¡Victorianos al agua!

En la segunda década del siglo XIX, tanto las autoridades públicas como los médicos intentaron promover entre la sociedad el concepto de salud, apoyados por actos públicos y leyes aprobadas en el Parlamento, propuestas por reformistas sociales de la época como Lord Shaftesbury.

Una de las recomendaciones más usuales para el tratamiento y la recuperación de enfermedades leves y crónicas fueron los baños en los lagos y en el mar y las estancias en las zonas costeras.

Además el concepto de “disfrutar del tiempo libre” comenzaba a calar entre todas las clases sociales, y  una excursión a la playa hacía las delicias de niños y adultos.

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Gracias a esta nuevo modo de comprender el ocio, hubo un desarrollo de las zonas costeras que amenizaban las visitas con lugares puestos de comida y bebida, orquestas, parques de atracciones, ferias y nuevas formas de entretenimiento con las que atraer al público de todas las edades y clases, pero también promovió un nuevo concepto de moda que no existía hasta ese momento: la moda de baño.

La costumbre decía que los niños y los hombres podían bañarse desnudos, y las mujeres vestidas, pero la rígida moral victoriana unida a los códigos de vestuario exigidos en muchas zonas turísticas hicieron que los hombres tuvieran que adoptar la costumbre de cubrirse el cuerpo.

En un primer momento lo hicieron con gruesos trajes de baño con pantalones hasta la rodilla denominados all-in-one, es decir, de una sola pieza, y confeccionados en lana gruesa. Estos bañadores no sólo eran incómodos sino muy antiestéticos, ya que, además del peso que adquirían cuando se mojaban, perdían toda su forma.

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A raíz de los Juegos Olímpicos de 1896, se pusieron de moda los trajes de baño que utilizaban los nadadores olímpicos: trajes de una sola pieza, con el pantalón hasta el tobillo o la rodilla y mangas largas,  ajustados al cuerpo.

Otro de los modelos que triunfaba entre los hombres era un modelo de dos piezas, compuesto por pantalones cortos y una prenda semejante a una camiseta en la parte superior, sustituyendo la lana gruesa por tejidos menos pesados, como la franela.

Los diseños eran lisos o con camiseta de rayas y pantalón liso, muchas veces con cinturón, predominando los colores azules oscuros y negros.

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Las damas pronto se entusiasmaron por la nueva moda de los trajes de baño, cuyo diseño iba cambiando constantemente para satisfacer la coquetería de las bañistas, que demandaban nuevos modelos, pero también para adaptarse a la comodidad y funcionalidad del baño.

El diseño que triunfó por encima de los demás, respetando el recato al que debían someterse las prendas femeninas victorianas, consistía en un traje de baño de una sola pieza, all-in-one, compuesto por pantalones bombacho, tipo turkish, holgados, con una longitud por debajo de la rodilla. En algunos modelos estos pantalones eran del modelo popularizado por Amelia Bloomer, los bloomers y podían cubrir toda la pierna.

bloomers

Como no se consideraba elegante – ni decoroso- que una mujer se exhibiera en pantalones, excepto en el caso, ya aceptado, de que fuera en bicicleta, las damas llevaban una falda cubriendo el pantalón, unas veces hasta el muslo, hasta la rodilla e incluso ¡hasta los tobillos!

Estos pantalones solían rematar en volantes o encajes fruncidos, generalmente a juego con otras partes del traje.

La parte superior del traje de baño, dando un aspecto de ser un bañador de dos piezas, era una camisa, con cuello amplio, lleno de encajes y lazos en contraste, simulando, en la mayoría de las ocasiones, los típicos cuellos marineros.

Las mangas de las camisas eran largas, terminando con encajes como los pantalones.

Para completar el atuendo, las mujeres utilizaban zapatillas tipo bailarinas, planas, muchas de ellas con cintas para que se pudieran sujetar a las piernas; estaban confeccionadas en lona o felpa y solían ser de color blanco con vivos de colores como contraste.

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El calzado en la playa tenía más que ver con la seguridad que con el decoro: las playas de la costa británica estaban llenas de piedras y la limpieza no era habitual, ni siquiera en los lugares más turísticos, por lo que no eran extraños los cristales rotos y otras inmudicias.

El cabello iba cubierto con gorros de algodón, adornados con encajes o lazos. Los materiales para su confección eran la sarga y la franela, ya que se consideraba que los tejidos gruesos protegían a la mujer de la fría temperatura del agua, y aunque en algunas ilustraciones vemos diseños de vivos colores, el negro era el color predominante.

De lo que se trataba era de que la mujer no mostrase ni un centímetro de piel más del estrictamente necesario para bañarse. Incluso existían las bathing machines, una especie de casetas de baño con ruedas que se situaban en la orilla del mar, para que las mujeres pudiesen cambiarse y meterse directamente en el agua, y salir del agua y meterse de nuevo en ella.

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Las bathing machines no estaban habitualmente en la orilla, sino que eran transportadas hasta allí tiradas por caballos en los momentos de apogeo turístico y se retiraban después. Estas casetas, hechas con gruesas paredes de madera o con lonas que cubrían un armazón de madera, tenían una puerta que daba directamente al mar, con unas escaleras para que las damas pudieran descender y posteriormente ascender de nuevo sin ser observadas.

En su interior sólo había un banco y algunas toallas. La única iluminación que tenían era la luz natural que entraba por las aberturas del tejado o por pequeñas ventanas de la estrucura.

Si en la playa no existían bathing machines, las mujeres utilizaban capas largas hasta los pies para cubrirse hasta llegar a un lugar donde cambiarse. Muchas de esas capas llevaban incluso capuchas para que la mujer pudiera ocultar su rostro.

Al final de siglo, las mujeres fueron reivindicando su papel en la sociedad, lo cual incluía poder disfrutar de los momentos de ocio de una manera cómoda y más relajada.

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El diseño de sus vestidos, que sustituía a los polisones y crinolinas, por conjuntos de faldas y camisas más confortables también influyó en el diseño de los trajes de baño.

Las eduardianas dejaron de lado los bloomers  y las mangas largas, cambiándolos por trajes de baño que bien podrían semejarse a los vestidos tipo skater, con faldas de vuelo hasta las rodillas, conjuntadas con una camisa de manga corta con cuello amplio, con volantes o lazada, y mangas tipo farol o abullonadas hasta el codo.

Ambas piezas iban unidas por un cinturón y adornos en contraste, dando como resultado um simpático vestido de diseño marinero, usualmente de color azul marino o negro.

Las piernas iban cubiertas por medias de vivos colores, y los pies calzaban zapatillas planas. El cabello iba cubierto por un gorro, un pañuelo anudado en la parte superior con una lazada pequeña, o simplemente descubierto.

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Además las bathing machine dieron paso a coquetas casetas de baño, donde las mujeres podían cambiase de ropa con comodidad y, después, ir caminando, hasta el agua por la playa.

Es cierto que seguían bañándose exageradamente vestidas y, además, calzadas, pero el avance que supuso el cambio de modelo y de actitud fue realmente enorme.

A medida que nos adentramos en el siglo XX, las mujeres fueron mostrando más piel y mostrándose más atrevidas a la hora de acudir a la playa. Ahora las mujeres ya no sólo se sentaban o se bañaban tímidamente sino que jugaban saltando olas agarradas a una cuerda, para que la fuerza de las olas no las tirara o paseaban por la orilla disfrutando del agua y del sol.

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Sus trajes de baño se acortaron y se ciñeron al cuerpo, adoptando la forma de los bañadores masculinos, con shorts y camisetas largas y ajustadas tipo maillot, , o trajes de una sola pieza parecidos a los bañadores de una pieza actuales.

Los materiales de confección se hicieron más ligeros y los diseños se hicieron más alegres, combinando rayas de diferentes colores u otros diseños de colores.

Los trajes de baño masculinos siguiron la tónica de los usados en el siglo XIX, y no había hombres en la playa con el torno al descubierto. El único cambio observado en sus diseños fue la variedad de modelos y colores para escoger, así como la confección de los mismos en telas más ligeras como la franela.

Hasta la libertad con la en la actualidad se puede disfrutar de un día de playa y sol, muchos hombres y mujeres tuvieron que ser pioneros en su manera dde vestir y actuar, y los victorianos, paradójicamente, a pesar de su conservadora mentalidad fueron auténticos expertos en ello.

Desde La Casa Victoriana queremos desear un Feliz verano a todos nuestros subscriptores y visitantes.

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Fotografía victoriana y eduardiana

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Moda masculina

Cuando hablamos de moda en el siglo XIX siempre pensamos en esos maravillosos vestidos victorianos, engrandecidos con sus crinolinas y polisones, con cinturas de avispa moldeadas por corsés y preciosos sombreros engalanados con encajes, flores y plumas.

Pero pocas veces nos acordamos de la moda de los caballeros que ofrecían su brazo a las damas, vestidos con franela y tweed, lana y terciopelo – incluso La Casa Victoriana ha retrasado demasiado esta merecida entrada porque la moda masculina, en el siglo XIX, fue realmente destacable.

Fue a comienzos del siglo XIX cuando un caballero inglés llamado Beau Brummel cambió  el modo de vestir de los hombres e inculcó en ellos el concepto de moda masculina.

Su forma de vestir no pasaba inadvertida: camisa blanca con el cuello levantado, rodeado por un pañuelo con lazada , habitualmente de color blanco inmaculado, chaleco corto, pantalones largos muy ajustados- diferentes de los breechers o pantalones a la altura de la rodilla, tan populares en el siglo XVIII-  y chaqueta de doble botonadura de bronce con faldón trasero. Los colores verde, azul, marrón, negro, gris, marrón y los tonos bronce eran los preferidos.

Aunque los pantalones también se llevaban con zapato plano con hebilla, Brummel prefería combinarlo con botas perfectamente lustradas (la leyenda dice que las abrillantaba con champán).

Para finalizar este outfit, lo más apropiado era acompañarlo con un sombrero de copa y como complemento un bastón de paseo.

No utilizaba ningún tipo de fragancia o perfume ya que, contrariamente a los hombres y mujeres de su época, presumía de asearse diariamente.

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Caricatura de Beau Brummel por Robert Dighton 1805

 

El estilo Brummel fue tendencia hasta mediados de los años 30, cuando la moda masculina se volvió más sobria y definió la elegancia con conceptos más discretos que los de Brummel, incluyendo un cambio en la actitud que se tornó mucho más mesurada, cediendo todo el protagonismo a las damas.

Aunque las prendas básicas, camisa, chaleco y pantalón largo se mantuvieron, los colores se oscurecieron, siendo la paleta de grises la más utilizada. El cambio más sustancial en la moda masculina se produjo en el corte de las camisas y los abrigos y chaquetas.

La camisa dejó de ser una liviana casaca ajustada con un pañuelo al cuello para transformarse en una prenda perfectamente cortada adornada con elegantes corbatas y pajaritas. La prenda que cubría la camisa se denominaba coat, aunque en realidad era un chaleco de botonadura sencilla.

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Victorian morning coat

Diferentes diseños de chaquetas y abrigos estuvieron de moda durante el siglo XIX, sin que ninguno de ellos fuera más tendencia que otros. A diferencia de lo que sucedía con la moda femenina, la moda masculina se ceñía más a lo qué “era adecuado llevar” según la ocasión y no a lo que estuviera de moda.

Así, los caballeros usaban morning coats, chaquetas largas de excelente corte, con botonadura simple y sencilla en su diseño que se abotonaba hasta la cintura, con botones sin brillo o forrados en tela en contraste al color de la chaqueta. Estas chaquetas eran cortas por delante y largas por detrás.

La levita o frock coat, era una chaqueta larga con apariencia de abrigo más que de chaqueta. Tenía doble botonadura y normalmente llevaba las solapas de cuello en contraste, del mismo color pero en diferente tejido. Estaba realizada con materiales gruesos como lana o tweed y, dada su elegancia, se utilizaba en ocasiones especiales.

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Levita o frock coat

La chaqueta Norfolk, cuyo nombre no está muy claro si proviene del condado de Norfolk o del propio Duque de Norfolk, fue concebida para las jornadas de caza, aunque se convirtió en la prenda favorita de los jugadores de golf y los ciclistas. Se puso de moda alrededor de 1860 y era una de las prendas predilectas del Príncipe de Gales y su círculo de amistades.

Su estilo elegante pero informal a la vez, con cinturón o medio cinturón,sus pliegues en el pecho y espalda, sus grandes bolsillos laterales y su llamativo tejido de tweed en tonos marrones hicieron de la Norfolk la chaqueta de moda para las jornadas deportivas.

Esta prenda se complementaba con una gorra con visera y pantalones del mismo tejido y color recogidos en las rodillas, generalmente por botas o botines con medias altas.

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A la izquierda un box coat y a la izquierda un chaqueta Norfolk

La box coat era una chaqueta de corte muy clásico, similar a las de los trajes actuales. Esta chaqueta podía ser de doble o simple botonadura y se acompañaba tanto de corbata como de pajarita y con y sin chaleco. Era de uso diario, diseñada para la funcionalidad más que para el lucimiento.

A lo largo de la segunda mitad del siglo aparecieron muchos diseños similares, como la lounge jacket y la lounge suit jacket, chaquetas de largo hasta la cadera, con botonadura simple, no siempre del mismo diseño y color que los pantalones a las que complementaban.

Con estas chaquetas los caballeros no usaban sombrero o bien las complementaban con sombreros de homburg o de fieltro como los de la ilustración anterior.

El abrigo Chesterfield triunfó entre los caballeros por su versatilidad, ya que combinaba la funcionalidad de una lounge jacket y la elegancia de una levita. Por este motivo era usado tanto con sombreros de fieltro o con sombreros de copa. Su botonadura era simple o doble, con bolsillos o sin ellos, pero siempre con un corte muy elegante.

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Diferentes maneras de lucir un abrigo Chesterfield

 

Para las ocasiones muy formales se utilizaban los gabanes o greatcoats, abrigos largos con el cuello y las solapas y , algunas veces, los puños ribeteados con piel. Los greatcoats eran abrigos muy elegantes con los que el caballero llevaba pañuelo de seda a modo de corbata, sombrero de copa y bastón de paseo. Debajo del greatcoat podían usar una levita o incluso un abrigo Chesterfield.

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Gabán o Greatcoat

 

La capa Mackintosh fue un impermeable muy popular que debe su nombre al inventor escocés del tejido, aunque fue el cirujano James Syme quien reclamó ser el verdadero inventor, argumentando que Mackintosh sólo se limitó a copiar y patentar su invento.

La Mackinstons, cuya característica principal era la sobrecapa que caía hasta la altura del codo tenía la apariencia de un abrigo y se utilizó no sólo como prenda de vestir sino, gracias a su impermeabilidad, como atuendo de los agentes de policía que pasaban muchas horas a la intemperie. Se acompañaba de un sombrero  homburg o un bowler hat (tipo bombín) y el inevitable paraguas negro.

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Impermeable Mackintosh

Otro tipo de capas muy populares en la época fueron las Inverness, una prenda que se comercializaban en dos estilos: uno más informal sin solapas, con o sin capucha, y en tela de tweed de colores marrones o cobrizos, que se combinaba con un deerstalker o gorro de cazador, atuendo popularizado por el genial detective Sherlock Holmes, y otro más formal y elegante con solapas, combinado con sombrero de fieltro y confeccionado con materiales de mayor calidad y colores más sobrios como la paleta de grises.

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Capa Inverness con capucha

El Ulster overcoat fue otra de las prendas más usadas a finales del siglo XIX. Debe su nombre a un tipo de abrigo, tipo sobretodo, que utilizaban los hombres en algunas provincias de Irlanda del Norte, prendas gruesas y largas para protegerse del frío con  puños, solapas y una capa superpuesta con una longitud hasta el codo.

Tenía una versión más corta y ligera bautizada como ulserett.

La versión del overcoat que llegó a las calles de Londres era un versión refinada y elegante de las prendas irlandesas.

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Ulster overcoat

La moda masculina del siglo XIX fue rica también en complementos como sombreros o zapatos. Dejaremos estos complementos para una nueva entrada sobre moda.

Easter Bonnet. El bonete de Pascua.

At Easter let your clothes be new, or this be sure you it will rue

En Pascua ropa nueva estrenarás o de lo contrario lo lamentarás

En España existe tradición por la cual el Domingo de Ramos, para acudir a los oficios religiosos, se estrena, al menos, una prenda de ropa.

Esta tradición, como muchas otras, es una mezcla de paganismo y religión y parece ser que tiene su origen en los tiempos en  los que, el emperador romano Constantino, decretó que, para despedir la Cuaresma, los fieles debían usar ropajes nuevos.

Aunque la idea de Constantino tampoco era nueva ni original ya que en la antigüedad los  germanos paganos ya celebraban la llegada de Ostera, diosa de la primavera, usando ropas nuevas como símbolo de bienvenida y de atracción de la buena suerte.

En Gran Bretaña y posteriormente en Estados Unidos, se recogieron estas tradiciones, unidas a supersticiones que auguraban toda clase de desdichas y infortunios a todos aquellos que no estrenaran ropa durante la Pascua (incluso en la época Tudor había un dicho en el que se instaba a estrenar ropa nueva bajo la maldición de que, si no se hacía, las polillas se comerían las ropas usadas).

Así que para cumplir esta tradición de Pascua, las damas victorianas desplegaban toda su elegancia luciendo nuevos vestidos, sombreros y capas, con los más lujosos tejidos siguiendo las últimas modas de París.

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Cottage bonnet. Cropped Fan – Giovanni Costa

Pero estrenar ropa no era tan fácil para las familias mas humildes victorianas, sobre todo para las mujeres, ya que la confección de sus vestidos no sólo implicaba muchas horas de trabajo, sino también un gasto monetario en telas, adornos y demás complementos.

Ante esta imposibilidad, y tal y como suele suceder, el ingenio se impuso a las dificultades y las jóvenes idearon como estrenar una nueva prenda sin incurrir en grandes gastos: reciclando sus sombreros de tal modo que parecieran completamente nuevos. Y así nació lo que posteriormente se conoció como Easter Bonnet, o Bonete de Pascua.

Tan popular se hizo el sombrerito que incluso en la revista Vogue, en 1896, apareció un poema titulado Al Bonete de Pascua, en el que el autor expresaba su felicidad al ver a tantas mujeres lucir sombreros nuevos y coloridos el día de Pascua

Ah, me! It is a wondrous thing,
That little Easter bonnet.
Why, all the flowers of joyous spring
Are fastened there upon it.

Just what the name of each may be
I do not know at all.
But I would call the whole — let’s see —
Well — Horticultural Hall.

But let me stop. It pleases her,
And see this kiss she tossed me.
It’s worth ten thousand bonnets, sir,
No matter what they cost me.

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A Fair Maiden – Giovanni Costa

El poeta sugiere que ver uno de estos lindos bonetes es como tener delante una explosión primaveral. Esto sucedía porque las mujeres utilizaban todo tipo de coloridas flores como adorno.Estas flores se combinaban con velos, encajes, piezas de ganchillo, tissues y muselinas, brillantes lazos de satén, piezas de seda, plumas de vivos colores y para las más atrevidas aderezos con pequeños pájaros, incluso con su nido. Todo adorno era válido para convertir viejo bonete en un espectacular Easter Bonnet.

Además, dependiendo del tipo y diseño del bonete, este admitía diferentes tipos de ornamentación. Los bonetes más comunes eran los denominados cottage bonnets, hechos de paja, sin tintado, adornados con diferentes tipos de lazos y que se ataba bajo la barbilla con una pequeña lazada.

La función de este bonete, de diseño sencillo, era cubrir la cabeza y enmarcar la cara de la dama sin que los ornamentos le restaran protagonismo a su cara, resaltando la frescura y belleza de su rostro. Algunos de estos bonetes eran posteriormente forrados con rasos. Eran los bonetes más típicos de la moda Regencia.

Giovanni Costa (1833-1902) The new fan
Cottage bonnet. The New Fan – Giovanni Costa

Los poke bonnets eran bonetes más grandes y llamativos que los cottage bonnets, con un saliente en su parte delantera a modo de visera que cubría toda la cara y protegía la piel del sol. Algunas veces de esta visera salía un pequeño velo bordado cubriendo la cara parcialmente o por completo. Estaba hecho de paja, aunque, a diferencia del cottage bonnet, la paja se cubría con encajes u otras telas, como el terciopelo.

Las primeras referencias a los poke bonnets aparecen a comienzos del siglo XIX, aunque su uso se extendió más allá de la primera mitad del siglo, ya que la línea de su diseño estaba en consonancia con el tipo de sombrero que le gustaba usar a la Reina Victoria.

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Poke bonnet. Figure Study- George Morton

Los tall crowned bonnets eran uno de los modelos preferidos por las damas, ya que su parte posterior elevada permitía todo tipo de adornos y ornamentos, como elaborados encajes, grandes lazos con lazadas y guirnaldas de flores.

Admitía casi todo tipo de tejidos para su confección, aunque dado el diseño del bonete, hecho para impresionar, se preferían los tejidos más lujosos. Estaban diseñados para ocultar una parte de la cara y para que la dama pudiera recoger y ocultar casi totalmente su cabello. Se sujetaba bajo la barbilla usualmente con una gran lazada.

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Tall crowned bonnet. Giovanni Costa

Los drawn bonnet estaban hechos de sedas, rasos o terciopelo, con fruncidos o volantes posteriores o enmarcando el rostro, ya que su diseño estaba concebido para realzar el óvalo de la cara – a veces utilizando pequeñas flores interiores cosidas a un delicado velo bordado. La tela era lisa, sin estampados y como único adorno solían llevar una pequeña flor o una pluma a juego con el color del sombrero, ya que los fruncidos eran más que suficientes para lograr que el sombrero destacase.

Era el más discreto en lo que a ornamentación se refiere pero quizás de los más llamativos en cuanto a confección. Como todos los bonetes se sujetaba al cuello con un lazo.

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Drawn bonnet. Euphemia White Van Rensselaer – George P.A. Healy

Todos los bonetes admitían retoques, mejoras y nuevos adornos y ornamentos, y gracias a ellos, las mujeres victorianas, independientemente de su clase social podían sentir como si su vestuario fuese nuevo y cumplir con la tradición de estrenar algo nuevo en Pascua.

Desde La Casa Victoriana queremos desear a todos nuestros subscriptores y visitantes un feliz día de Pascua.

Y no olvideis visitarnos en nuestras redes sociales, porque estrenamos tablero en Pinterest con 100 pines dedicados a las preciosas postales victorianas de Pascua.

Moda victoriana: Irish Crochet Lace

Coincidiendo con la festividad del día de San Patricio, desde La Casa Victoriana queremos hacer nuestro particular homenaje a la isla esmeralda con un artículo sobre uno de los ornamentos de confección original irlandesa que se pusieron de moda en el siglo XIX : el Irish Crochet o ganchillo irlandés.

Aunque la población irlandesa padeció varias hambrunas en su historia, la sufrida en la primera mitad del siglo XIX fue realmente devastadora y trajo graves consecuencias sobre la sociedad irlandesa, entre ellas un importante descenso de la población provocada por los fallecimientos y la emigración masiva.

La pobreza instalada en la mayor parte de los hogares rurales irlandeses hizo que el ingenio, principalmente de las mujeres, buscara nuevas formas de ingresos para el hogar y una de ellas fue con una habilidad para la creación de bellos complementos realizados con la técnica del crochet.

London Stereoscopic Company en Getty Images

Hay diferentes teorías sobre como la habilidad del ganchillo se convirtió en una tradición  en Irlanda. Una de ellas señala a las monjas ursulinas como introductoras de la técnica, aunque otras apuntan a la hija de un noble franco-español y de una irlandesa, Mademoiselle Riego de Blanchardiere, como la verdadera inventora de lo que posteriormente se denominó Irish Crochet.

El Irish Crochet era la labor mediante la cual, con pequeñas agujas, se creaba una pieza, siguiendo una serie de patrones o plantillas que se repetían, y que posteriormente se unían para formar una pieza mayor. La unión de esas piezas formaban una figura determinada dependiendo de cual fuera el objetivo buscado, un pequeño bolso, un chal, un paño, una colcha…

La habilidad irlandesa para el crochet fue refinándose pasando de confeccionar piezas más sencillas a auténticas obras de arte que semejaban los encajes más elegantes y que les permitían elaborar desde mangas, cuellos o chales hasta blusas o vestidos completos.

En las familias irlandesas no sólo ganchillaba la madre y las demás mujeres de la casa sino también otros miembros de la familia, entre ellos los más pequeños, ya que era un modo de aportar ingresos a la unidad familiar tan necesitada de obtenerlos.

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En la exigente sociedad victoriana, el Irish Crochet Lace se consideraba un buen trabajo de costura pero cuya calidad no se podía comparar con otros encajes más selectos. Su popularidad era grande entre las clases trabajadoras y rurales, porque permitía adornar bonetes, sombreros y otras prendas haciéndolas más vistosas con materiales más baratos que los de los encajes tradicionales y que podían ser hechos por ellas mismas. Por este motivo las damas de clase alta lo consideraban el hermano pobre del encaje, y no propio de una mujer elegante y con clase.

Pero esta percepción cambió el día que la Reina Victoria decidió prender una pieza de ganchillo irlandés como adorno de uno de sus sombreros. A partir de ese momento esta técnica se popularizó hasta límites insospechados y no había mujer de la alta sociedad que no luciera una de estas piezas como vestuario u ornamento, ni casa donde las mujeres no aprendiesen a confeccionarlo, independientemente de la clase social a la que pertenecieran.

No olvidemos el inmenso cariño que los ingleses sentían por la familia real y la reina en especial, cuya ropa, costumbres y comportamientos eran imitados por todas las clases sociales.

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Este crochet se realizaba con tres hilos de diferente grosor: un hilo fino para confeccionar los diseños, uno más grueso y resistente para unir todas las piezas y uno muy fino para rellenar espacios entre las piezas, con dibujo de red u otros diseños. Este último paso se solía hacer sobre papel en un bastidor, ya que era un paso más delicado y requería mucha pericia para dar ese acabado final de encaje.

El encaje irlandés pronto se convirtió en una industria que exportaba piezas de ganchillo no sólo a Irlanda y Reino Unido, sino a otros países de Europa, como la exigente Francia, que pronto lo convirtió en moda, y a Estados Unidos, donde hubo una floreciente industria del sector.

Los patrones y técnicas más laboriosas eran guardados con un halo de secretismo y transmitido sólo a los miembros de la familia e incluían modelos de diferentes tipos de flores, hojas e intrincados y, al mismo tiempo delicados, diseños originales.

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Esta industria, alimentada del trabajo casero de las mujeres y familias irlandesas, comenzó a decrecer con la llegada de la maquinaria industrial textil que, con menos costes y de manera casi automática podía tejer piezas grandes y de diseños más complicados.

Muchas de las preciosas piezas de ganchillo irlandés están expuestas en museos, incluidas las bufandas que fueron entregadas a destacados soldados de las guerras Boer, tejidas por la propia reina, que se refugió en las labores de ganchillo como remedio para superar la muerte de su esposo el Príncipe Alberto.

En la actualidad se siguen publicando libros de patrones y diseños  de encaje irlandés, existiendo, además, infinidad de blogs y talleres donde se recupera esta técnica decimonónica para aplicarla a todo tipo de diseños y complementos.

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La Casa Victoriana desea a todos sus subscriptores y visitantes un Feliz día de San Patricio, y para celebrarlo estrenamos tablero en Pinterest con una colección de las más tiernas y victorianas tradicionales postales de felicitación.

http://es.pinterest.com/casavictoriana/postales-victorianas-del-d%C3%ADa-de-san-patricio-st-pa/

Moda Victoriana: Ropa Femenina

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En primer lugar, me gustaría daros las gracias a todos y a todas por la gran acogida que le habéis dispensado a la entrada sobre Edgar Allan Poe y su obra El Cuervo. Me he sentido desbordada por el número de visitas y sobre todo muy halagada por las reseñas sobre el blog que han aparecido en otras bitácoras y páginas relacionadas o no con la estética y la cultura victoriana.

Por primera vez, desde su apertura, La Casa Victoriana se convierte en una casa de modas, en un desfile que hará un breve recorrido por la moda femenina y masculina del siglo XIX, sus sombreros, zapatos, corbatas y ropa interior.

En la red hay muchas y muy buenas páginas relacionadas con la moda victoriana con abundante y detallada información por lo que aquí condensaré con breves pinceladas y definiciones un siglo de moda masculina y femenina, intentando exponer de forma breve una de las características destacadas de una sociedad que descubrió en la moda no sólo un mero vehículo estético sino que utilizó ésta como método diferenciador entre las clases sociales.

Modistas, sastres, casa de moda, los primeros diseñadores y desfiles y por supuesto los comerciantes vieron en la pasión por la moda un gran negocio, lo que ayudó a crear el germen del desarrollo de industria textil en el siglo XX.

Comenzamos haciendo un breve resumen por la moda femenina desde principios de siglo hasta los albores del siglo XX.

Alrededor de 1800 el estilo de vestido que estaba en boga en Europa era el denominado estilo imperioempire gown– más identificado con el periodo de la Regencia que con la Era Victoriana.

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El diseño era sencillo, con la cintura muy alta, anudada bajo el pecho, sin marcar la figura, con un largo hasta los tobillos dejando ver los pies. Las mangas cortas tipo farol o largas ajustadas. Bajo el vestido, elaborado con telas muy finas como la muselina, se usaban ligeras enaguas de algodón y una especie de sostén llamado zona para sostener el pecho.

Para protegerse del frío las damas utilizaban abrigos de lana fina; uno de los modelos más utilizados era una chaquetilla corta del tipo torera, habitualmente con mangas abullonadas y doble botonadura. En otras ocasiones los vestidos se cubrían con chales – shawls.

Los mobcaps o cofias de algodón blanco tan populares en el siglo XVIII y los primeros años del XIX utilizados para cubrir la cabeza en el interior del hogar y posteriormente utilizados por el servicio, fueron paulatinamente evolucionando hacia los bonnets, un sombrero de ala ancha que se ataba con una lazada bajo la barbilla. El bonnet se confeccionaba en varios estilos : el cottage bonnet un bonete tipo campesino, hecho de paja y adornado con sencillez, el sun bonnet, más ancho para proteger la cara de los rayos solares, el drawn bonnet, un gorro más elegante y elaborado, típico de las damas victorianas de ciudad, el poke bonnet, o bonete con un velo muy fino que cubría el rostro y el elaborado y recargado tall-crowned bonnet, con la parte posterior más alta y muy ornamentado con flores, lazos y telas. Los materiales utilizados para confeccionarlos eran terciopelo, satén, algodón, gasa y paja.

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A medida que avanzaban los tiempos y la sociedad industrial adquiría un mayor nivel adquisitivo, los trajes fueron haciéndose más recargados, con vistosos bordados, telas llamativas y caras como el terciopelo y la seda de colores,  mientras que lazos y azabaches dotaban de un espectacular acabado a trajes como los flounced dresses, vestidos de faldas de capas o volantes. Estos vestidos, contrariamente a los empire gowns, eran muy ajustados al cuerpo, de mangas largas marcando la cintura con chaquetas estrechas y ceñidas a la cintura. El amplio vuelo de las faldas se conseguía con enaguas de aros o crinolinas. Su longitud era larga, sin dejar ver los pies de las damas.

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Fueron también muy populares en esta época los vestido de princesa, princess dress, largos, de una sola pieza con un cuerpo ajustado y una falda con crinolina. Una característica distintiva del vestido era su botonadura que iba desde la parte superior hasta los pies.

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Hacia la segunda mitad del siglo, sobre 1870 un nuevo estilo de vestido se hizo muy popular: el hourglass dress. Su forma de reloj de arena con un cuerpo muy ceñido, destacando el busto y la cintura para hacerse más ancha en las caderas la proporcionaba no sólo el vestido sino también los corsés que tan de moda se pusieron – y tantos problemas de salud le causaron a las mujeres.

Para acentuar aún más la estrechez de la cintura, el vestido se ancheaba en las caderas y a la altura del trasero con la ayuda de un polisón.  El vestido era largo y se estrechaba a la altura de los tobillos, lo que hacía difícil caminar. Para complicar aún más las cosas hacia 1880 el vestido se hizo más largo, y el polisón y la falda incrementaron su tamaño, pero con el corsé lo más apretado posible para contrastar pecho, cintura y cadera, creando una figura casi imposible.

La similitud de la figura de la mujer con un reloj de arena hizo que a este tipo de vestido se le llamara hourglass figure dress.

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Los materiales utilizados eran sedas, satén y bordados para las ocasiones formales y lana, algodón y terciopelo para los paseos. Los sombreros eran pequeños, de ala corta pero muy recargados en sus adornos, con plumas, guirnaldas e incluso ¡pájaros!. De hecho fue famosísimo el denominado bird’s nest hat, sombrero nido de pájaro, por llevar en su parte superior uno o dos pájaros en sus nidos – no vivos, of course!

Por esta época y como complemento de la ropa de fiesta se pusieron de moda los turbantes de seda, adornados con joyas, plumas y flores, influenciados por la cultura hindú.

victorian hats

En la última década del siglo, la mujer comenzó a liberarse poco a poco de las incomodidades de los polisones y las crinolinas, sustituyéndolas por simples enaguas y pantaloncitos o drawers más adecuados para usar trajes más cómodos y prácticos. La mujer comenzaba a incorporarse paulatinamente al mundo laboral administrativo y necesitaba libertad de movimientos.

Las vistosas exageraciones de mitad de siglo dieron paso a trajes con twill walking skirts, faldas circulares, ceñidas con un cinturón y acampanadas en la parte inferior, ligeramente más cortas que sus antecesoras, dejando ver sus botines.

Completaba el vestuario de esta nueva mujer una blusa de cuello alto y mangas abullonadas y una chaqueta corta y ajustada. La cabeza se cubría con un sencillo sombrero pequeño y poco adornado o por un simpático sombrerete de paja de nominado straw sailor hat, únicamente engalanado con un lazo o una pluma pequeña.

Los complementos más utilizados por las mujeres victorianas eran los parasoles y los pequeños bolsos, tipo bombonera, drawstring hangbag, adornados con azabaches y hechos de satén y terciopelo, con elaborados bordados, abanicos y mutones, fur muffs.

Como hemos visto poco a poco el proceso de revolución industrial y la incorporación de la mujer a la vida social más allá de la anfitriona casera y madre de familia fueron moldeando los diseños de la moda a través de los años, pero también creando un nuevo modelo de negocio muy lucrativo, que no ha dejado de crecer en los siglos sucesivos.

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Amelia Bloomer

Aunque hoy en día muchos sólo recuerdan a Amelia Bloomer como la creadora de una moda revolucionaria en su época, los bloomers – conocidos en español como pantalones bombachos -, Bloomer fue también una incansable defensora de los derechos de la mujer en una sociedad para la que una mujer era sólo el pilar de la familia, y trataba de dejar en un segundo plano sus facetas culturales, creativas, políticas o trabajadoras.

Merece la pena conocer un poco más sobre esta sobresaliente mujer, que no sólo luchó por las mujeres desde un punto de vista social, sino que incluso intentó cambiar la rígida moda victoriana por prendas más cómodas y apropiadas para las diferentes actividades a las que la mujer se estaba incorporando.

La activista por los derechos de las mujeres, Amelia Jenks Bloomer nació en Homer, New York en 1818. Cuando tenía 22 años se casó con el abogado norteamericano Dexter Bloomer, quien la animó a defender sus ideas a través de su periódico The Seneca Falls Courier y a colaborar activamente en la defensa del sufragio femenino y los derechos de las mujeres a través de oranizaciones femeninas del área de Seneca Falls, llegando a participar en la famosa Seneca Falls Convention en 1848 (esta convención paso a la posteridad por ser la primera en la que se defendieron los derechos de la mujer en todos los ámbitos sociales y de la que salió el documento Declaration of Sentiments, donde se recogían los puntos fundamentales acordados en esa reunión)

En Enero de 1849, animada por Elizabeth Cady Stanton y Susan B. Anthony – otras defensores de los derechos de la mujer, comenzó a publicar su propio periódico The Lily, una publicación completamente dedicada a la mujer y a sus intereses y desde donde intentaba enfocar los temas femeninos – educación, disciplina, moda y sufragio – desde un punto de vista reformista, reclamando un papel más destacable e igualitario de la mujer en la sociedad.

En 1850. a través de su periódico, presentó un nuevo estilo de vestuario para las mujeres “activas” inspirado en los trajes tradicionales turcos. La presentación de sus pantalones para mujeres  provocaron una oleada de indignación entre la sociedad e insultos de la prensa – de hecho existe la expresión “making a bloomer “ que podría traducirse como meter la pata, cuyo origen fue la presentación de los citados pantalones y que toma el apellido de Amelia como parte de la expresión.

Amelia Bloomer

Estos pantalones eran como unas enaguas largas, flojas y ligeramente hinchadas que se estrechaban en el tobillo; sobre ellas iba una falda más corta que las habituales faldas victorianas. Aunque el diseño desde el punto de vista estético puede resultar discutible, lo cierto es que resultaban cómodos y fueron la antesala de los pantalones para uso femenino.

Fueron muchas las mujeres que se atrevieron a usarlos, a pesar de ser ridiculizadas y de las burlas que tuvieron que soportar; algunas los usaban por el convencimiento de que representaban un avance para la comodidad de las mujeres lejos del encorsetamiento que imponía la moda victoriana; otras lo hicieron por reivindicación, usando los “bloomers” como un símbolo de la igualdad de  derechos de la mujer.

Pero fueron las feministas las primeras en dejar de usarlos, ya que pensaron que los bloomers estaban desviando la atención de sus reivindicaciones  y tenían miedo no ser tomadas en serio por sus ideas.

Así, el bloomerismo – termino acuñado en la época para denominar esta moda – fue perdiendo adeptos, pero sorprendentemente volvió para convertirse en todo un fenómeno representante de lo moderno, en 1890, con la llegada de la “fiebre de la bicicleta”, ya que era mucho más cómodo montar en bici con bloomers y no con faldas. Eso sí, su renacer trajo consigo alguna variación estética, como un tejido más adecuado, como el tweed, y la supresión de la falda superpuesta.

Después del revuelo causado por los revolucionarios pantalones, Amelia y su marido se mudaron a Ohio, donde él publicó Western Home Visitor y ella vendió su The Lily.  Un par de años después se mudaron a Iowa; pero en ambos lugares y a pesar de no tener ya su propia publicación Amelia Bloomer siguió participando activamente a favor de los derechos de la mujer y colaborando con grupos y asociaciones sufragistas. Murió el 31 de Diciembre de 1894 en Council Bluffs, Iowa.