Feliz Pascua victoriana

El conejo de Pascua y su carro lleno de huevos multicolor.
 
El conejo de Pascua, en realidad la liebre, Easter Hare, y su carro lleno de huevos de los más diversos colores, para repartir entre niños y mayores fue una de las imágenes más reproducidas en las tarjetas postales victorianas y una de las tradiciones más esperadas del año.
 
Pero como muchas de las costumbres victorianas, su origen no era británico sino alemán, patria del Príncipe Alberto, marido de la Reina Victoria.
 
Eso sí, los victorianos, tan dados a lo recargado y colorido, adoptaron la tradición a su manera: el carro de se llenaba, además de huevos con bellas flores como violetas, lirios o rosas.
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Aunque unos dulces pollitos, adornados con lazos de coores, eran los acompañantes del conejo de Pascua en la imaginería victoriana, pájaros y otras criaturas del bosque acompañaban al conejo en su reparto e inocentes niños disfrutaban los ricos huevos de Pascua componiendo unas bellas composiciones que los ilustradores reflejaban en sus postales.
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Dependiendo del poder adquisitivo de las familias, los huevos que llegaban a los hogares de Pascua eran diferentes: simplemente huevos cocidos, tintados con el agua de diferentes legumbres o verduras (cebollas para un color amarillento, remolacha para un color morado, espinacas para conseguir huevos verdes…) o huevos de chocolate o caramelo, con decoración simple o profusamente decorados o adornados, envueltos en papel de colores o en lujosos envoltorios como sedas atadas con bellos lazos.
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Las dulcerías y pastelerías llenaban sus escaparates con multitud de huevos de colores, haciendo de la Pascua una explosión de color sólo igualada por la decoración navideña.
 
Pero todo el mundo tenía su pequeño regalo dulce en Pascua, gracias a una tradición que ha llegado a nuestros días y se ha introducido poco en poco en la cultura de países en la que no existía, como en España donde los alegres huevos de Pascua conviven con el Roscón de Pascua haciendo las delicias de los más golosos.
Feliz Pascua a todos los subscriptores y visitantes de La Casa Victoriana.
Recordad que seguimos en nuestras Redes Sociales hablando del mundo victoriano y sus protagonistas.
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Vivamos como victorianos

En estas fechas de Carnaval muchas personas aprovechan para vestirse con más o menos acierto de diferentes trajes de época.

Una persona puede disfrazarse de victoriana, también puede recrear la época o puede ¡vivir como un victoriano!

En esta nueva entrada de La Casa Victoriana vamos a conocer a personas de diferentes nacionalidades que han elegido recrear el modo de vida victoriano en su día a día. Algunos de ellos llevan una vida “normal” con trabajos corrientes, y cuando salen de su trabajo y llegan a casa se produce la transformación: cambian sus ropas siglo XXI por ropa siglo XIX y disfrutan de sus hogares decorados al estilo victoriano.

Algunos lo llevan más allá y viven su día a día como victorianos, sin importarle los comentarios, e, incluso, han llegado a hacer de su curiosa forma de vida su trabajo. Veamos algunos ejemplos.

Sarah y Gabriel Chrisman

Sarah y Gabriel son dos apasionados de la época victoriana, que llevan su pasión al extremo de vivir, vestirse y comportarse como victorianos las 24 horas del día. La pareja vive en Washington, en una casa de estilo arquitectónico victoriano americano, y decorada, ¡faltaría más!, con todos y cada uno de los detalles victorianos recreados hasta el último detalle, desde los materiales hasta las telas.

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Fotografía de la web This Victorian Life

Ambos dejan muy claro en su web que no son actores representando un papel, sino dos “personas normales” que han incorporando lo victoriano en su día a día. Están especialmente orgullosos de sus “artefactos” de época, como sus preciosas bicicletas, o su cocina victoriana, en la que cocinan platos según las recetas de la época.

Entrar en casa de los Chrisman es sumergirse en una casa de época donde nada es incongruente con la época, ni la casa, ni la decoración, ni los objetos ni sus habitantes.

Esta es su web, donde podéis ver su casa, además de otros vídeos sobre día a día y sus actividades: This Victorian Life

Sarah es tremendamente popular en Estados Unidos ya que es una asidua de los programas de televisión que requieren su presencia para hablar de diferentes usos y costumbres del siglo XIX. Su fama no viene dada sólo por su estilo de vida, sino porque se ha convertido en una autora de diferentes best sellers relacionados con la época victoriana.

Algunos de sus libros más populares de no ficción tienen como temática diferentes costumbres de la época victoriana:

  • This Victorian Life: Modern Adventures in Nineteenth- Century Culture, Cooking, Fashion and Technologies.
  • True Ladies and Proper Gentlemen: Victorian Etiquette for Modern Day Mothers and Fathers, Husbands and Wives, Boys and Girls, Teachers and Students, and More.
  • Victorian Secrets: What A Corset Taught Me About the Past, The Present and Myself
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Fotografía de la web This Victorian Life

También ha hecho incursiones en el mundo de la ficción con una serie de libros titulados The Tales of Chetzemoka, con el nexo común de un club victoriano de ciclismo, de hecho todos los libros llevan como subtítulo A Victorian Cycling Club Romance, de la que ha editado varios volúmenes con éxito.

Además, el matrimonio ofrece servicios de consultoría histórica, presentaciones y organización de eventos, entre otros.

Os dejo un vídeo para que podáis ver una entrevista con los Chrisman. Está en inglés, y se pueden activar los subtítulos (en inglés, también).

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Peter Sauders

Peter Sauders es un hombre británico de 36 años, cuyo sueño siempre fue vivir en una casa de estilo victoriano: Como arquitectónicamente no encontró en la ciudad ninguna casa que cumpliera sus expectativas, Peter decidió comprar un cottage y convertirlo en su hogar victoriano.

Durante el día, trabaja como informático, pero cuando acaba su jornada laboral y entra en su hogar, Peter se transforma en un verdadero victoriano, no sólo porque su casa parece sacada de un libro de historia del siglo XIX, sino porque cambia su ropa con un vestuario más acorde con su nuevo hogar.

En este vídeo podéis cómo vive Peter: El refugio victoriano de Mr. Saunders

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Fotografía de Il Sussidiario.net

Peter admite que, a pesar de su pasión por lo victoriano, hay algunos inventos modernos de los que no es capaz de prescindir: el congelador, la nevera y la calefacción central.

Uno de los méritos de Peter fue la decoración; ante la imposibilidad de encontrar muebles y objetos de decoración originales de la época -unas veces por la dificultad para localizarlos y otras por los elevadísimos precios que tienen en el mercado- este victoriano moderno decidió hacer él mismo la mayor parte de su mobiliario, incluidas las alfombras que confeccionó de acuerdo con patrones y modelos de la época.

Su último proyecto ha sido crear una preciosa tienda de ultramarinos de estilo victoriano en su propiedad, en la que no falta detalle. Además este grocery victoriano está abierto al público, y sus productos pueden ser adquiridos on line, y a través de Facebook,  lo cuál no es muy victoriano, pero sí una buena publicidad para lograr publicidad y clientela.

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Fotografía de http://www.express.co.uk

En el enlace que os dejamos podéis observar la preciosa caja registradora y el aire decimonónico del que ha impregnado todo el local.

La casa y el ultramarinos de Peter Saunders

Toda esta renovación para hacer de su casa una antigüedad de catálogo le ha costado sus ahorros y gran parte de sus ingresos, pero ha podido cumplir su sueño.

Estos son dos ejemplos de personas del siglo XIX que han decidido viajar al siglo XIX: Sarah y Gabriel con una inmersión en toda regla en la época, viviendo como victorianos las 24 horas del día, y Peter haciéndolo cuando sale de su trabajo.

Pero, yo me pregunto, ¿también han prescindido del ordenador y los smartphones? Permitidme que lo dude…

Dimes cómo eres y te diré tu pareja ideal

En cuestiones amorosas los victorianos eran realmente curiosos, y, antes de embarcarse en una relación amorosa analizaban todos los pros y contras para evitar que esa relación pudiera ser un fracaso. Y, para ello, utilizaban todos los estereotipos que tenían a su alcance.

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Vía Pinterest

El ideal de mujer de esta época, representado por las heroínas de las novelas de Brönte, Dickens, Gaskell o Collins, por poner algunos ejemplos, era una mujer bonita, agradable, de constitución pequeña y delicada, recatada, con gracia, tranquila pero capaz de afrontar los contratiempos y sinsabores de la vida con gran valentía y fortaleza, enfrentándose a todos ellos con gran resolución y principio morales.

Por el contrario, el hombre ideal, el héroe romántico, era todo un caballero, alto, fuerte, protector, honesto, valiente, con grandes cualidades morales, aunque siempre era un aliciente que tuviera un pasado misterioso y una personalidad ligeramente atormentada.

Lejos de los ideales novelescos, en el complementario estaba el éxito: una persona irritable y nerviosa debería buscar a otra tranquila y comprensiva, y una persona demasiado sensible e insegura a alguien de carácter fuerte y resolutivo.

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Vía Pinterest

Pero no sólo importaba el carácter a la hora de elegir  a una pareja, sino que también era fundamental prestar atención a  las características físicas de cada una de ellas.

El Profesor Thomas E. Hill nos la recuerda en su The Essential Handbook of Victorian Etiquette, y seguro que muchas de ellas, además de sorprendernos, nos dibujarán una sonrisa.

Una de las peculiaridades que se analizan son el color de los ojos: si uno de los miembros de la pareja tuviera los ojos grises, azules, negros o color avellana nunca deberían casarse con alguien que tuviera el mismo color de ojos.

Además si el color de ojos fuera muy intenso,  elegir una pareja con el mismo color de ojos sería un tremendo error para la felicidad futura de la pareja.

El pelo rojo indica una personalidad nerviosa e inestable, por lo que una persona pelirroja debería buscar una pareja con el pelo negro azabache, ya que su carácter sería complementario y dotaría de estabilidad a la unión.

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Vía Pinterest

Una persona de pelo claro y fino, con una piel suave y delicada denotaba un carácter sensible; casarse con alguien con las mismas características físicas traería la ruina a su relación, ya que el carácter endeble de ambos haría imposible hacer frente a los momentos difíciles de la vida en pareja. Su pareja ideal sería alguien con el pelo y la piel más oscuros, ya que estos denotaban un carácter más fuerte y firme.

Lo mismo sucedía con las personas de pelo lacio; su complementario ideal sería una persona con el pelo fuerte y, a poder ser rizado.

Si alguien tenía el óvalo de la cara alargado y delgado debía buscar a alguien de cara redonda, y si la nariz era chata su ideal era una persona con una nariz con personalidad, a poder ser con el típico perfil romano.

Si el rostro era huesudo, con mandíbula prominente y rasgos muy marcados, con nariz sobresaliente, frente ancha, ojos hundidos y complexión delgada, NUNCA podía tener éxito con una persona con características similares, ya que estos rasgos reflejaban frialdad, un carácter severo y ausencia de sensibilidad. Por lo tanto, las personas con este tipo de peculiaridades físicas deberían esforzarse en buscar una pareja con el óvalo de la cara redonda, mejillas sonrosadas, nariz pequeña y silueta redondeada, rasgos identificables con la calidez y la dulzura. Así la calidez calentaría la frialdad del otro y el matrimonio complementaría su carácter.

La herencia en los rasgos también tenía su importancia: si una mujer había heredado los rasgos físicos de su padre, nunca debía buscar un hombre con rasgos similares a los de su progenitor, sino buscar a alguien cuyos rasgos fueran más coincidentes ¡con los de su madre!

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Vía getty.com

Pero, ¿qué sucedía si una persona no tenía rasgos especialmente destacables? Por ejemplo, los ojos de una persona podían ser ni muy azules, ni muy verdes, ni muy negros, o su pelo ni demasiado, rubio, ni demasiado negro ni pelirrojo. Pues, estas personas, lo tenían muchísimo más fácil, ya que podía emparejarse con personas de rasgos similares a ellas, así tenían mucha menos dificultad en encontrar una pareja ideal.

Como podéis ver, en la época victoriana el amor no sólo era una cuestión del corazón sino que para encontrar a la pareja apropiada ¡había que hacer un estudio anatómico completo del candidato!

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Vía Pinterest

Qué tengáis un San Valentín muy feliz y victoriano. Y para felicitar a todas aquellas personas por las que sintáis amor, en la página de Pinterest de La Casa Victoriana tenemos un tablero lleno de preciosas postales de San Valentín victorianas con preciosas ilustraciones.

Tarjetas Victorian de San Valentín

Feliz año nuevo…y victoriano

Para finalizar el año, además de dejaros mis mejores deseos de felicidad, y, como no podía ser de otro modo, me gustaría terminarlo con una serie de costumbres victorianas para recibir el nuevo año. Hace tiempo Victorian Trading publicaba una serie de tradiciones que no solían faltar en una noche como la víspera de año nuevo. Vamos a recordar algunas de las más curiosas.

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Elegant Soiree- Jean Béraud

 

Los Phantom Balls victorianos

Uno de los eventos favoritos de los victorianos eran las celebraciones de Phantom Balls. Estas fiestas para recibir el año nuevo eran más desinhibidas que otros bailes más formales, entre otras cosas, porque una de las condiciones era ir disfrazado con vestuario relacionado con el mundo de los fantasmas y los espíritus.

En estos bailes participaban tanto niños como mayores, y durante la fiesta se organizaban diferentes juegos donde participaban todos los invitados, principalmente de cartas, aunque no era extraño que la fiesta finalizara con ¡un partido de fútbol entre los caballeros!

Había otra versión más refinada – y menos divertida – de los Phantom Balls, en las que se vestía de rigurosa etiqueta y en la que, sobre todo las damas, lucían espectaculares vestidos de gala especialmente confeccionados para la ocasión.

Este baile no se diferenciaba demasiado de cualquier otro tipo de evento de estas características; la única peculiaridad era que se celebraba el nuevo año.

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Preparing for the Ball- Alfred Stevens

 

Estrenando ropa nueva

A los victorianos les gustaba estrenar alguna prenda de ropa cuando comenzaba el nuevo año. No lo hacían ni por lucirla ni por presunción sino como símbolo de opulencia, de lo bueno que estaba por venir y de las privaciones y problemas, sobre todo económicos, que se dejaban atrás, en el año que terminaba.

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Getting Dressed – Charles Edouard Boutibonne. 1869

 

Dejando la chimenea como “los chorros del oro”

Una de las tradiciones más curiosas de la transición de un año al siguiente era la de la limpieza de la chimenea. El día de fin de año, los victorianos limpiaban a conciencia sus chimeneas, asegurándose de retirar toda la ceniza acumulada en ellas.

Esa ceniza simbolizaba todos los males, tanto de salud como económicos, que habían preocupado a la familia durante el año, y la limpieza hacía que esos males desaparecieran al comenzar el año con una chimenea impoluta.

Con dinero en los bolsillos

Para atraer la fortuna y una buena economía para el año que estaba a punto de empezar, era condición fundamental comenzar el nuevo año con unas monedas en los bolsillos.

Por este motivo, grandes y pequeños metían en sus bolsillos algunos peniques con la esperanza de que la diosa Fortuna los multiplicara en el año venidero, o , por lo menos, los mantuviera…

El sonido de las campanas

Ya fuera en el pueblo, la ciudad, o el interior de la casa las campanas y las “campanadas” de media noche, significaban algo más que el paso de un año a otro.

El sonido de las campanas simbolizaban el triunfo del bien sobre el mal, el final de todo lo malo para dar paso a un año lleno de esperanza y de buenos deseos.

Ese es uno de los motivos por los que en la decoración navideña de todos los hogares no faltaban campanitas que los niños se encargaban de agitar a su paso.

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Alfred Stevens

¿Cerdos y tréboles?

Pues sí…Los tréboles siempre fueron una planta portadora de la buena suerte, sobre todo dentro de la cultura irlandesa, pero los victorianos, tan supersticiosos y amantes de cualquier planta u objeto que simbolizara la buena suerte, lo adoptaron como decoración navideña y como elemento fundamental en las tradicionales tarjetas de felicitación.

Lo mismo sucedía con los cerditos. La tradición le atribuía al animal la capacidad de atraer el dinero, probablemente porque cuando los granjeros los vendían en el mercado obtenían un buen dinero por los mejores ejemplares, ya que es un animal del que se aprovechan todas las partes. De ahí las tradicionales piggy-banks o huchas con forma de cerdito.

Esta es la razón por las que los cerditos están presentes en las tarjetas de felicitación de temática navideña.

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Tarjeta navideña

Puertas abiertas y la visita de los first-footing

Una de las tradiciones más curiosas de la Navidad victoriana consistía en abrir la puerta de la casa coincidiendo con el cambio del año, para dejar salir al año que se iba, mientras la familia saludaba con alegres “Bienvenido!” al nuevo año.

Después se arrojaba un pastel contra la puerta para alejar a una posible hambruna, que pudiera llegar con el nuevo año.

Además todos los invitados esperaban con curiosidad y ansiedad la llegada del primer invitado o first-footing. La expresión definía a “la primera persona en cruzar el umbral de la casa después de media noche”.

La responsabilidad de ese primer invitado era grande, ya que si traía regalos, principalmente comida y bebida, era un augurio de buena fortuna para la familia el resto del año.

Y , una de las cosas más sorprendentes  era que además de los regalos, para que el invitado fuera el portador de buena suerte este debía cumplir una serie de características físicas: ser un hombre, de estatura alta y de pelo oscuro. ¡Si el primer invitado era un hombre rubio era signo de mal presagio!

Es difícil precisar el porqué de la inquina victoriana hacia el invitado rubio. Una de las teorías apunta a la identificación del cabello rubio con el de los invasores vikingos de la isla alrededor del siglo VIII; desde esa época la idea del hombre de cabello claro cruzando la puerta de una casa indicaba las desgracias que iban a suceder. Aunque es posible que, teniendo en cuenta que los victorianos eran aficionados a las leyendas y el folklore de todas las culturas, las razones pudieran ser otras.

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Ilustración victoriana

La adivinación, ¿con la Biblia…?

¡Qué mejor modo de pasar una velada de cambio de año que pronosticando el futuro de los invitados! Por ese motivo la adivinación del futuro con las cartas era uno de los pasatiempos favoritos de los victorianos.

Pero algunos iban más allá…Se reunía a los invitados alrededor de una Biblia y cada invitado, con los ojos cerrados, abría una página y señalaba un pasaje. Después se leía el pasaje y se trataba de interpretar lo que el año nuevo depararía a esa persona de acuerdo con el pasaje o versículo elegido al azar.

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Pleasant Letters – Alfred Stevens

 

Desde La Casa Victoriana os deseamos un nuevo año lleno de felicidad y prosperidad.

 

 

 

Un festín navideño victoriano

La mesa navideña

El esplendor y la abundancia de la mesa navideña victoriana eran casi escandalosos. La presentación de los platos, el increíble menú compuesto por innumerables platos de carnes, aves, verduras, frutas y los más deliciosos dulces, servidos en maravillosas vajillas, eran un espectáculo para la vista.

Las fechas navideñas representaban todo un reto para las cocineras, ya que cada anfitrión se esmeraba por tener el menú más completo, original, y por qué no decirlo, extravagante. Los debates y discusiones sobre el menú más adecuado comenzaban semanas antes de las celebraciones, poniendo a prueba la imaginación, y también la paciencia, sobre todo del servicio doméstico.

El lema “menos es más” no era una no era una máxima por la que se regían los victorianos; para un victoriano menos es menos y más nunca es suficiente, sobre todo, en las fiestas navideñas.

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The Dinner Party- Sir Henry Cole

El servicio

Hasta mediados del siglo XIX, los diferentes platos se servían en la mesa principal, siguiendo el estilo “a la francesa”, es decir, no retirando el servicio hasta que finalizaba la cena. Pero la imperante moda de cenar “a la rusa” impuso nuevas costumbres en los victorianos, entre ellas la de que los platos fueran traídos a la mesa sólo cuando fueran solicitados, de manera que la mesa quedara despejada para poder ser adornada con centros y decoraciones espectaculares.

La gran mesa del salón, a la que se sentaban todos los invitados, se cubría con un mantel blanco, acompañado de sus servilletas de un blanco tan inmaculado como el mantel.

Hay una curiosidad no del todo cierta sobre la costumbre victoriana de cubrir las mesas con grandes manteles que casi llegaban al suelo. Parece ser que la razón que tenían los victorianos para utilizar estos manteles tan largos era tapar las patas de la mesa para no ofender a las damas.

La explicación de esta extraña costumbre se puede explicar con la palabra que se utiliza en inglés para designar las patas de la mesa: “legs”. Dejar las “piernas de la mesa” a la vista podía resultar ofensivo y esa era la razón para cubrirlas.

Aunque otras versiones dicen que la verdadera razón de cubrirlas era simplemente para que no se rayaran o astillaran con posibles golpes durante la cena.

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Dinner at Haddo House – Alfred Edward Emslie

La decoración de la mesa

La comida se servía en las mejores vajillas de cara porcelana exquisitamente decorada y en las más delicadas copas de cristal. Las mesas se adornaban con enormes fruteros o cestillas de plata con todo tipo de frutas, siendo un elemento esencial de estos ornamentos los racimos de uvas, naturales o escarchados.

Ninguna decoración era lo suficientemente ostentosa o llamativa para la alta sociedad victoriana: si los altos y abundantes fruteros no fueran suficientes, la ornamentación se completaba con arreglos florales en forma de arcos o de pequeños ramos.

Para completar la exuberancia decorativa se añadían hojas de helecho (los maidenhair, helechos pequeños de frondosas y brillantes hojas eran los preferidos), hiedra, acebo y muérdago, que colgaban en forma de guirnaldas por todo el salón. Estas plantas, especialmente los helechos, también se empleaban para decorar las fuentes de la comida.

Los candelabros llenos de tintineantes velas completaban la ensoñación de contrastes y colores que convertían los salones en un derroche de luces y victoriana elegancia.

Los platos se dejaban en una mesa auxiliar de donde los sirvientes las acercaban a la mesa cuando los comensales los requerían. La función de los sirvientes, lacayos en este caso, era la de acercar las bandejas al comensal, que se servía él mismo.

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The End of Dinner- Jules Alexandre Grun

Los platos principales

Los victorianos no ahorraban en número de platos para degustar en estas celebraciones: para los entremeses las preciosas soperas victorianas alternaban gustosos consomés con espesas cremas y sopas, o bien, ligeros platos de pescado.

Entre los platos principales se podía escoger entre diferentes carnes de vacuno, asadas o estofadas, rellenas, o en pasteles salados y deliciosos platos de aves donde destacaba el pavo relleno, servido con salchichas y bacon.

Como curiosidad podemos comentar que el pavo no fue siempre el rey de los platos navideños. El ganso y el pato eran las aves preferidas para asar y rellenar en las ocasiones especiales, pero a finales del siglo XVIII el pavo llegó de América para quedarse como protagonista absoluto de las comidas navideñas.

Los acompañamientos se servían en un carro auxiliar que contenía patatas asadas, puré de patatas, coles de Bruselas, repollo, nabos, ensaladas y distintas clases de salsas, destacando la famosa gravy.

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Víspera de Navidad- Carl Larsson

Los postres

En otra mesa auxiliar vistosos postres eran exhibidos como en un escaparate: dulces decorados con frutas y rellenos de crema, gelatinas, merengues, pies o tartas dulces inglesas, o gateaux, tartas a la francesa, con diferentes coberturas, bizcochos borrachos de brandy o jerez, como trifles y tipsy cakes, en dulce almíbar, como los savarines o horneados después de empaparlos en licores dulces como el babá francés.

Aunque el postre que no podía faltar era el Christmas Plum Pudding. Este postre de origen celta se elaboraba días antes de Navidad y su masa se envolvía en una fina tela, para posteriormente ser horneado a fuego bajo durante varias horas. Este bizcocho especiado llevaba infinidad de frutos secos y frutas.

Este pastel estuvo en peligro durante el mandato del puritano Oliver Cromwell, que convirtió el país en una república denominada Commonwealth of England.

Cuenta la leyenda que fue el mismo Cromwell el que prohibió la Navidad en el siglo XVII y, por consiguiente, la elaboración de las recetas tradicionales navideñas, con la amenaza de enviar a prisión a cualquiera que elaborase o comiese  un Christmas Pudding.

En realidad no fue Cromwell quien lo prohibió, sino su partido político, que estaba en el gobierno en ese momento, y la prohibición duró lo que duró su mandato, recuperando la sociedad inglesa la elaboración del pudin que alcanzó su máxima popularidad en la Inglaterra victoriana.

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A Christmas Dole – Joseh Clark

Las golosinas

En 1840, el pastelero inglés Tom Smith, inventó un elemento fundamental para las festividades victorianas: los crackers. El invento consiste en un tubo relleno de golosinas cerrado por ambos lados y envuelto en papeles de vivos y brillantes colores, a modo de caramelo grande. Al friccionar una tira que atraviesa el cracker este hace una pequeña explosión liberando todas las golosinas.

Durante la época victoriana a esta golosina se la denominó bon-bon, y no fue hasta los años 20 en el que el nombre cracker se adoptó definitivamente para denominarlo.

En las casas más humildes también se celebraba la Navidad de manera especial. Aunque la comida no podía ser tan abundante, en la mesa siempre había un buen pollo o ganso asados, acompañados de ricas patatas o castañas, y no faltaba un pudin navideño y golosinas y crackers para los más pequeños.

Y, ninguna casa carecía de un árbol decorado y bonitas guirnaldas para que la alegría navideña entrara en todos los hogares.

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Noche de Navidad – Viggo Johansen

 

 

Halloween victoriano: rituales y conjuros

Como todos los años en La Casa Victoriana no puede faltar nuestro particular homenaje a la fiesta de Halloween, una fecha en la que los victorianos disfrutaban especialmente celebrando fiestas de disfraces y escenificando toda clase de rituales relacionados con la magia y el amor.

¡Hagamos una recopilación de algunos de estos ritos eran realmente curiosos!

Los tres platos: decidme si me casaré con una bella doncella

En una mesa se colocaban tres platos: uno lleno de agua limpia, otro con agua sucia y otro vacío. A uno de los participantes en el juego se le vendaban los ojos y se le conducía hacia la mesa en la que estaban los tres platos.

A ciegas  la persona escogía uno: si su elección era el plato con agua limpia se casaría con una bella dama, si el elegido era el que contenía agua sucia sería viudo, y si la suerte le llevaba hacia el vacío sería un amargado solterón.

Este ritual podía intentarse tres veces, previo cambio de sitio de los platos.

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La dama frente al espejo: espejo, muéstrame el rostro de mi amado.

On Halloween look in the glass,

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Una de las tradiciones más populares entre las jóvenes era la de tratar de conocer cual sería el rostro de su futuro marido.

Para ello, la joven se encerraba en una habitación a oscuras, con la única luz de una vela iluminando el cuarto, y se colocaba frente al espejo. La superstición decía que al iluminar su imagen frente al espejo, a su lado, se reflejaría la imagen de su futuro marido.

A este ritual, a veces se le añadía un elemento adicional: la joven además de iluminar su imagen con una vela en el espejo debía ¡estar comiendo una manzana!

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Quemando nueces, ¿cuál será nuestro futuro?

The auld gudewife’s weel hoarded nits
Are round and round divided,
And monie lads’ and lasses’ fates
Are there that night decided.
Some kindle, couthie, side by side,
And burn thegither trimly;
Some start awa’ with saucy pride,
And jump out-owre the chimlie.

Cada miembro de una pareja elige una nuez entera. Ambas nueces se ponen al fuego. Cada uno observa atentamente cómo se van quemando las nueces: si se queman lentamente, si se rompen o si ambos lados de la nuez se separan. Dependiendo de cómo respondan las nueces al fuego, así será su relación.

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Mojé manga de mi camisa en el río: mi futura pareja aparecerá para secarla

Go to a south-running stream,

and dip your sleeve in it at a spot

where the lands of three lands come together

Una superstición escocesa contaba que la noche del 31 de octubre un joven o una joven debían mojar la manga de su camisa en un arroyo donde las tierras de tres tierras se unían. Al llegar a casa tenía que colgar la manga cerca del fuego para que secara, en un lugar que pudiese ver desde su cama.

No podía dormirse porque durante la noche una aparición tendría lugar en el lugar en el que había dejado la manga: su futuro esposo o esposa aparecería para retorcer la manga para intentar que se secase.

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Lanza la berza, ella te contará tu futuro

O, is my true love tall or grand?

O, is my sweetheart boony?

Una de las tradiciones más antiguas cuenta como las kales, berzas, podían pronosticar el futuro de las parejas.

Las parejas salen cogidas de la mano y con los ojos vendados a la búsqueda de una berza, que aún está plantada, y deben arrancarla y lanzarla. Dependiendo del tiro y de cómo cayera la berza, así será el aspecto de la futura pareja y la relación de los jóvenes.

Si la raíz arrastra una buena cantidad de tierra, las previsiones económicas futuras de la pareja serán favorables. Si al comerla el corazón de la berza es dulce, la pareja vivirá momentos felices, pero si es amargo, no se deparan buenos augurios para la relación.

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Dulces y velas: la vela paga

El aro y la vela, más que un ritual, es un juego para los más jóvenes.

Se coge un aro de un barril y en él se cuelgan varios dulces, caramelos y manzanas, pero también finales de velas. Se vendan los ojos de los participantes y se gira el aro.

Los participantes deben intentar morder uno de los dulces colgados y no morder el final de vela. Aquellos que tengan la mala suerte de morder la vela tendrán que pagar la multa, que habitualmente consistía, en el pago de las velas.

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Caminando en la oscuridad

Una dama debía caminar hacia atrás en la oscuridad, hacia el sótano, con la única iluminación de una vela en su mano derecha y un espejo en su mano izquierda, mientras recitaba una y otra vez:

    ” Appear, appear, my true love dear,
Appear to me to-night,”

Antes de alcanzar el final de la escalera el rostro del amado se reflejaría en el espejo.

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El pastel y el anillo

Antes de hornear un delicioso bizcocho se introduce un anillo en la masa. Una vez hecho se sirve en porciones y a aquel a quien le toque el anillo en su porción encontrará el amor verdadero en el plazo de un año. ¡Cuidado con tragarse el anillo!

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Un barquito en su cáscara de nuez

Se le ofrece a los invitados una cáscara de nuez, con un palillo y un papel blanco simulando una vela. En la cáscara de nuez se escribe la inicial de la persona de la que está enamorado.

Se colocan los barquitos de nuez en un barreño con agua y se agita. Si un barquito se hunde significará no solo que el amor no será corrrespondido sino que esa persona permanecerá soltera y sola ¡para el resto de su vida!

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¿Fundimos plomo? Sus formas nos dirán nuestro futuro

Este juego me parece un poco más complicado e implica poderes de adivinación o mucha imaginación…

Fundimos un objeto de plomo y dejamos que el fundido se vierta a través de la manija de una llave cayendo sobre un bol de agua limpia. Las formas que forme el plomo serán un reflejo de lo que nos depara nuestro futuro.

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Rituales y juegos con manzanas

  • La manzana me dirá el nombre de mi amado

Aquel joven o aquella joven que quiera saber por qué letra comenzará el nombre de su futura pareja tendrá que pelar una manzana de una sola vez. Cuando termine tendrá que lanzar la monda de la manzana por encima de su hombro izquierdo.

Cuando caiga en el suelo dibujará la forma de una letra en el suelo. Esa letra será la inicial del apellido de su enamorado o enamorada.

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  • Bobbing the apples

Se escogían varias manzanas rojas y apetitosas y se dejaban flotar en un barreño con agua; los participantes del juego debían poner los brazos a su espalda y sumergir sus cabezas en el barreño para coger las manzanas con los dientes. ¡La diversión estaba asegurada!

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  • Manzanas a la hoguera

Para atraer al verdadero amor, se comía una manzana asada y se echaban al fuego el corazón y las semillas mientras se cantaba:

    “One, I love, two, I love, three, I love, I say,
Four, I love with all my heart,
Five, I cast away;
Six, he loves, seven, she loves, Eight, they both love.”

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¿Queréis intentar alguno la noche del 31 de octubre?

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Regreso a la escuela: las “one room school” victorianas

Cuando pensamos en las escuelas victorianas una de las primeras imágenes que nos vienen a la cabeza es la de un internado con niños y niñas vestidos con sobrios uniformes, severos profesores y estrictas normas de comportamiento.

Pero  las pequeñas escuelas de los barrios más humildes y, sobre todo, de las zonas rurales, distaban mucho de esa imagen.

A Dame's School
A Dame’s School- Thomas Webster

Las escuelas

Este tipo de escuelas eran lo que se denominaba one room school, formadas por cuatro paredes y un tejado, con los materiales más básicos para impartir las clases.

Estas escuelas albergaban en una misma habitación a alumnos de todas las edades y de diferentes niveles de aprendizaje. Niños y niñas compartían el espacio, sin haber separación por sexos, entre otras cosas, porque el espacio único no lo permitía. La única separación consistía en la creación de pequeños grupos de niños según su nivel escolar.

Algunas escuelas con mayor número de alumnos tenían dos puertas de entrada y salida: una para las niñas y otra para los niños, aunque en el interior todos estuvieran en la misma clase.

Habitualmente los maestros utilizaban una campanilla colocada en la puerta para indicar la hora de entrada a la clase.

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Snow Scene Children Leaving School, Marc Louis Benjamin Vautier;

Los maestros

La persona que impartía las clases era una persona dedicada a sus alumnos, y, que a pesar del bajo salario que recibía, se preocupaba más allá de lo que implicaba su trabajo de maestro, ya que se ocupaba de la higiene, de la salud, de la alimentación y muchas veces intercedía en problemas familiares de los que los niños eran víctimas indirectas o directas, como problemas de alcoholismo de los progenitores o de maltrato infantil.

La mayoría de los maestros eran hombres y no recibían el nombre de teacher sino de schoolmaster.

La maestra era una mujer con una imagen muy alejada de la de las serias institutrices. Para poder ejercer de profesora tenía que ser soltera. En el momento en que contraía matrimonio tenía que dejar su trabajo como maestra.

Cuando la escuela no estaba financiada por alguna institución política o un benefactor privado, que corría con los gastos del material y del sueldo del maestro, eran las instituciones religiosas o de caridad las que sufragaban los gastos.

Habitualmente, en las zonas rurales, eran las propias familias las que aportaban una pequeña cantidad para pagar el salario del maestro, además de proporcionarle un lugar donde vivir. Aquellas familias que no podían aportar dinero en metálico, pagaban con productos de su huerto, de su granja o con servicios propios de su oficio.

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The Country School Winslow Homer

Las asignaturas

Las asignaturas que se impartían en estas humildes escuelas, eran muy diferentes de las escuelas o internados privados. En estas escuelas no había clases de música o de protocolo, sino que que se enseñaban lo que se conocía como las Three Rs: Reading, Riting and Rithmetic, o lo que es lo mismo Reading (lectura), wRiting y aRithmetic – lectura, escritura y aritmética.

Los estudiantes aprendían poemas, rimas, canciones y oraciones por el método de memorización, que era un método habitual de aprendizaje. Después tenían que recitarlos en voz alta en clase, para acostumbrarse a pronunciar correctamente y a hablar en público.

En algunas escuelas, si los niños dominaban las materias básicas,  se enseñaba historia, geografía y gramática.

Además se dedicaba una especial atención a la caligrafía y al uso de la pluma y la tinta: tener una letra firme, inteligible y con bellas curvas se consideraba una cualidad muy apreciada en los estudiantes.

A aquellos alumnos que destacaban en sus asignaturas se les premiaba con una medalla o distinción, premios que trataban de estimular el estudio.

Aquellos estudiantes que no cumplían con sus tareas o cuyo comportamiento no era lo suficientemente bueno, recibían castigos más o menos ejemplares que iban desde las aburridas copias, a los castigos “cara a la pared” o la humillación de llevar puesto un gorro  que ponía “burro”.

Los castigos corporales, desgraciadamente, no eran inusuales y estaban socialmente aceptados. Habitualmente consistían en darle al niño unos azotes en el trastero o en las manos con una vara de madera.

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School Punishment, Ralph Hedley, 1848

El material de estudio

Para la escritura se utilizaban quills, plumas, habitualmente de ganso, que previamente afilaban. La tarea de afilado le correspondía a los profesores o a los estudiantes mayores para evitar que los más pequeños se hicieran daño al afilarlas.

Las plumas se mojaban en la tinta que contenían los tinteros, generalmente pequeños botes de cristal, que se cerraban herméticamente después de su uso para evitar que la tinta se secase. Ante la dificultad de escribir con tinta sobre los papeles, ya que quedaban humedecidos, se utilizaban blotting papers o papeles secantes que se colocaban encima del papel escrito, al término de la tarea, para absorber el exceso de tinta.

Posteriormente los estudiantes comenzaron a utilizar lápices similares a los que utilizamos en la actualidad.

Para escribir se utilizaban cuadernillos de papel blanco, a los que los niños le dibujaban líneas paralelas para no torcerse en la escritura. También se utilizaban pizarrines.

Los libros básicos para el aprendizaje solían ser la Biblia, de donde se aprendían las oraciones y las historias que posteriormente se recitaban – además se utilizaba como libro de lectura – y el llamado primer, que contenía los números, el alfabeto, y rimas.

Los primer tenían diferentes niveles y cada niño utilizaba el más adecuado para su aprendizaje y progreso.

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A Straw Plaiting School in Essex, G.W. Brown, 1864

El tiempo de recreo

Los recreos eran los momentos de descanso de la jornada y era el momento más esperado por los estudiantes, ya que era el tiempo de juegos al aire libre.

Los juegos de pelota eran uno de los favoritos. Como no existían las pelotas de caucho, cuero o plástico como en la actualidad, en las zonas urbanas se hacían pelotas con ropa vieja enrollada y en las zonas rurales se empleaban las bladders, unas pelotas hechas con las vejigas de los animales de las granjas, previamente lavadas y secadas.

Las canicas, las peonzas y el escondite eran, asímismo, juegos muy populares.

Las niñas preferían juegos que implicaban canciones como la comba, el corro o el hopscotch, o rayuela.

El rolling hoop, o aro. los knucklebones o tabas y otros juguetes caseros hechos de madera o latón también triunfaban entre los más pequeños.

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New England Country School, Winslow Homer

 La hora de la merienda

Muchos estudiantes llevaban refrigerios a la escuela para comer en los descansos. Este era humilde pero sabroso y consistía en pan casero, piezas de fruta o porciones de bizcocho o tartas para los más afortunados. Los niños llevaban su comida en pequeñas cestas de mimbre.

En muchas escuelas los niños recibían mantequilla o mermelada para acompañar el pan. También se les proporcionaba un vaso de leche y, a veces, un chocolate caliente. Incluso existían pequeños hornillos en el colegio para calentar las bebidas. Estos alimentos que repartía el colegio entre sus alumnos eran muy importantes para muchos pequeños, ya que no todos podían llevar una pequeña merienda y su estado de desnutrición era claramente visible, siendo estas pequeñas porciones de leche y pan casi la base de su alimentación diaria.

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A Straw Plaiting School in Essex, G.W. Brown, 1864

El mobiliario

El mobiliario era sobrio y funcional, hecho íntegramente de madera y estaba formado por mesas con bancos de una o dos plazas, o con taburetes de tres patas, donde se sentaban los niños.

El maestro se sentaba en una mesa grande de madera con silla colocada de cara a los niños. Además había diferentes estanterías para los libros y cuadernos y percheros para colgar la ropa de abrigo y los sombreros – prácticamente todos los niños y niñas, tanto en la ciudad como en el rural, llevaban la cabeza cubierta con sombreros, gorros o gorras.

La pared de la clase estaba presidida por una pizarra. En la clase había además una chimenea o una estufa de leña para calentar la habitación durante los meses de invierno.

Si el colegio era afortunado con alguna donación podía exhibir mapas en sus paredes.

 

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Country School, William Lawson Henry