Reformamos nuestra casa

En La Casa Victoriana queremos seguir siendo el blog de referencia de tema victoriano de lengua hispana y que nuestros más de 700,000 visitantes se sientan parte de esa irrepetible época cada vez que entren en nuestra casa.

Con la llegada del nuevo año queremos hacer algunas reformas para seguir ofreciendo los mejores contenidos con un renovado diseño, que esperamos que sea de vuestro agrado.

Por este motivo, durante unos días estaremos en obras, por lo que es probable que la visualización de la web no sea todo lo perfecta que nos gustaría.

Os pedimos disculpas por este pequeño inconveniente y prometemos regresar lo antes posible con nuestra casa renovada y con muchas sorpresas.

Mientras seguiremos mostrándoos lo mejor de la era victoriana en nuestras Redes Sociales:

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Feliz y victoriano año nuevo 2017

Una de las costumbres victorianas más arraigadas para despedir el año consistía en la reunión de los invitados formando un círculo, y cogidos de las manos o de los hombros cantar el famoso poema de Robert Frost Au Land Syne.

Con él, La Casa Victoriana quiere desear a todos sus subscriptores, visitantes y amigos un año lleno de felicidad y prosperidad, emn el que los deseos se cumplan y la capacidad de soñar nunca nos abandone.

¡Feliz año para todos! ¡Os esperamos en nuestro espacio victoriano en 2017!

Au Land Syne

Should auld acquaintance be forgot,
And never brought to mind?
Should auld acquaintance be forgot,
And auld lang syne!

Chorus – For auld land syne, my dear,
For auld lang syne,
We’ll tak a cup o’ kindness yet,
For auld lang syne.

And surely ye’ll be your pint stowp!
And surely I’ll be mine!
And we’ll tak a cup o’ kindness yet,
For auld lang syne.

Chorus…

We twa hae run about the braes,
And pou’d the gowans fine;
But we’ve wander’d mony a weary fit
Sin’ auld lang syne.

Chorus…

We twa hae paidl’d in the burn,
Frae morning sun till dine;
But seas between us briad hae roar’d
Sin’ auld lang syne.

Chorus…

And there’s a hand, my trusty fere!
And gie’s a hand o’ thine!
And we’ll tak’ a right gude-willie waught,
For auld lang syne.

Chorus…

¿Deberían olvidarse las viejas amistades
y nunca recordarse?
¿Deberían olvidarse las viejas amistades
y los viejos tiempos?

 ESTRIBILLO:
Por los viejos tiempos, amigo mío,
por los viejos tiempos:
tomaremos una copa de cordialidad
por los viejos tiempos.

Los dos hemos correteado por las laderas
y recogido las hermosas margaritas,
pero hemos errado mucho con los pies doloridos
desde los viejos tiempos.

ESTRIBILLO

Los dos hemos vadeado la corriente
desde el mediodía hasta la cena,
pero anchos mares han rugido entre nosotros
desde los viejos tiempos.

ESTRIBILLO

Y he aquí una mano, mi fiel amigo,
y danos una de tus manos,
y ¡echemos un cordial trago de cerveza
por los viejos tiempos!.

ESTRIBILLO

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¡Victorianos al agua!

En la segunda década del siglo XIX, tanto las autoridades públicas como los médicos intentaron promover entre la sociedad el concepto de salud, apoyados por actos públicos y leyes aprobadas en el Parlamento, propuestas por reformistas sociales de la época como Lord Shaftesbury.

Una de las recomendaciones más usuales para el tratamiento y la recuperación de enfermedades leves y crónicas fueron los baños en los lagos y en el mar y las estancias en las zonas costeras.

Además el concepto de “disfrutar del tiempo libre” comenzaba a calar entre todas las clases sociales, y  una excursión a la playa hacía las delicias de niños y adultos.

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Gracias a esta nuevo modo de comprender el ocio, hubo un desarrollo de las zonas costeras que amenizaban las visitas con lugares puestos de comida y bebida, orquestas, parques de atracciones, ferias y nuevas formas de entretenimiento con las que atraer al público de todas las edades y clases, pero también promovió un nuevo concepto de moda que no existía hasta ese momento: la moda de baño.

La costumbre decía que los niños y los hombres podían bañarse desnudos, y las mujeres vestidas, pero la rígida moral victoriana unida a los códigos de vestuario exigidos en muchas zonas turísticas hicieron que los hombres tuvieran que adoptar la costumbre de cubrirse el cuerpo.

En un primer momento lo hicieron con gruesos trajes de baño con pantalones hasta la rodilla denominados all-in-one, es decir, de una sola pieza, y confeccionados en lana gruesa. Estos bañadores no sólo eran incómodos sino muy antiestéticos, ya que, además del peso que adquirían cuando se mojaban, perdían toda su forma.

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A raíz de los Juegos Olímpicos de 1896, se pusieron de moda los trajes de baño que utilizaban los nadadores olímpicos: trajes de una sola pieza, con el pantalón hasta el tobillo o la rodilla y mangas largas,  ajustados al cuerpo.

Otro de los modelos que triunfaba entre los hombres era un modelo de dos piezas, compuesto por pantalones cortos y una prenda semejante a una camiseta en la parte superior, sustituyendo la lana gruesa por tejidos menos pesados, como la franela.

Los diseños eran lisos o con camiseta de rayas y pantalón liso, muchas veces con cinturón, predominando los colores azules oscuros y negros.

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Las damas pronto se entusiasmaron por la nueva moda de los trajes de baño, cuyo diseño iba cambiando constantemente para satisfacer la coquetería de las bañistas, que demandaban nuevos modelos, pero también para adaptarse a la comodidad y funcionalidad del baño.

El diseño que triunfó por encima de los demás, respetando el recato al que debían someterse las prendas femeninas victorianas, consistía en un traje de baño de una sola pieza, all-in-one, compuesto por pantalones bombacho, tipo turkish, holgados, con una longitud por debajo de la rodilla. En algunos modelos estos pantalones eran del modelo popularizado por Amelia Bloomer, los bloomers y podían cubrir toda la pierna.

bloomers

Como no se consideraba elegante – ni decoroso- que una mujer se exhibiera en pantalones, excepto en el caso, ya aceptado, de que fuera en bicicleta, las damas llevaban una falda cubriendo el pantalón, unas veces hasta el muslo, hasta la rodilla e incluso ¡hasta los tobillos!

Estos pantalones solían rematar en volantes o encajes fruncidos, generalmente a juego con otras partes del traje.

La parte superior del traje de baño, dando un aspecto de ser un bañador de dos piezas, era una camisa, con cuello amplio, lleno de encajes y lazos en contraste, simulando, en la mayoría de las ocasiones, los típicos cuellos marineros.

Las mangas de las camisas eran largas, terminando con encajes como los pantalones.

Para completar el atuendo, las mujeres utilizaban zapatillas tipo bailarinas, planas, muchas de ellas con cintas para que se pudieran sujetar a las piernas; estaban confeccionadas en lona o felpa y solían ser de color blanco con vivos de colores como contraste.

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El calzado en la playa tenía más que ver con la seguridad que con el decoro: las playas de la costa británica estaban llenas de piedras y la limpieza no era habitual, ni siquiera en los lugares más turísticos, por lo que no eran extraños los cristales rotos y otras inmudicias.

El cabello iba cubierto con gorros de algodón, adornados con encajes o lazos. Los materiales para su confección eran la sarga y la franela, ya que se consideraba que los tejidos gruesos protegían a la mujer de la fría temperatura del agua, y aunque en algunas ilustraciones vemos diseños de vivos colores, el negro era el color predominante.

De lo que se trataba era de que la mujer no mostrase ni un centímetro de piel más del estrictamente necesario para bañarse. Incluso existían las bathing machines, una especie de casetas de baño con ruedas que se situaban en la orilla del mar, para que las mujeres pudiesen cambiarse y meterse directamente en el agua, y salir del agua y meterse de nuevo en ella.

bathing machines

Las bathing machines no estaban habitualmente en la orilla, sino que eran transportadas hasta allí tiradas por caballos en los momentos de apogeo turístico y se retiraban después. Estas casetas, hechas con gruesas paredes de madera o con lonas que cubrían un armazón de madera, tenían una puerta que daba directamente al mar, con unas escaleras para que las damas pudieran descender y posteriormente ascender de nuevo sin ser observadas.

En su interior sólo había un banco y algunas toallas. La única iluminación que tenían era la luz natural que entraba por las aberturas del tejado o por pequeñas ventanas de la estrucura.

Si en la playa no existían bathing machines, las mujeres utilizaban capas largas hasta los pies para cubrirse hasta llegar a un lugar donde cambiarse. Muchas de esas capas llevaban incluso capuchas para que la mujer pudiera ocultar su rostro.

Al final de siglo, las mujeres fueron reivindicando su papel en la sociedad, lo cual incluía poder disfrutar de los momentos de ocio de una manera cómoda y más relajada.

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El diseño de sus vestidos, que sustituía a los polisones y crinolinas, por conjuntos de faldas y camisas más confortables también influyó en el diseño de los trajes de baño.

Las eduardianas dejaron de lado los bloomers  y las mangas largas, cambiándolos por trajes de baño que bien podrían semejarse a los vestidos tipo skater, con faldas de vuelo hasta las rodillas, conjuntadas con una camisa de manga corta con cuello amplio, con volantes o lazada, y mangas tipo farol o abullonadas hasta el codo.

Ambas piezas iban unidas por un cinturón y adornos en contraste, dando como resultado um simpático vestido de diseño marinero, usualmente de color azul marino o negro.

Las piernas iban cubiertas por medias de vivos colores, y los pies calzaban zapatillas planas. El cabello iba cubierto por un gorro, un pañuelo anudado en la parte superior con una lazada pequeña, o simplemente descubierto.

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Además las bathing machine dieron paso a coquetas casetas de baño, donde las mujeres podían cambiase de ropa con comodidad y, después, ir caminando, hasta el agua por la playa.

Es cierto que seguían bañándose exageradamente vestidas y, además, calzadas, pero el avance que supuso el cambio de modelo y de actitud fue realmente enorme.

A medida que nos adentramos en el siglo XX, las mujeres fueron mostrando más piel y mostrándose más atrevidas a la hora de acudir a la playa. Ahora las mujeres ya no sólo se sentaban o se bañaban tímidamente sino que jugaban saltando olas agarradas a una cuerda, para que la fuerza de las olas no las tirara o paseaban por la orilla disfrutando del agua y del sol.

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Sus trajes de baño se acortaron y se ciñeron al cuerpo, adoptando la forma de los bañadores masculinos, con shorts y camisetas largas y ajustadas tipo maillot, , o trajes de una sola pieza parecidos a los bañadores de una pieza actuales.

Los materiales de confección se hicieron más ligeros y los diseños se hicieron más alegres, combinando rayas de diferentes colores u otros diseños de colores.

Los trajes de baño masculinos siguiron la tónica de los usados en el siglo XIX, y no había hombres en la playa con el torno al descubierto. El único cambio observado en sus diseños fue la variedad de modelos y colores para escoger, así como la confección de los mismos en telas más ligeras como la franela.

Hasta la libertad con la en la actualidad se puede disfrutar de un día de playa y sol, muchos hombres y mujeres tuvieron que ser pioneros en su manera dde vestir y actuar, y los victorianos, paradójicamente, a pesar de su conservadora mentalidad fueron auténticos expertos en ello.

Desde La Casa Victoriana queremos desear un Feliz verano a todos nuestros subscriptores y visitantes.

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Todas las imágenes de esta entrada pertenecen al tablero Fotografía victoriana y eduardiana de La Casa Victoriana.

Fotografía victoriana y eduardiana

Moda masculina

Cuando hablamos de moda en el siglo XIX siempre pensamos en esos maravillosos vestidos victorianos, engrandecidos con sus crinolinas y polisones, con cinturas de avispa moldeadas por corsés y preciosos sombreros engalanados con encajes, flores y plumas.

Pero pocas veces nos acordamos de la moda de los caballeros que ofrecían su brazo a las damas, vestidos con franela y tweed, lana y terciopelo – incluso La Casa Victoriana ha retrasado demasiado esta merecida entrada porque la moda masculina, en el siglo XIX, fue realmente destacable.

Fue a comienzos del siglo XIX cuando un caballero inglés llamado Beau Brummel cambió  el modo de vestir de los hombres e inculcó en ellos el concepto de moda masculina.

Su forma de vestir no pasaba inadvertida: camisa blanca con el cuello levantado, rodeado por un pañuelo con lazada , habitualmente de color blanco inmaculado, chaleco corto, pantalones largos muy ajustados- diferentes de los breechers o pantalones a la altura de la rodilla, tan populares en el siglo XVIII-  y chaqueta de doble botonadura de bronce con faldón trasero. Los colores verde, azul, marrón, negro, gris, marrón y los tonos bronce eran los preferidos.

Aunque los pantalones también se llevaban con zapato plano con hebilla, Brummel prefería combinarlo con botas perfectamente lustradas (la leyenda dice que las abrillantaba con champán).

Para finalizar este outfit, lo más apropiado era acompañarlo con un sombrero de copa y como complemento un bastón de paseo.

No utilizaba ningún tipo de fragancia o perfume ya que, contrariamente a los hombres y mujeres de su época, presumía de asearse diariamente.

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Caricatura de Beau Brummel por Robert Dighton 1805

 

El estilo Brummel fue tendencia hasta mediados de los años 30, cuando la moda masculina se volvió más sobria y definió la elegancia con conceptos más discretos que los de Brummel, incluyendo un cambio en la actitud que se tornó mucho más mesurada, cediendo todo el protagonismo a las damas.

Aunque las prendas básicas, camisa, chaleco y pantalón largo se mantuvieron, los colores se oscurecieron, siendo la paleta de grises la más utilizada. El cambio más sustancial en la moda masculina se produjo en el corte de las camisas y los abrigos y chaquetas.

La camisa dejó de ser una liviana casaca ajustada con un pañuelo al cuello para transformarse en una prenda perfectamente cortada adornada con elegantes corbatas y pajaritas. La prenda que cubría la camisa se denominaba coat, aunque en realidad era un chaleco de botonadura sencilla.

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Victorian morning coat

Diferentes diseños de chaquetas y abrigos estuvieron de moda durante el siglo XIX, sin que ninguno de ellos fuera más tendencia que otros. A diferencia de lo que sucedía con la moda femenina, la moda masculina se ceñía más a lo qué “era adecuado llevar” según la ocasión y no a lo que estuviera de moda.

Así, los caballeros usaban morning coats, chaquetas largas de excelente corte, con botonadura simple y sencilla en su diseño que se abotonaba hasta la cintura, con botones sin brillo o forrados en tela en contraste al color de la chaqueta. Estas chaquetas eran cortas por delante y largas por detrás.

La levita o frock coat, era una chaqueta larga con apariencia de abrigo más que de chaqueta. Tenía doble botonadura y normalmente llevaba las solapas de cuello en contraste, del mismo color pero en diferente tejido. Estaba realizada con materiales gruesos como lana o tweed y, dada su elegancia, se utilizaba en ocasiones especiales.

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Levita o frock coat

La chaqueta Norfolk, cuyo nombre no está muy claro si proviene del condado de Norfolk o del propio Duque de Norfolk, fue concebida para las jornadas de caza, aunque se convirtió en la prenda favorita de los jugadores de golf y los ciclistas. Se puso de moda alrededor de 1860 y era una de las prendas predilectas del Príncipe de Gales y su círculo de amistades.

Su estilo elegante pero informal a la vez, con cinturón o medio cinturón,sus pliegues en el pecho y espalda, sus grandes bolsillos laterales y su llamativo tejido de tweed en tonos marrones hicieron de la Norfolk la chaqueta de moda para las jornadas deportivas.

Esta prenda se complementaba con una gorra con visera y pantalones del mismo tejido y color recogidos en las rodillas, generalmente por botas o botines con medias altas.

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A la izquierda un box coat y a la izquierda un chaqueta Norfolk

La box coat era una chaqueta de corte muy clásico, similar a las de los trajes actuales. Esta chaqueta podía ser de doble o simple botonadura y se acompañaba tanto de corbata como de pajarita y con y sin chaleco. Era de uso diario, diseñada para la funcionalidad más que para el lucimiento.

A lo largo de la segunda mitad del siglo aparecieron muchos diseños similares, como la lounge jacket y la lounge suit jacket, chaquetas de largo hasta la cadera, con botonadura simple, no siempre del mismo diseño y color que los pantalones a las que complementaban.

Con estas chaquetas los caballeros no usaban sombrero o bien las complementaban con sombreros de homburg o de fieltro como los de la ilustración anterior.

El abrigo Chesterfield triunfó entre los caballeros por su versatilidad, ya que combinaba la funcionalidad de una lounge jacket y la elegancia de una levita. Por este motivo era usado tanto con sombreros de fieltro o con sombreros de copa. Su botonadura era simple o doble, con bolsillos o sin ellos, pero siempre con un corte muy elegante.

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Diferentes maneras de lucir un abrigo Chesterfield

 

Para las ocasiones muy formales se utilizaban los gabanes o greatcoats, abrigos largos con el cuello y las solapas y , algunas veces, los puños ribeteados con piel. Los greatcoats eran abrigos muy elegantes con los que el caballero llevaba pañuelo de seda a modo de corbata, sombrero de copa y bastón de paseo. Debajo del greatcoat podían usar una levita o incluso un abrigo Chesterfield.

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Gabán o Greatcoat

 

La capa Mackintosh fue un impermeable muy popular que debe su nombre al inventor escocés del tejido, aunque fue el cirujano James Syme quien reclamó ser el verdadero inventor, argumentando que Mackintosh sólo se limitó a copiar y patentar su invento.

La Mackinstons, cuya característica principal era la sobrecapa que caía hasta la altura del codo tenía la apariencia de un abrigo y se utilizó no sólo como prenda de vestir sino, gracias a su impermeabilidad, como atuendo de los agentes de policía que pasaban muchas horas a la intemperie. Se acompañaba de un sombrero  homburg o un bowler hat (tipo bombín) y el inevitable paraguas negro.

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Impermeable Mackintosh

Otro tipo de capas muy populares en la época fueron las Inverness, una prenda que se comercializaban en dos estilos: uno más informal sin solapas, con o sin capucha, y en tela de tweed de colores marrones o cobrizos, que se combinaba con un deerstalker o gorro de cazador, atuendo popularizado por el genial detective Sherlock Holmes, y otro más formal y elegante con solapas, combinado con sombrero de fieltro y confeccionado con materiales de mayor calidad y colores más sobrios como la paleta de grises.

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Capa Inverness con capucha

El Ulster overcoat fue otra de las prendas más usadas a finales del siglo XIX. Debe su nombre a un tipo de abrigo, tipo sobretodo, que utilizaban los hombres en algunas provincias de Irlanda del Norte, prendas gruesas y largas para protegerse del frío con  puños, solapas y una capa superpuesta con una longitud hasta el codo.

Tenía una versión más corta y ligera bautizada como ulserett.

La versión del overcoat que llegó a las calles de Londres era un versión refinada y elegante de las prendas irlandesas.

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Ulster overcoat

La moda masculina del siglo XIX fue rica también en complementos como sombreros o zapatos. Dejaremos estos complementos para una nueva entrada sobre moda.

Easter Bonnet. El bonete de Pascua.

At Easter let your clothes be new, or this be sure you it will rue

En Pascua ropa nueva estrenarás o de lo contrario lo lamentarás

En España existe tradición por la cual el Domingo de Ramos, para acudir a los oficios religiosos, se estrena, al menos, una prenda de ropa.

Esta tradición, como muchas otras, es una mezcla de paganismo y religión y parece ser que tiene su origen en los tiempos en  los que, el emperador romano Constantino, decretó que, para despedir la Cuaresma, los fieles debían usar ropajes nuevos.

Aunque la idea de Constantino tampoco era nueva ni original ya que en la antigüedad los  germanos paganos ya celebraban la llegada de Ostera, diosa de la primavera, usando ropas nuevas como símbolo de bienvenida y de atracción de la buena suerte.

En Gran Bretaña y posteriormente en Estados Unidos, se recogieron estas tradiciones, unidas a supersticiones que auguraban toda clase de desdichas y infortunios a todos aquellos que no estrenaran ropa durante la Pascua (incluso en la época Tudor había un dicho en el que se instaba a estrenar ropa nueva bajo la maldición de que, si no se hacía, las polillas se comerían las ropas usadas).

Así que para cumplir esta tradición de Pascua, las damas victorianas desplegaban toda su elegancia luciendo nuevos vestidos, sombreros y capas, con los más lujosos tejidos siguiendo las últimas modas de París.

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Cottage bonnet. Cropped Fan – Giovanni Costa

Pero estrenar ropa no era tan fácil para las familias mas humildes victorianas, sobre todo para las mujeres, ya que la confección de sus vestidos no sólo implicaba muchas horas de trabajo, sino también un gasto monetario en telas, adornos y demás complementos.

Ante esta imposibilidad, y tal y como suele suceder, el ingenio se impuso a las dificultades y las jóvenes idearon como estrenar una nueva prenda sin incurrir en grandes gastos: reciclando sus sombreros de tal modo que parecieran completamente nuevos. Y así nació lo que posteriormente se conoció como Easter Bonnet, o Bonete de Pascua.

Tan popular se hizo el sombrerito que incluso en la revista Vogue, en 1896, apareció un poema titulado Al Bonete de Pascua, en el que el autor expresaba su felicidad al ver a tantas mujeres lucir sombreros nuevos y coloridos el día de Pascua

Ah, me! It is a wondrous thing,
That little Easter bonnet.
Why, all the flowers of joyous spring
Are fastened there upon it.

Just what the name of each may be
I do not know at all.
But I would call the whole — let’s see —
Well — Horticultural Hall.

But let me stop. It pleases her,
And see this kiss she tossed me.
It’s worth ten thousand bonnets, sir,
No matter what they cost me.

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A Fair Maiden – Giovanni Costa

El poeta sugiere que ver uno de estos lindos bonetes es como tener delante una explosión primaveral. Esto sucedía porque las mujeres utilizaban todo tipo de coloridas flores como adorno.Estas flores se combinaban con velos, encajes, piezas de ganchillo, tissues y muselinas, brillantes lazos de satén, piezas de seda, plumas de vivos colores y para las más atrevidas aderezos con pequeños pájaros, incluso con su nido. Todo adorno era válido para convertir viejo bonete en un espectacular Easter Bonnet.

Además, dependiendo del tipo y diseño del bonete, este admitía diferentes tipos de ornamentación. Los bonetes más comunes eran los denominados cottage bonnets, hechos de paja, sin tintado, adornados con diferentes tipos de lazos y que se ataba bajo la barbilla con una pequeña lazada.

La función de este bonete, de diseño sencillo, era cubrir la cabeza y enmarcar la cara de la dama sin que los ornamentos le restaran protagonismo a su cara, resaltando la frescura y belleza de su rostro. Algunos de estos bonetes eran posteriormente forrados con rasos. Eran los bonetes más típicos de la moda Regencia.

Giovanni Costa (1833-1902) The new fan
Cottage bonnet. The New Fan – Giovanni Costa

Los poke bonnets eran bonetes más grandes y llamativos que los cottage bonnets, con un saliente en su parte delantera a modo de visera que cubría toda la cara y protegía la piel del sol. Algunas veces de esta visera salía un pequeño velo bordado cubriendo la cara parcialmente o por completo. Estaba hecho de paja, aunque, a diferencia del cottage bonnet, la paja se cubría con encajes u otras telas, como el terciopelo.

Las primeras referencias a los poke bonnets aparecen a comienzos del siglo XIX, aunque su uso se extendió más allá de la primera mitad del siglo, ya que la línea de su diseño estaba en consonancia con el tipo de sombrero que le gustaba usar a la Reina Victoria.

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Poke bonnet. Figure Study- George Morton

Los tall crowned bonnets eran uno de los modelos preferidos por las damas, ya que su parte posterior elevada permitía todo tipo de adornos y ornamentos, como elaborados encajes, grandes lazos con lazadas y guirnaldas de flores.

Admitía casi todo tipo de tejidos para su confección, aunque dado el diseño del bonete, hecho para impresionar, se preferían los tejidos más lujosos. Estaban diseñados para ocultar una parte de la cara y para que la dama pudiera recoger y ocultar casi totalmente su cabello. Se sujetaba bajo la barbilla usualmente con una gran lazada.

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Tall crowned bonnet. Giovanni Costa

Los drawn bonnet estaban hechos de sedas, rasos o terciopelo, con fruncidos o volantes posteriores o enmarcando el rostro, ya que su diseño estaba concebido para realzar el óvalo de la cara – a veces utilizando pequeñas flores interiores cosidas a un delicado velo bordado. La tela era lisa, sin estampados y como único adorno solían llevar una pequeña flor o una pluma a juego con el color del sombrero, ya que los fruncidos eran más que suficientes para lograr que el sombrero destacase.

Era el más discreto en lo que a ornamentación se refiere pero quizás de los más llamativos en cuanto a confección. Como todos los bonetes se sujetaba al cuello con un lazo.

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Drawn bonnet. Euphemia White Van Rensselaer – George P.A. Healy

Todos los bonetes admitían retoques, mejoras y nuevos adornos y ornamentos, y gracias a ellos, las mujeres victorianas, independientemente de su clase social podían sentir como si su vestuario fuese nuevo y cumplir con la tradición de estrenar algo nuevo en Pascua.

Desde La Casa Victoriana queremos desear a todos nuestros subscriptores y visitantes un feliz día de Pascua.

Y no olvideis visitarnos en nuestras redes sociales, porque estrenamos tablero en Pinterest con 100 pines dedicados a las preciosas postales victorianas de Pascua.

8 de Marzo de 1908

Hoy, 8 de marzo se conmemora el Día de la mujer trabajadora, una fecha para recordar el trabajo que las mujeres realizamos día a día en los diferentes escenarios de nuestras vidas.

La idea de celebración de este día surgió en el siglo XIX como denuncia a las pésimas condiciones de trabajo que sufrían las mujeres trabajadoras y como acto de reivindicación del derecho al voto, al trabajo y a la no discriminación laboral.

El día y la fecha fueron elegidos como recordatorio del 8 de marzo de 1908. En esta fecha 146 trabajadoras de la ciudad de Nueva York, pertenecientes a la fábrica textil Cotton, murieron calcinadas a causa de las bombas incediarias que les arrojaron para tratar de desalojarlas de la fábrica, en la que se habían encerrado para protestar por sus bajos salarios y sus precarias condiciones de trabajo.

En La Casa Victoriana hemos celebrado este día con artículos sobre el origen de la fecha y con una entrada, que ha sido una de las más populares de la página web, dedicada a las institutrices victorianas.

https://lacasavictoriana.com/…/8-de-marzo-dia-de-la-mujer-t…/
https://lacasavictoriana.com/…/the-governess-la-institutriz…/

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Regalos victorianos para San Valentín

En el siglo XIX, acertar con el regalo correcto en el día de los enamorados por excelencia, San Valentín, no era sólo cuestión de buena voluntad sino que podía considerarse un auténtico arte, ya que una simple flor o un delicado perfume iban cargados de un significado más profundo que el acto de ofrecer un simple presente a la persona amada.

Con el afán de ayudar a aquellos enamorados y enamoradas indecisos el Hill’s Manual of Social and Business Forms,  el The Ladies’ Home Journal o el Everyday Etiquette daban precisas instrucciones de comportamiento para salir airoso de cualquier situación, por complicada que fuera.

Los regalos de una amada a su enamorado debían ser reflejo de las virtudes de esa dama y de su naturaleza dulce y refinada, por lo que eran preferibles aquellos obsequios con un valor más sentimental que monetario. Un cuadro, un dibujo, un poema o un bordado hechos por ella misma serían los regalos más adecuados.

Charles Amable Lenoir

Según estos manuales de las buenas costumbres, un caballero no debería regalar a su amada regalos caros y ostentosos, si todavía no están casados, excepto el anillo de compromiso que no debe ser entregado como regalo de San Valentín, sino en una fiesta de pedida de mano. Un regalo que transmita cariño y respeto sería más valorado.

Si el amado opta por regalar una joya, puede elegir entre un sencillo anillo, pendientes o un broche, ninguno de ellos demasiado llamativo y  que puedan ser lucidos por su amada en el día a día como muestra de amor correspondido.

Un libro entraba dentro de la lista de regalos perfectos, aunque había que tener cuidado con la temática elegida; un libro de poesía era una elección perfecta para la fecha, al igual que una novela de temática romántica. Otros tipo de libros, como novelas de Dickens, no eran tan adecuados, aunque todo dependía de los gustos de la dama.

Cuadros, pinturas, dibujos y litografías, cuidadosamente enmarcados en marcos de plata o en originales – y más cursis- marcos con forma de corazón, eran un regalo habitual entre las parejas de enamorados. Álbumes para guardar fotografías y decorarlos con la técnica del scrapbooking eran uno de los agasajos mejor recibidos.

In Love - Marcus Stone

Un perfume, aún siendo un regalo más personal, era una elección correcta. Las fragancias debían ser delicadas, siendo el agua de rosas la más elegante, aunque cualquier agua de colonia sería un buen regalo. Las mezclas con almizcle o el pachulí tenían que evitarse ya que no eran considerados convenientes para una mujer refinada y su olor se consideraba exagerado e incluso desagradable.

Según The Ladies’ Home Journal unas bonitas cajas, pequeños baúles o costureros para guardar encajes, lazos, organdíes o tules le encantarían a las damas, así como cajas para guantes y bolsitas de tul con lazos para guardar los pañuelos bordados.

Si el enamorado optaba por obsequiar a su amada con una caja de bombones u otros dulces, estos deberían ir siempre en una lujosa caja o cesta adornada con lazos recogidos con grandes lazadas, cintas de vivos colores y las flores adecuadas. Ningún adorno, por exagerado que pudiera parecernos, sobraba en estas exquisitas cestas de dulces.

Jules James Rougeron

Los bombones iban siempre acompañados de una bella tarjeta en la que el amado declaraba su amor con una cita o un poema. La más utilizada era la socorrida “Sweets for my sweet”, aunque también eran comunes “A wilderness of sweets” o “Love has found the way”.

En esta lista de posibles regalos no podían faltar las flores recogidas en preciosos ramos y bouquets de rosas rojas y rosas (símbolo del amor), rosas blancas (transmitiendo un amor puro y espiritual), lilas (cuyo signficado está relacionado con la ilusión de sentirse enamorado), lirios del valle (como símbolo de un corazón henchido de felicidad) o nomeolvides (el amor verdadero declarado a través de las flores).

Y, por supuesto, siempre todos y cada uno de los presentes debía ir acompañado de una de las hermosas postales decoradas con todo tipo de adornos y románticas ilustraciones en las que aparezcan todos y cada uno de los símbolos con los que los victorianos asociaban el amor: bellas damas, ángeles, flores, pájaros de intensos colores, dulces niños y niñas, gatitos…

Desde La Casa Victoriana os deseamos un Feliz San Valentín a todos nuestros visitantes.

Y no olvides visitarnos en las redes sociales.

Rosas - Emilie Vernon