La Casa Victoriana

Brontes, Gaskell, Dickens y mucho más

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Regalos victorianos para San Valentín

En el siglo XIX, acertar con el regalo correcto en el día de los enamorados por excelencia, San Valentín, no era sólo cuestión de buena voluntad sino que podía considerarse un auténtico arte, ya que una simple flor o un delicado perfume iban cargados de un significado más profundo que el acto de ofrecer un simple presente a la persona amada.

Con el afán de ayudar a aquellos enamorados y enamoradas indecisos el Hill’s Manual of Social and Business Forms,  el The Ladies’ Home Journal o el Everyday Etiquette daban precisas instrucciones de comportamiento para salir airoso de cualquier situación, por complicada que fuera.

Los regalos de una amada a su enamorado debían ser reflejo de las virtudes de esa dama y de su naturaleza dulce y refinada, por lo que eran preferibles aquellos obsequios con un valor más sentimental que monetario. Un cuadro, un dibujo, un poema o un bordado hechos por ella misma serían los regalos más adecuados.

Charles Amable Lenoir

Según estos manuales de las buenas costumbres, un caballero no debería regalar a su amada regalos caros y ostentosos, si todavía no están casados, excepto el anillo de compromiso que no debe ser entregado como regalo de San Valentín, sino en una fiesta de pedida de mano. Un regalo que transmita cariño y respeto sería más valorado.

Si el amado opta por regalar una joya, puede elegir entre un sencillo anillo, pendientes o un broche, ninguno de ellos demasiado llamativo y  que puedan ser lucidos por su amada en el día a día como muestra de amor correspondido.

Un libro entraba dentro de la lista de regalos perfectos, aunque había que tener cuidado con la temática elegida; un libro de poesía era una elección perfecta para la fecha, al igual que una novela de temática romántica. Otros tipo de libros, como novelas de Dickens, no eran tan adecuados, aunque todo dependía de los gustos de la dama.

Cuadros, pinturas, dibujos y litografías, cuidadosamente enmarcados en marcos de plata o en originales – y más cursis- marcos con forma de corazón, eran un regalo habitual entre las parejas de enamorados. Álbumes para guardar fotografías y decorarlos con la técnica del scrapbooking eran uno de los agasajos mejor recibidos.

In Love - Marcus Stone

Un perfume, aún siendo un regalo más personal, era una elección correcta. Las fragancias debían ser delicadas, siendo el agua de rosas la más elegante, aunque cualquier agua de colonia sería un buen regalo. Las mezclas con almizcle o el pachulí tenían que evitarse ya que no eran considerados convenientes para una mujer refinada y su olor se consideraba exagerado e incluso desagradable.

Según The Ladies’ Home Journal unas bonitas cajas, pequeños baúles o costureros para guardar encajes, lazos, organdíes o tules le encantarían a las damas, así como cajas para guantes y bolsitas de tul con lazos para guardar los pañuelos bordados.

Si el enamorado optaba por obsequiar a su amada con una caja de bombones u otros dulces, estos deberían ir siempre en una lujosa caja o cesta adornada con lazos recogidos con grandes lazadas, cintas de vivos colores y las flores adecuadas. Ningún adorno, por exagerado que pudiera parecernos, sobraba en estas exquisitas cestas de dulces.

Jules James Rougeron

Los bombones iban siempre acompañados de una bella tarjeta en la que el amado declaraba su amor con una cita o un poema. La más utilizada era la socorrida “Sweets for my sweet”, aunque también eran comunes “A wilderness of sweets” o “Love has found the way”.

En esta lista de posibles regalos no podían faltar las flores recogidas en preciosos ramos y bouquets de rosas rojas y rosas (símbolo del amor), rosas blancas (transmitiendo un amor puro y espiritual), lilas (cuyo signficado está relacionado con la ilusión de sentirse enamorado), lirios del valle (como símbolo de un corazón henchido de felicidad) o nomeolvides (el amor verdadero declarado a través de las flores).

Y, por supuesto, siempre todos y cada uno de los presentes debía ir acompañado de una de las hermosas postales decoradas con todo tipo de adornos y románticas ilustraciones en las que aparezcan todos y cada uno de los símbolos con los que los victorianos asociaban el amor: bellas damas, ángeles, flores, pájaros de intensos colores, dulces niños y niñas, gatitos…

Desde La Casa Victoriana os deseamos un Feliz San Valentín a todos nuestros visitantes.

Y no olvides visitarnos en las redes sociales.

Rosas - Emilie Vernon

 

 

 

 

 

 


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Fiestas de disfraces: las farsas victorianas

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Los victorianos no celebraban las fiestas de carnaval tal y como nosotros las conocemos, pero pocas cosas le gustaban más que participar en una fancy dress party y ponerse un fancy dress lo más exótico y recargado posible.

Los fancy dresses no eran disfraces propiamente dichos sino trajes cuidadosamente elaborados con los que se representaba a personajes reales o ficticios, y que iban evolucionando según las modas literarias o culturales del momento.

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Este tipo de trajes se usaban en las fancy dress parties, fiestas que se organizaban habitualmente en casas particulares y en las que los anfitriones elegantemente disfrazados recibían a sus invitados y los agasajaban con magníficos tentempiés y, muy a menudo, con música.

En otras ocasiones, se celebraban en salones habilitados para grandes bailes (ballrooms) y contaban con la presencia de la más rancia aristocracia victoriana, incluidos los miembros de la familia real, que dejaban a un lado la etiqueta para divertirse transformándose en el personaje que representaban, a menudo protegidos con máscaras o antifaces.

En muchas de estas fiestas participaban no sólo los adultos sino también los más pequeños de la casa, que correteaban entre los invitados engalanados con sus fancy dresses.

Ni las familias más serias, ni las damas más discretas, ni los hombres con los más altos cargos de responsabilidad de la sociedad victoriana podían resistirse a una divertida fancy dress party.

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Una de las características de este tipo de fiestas era la celebración de charadas o farsas, pequeñas obras de teatro satíricas, con guiones literarios o inventados donde los protagonistas eran los anfitriones, los invitados a la fiesta o un grupo de actores contratados para este fin.

Para asistir a estas parties, los invitados ponían un cuidado especial en su vestuario, comprando los fancy dresses en tiendas especializadas en diseñar y confeccionar ropa para obras de teatro, o bien encargándoselas a sus modistas y sastres particulares, sin escatimar en la calidad del tejido, siendo las sedas de vivos colores, el terciopelo y recargados brocados las telas preferidas.

Era fundamental que no faltara detalle alguno, completando cada traje con los más exquisitos y osados complementos, desde pelucas confeccionadas con pelo natural, plumas exóticas y máscaras de estilo veneciano, a complementos más cómicos, como sencillos antifaces, grandes gafas, mostachos o finos bigotillos de estilo oriental.

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Los diseños iban en función de la moda del momento: el estilo oriental tanto para mujeres como para hombres estuvo de moda durante varios años, al igual que la moda francesa del reinado de Luis XVI y María Antonieta y los trajes isabelinos, sin olvidar a los socorridos Pierrot, Arlequín y Colombina que siempre eran garantía de éxito.

El vestuario relacionado con la astrología, la mitología y las ciencias ocultas eran de los más demandados: ninguna mujer se resistía a los ajustados vestios carmesí de diablesa, adornados con negras alas de murciélago, y no era extraño ver a los hombres con coloridad mallas y elaborados tocados para dar vida a Mephistofeles, el diablo literario diablo de Goethe.

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Un personaje de asistencia casi obligada a cualquier fiesta era la recreación, con diferentes interpretaciones, del personaje dickensiano de Dolly Warden, una excéntrica, descarada y presumida mujer que aparecía en la novela Barnaby Rudge, escrita por Charles Dickens en 1841.

Dolly solía vestir en el siglo XIX con ropa propia del siglo XVIII: polainas, sombreros de paja de estilo bonnet y apariencia de ingenua pastorcilla. Su vestuario en contraste con su carácter y el ambiente en el que se desarrola la novela hacen de ella uno de los personajes más estrafalarios y recordados de Dickens.

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La Casa Victoriana. Cuaderno de Viaje.

La Casa Victoriana. Cuaderno de Viaje. nace como un blog hermano de La Casa Victoriana, ya que su espíritu está presente en la esencia de cada una de sus entradas, como un pequeño cuarto lleno de libros, cuadernos de apuntes, útiles de dibujo y escritura y una rudimentaria cámara dentro de esa casa que ha ido creciendo poco a poco hasta llegar casi al millón de visitas.

El Cuaderno de Viaje no es un blog de fotografía sino un espacio para dar cabida a imágenes que la cámara no es capaz de captar, que se dibujan con la mente, que provocan sentimientos, que traen recuerdos, que evocan poesía, que despiertan ecos de historias casi olvidadas…

Es un espacio tan personal como La Casa Victoriana pero, al igual que esta, un espacio para compartir un viaje a una sociedad decimonónica cuyos vestigios siguen vivos en el siglo XXI, despertando tanta curiosidad como fascinación.

Además, para celebrar la aparición de este nuevo espacio, abrimos el blog a las redes sociales con presencia en Facebook e Instagram.

Bienvenidos a La Casa Victoriana. Bienvenidos a su Cuaderno de Viaje.

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Feliz y Victoriana Navidad

La navidad en familia

Como otras tantas tradiciones navideñas, el concepto de Navidad en familia fue creado por los victorianos, teniendo como modelo al Príncipe Alberto y a la Reina Victoria, cuyo amor por la familia, la vida hogareña y las fiestas navideñas constituían un modelo a seguir por la sociedad victoriana.

El entusiasmo que la familia real creaba entre todas las clases sociales sin excepción, fue aprovechado como un medio de elevar la moral de una sociedad con grandes brechas económicas creadas por la revolución industrial. Por ello los periódicos y publicaciones de todo tipo no economizaban en la publicación de imágenes de la pareja real rodeada de sus nueve hijos, creando estampas familiares tan entrañables como envidiables.

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Desde los hogares más humildes, pasando por la emergente clase media y burguesa, hasta las más rancias familias aristocráticas el modelo a seguir era la familia real.

Pero no sólo como ejemplo de familia perfecta, sino que todo lo que hacían era imitado, según las posibilidades de cada familia.

Una de esas tradiciones consistía en la decoración de la mesa navideña: a la reina le encantaban los árboles navideños profusamente decorados – tradición que su amado esposo Alberto había “importado” de su Alemania natal – por lo que comenzó a decorar la mesa navideña con árboles iluminados con velas, de los que colgaban trozos de pan de jengibre para acompañar a los suculentos trozos de carne que se apilaban en las bandejas de alrededor.

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Los regalos navideños

¿Sabíais que la costumbre de dar regalos en Navidad era desconocida en Inglaterra antes de la llegada del Príncipe Alberto?

Las primeras Navidades de casada de la Reina Victoria fueron celebradas en el castillo de Windsor, adornado por la pareja con una profusa decoración navideña, donde no faltaron los árboles de Navidad con velas, lazos, pequeños paquetes envueltos en llamativos papeles de colores rellenos de frutos secos y galletas y panes de jengibre, tarjetas navideñas, pequeños juguetes y otros adornos.
Además, colgados en el árbol y situados a sus pies, cajas de todos los tamaños contenían presentes para todos los miembros de la familia como muestra de afecto y para mantener la ilusión de una sorpresa en las fechas navideñas.

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Cuando se entregaban todos los presentes, las luces navideñas de las velas que iluminaban el árbol se apagaban.
Esta tradición que el príncipe trajo de Alemania fue rápidamente imitada por todas las clases sociales y llegó a América donde se extendió con celeridad.

El calcetín de Navidad

Cuenta la legenda que San Nicolás pasaba por delante de la casa de un hombre muy pobre. Conmovido por la pobreza del hombre, le arrojó desde la ventana un puñado de monedas, que casualmente cayeron dentro de los calcetines que el hombre tenía colgados en la chimenea para que se secaran.
Desde ese momento, la tradición de colgar calcetines en la chimenea para que Santa Claus- versión americana de San Nicolás, los llenara de regalos- se extendió por todas las islas y Estados Unidos.
Dentro del calcetín se dejaba una manzana y una naranja, como símbolo de la salud y un penique, nuevo y brillante como símbolo de la prosperidad. Además se añadía un trozo de carbón que simbolizaba la calidez y unas pizcas de sal como presagio de la buena fortuna.

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En las familias más humildes, este solía ser todo el contenido que los niños recibían, aunque habitualmente los padres se esforzaban por añadir a los calcetines juguetes de madera, cartón u hojalata hechos por ellos mismos, o muñecas de trapo y lana confeccionadas por las madres.
En las familias más adineradas los niños recibían juguetes, generalmente importados de Alemania, país de jugueteros por excelencia, ya que consideraban los más bellos y de mejor calidad.

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La Casa Victoriana desea que estas navidades en vuestros calcetines, aparezcan los mejores regalos, pero sobre todo los más humildes: una pizca de sal, una moneda brillante, unas piezas de frutas y un trozo de carbón, y sobre todo mucho afecto e ilusión.
¡Feliz Navidad!

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Happy “Catloween”: Los gatos victorianos de Whittier y Wain

“Rabbits are the easiest to photograph in costume, but incapable of taking many ‘human’ parts. Puppies are tractable when rightly understood, but the kitten is the most versatile animal actor, and possesses the greatest variety of appeal,”

Harry Whittier Frees (1879–1953

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No hay Halloween sin brujas y no hay brujas sin sus gatos. El gato estuvo y estará unido a la tradición del misterio y la superstición, aunque durante la época victoriana algo cambió y lo convirtió en protagonista indiscutible de la casa, la decoración y hasta la fotografía.

Antes de esta época, el gato no era un animal doméstico, tal y como entendemos en nuestros tiempos esa expresión, sino simplemente un animal “útil” al que tener en casa, ya que su presencia garantizaba que los ratones se mantendrían lejos de la casa.

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No fue hasta la llegada de la Reina Victoria, una niña solitaria con la única compañía de sus muñecas y sus mascotas, que la percepción de los gatos y de los animales en general cambió para la sociedad.

Fue Victoria, gran amante de los animales, quien patrocinó la primera sociedad en contra del maltrato animal del Reino Unido – de hecho ella tenía varios perros y dos gatos persas a los que adoraba, y que aparecen en varias fotografías de la época.

Aunque, como todos los victorianos tenía sus contradicciones: patrocinar la asociación no era incompatible con practicar los numerosos deportes de caza que tanta tradición tenían entre la realeza británica.

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Así los gatos pasaron a convertirse en el animal de moda victoriano y a aparecer en multitud de elementos decorativos, pinturas, dibujos y hasta fotografías, protagonizando no sólo las ilustraciones  de Halloween sino apareciendo en las ilustraciones de  libros infantiles y otras postales y fotografías victorianas.

¿Creíais que las fotografías de gatitos adorables son fruto de la era internet?

De ningún modo, a finales del siglo XIX, Harry Whittier Frees , fotógrafo estadounidense comenzó a retratar a gatos en poses y actitudes humanas, consiguiendo fotografías que nada tienen que envidiarle a las imágenes virales que invaden las redes sociales en la actualidad, convirtiéndose en el pionero del fenómeno LOLcat.

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Todos sus gatitos aparecen vestidos como personas y representando escenas cotidianas de la vida victoriana, ya que como afirma en su libro Animal Land on the Air, el gato es el actor con más talento de entre todos los animales, y aunque no fácil trabajar con él, es el animal que más versatilidad ofrece a un fotógrafo para poner en práctica su arte.

Muchas de las imágenes aparecen acompañadas de una frase humorística que tiene que ver con la escena.

Pero Whittier Frees no fue el único artista que creo un universo de gatos. Louis Wain, también brilló en el suyo aunque dentro del campo de la ilustración y el dibujo.

El mismísio H.G.Wells dijo de él:

“He has made the cat his own. He invented a cat style, a cat society, a whole cat world. English cats that do not look and live like Louis Wain cats are ashamed of themselves.”

Su mundo icónico y costumbrista de gatos antropomórficos se ganó el favor del público victoriano que lo encumbró como uno de los ilustradores más célebres de la época, publicando sus dibujos en varias revistas con gran éxito.

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En sus ilustraciones los gatos que siempre aparecían caminando sobre dos patas y, a menudo, vistiendo atuendos humanos, representaban una escena que encubre, bajo la ilustración humorística,  una visión crítica de la sociedad victoriana, que habitualmente remarca con una frase o diálogo irónico de los gatos protagonistas.

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A veces, sus dibujos y su mundo gatuno es tan surrealista que muchos autores coinciden en afirmar que el ilustrador sufría trastornos esquizoides que asomaban a través de sus caricaturas.

Las ilustraciones de Wain, donde muestra su particular visión del mundo a través de los gatos, están enormemente cotizadas en la actualidad.

Feliz Halloween a todos los los seguidores y seguidoras de La Casa Victoriana.

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Harriet de Elizabeth Jenkins

harriet stauton 1Única fotografía que existe de Elizabeth Stauton, tomada con motivo de su compromiso en 1876

“Y su madre lo tomó por una fantasía, fruto de las atenciones de un hombre sin mala voluntad, fuera quien fuese. Se sintió agradecida de que hubiera sido amable con la pobre Hatty y le hubiera permitido disfrutar como las demás mujeres, y pensó que, quizás, no se había dado cuenta de que no debía tratarla con tanta amabilidad, pues Harriet se haría más ilusiones de las debidas y tardaría algún tiempo en olvidarlo”

Harriet, Elizabeth Jerkins

Hoy abrimos una nueva habitación de La Casa Victoriana que intentaremos llenar de libros y de historias relacionadas con hechos y personajes que huella en cualquiera de los ámbitos de la época.

Para estrenar esta nueva sección os propongo la lectura de Harriet, escrita en 1934 por la escritora británica Elizabeth Jenkins.  Y, a pesar, del fragmento que he escogido para comenzar esta entrada, no esperéis una obra romántica ni de elegante seducción en Harriet, sino una historia en el que el amor  inocente de la protagonista dará paso progresivamente al horror y al abandono de una mujer completamente desvalida.

En la obra, la escritora reconstruye una crónica negra que estremeció a la sociedad victoriana de 1877, el conocido como “Misterio de Penge“. Este caso llenó paginas de periódicos, removió los cimientos de los colegios médicos y puso en el ojo del huracán a la judicatura – a raíz de este caso se aceleró la creación del Tribunal de Apelación en Gran Bretaña- pero sobre todo movilizó y horrorizó a la sociedad por la crueldad y falta de remordimientos y escrúpulos de los protagonistas de la historia.

Para reconstruir la historia Elizabeth Jenkins contó con material de una fiabilidad fuera de toda duda: su hermano David le prestó un ejemplar de The Trial de los Stautons, volumen incluido en la colección Notable British Trials Series, que se encontraba en la biblioteca del bufete donde trabajaba.

En mi opinión, la maestría de Jenkins, sin embargo, no proviene de la certeza datos sino del increíble estudio psicológico que hace de los personajes, especialmente de los hermanos Stauton y de las hermanas Rhodes- Oman y Hoppner en la novela, ya que la escritora sustituye los nombres reales por ficticios.

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No voy a desvelar más sobre el  caso Penge para no descubrir la trama de la novela y os recomiendo no leer más sobre él hasta haber leído el libro, que, por cierto, ganó el prestigioso galardón Femina Vie Heureuse.

En España ha sido publicado por Alba Editorial dentro de esa estupenda colección que es rara avis. Esta es la reseña de la contraportada del libro (si no conoceis nada sobre el caso quizás sería más conveniente no leer la reseña porque puede ser un spoiler de la historia):

Esta novela, escrita en 1934 y un éxito de ventas en su día, reconstruye el llamado «misterio de Penge», que estremeció a la sociedad victoriana de 1877. Harriet es una mujer de treinta y dos años, elegante y adinerada, ya en posesión de su propia herencia; pero es también lo que «los vecinos del pueblo» de donde procede su madre llaman «tontita».

Esta alma cándida y simple conoce un día, mientras pasa una temporada en casa de unos parientes pobres, a Lewis Oman, empleado en una casa de subastas, el cual no tarda en pedir su mano. «Las mujeres me encuentran atractivo», le dice a la madre de Harriet, que solo ve en él a un vulgar cazafortunas y que trata por todos los medios de impedir la boda. Sin embargo, ésta se celebra… y Harriet, a merced de su marido y de la familia de éste, entra en una pesadilla que nadie habría sido capaz de imaginar.

Lo inimaginable es, ciertamente, el tema de Harriet, una novela que empieza como Washington Square y termina como Luz de gas. Elizabeth Jenkins compone una brillante historia de seducción y engaño que progresa como una novela de horror, con un suspense casi irrespirable.

Desde La Casa Victoriana os animo a dejar en Comentarios vuestras aportaciones y recomendaciones literarias para el resto de los visitantes y hacer más grande nuestra biblioteca.


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Agrimonia: la flor de la gratitud victoriana

Desde la antigüedad las flores y las plantas se han utilizado como medio para expresar diferentes sentimientos o para atribuir determinadas cualidades a aquellos que las portaban.

Los victorianos recuperaron todos los códigos simbólicos del lenguaje de las flores como medio para transmitir mensajes cuyo significado abarcaba los más variados significados.

Estos mensajes eran transmitidos por el tipo de flor y su color, sino por cómo iba colocada esa flor  en un ramo, en si llevaba hojas o espinas e incluso por el lazo que sujetaba un ramo y la posición de su lazada, a la derecha o a la izquierda.

Además, las damas utilizaban las flores para enviar mensajes a sus enamorados; por ejemplo, en el pelo significaba cuidado, y llevarlas junto a su corazón, indicaba amor.

Hoy desde La Casa Victoriana, quiero por medio de la Agrimonia, cuyo significado en el lenguaje floral es gratitud, agradecer las más de 600.000 visitas a nuestra casa, y dar las gracias a todos los subscriptores y suscriptoras del blog y a todas las personas y medios que se han interesado por este proyecto.

 

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Cicely Mary Baker – Flower Fairies of the Wayside- The Agrimony Fairies Painting

Y aprovecho para dar las gracias de una manera especial a María José Fuster del blog Procoleccionismo,  realmente muy recomendable, por su entrada sobre La Casa Victoriana que podéis ver en el siguiente enlace

http://procoleccionismo.blogspot.com.es/2015/08/una-colecccion-de-la-epoca-victoriana.html

 

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