Noche de Halloween: el fino velo entre el mundo de los vivos y los muertos

Como todos los años La Casa Victoriana se llena de presagios, misterios, juegos y ricas viandas para celebrar Halloween. Y para hacerlo vamos a aumentar nuestra ya larga lista de tradiciones victorianas para que conozcáis más sobre ellas y las podáis poner en práctica si lo deseáis. Recordad que esa noche, según la tradición, el velo que separa este mundo de los vivos del de los espíritus se rasga y pasado, presente y futuro se entremezclan permitiéndonos interactuar con ellos y ver nuestro futuro por un corto instante.

La Cena Muda (The Dumb Supper)

En muchas culturas se agasaja a los difuntos con viandas y bebidas para dar a aquellos que se han ido o que están en tránsito entre los dos mundos. Una buena comida, sobre todo a base de frutas frescas llenaría al difunto de felicidad y fuerzas. La comida se dejaba en un pequeño altar improvisado por las familias en un lugar destacado del hogar o bien, directamente sobre las propias tumbas.

Algunas veces este ofrecimiento de alimento a los difuntos iba un poco más lejos del mero homenaje y se organizaba una auténtica cena con los mejores platos para que los difuntos se sentaran a la mesa con los vivos y pudieran disfrutar la comida con sus familias y todos los seres queridos que habían sido invitados previamente. Todos los presentes podían llevar consigo alguna pertenencia del difunto o un objeto que tuviera un significado especial para ambos para honrar su relación familiar o de amistad.

La curiosidad de esta Cena Muda era que precisamente durante toda la celebración los asistentes debían estar en completo silencio como señal de respeto hacia los fallecidos y para facilitar que pudieran comunicarse con el resto de los asistentes sin ninguna interferencia externa. Otra peculiaridad era que el menú se servía al revés: primero los postres, después los platos y finalmente los entrantes. Además, por si no fuera suficiente, la cubertería se colocaba al revés. La creencia era que si se colocaba todo al revés, el difunto, desde el más allá tendría una cena reflejo o visión espejo y para él sería mucho más sencillo participar en la celebros comensales dejaban algunos asientos vacíos, para que pudieran ser ocupadas por los espíritus, y todos los lugares de la mesa tenían vajilla asignada cuyos platos se llenaban al igual que los platos de los asistentes vivos al convite.

Al final de la comida los asistentes daban un pequeño discurso recordando al difunto, le enviaban mensajes o leían notas con sus sentimientos por su pérdida. Finalmente, antes de abandonar la mesa y retirar la vajilla, se despedían de los difuntos haciendo una reverencia ante las sillas vacías.

Como en estas fechas lo pagano y lo religioso estaban intimamente interconectados, muchas jóvenes (y algún joven) hacían una variación de de la Cena Muda para tratar de adivinar su futuro amoroso. La cena se organizaba igual que la cena de homenaje a los difuntos, pero en lugar de ser una celebración con amigos y familiares, esta cena se celebraba, a ser posible en soledad y con la casa vacía. Las jóvenes se sentaban a la mesa en frente de una silla vacía y cenaban en completo silencio.

La superstición decía que a lo largo de la noche la imagen del que sería su futuro esposo se materializaría en la silla vacía, o incluso entraría por la puerta y se sentaría a la mesa. Si un vivo llamaba a la puerta durante una Cena Muda, su llegada repentina podía considerarse un presagio de que sería la persona elegida para ser el futuro esposo. Pero si en vez de un hombre aparecía un ataúd, el significado era macabro pues significaba que la joven no solo no se casaría jamás, sino que fallecería en poco tiempo.

En las últimas décadas de la era victoriana y durante la época eduardiana, las cenas mudas dejaron de ser tan solemnes para convertirse en reuniones de amigas en las que trataban de adivinar su futuro, sentimental o no, o de conocidos que trataban de adivinar el futuro o ponerse en contacto con los difuntos para resolver cuestiones pendientes del pasado. En estas ocasiones lo más complicado era mantener el silencio, ya que un suspiro, un grito de sorpresa o cualquier pequeño sonido que emitieran los asistentes o que incluso viniera de fuera de la casa, rompería el hechizo y los espíritus que acudieran a la cena se retirarían rápidamente para no volver a aparecer en toda la noche.

¡Feliz noche de Halloween para todos los victorianos y victorianas! ¡Cuidado con los espíritus!

Pascua Victoriana: Una mejor resurrección poema de Christina Rossetti

Celebramos la Pascua Victoriana con un poema de Christina Rossetti (1830-1894), en el que la poetisa británica expresaba su íntimo deseo de renacer, de vivir una nueva vida, describiendo su momento actual como una vasija rota, un lugar vacío, una cosecha estéril y ofrenciendo a Jesús sus plegarias de resurrección, igual que él hizo. Una mejor resurrección es casi más que un poema, una oración en tres estrofas, un anhelo de renacimiento personal.

Christina Rossetti pintada por su hermano Dante Gabriel Rossetti

Con él os deseo una Feliz Pascua y que estas fechas, en estos tiempos complicados, os traigan deseos de superación y resurrección personal.

Una mejor resurrección

No tengo talento, lágrimas o palabras.
Mi corazón es como una roca,
insensible al temor o a la esperanza.
Mira a derecha y a izquierda: vago a solas.
Alzo mis ojos; emsombrecidos por la pena,
no veo las colinas que perduran.
Mi vida está en la hoja sobre la tierra
Jesús, dame vida: la tuya.

Mi vida es una hoja marchita
y mi cosecha toda, desechada.
Mi vida es, de verdad, breve, vacía
y tediosa en la nulípara jornada.
Mi vida es como un objeto que se congela.
No hay ni brote ni verde en la visión.
Mas se alzará la savia en primavera.
Álzate en mí, Jesús, Nuestro Señor.

Mi vida es una vasija que se rompió,
un cuenco que se destrozó y no contiene
ni gota de agua para mi alma ni licor
para el frío que me entumece.
Arroja la cosa perecida al fuego,
para que se derrita y se transforme. Al fin,
que para Él, mi Rey, sea un cáliz regio.
Bebe, Jesús; bebe, Jesús, de mí.


Labores de costura victoriana + Calendario 2022 Parte II

Portraits in the Countryside- Gustave Caillebotte (1876)

Whitework

El whitework era un tipo de bordado probablemente de origen escandinavo (se han encontrado trabajos realizados con esta labor datados en el siglo XII). La económica inversión de trabajar solamente con hilo blanco y tela del mismo color y no con hilos de colores y telas teñidas hizo que se asociara este bordado a las clases más humildes, ya que eran las que no podían permitirse gastar en materiales de costura caros.

En la época victoriana, este bordado de hilo blanco sobre tela del mismo color se popularizó debido a una necesidad más que a una moda, ya que era muy útil para embellecer la ropa del hogar.

Un whitework engalanaba tanto las piezas de mantelería como la ropa de cama, además de convertir un sencillo bonete, un humilde mandil, cuellos, mangas o pecheras en destacadas prendas que al arte del bordado añadían la elegancia que le proporcionaba el blanco inmaculado. Se empleaba también en hacer más coqueta la ropa interior, a la que el intrincado bordado en blanco le daba una sutil y distintiva textura, alejada de cualquier mezcla de colores que podía resultar vulgar y no digna de una dama.

Making a momento – Seymour Joseph Guy

Las costureras escocesas destacaron por ofrecer el bordado blanco más delicado y sus exquisitas puntadas pronto fueron imitadas por las inglesas e irlandesas.

Las telas utilizadas para este tipo de trabajo eran lino, algodón y batista- tela formada por hilos de algodón muy finos. Esta última se usaba para delantales, bonetes y para adornar cuellos y puños. Los patrones se dibujaban en la tela y se bordaban posteriormente. Los motivos solían ser repeticiones del mismo patrón con dibujos geométricos, florales o iniciales y monogramas.

En los países nórdicos se popularizaron dos variantes de este tipo de bordado: el redwork, con hilo rojo sobre tela blanca y el bluework, con hilo azul sobre fondo blanco, aunque estas variantes tardaron más en llegar a los siempre convencionales hogares victorianos.

El Berlin Work Emboidery

Esta labor, que tuvo su origen alrededor de 1800, en Berlín, llegó a los hogares victorianos sobre 1840 para convertirse en uno de los trabajos de costura favoritos. Cuenta la historia que el librero alemán A. Philipson, ayudado por su esposa, puso a la venta una serie de patrones con diferentes dibujos, que estaban impresos en un papel con líneas entrecruzadas al estilo del papel cuadriculado actual. Cada parte del dibujo se correspondía con un cuadrado, componiendo el modelo ideal para guiar cada una de las puntadas, muy parecido a los modelos para hacer punto de cruz que existen hoy en día.

Al contrario que sucedía con las labores tradicionales, la labor berlinesa no se bordaba con hilos sino con hebras de lana delgadas. Los motivos eran habitualmente florales, aunque admitía escenas campestres y figuras tanto humanas como animales, y se solían dibujar a mano previamente a la impresión sobre el papel cuadriculado. Incluso se llegaron a reproducir escenas de la vida de la Reina Victoria. Los dibujos se imprimían en blanco y negro y era la dama la que decidía la gama de colores a utilizar para su labor.

Girl Knitting – Albert Anker

Pronto se mejoró la calidad y tamaño de las impresiones, reuniendo muchos patrones en libros y revistas especializadas. Los fabricantes de lana se lanzaron a producir lana de diferentes colores y degradados para satisfacer las necesidades del mercado.

Este método de bordado hizo asequible la costura a cualquier bordadora, ya que no se necesitaba más habilidad que la de coser sobre el modelo y poner cada puntada sobre el cuadrado correspondiente; ni siquiera se requería creatividad alguna, ya que tanto los modelos como el tamaño de las puntadas venía dados en el papel impreso.

Las labores más habituales eran bolsos, cojines y todo tipo de tapizados para costureros, estuches, cubiertas de diarios, etc. Poco a poco los motivos fueron cambiando de flores individuales o ramilletes a arpas, cruces o motivos marinos sin olvidar las tan recurridas iniciales, frases de amistad o pasajes de la Biblia.

Punchwork

El Punchwork, o labor con punzón, era una labor «Berlín» que se hacía con un papel o cartón fino perforado llamado «papel Bristol». Para realizarla se colocaban varios papeles intercalados, unos encima de otros para que, al ser cosida la puntada, proporcionara un efecto tridimensional. A finales del siglo XIX, los patrones para punchwork se comercializaban impresos a todo color directamente sobre el entramado de «papel bristol», y a la labor se le añadían encajes, abalorios y borlas para embellecerla y personalizarla.

Crewel

El bordado Crewel fue muy popular en Gran Bretaña en los siglos XVI y XVII. Este tipo de labor se realizaba con un tipo de hilo más fino que la lana, pero más grueso que el hilo de bordar. Las puntadas eran grandes y su combinación de color quedaba a la elección de la costurera. Una de las razones de su popularidad era la libertad en el trabajo de bordado, de hecho, podríamos denominarlo un “bordado libre” sin someterse a demasiados cánones de costura.

Lady Sewing -Eugenio Oliva y Rodrigo

La tela para ejecutar este trabajo debía ser gruesa o, al menos resistente, siendo el lino una opción muy recomendable, ya que las puntadas iban superpuestas unas sobre otras para dar volumen a los dibujos, habitualmente flores y animales, aunque la puntada libre permitía diferentes trabajos de fantasía donde la bordadora daba rienda suelta a su imaginación.

Encontramos hermosas y artísticas labores de crewel en bolsos, cortinas, tapices y vestidos de señora y niña.

Silk ribbon embroidery o el bordado con lazos

Una de las técnicas más difíciles de bordado era la realizada con lazos de raso o seda. El resultado era exquisito, delicado y extremadamente bello. El bordado con lazos requería una especial destreza de la bordadora ya que era difícil seguir patrones o dibujos predeterminados además de una habilidad destacada en los puntos recto y de cadeneta para dar forma a los lazos y conseguir con ellos la forma deseada. Las flores simples y los ramos florales eran los motivos favoritos. Antes de la revolución industrial estos trabajos de costura solo estaban al alcance de las damas adineradas porque los lazos eran realmente caros.

The Little Seamstress, – John Faed

Con la llegada de la revolución industrial y los nuevos telares, las cintas se fabricaban a nivel industrial, lo que abarataba su precio ya que no había que importarlas. Con la llegada de las nuevas sustancias para teñirlas, la gama de colores ganó en matices lo que proporcionaba bordados más coloridos. Bolsos, sombrillas, pañuelos y chales se llenaron de rosas, margaritas y lavandas bordadas con cintas, a cada cual más llamativo. Estos bordados servían también para elaborar regalos y recuerdos a familiares y amigas muy queridas.

Labores con cuentas y abalorios

El uso de cuentas y abalorios ayudaba a adornar cualquier labor de costura. En un primer momento las cuentas estaban disponibles en formas muy simples y colores muy discretos, pero viendo el potencial de estos adornos y la demanda por parte de las costureras británicas, los comerciantes se apresuraron a importar nuevos modelos y vibrantes colores de Italia y Alemania. Una de las ventajas del trabajo con cuentas es que era más importante la paciencia que la habilidad.

La creación de abalorios despertaba la creatividad de la costurera. Para esta labor se utilizaban los mismos patrones que para la labor de berlín y el punchwork. Los materiales con los que se creaban eran habitualmente seda o raso y se rellenaban con algodón, lana, guata e, incluso, serrín. La espectacularidad de la labor pasaba por el número de capas que se añadieran para conseguir que destacase sobre la tela a la que se iba a coser. Además, a mayor número de capas se podían añadir más cantidad de cuentas y pedrería .

The Knitting Woman -William Adolphe Bouguereau

Calceta y ganchillo

No había hogar victoriano en el que no hubiera un tapete, un cobertor o varias prendas de ropa hechas de crochet o ganchillo.

El crochet admitía diferentes tipos de creaciones, desde un decorativo tapete a un cobertor que se hacían uniendo pequeñas flores o dibujos geométricos hasta formar una pieza más grande como preciosos y elegantes chales, espectaculares bolsos, sombreritos o complementos como jabots, pecheras para adornar un vestido, una camisa o un abrigo.

Una de las creaciones más bellas y, al mismo tiempo más humildes fue el Irish crochet al que en La Casa Victoriana le dedicamos una completa entrada, de la que os dejo el enlace.

https://lacasavictoriana.com/2016/03/16/moda-victoriana-irish-crochet-lace/

La calceta era una labor que gustaba a niñas y mayores, era divertida y la capacidad de poder hacerla de modo automático, sin prestar atención a los movimientos, hacía que las mujeres pudieran reunirse y conversar mientras hacían sus labores.

Peasant Woman Threading a Needle – Jules Breton

Además de calcetines, jerseys, bufandas, guantes y bonita ropita de bebé, las victorianas eran aficionadas a cubrir todo con artísticas piezas de lana, calentadores de pies, maceteros, hervidores y por supuesto, el famoso tea cozy, cobertor de teteras para evitar que el té se enfriara.

En todos sus trabajos de costura firmaba con sus iniciales VR, Victoria Regina, para que su autoría fuera fácilmente identificable. Tanta era la afición de la reina por sus agujas y ovillos que pronto enseñó a sus hijas a calcetar y ganchillar y solía reunirse con ellas para pasar tardes de té y costura en los jardines de la Casa Osborne de la isla de Wright.

Como curiosidad hablaremos de la tejedora más famosa de la época victoriana, la mismísima Reina Victoria. A Victoria le relajaba enormemente tejer y no era infrecuente verla con sus agujas y cestilla de lanas calcetando labores para su familia, amigas e incluso para sus soldados. Aunque la monarca tenía fama de ser una tejedora horrible, y todos murmuraban, a sus espaldas, por supuesto, sobre sus pocas habilidades con las agujas, a ella no le molestaba en absoluto e incluso le divertía; de todos modos, ningún rumor ni habladuría pudieron evitar que la reina siguiera haciendo una de las labores que más le relajaban, sobre todo después del fallecimiento de su querido Alberto.

Queen Victoria, Princess Helena and Princess Beatrice Knitting Quilts for the Royal Victoria Hospital- Alexander Melville

Otras labores: borlas, cordones y encaje

Hacer borlas era un pasatiempo en sí mismo. Muy fáciles de hacer y económicas conseguían crear adornos muy bonitos para adornar llaves de un escritorio o joyero, recoger una cortina, o servir para embellecer puños, cuellos o sombreros. Estas borlas hechas de hilo o lana se remataban acolchando la cabeza y rematándola con artísticas puntadas de ojal. Otro modo de adornar la borla era enganchando cuentas a los flecos o bien cubriendo la cabeza con una bonita tela adamascada o con una cuenta circular brillante.

Las labores con cordones requerían que en primer lugar se confeccionara el cordón. Este podía tener diferentes formas, de trenza, retorcido o entrecruzado, y se hacía con hebras de hilo de diferentes colores o de una misma gama de color, dependiendo de la creatividad de la costurera y de la labor que se fuera a realizar. Los cordones se añadían posteriormente a un trabajo de bordado berlinés o de costura.

Aunque el encaje podía ser confeccionado por la costurera, las damas británicas de alta sociedad preferían comprar el delicado encaje belga y el encaje inglés para sus labores y las más humildes el encaje irlandés. Las piezas de encaje se añadían a otras labores de costura previamente confeccionadas, como adorno.

Sewing Woman by Lajos Ludwig Bruck

Juegos, rituales y bromas de Halloween

Ya ha llegado Halloween de nuevo ¡el tiempo vuela!. Para celebrarlo en La Casa Victoriana queremos recopilar los rituales más celebrados por los jóvenes para adivinar su futuro sentimental, los juegos más divertidos para entretener a los pequeños de la casa y una pequeña colección de bromas pesadas ejecutadas por gamberretes victorianos más desagradables que aterradoras, todo ello ordenado por categorías.

Esperamos que, como todos los años, disfrutéis con su lectura y os atreváis a poner en práctica las más divertidas.

¡Feliz y terrorífico Halloween a todos nuestros suscriptores y seguidores!

Juegos y rituales con dulces

Dulces y velas: la vela paga

El aro y la vela, más que un ritual, es un juego para los más jóvenes.

Se coge un aro de un barril y en él se cuelgan varios dulces, caramelos y manzanas, pero también finales de velas. Se vendan los ojos de los participantes y se gira el aro.

Los participantes deben intentar morder uno de los dulces colgados y no morder el final de vela. Aquellos que tengan la mala suerte de morder la vela tendrán que pagar la multa, que habitualmente consistía, en el pago de las velas.

El pastel y el anillo

Antes de hornear un delicioso bizcocho se introduce un anillo en la masa. Una vez hecho se sirve en porciones y a aquel a quien le toque el anillo en su porción encontrará el amor verdadero en el plazo de un año. ¡Cuidado con tragarse el anillo!

The Fateful Food

Este juego de adivinación del destino era muy popular porque no solo implicaba comer una buena razón de dulces sino que aportaba la sorpresa de encontrar el objeto que previamente se había escondido en ellos y de interpretar su significado:

– una moneda predecía riqueza

– un anillo era símbolo de un matrimonio

– un botón o un dedal indicaban soltería para el próximo año

– un wishbone, el hueso de pollo o pavo en forma de horquilla, permitía a su poseedor pedir un deseo para el próximo año.

Juegos y ritos con berzas y coles

Lanza la berza, ella te contará tu futuro

O, is my true love tall or grand?

O, is my sweetheart boony?

Una de las tradiciones más antiguas cuenta como las kales, berzas, podían pronosticar el futuro de las parejas.

Las parejas salen cogidas de la mano y con los ojos vendados a la búsqueda de una berza, que aún está plantada, y deben arrancarla y lanzarla. Dependiendo del tiro y de cómo cayera la berza, así será el aspecto de la futura pareja y la relación de los jóvenes.

Si la raíz arrastra una buena cantidad de tierra, las previsiones económicas futuras de la pareja serán favorables. Si al comerla el corazón de la berza es dulce, la pareja vivirá momentos felices, pero si es amargo, no se deparan buenos augurios para la relación.

Kaling

El Kaling era un juego de origen escocés muy popular en Halloween. Para jugarlo era necesario un jardín y varias coles enterradas. Los jugadores saldrían al exterior y con los ojos tapados tendrían que desenterrar una col. Uno de los jugadores, que representaría el papel de pitonisa, interpretaba el futuro amoroso del poseedor de la col dependiendo del tamaño del vegetal, su posición económica atendiendo a la tierra adherida al repollo y el carácter del futuro esposo o esposa después de probar la acidez o no de la col.

Asustando a los incautos con coles y nabos fantasmas

No todos los juegos de Halloween eran inocentes y juguetones. Algunos eran auténticas gamberradas que los más jóvenes ideaban y disfrutaban a costa de los incautos que se aventuraban a caminar solos tan terrorífica noche o foráneos que desconocían las costumbres de la zona.

En algunas villas de Irlanda, los niños se esforzaban por tallar las caras más tenebrosas en los nabos para, por sorpresa ponerlas en la ventana de una casa o de un carruaje que se había parado, con el consiguiente susto de la persona que la veía tras el cristal.

También ataban cordeles a las coles y as arrastraban por los campos entre los cultivos mientras emitían lastimeros aullidos. Las víctimas de la broma, con gran inquietud, solo veían como algo pequeño gemía y se movía rápidamente.

Una col quemada y una casa atufada

En Escocia se ejecutaba una de las bromas más desagradables de Halloween ya que sus consecuencias duraban varios días, por no decir varias semanas. Esta consistía en arrancar el tallo de una col y conseguir que ardiera y echara humo. En ese momento acercaban el tallo al ojo de la cerradura de una casa y dejaban que ese humo penetrara en la casa, y con el humo el olor nauseabundo que provocaba.

Cuando la persona llegaba a casa todo su hogar estaba invadido no solo por una neblina provocada por el humo sino por un olor insoportable que se adhería a cortinas, telas y mobiliario tardando varios días – y unas cuantas coladas – en desaparecer.

Juegos y rituales con nueces

The Nut Shower

Los frutos secos típicos de estas fechas solían ser protagonistas de muchos de los juegos de Halloween. Las nueces, por su forma eran uno de los frutos favoritos.

Este juego requiere paciencia pero el resultado es tan agradecido que merece la pena. Se abrían las nueces con mucho cuidado y se le quitaban los frutos, dejando las cáscaras lo más intactas posibles. Se reservaban los frutos y se rellenaban las nueces con otras pequeñas golosinas o caramelos caseros y se volvían a cerrar, pegando las dos partes de las nueces con, por ejemplo, azúcar caramelizado o un glaseado.

Las nueces se esparcirían por el suelo y los niños deberían cogerlas y abrirlas – siempre se reservarían unas cuantas por si alguno de los pequeños cogía pocas o ninguna, ya que ningún niño debía quedar sin diversión. En el momento en que abrían las nueces y descubrían golosinas la estancia se llenaba de algarabía. Más tarde, los pequeños también darían buena cuenta de las nueces, tomándolas solas o con miel. Otra variante consistía en llenar las nueces con diminutos juguetes hechos por los mayores de la familia.

Fuera cual fuera el “relleno” de las nueces la diversión estaba asegurada.

Un barquito con la cáscara de nuez predice mi futuro

Este título es una interpretación del popular juego de lanzar cáscaras de nueces en barreño lleno de agua. Estas nueces se podían adornar con una pequeña vela para semejarlas a barquitos veleros.

Dependiendo del comportamiento de los barcos en el agua se podía interpretar el futuro: si el barco se hundía, el futuro del poseedor del barco no iba a ser muy halagüeño; por el contrario, si el barco seguía su travesía sin hundirse, significaría una vida feliz y estable.

Si dos barcos se cruzaban sin tocarse, sus propietarios estaban destinados a ignorarse en el futuro; si los barcos chocaban, las personas que los habían lanzado se encontrarían en algún periodo de sus vidas compartiendo intereses, negocios o amor y si los barcos navegaban juntos, sus dueños estaban predestinados a vivir juntos una vida feliz, acompañándose en cada momento.

Si un barco navegaba solo por los bordes del barreño, sin ir hacía el centro, donde se encontraban el resto de los barcos, predecía una vida solitaria y, quizás, una soltería de por vida; si el barquito de nuez tocaba frecuentemente los bordes, su poseedor tendría una vida de aventura, y viajaría por todo el mundo.

Y si un barquito se hundía significará no solo que el amor no será correspondido, sino que esa persona permanecerá soltera y sola ¡para el resto de su vida!

The Nut Crack Night

Este juego era uno de los favoritos de los jóvenes de la casa, ya que era un juego de predicción de futuro que vaticinaba si dos jóvenes estaban destinados a tener un amor verdadero o solo una bonita amistad.

Los elementos necesarios para jugar eran una parrilla y avellanas o castañas. Los jóvenes se sentaban a ambos lados de la parrilla, que previamente se había calentado, y, cada uno de ellos colocaba uno de los frutos sobre la parrilla. Si los frutos se quemaban lentamente hasta convertirse en cenizas la amistad duraría para siempre e incluso podría convertirse en amor duradero o un matrimonio feliz. Si, por el contrario, los frutos estallaban, la relación sería un reflejo de ese estallido, y no solo no duraría sino que acabaría de un modo conflictivo.

Quemando nueces, ¿cuál será nuestro futuro?

The auld gudewife’s weel hoarded nits
Are round and round divided,
And monie lads’ and lasses’ fates
Are there that night decided.
Some kindle, couthie, side by side,
And burn thegither trimly;
Some start awa’ with saucy pride,
And jump out-owre the chimlie.

Cada miembro de una pareja elige una nuez entera. Ambas nueces se ponen al fuego. Cada uno observa atentamente cómo se van quemando las nueces: si se queman lentamente, si se rompen o si ambos lados de la nuez se separan. Dependiendo de cómo respondan las nueces al fuego, así será su relación.

Rituales y juegos con manzanas

  • La manzana me dirá el nombre de mi amado

Aquel joven o aquella joven que quiera saber por qué letra comenzará el nombre de su futura pareja tendrá que pelar una manzana de una sola vez. Cuando termine tendrá que lanzar la monda de la manzana por encima de su hombro izquierdo.

Cuando caiga en el suelo dibujará la forma de una letra en el suelo. Esa letra será la inicial del apellido de su enamorado o enamorada.

  • Bobbing the apples

Se escogían varias manzanas rojas y apetitosas y se dejaban flotar en un barreño con agua; los participantes del juego debían poner los brazos a su espalda y sumergir sus cabezas en el barreño para coger las manzanas con los dientes. ¡La diversión estaba asegurada!

  • Manzanas a la hoguera

Para atraer al verdadero amor, se comía una manzana asada y se echaban al fuego el corazón y las semillas mientras se cantaba:

    “One, I love, two, I love, three, I love, I say,
Four, I love with all my heart,
Five, I cast away;
Six, he loves, seven, she loves, Eight, they both love.”

Otros juegos y bromas

El ovillo de lana que emparejará a los invitados

En una jornada informal y festiva en la que el protocolo se suavizaba ¡qué mejor manera de sentar a la mesa a los invitados que mediante un divertido juego!

La anfitriona dispersaba a los invitados por las diferentes estancias de la casa y les entregaba el cabo de un ovillo de lana a cada uno de ellos. Dos cabos de lana pertenecían al mismo ovillo y el juego consistiría en encontrar a la persona cuyo ovillo coincidiese. Para dificultar el encuentro, el largo ovillo se habría enrollado en muebles, extendido por las habitaciones y entremezclado con los ovillos de otros participantes, todo con el fin de que los propietarios de los ovillos recorrieran la casa y se divirtieran encontrando a su pareja.

De todos modos, la propietaria nunca dejaría nada al azar, encargándose de que dos cabos que estuvieran unidos no pertenecieran a comensales que pudieran tener ciertas rencillas entre ellos, y, si se sentaran juntos, su evidente malestar pudiese arruinar la reunión.

Trick or Treat – truco o trato – ¡cuidado con lo que eliges!

Aunque la frase “truco o trato” suele ser la primera la que se nos viene a la cabeza cuando pensamos en Halloween pocos saben lo que pasará si no aceptamos el trato y nos decdimos por el truco.  Cuenta la tradición que siempre debemos escoger el trato ya que en caso de no aceptarlo Jack O’Lantern, un ser maligno con cuerpo humano y cabeza de calabaza, podría maldecirnos. Según cuenta la leyenda irlandesa, un borrachín llamado Jack y apodado Jack Stingy engañó al Diablo para que pagara su bebida, atrapándolo en una moneda. Pero el Diablo más astuto que Jack se venga y condena a su espíritu durante toda la eternidad por la tierra. Para poder seguir enredando en la tierra Jack coloca dentro de un nabo tallado un carbón ardiendo, creando el personaje malvado de Jack O’Lantern. Si no aceptas el trato tendrás que vértelas con él.

¿Dónde está mi ganado? ¡En el tejado!

Dentro de las bromas desagradables de Halloween una de las más celebradas era la del “robo” de ganado y aperos de labranza. Durante la noche de Halloween, jóvenes y no tan jóvenes sustraían aperos de labranza, carros y animales del establo y ¡los subían a los tejados de las casas y graneros! A la mañana siguiente el granjero se encontraba con la desagradable escena que para él no era divertida en absoluto.

Me llevo tu puerta y se escapan tus animales

Una broma mucho más pesada consistía en robar las puertas de los campos y los cercados y abrir los establos y caballerizas. Después se azuzaba a los animales para que salieran. No era agradable levantarse por la mañana y ver que todos los animales se habían escapado; solo quedaba salir a buscar a los animales perdidos por os campos.

Estas chanzas provocaron no pocos altercados entre los granjeros y los jóvenes bromistas, ya que los primeros no dudaban en pasar la noche en vela, muchas veces armados con escopetas llenas de sal,  para evitar que los muchachos llevaran a cabo su inocentada de Halloween.

Los tres platos: decidme si me casaré con una bella doncella

En una mesa se colocaban tres platos: uno lleno de agua limpia, otro con agua sucia y otro vacío. A uno de los participantes en el juego se le vendaban los ojos y se le conducía hacia la mesa en la que estaban los tres platos.

A ciegas la persona escogía uno: si su elección era el plato con agua limpia se casaría con una bella dama, si el elegido era el que contenía agua sucia sería viudo, y si la suerte le llevaba hacia el vacío sería un amargado solterón.

Este ritual podía intentarse tres veces, previo cambio de sitio de los platos.

La dama frente al espejo: espejo, muéstrame el rostro de mi amado.

On Halloween look in the glass,

your future husband’s face will pass

Una de las tradiciones más populares entre las jóvenes era la de tratar de conocer cual sería el rostro de su futuro marido.

Para ello, la joven se encerraba en una habitación a oscuras, con la única luz de una vela iluminando el cuarto, y se colocaba frente al espejo. La superstición decía que al iluminar su imagen frente al espejo, a su lado, se reflejaría la imagen de su futuro marido.

A este ritual, a veces se le añadía un elemento adicional: la joven además de iluminar su imagen con una vela en el espejo debía ¡estar comiendo una manzana!

Mojé manga de mi camisa en el río: mi futura pareja aparecerá para secarla

Go to a south-running stream,

and dip your sleeve in it at a spot

where the lands of three lands come together

Una superstición escocesa contaba que la noche del 31 de octubre un joven o una joven debían mojar la manga de su camisa en un arroyo donde las tierras de tres tierras se unían. Al llegar a casa tenía que colgar la manga cerca del fuego para que secara, en un lugar que pudiese ver desde su cama.

No podía dormirse porque durante la noche una aparición tendría lugar en el lugar en el que había dejado la manga: su futuro esposo o esposa aparecería para retorcer la manga para intentar que se secase.

Caminando en la oscuridad

Una dama debía caminar hacia atrás en la oscuridad, hacia el sótano, con la única iluminación de una vela en su mano derecha y un espejo en su mano izquierda, mientras recitaba una y otra vez:

    ” Appear, appear, my true love dear,
Appear to me to-night,”

Antes de alcanzar el final de la escalera el rostro del amado se reflejaría en el espejo.

¿Fundimos plomo? Sus formas nos dirán nuestro futuro

Este juego me parece un poco más complicado e implica poderes de adivinación o mucha imaginación…

Fundimos un objeto de plomo y dejamos que el fundido se vierta a través de la manija de una llave cayendo sobre un bol de agua limpia. Las formas que forme el plomo serán un reflejo de lo que nos depara nuestro futuro.

¡Feliz Halloween! ¡Feliz Samaín!

New Year’s Day Open House: el día de las visitas de Año Nuevo

El New Year’s Open House era una tradición celebrada en muchas casas victorianas, principalmente en Estados Unidos, en la que los caballeros solteros visitaban las casas de sus allegados y conocidos para conocer a jóvenes casaderas.

Estas visitas no se realizaban de un modo casual sino que requerían de una preparación previa que implicaban una invitación no explícita y una visita planificada. Unos días antes del día de Año Nuevo, las familias con hijas en edad de casarse publicaban en los periódicos que, en esa fecha, su casa estaría abierta para recibir a los posibles pretendientes. De este modo, cualquier caballero que desease solicitar la atención de una dama y el permiso paterno para cortejarla podía consultar las listas publicadas en los periódicos para comprobar si la casa de su joven deseada estaba disponible para la visita.

Una de las condiciones para que el caballero pudiera acceder a la casa era tener una tarjeta de visita; esta le proporcionaba una forma de presentación ante la familia que podía saber quién era y a qué se dedicaba.

Una vez en la casa, se presentaría, el sirviente cogería su abrigo y sombrero y le conduciría al salón, donde sería recibido por los padres de la joven, sus hermanos y los familiares más allegados. Una vez allí, tendría alrededor de 15 minutos para presentarle sus respetos a la dama, presentarse ante la familia y mostrar sus pretensiones con respecto a la muchacha. Mientras estaba en la casa se le ofrecería un ligero refrigerio, ya que se le trataría como a un invitado.

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Poco a poco esta costumbre fue perdiendo su originaria esencia – que jóvenes casaderas conocieran a caballeros deseosos de formar una familia – para convertirse en casi una desagradable parodia en la que caballeros sin ningún interés en las jóvenes trataban de visitar el mayor número de casas posibles para comer y beber y todo lo que pudieran, llegando incluso bebidos a alguna de las visitas. Para las jóvenes damas era una fecha para competir entre ellas, siendo su máxima preocupación «coleccionar» tarjetas de visita de pretendientes para mostrar a sus amigas lo populares que eran.

A finales del siglo XIX, esta tradición fue desapareciendo porque los padres preferían buscar pretendientes entre los conocidos y solo permitían la entrada a aquellos que venían con algún tipo de recomendación de los allegados y familiares, sustituyendo las «morning calls» del día de Año Nuevo por las «family calls» de la fiesta de celebración de fin de año.

¡La Casa Victoriana os envía los mejores deseos para el año que está a punto de comenzar!

El trabajo en la época victoriana y algunos de los oficios más duros

Las condiciones laborales

No es ningún secreto que con el glamour, la elegancia y la etiqueta de las clases burguesas y aristocráticas victorianas coexistía otra sociedad formada por las clases bajas y trabajadoras. Dos mundos casi opuestos pero tan necesitados uno del otro.

La clase obrera, la mayoría llegada desde el campo o desde la vecina Irlanda (donde la hambruna hizo que se desplazaran familias enteras) , buscaba una vida mejor, malvivía en las ciudades, habitaba en casas insalubres y se dejaba, literalmente, la vida en las fábricas en las que más trabajar eran explotados por sueldos miserables.

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Trabajadores. Vía Pinterest.

Los salarios eran mínimos y las jornadas inacabables, por no hablar de las deplorables condiciones laborales a las que estaban expuestos hombres, mujeres y niños, ya que el trabajo infantil no sólo no estaba prohibido sino que los niños eran mano de obra maleable y barata y los padres no veían mal que un salario más llegara a las empobrecidas familias. De hecho en la época victoriana la mano de obra infantil representaba el 25% de los trabajadores activos en el Reino Unido.

La edad en la que un niño podía empezar a trabajar era de ¡4 años!, y los pequeños de esta edad se dejaban su vida en labores tan duras como el trabajo en las minas. No fue hasta 1833, cuando se prohibió que los menores de 9 años trabajaran en las fábricas y factorías textiles, y 1842 se aprobó que los menores de 10 años no pudiesen bajar al interior de las minas.

En 1847, con el decreto de Ten Hours, se consiguió un gran avance para la época (y hay que entenderlo en su contexto): se prohibía que las mujeres y los niños trabajaran, en cualquier labor, más de 10 horas al día. Esta ley casi revolucionaria para los derechos de los trabajadores, no siempre se cumplía, y dueños de las fábricas solían extorsionar a sus trabajadoras bajo amenaza de perder sus empleos.

 

Aprovechándose de la necesidad, muchos empresarios ni siquiera pagaban un salario a sus trabajadores, sino que daban a los empleados una serie de bonos para que los gastaran sus propias fábricas. De este modo los obreros trabajaban para dejar el fruto de su trabajo en la misma fábrica que los explotaba.

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Obreros en una fábrica de cerillas. Vía Pinterest.

La enfermedad, la pobreza, el analfabetismo y el alcoholismo convivían en los barrios obreros; los accidentes laborales por inhalación de productos tóxicos, por quemaduras o miembros seccionados por las máquinas no estaban contemplados en ninguna ley  y por supuesto no existían ni pensiones, ni ayudas gubernamentales ni subsidios no sólo por desempleo sino por accidentes en el trabajo.

Como curiosidad, apuntaremos que, en cambio, la ley sí permitía multar y sancionar a los trabajadores por los motivos más nimios, por ejemplo silbar mientras realizaban sus tareas.

El Cartismo y las Trade Unions

El Cartismo, movimiento nacido en 1838, emergió como crítica de la actitud de los políticos y las clases más pudientes hacia las clases más oprimidas. Sus reclamaciones llegaron hasta el Parlamento, y, aunque el Cartismo fue perdiendo fuerza hasta casi desaparecer en 1848, sus demandas prendieron en una población harta de ser explotada.

De todos modos las ideas del Cartismo calaron profundamente en la población y podemos decir que fueron el germen del nacimiento de los Trade Unions, los sindicatos de obreros, que inicialmente fueron organizados en los sectores en los que había trabajadores considerados de más alta cualificación: los mineros, los trabajadores del ferrocarril y los ingenieros.

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John Burns hablando en Hyde Park. Vía Pinterest.

Estos sindicatos, cuya fecha de creación podemos situar en torno a 1850, informaban a los trabajadores de sus derechos, y luchaban por unas condiciones de trabajo dignas. A estos colectivos se unieron los trabajadores de los puertos y las trabajadoras de las fábricas de fósforos.

La gran demostración de la seriedad de sus peticiones, y de que su lucha, a favor de clase trabajadora, iba a ser implacable, fueron las largas huelgas de los dockers y de las match girls, en las que no sin esfuerzo, consiguieron importantes mejoras laborales.

 

Algunos de los oficios más duros y peligrosos de la época victoriana

Los Leech Collectors

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Leech collectors. Vía Pinterest.

En el siglo las sanguijuelas eran muy apreciadas con fines médicos y farmacéuticos. Pero para que los doctores tuvieran acceso a ellas debía haber personas que las recogieran. Y estas personas eran las mujeres y niños de las clases más desfavorecidas que se metían en las charcas y los lodazales para capturarlas.

Pero, ¿cómo se capturaban?, pues de la manera más simple: las sanguijuelas se adherían a las piernas y brazos de los recolectores, que a la salida de la charca se las arrancaban y las guardaban en latas y botes. A más sanguijuelas «pegadas» a la piel, más botín para vender.

Evidentemente, las infecciones, las hemorragias y las enfermedades acababan haciendo mella en estos pobres recolectores, cuya esperanza de vida no era muy alentadora.

 

Las Pitbrow Lassies

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Pitbrow Lassies. Vía Pinterest

Este era el nombre con el que se denominaba a las mujeres que trabajaban en las minas cargando vagones de carbón. En las minas trabajaban, muy a menudo, todos los miembros de la familia y las mujeres y los niños no eran excepciones.

Las Pitbrow Lassers continuaron haciendo su trabajo hasta 1842, año en el que se prohibió que las mujeres y los niños bajaran a las galerías.

Una de las razones de la prohibición, aunque pueda parecer extraña, no fue el peligro que suponía para estas mujeres, sino que las mujeres y los hombre no trabajaran juntos en espacios interiores y reducidos, ya que no parecía pudoroso.

Las Pitbrow Lassies se resistieron y continuaron haciendo su trabajo hasta bien entrada la década de los 80.

Los Toshers

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Tosher en las alcantarillas de Londres. Vía Wikimedia Commons.

 

Uno de los peores oficios era el de tosher, cuya ocupación era hurgar en las alcantarillas, en busca de cualquier cosa de un mínimo valor, desde pequeños objetos de metal, botas o zapatos viejos o monedas. Además se encargaban del mantenimiento del deficiente alcantarillado londinense.

Para hacer su trabajo, los toshers caminaban horas y horas entre la basura de la alcantarillas; pero a veces las cosas se complicaban y morían de una enfermedad infecciosa que habían contraído – por ejemplo, la mordedura de una rata -, ahogados por las aguas subterráneas, o si quedaban atrapados en alguno de los túneles, devorados por las ratas. Ser tosher era un trabajo muy peligroso.

De todos modos, los toshers eran grupos de hombres rudos, muy respetados entre su gente e, increíblemente bien pagados por los contratistas.

Los Mudlark

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Los pequeños mudlarks entre el barro. Vía Pinterest.

La labor de estos trabajadores era hurgar en el barro y el lodo que se posaba a las orillas del Támesis. Su misión consistía en retirar el barro de las zonas que el Támesis invadía. Este trabajo, muy peligroso, era desempeñado principalmente por niños.

Los Chimney Sweepers

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Chimney sweeper. Vía Pinterest.

 

La  pequeña constitución de los niños hacía que fueran los deshollinadores (chimney sweepers) perfectos, ya que podían introducirse y trepar por las chimeneas con más facilidad que un adulto, pero era común que los pequeños quedaran atrapados, muriendo ahogados por el hollín. Si no era así, el hollín que iba llenando sus pulmones les provocaría una muerte dolorosa en pocos años.

Estos niños, además de mal pagados, eran maltratados con palizas, o se les pinchaba con objetos afilados para que siguieran trabajando o metiendo su cabeza en calderos de agua helada si por el cansancio se quedaban dormidos.

Las Seamstress

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Familia cosiendo en su casa. Vía Pinterest.

Los vestidos de las damas victorianas de principios del siglo XIX se hacían en pequeños talleres de costura o estaban hechos por modistas que no sólo cosían sino que diseñaban los modelos que posteriormente se lucirían en los mejores salones londinenses.

Pero la aparición de las empresas textiles y la irrupción de las casas de diseño, diseñadores de renombre y los grandes almacenes, como Selfridges, hicieron de la moda un producto de consumo masivo y un bien más asequible para todas las mujeres.

Esto hizo que el oficio de costurera fuera uno de los más demandados, aunque estas trabajadoras fueran explotadas: mal pagadas, con jornadas interminables que abarcaban los siete días de la semana y con un maravilloso trabajo artesanal apenas reconocido.

Familias enteras, incluyendo niños y ancianos, trabajaban en talleres o en sus propios hogares, casi sin descanso. Todos tenían sus tareas: zurcir, coser, calcetar, ganchillar…Las jornadas de trabajo eran interminables y los salarios eran escasos. Las maravillas que hacían con sus agujas estaba muy lejos de la recompensa que hacían por su trabajo.

 

Los Rat catchers

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Rat chatcher con su perro y su jaula, Public domain.

En un Londres infestado por las ratas, los cazadores de ratas tenían su trabajo asegurado. En una época donde no había exterminadores de plagas ni raticidas, estos cazadores eran trabajadores muy bien valorados.

¿Su método? Utilizar un perro o un hurón para capturar a las ratas vivas. Los rat  catchers necesitaban a las ratas vivas para sacarse un sobresueldo con las apuestas ilegales de los ratters, personajes del submundo victoriano que organizaban partidas ilegales de perros y ratas, cuyo objetivo consistía en ver cuantas ratas era capaz de cazar el perro o si las ratas lo devoraban a él antes de que las hubiera cazado todas (lo cuál nos hace pensar quien era realmente la rata, si los animales o los ratters, si me permitís la reflexión)

Los cazadores de ratas solían fallecer a causa de las infecciones que les provocaban las mordeduras de ratas y los ambientes infecciosos en los que se movían.

Uno de los rat catcher más famosos Jack Black, el «cazador» personal de la Reina Victoria, en cuya residencia las ratas campaban a sus anchas. El método de Jack era cazarlas en una gran jaula, dejarlas sin comida y esperar a que se comieran unos a otras.

 

Las Match Girls

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Unas jovencísimas matchgirls recibiendo su mísero salario, Vía Pinterest.

Muchas mujeres y niñas trabajaban en fábricas de cerillas. Es célebre el artículo de Annie Besant, la política socialista inglesa, en el que describía las condiciones infrahumanas de casi esclavitud en la que vivían esas niñas, y la grave enfermedad que contraían en las fábricas a causa de los productos químicos con los que trabajaban.

La denuncia de Annie Besant de la explotación que sufrían las “cerilleras” y las posteriores represalias de las empresas despidiendo a trabajadoras, condujeron a una de las mayores huelgas y manifestaciones de protesta acaecidas durante la Época Victoriana.

En 1888, las cerilleras se declararon en huelga, reclamando sus derechos laborales y denunciando las condiciones de casi esclavitud en las que trabajaban estas mujeres en las fábricas de cerillas: jornadas inacabables, sueldos míseros y condiciones insalubres.

Los Peelers  o Bobbies

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Los primeros bobbies uniformados con su abrigo con cinturón y su sombrero tipo chimenea. Vía Pinterest.

El crimen, los robos y la violencia estaba tan presentes en la época victoriana que en 1829, Sir Robert Peel creó un cuerpo especial de la policía metropolitana conocido como los peelers o los bobbies, debido al nombre e su creador. No demasiado populares en un primer momento, este cuerpo de policía fue creándose una reputación de respetabilidad por su trabajo preventivo y no abusivo.

Estos policías se jugaban la vida a diario y resolvían desde trifulcas familiares, a auténticas batallas campales en los barrios más deprimidos, además de asesinatos y robos. Estos policías llevaban uniformes especiales, donde lo más característico de su atuendo eran sus peculiares sombreros, en un primer momento estilo chimenea y después sustituidos por el casco custodio, alto y redondeado en su parte superior. Especial relevancia tuvo la policía de Whitechapel, que además de tener que patrullar por un barrio extremadamente conflictivo se las tuvo que ver con el famoso Jack El Destripador.

Como curiosidad diremos que los bobbies tenían estrictamente prohibido beber alcohol, algo que en una época en la que el alcohol era tan común como el agua, trajo graves problemas e incluso expulsiones a muchos miembros de este colectivo…

 

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Londres rico, Londres pobre

“Two nations; between whom there is no intercourse and no sympathy; who are as ignorant of each other’s habits, thoughts, and feelings, as if they were dwellers in different zones, or inhabitants of different planets; who are formed by a different breeding, are fed by a different food, are ordered by different manners, and are not governed by the same laws.«

(Dos naciones; que no tienen nada en común y ninguna afinidad; que ignoran el modo de vida, pensamientos, y sentimientos de la otra, como si ellos  habitaran en zonas diferentes, o en planetas distintos; como si fueran criaturas distintas, alimentadas por  alimentos diferentes, regidas por modales diferentes, y no fueran gobernada según las mismas leyes)

Sybil, or the Two Nations (1845), Disraeli

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Londres rico

Tres eran los barrios más opulentos del West End del Londres victoriano: Berkerley Square, Belgravia y Hyde Park. En ellos era fácil encontrarse a las damas paseando con sus elegantes vestidos protegiéndose del sol con sus elaboradas sombrillas, y a los caballeros con sus chisteras dirigiéndose en sus carruajes a sus negocios de venta, bufetes o bancos.

En los parques, por las tardes, las niñeras cuidaban de los niños o paseaban a los bebés, cubiertos con cálidas mantas o colchas bordadas, en grandes cochecitos de paseo.

Por las noches, elegantes landós, circulaban por las calles tenuemente iluminadas por las farolas de gas, llevando a los adinerados victorianos de vuelta a casa tras las cenas y fiestas que se celebraban en casas privadas o en los locales londinenses de moda, muchos de ellos de dudosa reputación.

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Vía Pinterest

Belgravia era el centro neurálgico de la riqueza victoriana y eduardiana, y aún hoy, es uno de los barrios más caros no sólo de Gran Bretaña sino del mundo entero.

En un principio esta zona era conocida como Five Fields, los Cinco Campos, y alguno de sus barrios eran realmente peligrosos y feudo de bandidos y delicuentes, que hacían que los victorianos más adinerados procuraran evitar vivir en las proximidades, sin olvidar las frecuentes inundaciones que llenaban los campos de barroy hacían que el alcantarillad se desbordase llenando las calles de aguas fecales, excrementos y un olor fétido.

Fue el constructor Thomas Cubitt quien vio las posibilidades de este barrio londinense, y con la ayuda del arquitecto George Basevi, diseñó las calles y plazas de Five Fields, convirtiéndolo en lo que hoy conocemos como Belgravia.

Teniendo como punto principal Belgravia Square, el barrio se llenó de magníficas plazas como Eaton Square, Chester Square o London Square, con bellos jardines, adornadas con destacadas estatuas. Las casas construídas eran elegantes edificios adosados de pocas alturas, (dos, tres o cuatro plantas), de diseño neoclásico, con líneas muy puras y sus característicos estucados.

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Vía Pinterest

La rica burguesía acogió con entusiasmo el nuevo barrio y la aristocracia lo convirtió en «su residencia de Londres», ya que ellos vivían en sus casas de campo (y cuando hablamos de casas de campo no nos referimos a un coqueto cottage sino a «casas» tipo Downton Abbey). El West End y sus inquilinos empezaban a marcar la diferencia económica y social de Londres. Todo aquel que «era alguien» tenía su residencia en uno de los barrios de esta zona.

En barrios colindantes, mucho menos lujosos vivía la clase media, pequeños comerciantes con negocios de hostelería, mercaderes y profesionales liberales, cuyas familias no pasaban grandes necesidades, pero tampoco eran ricas, y aspiraban a codearse, algún día, con los habitantes de los barrios más lujosos de la ciudad.

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Vía Pinterest

Londres pobre

Frente a este lujo, elegancia y opulencia existía otro Londres radicalmente opuesto, el conocido como East End londinense, cuyo núcleo era Bethnal Green, y donde la esperanza de vida de un niño trabajador de este suburbio no alcanzaba más allá de ¡los 16 años!. De hecho la mitad de los niños del barrio fallecían antes de cumplir los 5 años.

En los barrios del East End como el ya mencionado Bethnal Green, Spitalfields o Stepney la pobreza, el hambre y la miseria eran los compañeros de vida diarios de sus habitantes. El maltrato a las mujeres y los niños, el alcoholismo y la prostitución no eran extraños a sus habitantes.

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Gustave Dore. Dudley street, 1872.

Estos barrios llenos de pobreza recibían el nombre de rookeries. En uno de ellos St.Giles, Charles Dickens situó su novela Bleak House.

En una de sus primeras visitas a Londres, el escritor Jack London se escandalizó de las condiciones de vida que vio en estos lugares; su Londres soñado que él identificaba con la elegancia británica, alternaba la belleza victoriana con una realidad que él no esperaba: hombres, mujeres y niños que buscaban comida podrida entre la basura para poder tener algo con lo que llenar sus estómagos.

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En las casas las familias vivían hacinadas, llegando a convivir hasta 12 personas en pocos metros cuadrados insalubres. Esto llevaba a que las enfermedades se contagiaran, la higiene fuera ínfima y el aire limpio no fluyera por las habitaciones en las que varios miembros de la familia tenían que compartir las camas. De hecho, en algunas casas se establecían horarios para poder descansar.

Por descontado, en estas casas, no existía ni agua corriente ni cuarto de baño. Las necesidades se hacían en calderos, cuyo contenido se arrojaba posteriormente a la calle, provocando un hedor insoportable. El reformista Edwin Chadwick relataba como, para poder acceder a sus casas, algunas personas, tenías que atravesar montañas de basura, en las que las ratas campaban a sus anchas, y hundir los pies hasta los tobillos en lodazales de excrementos.

Este ambiente nauseabundo y la falta de higiene provocaba enfermedades y epidemias como la peste, el cólera o el tifus que causaban miles de muertos.

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Vía Pinterest

 

Si uno era pobre no tenía mucha elección a la hora de escoger trabajo; las mujeres solían trabajar como costureras, un trabajo nada deseable porque sus horas cosiendo eran casi interminables y estaban muy mal pagadas pero al menos era un trabajo limpio y a cubierto.

Uno de los peores oficios era el de tosher, cuya ocupación era hurgar en las alcantarillas, en busca de cualquier cosa de un mínimo valor, desde pequeños objetos de metal, botas o zapatos viejos o monedas. Además se encargaban del mantenimiento del deficiente alcantarillado londinense.

Para hacer su trabajo, os toshers caminaban horas y horas entre la basura de la alcantarillas; pero a veces las cosas se complicaban y morían de una enfermedad infecciosa que habían contraído – por ejemplo, la mordedura de una rata -, ahogados por las aguas subterráneas, o si quedaban atrapados en alguno de los túneles, devorados por las ratas. Ser tosher era un trabajo muy peligroso.

De todos modos, los toshers eran grupos de hombres rudos, muy respetados entre su gente e, increíblemente bien pagado por los contratistas.

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Toshers en las alcantarillas de Londres. Vía Pinterest.

Un trabajo muy parecido al de los tosher lo desarrollaban los mudlark, que hurgaban en el barro y el lodo que se posaba a las orillas del Támesis. Este trabajo, muy peligroso, era desempeñado principalmente por niños.

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Mudlarks entre el barro del Támesis. Vía Wikipedia.

Pero si había un grupo de victorianos maltratados por la pobreza esos eran los niños; el trabajo infantil alcanzaba casi al 100% de los niños que vivían en una situación de pobreza y eran mayores de 6 años: el trabajo en las minas de Gales, en las fábricas textiles del norte o en las chimeneas de las mansiones londinenses. Por supuesto, la mayoría de ellos no acudía a la escuela y no sabían ni leer ni escribir.

Su pequeña constitución hacía que fueran los deshollinadores (chimney sweepers) perfectos, ya que podían introducirse y trepar por las chimeneas con más facilidad que un adulto, pero era común que los pequeños quedaran atrapados, muriendo ahogados por el hollín. Si no era así, el hollín que iba llenando sus pulmones les provocaría una muerte dolorosa en pocos años.

Estos niños, además de mal pagados, eran maltratados con palizas, pinchándolos con objetos afilados para que siguieran trabajando o metiendo su cabeza en calderos de agua helada si por el cansancio se quedaban dormidos.

Sweepers. Vía Pinterest.

Las niñas, que no trabajaban en fábricas solían ser vendedoras callejeras o ayudaban en casa a sus madres cosiendo o ocupándose de sus hermanos y las labores caseras mientras ellas trabajaban sin descanso.

Muchas de ellas trabajaban en fábricas de cerillas. Es célebre el artículo de Annie Besant, la política socialista inglesa, que describía las condiciones infrahumanas de casi esclavitud en la que vivían esas niñas, y la grave enfermedad que contraían en las fábricas a causa de los productos químicos con los que trabajaban.

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Niñas trabajadoras. Vía Pinterest.

Muchos de estos niños escapaban de sus trabajos y se convertían en ladrones y rateros. Pero ni malviviendo así eran libres. Como describió Dickens en algunas de sus novelas, había desalmados que creaban bandas de rateros que tenían a los niños trabajando para ellos, a cambio, de no enviarlos a aquellas casas de maltrato y terror que eran los orfanatos victorianos.

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El Londres victoriano eran dos ciudades en la misma ciudad, en la que convivían la riqueza y la elegancia con la miseria más absoluta.

 

 

 

 

Feliz día de San Patricio

La Casa Victoriana desea a sus seguidores y subscriptores un feliz día de San Patricio.

Y para celebrar el día más verde del año, no dejéis de seguirnos en nuestras Redes Sociales, donde publicamos las mejores imágenes de cultura moda y sociedad de las épocas victoriana y eduardiana.

 

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Cuentos de hadas III: George MacDonald

(Todas las fotos que ilustran esta entrada – incluída la de la cabecera de la página web-  pertenecen a La Casa Victoriana y podéis encontrarlas en nuestra cuenta de Instagram , de fotografía y poesía, e irán siendo publicadas en el blog La Casa Victoriana. Cuaderno de Viaje. Espero que sean de vuestro agrado)

Every one who has considered the subject knows full well that a nation without fancy, without some romance, never did, never can, never will, hold a great place under the sun.

(Cualquiera que haya considerado el tema, sabe perfectamente bien que una nación sin fantasía, sin romance, nunca ocupó, ni puede ocupar, ni ocupará un lugar destacado bajo el sol)

Charles Dickens

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Aunque en el siglo XVII los puritanos lucharon por prohibir la rica tradición inglesa llena de criaturas mágicas, declarándolas como peligrosas para la moral, las hadas, elfos, duendes y demás personajes del folclore británico e irlandés resistieron los rígidos ataques y no sólo sobrevivieron a las prohibiciones sino que se hicieron mucho más fuertes en la imaginería popular.

En primer lugar lo hicieron de un modo tímido colándose en los hogares de los más pobres con sus apariciones en los pennybooks, librillos que costaban un penique llenos de historias de fantasía donde las hadas y los duendes, que vivían en frondosos bosques llenos de flores, eran los protagonistas, de romances con bellas princesas y con valientes príncipes azules, pero también de feroces ogros y malvadas brujas.

Más tarde, y dada su popularidad, entraron en casa no sólo de los ricos victorianos, que adornaban sus hogares con cuadros y figuras de ninfas y otras criaturas mitológicas, sino de los intelectuales, que las hacían protagonistas de sus obras pictóricas y de sus novelas.

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Gracias a los cuentos -denominados märchen en su idioma original – del danés Hans Christian Andersen y de los alemanes Grimm, las nurseries y las habitaciones de toda Gran Bretaña se llenaban de alegre fantasía, que hacía soñar a unos y olvidar la pobreza y las penurias del día a día a otros.

¿Qué elementos debía tener un cuento de hadas para que pudises ser considerado como tal? Pues, en un fairytale, así denominado en lengua inglesa, a pesar de no tener que estar necesariamente protagonizado por hadas, debían aparecer los consabidos héroes y villanos y, además, todo cuento debía mostrar una moraleja o enseñanza moral a modo de advertencia para todos los niños y niñas, pero también para las más jóvenes de la casa. Porque los cuentos clásicos originales poco tienen que ver con su versión edulcorada actual, donde los príncipes y princesas son felices y comen perdices, y la violencia apenas aparece sugerida.

Andersen y los Grimm escribieron cuentos llenos de violencia y crueldad, donde los malos son realmente perversos, donde los buenos no siempre son tan buenos y en los que el final feliz no siempre es de ensueño. Basta ver la crueldad subyacente en el cuento original de Caperucita, o a una Cenicienta que debe escapar de un príncipe, que más que agasajarla, la acosa hasta amedrentarla.

En este mundo fantástico, donde el bien y el mal se entremezclan tejiendo una sutil telaraña pero en que los conceptos morales están perfectamente claros y definidos, George MacDonald se mueve como pez en el agua.

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Este pastor calvinista, ensayista, escritor, poeta, profesor universitario de literatura y vidente, como le gustaba definirse, cultivó la amistad de otros famosos escritores contemporáneos como su gran amigo Lewis Carroll, Charles Dickens, Wilkie Collins, Alfred Tennyson y Arthur Hugues, ilustrador de la mayor parte de sus obras, entre otros, a los que recibía en su casa de campo, El Retiro, en la que vivía con su esposa y sus once hijos.

Adorado por el publico norteamericano, viajó varias veces a los Estados Unidos, donde sus visitas despertaban un gran fervor entre los admiradores de su obra, entre ellos el genial Mark Twain, con el que entabló una entrañable amistad.

Su producción literaria, además de poemas de género fantástico, está compuesta por una selección de märchen para lectores que, como él mismo decía, no habían perdido todavía la inocencia y trataban de guiar su vida por medio de unos códigos éticos análogos a los de los protagonistas de sus cuentos.

Los escenarios de sus obras son mundos fantásticos, irreales, inventados, llenos de criaturas creadas en la imaginación del autor, pero lo suficientemente definidas para que penetren en la imaginación del lector.

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MacDonald defendía la invención de los personajes, los escenarios y los seres que los habitaban, ya que si se parecían demasiado a lo que ya existía, la magia de la historia desaparecería. Pero al mismo tiempo todo tenía que ser identificable por el lector, para poder participar del cuento y, de algún modo, vivirlo. Nada tiene porque ser exactamente igual a la realidad.

Pero había un elemento fundamental que nunca podía ser modificado: la verdad. Y para que haya verdad, las leyes del mundo moral, lo que es bueno y lo que es malo, lo que es ético y lo que es inmoral debe permanecer incorrupto.

No puede existir un personaje bueno que cometa hechos perversos constantemente , ni un personaje malo generoso y que haga el bien. La línea divisoria entre el bien y el mal tiene que quedar clara, y aunque en toda su obra, MacDonald defiende la interpretación del texto por parte del lector, tiene especial interés en que esta línea quede clara.

Entre sus obras más destacadas están el largo poema Within and Without You, varias recopilaciones de cuentos, entre los que destacan La princesa y el duende, su continuación La princesa y Curdie y las novelas Back of the North Wind y Phantastes, a Fairie Romance for Men and Women, que inspiraría a C.S. Lewis, para escribir El león, la bruja y el armario, primera de las novelas de la serie Las Crónicas De Narnia.

George MacDonald murió en Inglaterra, el 18 de septiembre de 1905 y sus restos se enterraron con los de su querida esposa Louise en el cementario de Aberdeen, donde una estatua le rinde homenaje al que fue uno de los mejores transmisores del folklore británico.

En España la editorial Atalanta ha publicado dos libros de George MacDonald dentro de su colección Ars Brevis: el magnífico Cuentos de Hadas para todas las edades y Phantastes, a Fairie Romance for Men and Women.

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The Governess: la Institutriz Victoriana

El 8 de Marzo celebramos el día de la Mujer Trabajadora, y me gustaría hacer un especial énfasis en la palabra celebramos porque, aunque bien es cierto que todavía falta mucho camino por recorrer, sinceramente creo que la situación de la mujer en el mundo laboral occidental ha avanzado de una manera efectiva en el último siglo.

Por ello me gustaría dedicar esta entrada a aquellas mujeres que fueron abriendo caminos, luchando por su independencia económica y el derecho a trabajar y a valerse por sí mismas, a base de grandes sacrificios y de enfrentarse a una sociedad que era reticente a otro modelo de mujer diferente al establecido.

De entre todas ellas he elegido a una figura tan popular como desconocida: la governess, la institutriz victoriana, una suerte de niñera, profesora, educadora y amiga.

Tomaré como fuente The Victorian Nursery Book, un interesante y recomendable libro escrito por Antony y Peter Miall, que recoge información, testimonios e ilustraciones de como funcionaban las nurseries victorianas, ese espacio dentro de la casa donde los más jóvenes de la casa pasaban largas horas acompañados de la nanny o de la governess.

How delightful it would be to be a governess! to go into the world; to enter a new life; to act for myself: to exercise my unusual faculties; to earn my own maintenance.

Agnes Grey, Anne Brönte

Así expresaba Agnes Grey, la protagonista de la obra de la menor de las Brönte, su ilusión por el inicio de su salida al mundo para ganarse su propio salario e independencia aprovechando la cultura asimilada durante sus años de juventud en la rectoría de su padre.

Pero la vida de una institutriz estaba llena de tristezas y sinsabores. En la época victoriana, una mujer era educada con una sola misión: conseguir un buen marido, o al menos, un marido. Aquellas que tenían la desgracia de no conseguirlo tenían pocas opciones de salir adelante, ya que para una señorita no había muchos oficios adecuados, aparte de costurera o maestra.

La mayor parte elegían el mundo de la enseñanza, ya que, al menos, les aseguraba un techo en una casa respetable, lo que hizo que, en un momento dado, fueran muchas las candidatas que optaban a estos puestos y estuvieran dispuestas a aceptar el trabajo por salarios realmente bajos. (Hay una divertida escena en el libro de P.L.Travers, Mary Poppins, donde se refleja la gran cantidad de candidatas que asistían a cada entrevista para un puesto de institutriz, aunque aquí Travers retrata a una serie de maestras que ningún niño querría tener, como contraposición a la dulce Mary que está a punto de llegar)

Una institutriz preparada y educada por alguna de las mejores instituciones inglesas podría solicitar un salario de 100 libras anuales, aunque la necesidad de trabajo hacía que la mayor parte de las mujeres aceparan trabajar por una décima parte de esa cantidad.

¿Cuáles eran las cualidades que una buena institutriz debía poseer para ser la candidata ideal para una familia de clase media-alta? Nada lo prodría explicar mejor que la Cassell’s Household Guide, una guía para el hogar tremendamente popular en la época Victoriana:

Cualquiera que pretenda ejercer una autoridad sobre las mentes de lo más pequeños debe ser, en el sentido más literal de la palabra, una persona superior. Una institrutiz no debe ser sólo versada en las materias que vaya a enseñar sino que debe ser un ejemplo para los niños que tenga a su cargo – en conducta, actitud y hábitos personales. Muchas de las cosas que aprendemos en los libros cuando somos niños apenas las recordamos de adultos, pero raramente olvidamos el ejemplo que nos han dejado nuestros mayores y nuestros maestros (…)

Por ello, además de una entrevista personal y en profundidad, muy diferente de las estereotipadas listas de preguntas para las aspirantes al servicio doméstico, en una institutriz se observaba con especial atención su estilo en el vestir, su sentido de la justicia, su humanidad así como el sentimiento de sacrificio y entrega a los demás. Sin olvidar una austeridad en el salario a percibir, aún entendiendo la familia contratante la necesidad de la trabajadora en pensar en su futuro y en el ahorro para los años de vejez (sic)

Pero si ello no parecía suficiente, una buena institutriz debía ser capaz de enseñar inglés, francés, alemán e italiano; tener conocimientos de pintura al óleo, acuarela y carboncillo, geografía e historia; poder transmitir enseñanzas y preceptos religiosos y morales, así como matemáticas. También debían ser buenas maestras de música, y a ser posible, saber tocar algún instrumento, preferiblemente violín o piano. Se le presuponía una buena voz para dar clases de música y canto, ritmo y habilidad para enseñar baile y maña para la costura.

Además, a menudo, luchaban con una nanny demasiado condescendiente, madres histéricas y niños mimados e ingobernables. Todo ello por un sueldo miserable, que no solía superar las 20 libras anuales y, a pesar de todas sus virtudes, sin negarse a remendar la ropa de los niños y aceptar trabajos más propios del servicio doméstico que de su propia ocupación.

Al mínimo error o fallo, real o imaginario, o lo que era considerado como tal por la familia, era despedida en el acto, quedando con su pequeña maleta desvalida en busca de un lugar donde dormir y con el único pensamiento de volver a encontrar trabajo. Era complicado encontrar a una institutriz que durara en una casa dos años, del mismo modo que prácticamente no se encontraba una nanny que no lo estuviera. Y, ante la imposibilidad de encontrar una governess adecuada, las familias comenzaron a optar por las daily governess, institutrices externas, seleccionadas por empresas de servicios doméstico, que no vivían en la casa familiar sino que acudían diariamente durante unas horas para realizar sus tareas.

En uno de sus escritos Lady Lubbock narra una reveladora conversación con su institutriz, que estaba a punto de abandonar a la familia, obligada por la edad de la joven que, según las normas sociales, ya no precisaba de sus servicios.

La dama recuerda una tarde de paseo por el muelle con su institutriz, un momento casi perfecto de calma y complicidad. Uno de esos momentos que estaba a punto de no repetirse jamás por la marcha de su maestra y donde con una punzada de tristeza le confesó que la iba a echar muchísimo de menos.

Miss Cutting, la institutriz, le contestó con dulzura pero sin perder la compostura: «Querida, no te entristezcas. No creo que me vayas a echar muchísimo de menos, aunque es normal que ahora pienses así. Tú vida está empezando; encontrarás nuevos amigos e intereses y no tendrás tiempo para echar de menos a nadie. Pero yo sí te echaré de menos a ti, porque mi vida no se abre sino que se está cerrando como es natural para alguien de mi edad y seré feliz sólo con que tengas un rato para acordarte de mí y escribirme».

Estas palabras de Miss Cutting resumen la vida de la governess, una mujer con una exquisita preparación, entregada en cuerpo y alma a su tarea, tan poco valorada como incomprendida. Ha sido representada a menudo como un ser desgraciado, arisco y carente de afecto, pero incluso esta actitud tiene su explicación: convivía con la familia más que ningún otro miembro del servicio doméstico, pero no era una más de la familia, la nanny la consideraba demasiado severa para tratar con sus niños y el servicio pensaba que era demasiado estirada para formar parte de ellos. Por todo ello, cuando no trabajaba, pasaba mucho tiempo sola en su cuarto, lo cual, a menudo, agriaba su carácter.

Afortunadamente, algunas veces, la vida de la institutriz no era tan triste, ya que encontraba el amor y la consideración que merecía entre algún amigo de la familia u otro miembro del servicio, habitualmente el maestro o preceptor de los jóvenes de la casa. Otras veces, pasaba de ser la governess de los más jóvenes a ser la dama de compañía de las mujeres de más edad de la familia, que precisaban de alguien de una preparación cultural adecuada y que además supiera de las normas sociales de comportamiento para acompañarlas en sus paseos o simplemente para conversar.

Charlotte Brönte, reflejó perfectamente la vida de estas mujeres  en las extraordinaria Jane Eyre, Villete y Shirley, y lo mismo hizo Anne Brönte en Agnes Grey.

Las protagonistas de estas novelas, gracias a las marcadas y particulares personalidades de las Brönte, que impregnan en todos sus personajes femeninos esa fuerza, distan mucho de ser esos seres entre patéticos y amargados para convertirse en mujeres llenas de fuerza y ganas de luchar , como otras tantas mujeres que a lo largo de los siglos han luchado por su independencia y su lugar en el mundo laboral.

Las governess de las Brönte son mujeres luchadoras, que analizan su entorno, lo sufren y lo disfrutan a partes iguales y que, frente a las adversidades de una mujer sola y sin dinero en una sociedad tan conservadora y clasista como la victoriana, son capaces de elegir su propio camino y a la persona con quien quieren compartirlo más allá de las convenciones sociales.

Sirva esta entrada como homenaje a estas mujeres, a menudo tan denostadas por la literatura y la leyenda, y tan preparadas para enfrentarse y adaptarse a un mundo continuamente cambiante.