Ilustradoras: dibujando infancias felices

En el Día de la Mujer recordamos el magnífico trabajo de 6 ilustradoras que dibujaron infancias felices, ilustraron historias mágicas, llenaron de vida postales de felicitación y nos acompañaron, y nos siguen acompañando, con imágenes perfectamente reconocibles que han alegrado durante años los cuentos, libros, cuadernos y diarios de todos los niños, y no tan niños.

Beatrix Potter, naturalista, ilustradora y escritora

Helen Beatrix Potter nació un 28 de julio de 1866 en Kensington, Londres. Novelista , naturalista, ilustradora y escritora de cuentos infantiles logró ser conocida mundialmente gracias a su personaje de Peter Rabbit.

A pesar de su gran talento, sus padres preferían que se dedicara a labores más propias de una mujer, como las tareas del hogar y el cuidado de sus hermanos. Su tío, que se dio cuenta de la valía intelectual de la joven Beatrix intentó que la admitieran como estudiante en el Real Jardín Botánico, pero fue rechazada por ser una mujer. Beatrix nunca desistió de hacer realidad sus proyectos, lo que la enfrentó a sus padres. Después de ofrecer su obra The Tale of Peter Rabbit a varias editoriales y ser rechazada sistemáticamente, encontró a su mecenas en el editor Norman Warne, de quien se enamoró perdidamente.

Ante la oposición de sus padres a este matrimonio, Beatrix mantuvo su relación en secreto. Sus deseos de casarse con Norman se vinieron abajo cuando el editor murió a causa de una leucemia, dejando a la escritora sumida en un profundo dolor. A partir de ese momento Beatrix se volcó en la literatura y en su afición de naturalista, escribiendo más de 23 libros ilustrados y recogiendo a animales a los que le gustaba cuidar. A los 47 años se casó con su abogado William Heels. Falleció en 1943.

Kate Greenaway, la ilustradora de los niños felices

Desde niña, Kate mostró inclinación y aptitudes hacia el dibujo – le encantaba dibujar muñecas y su vestuario – algo que su padre siempre estimuló. Y el negocio de su madre, una costurera que abrió una tienda de confección de ropa, con gran éxito, le proporcionó una visión del vestuario de las clientas y sus familias que después usaría para sus ilustraciones.

Dejó de acudir a la Central School en South Kensington, donse se había matriculado, porque a las mujeres no se le permitía dibujar desnudos y se matriculó en la recién fundada Slade School que garantizaba una educación en igualdad para ambos sexos.Los contactos de su padre como grabador le proporcionaron su primer trabajo para la compañía norirlandesa de Marcus Ward, en el que obtuvo un relevante éxito como ilustradora de calendarios y de tarjetas.

Pero la negativa de Ward a devolverle sus originales después de publicados, hizo que Greenaway dejara su empresa.Otro de los conocidos de su padre, Edmund Evans le publicó obra Under the Window, donde aparecían sus delicadas acuarelas. La publicación tuvo tanto éxito que fue necesaria una segunda edición. Con esta obra, y su colaboración con Evans, comenzó una carrera de éxito para Kate Greenaway, con la publicación de obras posteriores que la convirtieron en la ilustradora favorita de varias generaciones durante décadas.

Además el trabajo con Evans le proporcionó un estrecho contacto con dos de los mejores ilustradores de la época: Randolph Caldecott, que la aconsejó y la ayudó – a pesar de que el éxito de la ilustradora hizo que las ventas de sus propias obras descendiera- y Walter Crane que no sólo no se mostró amistoso con ella sino que a menudo menospreció su obra.

El gran éxito obtenido por Kate Greenaway en Gran Bretaña y Estados Unidos hizo que surgieran imitadores de sus ilustraciones e incluso falsos dibujos atribuidos a ella y que aparecían en ropa, complementos, papel pintado y otra gran parte de objetos decorados que se vendían con gran éxito.Por su contribución a la difusión de la ilustración y por llegar a ser la ilustradora infantil más exitosa durante décadas en 1955 la Library Association of Great Britain instituyó, en 1955, la Kate Greenaway Medal que se asigna anualmente a un artista vivo y que haya publicado en Gran Bretaña.Esta mención se ha convertido en el honor más alto que se le puede conceder a un ilustrador infantil en el Reino Unido.

Los cupidos de Rose O’Neill, ilustadora y activista por los derechos femeninos

Rose O’Neill fue una artista, ilustradora, escritora estadounidense cuya creación más popular fueron los llamados Kewpies, unos bebés regordetes y tremendamente dulces que aparecieron en multitud de ilustraciones y tarjetas de felicitación. Su arte fue completamente autodidacta y lo aprendió copiando cuadros, bocetos e ilustraciones que encontraba en los libros que había en la librería de su padre. Además utilizaba a su propia familia como modelos para hacer retratos.

En sus primeros años en Nueva York, Rose realizó varios trabajos por encargo para revistas tan prestigiosas como Harper’s, Life, Broadway Life, Cosmopolitan, and Colliers. Su éxito, la llevó a conseguir un puesto en la plantilla de Puck Magazine, para la que realizó cerca de 1000 ilustraciones.

Además su gran éxito la llevaron a protagonizar varias campañas publicitarias de los productos más punteros, que veían en sus ilustraciones un modo de alcanzar una publicidad exitosa; entre estos productos se encontraban Oxydol, Rock Island Railroad, Edison Phonograph, Brownie Cameras, Kellogg Cornflakes, Pratt and Lambert Varnishes y  Jell-O.En un mundo en el que los ilustradores eran mayoritariamente hombres, Rose, aportó pinceladas de humor mezcladas con dulzura y romanticismo que rápidamente conquistaron al público.

La primera aparición de los  Kewpies fue en 1909, en el especial de Navidad de The Ladies’ Home Journal. Estos pequeñines aparecían en diferentes situaciones humorísticas y normalmente la ilustración se acompañaba de un verso o de una cancioncilla.

Los Kewpies se hicieron tan populares que pronto se convirtieron en un muñeco de tipo bisque, con su cabeza en porcelana, fabricados en nueve tamaños diferentes por la empresa alemana J. D. Kestner Co.También se editaron una serie de láminas de paper dolls, que tuvieron tanta aceptación que pronto se convirtieron en cuadernillos. Estos cuadernos fueron los pioneros de los cuadernos de recortables posteriores.

Hoy sus Kewpies son material de coleccionista, y los muñecos bisque son uno de los objetos más preciados y valorados por todos aquellos amantes de lo vintage y del arte popular de principios de siglo.

Como pintora y escultora, fue una artista adelantada a su época, con obras que más allá de la estética mostraban un estudio psicológico de los personajes. Sus temas favoritos eran la mitología y el folclore, principalmente irlandés y griego.En su primera exposición parisina, sus obras captaron la atención del público, describiéndolas como brillantes y originales.Además Rose O’Neill fue una activista social, que luchó, en especial por los derechos de las mujeres y contra la discriminación racial.

Cecily Mary Baker, la ilustradora de las hadas del bosque

Cecily Mary Barker es hacerlo de una magnífica ilustradora que ha sabido recrear como nadie el mundo de los Fairy Tales. Sus bellas ilustraciones, llenas de vivos colores, son capaces de trasladarnos a  preciosos bosques llenos de Ninfas, Hadas y Duendes haciendo que el Sueño de una Noche de Verano shakespiariano se convierta en realidad. Su técnica depurada y detallista convierten a cada Hada en un personaje único dotado de una marcada personalidad, que transmiten sus definidos rasgos y de sus hermosos vestidos hechos con pétalos de flores de brillantes colores.

Esta ilustradora inglesa, nacida en Croydon, Londres, en 1895 comenzó a estudiar arte desde muy joven con cursos por correspondencia y en la Escuela de Arte de Croydon, y pronto sus trabajos comenzaron a aparecer en revistas juveniles y en tarjetas de felicitación. Pronto sus pinturas de Hadas correteando por los bosques primaverales, veraniegos y otoñales se hicieron tremendamente populares lo que propició que comenzara a publicar libros de ilustraciones, de rimas, anuarios y greeting cards con una periodicidad casi anual hasta pocos años antes de su muerte.

Como curiosidad señalar que sus Hadas de invierno no aparecieron publicadas hasta 1985. Además se publicaron postumamente alrededor de 4 libros de ilustraciones de diferentes etapas de la pintora, que no se habían publicado anteriormente.

El estilo de Cecily ha sido comparado con el de Kate Greenaway por la dulzura y el halo de inocencia que destilan sus ilustraciones, y técnicamente con los prerrafaelistas, aunque ella siempre rechazó las teorías artísticas y prefirió definir su estilo como propio surgido de su inspiración.

Joan Walsh Anglund, la dulzura hecha ilustración

La magnífica ilustradora Joan Walsh Anglund nació en Chicago en 1926.  Desde la publicación de su primer libro A Friend is Someone Who Likes You, en 1958, con el que consiguió un gran éxito, ha publicado más de 75 libros como escritora e ilustradora vendiendo más de 40 millones de copias.  Desde 1979, Joan Walsh ha escrito e ilustrado cuatro veces al año la Joan Walsh Anglund Children’s Page en la revista GoodHousekeeping Magazine . Sus ilustraciones también aparecieron con más o menos asiduidad en las revistas Ladies Home Journal , Good Housekeeping , Woman’s Day , Better Homes and Gardens , Family Circle , y McCalls .

Sus dibujos, llenos de color y trazo sencillo eran capaz de transmitir la dulzura, encanto e inocencia de la niñez.  Cuando se le preguntaba a la ilustradora por sus dibujos contestaba que ” quizás estoy intentando atrapar la esencia de lo que es un niño, no un niño en concreto, ni un niño real, sino lo que intento es capturar el sentir todos los niños, de la infancia misma. Esa podría ser también la razón por la que visto a los niños con una ropa intemporal de ningún periodo definido, pero siempre con un vago sentimiento de nostalgia”.

Grace Drayton, la creadora de las polifacéticas Dolly Dingle

La primera Dolly Dingle apareció por primera vez en la  revista Pictorial Review, en 1913. Su aspecto dulce, sus grandes ojos y su pelo en bucles, la hicieron tremendamente popular entre el público norteamericano.

Pero, este no era el primer éxito para su autora GraceGebbie – que también firmó sus obras como GraceWiederseim o Grace Drayton, ya que adoptó los apellidos de sus sucesivos maridos. La ilustradora ya se había hecho tremendamente popular con las ilustraciones de niños, muy al estilo Dolly, que se convirtieron durante la primera década del siglo XX en el icono de las Sopas Campbell para niños.

Durante más de 20 años Grace Gebbie dibujó más de 200 paper dolls de la serie de Dolly Dingle, en cuya publicación destacaban los vivos colores con que Gebbie dotaba tanto a los muñecos, como sus vestuarios y accesorios; aunque durante la Gran Depresión la crisis económica obligó a los editores a publicar las Dolly en sólo dos colores, las paper dolls de Grace Gebbie no perdieron ni un ápice de su popularidad, situándose entre las preferidas de los niños norteamericanos.

A lo largo de los años de su publicación la familia Dolly fue creciendo, sumando nuevos personajes y mascotas a los personajes fijos. Además las Dolly viajaron por todo el mundo añadiendo nuevos outfits de los países que visitaban a sus armarios y presentando nuevos amigos de países exóticos, o bien integrándose en movimientos sociales como los scouts o la Cruz Roja.

Gebbie logró hacer de sus Dolly una serie de recortables que han permanecido en el tiempo,  como una representación de los gustos de la sociedad del primer tercio del siglo XX, tanto en  actitud como en un vestuario e imagen que refleja fielmente la moda infantil  de su época. Una Dolly era como todas las niñas querían ser y su vestuario como el que todas las niñas soñaban tener.

Para celebrar el aniversario de Campbell, la empresa lanzó una promoción de muñecas y muñecos Dingle, pero no en formato paper doll sino de plástico, que intentaban reproducir lo más fielmente posible el espíritu Dolly Dingle. Aunque las reproducciones no fueron del  agrado de todos los fans de las Dingles, el éxito fue rotundo, agotándose rápidamente.

El arte del coqueteo con el pañuelo

A Reclining Lady With A Fan – EleuterioPagliani

El honor y la virtud eran dos cualidades morales que se consideraban inherentes a toda dama victoriana. Cualquier desliz podía empañar la reputación de una mujer de manera irreversible con consecuencias fatales para un futuro casamiento o para su matrimonio, poniendo en entredicho, además, la honra de su familia. Pero la pasión amorosa y la discreción no siempre conseguían ir de la mano, por lo que las jóvenes, y no tan jóvenes, tenían que idear modos de comunicarse con sus amados que no llamasen demasiado la atención. Uno de estas maneras de comunicarse era por medio de los pañuelos, cuyo uso era bien distinto del que la funcionalidad con la que los asociamos en la actualidad.

En un primer momento el uso del pañuelo como complemento de vestuario se consideró muy atrevido, ya que este pequeño cuadrado de tela y encaje era más propio de los tocadores y se identificaba con la intimidad femenina más que con la exhibición y el coqueteo.

Un pañuelo no se utilizaba para algo tan vulgar como sonarse, sino que era uno de los regalos más preciados que podían recibirse. La razón era que un pañuelo era un objeto preciado, con un significado más allá de lo material. Las damas bordaban sus iniciales o un pequeño mensaje en él para dárselos a sus seres queridos o a su amado. Estos mensajes eran algo más que una letra o una frase bordada, era una labor cuidadosa, hecha con mimo, preparada con tiempo, dedicada y personalizada en la que la dama mostraba sus habilidades con la aguja, aprendidas tras horas de dedicación y esfuerzo.

Otro de los motivos que acompañaban a estas iniciales o mensajes eran pequeñas flores y ramilletes de vivos colores bordados en una de las esquinas. Las iniciales estaban bordadas con letras de bonita caligrafía – incluso había modelos para traspasar a la tela y hacer más fácil el bordado. La elección de las flores, que iban acompañando a las iniciales o bien solas no eran casuales y siempre en colores delicados, nada estridentes, trataban de transmitir un mensaje siguiendo el lenguaje victoriano de las flores, violetas como signo de lealtad, margaritas simbolizando la pureza e inocencia, rosas como recordatorio de un amor verdadero y apasionado o campanillas expresando esperanza, eran las más comunes.

Otros motivos como una casa, una cesta, un árbol, un carro podían ser los protagonistas del bordado, dependiendo del mensaje que se quisiera transmitir con la entrega del pañuelo. Algunas damas preferían el petit point o punto de cruz para realizar sus pequeños dibujos. Este tipo de puntada era el preferido si el pañuelo iba a ser entregado a un niño.

Algunas veces se punteaban los extremos con vivos colores o simplemente se le añadía un bonito encaje, bordeando los extremos o simplemente en una de las esquinas. El encaje era caro y no todas las damas dominaban la técnica de empleo de este delicado tejido para unirla a la tela, lo que convertían a los pañuelos con encaje en piezas valiosas más allá del coste material de los materiales de confección.

Household duties – Franz Xaver Simm

Los encajes franceses y belgas eran reconocidos por sus filigranas y su minuciosidad, así como por su gran calidad y elevado precio; pero los británicos preferían encajes ingleses e irlandeses, que aunque menos demandados en Europa eran de extraordinaria belleza y denotaban un trabajo de alta precisión en su elaboración y posterior aplicación. Algunos ejemplos de estos preciosos encajes eran:

  • El encaje inglés, también conocido como encaje inglés, era de los más populares. Este encaje se cosía sobre una tela blanca con hilo de color blanco, consiguiendo un efecto casi tridimensional.
  • Los encajes de Limerick, localidad irlandesa, famosa entre otras cosas por la belleza de sus encajes y sus depuradas técnicas de confección. Los más destacados eran los encajes realizados con needlerun, un delicado trabajo de bordado sobre tela de tul, con puntadas a la carrera con una aguja de coser. En este tipo de encaje se dejaban huecos en los diseños que se rellenaban posteriormente con meticulosas puntadas diferentes para lograr un conjunto armonioso y elegante. En Limerick también se confeccionaba el Tambour lace, un tipo de técnica realizada igualmente sobre tul, pero mientras que en la técnica needlerun se utilizaba la aguja, aquí se utilizaba un gancho para crear la decoración del encaje. El nombre tambour viene del objeto que se utilizaba para estirar el tul y facilitar la puntada de gancho, un gran aro muy similiar a un bastidor.
  • También en Irlanda, pero un poco más hacia el sur, en la localidad marinera de Youghal, se confeccionaba uno de los encajes más demandados por las damas de la alta sociedad, como símbolo de estatus y elegancia. El hilo con el que se creaba este exquisito encaje era finísimo, literalmente, incluso más que el cabello humano, lo que daba lugar a unas piezas muy delicadas, de altísima calidad que había que tratar y guardar con sumo cuidado.

Aquellas mujeres que no podían permitirse estas delicatessen de la costura se conformaban con el Irish crochet, piezas de ganchillo, igualmente bellas pero menos delicadas, al alcance de cualquier familia, pero con las que una dama de buen gusto podía lograr un diseño realmente bello.

Waiting For The Ferry – Thomas Brooks

Con la llegada de la Revolución Industrial y el desarrollo de las fábricas textiles, la confección de encaje se hacía de manera industrial y no artesanal. Aunque la calidad, evidentemente no era la misma, consiguuió que los precios fueran muy inferiores y estuvieran al alcance de cualquier mujer. Esto popularizó la técnica del tape lace, que consistía en la unión de diferentes piezas de encaje para lograr un conjunto armonioso.

El modo de confeccionarlo dependía del buen gusto de la dama, pero, contrariamente al gusto victoriano por lo recargado, los pañuelos solían ser delicados y elegantes. Las familias guardaban los pañuelos bordados como pequeños tesoros familiares que pasaban de una a otra generación, las damas los guardaban en sus cajitas de labor o en estuches adaptados para que la humedad no los estropeara y se conservaran en la mejor condición.

Un pañuelo en las manos de una dama evitaba que esta mostrara su nerviosismo y resultaba un apoyo para tener sus manos ocupadas y mostrar serenidad, pero, además, fue uno de los complementos más utilizados para la comunicación entre los amantes, elaborando con suaves y discretos movimientos un complejo código amoroso en el que se incluía desde el coqueteo, hasta la advertencia e, incluso, el enfado y una ruptura elegante.

El lenguaje del coqueteo con el pañuelo implicaba una serie de movimientos, cada uno con su propio significado, que todo pretendiente o amante debía conocer:

Pasarlo por los labios: Estoy deseando conocer a alguien.
Pasarlo por los ojos: Lo siento.
Ponerlo en la mejilla: Te quiero.
Ponerlo en la frente: Nos observan.
Pasarlo por las manos: Te odio.
Dejarlo caer: Seremos amigos.
Doblarlo: Deseo hablar contigo.
Apoyarlo en la mejilla derecha: Sí.
Apoyarlo en la mejilla izquierda: No.
Ponerlo sobre los ojos: Eres cruel.
Poner las esquinas opuestas en ambas manos: Espérame.
Pasarlo por encima del hombro: Sígueme.
Colocarlo en la oreja derecha: Has cambiado.
Tomándolo por el centro: Eres demasiado voluntarioso.
Girarlo con ambas manos: Indiferencia.
Girarlo con la mano izquierda: Deseo librarme de ti.
Girarlo con la mano derecha: Amo a otro.
Girarlo alrededor del dedo índice: estoy comprometida.
Girarlo alrededor del tercer dedo: estoy casada.
Agitarlo cerca de alguien una vez: eres un seductor.
Agitarlo cerca de alguien tres veces: Váyase al diablo.
Pasarlo sobre por encima de la cabeza: Váyase lejos.
Meterlo en el bolsillo: No más por ahora.

Tea Time Calendar 2021

Como cada año, La Casa Victoriana regala a todos sus seguidores y amigos una nueva edición del nuestro almanaque victoriano. En esta edición lo dedicamos a la hora del té. ¡Esperamos que os guste!

If you are cold, tea will warm you;
If you are too heated, it will cool you;
If you are depressed, it will cheer you;
If you are exhausted, it will calm you.
William Gladstone

Un té victoriano seguía escrupulosamente una serie de protocolos y etiquetas, que incluían desde la invitación, al vestuario, los refrigerios y, por supuesto, los horarios, que hacían de cada reunión un momento diferente. Los principales momentos para tomar el té eran:

Elevenses – Las 11:00h eran el momento indicado para tomar una buena taza de café. Como el café no era del gusto de todos los victorianos – tampoco se sabía cómo preparar un café de calidad, ya que se solía mezclar con exageradas cantidades de achicoria – muchos británicos optaban por una taza de té. Esta taza revitalizante se acompañaba de un aperitivo ligero compuesto por un surtido de productos de bollería que incluían bizcochos, scones, madalenas o galletas.

No hay una tradición registrada en la literatura de los siglos XVIII y XIX sobre la costumbre de los elevenses, pero sí en la del siglo XX en la que aparece más como un hábito que como una tradición.

Afternoon Tea – En el afternoon tea, además de tazas de exquisito té, se servía una merienda en la que no podían faltar los riquísimos scones, que podían rellenarse con mermeladas, crema de limón o nata agria, emparedados de varios tipos y dulces surtidos. El afternoon tea, se conocía también como Low Tea, ya que los invitados se sentaban en sillones bajos con mesas laterales a la altura de los sillones en las que se colocaban las tazas .

Cream Tea – La cream tea era una reunión informal, muchas veces familiar. En una Cream Tea se servían solo scones y clotted cream – aunque en alguna mesa se añadía mermelada de fresa casera.

La gran protagonista de de un Cream Tea es la clotted cream, una tentación exquisita, densa, parecida a una mantequilla suave con más de un 55% de materia grasa. Ni su sabor ni su textura es similar a la nata montada que solemos preparar en casa o encontrar en nuestros establecimientos de alimentación. Esta nata, originaria de los condados de Devon y Cornualles, se obtiene del calentamiento prolongado al baño maría de la leche de vaca y su posterior enfriamiento hasta la formación de la nata en forma de coágulos.

Debido al uso de esta peculiar nata, el Cream Tea también se denomina Devonshire Tea o Cornish Tea, aunque entre una y otra denominación hay una sutil diferencia.: si en nuestro scone untamos primero la nata y después la mermelada estaremos asistiendo a Devonshire Tea, pero si lo hacemos al contrario nuestro té sería un Cornish Tea.

La novedosa costumbre de procurar una bandeja de fresas frescas se hizo tan popular en algunas reuniones decimonónicas que este momento para la degustación del té pasó a denominarse Strawberry Tea.

High Tea – La denominación de High Tea nos da una falsa apariencia de té elegante, con vajillas de porcelana y damas y caballeros con sus mejores galas sorbiendo té en torno a una mesa llena de deliciosos aperitivos , pero nada más lejos de la realidad.

De un High Tea disfrutaban tanto las clases altas como las clases más humildes porque si tuviéramos que definirlo con una palabra sería la popular «merienda-cena» que se disfrutaba alrededor de las 6 de la tarde cuando los trabajadores volvían a casa, o las familias de cualquier clase social se reunían en torno a la mesa para disfrutar de una taza de té y de una comida caliente.

En un High Tea se degustaban platos de carne fría, pescados hervidos, patatas, pasteles de carne y diferentes piezas de pastelería. Realmente podríamos denominarla «una cena» en toda su extensión. Las familias adineradas y con servicio solían tomarlo los domingos para que las criadas y los mayordomos tuvieran tiempo de ir a la iglesia y no se preocuparan de preparar la cena para la familia.

Además de estas modalidades, hay otras variantes a la hora del té, como Light Tea, Full Tea o Royal Tea.

Light Tea es una versión ligera del Afternoon Tea, donde la gran cantidad de acompañamientos se reducen a bollería y otros dulces acompañados de té.

Full Tea se compone de que incluye sándwiches variados, entre los que no puede faltar el de salmón y pepino, y postres variados. La inclusión de canapés y sandwiches en este servicio le otorgan la denominación de «Té Completo»,.

Royal Tea no se diferencia mucho del Full Tea porque ofrece las mismas viandas y dulces pero la adición al menú de una copa de champán, de vino dulce o jerez da a este té la distinción de ser llamado «té real».

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New Year’s Day Open House: el día de las visitas de Año Nuevo

El New Year’s Open House era una tradición celebrada en muchas casas victorianas, principalmente en Estados Unidos, en la que los caballeros solteros visitaban las casas de sus allegados y conocidos para conocer a jóvenes casaderas.

Estas visitas no se realizaban de un modo casual sino que requerían de una preparación previa que implicaban una invitación no explícita y una visita planificada. Unos días antes del día de Año Nuevo, las familias con hijas en edad de casarse publicaban en los periódicos que, en esa fecha, su casa estaría abierta para recibir a los posibles pretendientes. De este modo, cualquier caballero que desease solicitar la atención de una dama y el permiso paterno para cortejarla podía consultar las listas publicadas en los periódicos para comprobar si la casa de su joven deseada estaba disponible para la visita.

Una de las condiciones para que el caballero pudiera acceder a la casa era tener una tarjeta de visita; esta le proporcionaba una forma de presentación ante la familia que podía saber quién era y a qué se dedicaba.

Una vez en la casa, se presentaría, el sirviente cogería su abrigo y sombrero y le conduciría al salón, donde sería recibido por los padres de la joven, sus hermanos y los familiares más allegados. Una vez allí, tendría alrededor de 15 minutos para presentarle sus respetos a la dama, presentarse ante la familia y mostrar sus pretensiones con respecto a la muchacha. Mientras estaba en la casa se le ofrecería un ligero refrigerio, ya que se le trataría como a un invitado.

Tissot, James; Hush!; Manchester Art Gallery

Poco a poco esta costumbre fue perdiendo su originaria esencia – que jóvenes casaderas conocieran a caballeros deseosos de formar una familia – para convertirse en casi una desagradable parodia en la que caballeros sin ningún interés en las jóvenes trataban de visitar el mayor número de casas posibles para comer y beber y todo lo que pudieran, llegando incluso bebidos a alguna de las visitas. Para las jóvenes damas era una fecha para competir entre ellas, siendo su máxima preocupación «coleccionar» tarjetas de visita de pretendientes para mostrar a sus amigas lo populares que eran.

A finales del siglo XIX, esta tradición fue desapareciendo porque los padres preferían buscar pretendientes entre los conocidos y solo permitían la entrada a aquellos que venían con algún tipo de recomendación de los allegados y familiares, sustituyendo las «morning calls» del día de Año Nuevo por las «family calls» de la fiesta de celebración de fin de año.

¡La Casa Victoriana os envía los mejores deseos para el año que está a punto de comenzar!

Feliz Navidad, victorianos

La Casa Victoriana quiere agradeceros que paséis una nueva Navidad a nuestro lado.

En estos difíciles y complicados tiempos os deseamos fuerza, ánimo y amor para superar las dificultades.

Buenos tiempos llegarán, solo hay que tener fe y solidaridad para ver un futuro lleno de esperanza.

Feliz Navidad, victorianos 🎄🕯️

El Christmas pudding, una delicia navideña

«¡Supongamos que no esté bien cocido! ¡Supongamos que se rompa al sacarlo! ¡Supongamos que alguien haya saltado la pared del patio y lo haya robado mientras festejábamos la oca! – suposición que puso lívidos a los dos jóvenes Cratchit. Toda clase de horrores fueron supuestos.
¡Vaya! ¡Mucho vapor! El pudding se sacó del barreño. ¡Un olor como el de los días de hacer colada! Era el paño. Un olor como el de un restaurante situado al lado de una confitería y una lavandería. Era el pudding. La señora Cratchit volvió en medio minuto, acalorada pero sonriendo con orgullo, con un pudding como una bala de cañón moteada, denso y firme, flambeado con la mitad de medio cuartillo de brandy y adornado con acebo en la parte superior.»

Cuento de Navidad. Charles Dickens.

Los orígenes

‘The plumb-pudding in danger: – or – state epicures taking un petit souper’ National Portrait Gallery

El Pudín de Ciruela inglés, o Christmas Pudding, servido al final de un banquete navideño, es uno de los platos más destacados de todo menú victoriano que se precie. La historia de este famoso postre, al igual que su receta, es realmente curiosa e intrigrante.

En un primer momento, este plato era un entrante y no un dulce. Se cree que la receta original era celta y consistía en una mezcla de especias de trigo descascarado hervido en leche. A mediados del siglo XVII, las gachas de ciruela o el potaje de ciruela se asemejaban a una sopa espesa. Sus ingredientes principales eran avena y frijoles; también se le agregaban restos de carne y pescado para darle sabor . Este puré se servía para acompañar el plato principal de carne y se comía con cuchara.

Con el tiempo, los ingredientes básicos fueron cambiando y se añadió carne de cordero y de vaca hervida al caldo, complementándolo con migas de pan, pasas y ciruelas pasas, vino, especias, jengibre y clavo. Debemos tener en cuenta que la receta cambiaba según las necesidades y recursos de cada hogar, y, sobre todo, que los victorianos utilizaban la palabra “ciruela” para referirse tanto a ciruelas secas, como a pasas y grosellas.

Los 13 ingredientes del pudding

Una de las leyendas referidas al Christmas pudding es que debe tener 13 ingredientes, ni uno más ni uno menos. Supuestamente esta afirmación se atribuye a la Iglesia católica, que decretó el empleo de este número de ingredientes haciendo referencia a Jesús y los 12 apóstoles. La proclamación de este decreto nunca se ha podido confirmar y se duda que haya existido en algún momento histórico.

Fuera o no verdad, muchas familias utilizaban 13 ingredientes para la elaboración del pudding. Los 13 elementos más utilizados eran: zumo de limón o de naranja, harina, pan rallado, especias, sebo de riñón de vaca, huevos, frutas secas, miel o melaza, manzanas, almendras, cáscara confitada, brandy y azúcar.

King George Pudding: la tradición de Georgie Porgie

Otra de las historias sobre este plato hace referencia a la petición del rey Jorge I que pidió que se sirviera pudín de ciruelas como parte de la fiesta real durante su primera Navidad en Inglaterra, en el año 1714. A causa de esta petición ha pasado a la historia como ‘el rey pudin’. Incluso hay registros de la hora exacta en la que el nuevo rey probó el plato por primera vez: a las 6 pm del 25 de diciembre de 1714. Esta curiosa historia del Pudding King solo aparece recogida en el Pudding Book de May Byron, pero que no haya evidencias de su certeza no implica que el rey haya pasado a la historia como el introductor del pudding de ciruelas en Gran Bretaña e Irlanda e incluso, en la actualidad, se vendan pudding hecho con la receta «original» del pudding que se le sirvió.

Por qué Oliver Cromwell prohibió el pudding

La llegada de Cromwell al poder en 1640, después de la Guerra Civil inglesa trajo malos tiempos para la Navidad y, aunque parezca increíble, para el Plum Pudding. El gobernante que se definía como puritano, aplicó sus creencias religiosas estrictas al gobierno del país y a la redacción de las leyes. De acuerdo con las ideas de su fe, la Navidad, al igual que la Pascua eran fiestas católicas irrelevantes e innecesarias, que a lo único que incitaban era al pecado, al consumo de alcohol y al libertinaje.

Para proteger a la sociedad del país de prácticas perversas e inmorales se propuso la prohibición de la Navidad, y todo lo que conllevaba la festividad, incluidas las comidas tradicionales como el pudin de ciruela, que fue declarado ilegal. Cualquier iglesia o sacerdote que celebrara un oficio religioso sería detenido inmediatamente. Del mismo modo, aquel que fuera sorprendido haciendo o comiendo el popular pastel podía ser multado y enviado a prisión. La prohibición de la Navidad trajo un descontento social que desembocó en las protestas conocidas popularmente como Plum Pudding Riots.

La Navidad continuó celebrándose, aunque en secreto, hasta que el rey Carlos II la reinstauró en 1660, y el pudin sobrevivió como plato tradicional hasta convertirse en el siglo XIX, en el postre que conocemos.

El Stir-up Sunday

“Stir up, we beseech thee”, and be “plenteously rewarded [with] the fruit of good works” (“Remueve, te lo suplicamos”, y serás “recompensado [con] abundantemente el fruto de las buenas obras”)

The English Book of Common Prayer (1549).


Los victorianos tomaron las palabras del libro de oraciones al pie de la letra y se esforzaron por remover el pudin una y otra vez para sumar buenas obras a su vida. Este trabajo agotador comenzaba alrededor de seis semanas antes de Navidad, aunque se comenta que algunas familias empezaban los preparativos mucho antes; todo dependía del dispendio económico en leña y carbón para la cocina que cada familia podía permitirse.

Una vez mezclados los ingredientes los miembros de la familia se turnaban para removerlo de derecha a izquierda, durante todo el proceso de elaboración, que podía llevara días, semanas o incluso meses. El movimiento no era algo aleatorio sino que simulaba la ruta de oriente a occidente que siguieron los Reyes Magos para honrar al Niño Jesús.

Una vez mezclado todo, se le añadía como “ingrediente final” unas monedas con las que serían recompensados los comensales que tuvieran la fortuna de comer ese pedazo, símbolo de buena suerte para el resto del año. La pesada mezcla se ataba en un paño y se cocinaba durante horas.


El día de Navidad, después de varias horas más de cocción, la deliciosa masa, con su embriagador aroma a fruta, cáscara confitada, especias y licores se colocaba en el plato y se adornaba con una ramita de acebo roja y verde que contrastaba con el color oscuro del pastel.

Justo antes de servirlo se empapaba en brandy y se flambeaba para que llegara en llamas a la mesa, como cierre espectacular del festín navideño. Para acompañarlo se servía vino dulce de Oporto, queso inglés Stilton, frutas frescas y confitadas , castañas asadas, frutos secos y trufas de chocolate.

Qué se hacía con el pudding sobrante

El Christmas pudding era un final de fiesta contundente, y un pedazo solía ser suficiente para colmar las ansias del comensal más goloso. Si además, como ingredientes extra se le añadía manteca, crema agria y varios licores como brandy o ron, se convertía en un bocado de difícil digestión si se comía en abundancia.
En una casa victoriana, el pudin sobrante nunca se desperdiciaba. Una de los principales comidas de aprovechamiento del pudin sobrante consistía en freírlo en mantequilla y servirlo cubierto con azúcar, con ron o con ambos. Otro modo de prepararlo era humedecerlo desmenuzado y empaparlo en brandy; después se rellenaba con el una masa casera de hojaldre. Los trozos sobrantes también se utilizaban para crear pequeños pasteles humedecidos en brandy, cubiertos con merengue y, posteriormente, horneados. Otra receta para el pudin sobrante se elaboraba contándolo en pequeños trozos que se colocaban en una bandeja sobre la que se vería una natilla de huevo por encima y luego se horneaba.

En multitud de páginas de internet podéis encontrar diferentes y más o menos acertadas recetas para un pudin navideño. Recordad que para elaborarlo necesitaréis tiempo y sobre todo mucha paciencia.

¡Feliz Navidad victoriana!


Venenos victorianos I: arsénico, el verde mortal

Comenzamos una serie de artículos dedicados a los venenos de uso cotidiano durante la época victoriana y las consecuencias que tuvieron para la salud de todos aquellos que tuvieron la desgracia de estar en contacto con ellos.

El primero de esta serie está dedicado al «verde mortal», el arsénico, omnipresente en los hogares, los talleres y las boticas del siglo XIX.

Nuevos colores para damas atrevidas

Los vestidos de la mayoría de las damas victorianas de principios del siglo XIX se confeccionaban en pequeños talleres de costura o estaban hechos por modistas que no sólo cosían sino que diseñaban los modelos que posteriormente se lucirían en los mejores salones londinenses. Pero con la aparición de las empresas textiles y la irrupción de las casas de diseño, los diseñadores de renombre y los grandes almacenes, como Selfridges, hicieron de la moda un producto de consumo masivo y un bien asequible para todas las mujeres.

Toda dama podía adquirir un bello vestido. Evidentemente su exclusividad y la calidad de sus telas y bordados irían en consonancia con lo que estuviera dispuesta a pagar. Esto hizo que el oficio de costurera fuera uno de los más demandados, aunque estas trabajadoras fueran tremendamente explotadas: mal pagadas, con jornadas interminables que abarcaban los siete días de la semana, a pesar de realizar un maravillosos trabajos artesanales apenas reconocidos.

El afán por destacar y ser la más bella de una reunión o de un baile hizo que las damas victorianas buscaran cada vez diseños más atrevidos con colores llamativos. Descartados los tenues colores pastel y la discreta elegancia de los tonos oscuros, la demanda se centraba en los pigmentos que transformaban un vestido sencillo en uno deslumbrante, tintado con rojo escarlata, vibrante púrpura, luminoso azul añil o brillante verde esmeralda. El objetivo era no solo ser la más elegante sino causar una tal impresión entre los asistentes a un evento que la dama se convirtiera en el centro de atención esa noche y en la protagonista de los comentarios de todas las reuniones a lo largo de la semana.

Los talleres textiles se esforzaban por ofertar los tejidos más deslumbrantes, no escatimando en tintes tanto para las telas más baratas como el algodón, como para las más caras como la piel, la seda, la muselina y los encajes, sin olvidar las cintas de satén y otros complementos para que combinaran con el vestido.

El verde mortal💀

El esmeralda venenoso

A mediados del siglo XIX se comenzó a utilizar el arsénico como tinte verde para los vestidos.
Esta sustancia, que se mezclaba con cobre, cobalto y estaño, realzaba el color de los trajes, dotándolos de un brillo extraordinario. También se usaba para tintar los complementos, como flores, diademas para el pelo o guantes.

Pero este precioso color esmeralda, conseguido con esta mezcla de productos, era de una gran toxicidad. Las costureras eran las más perjudicadas, ya que tenían que trabajar horas y horas cortando, cosiendo las telas, y dando los toques finales a los diseños. Las consecuencias eran terribles: no solo afectaban a la piel sino a los ojos, boca, pulmones y mucosas nasales. La piel sufría unas heridas irreversibles y las mujeres afectadas acababan vomitando un horrible líquido verde.

En la época se registraron varios fallecimientos de costureras por envenenamiento con arsénico. En las imágenes podemos ver el estado de las manos de las modistas después de trabajar asiduamente los tejidos tratados con estos tintes y una de las ilustraciones de John Tenniel en la que se denuncian las consecuencias mortales del trabajo de estas mujeres: para que las damas lucieran bellas las modistas agonizaban hasta la muerte.


Para las damas que usaban los vestidos las consecuencias eran tremendamente insalubres, ya que el contacto de la tela con la piel provocaba problemas dérmicos, oculares y respiratorios. Lo mismo sucedía a los caballeros que se relacionaban con ellas durante una velada, porque el polvo de arsénico del tejido quedaba en suspensión en la habitación.

El servicio doméstico, especialmente la dama de compañía que vestía y peinaba a su señora, y las empleadas encargadas de la lavandería y planchado de la ropa sufrían los mismos daños. Aunque, a diferencia de las costureras que manipulaban muchas horas los tejidos, el servicio doméstico solo estaba expuesto al veneno de forma ocasional.

Esta ilustración, del satírico The Punch, hace alusión al riesgo por envenamiento al que estaban expuestos todos los asistentes a un baile si estaban en contacto con una dama que llevara el tinte mortal.

Two skeletons dressed as lady and gentleman. Etching, 1862. Credit: Wellcome Library, London.

Las habitaciones tóxicas

Desgraciadamente, la presencia del arsénico no estaba solo en la moda, ya que también se utilizaba para los tintes del papel pintado que decoraban las habitaciones victorianas. El pigmento verde, conocido como verde Scheele, que dotaba de tan bello color al papel iba envenenando lentamente a los miembros de la familia. Como era un color especialmente alegre, era frecuente encontrarlo en las habitaciones infantiles y en la pintura de algunos juguetes donde poco a poco, y a medida, que se iban desprendiendo los pigmentos causaba graves problemas de salud a los más pequeños, además de nauseas e irritaciones dérmicas. Uno de los casos más tristes sucedió en un hogar londinense en 1862, donde los niños de una familia fallecieron después de ingerir trozos de papel pintado tintados con el verde mortal.

Si esto no fuera suficiente, había comedores tapizados casi por completo en telas teñidas con verde arsénico, con sus correspondientes cortinas y mantelería combinando en el mismo tono, y habitaciones en las que, además del mencionado papel, el verde lucía en colchas, alfombras y cojines.

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De enero a diciembre: doce meses de símbolos

Desde los antiguos, los elementos de la naturaleza han sido un medio para la expresión de sentimientos e ideas.

Los colores y animales presentes en los estandartes y las banderas han representando a linajes y pueblos del mundo entero, el cromatismo del vestuario ha servido para expresar los más profundos sentimientos, las piedras con sus diferentes tonalidades se convirtieron en amuletos de protección y demostración de riqueza y del gusto más exquisito y, por supuesto, las bellas flores y plantas, con sus pétalos y frutos con todos los matices del arco iris, han estado siempre presentes como símbolos de un lenguaje secreto cuyos códigos se transmitían a través de generaciones.

Estos símbolos se han usado para infundir miedo y respeto, se han utilizado para declarar amor, mostrar dolor y contagiar alegría, proclamar a los vencedores y señalar a los vencidos, obsequiar a los dioses y honrar a los difuntos.

Pero si hubo una sociedad que abrazara el simbolismo y los lenguajes codificados esa fue la victoriana: con una flor, un pañuelo, un parasol o un abanico podían transmitir todo lo que el corazón sentía y las palabras no podían expresar. Un abanico abierto o cerrado, un parasol apoyado sobre el hombre derecho o izquierdo, el modo de sujetar un pañuelo, la piedra de un anillo o una sencilla flor eran observados por los amantes con impaciencia para inflamar su corazón con desbordada pasión o recoger sus pedazos después de un airado rechazo.

Se han escrito muchos manuales sobre simbología y, dependiendo de la fuente, los resultados son diferentes. Para elaborar este pequeño divertimento en forma de postal, sobre los elementos asociados a los meses del año,  hemos consultado varios y recopilado diferentes símbolos representados por un color, una flor, un animal y una gema.

Como siempre podéis descargar las postales cliqueando en el botón derecho del ratón «guardar imagen como» o en nuestra página de Facebook.

Deseamos de corazón que las disfrutéis.

Enero

1

Febrero

2

Marzo

3

Abril

4

 

Mayo

5

 

Junio

6

 

Julio

7

 

Agosto

8

 

Septiembre

9

 

Octubre

10

 

Noviembre

11

 

Diciembre

12

El día de la madre: del Mothering Sunday británico al Mother’s Day americano

Backward, turn backward, O Time, in your flight,

Make me a child again, just for tonight!

Mother, come back from the echoless shore,

Take me again to your heart as of yore;

Kiss from my forehead the furrows of care,

Smooth the few silver threads out of my hair;

Rock me to sleep, mother, rock me to sleep!

Elizabeth Akers Allen

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Mother’s Darling – Joseph Clark

La celebración del Día de la madre, Mother’s Day, tal y como lo conocemos dista mucho de su verdadero propósito y del origen de su creación. Aunque hoy celebramos este día como un reconocimiento a las madres reuniéndonos con ellas y agasajándolas, en un principio era un día para recordar a las madres fallecidas y ensalzar su trabajo dentro y fuera de la familia; podríamos decir que la función de este día era una muestra de gratitud póstuma para, de algún modo, celebrar que aún estaban en nuestro corazón aunque se hubieran ido de nuestro lado.

Anna M. Jarvis y su Mother’s Day

Cualquier madre preferiría tener una línea del peor garabato de su hijo o hija que cualquier tarjeta de felicitación elegante.

Anna Maria Jarvis

En 1907, la activista estadounidense Anna M. Jarvis propuso dedicar un día a rendir homenaje a todas las madres, que ya habían fallecido, por su dedicación y amor con sus familias, sus hijos y con todos aquellos que hubieran podido tener la suerte de recibir sus cuidados y cariño.

Esta iniciativa, propiciada por el recuerdo de su fallecida madre, que atendió a los heridos en ambos lados del conflicto y tuvo un papel destacado en conseguir que las madre de la Unión y las Confederadas olvidaran sus diferencias y abrazaran su identidad festejando un Día de la Amistad de las Madres.

Aunque en un principio, la idea no tuvo una acogida demasiado cálida, convirtiéndose incluso en objeto de burlas – varios senadores llegaron a sentirse ofendidos por la idea que sugería dedicar un día a la memoria de las madres, cuyo recuerdo debería estar presente día tras día – Anna siguió adelante con su idea.

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Motherly Love-Gustave Leonard de Jonghe

Para lograr que la fiesta fuera reconocida escribió varias cartas a reconocidas organizaciones, buscó patrocinadores y organizó eventos. Uno de los más recordados fue el llevado a cabo en 1908, en Grafton, Virginia, en la iglesia donde su madre enseñaba en la escuela dominical. Anna no asistó a este evento pero adornó la iglesia con más de 500 claveles blancos, la flor favorita de su madre.

Empresarios del mundo de la alimentación y la respostería, así como el comercio floral, que vieron una posibilidad de negocio en la celebración apoyaron el reconocimiento oficial, e incluso propusieron ideas como la posibilidad de regalar flores diferentes a los claveles blancos que sugería Anna; así nació la sugerencia de ofrecer flores de brillantes colores a las madres vivas, y portar flores blancas en honor de madres fallecidas.

Ante el clamor popular, en 1914, el Presidente Woodrow Wilson proclamó el segundo domingo de mayo Día de la Madre como «una expresión pública anual del amor y reverencia por las madres de nuestro país»

Pero la alegría de Anna pronto se convirtió en frustración al ver como a la industria poco le importaba el sentimentalismo de la fecha y si la posibilidad promocionar productos especialmente diseñados para ser comprados ese día, convirtiendo la festividad en un acto más consumista que familiar.

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Mother and her Children – Alfred Stevens 1883

Hay una anécdota que ilustra cómo se sintió Anna al ver malinterpretada su idea de homenaje a las madres. Se cuenta que un día fue a almorzar a los almacenes Wanamaker, uno de los grandes promotores de la celebración y se estaba ofreciendo “ la ensalada del Día de la Madre”. La activista, enfurecida por la banalidad, pidió la ensalada y, en vez de comérsela, la tiró al suelo en señal de protesta.

A partir de ese momento, Anna no cejó en su empeño de devolver a la celebración su sentimiento original, muy alejado de la locura consumista en la que se había convertido. Para tratar de lograrlo emprendió una lucha sin cuartel en contra de la industria floral, las tarjetas de felicitación, las confiterías, los grandes almacenes…contra cualquiera que utilizara ese día para ganar dinero.

Asimismo escribió cartas, imprimió panfletos, contrato editoriales, publicó en periódicos con el fin de recordar que el Día de la Madre trataba de inspirar un gesto afectuoso, un recuerdo cálido, un reconocimiento sincero como respuesta al amor incondicional y abnegado de las madres.

De la feroz lucha no se salvó ni la mismísima Eleanor Roosvelt, a pesar de la utilización que la Primera dama hizo de la fecha para recaudar fondos para la caridad, ni el Servicio Postal estadounidense que en su sello conmemorativo para la fecha emitió la imagen del cuadro Retrato de la madre del artista de James Whistler, pero añadiéndole un jarrón de claveles blancos que el pintor no había pintado y que Anna entendió como un guiño publicitario a la industria floral.

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Sello postal con la imagen de la Madre del pintor y el añadido del jarrón de claveles

Anna M. Jarvis dedicó su vida y todos sus esfuerzos tantos personales como económicos a la reivindicación del sentimiento original de la celebración que ella misma ideó sin lograrlo. Sin familia, sin descendientes y completamente arruinada finalizó sus días en un hospital psiquiátrico en 1948, sin saber que paradójicamente, fue la industria floral quien pagaba su estancia y tratamiento en dicha residencia, en agradecimiento por todos los ingresos que de forma indirecta le había proporcionado

Mothering Sunday

It is the day of all year
of all the year the one day,
And here come I, my Mother Day,
To bring you cheer,
A mothering on Sunday

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Mother with Child – George Sheridan Knowles

La idea de Anna Jarvis, aunque original en su concepto de honrar a las madres fallecidas, ya tenía el antecedente británico del Simmel Sunday o Mothering Sunday, la celebración del cuarto domingo de Cuaresma.

Esta festividad, cuyo nombre originario era Mother Mary, y que ya se celebraba en la Edad Media, tenía un carácter religioso: el cuarto domingo de Cuaresma, tres semanas antes del Domingo de Pascua, las familias se reunían y acudían a su iglesia para dar las gracias a la Virgen María. Muchos jóvenes trabajaban en el servicio doméstico o como aprendices en las ciudades y en ese día, sus empleadores le daban el día libre para regresar a sus pueblos y acudir a la iglesia con sus familias y rezar a la Virgen. Poco a poco la figura de la Virgen María, como madre abnegada y cariñosa se identificó con el afecto de todas las madres por sus hijos y viceversa, por lo que esta celebración se convirtió en una exaltación del amor maternal.

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Mother Reading with Two Girls– Lee Lufkin Kaula

Tan importante se consideraba la reunión que incluso se permitía que las familias se saltasen el ayuno de Cuaresma para celebrar una gran comida en la no faltaba el Simnel Cake, un pastel de frutas especiado. El encargado de entregar este pastel a su madre era el hijo mayor en representación de todos sus hermanos. Aunque en la actualidad se encarga y se compra en las confiterías, la tradición indica que debía ser elaborado por los hijos para que la madre lo cortara y lo sirviese después de la comida para degustarlo todos juntos.

Cada zona, incluso cada familia, tiene su propia receta con variantes dependiendo de las posibilidades económicas pero el Simnel Cake estaba pensado para ser elaborado con ingredientes caseros al alcance de las familias más humildes.

La receta más tradicional presenta un bizcocho de tres capas, dos de masa afrutada y una de mazapán o pan dulce, donde los protagonistas son los frutos secos y las frutas confitadas. Coronando la tarta aparecen 11 bolitas de mazapán representando a los once Apóstoles – aunque los Apóstoles eran 12, la bola número doce no se coloca pues sería la correspondiente a Judas, que a causa de su traición no tiene representación.

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Queen Victoria and Prince Albert with Five of their Children– Autor desconocido

La Reina Victoria, modelo de la sociedad victoriana, ayudó a popularizar este día reuniendo a su gran familia y su amado esposo Alberto en una conmemoración familiar imitada por los británicos. Pero no nos engañemos, aunque Victoria fue una amantísima esposa, nunca destacó por su amor maternal, excepto con sus favoritos; es más, en alguna ocasión mostró su decepción por algunos de ellos y la molestia que le daba criar tantos niños y, posteriormente, el fastidio que le causaba tener que buscar matrimonios adecuados en las monarquias europeas para proporcionarles bienestar y una posición privilegiada.

 

Tradiciones de Pascua

El árbol de huevos de Pascua


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Una de las tradiciones victorianas mas curiosas en el periodo pascual era la de poner un árbol, similar al abeto de Navidad, pero adornado con huevos de vivos colores y otros símbolos tradicionales de la festividad de Pascua.

De las ramas del árbol se colgaban huevos pintados que se envolvían con cintas de vivos colores y se sujetaban haciendo una bonita lazada, que contribuía a la espectacularidad del adorno.

Durante las semanas previas se guardaban las cáscaras de los huevos que se usaban en la cocina, ya que eran un elemento esencial para la decoración. Con ellas se creaban pequeñas cestas cuya asa se hacía con finos alambres. Estas cestillas se suspendían en las ramas y se llenaban con huevos elaborados con chocolate y caramelo. Con los cascarones, una vez pintados, se confeccionaban los cuerpos y cabezas de payasos, gnomos y duendes que se escondían entre las hojas.

Por si este engalanamiento no fuera suficiente, pollitos hechos con algodón y conejos de galleta de jengibre pendían de las ramas creando un conjunto tan colorido como aromático.

Velas encendidas, encajadas en dorados portavelas, proporcionaban el brillo y la calidez necesaria para convertir esta ornamentación en un adorno tan bello como el más bonito árbol navideño.

La decoración de los huevos de Pascua

El teñido

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Las elaboraciones pastelera actuales distan mucho de los modos tradicionales de crear golosinas y ornamentos. En una época en la que la mayor parte de los productos químicos usados en la industria alimentaria brillaban por su ausencia, las cocineras tenían que utilizar todo aquello que le brindaba la naturaleza para conseguir un bonito resultado final.

En primer lugar, los huevos de Pascua de elaboración casera no eran de chocolate, sino humildes huevos cocidos, que pasaban por un proceso de teñido utilizando jugos vegetales y otros trucos para crear patrones decorativos.

Si se quería lograr un tintado efectivo se utilizaban solo los blancos, que se colocaban en el fondo de una cazuela con agua. Se añadían, al menos, dos tazas de tinte natural, una cucharada de vinagre y se llenaba con una cantidad de agua que los cubriera totalmente. Se llevaban a ebullición. Después, se dejaban reposar durante una hora. El toque final lo daba unas pinceladas de aceite o manteca derretida para que adquiera un bonito brillo. Se podían teñir hasta seis huevos al mismo tiempo siguiendo estas instrucciones.

Los colores

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El líquido de las espinacas después de cocerse teñía los huevos de un bonito verde. Las remolachas procuraban un leve color rosado. Este tono también podía conseguirse con zumo de frambuesas al que se añadía un chorrito de vinagre. Si se deseaba un rosa más oscuro se podían cocer, además de con el jugo de las frambuesas, con las bayas esmagadas.

Teñir los huevos de amarillo era fácil usando semillas de vara de oro; una cucharada de cúrcuma en polvo por cada taza de agua los dejaría de un lustroso color amarillento.

Otra opción era utilizar arándanos machacados y vinagre para lograr unos huevos azules; las hojas de la col lombarda lograban un efecto similar.

El diseño

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Con cierta habilidad, se podían lograr estampaciones sobre los huevos. Si se pegaban tiras de papel alrededor del huevo y posteriormente se teñía, solo se colorearía en las partes no cubiertas, quedando un estampado a rayas. Si se preferían moteados, se envolverían en la túnica de la cebolla común – parte exterior, usualmente, de color marrón – antes de hervirlos. Con esta técnica quedarían con motas anaranjadas. Si fuese necesario, un tono más fuerte se usaría cebolla roja.

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Los diseños podían ser muy variados; los pétalos de flores, hojas y hierbas se  podían adherir a los huevos antes del teñido, sujetándose con hilos o envolviéndolos con un trozo de gasa o nilón para que no se desprendieran. Forrarlos con telas baratas con diferentes estampados daba un gran resultado visual.

Si se quería escribir alguna leyenda sobre el huevo, una frase, un verso o una dedicatoria, el modo más conveniente sería grabarlo con una fina pluma empapada en cera o manteca caliente antes del tintado; así, el tinte no penetraría en la superficie cubierta por las letras y después del teñido se retiraría dejando el mensaje limpio y claro. Después se rellenarían las letras con colores dorados para que las letras resaltasen.

Las jóvenes más habilidosas podían elaborar Easter Eggs para adornar la casa y obsequiar a sus allegados. Con la ayuda de acuarelas se pintaba una bonita flor sobre el huevo, preferiblemente un lirio del valle o un narciso, o bien un sencillo paisaje. Por ejemplo, en los huevos verdes, dibujaban un pequeño jardín y en los azules una marina. Algunas damas se atrevían con una decoración de querubines que desplegaban sus alas en un cielo celestial.

Los huevos de chocolate

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El proceso de creación de los huevos rellenos de chocolate era delicado. En primer lugar, se agujereaba un huevo crudo y se vaciaba. Por el hueco, con la ayuda de un fino embudo, se rellenaba con cacao fundido. Se esperaba a que este se enfriara y se sacaba la cáscara quedando el huevo de chocolate descubierto. Esta era una de las sorpresas más gratas para los pequeños.

Los huevos rellenos

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El proceso era similar al rellenado con chocolate, pero con una complicación extra, ya que en este caso, después del vaciar el huevo, se debía cortar a la mitad con unas tijeras muy afiladas. Una vez cortado, se rellenaban de almendras caramelizadas, frutos secos o frutas desecadas.

En muchos hogares se cocinaba una rica pasta de azúcar, muy parecida al mazapán que servía como delicioso relleno. Las dos mitades se unían pintando el huevo con una glasa hecha con clara de huevo y zumo de limón, que actuaría como un pegamento invisible (y comestible) uniendo ambas partes. Para disimilar el corte se rodeaba el huevo con una cinta de colores a la que se le haría una llamativa lazada.

Las Easter nest: las cestillas de Pascua

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La víspera de Pascua los niños elaboraban una especie de cestita para la Liebre pascual. Este personaje simbólico, conocido en nuestro país como Conejo de Pascua, era el encargado de dejar durante la noche, las golosinas y juguetes que los niños encontrarían al levantarse.

La cesta, denominada Easter Nest, se confeccionaba con todo aquello que proporcionara la naturaleza, tallos, ramas, hojas, flores o helechos; para adornarla un lazo o papel brillante serían adecuados. La canasta se dejaba en el jardín o en el patio trasero y, mientras los pequeños dormían, el Conejo de Pascua la llenaría de huevos de colores y chucherías elaboradas con azúcar.

La Egg Rolling Party

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La Egg Rolling Party era una fiesta típica de EEUU. Esta búsqueda, y posterior carrera, del huevo de Pascua se celebraba en los terrenos del Capitolio en 1816, pero la suciedad que provocaban los huevos rotos y la algarabía de los chiquillos provocó que se prohibiera. Este popular juego se trasladó a los jardines de la Casa Blanca, donde de modo restringido se sigue celebrando en la actualidad.

Las familias de todo el país siguieron con esta tradición en sus casas, convirtiendo sus jardines en pequeños campamentos de búsqueda del tesoro. En las casa se celebraban fiestas en las que el único elemento que no podía dejar de llevar cada invitado era una cestita vacía. Cuando todos los niños estaban reunidos se les dejaba salir al jardín, donde los anfitriones habían escondido una gran cantidad de huevos. El premio consistía en llenar su pequeño capacho con el mayor número posible.

Cuando acababa la caza comenzaba la egg-roll, una competición que consistía en hacer rodar los huevos con una cuchara de mango largo hasta una meta que antes se había señalado. La dificultad estaba en tratar de que el huevo no se saliera del trazado. Normalmente se formaban varios equipos y aquel miembro del equipo que pasara la línea de llegada en primer lugar haría vencedor a los suyos.

Terminado el juego, los niños disfrutaban de un festín de emparedados, galletas caseras, huevos de chocolate y otras golosinas, todo ello acompañado de fresca limonada azucarada.

La confección del bonete de Pascua

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Como hemos contado en nuestro artículo  El bonete de Pascua, este sombrero era uno de los complementos más tradicionales de estas fechas.

Como no todas las familias disponían de medios con los que comprar lindos bonetes, madres e hijas solían confeccionarlos ellas mismas, reciclando otros sombreros o transformando gorros campestres hechos de paja.

Para conseguir un precioso bonete utilizaban bonitas flores frescas y hierbas silvestres. Estas, combinadas con lazos y perifollos podían dar lugar a un sombrero espectacular. Las mujeres de la casa aprovechaban cualquier retal sobrante con el fin de embellecerlo; con el terciopelo elaboraban cintas, gasa y tul servían para envolverlo y el forro interior se confeccionaba con satén o algodón estampado. Por las tardes, las damas salían a pasear o a la iglesia acompañadas de los miembros de la familia y lucían sus bonetes con orgullo, aprovechando para observar los de las demás con admiración y envidia.