Fancy dresses: disfraces victorianos

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Cuadro de Francesco Guardi

 

Las fechas de Carnaval son muy populares en diferentes países, donde una explosión de colorido o de imaginación se apodera de las ciudades, para que los ciudadanos de todas las edades se transformen durante unas horas en otras personas, adoptando su personalidad y su indumentaria.

Los victorianos no celebraban el Carnaval tal y como lo conocemos, pero eran realmente aficionados a las farsas o charadas, fiestas en los asistentes sacaban sus mejores galas en forma de disfraz. Aunque esto no es del todo exacto: un fancy dress victoriano no es exactamente un disfraz, es un outfit muy elaborado, lujoso incluso, para lucir en un Baile de disfraces o  Fancy Ball, también denominados Charadas o Masquerades.

En esta reseña sobre fancy dresses nos referiremos a ellos alguna vez como disfraz, buscando una similitud a nuestro vestuario carnavalesco, pero dejemos claro que un fancy dress era realmente un traje, usado para adoptar la personalidad del personaje identificado con el vestuario, sin ser éste considerado como un simple disfraz.

Veamos algunos de los más utilizados:

Los Domino dresses o dominoes

Con este curioso nombre se denominaban a unos trajes largos denominados trajes de talar en forma de capa, con mangas, habitualmente con una capucha, confeccionados para los bailes de disfraces en el siglo XVIII. Los trajes de talar eran trajes de ceremonia que llegaban hasta los talones, como las togas de los juristas, la indumentaria eclesiástica o las túnicas universitarias y de graduación. También entrarían dentro de esta categoría los mantos.

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Vía Pinterest

 

El nombre parece provenir del juego cromático de la capa y capuchas de color negro en contraposición con el forro y  el traje que cubría, habitualmente de color blanco, aunque, en el siglo XIX, estos dominoes fueron evolucionando en su combinación de colores dando paso a juegos entre negros y escarlatas, rosas, azules, verdes y amarillos, siendo acentuado este contraste con las telas usadas para la confección, como la seda y el satén.

A medida que avanzaba el siglo, la fantasía de modistas y diseñadores se desbordó, añadiendo encajes, lazos, telas brocadas y llamativos bordados. Los tejidos para su confección se diversificaron: algodón, gasas, tules y armiños comenzaron a tomar protagonismo, así como tejidos más gruesos como el terciopelo.

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Vía Pinterest

 

Un domino debía ser de buena calidad y el diseño debía ser lo suficientemente elaborado para ser utilizado posteriormente como una falda de vestir. Una pieza superior con amplias mangas holgadas o bien con mangas murciélago, a las que se le podía añadir una abertura lateral para sacar los brazos; esta pieza superior podía ir  anudada a la falda mediante un lazo en la cintura. Una de las características principales de los “dominoes” era la capucha. La moda de las últimas décadas del siglo XIX eran las capuchas puntiagudas al estilo de túnica árabe.

La función del domino era cubrir el fancy dress y permitir al portador desprenderse de él manera fácil y sencilla.

El Merveilleux Domino era una variante del domino, que se caracterizaba por ser una pieza muy recargada, con lazos o apliques en los hombros, encaje al final de las mangas y colores muy llamativos.

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Vía Pinterest

 

El Domino no era una prenda exclusiva de las damas, los caballeros también los llevaban aunque mucho más sobrios: confeccionados en seda o satén, con color de forro en contraste. Una más cara negra era el complemento escogido para completar el conjunto para la masquerade.

 

El morisco, persa o turco

Los trajes de Morisco, y sus variantes persa y turco , se caracterizaban principalmente por sus tocados en forma de turbantes, adornados con broches con piedras preciosas o simplemente con llamativas plumas, y sus cinturones hechos de telas con estampado oriental. Los tejidos con los que cosían estos fancy dresses eran de vivos colores, predominando las sedas y los brocados. Eran muy recargados tanto en su diseño como en sus colores.

Los de las damas tenían grandes mangas y un sobrevestido, recargado y confeccionado con tela gruesa a modo de mantón anudado en la cintura, bajo el que apreciaba otro vestido confeccionado con telas muy livianas como muselinas o gasas. En otras ocasiones la dama se atrevía con pantalones holgados y babuchas, eso sí, cubiertos hasta la altura de los tobillos por una falda.

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Vía Pinterest

La variante masculina mostraba unos pantalones anchos y holgados, cubiertos con un blusón adornado con cenefas de bordados en oro y plata, o con amplias túnicas enriquecidas con adornos y brillantes apliques, que combinaban con grandes y anchos cinturones elaborados con arabescos.

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Vía Pinterest

 

La campesina

El disfraz de campesina tenía varias variantes: la campesina suiza, la alemana o la española, y su diseño era sencillo: consistía en tres piezas compuestas por un corpiño de fieltro o terciopelo muy ajustado, bajo el que se intuía una blusa de algodón o muselina, con media manga rematada en volantes o encajes. La falda era amplia y corta, confeccionada en paño grueso y se cubría con un delantal blanco de muselina. El disfraz se remataba con un sombrerillo de paja, un pañuelo anudado en la nuca o un coqueto tocado floral.

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Damas y niña vestidas con traje de campesinas. La ilustración es de la colección del V&A Museum.

 

Este disfraz tenía su variante el traje de campesina “lujoso”, también conocido como de Jardinière ; tenía el mismo diseño pero se realizaba con carísimas telas en vez de tejidos más humildes; este diseño utilizaba una cestita de paja llena de vistosas flores como complemento, que se llevaba en la mano o bien colgada del cuello a la altura de la cintura.

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A la izquierda de la ilustración, dama con traje de Jardinière. Vía Pinterest.

 

La diablesa

La diablesa se convirtió en uno de los disfraces más utilizados en las farsas victorianas. Confeccionado en satén y terciopelo, en colores rojo, negro y dorado, este traje destacaba por su ceñidos corpiños y faldas. La longitud de la falda era muy atrevida, a la altura de la rodilla; de ésta salían unas enaguas en capas o volantes, bajo las que se vislumbraban unas llamativas medias de colores chillones y unos zapatos de alto tacón. Unos gruesos apliques con pliegues se colocaban a ambos lados de la cadera, aumentando el efecto de la cintura estrecha. De estos apliques salía una cola.

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Diablesa. Vía Pinterest

Las alas de murciélago saliendo de los hombros o la espalda eran la característica más destacada de estos vestidos. Solían llevarse con guantes largos.

Su antítesis era el traje de ángel. Frente al atrevimiento de la diablesa con su ajustadísimo diseño en negro y escarlata, el ángel vestía un etéreo y delicado juego de tules y muselinas de un blanco inmaculado. De su espalda salían unas alas de ángel o de mariposa.

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Diablesa y ángel de la era eduardiana. Vía Pinterest.

 

El Mefistófeles

Fue el famoso actor victoriano Sir Henry Irving quien popularizó este disfraz, cuando lo utilizó en el Teatro Liceo de Londres, representando el Fausto de Goethe de 1885 a 1888. Su traje rojo y negro, con ajustados pantalones al estilo Tudor, zapatillas planas, capa corta y abullonada y casquete ajustado a la cabeza, con estilo de cresta de gallo y dos plumas que salían de la frente a modo de cuernos, compusieron uno de los disfraces más populares de la época. Una barba cuidada de estilo puntiagudo, completaban el disfraz.

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Caballero vistiendo un fancy dress de Mefistófeles. Vía Pinterest.

 

Madam Pompadour y la revolución francesa

El modelo Marquesa de Pompadour era recargado y confeccionado con telas lujosas. Era un traje que había que realizar a medida, y al contrario que otros no se podía adaptar de otros vestidos, ni después era fácilmente utilizable con pequeñas modificaciones, por lo que sólo estaba al alcance de damas adineradas. Se complementaba con una peluca blanca con el característico peinado de la amante de Luis XV (peinado con un alto tupé, que pasó a la historia con el nombre de la marquesa). El escote del vestido era mucho más discreto que el que lucía la marquesa francesa.

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La dama sentada viste un modelo Pompadour. Vía Pinterest

Una tendencia indescriptible, más por su significado que por su estética era la revolucionaria  francesa. Era muy curioso ver a la aristocracia inglesa llevando trajes inspirados en los revolucionarios franceses, con su escarapela tricolor, sus casacas, su estética de sans-culotte para los hombres y de campesina con faldas de algodón rayadas con los colores de la bandera francesa, y cofias, aunque el uso del sombrero bicornio (el de Napoleón) era común para ambos sexos.

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Modelo francés. Vía Pinterest.

 

La Pansy y otras flores

El vestido de Pensamiento era muy popular, al igual que otros disfraces relacionados con las flores. La base de los vestidos eran dos piezas en los que la falda estaba compuesta por capas gasas y tules superpuestas con apliques de satén en forma de la flor correspondiente, cuanto más grandes y llamativos mejor; los corpiños eran ajustados y en vivos colores. El peinado recogido en una diadema de flores o con el cabello suelto adornado con flores, simulaba los cabellos de un hada o ninfa de os bosques. Este disfraz era muy popular entre las mujeres más jóvenes.

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Vía Pinterest

 

 

La Ondina y las ninfas de los bosques y el agua

El vestido de Ondina o el Undine dress, era un romántico traje basado en la heroína creada por el escritor alemán Friedich de la Motte Fouqué en 1811 para su novela Ondina. Basada en las leyendas griegas de las ninfas del agua, De la Motte creó una novela precursora de la literatura gótica romántica, en la que su personaje, un hada de los bosques, sacrifica su vida por un amor que no será correspondido.

El disfraz de Ondina se basaba en la interpretación del pintor John William Waterhouse, que imaginó a una ondina con una túnica al estilo griego, y en las ilustraciones de Arthur Rackham, mezclando el estilo romántico de la joven cuando vivía en el castillo con su amado, con el de las ninfas acuáticas.

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Ilustración de Arthur Rackham para la versión inglesa de Ondina. Vía Pinterest.

 

Ondina llevaba una túnica de estilo griego , en colores de la gama del blanco, suelta, que se ajustaba en la cintura con un cinturón dorado o un pañuelo. La túnica llena de pliegues y confeccionada con gasa y tul, le daba a la dama un aspecto de ninfa. Para completar el conjunto, los cabellos se dejaban sueltos, adornados con una corona de flores.

 

El disfraz de Ondina, ninfa o hada del bosque tenía variantes en los disfraces de insectos como abejas y avispas o preciosas y coloridas mariposas.

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Traje de mariposa. Vía Pinterest.

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Los Folly dresses eran vestidos de fantasía que tenían diferentes variantes, diosa, sacerdotisa, o cualquier variante creativa que la modista quisiera añadir. En su forma clásica, lo más destacado de estos disfraces eran las faldas, cortadas a picos, o cosidas a modo de diamante, siempre confeccionadas en tejidos brillantes y colores muy llamativos como la gama de amarillos y rojos. De cada extremo del rombo se podían colgar campanitas que sonaban cuando la portadora del traje caminaba. La dama llevaba un títere sujeto en una vara que sonaba con sonido de cascabeles al agitarlo.

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Folly fancy dress. Vía Pinterest.

 

La pastorcilla o Dolly Warden

Un personaje de asistencia casi obligada a cualquier fiesta era la recreación, con diferentes interpretaciones, del personaje dickensiano de Dolly Warden, una excéntrica, descarada y presumida mujer que aparecía en la novela Barnaby Rudge, escrita por Charles Dickens en 1841.

Dolly solía vestir en el siglo XIX con ropa propia del siglo XVIII: polainas, sombreros de paja de estilo bonnet y apariencia de ingenua pastorcilla. Su vestuario en contraste con su carácter y el ambiente en el que se desarrolla la novela hacen de ella uno de los personajes más estrafalarios y recordados de Dickens.

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La Dolly warden o pastorcilla dickensiana. Vía Pinterest

Arlequín, Pierrot, Colombina

Los personajes de la Comedia del arte italiana eran tremendamente populares en las fancy dresses victorianas.   Procedentes del teatro italiano renacentista, con influencias de las tradiciones del carnaval y recursos mímicos y acrobáticos, sus historias sencillas en las que se mezclaba la sátira, la comedia romántica y las intrigas cautivaron al público inglés. En 1660 se representaron en los teatros ingleses  las primeras obras que tenían como protagonistas a Arlequín, Pierrot y Colombina. El éxito fue tan grande, que pronto rivalizaron con las obras de los grandes dramaturgos ingleses. Los tres personajes italianos se ganaron el favor del público, y gran parte de ese fervor, lo despertaban sus coloridos, peculiares y brillantes atuendos.

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Vía Pinterest.

 

El popular actor del siglo XVIII, John Rich, llevó a la cima del éxito al trío Arlequín, Columbina y Pantaleón, su padre, con sus célebres “Arlequinadas”.

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Vía Pinterest

El siglo XIX vio el resurgir de estos personajes gracias a las representaciones de Charles Kean en el Princess’s Theatre. La escenografía, con un vestuario espectacular y extravagante, que cambiaba constantemente, tuvo mucho que ver en este éxito.

 

La amalgama

La almagama era una forma de denominar a un disfraz indescriptible. Sería el típico disfraz hecho de muchas cosas pero que realmente sería difícil de identificar al personaje que representa.

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Vía Pinterest.

Las amalgamas no era inusuales en las farsas y se asociaban con nuevos ricos, que necesitaban demostrar su riqueza vistiendose con lujosas telas, brocados y cualquier cosa que pareciese cara. También era un síntoma de un gusto pésimo. Las amalgamas más corrientes estaban compuestas por una mezcla de aristócrata francés, estilo morisco, un toque renacentista, una influencia Tudor… Muchas veces, las damas optaban por el estilo masculino.

La Casa Victoriana os envía sus mejores deseos para que disfrutéis de estos divertidos días de Carnaval.

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Cuadro de Francesco Guardi

 

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¡Bienvenido julio!

Damos la bienvenida a julio con nuestro calendario, en esta ocasión ilustrado con un cuadro de Thomas Benjamin Kennington, Lady Reading By A Window.

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¡Bienvenido junio!

Damos la bienvenida a junio con un nuevo calendario ilustrado con el cuadro Girl Reading, pintado por Ernst Anders.

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Feliz Pascua victoriana

El conejo de Pascua y su carro lleno de huevos multicolor.
 
El conejo de Pascua, en realidad la liebre, Easter Hare, y su carro lleno de huevos de los más diversos colores, para repartir entre niños y mayores fue una de las imágenes más reproducidas en las tarjetas postales victorianas y una de las tradiciones más esperadas del año.
 
Pero como muchas de las costumbres victorianas, su origen no era británico sino alemán, patria del Príncipe Alberto, marido de la Reina Victoria.
 
Eso sí, los victorianos, tan dados a lo recargado y colorido, adoptaron la tradición a su manera: el carro de se llenaba, además de huevos con bellas flores como violetas, lirios o rosas.
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Aunque unos dulces pollitos, adornados con lazos de coores, eran los acompañantes del conejo de Pascua en la imaginería victoriana, pájaros y otras criaturas del bosque acompañaban al conejo en su reparto e inocentes niños disfrutaban los ricos huevos de Pascua componiendo unas bellas composiciones que los ilustradores reflejaban en sus postales.
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Dependiendo del poder adquisitivo de las familias, los huevos que llegaban a los hogares de Pascua eran diferentes: simplemente huevos cocidos, tintados con el agua de diferentes legumbres o verduras (cebollas para un color amarillento, remolacha para un color morado, espinacas para conseguir huevos verdes…) o huevos de chocolate o caramelo, con decoración simple o profusamente decorados o adornados, envueltos en papel de colores o en lujosos envoltorios como sedas atadas con bellos lazos.
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Las dulcerías y pastelerías llenaban sus escaparates con multitud de huevos de colores, haciendo de la Pascua una explosión de color sólo igualada por la decoración navideña.
 
Pero todo el mundo tenía su pequeño regalo dulce en Pascua, gracias a una tradición que ha llegado a nuestros días y se ha introducido poco en poco en la cultura de países en la que no existía, como en España donde los alegres huevos de Pascua conviven con el Roscón de Pascua haciendo las delicias de los más golosos.
Feliz Pascua a todos los subscriptores y visitantes de La Casa Victoriana.
Recordad que seguimos en nuestras Redes Sociales hablando del mundo victoriano y sus protagonistas.
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Vivamos como victorianos

En estas fechas de Carnaval muchas personas aprovechan para vestirse con más o menos acierto de diferentes trajes de época.

Una persona puede disfrazarse de victoriana, también puede recrear la época o puede ¡vivir como un victoriano!

En esta nueva entrada de La Casa Victoriana vamos a conocer a personas de diferentes nacionalidades que han elegido recrear el modo de vida victoriano en su día a día. Algunos de ellos llevan una vida “normal” con trabajos corrientes, y cuando salen de su trabajo y llegan a casa se produce la transformación: cambian sus ropas siglo XXI por ropa siglo XIX y disfrutan de sus hogares decorados al estilo victoriano.

Algunos lo llevan más allá y viven su día a día como victorianos, sin importarle los comentarios, e, incluso, han llegado a hacer de su curiosa forma de vida su trabajo. Veamos algunos ejemplos.

Sarah y Gabriel Chrisman

Sarah y Gabriel son dos apasionados de la época victoriana, que llevan su pasión al extremo de vivir, vestirse y comportarse como victorianos las 24 horas del día. La pareja vive en Washington, en una casa de estilo arquitectónico victoriano americano, y decorada, ¡faltaría más!, con todos y cada uno de los detalles victorianos recreados hasta el último detalle, desde los materiales hasta las telas.

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Fotografía de la web This Victorian Life

Ambos dejan muy claro en su web que no son actores representando un papel, sino dos “personas normales” que han incorporando lo victoriano en su día a día. Están especialmente orgullosos de sus “artefactos” de época, como sus preciosas bicicletas, o su cocina victoriana, en la que cocinan platos según las recetas de la época.

Entrar en casa de los Chrisman es sumergirse en una casa de época donde nada es incongruente con la época, ni la casa, ni la decoración, ni los objetos ni sus habitantes.

Esta es su web, donde podéis ver su casa, además de otros vídeos sobre día a día y sus actividades: This Victorian Life

Sarah es tremendamente popular en Estados Unidos ya que es una asidua de los programas de televisión que requieren su presencia para hablar de diferentes usos y costumbres del siglo XIX. Su fama no viene dada sólo por su estilo de vida, sino porque se ha convertido en una autora de diferentes best sellers relacionados con la época victoriana.

Algunos de sus libros más populares de no ficción tienen como temática diferentes costumbres de la época victoriana:

  • This Victorian Life: Modern Adventures in Nineteenth- Century Culture, Cooking, Fashion and Technologies.
  • True Ladies and Proper Gentlemen: Victorian Etiquette for Modern Day Mothers and Fathers, Husbands and Wives, Boys and Girls, Teachers and Students, and More.
  • Victorian Secrets: What A Corset Taught Me About the Past, The Present and Myself
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Fotografía de la web This Victorian Life

También ha hecho incursiones en el mundo de la ficción con una serie de libros titulados The Tales of Chetzemoka, con el nexo común de un club victoriano de ciclismo, de hecho todos los libros llevan como subtítulo A Victorian Cycling Club Romance, de la que ha editado varios volúmenes con éxito.

Además, el matrimonio ofrece servicios de consultoría histórica, presentaciones y organización de eventos, entre otros.

Os dejo un vídeo para que podáis ver una entrevista con los Chrisman. Está en inglés, y se pueden activar los subtítulos (en inglés, también).

Victorian Secrets

Peter Sauders

Peter Sauders es un hombre británico de 36 años, cuyo sueño siempre fue vivir en una casa de estilo victoriano: Como arquitectónicamente no encontró en la ciudad ninguna casa que cumpliera sus expectativas, Peter decidió comprar un cottage y convertirlo en su hogar victoriano.

Durante el día, trabaja como informático, pero cuando acaba su jornada laboral y entra en su hogar, Peter se transforma en un verdadero victoriano, no sólo porque su casa parece sacada de un libro de historia del siglo XIX, sino porque cambia su ropa con un vestuario más acorde con su nuevo hogar.

En este vídeo podéis cómo vive Peter: El refugio victoriano de Mr. Saunders

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Fotografía de Il Sussidiario.net

Peter admite que, a pesar de su pasión por lo victoriano, hay algunos inventos modernos de los que no es capaz de prescindir: el congelador, la nevera y la calefacción central.

Uno de los méritos de Peter fue la decoración; ante la imposibilidad de encontrar muebles y objetos de decoración originales de la época -unas veces por la dificultad para localizarlos y otras por los elevadísimos precios que tienen en el mercado- este victoriano moderno decidió hacer él mismo la mayor parte de su mobiliario, incluidas las alfombras que confeccionó de acuerdo con patrones y modelos de la época.

Su último proyecto ha sido crear una preciosa tienda de ultramarinos de estilo victoriano en su propiedad, en la que no falta detalle. Además este grocery victoriano está abierto al público, y sus productos pueden ser adquiridos on line, y a través de Facebook,  lo cuál no es muy victoriano, pero sí una buena publicidad para lograr publicidad y clientela.

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Fotografía de http://www.express.co.uk

En el enlace que os dejamos podéis observar la preciosa caja registradora y el aire decimonónico del que ha impregnado todo el local.

La casa y el ultramarinos de Peter Saunders

Toda esta renovación para hacer de su casa una antigüedad de catálogo le ha costado sus ahorros y gran parte de sus ingresos, pero ha podido cumplir su sueño.

Estos son dos ejemplos de personas del siglo XIX que han decidido viajar al siglo XIX: Sarah y Gabriel con una inmersión en toda regla en la época, viviendo como victorianos las 24 horas del día, y Peter haciéndolo cuando sale de su trabajo.

Pero, yo me pregunto, ¿también han prescindido del ordenador y los smartphones? Permitidme que lo dude…

Dimes cómo eres y te diré tu pareja ideal

En cuestiones amorosas los victorianos eran realmente curiosos, y, antes de embarcarse en una relación amorosa analizaban todos los pros y contras para evitar que esa relación pudiera ser un fracaso. Y, para ello, utilizaban todos los estereotipos que tenían a su alcance.

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Vía Pinterest

El ideal de mujer de esta época, representado por las heroínas de las novelas de Brönte, Dickens, Gaskell o Collins, por poner algunos ejemplos, era una mujer bonita, agradable, de constitución pequeña y delicada, recatada, con gracia, tranquila pero capaz de afrontar los contratiempos y sinsabores de la vida con gran valentía y fortaleza, enfrentándose a todos ellos con gran resolución y principio morales.

Por el contrario, el hombre ideal, el héroe romántico, era todo un caballero, alto, fuerte, protector, honesto, valiente, con grandes cualidades morales, aunque siempre era un aliciente que tuviera un pasado misterioso y una personalidad ligeramente atormentada.

Lejos de los ideales novelescos, en el complementario estaba el éxito: una persona irritable y nerviosa debería buscar a otra tranquila y comprensiva, y una persona demasiado sensible e insegura a alguien de carácter fuerte y resolutivo.

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Vía Pinterest

Pero no sólo importaba el carácter a la hora de elegir  a una pareja, sino que también era fundamental prestar atención a  las características físicas de cada una de ellas.

El Profesor Thomas E. Hill nos la recuerda en su The Essential Handbook of Victorian Etiquette, y seguro que muchas de ellas, además de sorprendernos, nos dibujarán una sonrisa.

Una de las peculiaridades que se analizan son el color de los ojos: si uno de los miembros de la pareja tuviera los ojos grises, azules, negros o color avellana nunca deberían casarse con alguien que tuviera el mismo color de ojos.

Además si el color de ojos fuera muy intenso,  elegir una pareja con el mismo color de ojos sería un tremendo error para la felicidad futura de la pareja.

El pelo rojo indica una personalidad nerviosa e inestable, por lo que una persona pelirroja debería buscar una pareja con el pelo negro azabache, ya que su carácter sería complementario y dotaría de estabilidad a la unión.

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Vía Pinterest

Una persona de pelo claro y fino, con una piel suave y delicada denotaba un carácter sensible; casarse con alguien con las mismas características físicas traería la ruina a su relación, ya que el carácter endeble de ambos haría imposible hacer frente a los momentos difíciles de la vida en pareja. Su pareja ideal sería alguien con el pelo y la piel más oscuros, ya que estos denotaban un carácter más fuerte y firme.

Lo mismo sucedía con las personas de pelo lacio; su complementario ideal sería una persona con el pelo fuerte y, a poder ser rizado.

Si alguien tenía el óvalo de la cara alargado y delgado debía buscar a alguien de cara redonda, y si la nariz era chata su ideal era una persona con una nariz con personalidad, a poder ser con el típico perfil romano.

Si el rostro era huesudo, con mandíbula prominente y rasgos muy marcados, con nariz sobresaliente, frente ancha, ojos hundidos y complexión delgada, NUNCA podía tener éxito con una persona con características similares, ya que estos rasgos reflejaban frialdad, un carácter severo y ausencia de sensibilidad. Por lo tanto, las personas con este tipo de peculiaridades físicas deberían esforzarse en buscar una pareja con el óvalo de la cara redonda, mejillas sonrosadas, nariz pequeña y silueta redondeada, rasgos identificables con la calidez y la dulzura. Así la calidez calentaría la frialdad del otro y el matrimonio complementaría su carácter.

La herencia en los rasgos también tenía su importancia: si una mujer había heredado los rasgos físicos de su padre, nunca debía buscar un hombre con rasgos similares a los de su progenitor, sino buscar a alguien cuyos rasgos fueran más coincidentes ¡con los de su madre!

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Vía getty.com

Pero, ¿qué sucedía si una persona no tenía rasgos especialmente destacables? Por ejemplo, los ojos de una persona podían ser ni muy azules, ni muy verdes, ni muy negros, o su pelo ni demasiado, rubio, ni demasiado negro ni pelirrojo. Pues, estas personas, lo tenían muchísimo más fácil, ya que podía emparejarse con personas de rasgos similares a ellas, así tenían mucha menos dificultad en encontrar una pareja ideal.

Como podéis ver, en la época victoriana el amor no sólo era una cuestión del corazón sino que para encontrar a la pareja apropiada ¡había que hacer un estudio anatómico completo del candidato!

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Vía Pinterest

Qué tengáis un San Valentín muy feliz y victoriano. Y para felicitar a todas aquellas personas por las que sintáis amor, en la página de Pinterest de La Casa Victoriana tenemos un tablero lleno de preciosas postales de San Valentín victorianas con preciosas ilustraciones.

Tarjetas Victorian de San Valentín

Feliz año nuevo…y victoriano

Para finalizar el año, además de dejaros mis mejores deseos de felicidad, y, como no podía ser de otro modo, me gustaría terminarlo con una serie de costumbres victorianas para recibir el nuevo año. Hace tiempo Victorian Trading publicaba una serie de tradiciones que no solían faltar en una noche como la víspera de año nuevo. Vamos a recordar algunas de las más curiosas.

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Elegant Soiree- Jean Béraud

 

Los Phantom Balls victorianos

Uno de los eventos favoritos de los victorianos eran las celebraciones de Phantom Balls. Estas fiestas para recibir el año nuevo eran más desinhibidas que otros bailes más formales, entre otras cosas, porque una de las condiciones era ir disfrazado con vestuario relacionado con el mundo de los fantasmas y los espíritus.

En estos bailes participaban tanto niños como mayores, y durante la fiesta se organizaban diferentes juegos donde participaban todos los invitados, principalmente de cartas, aunque no era extraño que la fiesta finalizara con ¡un partido de fútbol entre los caballeros!

Había otra versión más refinada – y menos divertida – de los Phantom Balls, en las que se vestía de rigurosa etiqueta y en la que, sobre todo las damas, lucían espectaculares vestidos de gala especialmente confeccionados para la ocasión.

Este baile no se diferenciaba demasiado de cualquier otro tipo de evento de estas características; la única peculiaridad era que se celebraba el nuevo año.

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Preparing for the Ball- Alfred Stevens

 

Estrenando ropa nueva

A los victorianos les gustaba estrenar alguna prenda de ropa cuando comenzaba el nuevo año. No lo hacían ni por lucirla ni por presunción sino como símbolo de opulencia, de lo bueno que estaba por venir y de las privaciones y problemas, sobre todo económicos, que se dejaban atrás, en el año que terminaba.

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Getting Dressed – Charles Edouard Boutibonne. 1869

 

Dejando la chimenea como “los chorros del oro”

Una de las tradiciones más curiosas de la transición de un año al siguiente era la de la limpieza de la chimenea. El día de fin de año, los victorianos limpiaban a conciencia sus chimeneas, asegurándose de retirar toda la ceniza acumulada en ellas.

Esa ceniza simbolizaba todos los males, tanto de salud como económicos, que habían preocupado a la familia durante el año, y la limpieza hacía que esos males desaparecieran al comenzar el año con una chimenea impoluta.

Con dinero en los bolsillos

Para atraer la fortuna y una buena economía para el año que estaba a punto de empezar, era condición fundamental comenzar el nuevo año con unas monedas en los bolsillos.

Por este motivo, grandes y pequeños metían en sus bolsillos algunos peniques con la esperanza de que la diosa Fortuna los multiplicara en el año venidero, o , por lo menos, los mantuviera…

El sonido de las campanas

Ya fuera en el pueblo, la ciudad, o el interior de la casa las campanas y las “campanadas” de media noche, significaban algo más que el paso de un año a otro.

El sonido de las campanas simbolizaban el triunfo del bien sobre el mal, el final de todo lo malo para dar paso a un año lleno de esperanza y de buenos deseos.

Ese es uno de los motivos por los que en la decoración navideña de todos los hogares no faltaban campanitas que los niños se encargaban de agitar a su paso.

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Alfred Stevens

¿Cerdos y tréboles?

Pues sí…Los tréboles siempre fueron una planta portadora de la buena suerte, sobre todo dentro de la cultura irlandesa, pero los victorianos, tan supersticiosos y amantes de cualquier planta u objeto que simbolizara la buena suerte, lo adoptaron como decoración navideña y como elemento fundamental en las tradicionales tarjetas de felicitación.

Lo mismo sucedía con los cerditos. La tradición le atribuía al animal la capacidad de atraer el dinero, probablemente porque cuando los granjeros los vendían en el mercado obtenían un buen dinero por los mejores ejemplares, ya que es un animal del que se aprovechan todas las partes. De ahí las tradicionales piggy-banks o huchas con forma de cerdito.

Esta es la razón por las que los cerditos están presentes en las tarjetas de felicitación de temática navideña.

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Tarjeta navideña

Puertas abiertas y la visita de los first-footing

Una de las tradiciones más curiosas de la Navidad victoriana consistía en abrir la puerta de la casa coincidiendo con el cambio del año, para dejar salir al año que se iba, mientras la familia saludaba con alegres “Bienvenido!” al nuevo año.

Después se arrojaba un pastel contra la puerta para alejar a una posible hambruna, que pudiera llegar con el nuevo año.

Además todos los invitados esperaban con curiosidad y ansiedad la llegada del primer invitado o first-footing. La expresión definía a “la primera persona en cruzar el umbral de la casa después de media noche”.

La responsabilidad de ese primer invitado era grande, ya que si traía regalos, principalmente comida y bebida, era un augurio de buena fortuna para la familia el resto del año.

Y , una de las cosas más sorprendentes  era que además de los regalos, para que el invitado fuera el portador de buena suerte este debía cumplir una serie de características físicas: ser un hombre, de estatura alta y de pelo oscuro. ¡Si el primer invitado era un hombre rubio era signo de mal presagio!

Es difícil precisar el porqué de la inquina victoriana hacia el invitado rubio. Una de las teorías apunta a la identificación del cabello rubio con el de los invasores vikingos de la isla alrededor del siglo VIII; desde esa época la idea del hombre de cabello claro cruzando la puerta de una casa indicaba las desgracias que iban a suceder. Aunque es posible que, teniendo en cuenta que los victorianos eran aficionados a las leyendas y el folklore de todas las culturas, las razones pudieran ser otras.

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Ilustración victoriana

La adivinación, ¿con la Biblia…?

¡Qué mejor modo de pasar una velada de cambio de año que pronosticando el futuro de los invitados! Por ese motivo la adivinación del futuro con las cartas era uno de los pasatiempos favoritos de los victorianos.

Pero algunos iban más allá…Se reunía a los invitados alrededor de una Biblia y cada invitado, con los ojos cerrados, abría una página y señalaba un pasaje. Después se leía el pasaje y se trataba de interpretar lo que el año nuevo depararía a esa persona de acuerdo con el pasaje o versículo elegido al azar.

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Pleasant Letters – Alfred Stevens

 

Desde La Casa Victoriana os deseamos un nuevo año lleno de felicidad y prosperidad.