvenes.

Si la raíz arrastra una buena cantidad de tierra, las previsiones económicas futuras de la pareja serán favorables. Si al comerla el corazón de la berza es dulce, la pareja vivirá momentos felices, pero si es amargo, no se deparan buenos augurios para la relación.

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Dulces y velas: la vela paga

El aro y la vela, más que un ritual, es un juego para los más jóvenes.

Se coge un aro de un barril y en él se cuelgan varios dulces, caramelos y manzanas, pero también finales de velas. Se vendan los ojos de los participantes y se gira el aro.

Los participantes deben intentar morder uno de los dulces colgados y no morder el final de vela. Aquellos que tengan la mala suerte de morder la vela tendrán que pagar la multa, que habitualmente consistía, en el pago de las velas.

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Caminando en la oscuridad

Una dama debía caminar hacia atrás en la oscuridad, hacia el sótano, con la única iluminación de una vela en su mano derecha y un espejo en su mano izquierda, mientras recitaba una y otra vez:

    ” Appear, appear, my true love dear,
Appear to me to-night,”

Antes de alcanzar el final de la escalera el rostro del amado se reflejaría en el espejo.

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El pastel y el anillo

Antes de hornear un delicioso bizcocho se introduce un anillo en la masa. Una vez hecho se sirve en porciones y a aquel a quien le toque el anillo en su porción encontrará el amor verdadero en el plazo de un año. ¡Cuidado con tragarse el anillo!

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Un barquito en su cáscara de nuez

Se le ofrece a los invitados una cáscara de nuez, con un palillo y un papel blanco simulando una vela. En la cáscara de nuez se escribe la inicial de la persona de la que está enamorado.

Se colocan los barquitos de nuez en un barreño con agua y se agita. Si un barquito se hunde significará no solo que el amor no será corrrespondido sino que esa persona permanecerá soltera y sola ¡para el resto de su vida!

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¿Fundimos plomo? Sus formas nos dirán nuestro futuro

Este juego me parece un poco más complicado e implica poderes de adivinación o mucha imaginación…

Fundimos un objeto de plomo y dejamos que el fundido se vierta a través de la manija de una llave cayendo sobre un bol de agua limpia. Las formas que forme el plomo serán un reflejo de lo que nos depara nuestro futuro.

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Rituales y juegos con manzanas

  • La manzana me dirá el nombre de mi amado

Aquel joven o aquella joven que quiera saber por qué letra comenzará el nombre de su futura pareja tendrá que pelar una manzana de una sola vez. Cuando termine tendrá que lanzar la monda de la manzana por encima de su hombro izquierdo.

Cuando caiga en el suelo dibujará la forma de una letra en el suelo. Esa letra será la inicial del apellido de su enamorado o enamorada.

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  • Bobbing the apples

Se escogían varias manzanas rojas y apetitosas y se dejaban flotar en un barreño con agua; los participantes del juego debían poner los brazos a su espalda y sumergir sus cabezas en el barreño para coger las manzanas con los dientes. ¡La diversión estaba asegurada!

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  • Manzanas a la hoguera

Para atraer al verdadero amor, se comía una manzana asada y se echaban al fuego el corazón y las semillas mientras se cantaba:

    “One, I love, two, I love, three, I love, I say,
Four, I love with all my heart,
Five, I cast away;
Six, he loves, seven, she loves, Eight, they both love.”

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¿Queréis intentar alguno la noche del 31 de octubre?

¡Feliz noche de Halloween a todos los suscriptores y seguidores de La Casa Victoriana!

Recordad que, si queréis más información sobre la época victoriana, podéis seguir nuestras RRSS, Facebook, Pinterest e Instagram.

 

Los libros de Alicia

¡Estrenamos Tablero en Pinterest!

La Casa Victoriana desde su tablero, Alicia en el País de las Maravillas. Alice’s Adventures in Wonderland, te invita a compartir una completísima colección de portadas de libros de Alicia en el País de las Maravillas de distintas ediciones y en diferentes idiomas, diseñadas por los mejores ilustradores.

Así que preparad una taza de té, un pedazo de pastel de no-cumpleaños y disfrutad de un encantador paseo por Wonderland.

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Lorhrop Publishing Co.

Feliz y Victoriana Navidad

La navidad en familia

Como otras tantas tradiciones navideñas, el concepto de Navidad en familia fue creado por los victorianos, teniendo como modelo al Príncipe Alberto y a la Reina Victoria, cuyo amor por la familia, la vida hogareña y las fiestas navideñas constituían un modelo a seguir por la sociedad victoriana.

El entusiasmo que la familia real creaba entre todas las clases sociales sin excepción, fue aprovechado como un medio de elevar la moral de una sociedad con grandes brechas económicas creadas por la revolución industrial. Por ello los periódicos y publicaciones de todo tipo no economizaban en la publicación de imágenes de la pareja real rodeada de sus nueve hijos, creando estampas familiares tan entrañables como envidiables.

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Desde los hogares más humildes, pasando por la emergente clase media y burguesa, hasta las más rancias familias aristocráticas el modelo a seguir era la familia real.

Pero no sólo como ejemplo de familia perfecta, sino que todo lo que hacían era imitado, según las posibilidades de cada familia.

Una de esas tradiciones consistía en la decoración de la mesa navideña: a la reina le encantaban los árboles navideños profusamente decorados – tradición que su amado esposo Alberto había “importado” de su Alemania natal – por lo que comenzó a decorar la mesa navideña con árboles iluminados con velas, de los que colgaban trozos de pan de jengibre para acompañar a los suculentos trozos de carne que se apilaban en las bandejas de alrededor.

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Los regalos navideños

¿Sabíais que la costumbre de dar regalos en Navidad era desconocida en Inglaterra antes de la llegada del Príncipe Alberto?

Las primeras Navidades de casada de la Reina Victoria fueron celebradas en el castillo de Windsor, adornado por la pareja con una profusa decoración navideña, donde no faltaron los árboles de Navidad con velas, lazos, pequeños paquetes envueltos en llamativos papeles de colores rellenos de frutos secos y galletas y panes de jengibre, tarjetas navideñas, pequeños juguetes y otros adornos.
Además, colgados en el árbol y situados a sus pies, cajas de todos los tamaños contenían presentes para todos los miembros de la familia como muestra de afecto y para mantener la ilusión de una sorpresa en las fechas navideñas.

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Cuando se entregaban todos los presentes, las luces navideñas de las velas que iluminaban el árbol se apagaban.
Esta tradición que el príncipe trajo de Alemania fue rápidamente imitada por todas las clases sociales y llegó a América donde se extendió con celeridad.

El calcetín de Navidad

Cuenta la legenda que San Nicolás pasaba por delante de la casa de un hombre muy pobre. Conmovido por la pobreza del hombre, le arrojó desde la ventana un puñado de monedas, que casualmente cayeron dentro de los calcetines que el hombre tenía colgados en la chimenea para que se secaran.
Desde ese momento, la tradición de colgar calcetines en la chimenea para que Santa Claus- versión americana de San Nicolás, los llenara de regalos- se extendió por todas las islas y Estados Unidos.
Dentro del calcetín se dejaba una manzana y una naranja, como símbolo de la salud y un penique, nuevo y brillante como símbolo de la prosperidad. Además se añadía un trozo de carbón que simbolizaba la calidez y unas pizcas de sal como presagio de la buena fortuna.

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En las familias más humildes, este solía ser todo el contenido que los niños recibían, aunque habitualmente los padres se esforzaban por añadir a los calcetines juguetes de madera, cartón u hojalata hechos por ellos mismos, o muñecas de trapo y lana confeccionadas por las madres.
En las familias más adineradas los niños recibían juguetes, generalmente importados de Alemania, país de jugueteros por excelencia, ya que consideraban los más bellos y de mejor calidad.

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La Casa Victoriana desea que estas navidades en vuestros calcetines, aparezcan los mejores regalos, pero sobre todo los más humildes: una pizca de sal, una moneda brillante, unas piezas de frutas y un trozo de carbón, y sobre todo mucho afecto e ilusión.
¡Feliz Navidad!

Muñecas de madera: Stump y Peg Dolls

Hace unas semanas en una visita a Lisboa descubrí uno de los lugares más curiosos que he conocido el Hospital de Bonecas de Lisboa. Esta tienda/taller fundada en 1830 se encuentra en la Praça da Figueira, en pleno centro de la capital portuguesa y en cada uno de sus rincones guarda pequeños tesoros de nuestra infancia pero también valiosos ejemplares de muñecas antiguas, pequeñas obras de arte que tuve la suerte de admirar en una visita privada guiada por la encantadora Manuela.

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Si quieres saber más del Hospital de Bonecas lisboeta, pincha en el enlace de mi blog Mi Casita de Papel, donde aparecen las fotografías que amablemente me permitieron tomar de sus estancias, talleres y muñecas.

En esta visita por la exposición permanente de muñecas pude contemplar ante mí más de un siglo de la historia de las muñecas quedándome fascinadas con las más antiguas, de composición y material más simple, pero de una belleza histórica sin comparación.

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En estas fechas en las que los medios de comunicación nos bombardea con las muñecas más modernas, quizás sea un buen momento para retroceder en el tiempo y recordar unas muñecas más modestas hechas de madera, con rasgos pintados a mano y vestidos sencillos, compañeras de juegos donde la imaginación tenía un papel predominante: las Poupards, las Stump Dolls y  las Peg Wooden Dolls.

Aunque en las familias siempre se utilizaron piezas de madera para crear juguetes para los más pequeños, las primeras muñecas de madera comercializadas en Alemania e Inglaterra, fueron las Stump Dolls o muñecas-palo. Como podéis ver en la imagen estas muñecas eran bastante toscas, hechas de una pieza y talladas en un único bloque de madera, con pequeños agujeros para ojos, nariz y boca, que se pintaban en colores sólidos. Incluso la ropa era pintada, creando con la combinación de colores encajes y estampados florales sencillos.

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A estas muñecas le siguieron las Poupards, fabricadas originariamente en Alemania. Muy parecidas a las stump, estaban hechas de una sola pieza de madera y aunque no tenían piernas, habitualmente tenían brazos no añadidos sino tallados, aunque curiosamente las figuras con brazos sólo representaban a adultos.

Las antiguas muñecas tradicionales Kokeshi japonesas, tan de moda en sus reinterpretaciones actuales, son realmente stump dolls de una sola pieza o de dos piezas, un cilindro para el cuerpo, sin extremidades,  y, dependiendo del artista, con un trozo de madera tallada en forma de esfera para la cabeza, con los rasgos finamente pintados.

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Pero si hubo unas muñecas realmente apreciadas, cuyo éxito de producción se mantuvo hasta la primera mitad del siglo XX, estas fueron las Peg Wooden Dolls. Su nombre proviene de la similitud de las piezas que formaban las extremidades de la figura y,  que se unían la parte principal del cuerpo,  con unas pinzas de tender la ropa.

Curiosamente las Peg Dolls también eran conocidas como Dutch Dolls, nombre que provenían de una confusión con su palabra de origen y el país desde el que se exportaban a Inglaterra.

Estas bonitas muñecas hechas de madera eran fabricadas en Alemania, de ahí su nombre Deutsch dolls, pero llegaban a el Reino Unido desde los puertos holandeses. La confusión entre deutsch (alemán, en lengua alemana) y dutch (holandés en lengua inglesa) crearon una terminología equivocada para denominarlas.

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Su mecanismo de fabricación era muy simple: una pieza de madera, tallada de manera muy estilizada y con una cintura muy marcada formaba el tronco, desde las piernas hasta el busto. Las extremidades estaban formadas por dos piezas unidas al tronco por una cavidad que se realizaba a la altura de los hombros y de los muslos. Cada una de las extremidades tenían dos partes con capacidad de ser articuladas; en los brazos a la altura del codo y en las piernas en las rodillas.

La cabeza era un pieza que se unía al tronco desde la parte superior del busto, con un cuello largo y delgado, era pequeña, redonda y carecía de orejas.

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La madera se pintaba de pintura lacada color carne. Cuando secaba se pintaban los rasgos de la figura: expresivos ojos, habitualmente de color azul, con los párpados y las cejas oscuros, finos y marcados para resaltar su expresividad; la boca pequeña, con los labios dibujando un corazón y de color rojo intenso. El toque final lo daban unas mejillas sonrosadas a modo de coloretes.

Para simular el cabello se grababan unas incisiones leves en la madera que posteriormente se pintaban de colores oscuros. El estilo de peinado era un recogido, en un moño o con una peineta, normalmente retirado de la cara, o con unos suaves tirabuzones enmarcándola, pero casi siempre dejando una ancha frente al descubierto. Para simular la nariz, se pegaba sobre la incisión previamente hecha un trozo triangular de madera. No tenían orejas.

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Las manos solían tener pulgares, pero no dedos, aunque con el tiempo la técnica se fue perfeccionando añadiendo más detalles.

El torso era amplio, con cintura muy delgada y caderas planas. Las piernas se tallaban como palos largos, con muslos sin formas, pantorrillas redondeadas y tobillos esbeltos y elegantes.

La parte inferior de las piernas se pintaban de blanco o colores claros para simular medias y la planta del pie y sus dedos se pintaban con una línea gruesa de colores vivos a modo de zapatos.

En su espalda, cada muñeca llevaba escrito a mano, en tipografía de estilo germano,  su nombre, origen y fecha de fabricación.

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Aunque de todas las Peg Dolls, la que más éxito tuvo fue una versión modernizada de las muñecas alemanas denominada Tuckcomb Doll. El nombre de esta muñeca provenía de su rasgo más característico: la peineta con la cual sujetaba su pelo en un moño bajo.

Esta peineta era un saliente tallado en la parte superior de la pieza de madera redonda que formaba la cabeza; no era un añadido, sino que formaba parte de la pieza. La peineta se pintaba de colores muy vivos, con predominancia del amarillo dorado para contrastar con la pintura negra que decoraba los cabellos.

La Tuckcomb Doll más famosa fue Angelita, muñeca de fabricación estadounidense hecha por la empresa S. Smith, que con su producción y el posterior éxito de ventas, plantó cara a los fabricantes alemanes, que hasta ese momento tenían la hegemonía en la fabricación y comercialización de este tipo de muñecas. Cada Angelita llevaba cosida a su ropa una etiqueta con su origen y fecha de fabricación.

cat-1066_017Estas muñecas, además del signo distintivo de su broche para el pelo, tenía un peinado con pequeños caracoles sobre su frente, accesorio y peinado muy del gusto de la época. Los pies ya no eran planos sino que presentaban pequeños tacones y la pintura que simulaba los zapatos dejaba de ser negra para combinar con la ropa.

Estas Peg Dolls iban a la moda, con elaborados vestidos, encajes y muselinas, que representaban vestuario urbano, rural o el más lujoso de la alta sociedad con caros apliqués. Además se adornaban con joyas como collares y pendientes, e incluso pequeñas diademas o coronas.

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Además las Peg Dolls se fabricaban en varios tamaños , que podían ir desde los 43 centímetros, las más grandes, hasta las diminutas pegs de tan sólo 1.5 centímetros.

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Pero si en algún lugar las Dutch Dolls serán siempre recordadas y seguirán vivas en la imaginación de todas las generaciones, pasadas y venideras,  será en las ilustraciones de Florence Kate Upton, la cartoonist americana de origen británico.

Basado en un juguete infantil que su tía Kate rescató del ático, Florence dio vida en modo ilustrado al protagonista del libro de cuentos escrito por su madre Bertha Upton, titulado The Adventures of Two Dutch Dolls and a Golliwogg. Publicado en las Navidades de 1895 fue todo un éxito y convirtió a las pegs dolls en protagonistas de esta simpática historia , que os recomiendo conocer estas fiestas.

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Desde La Casa Victoriana, os deseamos unas Navidades llenas de felicidad.

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Cosmética Victoriana

“The number of languid, listless and inert young ladies who now recline upon sofas is  a melancholy spectacle; it is but rarely that we meet with a really healthy woman

The Women of England, Elizabeth Ellis

Durante el Romanticismo, las mejillas sonrosadas naturales o fruto del maquillaje dieron paso a una moda donde una enfermiza palidez se convirtió en un extaño sinónimo de belleza juvenil.

Si una joven no era lo suficientemente afortunada para mostrar en su cara los síntomas de haber sufrido por amor, lo cual se consideraba un aspecto glamuroso, estaba dispuesta a hacer cual cosa para conseguirlo, desde beber vinagre para procurarse una palidez sepulcral, a pasar las noches en vela sollozando con poemas de amor. Además podía conseguir una mirada ligeramente ausente poniendo unas gotas de belladona en sus ojos. Esta planta recibía su nombre por su capacidad de proporcionar una imagen bella de la mujer, dilatando sus pupilas, limpiando la mirada y dotándola de un aire poético y romántico.

Los efectos secundarios de la belladona eran devastadores, causando ceguera y parálisis. Otras sustancias utilizadas para la piel y los labios , como el óxido de zinc, el mercurio, el antimonio y el sulfuro de plomo eran utilizadas en productos de belleza , provocando graves problemas de salud a largo plazo.

Desgraciadamente, el aire ausente y supuestamente romántico que les proporcionaba a las jóvenes llegó a estar tan de moda, que cualquier riesgo era pequeño comparado con el glamour de un aspecto enfermizo y de deliberada tristeza.

Jane Austen, siempre adelantada a su tiempo, marcó un antes y un después en la nueva imagen de la mujer con la descripción admirativa que Mr Darcy hacía de Lizzie Bennet, donde destacaba su naturalidad, su frescura y su aspecto saludable después de su caminata de casi tres millas en Orgullo y Prejuicio, sugiriendo que no había nada mejor para el aspecto de una mujer que el aire libre y el ejercicio.

Esta mujer tenía una tez sonrosada, un aspecto natural y una expresión risueña, incluso un poco infantil. Una belleza saludable muy alejada de la palidez enfermiza.  Según los nuevos manuales de belleza, una mujer bonita debía mostrarse tal y como era, ya que las pinturas y ungüentos sólo servían para estropear sus rasgos naturales; una mujer bella no necesitaba en absoluto del maquillaje para agradar.

Pronto, como en todas las modas, apareció un icono de belleza que era un compendio de todas esas virtudes: Miss Maria Foote, una actriz más reconocida por su aspecto y su apariencia que por sus méritos artísticos.

Miss Maria Foote, actriz

La rígida moral victoriana comenzó a asociar el maquillaje como un signo de vulgaridad propio de cortesanas y prostitutas, y por ese motivo, ninguna mujer que se considerase elegante y decente debía utilizarlos.

Para tratar de disimular sus imperfecciones y mostrar un rostro fresco, de piel de porcelana y mejillas rosadas, las mujeres comenzaron a acudir a los remedios y productos naturales. Los kitchen gardens, o huertas caseras, proporcionaban todo lo que una joven necesitaba: lavandas, rosas y lirios para obtener agua de perfume, almendras para extraer su aceite, cera para amalgamar los preparados y conseguir nutritivas cremas, limones mezclados con clara de huevo o crema de leche y azúcar como exfoliantes y purés de pepino para obtener mascarillas.

Lola Montez, más tarde Condesa de Lansfeld, c.1836

Y de nuevo, esta nueva corriente de belleza natural estaba representada por un nuevo modelo al que imitar, Eliza Rosanna Gilbert, actriz y bailarina irlandesa, famosa por sus actuaciones como bailarina española con el nombre artístico de Lola Montez. La artista, más conocida por sus escándalos en las cortes europeas que por su calidad interpretativa, poseía 26 de las 27 características consideradas esenciales por los manuales de belleza de la época, para tener una belleza perfecta, las llamadas three times nine.

Pero la misma sociedad victoriana que animaba a las mujeres a dejar su cara limpia de maquillaje, convirtió la fabricación y venta de cosméticos en un floreciente negocio que proporcionaba un sinfín de beneficios a empresas y particulares, que se anunciaban en prestigiosos periódicos y revistas.

Ninguna mujer decente reconocería su uso, pero el ansia por estar atractivas las llevó a usar pociones y pomadas que les proporcionaban discretamente sus médicos o boticarios, con formulaciones propias, o bien adquirían a compañías británicas o extranjeras cuyos productos eran enviados por correo.

Mujeres de todas las edades no dudaban en probar todo tipo de cremas, sin garantía médica y que los avariciosos fabricantes comercializaban sin ningún tipo de prueba previa. Sustancias como el arsénico, el mercurio o el bismuto pasaron a ser ingredientes destacados de todo tipo de lociones de belleza, y, a pesar de que muchos médicos avisaban de los peligros de parálisis facial, amarilleo y acartonamiento de la piel, pocas eran las que abandonaban su uso. Cualquier riesgo era mínimo ante el objetivo de estar atractivas en todo momento.

A mediados del siglo XIX,  la cruzada pública – que no privada – contra el maquillaje era más intensa que nunca. Se defendía una imagen femenina sin rastro de crema o pintura y un aspecto saludable, casi rollizo. La imagen fresca y aniñada fue sustituída por una más modesta y fácil de ser copiada: la de una dama no tan joven, que irradiaba salud y la felicidad que le proporcionaba el cumplimiento de sus deberes conyugales y familiares.

Al más puro estilo de la Reina Victoria, paradigma de la auténtica dama y modelo a seguir por los victorianos, las mujeres como Madame Montessier representaban perfectamente esta idea.

Madame Montessier, pintada por Ingres

Esta prohibición moral del uso de la cosmética y el deseo de obtener la belleza que la genética no había proporcionado fuera cual fuera el precio a pagar, hizo que embacaudores y charlatanes se aprovecharan de las damas cuyo máximo deseo en la vida era estar radiante para lograr un matimonio ventajoso, o en todo caso, un marido.

Una de las consejeras de belleza más famosas de la época fue Madame Sarah Rachel Leverson, más conocida como Madame Rachel. Su salón estaba en el número 47 de New Bond Street y por ella pasaban las damas más destacadas de la sociedad londinense. Su método de venta directa, sin intermediarios, proporcionaba a las damas productos supuestamente milagrosos, elaborados según formulaciones propias, además de consultas personalizadas para aconsejar a las damas sobre cuáles eran los tratamientos más adecuados para cada necesidad.

A su salón llegaban acaudaladas damas, en lujosos carruajes y cubietas con tupidos velos para no ser reconocidas – no olvidemos que una dama bella por naturaleza no necesitaba artificios para brillar y que además la cosmética era cosa de mujeres mundanas.

Se decía que entre sus más destacadas clientas de estaban la Reina Victoria y la Empreratriz Eugenia de Francia. Fuera cierto o no, Madame Rachel alentaba los rumores para dar más popularidad a su negocio y poder cobrar precios desorbitados por productos con nombres exóticos, que no pasaban de ser agua perfumada o cremas inocuas, en el mejor de los casos, o productos altamente tóxicos en otros.

Pero el verdadero negocio de esta mujer no estaba en la venta de cosmética: sibilinamente se aprovechaba de la ingenuidad de sus preocupadas clientas para que les contara secretos íntimos, chismes de la sociedad y cualquier hecho del que ella pudiera sacar provecho mediante un posterior chantaje.

Ninguna de las damas acudía a la policía por miedo a que su secreto fuera revelado y a ser víctima de la burla pública por acudir a una consejera de belleza. Todas cedían al chantaje de la mujer que les había prometido que con su ayuda serían Beautiful For Ever, como rezaba el eslogan de su negocio.

Fue finalmente la viuda de un oficial del ejército indio, a quien Madame Rachel había enredado para que se carteara con un aristócrata inglés, presuntamente enamorado de ella, quien la denunció, al descubrir el engaño, verse expuesta al escarnio público y  privada de la herencia que le correspondía.

El reinado del fraude de los productos de belleza supuestamente exóticos y carísimos, que prometían milagros de belleza en pocas semanas, terminaba con un escándalo de chantajes y mentiras, cuya cabeza visible fue Madame Rachel y su negocio.

O quizás nunca terminó, sino que se fue reinventando a lo largo de los siglos hasta nuestros días y otras Madame Rachel siguen ganando dinero a costa de crear inseguridades femeninas.

La época Victoriana no está tan lejana…

La fuente de gran parte de esta entrada en un interesante librito sobre el uso de la cosmética desde el siglo XVI hasta los años 50, escrito por Sarah Jane Downing y editado por Shire Library. Ameno, fácil de leer y profusamente ilustrado con iconos de belleza de todas las épocas.

Podría segurar casi al 100% que no está editado en español, pero merece la pena disfrutar del trabajo de Downing en su edición original.

The Country Flowers of a Victorian Lady

I wonder if the snap is stirring yet,
If wintry birds are dreaming of a mate,
If frozen snowdrops feel as yet the sun
And crocus fires and kindling one by one
Christina Rosetti

Suguiendo el hilo argumental e ilustrativo de la entrada anterior, dedicada a Edith Holden y sus cuadernos sobre la naturaleza, me gustaría recibir en nuestro blog a Fanny Robinson cuyo Libro de Recuerdos victoriano, merece una especial mención por la belleza de sus pinturas y lo escogido de la poesía que las acompaña.

Algunos años después del descubrimiento de los cuadernos de Mrs Holden, los descenciendes de Fanny Robinson dieron a conocer un manuscrito ilustrado, datado alrededor de 1840 por esta acuarelista aficionada británica. Este Book of Memory fue recopilado y reproducido en modo facsímil bajo el título The Country Flowers of a Victorian Lady, y además acompaña las exquisitas reproduciones de flores y otros motivos, con extractos de poemas de Shakespeare, Keats y otras rimas de famosos poetas y poesía popular.

La edición que tengo, y en la que basaré esta entrada,  es la exquisita edición inglesa publicada por Apollo Publishing en 1999, en tapa dura, que combina las reproduciones de las acuarelas y escritos a mano por Ms Robinson con los utilísimos comentarios de Gill Saunders, conservadora del departamento de dibujo y pintura del Victoria and Albert Museum de Londres, interpretando cada una de las ilustraciones y símbolos dibujados por la autora.

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Pero, ¿cuáles son las diferencias entre los libros de Edith Holden y el de Fanny Robinson? Aunque a primera vista parezcan muy similares, las disimilitudes son evidentes.

Miss Holden elaboró una recopilación de anotaciones de los ciclos naturales y un estudio de botánica, complementado con rimas y poemas escogidos por la propia autora. El cuaderno de Fanny Robinson es un Book of Memory, un Libro de Recuerdos, donde la naturaleza es sólo un recurso y un hilo conductor para expresar un sentimiento, para hilvanar un recuerdo dedicado a un ser amado. The Country Flowers of a Victorian Lady no tiene afán didáctico ni de divulgación, es simplemente una obra personal donde las flores cumplen una función decorativa y de transmisión de sentimientos no una función científica.

flowers 3Esta obra, realizada por la autora aldededor de los 40 años, no fue concebida para ser publicada ni interpretada por nadie más que el destinatario o destinataria del libro, ya que se planeó como un homenaje para una persona muy querida para ella. La alusión a esa persona siempre aparece nombrada como “you” y nunca por su nombre de pila;  tampoco hay una pista semántica que nos pueda desvelar su género, lo que hace que la incógnita de si la persona a quien está dedicado sea hombre o mujer no pueda ser despejada. Las muestras unas veces de cariño, otras veces de de amor, dedicadas a través de los poemas escogidos, hacen que dudemos si se trata solamente de un amigo,  amiga o de un amante.

Algunos datos, nunca contrastados, hacen pensar que la persona a la que se refiere murió en un accidente de caza y esa muerte causó un profundo pesar en Fanny. Los sentimientos desprendidos de los poemas hablan de temprana amistad, de nostalgia, de tristeza, pero también de momentos inolvidables; pero sólo la autora sabe la verdad de sus intenciones.

flores 4Las acuarelas, además de realizadas con una técnica impecable y de una belleza incostestable, son un estudio naturalista digno de mención. La ilustradora, artista aficionada, acostumbra a enmarcar sus dibujos con elaborados bordes de filigranas o con diseños que recuerdan a los libros medievales iluminados, donde destaca la letra mayúscula del inicio de la frase.

En todas y cada una de las ilustraciones, además de las flores, aparece una pequeña ilustración de una casa, una torre, un bosque, un paisaje a modo de pista,  probablemente relacionado con la elección de la flor y del poema. Un lugar importante para la autora y para la persona para quien fue escrito el libro.

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Pero además, Fanny dejó otra pista importante para descifrar sus sentimientos: las propias flores. Es bien conocida la afición que tenían los victorianos por la interpretación de lo que ellos llamaban el lenguaje de las flores. En el libro aparecen una serie de secuencias de diferentes estaciones o creando un bouquet. Ello no es fruto del azar sino que parece tener un hilo argumental, refrendado por la elección de los poemas.

Desgraciadamente no sabemos que libro del Lenguaje de las Flores conocía Fanny Robinson.

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Aunque el más famoso era Le Langage des Fleurs de Charlotte de la Tour, había otras versiones muy populares; la interpretación del significado de las diferentes flores cambiaba según cada una de las ediciones e incluso las tradiciones de cada uno de los condados ingleses, lo cual sigue complicando la interpretación del libro.

Más de un siglo después, la belleza del libro sigue inalterable, pero su verdadero significado sigue siendo un misterio, que le añade un maravilloso atractivo a este Book of Memory.

The Country Flowers of a Victorian Lady. Edición de 1999 de Apollo Publishing con introducción y comentarios de Gill Saunders, Conservadora de Dibujo y Pintura del Victorian and Albert Museum de Londres. Creo que actualmente está descatalogado, aunque se puede adquirir de segunda mano en magníficas condiciones a precios muy asequibles en librerías británicas on line.

En 2002 y 2003 se ousieron a la venta en las librerías españolas calendarios con las ilustraciones del libro.