Una fiesta de Halloween

From ghoulies and ghosties and long- legged beasties

And things that go bump in the night, God Lord, deliver us!

Old Cornish prayer

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La preparación

Habitualmente eran las mujeres de la casa las encargadas de preparar la fiesta de Halloween. Una buena anfitriona siempre se organizaba la cena y los juegos con la antelación suficiente para no dejar ningún detalle al azar, desde el menú de la cena hasta los disfraces. Para ello consultaba revistas y otras publicaciones para ver que tejidos y motivos estaban de moda, así como los juegos más populares y la decoración más impactante.

La anfitriona debía conocer a sus invitados, sus relaciones y sus gustos, para organizar los menús, los lugares en la mesa y conseguir que todos los comensales se sintieran cómodos. Además no podemos olvidar que a las fiestas de Halloween acudían los más pequeños y los jóvenes, por lo que la noche debía ofrecer momentos para la diversión de cada grupo.

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Las estancias

Una fiesta de Halloween necesita un lugar espacioso. El lugar ideal sería un gran jardín pero a causa de las frías temperaturas de octubre, no sería el sitio más adecuado para la celebración, por lo que una buena anfitriona debería organizar la fiesta en el interior de la casa dedicando varias estancias al festejo.

Para lograr un gran espacio, se vaciarían las habitaciones lo máximo posible, quitando todos aquellos muebles y objetos que pudiesen representar un peligro para los invitados a la hora de celebrar varios de los juegos más típicos de estas fechas, muchos de los cuales implicaban tener los ojos vendados o las manos atadas.

Por tanto, ningún objeto valioso que pudiera romperse ni un mueble, que pudiera causar un daño debido a su diseño, estaría en ninguna de las dos o tres habitaciones que como mínimo se dedicarían a la fiesta de Halloween.

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La decoración

Contrariamente a la época actual donde el plástico o el papel son los reyes de la decoración, los victorianos preferían decoraciones naturales compuestas por mazorcas de maíz, Indian corn, con granos de colores, hojas y tallos del mismo cereal y calabazas de diferentes formas, algunas comestibles y otras simplemente decorativas que portaban velas o tenían terroríficas caras talladas en ellas.

Con ramas secas se confeccionaban esqueletos que se cubrían con paños de algodón o muselina de color blanco y se colgaban del techo como si fueran fantasmas. Farolillos cubiertos de delicadas telas proporcionaban la atmósfera necesaria para una noche mágica.

La manzana, una de las frutas reinas del otoño, desprendía su aroma por toda la casa, ya fuera transformada en dulce compota o como relleno de una tarta y aportaba cálidos colores en la decoración hogareña que se llenaba de brillantes manzanas caramelizadas, al natural, colocadas en barreños de agua, colgadas del techo para protagonizar los juegos de Halloween, y en grandes fruteros que adornaban las mesas.

Y, por supuesto, las flores de otoño eran otras de las grandes protagonistas de la decoración: begonias, pensamientos, hibiscus, crisantemos y dalias estaban presentes en las mesas y en forma de guirnaldas decorativas.

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La cena

En una apropiada cena de Halloween nunca faltará una buena sopa de vegetales de temporada, sandwiches con diferentes rellenos y platos de patatas cocinados de diferentes modos: asadas, rellenas o en puré. Además, los invitados podía degustar gachas dulces y platos típicos de cada zona.

Pero, sin duda, el mejor momento de la cena eran los postres. La anfitriona se esmeraba especialmente en este momento de la celebración, ofreciendo una selección de deliciosos pasteles de manzana y pera, compotas de higos, membrillos, magdalenas de calabaza, tartas de nueces y castañas, galletas de jengibre, panes especiados de frutas y el riquísimo Victorian cake, sin olvidar una buena taza de chocolate para los más pequeños y un vaso de sidra caliente para los mayores.

En 1891, la revista Ingalls Home and Art Magazine ofrecía una idea de menú para una fiesta de Halloween compuesto por:

Ostras, sandwiches variados, pavo asado relleno de castañas y fiambres fríos, todo ello con diferentes acompañamientos como ensalada de lengua de vaca, col, almendras tostadas, aceitunas y compota de manzana.

Los postres que ofrecía este modelo de menú de Ingalls Home eran tan abundantes como deliciosos: tartas de calabaza, pasteles de frutos secos, panes de nueces, helados y cremas de chocolate, pasas, frutas caramelizadas y café y chocolate caliente.

Todo ello componía un menú para una éxitosa cena de Halloween que gustaría a todo el mundo, fuera cual fuera su edad.

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Los juegos

En otras entradas de La Casa Victoriana hemos hablado de varios hechizos y ritos que se celebraban en las fechas de Halloween. Hoy hablaremos de nuevas maneras de divertirse en estas fechas.

The Nut Shower

Los frutos secos típicos de estas fechas solían ser protagonistas de muchos de los juegos de Halloween. Las nueces, por su forma eran uno de los frutos favoritos.

Este juego requiere paciencia pero el resultado es tan agradecido que merece la pena. Se abrían las nueces con mucho cuidado y se le quitaban los frutos, dejando las cáscaras lo más intactas posibles. Se reservaban los frutos y se rellenaban las nueces con otras pequeñas golosinas o caramelos caseros y se volvían a cerrar, pegando las dos partes de las nueces con, por ejemplo, azúcar caramelizado o un glaseado.

Las nueces se esparcirían por el suelo y los niños deberían cogerlas y abrirlas – siempre se reservarían unas cuantas por si alguno de los pequeños cogía pocas o ninguna, ya que ningún niño debía quedar sin diversión. En el momento en que abrían las nueces y descubrían golosinas la estancia se llenaba de algarabía. Más tarde, los pequeños también darían buena cuenta de las nueces, tomándolas solas o con miel.

Otra variante consistía en llenar las nueces con diminutos juguetes hechos por los mayores de la familia.

Fuera cual fuera el “relleno” de las nueces la diversión estaba asegurada.

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The Nut Crack Night

Este juego era uno de los favoritos de los jóvenes de la casa, ya que era un juego de predicción de futuro que vaticinaba si dos jóvenes estaban destinados a tener un amor verdadero o solo una bonita amistad.

Los elementos necesarios para jugar eran una parrilla y avellanas o castañas. Los jóvenes se sentaban a ambos lados de la parrilla, que previamente se había calentado, y, cada uno de ellos colocaba uno de los frutos sobre la parrilla. Si los frutos se quemaban lentamente hasta convertirse en cenizas la amistad duraría para siempre e incluso podría convertirse en amor duradero o un matrimonio feliz. Si, por el contrario, los frutos estallaban, la relación sería un reflejo de ese estallido, y no solo no duraría sino que acabaría de un modo conflictivo.

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Emparejando a los invitados

En una jornada informal y festiva en la que el protocolo se suavizaba ¡qué mejor manera de sentar a la mesa a los invitados que mediante un divertido juego!

La anfitriona dispersaba a los invitados por las diferentes estancias de la casa y les entregaba el cabo de un ovillo de lana a cada uno de ellos. Dos cabos de lana pertenecían al mismo ovillo y el juego consistiría en encontrar a la persona cuyo ovillo coincidiese. Para dificultar el encuentro, el largo ovillo se habría enrollado en muebles, extendido por las habitaciones y entremezclado con los ovillos de otros participantes, todo con el fin de que los propietarios de los ovillos recorrieran la casa y se divirtieran encontrando a su pareja.

De todos modos, la propietaria nunca dejaría nada al azar, encargándose de que dos cabos que estuvieran unidos no pertenecieran a comensales que pudieran tener ciertas rencillas entre ellos, y, si se sentaran juntos, su evidente malestar pudiese arruinar la reunión.

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The Fateful Food

Este juego de adivinación del destino era muy popular porque no solo implicaba comer una buena razón de dulces sino que aportaba la sorpresa de encontrar el objeto que previamente se había escondido en ellos y de interpretar su significado:

– una moneda predecía riqueza

– un anillo era símbolo de un matrimonio

– un botón o un dedal indicaban soltería para el próximo año

– un wishbone, el hueso de pollo o pavo en forma de horquilla, permitía a su poseedor pedir un deseo para el próximo año.

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Kaling

El Kaling era un juego de origen escocés muy popular en Halloween. Para jugarlo era necesario un jardín y varias coles enterradas. Los jugadores saldrían al exterior y con los ojos tapados tendrían que desenterrar una col. Uno de los jugadores, que representaría el papel de pitonisa, interpretaba el futuro amoroso del poseedor de la col dependiendo del tamaño del vegetal, su posición económica atendiendo a la tierra adherida al repollo y el carácter del futuro esposo o esposa después de probar la acidez o no de la col.

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Un barquito con la cáscara de nuez predice mi futuro

Este título es una interpretación del popular juego de lanzar cáscaras de nueces en barreño lleno de agua. Estas nueces se podían adornar con una pequeña vela para semejarlas a barquitos veleros.

Dependiendo del comportamiento de los barcos en el agua se podía interpretar el futuro: si el barco se hundía, el futuro del poseedor del barco no iba a ser muy halagüeño; por el contrario, si el barco seguía su travesía sin hundirse, significaría una vida feliz y estable.

Si dos barcos se cruzaban sin tocarse, sus propietarios estaban destinados a ignorarse en el futuro; si los barcos chocaban, las personas que los habían lanzado se encontrarían en algún periodo de sus vidas compartiendo intereses, negocios o amor y si los barcos navegaban juntos, sus dueños estaban predestinados a vivir juntos una vida feliz, acompañándose en cada momento.

Si un barco navegaba solo por los bordes del barreño, sin ir hacía el centro, donde se encontraban el resto de los barcos, predecía una vida solitaria y, quizás, una soltería de por vida; si el barquito de nuez tocaba frecuentemente los bordes, su poseedor tendría una vida de aventura, y viajaría por todo el mundo.

Como vemos, se podía dar lugar a tantas interpretaciones como fructífera fuera la imaginación de los invitados, ya que el fin de los juegos era la diversión, las risas y pasar una jornada tan agradable como mágica.

Si queréis pasar una noche llena de hechizos y un Halloween mágicamente victoriano no tepierdas las entradas que en años pasados La Casa Victoriana le ha dedicado a esta terrorífica jornada.

Breve historia de la festividad de Halloween

https://lacasavictoriana.com/category/happy-halloween/

Rituales y conjuros

https://lacasavictoriana.com/2016/10/29/halloween-victoriano-rituales-y-conjuros/

Happy “Catlloween”

https://lacasavictoriana.com/2015/10/30/happy-catloween-los-gatos-victorianos-de-whittier-y-wain/

Cuentos de miedo: La verdad sobre el señor Valdemar y El Cuervo

https://lacasavictoriana.com/2018/10/31/6993/

https://lacasavictoriana.com/category/edgar-allan-poe-el-cuervo/

Imágenes: Vía pinterest.

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¡FELIZ Y TERRORÍFICO HALLOWEEN, VICTORIANOS!

Etiqueta para los viajeros victorianos

La nueva moda viajera

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William Powell – Frith The Railway Station

A los victorianos les encantaba viajar pero no todos tenían los suficientes recursos económicos para poseer su propio medio de transporte, por lo que el tren y el carruaje de caballos se convirtieron pronto en sus transportes preferidos.

Los carruajes recibían el nombre de omnibus, siendo el más famoso el modelo De Tivoli, que hizo su aparición en las calles de Londres en 1860. El modelo tenía una cabina donde los viajeros iban sentados en bancos, que se encontraban situados a ambos laterales del vagón. Todos los viajeros, fuera cual fuera su clase social, iban en el mismo compartimento.

Con los años los omnibus se convirtieron en transportes más sofisticados, con grandes cabinas en las que había compartimentos de primera y segunda clase e incluso, en los más modernos, un compartimento separado para cada pasajero.

Al omnibus tirado por caballos le sustituyó el tranvía eléctrico, que conmocionó a la sociedad y cambió la vida en las ciudades con sus raíles y su “velocidad. Los primeros aparecieron en Londres en 1889.

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Maurice Delondre- Dans L’omnibus

El ferrocarril generó una auténtica adicción entre los victorianos y modificó el paisaje de Gran Bretaña. En un primer momento, los trenes eran lentos e incómodos. Todos los pasajeros, fuera cual fuera su clase social viajaban juntos. Con el tiempo, los ferrocarriles se hicieron más sofisticados, con vagones de primera, segunda y tercera clase. Los vagones de primera ofrecían servicios de restaurante y estaban elegantemente decorados; incluso se podían reservar vagones privados.

La Reina Victoria era gran aficionada a viajar en tren, de hecho era su medio de transporte favorito. El tren no solo le resultaba sumamente cómodo sino que además podía disfrutar de su querido paisaje británico.  Sus  vagones privados se caracterizaben por estar decorados en un llamativo color azul, que coordinaba sillas, sillones y cortinas al más puro estilo recargado victoriano.

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Recreación del vagón de la Reina Victoria. Vía Pinterest.

 

La etiqueta para los viajeros

Como en todas las situaciones de la época victoriana, viajar estaba regido por protocolos específicos para cada ocasión. Veamos algunas de las más curiosas:

Un viajero victoriano experimentado siempre está preparado para salir hacia su destino: compra sus billetes con antelación y siempre llega con una exquisita puntualidad, ni antes para no esperar ni, por supuesto, después para no molestar al resto de los viajeros.

Además, intentará sentarse en la mejor posición posible dentro del vagón antes de que se llene, tratando de escoger a la mejor compañía para su viaje. Esa compañía dependerá del carácter del viajero: si es más afable se rodeará de personas que le proporcionen una agradable conversación, si por el contrario fuera más reservado su compañía ideal será igualmente taciturna y se conformará con disfrutar del viaje en silencio, sin molestias ni conversaciones forzadas.

De todos modos, un viajero experto sabe que hablar durante el trayecto no es lo más adecuado. El ruido de los caminos o las vías obliga a elevar el tono de voz con la consiguiente fatiga para los conversadores y la molestia para el resto de los viajeros.

La actitud más recomendable será disfrutar del viaje, saboreando los preciosos paisajes de la campiña inglesa, o bien,  leer un libro o un periódico, aunque una ligera siesta acompañada por el suave traqueteo del tren o del coche de caballos tampoco estará fuera de lugar.

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Augustus Leopold Egg – The Travelling Companions (1862)

 

Por el contrario, un viajero con un parloteo incansable sobre asuntos propios o comentarios intrascendentes o incomodar al resto de los acompañantes con preguntas personales o impertinentes se considerará de muy mala educación.

Entrar y salir del vagón constantemente, con cualquier excusa, ya sea justificada o no, dejará al viajero en mal lugar, sobre todo si el viaje es breve. Cada vez que se levante llamará la atención, molestará al resto de las personas que comparten espacio con él, incluso es posible que haya que mover maletas o bolsas para despejar el camino. Un victoriano debe controlar sus impulsos o necesidades, manteniendo una actitud discreta  en todo momento.

Comer en el vagón no se considera educado, aún habiendo ofrecido compartir el tentempié con el resto de los pasajeros: el olor a comida invade el vagón y puede molestar al resto de los pasajeros.

Si un caballero bebe alcohol o fuma se clasificará como una gran desconsideración hacia el resto de los pasajeros (hacemos esta apreciación con los caballeros dado que las damas ni bebían ni fumaban en público, a riesgo de ver su reputación en entredicho)

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James Jacques Joseph Tissot – Waiting at the Station (1874)

Los bolsos y las maletas deberán estar colocados en un lugar donde no estorben al resto de los viajeros. Se procurará poner las maletas grandes y baúles en los vagones o compartimentos destinados para el equipaje. Si se lleva algún bolso o maletín al vagón de pasajeros se pondrá en la parte superior, bajo el asiento (si fuera posible) o lo más cerca posible de su dueño. Ocupar un asiento con el equipaje es de un pésimo gusto.

Un verdadero caballero, sea cual sea su edad, siempre ayudará a las damas con el equipaje. Del mismo modo, los caballeros más jóvenes ayudarán a los de más edad, siempre y cuando el caballero de edad solicite ayuda o el joven considere que el caballero está en un apuro con su equipaje, no por el mero hecho de que tenga más edad, ya que podría ser considerado humillante para el caballero.

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Ricardo López Cabrera – Couple in a Train Compartment  (1895)

La familiaridad entre damas y caballeros siempre deberá ser evitada en presencia de extraños ya que puede hacer que estos sientan cierta incomodidad ante un coqueteo inapropiado.

Si la actitud cariñosa se da entre una pareja, ya sea de enamorados o de casados, se considerará igual de inconveniente, ridícula incluso, ya que el vagón de un tren no es el lugar adecuado para hacer gala de su amor.

Esto no significa que hombres y mujeres, que son totalmente desconocidos, no puedan dirigirse la palabra durante el viaje. En viajes largos entra dentro del protocolo mantener una conversación agradable y distendida, siempre dentro de los límites del buen gusto, evitando temas personales y ciñéndose a temas ligeros como el clima o el paisaje. Conversaciones sobre política, temas sociales, económicos o religiosos quedan fuera de toda discusión.

Además, no se considera que una dama tenga conocimiento para disertar sobre esos temas (tenemos que entender que era otra época y se consideraba que una dama no discutía sobre política en publico, lo cual no quiere decir que un caballero no apreciara la inteligencia o el ingenio en una dama)

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George Elgar Hicks – The Bayswater Omnibus  (1895)

Los pasajeros que ya se conocen pueden conversar, incluso animadamente, siempre y cuando los temas personales no molesten al resto de los viajeros. Estos deben considerar que no están en el salón de su hogar sino compartiendo espacio con extraños: la educación debe primar por encima de cualquier familiaridad.

Un transporte de viajeros no es el lugar para discutir temas personales, y muchísimo menos cualquier tema de índole romántica. Tanto los afectados como el resto de los pasajeros podrían sentirse incómodos, sobre todo la dama afectada. Un hombre que actúe de este modo nunca podría considerarse un verdadero caballero.

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Abraham Solomon – First Class. The_Meeting.

Los viajes siempre representan un peligro para una joven muchacha, sobre todo si no viaja en primera clase. Las jóvenes estaban expuestas al acoso por parte de ciertos hombres sin educación o al engaño por parte de otros faltos de escrúpulos que veían en una joven sola una presa fácil.

En la era victoriana muchas jóvenes abandonaban sus pueblos y se alejaban de sus familias buscando una vida mejor en las ciudades. Eran mujeres sin experiencia, acostumbradas a vivir entre conocidos y familiares, de entornos rurales agradables que desconocían los peligros de una gran ciudad y sus gentes. Muchas de ellas, inocentemente, pensaban que la ciudad sería un lugar donde sería fácil desenvolverse  y viajaban sin temor y confiadas, siendo víctimas vulnerables para indeseables.

Por este motivo las jóvenes, que no viajasen en compañía de sus padres o hermanos, buscarán señoras de más edad como compañeras improvisadas de viaje, procurando una cierta protección frente a ese tipo de individuos, cuyo objetivo es aprovecharse de ellas o simplemente molestarlas con actitudes de dudoso gusto.

De todos modos, un caballero sea cual sea su posición social y económica, siempre saldrá en defensa de la dama en apuros, no dudando en enfrentarse a su acosador e incluso a ponerlo en conocimiento de la autoridad del ferrocarril o de los agentes de policía al finalizar el viaje.

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Berthold_Woltze – The Irritating gentleman

 

Igual que en la actualidad, viajar con niños, sobre todo en viajes largos, siempre supone cierta dificultad, ya que los pequeños se aburren y su comportamiento puede resultar molesto para el resto de los viajeros. Por ese motivo las madres victorianas siempre se ocuparán de antemano de tener un pasatiempo preparado para ellos.

Uno de los más populares era la Magic Ball. Este juguete era elaborado por las propias madres y consistía en una especie de matrioska de juegos. Una bola de lana contenía un pequeño juguete. dentro de esa bola había otra bola envuelta en lana que contenía un segundo y así sucesivamente. La diversión consistía en desenredar las bolas y descubrir la sorpresa. Cada media hora, o cada hora, dependiendo de la duración del viaje, los niños podían desenredar una nueva bola. Los juegos dependían por entero de la imaginación de los pequeños.

La Magic Ball está en la línea de los happy trail kits, pasatiempos para los viajes que preparaban las madres o niñeras para distraer a los pequeños durante los viajes. Las bolas de lana pueden ser sustituidas por bolsas, los juguetes por golosinas…todo dependerá de los gustos de los niños y de la economía de sus padres.

De todos modos, llevar sus juguetes y muñecos favoritos, cuentos así como material para dibujar siempre es una buena idea.

Una madre victoriana responsable nunca olvidará los kits de emergencia: un set de costura, ropa de cambio para los más pequeños, sales para los mareos y otros elementos de un pequeño botiquín de viaje.

Alfred Morgan - An Omnibus Ride to Piccadilly

Como podemos ver, el protocolo victoriano siempre se basa en el sentido común, el respeto y la educación, y el protocolo de los viajeros se rige, como no podía ser de otro modo, por eso mismos principios.

La Casa Victoriana desea a todos sus subscriptores y visitantes felices vacaciones y viajes llenos de buenos recuerdos.

 

¡Bienvenido, mayo! 🌹

¡Bienvenido Mayo!
Damos la bienvenida a mayo con nuestro calendario ilustrado con Beautiful Lady with Flowers pintado por François Martin-Kavel.

It’s a pleasant sight to see
A little village company
Drawn out upon the first of May
To have their annual holiday.

Anonymous English poem

¡Bienvenido Abril!

No olvidamos dar la bienvenida a abril con nuestro calendario floral, ilustrado con Young Woman With a Basket of Flowers de Federico Andreotti.

Fancy dresses: disfraces victorianos

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Cuadro de Francesco Guardi

 

Las fechas de Carnaval son muy populares en diferentes países, donde una explosión de colorido o de imaginación se apodera de las ciudades, para que los ciudadanos de todas las edades se transformen durante unas horas en otras personas, adoptando su personalidad y su indumentaria.

Los victorianos no celebraban el Carnaval tal y como lo conocemos, pero eran realmente aficionados a las farsas o charadas, fiestas en los asistentes sacaban sus mejores galas en forma de disfraz. Aunque esto no es del todo exacto: un fancy dress victoriano no es exactamente un disfraz, es un outfit muy elaborado, lujoso incluso, para lucir en un Baile de disfraces o  Fancy Ball, también denominados Charadas o Masquerades.

En esta reseña sobre fancy dresses nos referiremos a ellos alguna vez como disfraz, buscando una similitud a nuestro vestuario carnavalesco, pero dejemos claro que un fancy dress era realmente un traje, usado para adoptar la personalidad del personaje identificado con el vestuario, sin ser éste considerado como un simple disfraz.

Veamos algunos de los más utilizados:

Los Domino dresses o dominoes

Con este curioso nombre se denominaban a unos trajes largos denominados trajes de talar en forma de capa, con mangas, habitualmente con una capucha, confeccionados para los bailes de disfraces en el siglo XVIII. Los trajes de talar eran trajes de ceremonia que llegaban hasta los talones, como las togas de los juristas, la indumentaria eclesiástica o las túnicas universitarias y de graduación. También entrarían dentro de esta categoría los mantos.

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Vía Pinterest

 

El nombre parece provenir del juego cromático de la capa y capuchas de color negro en contraposición con el forro y  el traje que cubría, habitualmente de color blanco, aunque, en el siglo XIX, estos dominoes fueron evolucionando en su combinación de colores dando paso a juegos entre negros y escarlatas, rosas, azules, verdes y amarillos, siendo acentuado este contraste con las telas usadas para la confección, como la seda y el satén.

A medida que avanzaba el siglo, la fantasía de modistas y diseñadores se desbordó, añadiendo encajes, lazos, telas brocadas y llamativos bordados. Los tejidos para su confección se diversificaron: algodón, gasas, tules y armiños comenzaron a tomar protagonismo, así como tejidos más gruesos como el terciopelo.

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Vía Pinterest

 

Un domino debía ser de buena calidad y el diseño debía ser lo suficientemente elaborado para ser utilizado posteriormente como una falda de vestir. Una pieza superior con amplias mangas holgadas o bien con mangas murciélago, a las que se le podía añadir una abertura lateral para sacar los brazos; esta pieza superior podía ir  anudada a la falda mediante un lazo en la cintura. Una de las características principales de los “dominoes” era la capucha. La moda de las últimas décadas del siglo XIX eran las capuchas puntiagudas al estilo de túnica árabe.

La función del domino era cubrir el fancy dress y permitir al portador desprenderse de él manera fácil y sencilla.

El Merveilleux Domino era una variante del domino, que se caracterizaba por ser una pieza muy recargada, con lazos o apliques en los hombros, encaje al final de las mangas y colores muy llamativos.

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Vía Pinterest

 

El Domino no era una prenda exclusiva de las damas, los caballeros también los llevaban aunque mucho más sobrios: confeccionados en seda o satén, con color de forro en contraste. Una más cara negra era el complemento escogido para completar el conjunto para la masquerade.

 

El morisco, persa o turco

Los trajes de Morisco, y sus variantes persa y turco , se caracterizaban principalmente por sus tocados en forma de turbantes, adornados con broches con piedras preciosas o simplemente con llamativas plumas, y sus cinturones hechos de telas con estampado oriental. Los tejidos con los que cosían estos fancy dresses eran de vivos colores, predominando las sedas y los brocados. Eran muy recargados tanto en su diseño como en sus colores.

Los de las damas tenían grandes mangas y un sobrevestido, recargado y confeccionado con tela gruesa a modo de mantón anudado en la cintura, bajo el que apreciaba otro vestido confeccionado con telas muy livianas como muselinas o gasas. En otras ocasiones la dama se atrevía con pantalones holgados y babuchas, eso sí, cubiertos hasta la altura de los tobillos por una falda.

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Vía Pinterest

La variante masculina mostraba unos pantalones anchos y holgados, cubiertos con un blusón adornado con cenefas de bordados en oro y plata, o con amplias túnicas enriquecidas con adornos y brillantes apliques, que combinaban con grandes y anchos cinturones elaborados con arabescos.

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Vía Pinterest

 

La campesina

El disfraz de campesina tenía varias variantes: la campesina suiza, la alemana o la española, y su diseño era sencillo: consistía en tres piezas compuestas por un corpiño de fieltro o terciopelo muy ajustado, bajo el que se intuía una blusa de algodón o muselina, con media manga rematada en volantes o encajes. La falda era amplia y corta, confeccionada en paño grueso y se cubría con un delantal blanco de muselina. El disfraz se remataba con un sombrerillo de paja, un pañuelo anudado en la nuca o un coqueto tocado floral.

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Damas y niña vestidas con traje de campesinas. La ilustración es de la colección del V&A Museum.

 

Este disfraz tenía su variante el traje de campesina “lujoso”, también conocido como de Jardinière ; tenía el mismo diseño pero se realizaba con carísimas telas en vez de tejidos más humildes; este diseño utilizaba una cestita de paja llena de vistosas flores como complemento, que se llevaba en la mano o bien colgada del cuello a la altura de la cintura.

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A la izquierda de la ilustración, dama con traje de Jardinière. Vía Pinterest.

 

La diablesa

La diablesa se convirtió en uno de los disfraces más utilizados en las farsas victorianas. Confeccionado en satén y terciopelo, en colores rojo, negro y dorado, este traje destacaba por su ceñidos corpiños y faldas. La longitud de la falda era muy atrevida, a la altura de la rodilla; de ésta salían unas enaguas en capas o volantes, bajo las que se vislumbraban unas llamativas medias de colores chillones y unos zapatos de alto tacón. Unos gruesos apliques con pliegues se colocaban a ambos lados de la cadera, aumentando el efecto de la cintura estrecha. De estos apliques salía una cola.

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Diablesa. Vía Pinterest

Las alas de murciélago saliendo de los hombros o la espalda eran la característica más destacada de estos vestidos. Solían llevarse con guantes largos.

Su antítesis era el traje de ángel. Frente al atrevimiento de la diablesa con su ajustadísimo diseño en negro y escarlata, el ángel vestía un etéreo y delicado juego de tules y muselinas de un blanco inmaculado. De su espalda salían unas alas de ángel o de mariposa.

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Diablesa y ángel de la era eduardiana. Vía Pinterest.

 

El Mefistófeles

Fue el famoso actor victoriano Sir Henry Irving quien popularizó este disfraz, cuando lo utilizó en el Teatro Liceo de Londres, representando el Fausto de Goethe de 1885 a 1888. Su traje rojo y negro, con ajustados pantalones al estilo Tudor, zapatillas planas, capa corta y abullonada y casquete ajustado a la cabeza, con estilo de cresta de gallo y dos plumas que salían de la frente a modo de cuernos, compusieron uno de los disfraces más populares de la época. Una barba cuidada de estilo puntiagudo, completaban el disfraz.

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Caballero vistiendo un fancy dress de Mefistófeles. Vía Pinterest.

 

Madam Pompadour y la revolución francesa

El modelo Marquesa de Pompadour era recargado y confeccionado con telas lujosas. Era un traje que había que realizar a medida, y al contrario que otros no se podía adaptar de otros vestidos, ni después era fácilmente utilizable con pequeñas modificaciones, por lo que sólo estaba al alcance de damas adineradas. Se complementaba con una peluca blanca con el característico peinado de la amante de Luis XV (peinado con un alto tupé, que pasó a la historia con el nombre de la marquesa). El escote del vestido era mucho más discreto que el que lucía la marquesa francesa.

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La dama sentada viste un modelo Pompadour. Vía Pinterest

Una tendencia indescriptible, más por su significado que por su estética era la revolucionaria  francesa. Era muy curioso ver a la aristocracia inglesa llevando trajes inspirados en los revolucionarios franceses, con su escarapela tricolor, sus casacas, su estética de sans-culotte para los hombres y de campesina con faldas de algodón rayadas con los colores de la bandera francesa, y cofias, aunque el uso del sombrero bicornio (el de Napoleón) era común para ambos sexos.

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Modelo francés. Vía Pinterest.

 

La Pansy y otras flores

El vestido de Pensamiento era muy popular, al igual que otros disfraces relacionados con las flores. La base de los vestidos eran dos piezas en los que la falda estaba compuesta por capas gasas y tules superpuestas con apliques de satén en forma de la flor correspondiente, cuanto más grandes y llamativos mejor; los corpiños eran ajustados y en vivos colores. El peinado recogido en una diadema de flores o con el cabello suelto adornado con flores, simulaba los cabellos de un hada o ninfa de os bosques. Este disfraz era muy popular entre las mujeres más jóvenes.

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Vía Pinterest

 

 

La Ondina y las ninfas de los bosques y el agua

El vestido de Ondina o el Undine dress, era un romántico traje basado en la heroína creada por el escritor alemán Friedich de la Motte Fouqué en 1811 para su novela Ondina. Basada en las leyendas griegas de las ninfas del agua, De la Motte creó una novela precursora de la literatura gótica romántica, en la que su personaje, un hada de los bosques, sacrifica su vida por un amor que no será correspondido.

El disfraz de Ondina se basaba en la interpretación del pintor John William Waterhouse, que imaginó a una ondina con una túnica al estilo griego, y en las ilustraciones de Arthur Rackham, mezclando el estilo romántico de la joven cuando vivía en el castillo con su amado, con el de las ninfas acuáticas.

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Ilustración de Arthur Rackham para la versión inglesa de Ondina. Vía Pinterest.

 

Ondina llevaba una túnica de estilo griego , en colores de la gama del blanco, suelta, que se ajustaba en la cintura con un cinturón dorado o un pañuelo. La túnica llena de pliegues y confeccionada con gasa y tul, le daba a la dama un aspecto de ninfa. Para completar el conjunto, los cabellos se dejaban sueltos, adornados con una corona de flores.

 

El disfraz de Ondina, ninfa o hada del bosque tenía variantes en los disfraces de insectos como abejas y avispas o preciosas y coloridas mariposas.

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Traje de mariposa. Vía Pinterest.

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Los Folly dresses eran vestidos de fantasía que tenían diferentes variantes, diosa, sacerdotisa, o cualquier variante creativa que la modista quisiera añadir. En su forma clásica, lo más destacado de estos disfraces eran las faldas, cortadas a picos, o cosidas a modo de diamante, siempre confeccionadas en tejidos brillantes y colores muy llamativos como la gama de amarillos y rojos. De cada extremo del rombo se podían colgar campanitas que sonaban cuando la portadora del traje caminaba. La dama llevaba un títere sujeto en una vara que sonaba con sonido de cascabeles al agitarlo.

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Folly fancy dress. Vía Pinterest.

 

La pastorcilla o Dolly Warden

Un personaje de asistencia casi obligada a cualquier fiesta era la recreación, con diferentes interpretaciones, del personaje dickensiano de Dolly Warden, una excéntrica, descarada y presumida mujer que aparecía en la novela Barnaby Rudge, escrita por Charles Dickens en 1841.

Dolly solía vestir en el siglo XIX con ropa propia del siglo XVIII: polainas, sombreros de paja de estilo bonnet y apariencia de ingenua pastorcilla. Su vestuario en contraste con su carácter y el ambiente en el que se desarrolla la novela hacen de ella uno de los personajes más estrafalarios y recordados de Dickens.

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La Dolly warden o pastorcilla dickensiana. Vía Pinterest

Arlequín, Pierrot, Colombina

Los personajes de la Comedia del arte italiana eran tremendamente populares en las fancy dresses victorianas.   Procedentes del teatro italiano renacentista, con influencias de las tradiciones del carnaval y recursos mímicos y acrobáticos, sus historias sencillas en las que se mezclaba la sátira, la comedia romántica y las intrigas cautivaron al público inglés. En 1660 se representaron en los teatros ingleses  las primeras obras que tenían como protagonistas a Arlequín, Pierrot y Colombina. El éxito fue tan grande, que pronto rivalizaron con las obras de los grandes dramaturgos ingleses. Los tres personajes italianos se ganaron el favor del público, y gran parte de ese fervor, lo despertaban sus coloridos, peculiares y brillantes atuendos.

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Vía Pinterest.

 

El popular actor del siglo XVIII, John Rich, llevó a la cima del éxito al trío Arlequín, Columbina y Pantaleón, su padre, con sus célebres “Arlequinadas”.

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Vía Pinterest

El siglo XIX vio el resurgir de estos personajes gracias a las representaciones de Charles Kean en el Princess’s Theatre. La escenografía, con un vestuario espectacular y extravagante, que cambiaba constantemente, tuvo mucho que ver en este éxito.

 

La amalgama

La almagama era una forma de denominar a un disfraz indescriptible. Sería el típico disfraz hecho de muchas cosas pero que realmente sería difícil de identificar al personaje que representa.

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Vía Pinterest.

Las amalgamas no era inusuales en las farsas y se asociaban con nuevos ricos, que necesitaban demostrar su riqueza vistiendose con lujosas telas, brocados y cualquier cosa que pareciese cara. También era un síntoma de un gusto pésimo. Las amalgamas más corrientes estaban compuestas por una mezcla de aristócrata francés, estilo morisco, un toque renacentista, una influencia Tudor… Muchas veces, las damas optaban por el estilo masculino.

La Casa Victoriana os envía sus mejores deseos para que disfrutéis de estos divertidos días de Carnaval.

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Cuadro de Francesco Guardi

 

¡Bienvenido, enero!

Comenzamos con nuestro calendario mensual para 2019.
Este año lo dedicaremos a damas y flores🌹
Estrenamos enero con esta maravilla pintada por Emile Vernon, titulada Elegant Lady With A Bouquet Of Roses.
Esperamos que sea de vuestro agrado❤️

¡Bienvenido, diciembre!

Damos la bienvenida a diciembre con nuestro último calendario de este año dedicado a damas y lectura.

El cuadro que ilustra este mes es Girl Reading, pintado por Alfred Emile Leopold Stevens, en 1856.