Moda masculina

Cuando hablamos de moda en el siglo XIX siempre pensamos en esos maravillosos vestidos victorianos, engrandecidos con sus crinolinas y polisones, con cinturas de avispa moldeadas por corsés y preciosos sombreros engalanados con encajes, flores y plumas.

Pero pocas veces nos acordamos de la moda de los caballeros que ofrecían su brazo a las damas, vestidos con franela y tweed, lana y terciopelo – incluso La Casa Victoriana ha retrasado demasiado esta merecida entrada porque la moda masculina, en el siglo XIX, fue realmente destacable.

Fue a comienzos del siglo XIX cuando un caballero inglés llamado Beau Brummel cambió  el modo de vestir de los hombres e inculcó en ellos el concepto de moda masculina.

Su forma de vestir no pasaba inadvertida: camisa blanca con el cuello levantado, rodeado por un pañuelo con lazada , habitualmente de color blanco inmaculado, chaleco corto, pantalones largos muy ajustados- diferentes de los breechers o pantalones a la altura de la rodilla, tan populares en el siglo XVIII-  y chaqueta de doble botonadura de bronce con faldón trasero. Los colores verde, azul, marrón, negro, gris, marrón y los tonos bronce eran los preferidos.

Aunque los pantalones también se llevaban con zapato plano con hebilla, Brummel prefería combinarlo con botas perfectamente lustradas (la leyenda dice que las abrillantaba con champán).

Para finalizar este outfit, lo más apropiado era acompañarlo con un sombrero de copa y como complemento un bastón de paseo.

No utilizaba ningún tipo de fragancia o perfume ya que, contrariamente a los hombres y mujeres de su época, presumía de asearse diariamente.

Caricatura de Beau Brummell Robert Dighton1805
Caricatura de Beau Brummel por Robert Dighton 1805

 

El estilo Brummel fue tendencia hasta mediados de los años 30, cuando la moda masculina se volvió más sobria y definió la elegancia con conceptos más discretos que los de Brummel, incluyendo un cambio en la actitud que se tornó mucho más mesurada, cediendo todo el protagonismo a las damas.

Aunque las prendas básicas, camisa, chaleco y pantalón largo se mantuvieron, los colores se oscurecieron, siendo la paleta de grises la más utilizada. El cambio más sustancial en la moda masculina se produjo en el corte de las camisas y los abrigos y chaquetas.

La camisa dejó de ser una liviana casaca ajustada con un pañuelo al cuello para transformarse en una prenda perfectamente cortada adornada con elegantes corbatas y pajaritas. La prenda que cubría la camisa se denominaba coat, aunque en realidad era un chaleco de botonadura sencilla.

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Victorian morning coat

Diferentes diseños de chaquetas y abrigos estuvieron de moda durante el siglo XIX, sin que ninguno de ellos fuera más tendencia que otros. A diferencia de lo que sucedía con la moda femenina, la moda masculina se ceñía más a lo qué “era adecuado llevar” según la ocasión y no a lo que estuviera de moda.

Así, los caballeros usaban morning coats, chaquetas largas de excelente corte, con botonadura simple y sencilla en su diseño que se abotonaba hasta la cintura, con botones sin brillo o forrados en tela en contraste al color de la chaqueta. Estas chaquetas eran cortas por delante y largas por detrás.

La levita o frock coat, era una chaqueta larga con apariencia de abrigo más que de chaqueta. Tenía doble botonadura y normalmente llevaba las solapas de cuello en contraste, del mismo color pero en diferente tejido. Estaba realizada con materiales gruesos como lana o tweed y, dada su elegancia, se utilizaba en ocasiones especiales.

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Levita o frock coat

La chaqueta Norfolk, cuyo nombre no está muy claro si proviene del condado de Norfolk o del propio Duque de Norfolk, fue concebida para las jornadas de caza, aunque se convirtió en la prenda favorita de los jugadores de golf y los ciclistas. Se puso de moda alrededor de 1860 y era una de las prendas predilectas del Príncipe de Gales y su círculo de amistades.

Su estilo elegante pero informal a la vez, con cinturón o medio cinturón,sus pliegues en el pecho y espalda, sus grandes bolsillos laterales y su llamativo tejido de tweed en tonos marrones hicieron de la Norfolk la chaqueta de moda para las jornadas deportivas.

Esta prenda se complementaba con una gorra con visera y pantalones del mismo tejido y color recogidos en las rodillas, generalmente por botas o botines con medias altas.

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A la izquierda un box coat y a la izquierda un chaqueta Norfolk

La box coat era una chaqueta de corte muy clásico, similar a las de los trajes actuales. Esta chaqueta podía ser de doble o simple botonadura y se acompañaba tanto de corbata como de pajarita y con y sin chaleco. Era de uso diario, diseñada para la funcionalidad más que para el lucimiento.

A lo largo de la segunda mitad del siglo aparecieron muchos diseños similares, como la lounge jacket y la lounge suit jacket, chaquetas de largo hasta la cadera, con botonadura simple, no siempre del mismo diseño y color que los pantalones a las que complementaban.

Con estas chaquetas los caballeros no usaban sombrero o bien las complementaban con sombreros de homburg o de fieltro como los de la ilustración anterior.

El abrigo Chesterfield triunfó entre los caballeros por su versatilidad, ya que combinaba la funcionalidad de una lounge jacket y la elegancia de una levita. Por este motivo era usado tanto con sombreros de fieltro o con sombreros de copa. Su botonadura era simple o doble, con bolsillos o sin ellos, pero siempre con un corte muy elegante.

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Diferentes maneras de lucir un abrigo Chesterfield

 

Para las ocasiones muy formales se utilizaban los gabanes o greatcoats, abrigos largos con el cuello y las solapas y , algunas veces, los puños ribeteados con piel. Los greatcoats eran abrigos muy elegantes con los que el caballero llevaba pañuelo de seda a modo de corbata, sombrero de copa y bastón de paseo. Debajo del greatcoat podían usar una levita o incluso un abrigo Chesterfield.

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Gabán o Greatcoat

 

La capa Mackintosh fue un impermeable muy popular que debe su nombre al inventor escocés del tejido, aunque fue el cirujano James Syme quien reclamó ser el verdadero inventor, argumentando que Mackintosh sólo se limitó a copiar y patentar su invento.

La Mackinstons, cuya característica principal era la sobrecapa que caía hasta la altura del codo tenía la apariencia de un abrigo y se utilizó no sólo como prenda de vestir sino, gracias a su impermeabilidad, como atuendo de los agentes de policía que pasaban muchas horas a la intemperie. Se acompañaba de un sombrero  homburg o un bowler hat (tipo bombín) y el inevitable paraguas negro.

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Impermeable Mackintosh

Otro tipo de capas muy populares en la época fueron las Inverness, una prenda que se comercializaban en dos estilos: uno más informal sin solapas, con o sin capucha, y en tela de tweed de colores marrones o cobrizos, que se combinaba con un deerstalker o gorro de cazador, atuendo popularizado por el genial detective Sherlock Holmes, y otro más formal y elegante con solapas, combinado con sombrero de fieltro y confeccionado con materiales de mayor calidad y colores más sobrios como la paleta de grises.

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Capa Inverness con capucha

El Ulster overcoat fue otra de las prendas más usadas a finales del siglo XIX. Debe su nombre a un tipo de abrigo, tipo sobretodo, que utilizaban los hombres en algunas provincias de Irlanda del Norte, prendas gruesas y largas para protegerse del frío con  puños, solapas y una capa superpuesta con una longitud hasta el codo.

Tenía una versión más corta y ligera bautizada como ulserett.

La versión del overcoat que llegó a las calles de Londres era un versión refinada y elegante de las prendas irlandesas.

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Ulster overcoat

La moda masculina del siglo XIX fue rica también en complementos como sombreros o zapatos. Dejaremos estos complementos para una nueva entrada sobre moda.

Victorianos en la mesa

The Essential Handbook of Victorian Entertaiment es un pequeño libro tan interesante en su contenido como prolíficamente ilustrado por el inimitable Charles Dana Gibson.

Publicado en 2005 por Bluewood Books y adaptado por Autumn Stephens, el libro es una guía de buenas prácticas para organizar con éxito desde un tea party, cenas, veladas de negocios o entretenimiento en el hogar, con la garantía de que ni una sola de las estrictas normas sociales victorianas serán dejadas al azar.

La vestimenta requerida, la posición de los invitados en la mesa, el diseño, tamaño y redacción de las tarjetas de invitación, aceptar o rechazar la invitación, los temas y juegos más adecuados para cada ocasión…todo tiene cabida en este libro, que hace referencia a cada cuestión de un modo fidedigno, pero sin olvidar el tan necesario sentido del humor.

En resumen, este librillo sería la guía que todo anfitrión y anfitriona debían conocer para resolver con éxito cualquier situación social por complicada que fuera.

Algunas de estas normas son del más simple sentido común, aunque otras quizás nos puedan sorprender, ya que lo que es correcto o no, socialmente hablando, ha cambiado mucho a lo largo de los siglos.

En esta entrada vamos a centrarnos en el comportamiento que un victoriano debe tener en la mesa durante una cena con invitados.

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Cómo vestirse

Se aconseja para la anfitriona telas suntuosas y  de calidad, pero de colores tenues. Nunca se debe eclipsar a las invitadas.

La mejor elección para una mujer joven sería un vestido de seda en negro o colores oscuros, con cuello y mangas de fino encaje y joyas sencillas. Una anfitriona de más edad podría usar terciopelo, satén o encajes.

Las invitadas acudirán con trajes menos llamativos que para ir a la ópera o a un baile, pero sin perder la elegancia. En invierno se recomienda terciopelo y seda. En verano se podrán vestir telas ligeras y seda.

Ninguna dama debería vestirse con ropas no acordes con su status social. Sería considerado como el mayor de los errores y una increíble falta de gusto.

Aunque las costumbres se fueron relajando, exponer los brazos y el cuello era considerado como una falta de corrección. Cubrirlos con un ligera muselina era una buena opción.

En la elección del color hay que tener en cuenta que un vestido muy adecuado para la luz del día, quizás no resulte adecuado para su exposición a la luz de gas.

En el caso de los caballeros la elección es sencilla: la ropa, tanto de anfitrión como de invitados, consistía en pantalones, chaleco y chaqueta negros y corbata, camisa y guantes blancos.

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El delicado arte de la conversación

Una conversación de tono amistoso es ideal para cualquier fiesta. Esa conversación debe ser alegre y relajada.

Las reglas de la educación nunca pueden ser contrarias a los principios morales: lo que no puede considerarse educado no puede considerarse moral: nadie tiene derecho a ofender al resto de los comensales con malos modales o falta de educación.

La conversación debe ser general, aunque cada comensal debe sentirse obligado a entretener a su compañero o compañera de mesa.

Es posible que a la cena asistan invitados a los que un asistente a la cena nunca invitarían a su fiesta, pero si coinciden en una cena ofrecida por otros, es obligación de todos comportarse de un modo civilizado y cortés.

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Temas que deben ser evitados

No se debe expresar citas en latín o griego si sospechamos que el resto de los invitados desconocen las lenguas clásicas.

No es correcto hablar de temas médicos ni relacionados con enfermedades. Tampoco con ningún tema que consideremos inapropiado y que pueda de algún modo herir la sensibilidad de los comensales.

No se debe presumir del hecho de tener amistades pudientes, distinguidas o de sangre azul.

El jactarse de los viajes que se han realizado al extranjero, enumerándolos para procurar la envidia de los que no han podido viajar, se considera de un gusto  dudoso.

No es educado hacer comentarios sobre cualquier tema que pueda, directa o indirectamente, conducir a una discusión u ofender a cualquiera de los invitados. Por este motivo la política y la religión deberían ser cuidadosamente evitados.

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La etiqueta en la mesa

Hay que comer lentamente; según el código victoriano este sencillo gesto ayudará a mantener una buena salud y al mismo tiempo a comportarse con educación en la mesa.

Una persona educada trata a los camareros o al servicio con una educación exquisita, respondiendo siempre un “No, I thank you” o “If you, please”. Tratar con displicencia a las personas que sirven la mesa dan una imagen pésima de los invitados o los anfitriones.

Unas ligeras alabanzas a la presentación y sabor de los platos, enorgullecerá a los anfitriones. Se debe huir de las exageraciones o elogios excesivos, esta actitud podría restarle sinceridad al elogio.

Hay que comer y beber con moderación; esto no sólo mejorará la salud sino que evitará el amodorramiento posterior a la comida, provocando una actitud poco deseable para la larga sobremesa y los entretenimientos que los anfitriones tengan preparados.

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Actitudes que se deben evitar

Si se encuentra algo desagradable en plato, como un cabello en el pan o una mosca en el café (ambas son frases que aparecen en la guía) no se deben hacer comentarios. Simplemente se apartan a un lado sin hacerlo notar públicamente. Sería descortés hacer que el resto de los comensales se sintiesen asqueados.

Nunca se debe hacer mención a la palabra “milk”, aunque se sirva leche. La palabra elegante es “cream” y así se debe nombrar.

No se debe dudar que escoger cuando te ofrezcan un plato. También se considera poco cortés no coger la última rebanada de pan o de pastel y dejarla en la bandeja.

No es correcto llevarse comida de la mesa, aunque se cambie de habitación para hacer otra actividad. Del mismo modo nunca hay que abandonar la mesa a menos que sea a causa de una urgencia.

gibson 6Situaciones que deben ser especialmente evitadas por las damas

En el caso concreto de una dama todos los detalles deben ser cuidados al máximo: la imagen, la conversación, la actitud…Como comer la sopa o qué hacer con el hueso de una cereza podrían ser indicativo de la verdadera clase social de una dama. Incluso su elección del vino, o como comer los guisantes harían que la imagen de una mujer se resintiera de tal forma que no fuese invitada a otras cenas.

Si a una dama se le ofrece una copa de vino, se considera extremadamente descortés no aceptarlo. Cuando el vino le sea servido, hará un pequeño brindis con una sutil inclinación de su copa mientras mira a la persona que la ha invitado y lo acercará a sus labios tomando un sorbo apenas perceptible.

No está bien visto que una joven beba más de dos copas de vino durante la cena, aunque las mujeres casadas podían tomar cinco o seis copas sin ser juzgadas negativamente.

Ninguna dama debería utilizar guantes en la mesa.

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Situaciones que deben ser especialmente evitadas por los caballeros

La limpieza de las manos y las uñas es fundamental. Se considera un gran insulto que un hombre acuda con las manos sucias o descuidadas.

Cuando se trae un plato a la mesa, el caballero debe estar atento para no servirse si la dama que está sentada a su lado aún no ha sido servida. En ese caso debe servirla.

Los caballeros deben tener especial cuidado con el vocabulario y las formas en la mesa, y prestar siempre atención a las damas.

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Deberes de los anfitriones

Una buena anfitriona será siempre agradable y atenta, incluso en los momentos más delicados. Tendrá que ser capaz de no pestañear ni hacer un mohín de desagrado cuando algún invitado por accidente rompa la porcelana o las  copas de fino cristal que han pertenecido a su familia durante generaciones, o derrame su café sobre la elegante mantelería.

Por el contrario, llamará al servicio para que solucione el accidente lo antes posible, sin perder la sonrisa ni hacer que el invitado se sienta culpable.

Será la encargada de atender a los invitados y evitar que ninguno de ellos se sienta incómodo. Por ejemplo, si alguno de ellos comiese más lento que el resto de los comensales. La anfitriona también se demoraría en terminar su plato para no provocar que el comensal tuviese que apresurarse, al decatarse de que todos había terminado.

Nunca se enorgullecerá de una cena exitosa ni se disculpará de las posibles deficiencias que haya tenido.

Si la anfitriona es madre evitará que los niños aparezcan en el comedor.

Será la encargada de controlar la duración de la cena: dos horas serán adecuadas, más de tres horas se considerará demasiado larga. La anfitriona será la primera en levantarse para dar por concluida la velada.

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El anfitrión debe contribuir al entretenimiento de los invitados y a mantener la conversación dentro de unos derroteros de amabilidad y la calidez, atendiendo, sin hacer distinciones, a todos y cada uno de los invitados.

Normalmente la carne y las aves ya llegan cortadas y trinchadas a la mesa, pero si se siguiese la costumbre tradicional, sería el anfitrión el encargado de hacerlo, por lo que debería tener una buena técnica para hacerlo.

(Todas las imágenes de esta entrada son obra del inigualable ilustrador norteamericano Charles Dana Gibson, creador de una mujer americana moderna con un característico peinado que fue denominada Gibson Girl)

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Cosmética Victoriana

“The number of languid, listless and inert young ladies who now recline upon sofas is  a melancholy spectacle; it is but rarely that we meet with a really healthy woman

The Women of England, Elizabeth Ellis

Durante el Romanticismo, las mejillas sonrosadas naturales o fruto del maquillaje dieron paso a una moda donde una enfermiza palidez se convirtió en un extaño sinónimo de belleza juvenil.

Si una joven no era lo suficientemente afortunada para mostrar en su cara los síntomas de haber sufrido por amor, lo cual se consideraba un aspecto glamuroso, estaba dispuesta a hacer cual cosa para conseguirlo, desde beber vinagre para procurarse una palidez sepulcral, a pasar las noches en vela sollozando con poemas de amor. Además podía conseguir una mirada ligeramente ausente poniendo unas gotas de belladona en sus ojos. Esta planta recibía su nombre por su capacidad de proporcionar una imagen bella de la mujer, dilatando sus pupilas, limpiando la mirada y dotándola de un aire poético y romántico.

Los efectos secundarios de la belladona eran devastadores, causando ceguera y parálisis. Otras sustancias utilizadas para la piel y los labios , como el óxido de zinc, el mercurio, el antimonio y el sulfuro de plomo eran utilizadas en productos de belleza , provocando graves problemas de salud a largo plazo.

Desgraciadamente, el aire ausente y supuestamente romántico que les proporcionaba a las jóvenes llegó a estar tan de moda, que cualquier riesgo era pequeño comparado con el glamour de un aspecto enfermizo y de deliberada tristeza.

Jane Austen, siempre adelantada a su tiempo, marcó un antes y un después en la nueva imagen de la mujer con la descripción admirativa que Mr Darcy hacía de Lizzie Bennet, donde destacaba su naturalidad, su frescura y su aspecto saludable después de su caminata de casi tres millas en Orgullo y Prejuicio, sugiriendo que no había nada mejor para el aspecto de una mujer que el aire libre y el ejercicio.

Esta mujer tenía una tez sonrosada, un aspecto natural y una expresión risueña, incluso un poco infantil. Una belleza saludable muy alejada de la palidez enfermiza.  Según los nuevos manuales de belleza, una mujer bonita debía mostrarse tal y como era, ya que las pinturas y ungüentos sólo servían para estropear sus rasgos naturales; una mujer bella no necesitaba en absoluto del maquillaje para agradar.

Pronto, como en todas las modas, apareció un icono de belleza que era un compendio de todas esas virtudes: Miss Maria Foote, una actriz más reconocida por su aspecto y su apariencia que por sus méritos artísticos.

Miss Maria Foote, actriz

La rígida moral victoriana comenzó a asociar el maquillaje como un signo de vulgaridad propio de cortesanas y prostitutas, y por ese motivo, ninguna mujer que se considerase elegante y decente debía utilizarlos.

Para tratar de disimular sus imperfecciones y mostrar un rostro fresco, de piel de porcelana y mejillas rosadas, las mujeres comenzaron a acudir a los remedios y productos naturales. Los kitchen gardens, o huertas caseras, proporcionaban todo lo que una joven necesitaba: lavandas, rosas y lirios para obtener agua de perfume, almendras para extraer su aceite, cera para amalgamar los preparados y conseguir nutritivas cremas, limones mezclados con clara de huevo o crema de leche y azúcar como exfoliantes y purés de pepino para obtener mascarillas.

Lola Montez, más tarde Condesa de Lansfeld, c.1836

Y de nuevo, esta nueva corriente de belleza natural estaba representada por un nuevo modelo al que imitar, Eliza Rosanna Gilbert, actriz y bailarina irlandesa, famosa por sus actuaciones como bailarina española con el nombre artístico de Lola Montez. La artista, más conocida por sus escándalos en las cortes europeas que por su calidad interpretativa, poseía 26 de las 27 características consideradas esenciales por los manuales de belleza de la época, para tener una belleza perfecta, las llamadas three times nine.

Pero la misma sociedad victoriana que animaba a las mujeres a dejar su cara limpia de maquillaje, convirtió la fabricación y venta de cosméticos en un floreciente negocio que proporcionaba un sinfín de beneficios a empresas y particulares, que se anunciaban en prestigiosos periódicos y revistas.

Ninguna mujer decente reconocería su uso, pero el ansia por estar atractivas las llevó a usar pociones y pomadas que les proporcionaban discretamente sus médicos o boticarios, con formulaciones propias, o bien adquirían a compañías británicas o extranjeras cuyos productos eran enviados por correo.

Mujeres de todas las edades no dudaban en probar todo tipo de cremas, sin garantía médica y que los avariciosos fabricantes comercializaban sin ningún tipo de prueba previa. Sustancias como el arsénico, el mercurio o el bismuto pasaron a ser ingredientes destacados de todo tipo de lociones de belleza, y, a pesar de que muchos médicos avisaban de los peligros de parálisis facial, amarilleo y acartonamiento de la piel, pocas eran las que abandonaban su uso. Cualquier riesgo era mínimo ante el objetivo de estar atractivas en todo momento.

A mediados del siglo XIX,  la cruzada pública – que no privada – contra el maquillaje era más intensa que nunca. Se defendía una imagen femenina sin rastro de crema o pintura y un aspecto saludable, casi rollizo. La imagen fresca y aniñada fue sustituída por una más modesta y fácil de ser copiada: la de una dama no tan joven, que irradiaba salud y la felicidad que le proporcionaba el cumplimiento de sus deberes conyugales y familiares.

Al más puro estilo de la Reina Victoria, paradigma de la auténtica dama y modelo a seguir por los victorianos, las mujeres como Madame Montessier representaban perfectamente esta idea.

Madame Montessier, pintada por Ingres

Esta prohibición moral del uso de la cosmética y el deseo de obtener la belleza que la genética no había proporcionado fuera cual fuera el precio a pagar, hizo que embacaudores y charlatanes se aprovecharan de las damas cuyo máximo deseo en la vida era estar radiante para lograr un matimonio ventajoso, o en todo caso, un marido.

Una de las consejeras de belleza más famosas de la época fue Madame Sarah Rachel Leverson, más conocida como Madame Rachel. Su salón estaba en el número 47 de New Bond Street y por ella pasaban las damas más destacadas de la sociedad londinense. Su método de venta directa, sin intermediarios, proporcionaba a las damas productos supuestamente milagrosos, elaborados según formulaciones propias, además de consultas personalizadas para aconsejar a las damas sobre cuáles eran los tratamientos más adecuados para cada necesidad.

A su salón llegaban acaudaladas damas, en lujosos carruajes y cubietas con tupidos velos para no ser reconocidas – no olvidemos que una dama bella por naturaleza no necesitaba artificios para brillar y que además la cosmética era cosa de mujeres mundanas.

Se decía que entre sus más destacadas clientas de estaban la Reina Victoria y la Empreratriz Eugenia de Francia. Fuera cierto o no, Madame Rachel alentaba los rumores para dar más popularidad a su negocio y poder cobrar precios desorbitados por productos con nombres exóticos, que no pasaban de ser agua perfumada o cremas inocuas, en el mejor de los casos, o productos altamente tóxicos en otros.

Pero el verdadero negocio de esta mujer no estaba en la venta de cosmética: sibilinamente se aprovechaba de la ingenuidad de sus preocupadas clientas para que les contara secretos íntimos, chismes de la sociedad y cualquier hecho del que ella pudiera sacar provecho mediante un posterior chantaje.

Ninguna de las damas acudía a la policía por miedo a que su secreto fuera revelado y a ser víctima de la burla pública por acudir a una consejera de belleza. Todas cedían al chantaje de la mujer que les había prometido que con su ayuda serían Beautiful For Ever, como rezaba el eslogan de su negocio.

Fue finalmente la viuda de un oficial del ejército indio, a quien Madame Rachel había enredado para que se carteara con un aristócrata inglés, presuntamente enamorado de ella, quien la denunció, al descubrir el engaño, verse expuesta al escarnio público y  privada de la herencia que le correspondía.

El reinado del fraude de los productos de belleza supuestamente exóticos y carísimos, que prometían milagros de belleza en pocas semanas, terminaba con un escándalo de chantajes y mentiras, cuya cabeza visible fue Madame Rachel y su negocio.

O quizás nunca terminó, sino que se fue reinventando a lo largo de los siglos hasta nuestros días y otras Madame Rachel siguen ganando dinero a costa de crear inseguridades femeninas.

La época Victoriana no está tan lejana…

La fuente de gran parte de esta entrada en un interesante librito sobre el uso de la cosmética desde el siglo XVI hasta los años 50, escrito por Sarah Jane Downing y editado por Shire Library. Ameno, fácil de leer y profusamente ilustrado con iconos de belleza de todas las épocas.

Podría segurar casi al 100% que no está editado en español, pero merece la pena disfrutar del trabajo de Downing en su edición original.

Moda Victoriana: Ropa Femenina

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En primer lugar, me gustaría daros las gracias a todos y a todas por la gran acogida que le habéis dispensado a la entrada sobre Edgar Allan Poe y su obra El Cuervo. Me he sentido desbordada por el número de visitas y sobre todo muy halagada por las reseñas sobre el blog que han aparecido en otras bitácoras y páginas relacionadas o no con la estética y la cultura victoriana.

Por primera vez, desde su apertura, La Casa Victoriana se convierte en una casa de modas, en un desfile que hará un breve recorrido por la moda femenina y masculina del siglo XIX, sus sombreros, zapatos, corbatas y ropa interior.

En la red hay muchas y muy buenas páginas relacionadas con la moda victoriana con abundante y detallada información por lo que aquí condensaré con breves pinceladas y definiciones un siglo de moda masculina y femenina, intentando exponer de forma breve una de las características destacadas de una sociedad que descubrió en la moda no sólo un mero vehículo estético sino que utilizó ésta como método diferenciador entre las clases sociales.

Modistas, sastres, casa de moda, los primeros diseñadores y desfiles y por supuesto los comerciantes vieron en la pasión por la moda un gran negocio, lo que ayudó a crear el germen del desarrollo de industria textil en el siglo XX.

Comenzamos haciendo un breve resumen por la moda femenina desde principios de siglo hasta los albores del siglo XX.

Alrededor de 1800 el estilo de vestido que estaba en boga en Europa era el denominado estilo imperioempire gown– más identificado con el periodo de la Regencia que con la Era Victoriana.

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El diseño era sencillo, con la cintura muy alta, anudada bajo el pecho, sin marcar la figura, con un largo hasta los tobillos dejando ver los pies. Las mangas cortas tipo farol o largas ajustadas. Bajo el vestido, elaborado con telas muy finas como la muselina, se usaban ligeras enaguas de algodón y una especie de sostén llamado zona para sostener el pecho.

Para protegerse del frío las damas utilizaban abrigos de lana fina; uno de los modelos más utilizados era una chaquetilla corta del tipo torera, habitualmente con mangas abullonadas y doble botonadura. En otras ocasiones los vestidos se cubrían con chales – shawls.

Los mobcaps o cofias de algodón blanco tan populares en el siglo XVIII y los primeros años del XIX utilizados para cubrir la cabeza en el interior del hogar y posteriormente utilizados por el servicio, fueron paulatinamente evolucionando hacia los bonnets, un sombrero de ala ancha que se ataba con una lazada bajo la barbilla. El bonnet se confeccionaba en varios estilos : el cottage bonnet un bonete tipo campesino, hecho de paja y adornado con sencillez, el sun bonnet, más ancho para proteger la cara de los rayos solares, el drawn bonnet, un gorro más elegante y elaborado, típico de las damas victorianas de ciudad, el poke bonnet, o bonete con un velo muy fino que cubría el rostro y el elaborado y recargado tall-crowned bonnet, con la parte posterior más alta y muy ornamentado con flores, lazos y telas. Los materiales utilizados para confeccionarlos eran terciopelo, satén, algodón, gasa y paja.

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A medida que avanzaban los tiempos y la sociedad industrial adquiría un mayor nivel adquisitivo, los trajes fueron haciéndose más recargados, con vistosos bordados, telas llamativas y caras como el terciopelo y la seda de colores,  mientras que lazos y azabaches dotaban de un espectacular acabado a trajes como los flounced dresses, vestidos de faldas de capas o volantes. Estos vestidos, contrariamente a los empire gowns, eran muy ajustados al cuerpo, de mangas largas marcando la cintura con chaquetas estrechas y ceñidas a la cintura. El amplio vuelo de las faldas se conseguía con enaguas de aros o crinolinas. Su longitud era larga, sin dejar ver los pies de las damas.

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Fueron también muy populares en esta época los vestido de princesa, princess dress, largos, de una sola pieza con un cuerpo ajustado y una falda con crinolina. Una característica distintiva del vestido era su botonadura que iba desde la parte superior hasta los pies.

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Hacia la segunda mitad del siglo, sobre 1870 un nuevo estilo de vestido se hizo muy popular: el hourglass dress. Su forma de reloj de arena con un cuerpo muy ceñido, destacando el busto y la cintura para hacerse más ancha en las caderas la proporcionaba no sólo el vestido sino también los corsés que tan de moda se pusieron – y tantos problemas de salud le causaron a las mujeres.

Para acentuar aún más la estrechez de la cintura, el vestido se ancheaba en las caderas y a la altura del trasero con la ayuda de un polisón.  El vestido era largo y se estrechaba a la altura de los tobillos, lo que hacía difícil caminar. Para complicar aún más las cosas hacia 1880 el vestido se hizo más largo, y el polisón y la falda incrementaron su tamaño, pero con el corsé lo más apretado posible para contrastar pecho, cintura y cadera, creando una figura casi imposible.

La similitud de la figura de la mujer con un reloj de arena hizo que a este tipo de vestido se le llamara hourglass figure dress.

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Los materiales utilizados eran sedas, satén y bordados para las ocasiones formales y lana, algodón y terciopelo para los paseos. Los sombreros eran pequeños, de ala corta pero muy recargados en sus adornos, con plumas, guirnaldas e incluso ¡pájaros!. De hecho fue famosísimo el denominado bird’s nest hat, sombrero nido de pájaro, por llevar en su parte superior uno o dos pájaros en sus nidos – no vivos, of course!

Por esta época y como complemento de la ropa de fiesta se pusieron de moda los turbantes de seda, adornados con joyas, plumas y flores, influenciados por la cultura hindú.

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En la última década del siglo, la mujer comenzó a liberarse poco a poco de las incomodidades de los polisones y las crinolinas, sustituyéndolas por simples enaguas y pantaloncitos o drawers más adecuados para usar trajes más cómodos y prácticos. La mujer comenzaba a incorporarse paulatinamente al mundo laboral administrativo y necesitaba libertad de movimientos.

Las vistosas exageraciones de mitad de siglo dieron paso a trajes con twill walking skirts, faldas circulares, ceñidas con un cinturón y acampanadas en la parte inferior, ligeramente más cortas que sus antecesoras, dejando ver sus botines.

Completaba el vestuario de esta nueva mujer una blusa de cuello alto y mangas abullonadas y una chaqueta corta y ajustada. La cabeza se cubría con un sencillo sombrero pequeño y poco adornado o por un simpático sombrerete de paja de nominado straw sailor hat, únicamente engalanado con un lazo o una pluma pequeña.

Los complementos más utilizados por las mujeres victorianas eran los parasoles y los pequeños bolsos, tipo bombonera, drawstring hangbag, adornados con azabaches y hechos de satén y terciopelo, con elaborados bordados, abanicos y mutones, fur muffs.

Como hemos visto poco a poco el proceso de revolución industrial y la incorporación de la mujer a la vida social más allá de la anfitriona casera y madre de familia fueron moldeando los diseños de la moda a través de los años, pero también creando un nuevo modelo de negocio muy lucrativo, que no ha dejado de crecer en los siglos sucesivos.

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El Caso Yelverton

El Caso Yelverton – conocido en inglés como The Yelverton Case o The Yelverton affair- fue la consecuencia de uno de los romances más tempestuosos de la Época Victoriana, cuyas consecuencias no fueron sólo para los implicados sino que hicieron que los juzgados tuvieran que reinterpretar y crear sentencias sobre leyes no escritas pero comúnmente aceptadas por la sociedad.

Este caso ocupó las portadas de todos los tabloides británicos, convirtiendo a sus protagonistas en personajes tremendamente populares, por los que la sociedad tomaba partido ofreciéndole sus simpatías u odios. Incluso grandes escritores de la época, como Wilkie Collins,  se inspiraron en el caso de Theresa  y William Yelverton para sus novelas.

En 1852, la joven de 19 años Maria Theresa Longworth conoció en un barco al Mayor William Charles Yelverton, Vizconde de Avonmore.  El encuentro entre ambos podría clasificarse como un flechazo, sobre todo por parte de la joven Theresa que se sintió fascinada por las maneras del Mayor, enamorándose perdidamente de él.

A su regreso a Irlanda, el Mayor Yelverton mantuvo el contacto con Theresa, iniciando una correspondencia que duró varios años; además la joven procuraba seguir al Mayor en sus destinos como soldado de la corona. El caso más llamativo de la pasión de Theresa fue cuando al inicio de la guerra de Crimea , donde tuvo que luchar William, la joven se enroló en el cuerpo de enfermeras para auxiliar a los soldados heridos en el frente y así poder estar cerca del destacamento del mayor.

Al regreso de la guerra, y ante la insistencia de Theresa, la pareja se casó siguiendo la Ley Escocesa de pronunciación de votos. Según la costumbre sólo era necesario que ambos contrayentes pronunciaran los votos de matrimonio ante la Biblia para estar legalmente casados.

Después del matrimonio Theresa y William compartieron casa en Edimburgo. Todos los amigos de ella conocían la relación pero William parecía reticente a mostrar a Theresa como su esposa ante su familia y amigos. La excusa del vizconde era la posible negativa de su familia a este matrimonio desigual, por lo que sería conveniente esperar para dar la noticia públicamente.

De vuelta a Irlanda y antes de que él volviera a partir con el ejército, Theresa insistió en que contrajeran matrimonio de una forma “más legal” en una ceremonia religiosa, ya que ella no se consideraba casada. El vizconde aunque reticente, pero accediendo a las peticiones de su esposa, accedió a celebrar el matrimonio en una iglesia irlandesa sin más testigos que el sacerdote católico que los casó. En esta ceremonia renovaron sus votos de matrimonio.

William volvió a pedirle a Theresa la máxima discreción y que siguiera manteniendo el matrimonio lo más en secreto posible.

Pero en uno de  sus viajes, William conoció a una joven de una familia noble y adinerada Emily Marianne Ashworth, hija del General  Sir Charles Ashworth, de la que no sólo se enamoró sino que con la que se casó.

Avisada por su hermano, Theresa se presentó ante William y exigió que respetara su matrimonio, a lo que este se negó en rotundo aludiendo a la invalidez de las ceremonias irlandesa y escocesa.

Lejos de resignarse a su suerte de mujer abandonada, Theresa Yelverton decidió luchar por sus derechos conyugales, reclamando ante la sociedad y ante la ley su condición de esposa legal de William Yelverton, y  todos sus derechos al título de Vizcondesa de Avonmore y a la fortuna de su esposo.

Para reclamar la invalidez del matrimonio, William Yelverton argumentaba dos razones: que el matrimonio escocés no era válido, pues no había testigos de la pronunciación de los votos, y que el matrimonio irlandés tampoco lo era porque legalmente no se podían celebrar matrimonios entre parejas que profesaran diferente religión, acusando al sacerdote católico de felonía.

Y, este fue, en realidad, un punto clave: Theresa era irlandesa católica y William era irlandés protestante.

La lucha de Theresa Yelverton porque se reconociera su matrimonio hizo de ella un personaje famoso, con posicionamientos a favor y en contra. Muchos la consideraban una mujer sin escrúpulos, casi una acosadora,  que persiguió al vizconde y lo presionó  para que casara con ella y lograr una buena posición social utilizando el chantaje emocional y la amenaza de escándalo público; para otros Theresa era una mujer engañada y abandonada, de la que se aprovechó William y a la que utilizó hasta que conoció a una rica heredera que le convenía más para ascender en su vida social y militar.

Los tabloides siguieron con inusual interés la noticia donde se mezclaban amor, sexo, bigamia, dinero, familias nobles y, sobre todo, esperaban una decisión de los jueces sobre la validez o no de las leyes vigentes.

Theresa perdió el primer juicio que resultó escandaloso por las declaraciones contrapuestas de la pareja con respecto a su vida marital antes del matrimonio irlandés: ella  sostenía que para ella el matrimonio escocés no tenía validez y por ello no compartió lecho con su marido hasta el matrimonio irlandés. William, cuyas declaraciones se consideraron muy poco caballerosas, declaró que él y Theresa compartieron cama desde el primer momento. Estos detalles que podrían parecer triviales para nuestros días supusieron un monumental escándalo en la sociedad victoriana.

Theresa Yelverton no se rindió e hizo frente al escándalo con orgullo y pese a haber perdido el primer juicio, reclamó de nuevo, llevando por segunda vez el caso a los tribunales. La joven volvió a perder, declarándose sus dos matrimonios no válidos y por tanto perdiendo el estatus de mujer del Vizconde.

Aprovechando la popularidad que le proporcionó el caso, Theresa Longworth (de nuevo adoptó su apellido de soltera) se dedicó a viajar por el mundo y a escribir relatos de los lugares que visitaba. William Yelverton continuó casado con Emily con la que creó una familia.

Independientemente de quien estuviera en posesión de la verdad y del posicionamiento que pudiese tener cualquiera del suceso  a la vista de los hechos, la realidad es que Theresa fue una mujer muy valiente reclamando la validez de su matrimonio ante los tribunales, enfrentándose a un hombre de una clase social muy superior y a una sociedad muy conservadora, en una época donde las mujeres se resignaban a su suerte.

Además, su reclamación causó una revisión por parte de los jueces, del modo en que se podría celebrar una ceremonia para que se considerara legal. El matrimonio escocés se consideró ilegal ante la ley, y el matrimonio entre contrayentes de diferente confesión religiosa generó un debate que ocupó muchos años de la Época Victoriana.

Lord y Lady Blessington

En todas las épocas de la historia han existido personajes, que por diferentes razones se convirtieron en un punto de referencia para sus contemporáneos, que vieron en ellos alguien a quien imitar ya que con sus actitudes, gustos o simplemente sus ropas creaban tendencia. Este es el caso de Lord y Lady Blessington, un matrimonio muy popular en el periodo conocido como Early Victorian, y del Conde D’Orsay con el que se relacionaron íntimamente.

Lord y Lady BlessingtonMargaret Power de soltera, Margaret Farmer, después de su primer matrimonio, o Marguerite Condesa de Blessington, nombre afrancesado y título que adoptó después de su matrimonio con el Conde de Blessington – fueron dos de los personajes imprescindibles en los salones de la alta sociedad victoriana, durante la primera mitad del siglo XIX.

Su relación con el Conde D’Orsay, conocido dandy de la época, hombre con un destacable encanto personal y no menos talento, dio pie a rumores, escándalos y envidias entre sus coetáneos. Su historia forma parte de la crónica no sólo social, sino intelectual de los inicios de la época victoriana.

Lord Blessington era un conde irlandés, descendiente lejano de los Estuardo escoceses, que había heredado propiedades en Irlanda y Escocia que le proporcionaban una magnífica renta anual.

Sus gustos extravagantes, de los que ya hacía ostentación desde edad temprana, y su pasión por el exhibicionismo se vieron aumentados por el hecho de recibir una cuantiosa herencia, convirtiendo su vida en casi un desfile, donde el conde siempre llamaba la atención por sus llamativos ropajes o complementos de ultimísima moda. En los salones victorianos el Conde de Blessington nunca pasaba desapercibido.

Su excentricidad hizo que se construyera un teatro en su hacienda irlandesa, en el cual se representaban obras teatrales. Estas obras eran representadas por compañías de actores londinenses contratadas especialmente para la ocasión.

El propio conde se mezclaba con los actores y actrices, pues le encantaba vestirse y “desfilar” con los ropajes más exóticos, desde príncipe oriental a emperador romano. El gran deseo del conde era “ser visto”, lo que se convirtió casi en una obsesión.

Tanto le gustaba la vida del escenario que pidió en matrimonio a una bella actriz de la época Mary Campbell Brown; ante la imposibilidad de casarse, pues ella ya lo estaba, decidieron vivir juntos, con el consiguiente escándalo entre la alta sociedad victoriana, y  tuvieron dos hijos, considerados ilegítimos por la ley. Cuando el marido de ella murió, se casaron y Mary se convirtió en la Condesa de Blessington, dando a luz, poco después, a los dos únicos hijos considerados legítimos del matrimonio: una niña, Harriet, y un varón, el heredero del título de conde.

Poco duró la felicidad del matrimonio, pues Mary Campbell murió al poco tiempo y a la muerte de ella le siguió la de su hijo legítimo, dejando al conde viudo a la edad de 40 años y sin un heredero para el condado de Blessington.

Pero ni siquiera la tristeza aplacó los deseos de exhibicionismo y de llamar la atención del Conde: se gastó en la ceremonia fúnebre de su mujer la exorbitante cantidad 4000 libras de la época, siendo el entierro de la esposa del conde uno de los acontecimientos más destacados y comentados del momento.

Pero poco le duró el luto al conde, que poco después estaba disfrutando de la agitada vida social londinense y derrochando su fortuna en caprichos cada vez más ostentosos. Fue en esta época en la que una bellísima mujer llamada Margaret Power, o Margaret Farmer, su nombre de casada, a quien ya había conocido hacía años, volvió a cruzarse en su vida.

Margaret Power era la cuarta hija de un terrateniente irlandés que encarnaba todos los vicios de la época: pendenciero, violento, bebedor y derrochador, que arruinó y aterrorizó a su familia hasta el día de su muerte.

En un baile del Regimiento de Infantería ,el capitán Maurice St.Leger Farmer, conocido entre sus compañeros por su carácter violento e intratable,  se encaprichó de Margaret hasta la obsesión, aunque  en aquel momento sólo tenía catorce años. Ante la negativa de la joven a casarse con él, concertó un matrimonio directamente con su padre a cambio de dinero. Su padre, que vio no sólo la posibilidad de deshacerse de uno de sus hijos sino de ganar algo de dinero con ello, aceptó inmediatamente, por lo que la joven Margaret se vio obligada a casarse con el capitán.

En su vida de casada, Margaret sufrió todo tipo de crueldades por parte de su marido, tanto de tipo físico como psicológico, realmente más de lo que pudo soportar, por lo que regresó a casa de padres, donde a pesar de ser recibida con reproches se sentía a salvo de la violencia de su marido y con el suficiente dinero, que éste le había dado, para vivir dignamente.

Margaret pronto abandonó Irlanda y se mudó a Londres donde se encontró a algunas personas relevantes que había conocido durante su matrimonio en Irlanda. Además, la niña delgada y paliducha se había convertido en una bella dama con ambiciones artísticas y literarias. Pronto el viudo Lord Blessington quedó encandilado de Margaret Farmer, y a la muerte del marido de ésta, contrajeron matrimonio.

De la mano del Conde de Blessington, Margaret, ahora convertida en Marguerite, Condesa de Blessington, se introdujo en los salones y fiestas de la alta sociedad victoriana, donde pronto comenzó a destacar por su ingenio, su belleza y su estilo. Lady Blessington era el punto de referencia de las mujeres de la época en cuanto a moda y complementos, y todo cuanto la Condesa hacía o llevaba creaba rápidamente tendencia.

Pronto Lord y Lady Blessington se convirtieron en imprescindibles en cualquier acto de relevancia y sus fiestas en todo un acontecimiento. Lady Blessington, con su exquisito gusto, organizaba fantásticas veladas a las que acudían desde políticos a los artistas más relevantes del momento. Pero este estilo de vida conllevaba un gasto ingente y el conde se vio obligado a hipotecar parte de sus propiedades y a acudir a prestamistas.

Todo ello no hubiera sido necesario si los condes hubieran hecho una correcta administración de sus rentas. Pero al Conde le gustaba destacar en sociedad y vivir con todo tipo de excentricidades, y Lady Blessington lo apremiaba para organizar las más llamativas fiestas de Londres y ser la mejor de las anfitrionas, no en vano se había casado  con el conde a los 28 años y en la plenitud de su belleza no por amor sino para escapar de una vida miserable, ascender en la escala social y acceder a los salones victorianos de clase alta de Londres.

Pero Margaret pronto se aburrió de su marido, un hombre sin ninguna inquietud artística, y del ambiente londinense que dejaron de tener interés para ella. Así que le propuso al conde un viaje por Europa, a lo que él, siempre dispuesto a las novedades, accedió.

En una de las etapas de su viaje conocieron al Conde D’Orsay. Marguerite y D’Orsay se sintieron profundamente atraídos uno por el otro. Lord Blessington, por paradojas de la vida, se convirtió en un admirador del talento y el estilo de D’Orsay, un referente en moda masculina y estilo para todos los caballeros de la época. Tanta fue su admiración que le propuso, a cambio de la exagerada cantidad de 40,000 libras, un matrimonio con su hija Lady Harriet, una joven de 14 años, a lo cual D’Orsay accedió, a pesar de estar profundamente enamorado de Marguerite.

Se cree que la verdadera razón de la aceptación del matrimonio por parte de D’Orsay fue acallar el escándalo que su relación con Lady Blessington había provocado en la conservadora sociedad victoriana. Casándose con la hija tenía una excusa para estar cerca de la madrastra.

A la muerte de Lord Blessington, D’Orsay se vio obligado a seguir con su matrimonio, concertado y aparentemente no consumado, con la hija del Conde y a no poder vivir su relación con la viuda Lady Blessington. Algunos años después renunció a su mujer y decidió vivir definitivamente con Marguerite a pesar del escándalo.

La notable pareja, ella como la perfecta y elegante anfitriona, él como un oráculo de la moda y el estilo, pronto convirtió su hogar de Gore House en el punto d referencia de todos los artistas, intelectuales y notables de la época. Eran la pareja “fashionable” del momento y todos querían formar parte de su círculo de amistades.

Pero, a pesar de que D’Orsay era un pintor con talento  y Lady Blessington escribía novelas – su libro que ha pasado a la posteridad es Conversaciones con Lord Byron – las rentas de las que disponían no podía soportar todas las excentricidades y lujos con los que vivían, por lo que las deudas y los acreedores se acumularon pronto, viéndose obligados a vender sus obras de arte, porcelanas, volúmenes de su biblioteca e incluso sus muebles. La situación se volvió muy crítica y el Conde D’Orsay marchó a París para pedir ayuda a Luis Bonaparte del que siempre había sido fiel partidario. La ayuda llegó demasiado tarde.

Lady Blessington, la mujer que había sido la referencia del Londres más moderno e intelectual, murió arruinada en 1849; tres años, en 1852, después D’Orsay murió en París.

(Este post está dedicado a Laura, que de alguna manera me sugirió la idea para hablar de Margaret Farmer y de su influencia sobre las mujeres de la alta sociedad victoriana)

Amelia Bloomer

Aunque hoy en día muchos sólo recuerdan a Amelia Bloomer como la creadora de una moda revolucionaria en su época, los bloomers – conocidos en español como pantalones bombachos -, Bloomer fue también una incansable defensora de los derechos de la mujer en una sociedad para la que una mujer era sólo el pilar de la familia, y trataba de dejar en un segundo plano sus facetas culturales, creativas, políticas o trabajadoras.

Merece la pena conocer un poco más sobre esta sobresaliente mujer, que no sólo luchó por las mujeres desde un punto de vista social, sino que incluso intentó cambiar la rígida moda victoriana por prendas más cómodas y apropiadas para las diferentes actividades a las que la mujer se estaba incorporando.

La activista por los derechos de las mujeres, Amelia Jenks Bloomer nació en Homer, New York en 1818. Cuando tenía 22 años se casó con el abogado norteamericano Dexter Bloomer, quien la animó a defender sus ideas a través de su periódico The Seneca Falls Courier y a colaborar activamente en la defensa del sufragio femenino y los derechos de las mujeres a través de oranizaciones femeninas del área de Seneca Falls, llegando a participar en la famosa Seneca Falls Convention en 1848 (esta convención paso a la posteridad por ser la primera en la que se defendieron los derechos de la mujer en todos los ámbitos sociales y de la que salió el documento Declaration of Sentiments, donde se recogían los puntos fundamentales acordados en esa reunión)

En Enero de 1849, animada por Elizabeth Cady Stanton y Susan B. Anthony – otras defensores de los derechos de la mujer, comenzó a publicar su propio periódico The Lily, una publicación completamente dedicada a la mujer y a sus intereses y desde donde intentaba enfocar los temas femeninos – educación, disciplina, moda y sufragio – desde un punto de vista reformista, reclamando un papel más destacable e igualitario de la mujer en la sociedad.

En 1850. a través de su periódico, presentó un nuevo estilo de vestuario para las mujeres “activas” inspirado en los trajes tradicionales turcos. La presentación de sus pantalones para mujeres  provocaron una oleada de indignación entre la sociedad e insultos de la prensa – de hecho existe la expresión “making a bloomer “ que podría traducirse como meter la pata, cuyo origen fue la presentación de los citados pantalones y que toma el apellido de Amelia como parte de la expresión.

Estos pantalones eran como unas enaguas largas, flojas y ligeramente hinchadas que se estrechaban en el tobillo; sobre ellas iba una falda más corta que las habituales faldas victorianas. Aunque el diseño desde el punto de vista estético puede resultar discutible, lo cierto es que resultaban cómodos y fueron la antesala de los pantalones para uso femenino.

Fueron muchas las mujeres que se atrevieron a usarlos, a pesar de ser ridiculizadas y de las burlas que tuvieron que soportar; algunas los usaban por el convencimiento de que representaban un avance para la comodidad de las mujeres lejos del encorsetamiento que imponía la moda victoriana; otras lo hicieron por reivindicación, usando los “bloomers” como un símbolo de la igualdad de  derechos de la mujer.

Pero fueron las feministas las primeras en dejar de usarlos, ya que pensaron que los bloomers estaban desviando la atención de sus reivindicaciones  y tenían miedo no ser tomadas en serio por sus ideas.

Así, el bloomerismo – termino acuñado en la época para denominar esta moda – fue perdiendo adeptos, pero sorprendentemente volvió para convertirse en todo un fenómeno representante de lo moderno, en 1890, con la llegada de la “fiebre de la bicicleta”, ya que era mucho más cómodo montar en bici con bloomers y no con faldas. Eso sí, su renacer trajo consigo alguna variación estética, como un tejido más adecuado, como el tweed, y la supresión de la falda superpuesta.

Después del revuelo causado por los revolucionarios pantalones, Amelia y su marido se mudaron a Ohio, donde él publicó Western Home Visitor y ella vendió su The Lily.  Un par de años después se mudaron a Iowa; pero en ambos lugares y a pesar de no tener ya su propia publicación Amelia Bloomer siguió participando activamente a favor de los derechos de la mujer y colaborando con grupos y asociaciones sufragistas. Murió el 31 de Diciembre de 1894 en Council Bluffs, Iowa.