Dimes cómo eres y te diré tu pareja ideal

En cuestiones amorosas los victorianos eran realmente curiosos, y, antes de embarcarse en una relación amorosa analizaban todos los pros y contras para evitar que esa relación pudiera ser un fracaso. Y, para ello, utilizaban todos los estereotipos que tenían a su alcance.

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El ideal de mujer de esta época, representado por las heroínas de las novelas de Brönte, Dickens, Gaskell o Collins, por poner algunos ejemplos, era una mujer bonita, agradable, de constitución pequeña y delicada, recatada, con gracia, tranquila pero capaz de afrontar los contratiempos y sinsabores de la vida con gran valentía y fortaleza, enfrentándose a todos ellos con gran resolución y principio morales.

Por el contrario, el hombre ideal, el héroe romántico, era todo un caballero, alto, fuerte, protector, honesto, valiente, con grandes cualidades morales, aunque siempre era un aliciente que tuviera un pasado misterioso y una personalidad ligeramente atormentada.

Lejos de los ideales novelescos, en el complementario estaba el éxito: una persona irritable y nerviosa debería buscar a otra tranquila y comprensiva, y una persona demasiado sensible e insegura a alguien de carácter fuerte y resolutivo.

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Pero no sólo importaba el carácter a la hora de elegir  a una pareja, sino que también era fundamental prestar atención a  las características físicas de cada una de ellas.

El Profesor Thomas E. Hill nos la recuerda en su The Essential Handbook of Victorian Etiquette, y seguro que muchas de ellas, además de sorprendernos, nos dibujarán una sonrisa.

Una de las peculiaridades que se analizan son el color de los ojos: si uno de los miembros de la pareja tuviera los ojos grises, azules, negros o color avellana nunca deberían casarse con alguien que tuviera el mismo color de ojos.

Además si el color de ojos fuera muy intenso,  elegir una pareja con el mismo color de ojos sería un tremendo error para la felicidad futura de la pareja.

El pelo rojo indica una personalidad nerviosa e inestable, por lo que una persona pelirroja debería buscar una pareja con el pelo negro azabache, ya que su carácter sería complementario y dotaría de estabilidad a la unión.

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Una persona de pelo claro y fino, con una piel suave y delicada denotaba un carácter sensible; casarse con alguien con las mismas características físicas traería la ruina a su relación, ya que el carácter endeble de ambos haría imposible hacer frente a los momentos difíciles de la vida en pareja. Su pareja ideal sería alguien con el pelo y la piel más oscuros, ya que estos denotaban un carácter más fuerte y firme.

Lo mismo sucedía con las personas de pelo lacio; su complementario ideal sería una persona con el pelo fuerte y, a poder ser rizado.

Si alguien tenía el óvalo de la cara alargado y delgado debía buscar a alguien de cara redonda, y si la nariz era chata su ideal era una persona con una nariz con personalidad, a poder ser con el típico perfil romano.

Si el rostro era huesudo, con mandíbula prominente y rasgos muy marcados, con nariz sobresaliente, frente ancha, ojos hundidos y complexión delgada, NUNCA podía tener éxito con una persona con características similares, ya que estos rasgos reflejaban frialdad, un carácter severo y ausencia de sensibilidad. Por lo tanto, las personas con este tipo de peculiaridades físicas deberían esforzarse en buscar una pareja con el óvalo de la cara redonda, mejillas sonrosadas, nariz pequeña y silueta redondeada, rasgos identificables con la calidez y la dulzura. Así la calidez calentaría la frialdad del otro y el matrimonio complementaría su carácter.

La herencia en los rasgos también tenía su importancia: si una mujer había heredado los rasgos físicos de su padre, nunca debía buscar un hombre con rasgos similares a los de su progenitor, sino buscar a alguien cuyos rasgos fueran más coincidentes ¡con los de su madre!

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Pero, ¿qué sucedía si una persona no tenía rasgos especialmente destacables? Por ejemplo, los ojos de una persona podían ser ni muy azules, ni muy verdes, ni muy negros, o su pelo ni demasiado, rubio, ni demasiado negro ni pelirrojo. Pues, estas personas, lo tenían muchísimo más fácil, ya que podía emparejarse con personas de rasgos similares a ellas, así tenían mucha menos dificultad en encontrar una pareja ideal.

Como podéis ver, en la época victoriana el amor no sólo era una cuestión del corazón sino que para encontrar a la pareja apropiada ¡había que hacer un estudio anatómico completo del candidato!

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Qué tengáis un San Valentín muy feliz y victoriano. Y para felicitar a todas aquellas personas por las que sintáis amor, en la página de Pinterest de La Casa Victoriana tenemos un tablero lleno de preciosas postales de San Valentín victorianas con preciosas ilustraciones.

Tarjetas Victorian de San Valentín

Muñecas de madera: Stump y Peg Dolls

Hace unas semanas en una visita a Lisboa descubrí uno de los lugares más curiosos que he conocido el Hospital de Bonecas de Lisboa. Esta tienda/taller fundada en 1830 se encuentra en la Praça da Figueira, en pleno centro de la capital portuguesa y en cada uno de sus rincones guarda pequeños tesoros de nuestra infancia pero también valiosos ejemplares de muñecas antiguas, pequeñas obras de arte que tuve la suerte de admirar en una visita privada guiada por la encantadora Manuela.

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Si quieres saber más del Hospital de Bonecas lisboeta, pincha en el enlace de mi blog Mi Casita de Papel, donde aparecen las fotografías que amablemente me permitieron tomar de sus estancias, talleres y muñecas.

En esta visita por la exposición permanente de muñecas pude contemplar ante mí más de un siglo de la historia de las muñecas quedándome fascinadas con las más antiguas, de composición y material más simple, pero de una belleza histórica sin comparación.

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En estas fechas en las que los medios de comunicación nos bombardea con las muñecas más modernas, quizás sea un buen momento para retroceder en el tiempo y recordar unas muñecas más modestas hechas de madera, con rasgos pintados a mano y vestidos sencillos, compañeras de juegos donde la imaginación tenía un papel predominante: las Poupards, las Stump Dolls y  las Peg Wooden Dolls.

Aunque en las familias siempre se utilizaron piezas de madera para crear juguetes para los más pequeños, las primeras muñecas de madera comercializadas en Alemania e Inglaterra, fueron las Stump Dolls o muñecas-palo. Como podéis ver en la imagen estas muñecas eran bastante toscas, hechas de una pieza y talladas en un único bloque de madera, con pequeños agujeros para ojos, nariz y boca, que se pintaban en colores sólidos. Incluso la ropa era pintada, creando con la combinación de colores encajes y estampados florales sencillos.

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A estas muñecas le siguieron las Poupards, fabricadas originariamente en Alemania. Muy parecidas a las stump, estaban hechas de una sola pieza de madera y aunque no tenían piernas, habitualmente tenían brazos no añadidos sino tallados, aunque curiosamente las figuras con brazos sólo representaban a adultos.

Las antiguas muñecas tradicionales Kokeshi japonesas, tan de moda en sus reinterpretaciones actuales, son realmente stump dolls de una sola pieza o de dos piezas, un cilindro para el cuerpo, sin extremidades,  y, dependiendo del artista, con un trozo de madera tallada en forma de esfera para la cabeza, con los rasgos finamente pintados.

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Pero si hubo unas muñecas realmente apreciadas, cuyo éxito de producción se mantuvo hasta la primera mitad del siglo XX, estas fueron las Peg Wooden Dolls. Su nombre proviene de la similitud de las piezas que formaban las extremidades de la figura y,  que se unían la parte principal del cuerpo,  con unas pinzas de tender la ropa.

Curiosamente las Peg Dolls también eran conocidas como Dutch Dolls, nombre que provenían de una confusión con su palabra de origen y el país desde el que se exportaban a Inglaterra.

Estas bonitas muñecas hechas de madera eran fabricadas en Alemania, de ahí su nombre Deutsch dolls, pero llegaban a el Reino Unido desde los puertos holandeses. La confusión entre deutsch (alemán, en lengua alemana) y dutch (holandés en lengua inglesa) crearon una terminología equivocada para denominarlas.

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Su mecanismo de fabricación era muy simple: una pieza de madera, tallada de manera muy estilizada y con una cintura muy marcada formaba el tronco, desde las piernas hasta el busto. Las extremidades estaban formadas por dos piezas unidas al tronco por una cavidad que se realizaba a la altura de los hombros y de los muslos. Cada una de las extremidades tenían dos partes con capacidad de ser articuladas; en los brazos a la altura del codo y en las piernas en las rodillas.

La cabeza era un pieza que se unía al tronco desde la parte superior del busto, con un cuello largo y delgado, era pequeña, redonda y carecía de orejas.

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La madera se pintaba de pintura lacada color carne. Cuando secaba se pintaban los rasgos de la figura: expresivos ojos, habitualmente de color azul, con los párpados y las cejas oscuros, finos y marcados para resaltar su expresividad; la boca pequeña, con los labios dibujando un corazón y de color rojo intenso. El toque final lo daban unas mejillas sonrosadas a modo de coloretes.

Para simular el cabello se grababan unas incisiones leves en la madera que posteriormente se pintaban de colores oscuros. El estilo de peinado era un recogido, en un moño o con una peineta, normalmente retirado de la cara, o con unos suaves tirabuzones enmarcándola, pero casi siempre dejando una ancha frente al descubierto. Para simular la nariz, se pegaba sobre la incisión previamente hecha un trozo triangular de madera. No tenían orejas.

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Las manos solían tener pulgares, pero no dedos, aunque con el tiempo la técnica se fue perfeccionando añadiendo más detalles.

El torso era amplio, con cintura muy delgada y caderas planas. Las piernas se tallaban como palos largos, con muslos sin formas, pantorrillas redondeadas y tobillos esbeltos y elegantes.

La parte inferior de las piernas se pintaban de blanco o colores claros para simular medias y la planta del pie y sus dedos se pintaban con una línea gruesa de colores vivos a modo de zapatos.

En su espalda, cada muñeca llevaba escrito a mano, en tipografía de estilo germano,  su nombre, origen y fecha de fabricación.

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Aunque de todas las Peg Dolls, la que más éxito tuvo fue una versión modernizada de las muñecas alemanas denominada Tuckcomb Doll. El nombre de esta muñeca provenía de su rasgo más característico: la peineta con la cual sujetaba su pelo en un moño bajo.

Esta peineta era un saliente tallado en la parte superior de la pieza de madera redonda que formaba la cabeza; no era un añadido, sino que formaba parte de la pieza. La peineta se pintaba de colores muy vivos, con predominancia del amarillo dorado para contrastar con la pintura negra que decoraba los cabellos.

La Tuckcomb Doll más famosa fue Angelita, muñeca de fabricación estadounidense hecha por la empresa S. Smith, que con su producción y el posterior éxito de ventas, plantó cara a los fabricantes alemanes, que hasta ese momento tenían la hegemonía en la fabricación y comercialización de este tipo de muñecas. Cada Angelita llevaba cosida a su ropa una etiqueta con su origen y fecha de fabricación.

cat-1066_017Estas muñecas, además del signo distintivo de su broche para el pelo, tenía un peinado con pequeños caracoles sobre su frente, accesorio y peinado muy del gusto de la época. Los pies ya no eran planos sino que presentaban pequeños tacones y la pintura que simulaba los zapatos dejaba de ser negra para combinar con la ropa.

Estas Peg Dolls iban a la moda, con elaborados vestidos, encajes y muselinas, que representaban vestuario urbano, rural o el más lujoso de la alta sociedad con caros apliqués. Además se adornaban con joyas como collares y pendientes, e incluso pequeñas diademas o coronas.

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Además las Peg Dolls se fabricaban en varios tamaños , que podían ir desde los 43 centímetros, las más grandes, hasta las diminutas pegs de tan sólo 1.5 centímetros.

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Pero si en algún lugar las Dutch Dolls serán siempre recordadas y seguirán vivas en la imaginación de todas las generaciones, pasadas y venideras,  será en las ilustraciones de Florence Kate Upton, la cartoonist americana de origen británico.

Basado en un juguete infantil que su tía Kate rescató del ático, Florence dio vida en modo ilustrado al protagonista del libro de cuentos escrito por su madre Bertha Upton, titulado The Adventures of Two Dutch Dolls and a Golliwogg. Publicado en las Navidades de 1895 fue todo un éxito y convirtió a las pegs dolls en protagonistas de esta simpática historia , que os recomiendo conocer estas fiestas.

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Desde La Casa Victoriana, os deseamos unas Navidades llenas de felicidad.

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Cosmética Victoriana

“The number of languid, listless and inert young ladies who now recline upon sofas is  a melancholy spectacle; it is but rarely that we meet with a really healthy woman

The Women of England, Elizabeth Ellis

Durante el Romanticismo, las mejillas sonrosadas naturales o fruto del maquillaje dieron paso a una moda donde una enfermiza palidez se convirtió en un extaño sinónimo de belleza juvenil.

Si una joven no era lo suficientemente afortunada para mostrar en su cara los síntomas de haber sufrido por amor, lo cual se consideraba un aspecto glamuroso, estaba dispuesta a hacer cual cosa para conseguirlo, desde beber vinagre para procurarse una palidez sepulcral, a pasar las noches en vela sollozando con poemas de amor. Además podía conseguir una mirada ligeramente ausente poniendo unas gotas de belladona en sus ojos. Esta planta recibía su nombre por su capacidad de proporcionar una imagen bella de la mujer, dilatando sus pupilas, limpiando la mirada y dotándola de un aire poético y romántico.

Los efectos secundarios de la belladona eran devastadores, causando ceguera y parálisis. Otras sustancias utilizadas para la piel y los labios , como el óxido de zinc, el mercurio, el antimonio y el sulfuro de plomo eran utilizadas en productos de belleza , provocando graves problemas de salud a largo plazo.

Desgraciadamente, el aire ausente y supuestamente romántico que les proporcionaba a las jóvenes llegó a estar tan de moda, que cualquier riesgo era pequeño comparado con el glamour de un aspecto enfermizo y de deliberada tristeza.

Jane Austen, siempre adelantada a su tiempo, marcó un antes y un después en la nueva imagen de la mujer con la descripción admirativa que Mr Darcy hacía de Lizzie Bennet, donde destacaba su naturalidad, su frescura y su aspecto saludable después de su caminata de casi tres millas en Orgullo y Prejuicio, sugiriendo que no había nada mejor para el aspecto de una mujer que el aire libre y el ejercicio.

Esta mujer tenía una tez sonrosada, un aspecto natural y una expresión risueña, incluso un poco infantil. Una belleza saludable muy alejada de la palidez enfermiza.  Según los nuevos manuales de belleza, una mujer bonita debía mostrarse tal y como era, ya que las pinturas y ungüentos sólo servían para estropear sus rasgos naturales; una mujer bella no necesitaba en absoluto del maquillaje para agradar.

Pronto, como en todas las modas, apareció un icono de belleza que era un compendio de todas esas virtudes: Miss Maria Foote, una actriz más reconocida por su aspecto y su apariencia que por sus méritos artísticos.

Miss Maria Foote, actriz

La rígida moral victoriana comenzó a asociar el maquillaje como un signo de vulgaridad propio de cortesanas y prostitutas, y por ese motivo, ninguna mujer que se considerase elegante y decente debía utilizarlos.

Para tratar de disimular sus imperfecciones y mostrar un rostro fresco, de piel de porcelana y mejillas rosadas, las mujeres comenzaron a acudir a los remedios y productos naturales. Los kitchen gardens, o huertas caseras, proporcionaban todo lo que una joven necesitaba: lavandas, rosas y lirios para obtener agua de perfume, almendras para extraer su aceite, cera para amalgamar los preparados y conseguir nutritivas cremas, limones mezclados con clara de huevo o crema de leche y azúcar como exfoliantes y purés de pepino para obtener mascarillas.

Lola Montez, más tarde Condesa de Lansfeld, c.1836

Y de nuevo, esta nueva corriente de belleza natural estaba representada por un nuevo modelo al que imitar, Eliza Rosanna Gilbert, actriz y bailarina irlandesa, famosa por sus actuaciones como bailarina española con el nombre artístico de Lola Montez. La artista, más conocida por sus escándalos en las cortes europeas que por su calidad interpretativa, poseía 26 de las 27 características consideradas esenciales por los manuales de belleza de la época, para tener una belleza perfecta, las llamadas three times nine.

Pero la misma sociedad victoriana que animaba a las mujeres a dejar su cara limpia de maquillaje, convirtió la fabricación y venta de cosméticos en un floreciente negocio que proporcionaba un sinfín de beneficios a empresas y particulares, que se anunciaban en prestigiosos periódicos y revistas.

Ninguna mujer decente reconocería su uso, pero el ansia por estar atractivas las llevó a usar pociones y pomadas que les proporcionaban discretamente sus médicos o boticarios, con formulaciones propias, o bien adquirían a compañías británicas o extranjeras cuyos productos eran enviados por correo.

Mujeres de todas las edades no dudaban en probar todo tipo de cremas, sin garantía médica y que los avariciosos fabricantes comercializaban sin ningún tipo de prueba previa. Sustancias como el arsénico, el mercurio o el bismuto pasaron a ser ingredientes destacados de todo tipo de lociones de belleza, y, a pesar de que muchos médicos avisaban de los peligros de parálisis facial, amarilleo y acartonamiento de la piel, pocas eran las que abandonaban su uso. Cualquier riesgo era mínimo ante el objetivo de estar atractivas en todo momento.

A mediados del siglo XIX,  la cruzada pública – que no privada – contra el maquillaje era más intensa que nunca. Se defendía una imagen femenina sin rastro de crema o pintura y un aspecto saludable, casi rollizo. La imagen fresca y aniñada fue sustituída por una más modesta y fácil de ser copiada: la de una dama no tan joven, que irradiaba salud y la felicidad que le proporcionaba el cumplimiento de sus deberes conyugales y familiares.

Al más puro estilo de la Reina Victoria, paradigma de la auténtica dama y modelo a seguir por los victorianos, las mujeres como Madame Montessier representaban perfectamente esta idea.

Madame Montessier, pintada por Ingres

Esta prohibición moral del uso de la cosmética y el deseo de obtener la belleza que la genética no había proporcionado fuera cual fuera el precio a pagar, hizo que embacaudores y charlatanes se aprovecharan de las damas cuyo máximo deseo en la vida era estar radiante para lograr un matimonio ventajoso, o en todo caso, un marido.

Una de las consejeras de belleza más famosas de la época fue Madame Sarah Rachel Leverson, más conocida como Madame Rachel. Su salón estaba en el número 47 de New Bond Street y por ella pasaban las damas más destacadas de la sociedad londinense. Su método de venta directa, sin intermediarios, proporcionaba a las damas productos supuestamente milagrosos, elaborados según formulaciones propias, además de consultas personalizadas para aconsejar a las damas sobre cuáles eran los tratamientos más adecuados para cada necesidad.

A su salón llegaban acaudaladas damas, en lujosos carruajes y cubietas con tupidos velos para no ser reconocidas – no olvidemos que una dama bella por naturaleza no necesitaba artificios para brillar y que además la cosmética era cosa de mujeres mundanas.

Se decía que entre sus más destacadas clientas de estaban la Reina Victoria y la Empreratriz Eugenia de Francia. Fuera cierto o no, Madame Rachel alentaba los rumores para dar más popularidad a su negocio y poder cobrar precios desorbitados por productos con nombres exóticos, que no pasaban de ser agua perfumada o cremas inocuas, en el mejor de los casos, o productos altamente tóxicos en otros.

Pero el verdadero negocio de esta mujer no estaba en la venta de cosmética: sibilinamente se aprovechaba de la ingenuidad de sus preocupadas clientas para que les contara secretos íntimos, chismes de la sociedad y cualquier hecho del que ella pudiera sacar provecho mediante un posterior chantaje.

Ninguna de las damas acudía a la policía por miedo a que su secreto fuera revelado y a ser víctima de la burla pública por acudir a una consejera de belleza. Todas cedían al chantaje de la mujer que les había prometido que con su ayuda serían Beautiful For Ever, como rezaba el eslogan de su negocio.

Fue finalmente la viuda de un oficial del ejército indio, a quien Madame Rachel había enredado para que se carteara con un aristócrata inglés, presuntamente enamorado de ella, quien la denunció, al descubrir el engaño, verse expuesta al escarnio público y  privada de la herencia que le correspondía.

El reinado del fraude de los productos de belleza supuestamente exóticos y carísimos, que prometían milagros de belleza en pocas semanas, terminaba con un escándalo de chantajes y mentiras, cuya cabeza visible fue Madame Rachel y su negocio.

O quizás nunca terminó, sino que se fue reinventando a lo largo de los siglos hasta nuestros días y otras Madame Rachel siguen ganando dinero a costa de crear inseguridades femeninas.

La época Victoriana no está tan lejana…

La fuente de gran parte de esta entrada en un interesante librito sobre el uso de la cosmética desde el siglo XVI hasta los años 50, escrito por Sarah Jane Downing y editado por Shire Library. Ameno, fácil de leer y profusamente ilustrado con iconos de belleza de todas las épocas.

Podría segurar casi al 100% que no está editado en español, pero merece la pena disfrutar del trabajo de Downing en su edición original.

Edith Holden

No one who can read,

even looks at a book, even unopened on a shelf, like one who cannot

Charles Dickens

Hay libros que son capaces de transportarnos a otras épocas, que nos hacen pensar, sentir, admirar, amar o rebelarnos ante las circunstancias que se narran. En algunas ocasiones nos sentimos como espectadores silenciosos, observadores de un argumento que no nos deja indiferentes, pero en el que nunca interferiríamos para cambiar ni una sóla palabra, ni una única coma y, otras en las que nada nos gustaría más que ser los protagonistas y vivir cada una de las vivencias que se narran, para disfrutarlas o poder cambiar su rumbo a nuestro gusto.

Hay libros que nos hacen comprender circunstancias de épocas pasadas y otros en los que contemplamos con cierta resignación y mucha desolación cómo las cosas no han cambiado tanto como deberían, como los modelos sociales se siguen repitiendo y el ser humano parece no haber aprendido de sus errores.

Pero existe lo que yo denomino de una manera un poco infantil libros bonitos: libros para sentarse en día de verano bajo la sombra de un árbol sin más intención que curiosear por sus páginas, llenarnos de luz y color con bellas ilustraciones mientras las acompañamos del dulce romanticismo de Keats, de la pasión de un soneto shakesperiano o simplemente de anotaciones personales escritas con una bella caligrafía. En este grupo incluiría los dos libros que me gustaría compartir con vosotros: The Country Diary of an Edwardian Lady y The Nature Notes of an Edwardian Lady, de Edith Holden.

Pero, más allá de la belleza visual, debemos hacer justicia a estas pequeñas joyas de la ilustración que reflejan la vida y experiencias de una artista excepcional y una mujer en continua lucha contra los convencionalismos.

The Country Diary of an Edwardian Lady y The Nature Notes of an Edwardian Lady

Aunque durante su vida Edith Holden (1871-1920) fue una reconocida ilustradora victoriana de cuentos y rimas infantiles, su obra permaneció en el olvido hasta que en los años 70 su sobrina-nieta le mostró un libro de herencia familiar a un editor, que rápidamente reconoció en él un pequeño tesoro.

El libro era una colección de delicadas acuarelas de temática natural: la flora y fauna, las estaciones, la granja… con valiosas descripciones, que revelaban unos conocimientos más que notables de botánica y zoología. Anotaciones personales, versos de los más destacados poetas británicos y rimas populares, completaban un cuaderno de una belleza casi insuperable.

El libro, datado en 1906 y publicado en 1977 en formato facsímil -lo que le da un valor añadido a la singularidad de la obra- fue un éxito de ventas que en el año 2000 había alcanzado más de 6 millones de copias.

La vida de Edith Holden, como muchas otras heroínas victorianas que han acudido a La Casa Victoriana, fue bastante singular para una mujer de su época.

Su padre, un fabricante de barniz, conocido por su filantropía, y su madre, biógrafa de santas, compartían rígidas y conservadoras ideas religiosas que intentaron transmitir a sus cuatro hijas. Pero también le inculcaron el amor por las disciplinas artísticas, en especial por el dibujo y la pintura; por ello animaron a sus hijas a encaminarse al mundo del arte matriculándolas en la Birmingham School of Art.

Todas ellas se dedicaron a la pintura y ilustración, pero fue Edith quien puso un especial interés en reflejar la naturaleza con sus formas y colores a través dela pintura, razón por la cual acudió a clases con el pintor John Adam, en cuya granja los estudiantes podían estudiar, pintar a los animales y estudiar el mundo de la naturaleza como espectadores privilegiados.

Holden expuso su obra en la Academia de las Artes de Birmingham, pero como otras mujeres pintoras no fue tomada en serio por sus contemporáneos. Para la sociedad victoriana un pintor era un artista, pero una mujer que pintaba sólo era una dama con un talento pictórico que empleaba como pasatiempo, como la costura o la música.

El único resquicio para mostrar su arte y poder vivir de él, era ilustrar libros infantiles. Edith se rindió a la evidencia de que, a no ser de este modo, no podría dedicarse a su pasión por el arte, así que se empleó con devoción al mundo de la ilustración infantil, llegando a ser una reconocida artista en este campo.

Pero nunca olvidó su auténtica pasión por reflejar en coloristas acuarelas el mundo natural, recogiendo en un diario deliciosamente ilustrado sus experiencias y su visión de la naturaleza, proporcionándonos, además, una interesantísima visión de su propia vida, sus gustos e inquietudes.

Este diario se completó con un segundo cuaderno encontrado más tarde y publicado en 1987 con el título de The Nature Notes of an Edwardian Lady, y tan recomendable como el primero.

La vida de Edith Holden transcurrió por el límite de lo considerado convencional para una mujer de su tiempo. A la edad de 40 años, edad muy tardía para una dama victoriana,  se enamoró apasionadamente de Ernest Smith, un escultor 7 años más joven y haciendo caso omiso a las desaprobaciones familiares y sociales se casaron y se mudaron a Chelsea, para participar activamente del círculo artístico londinense.

 En 1920, mientras observaba unos brotes de castaño para reflejarlos en su obra, Edith se cayó al Tamésis, muriendo ahogada. Su marido falleció poco tiempo después inacapaz de superar su pérdida.

Hoy, gracias a su familia y un avispado editor, podemos disfrutar de la obra que Edith Holden quiso exponer y publicar, intención que en su momento le fue negada. Ambos libros están a la venta y se pueden conseguir de segunda mano – los míos lo son- a precios muy asequibles y en casi perfectas condiciones de uso. Me consta que alguno de ellos ha sido publicado en castellano, pero sin desmerecer la edición, os recomendaría las ediciones inglesas, merece la pena el esfuerzo de leer los poemas en la versión original.

En 1984, se rodó una serie de 12 episodios para la televisión británica, basada en la vida de  ilustradora y su trabajo, titulada igual que su cuaderno The Country Diary of an Edwardian Lady. No puedo opinar de ella, ya que no la he visto, pero las críticas no fueron demasiado brillantes, superando por poco margen el aprobado.

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Me gustaría agradecer sinceramente todos vuestros comentarios y felicitaciones, especialmente a aquellos blogs amigosque me habéis otorgados premios con tanto cariño. Me ha hecho mucha ilusión ver como La Casa Victoriana os gusta tanto por su contenido como por su diseño.

Pero también debo pediros disculpas por la tardanza en responder a los comentarios y preguntas que me hacéis. No es dejadez ni desinterés, sólo falta de tiempo para contestar como me gustaría.

Como podéis observar, las puertas de La Casa Victoriana no se abren muy a menudo con nuevos posts – y lo digo con resignación. El cuidado que trato de poner en la elección de los temas, el contenido riguroso y la búsqueda de las imágenes que los acompañan me llevan más tiempo del que habitualmente dispongo y la publicación se va ralentizando. Os confieso que cada publicación significa para mí el éxito de un esfuerzo personal.

Debo comentar algo acerca de las bellas imágenes que aparecen en el blog: muchas de ellas son de mis libros, o de la época victoriana libres de derechos de autor, otras las encuentro en internet;  si son privadas pido permiso al artista para su publicación, si veo una imagen adecuada y no puedo contactar, incluyo su autoría, bien al final de la entrada o al pinchar sobre la imagen. Si alguien pudiera sentirse molesto, que contacte conmigo y serán retiradas lo antes posible. Este blog no tiene ánimo de lucro, sólo de difusión cultural y no pretende ni ofender ni aprovecharse del trabajo y la creatividad de otros.

Y, es cierto – tienes toda la razón, Laura – que el blogroll necesita una actualización urgente. Mientras no me pongo con ello, os recomiendo enlazar con las páginas de muchos amigos que me visitan, muchas de ellas con contenido afín y otras muy interesantes.

Espero poder subsanar estas carencias lo antes posible y poder seguir compartiendo hechos y personajes de esta maravillosa época con todos y todas.

Anne Brönte

Anne, dear gentle Anne, was quite different in appearance from the others. She was her aunt’s favourite. Her hair was a pretty, light brown, and fell on her neck in graceful curls. She have a lovely violet-blue eyes, fine pencilled eyebrows, and clear, almost transparent complexion.                                         Ellen Nussey (a Charlotte’s friend)

La figura de Anne Brönte, la más pequeña de las hermanas es quizás la más desconocida. Ensombrecida por la prolífica carrera y arrolladora personalidad de Charlotte y el éxito de Emily con la inolvidable Cumbres Borrascosas, la obra y personalidad de Anne, tan diferente de sus hermanas, tendieron a pasar más injustamente desapercibidas.

Anne tenía sólo tres meses cuando la familia se mudó a Haworth y 20 meses cuando su madre  murió, quedando a cargo, como sus hermanas y su hermano, de su padre y de la tía Branwell. Su salud delicada y su asma crónica provocaron que no acudiese a la misma escuela que sus hermanas sino que, con la ayuda de su tía, y gracias a la biblioteca de su padre, aprendiera en casa todos conocimientos necesarios que le permitirían en el futuro ganarse la vida como institutriz.

Es inevitable encontrar en la personalidad y obra de Anne una enorme influencia de la sobreprotección de su tía, aunque es posible que la extrema religiosidad de ésta tuviera mucho que ver en los conflictos espirituales que tuvo Anne en su juventud, y que tan bien se reflejan en el personaje de Helen Huntingdon de The Tennant of Wildfell Hall, obra cuya temática la propia Charlotte censuró en su momento por considerar que expresaba con demasiada crudeza la situación personal de la protagonista.

Como el resto de sus hermanos, participó activamente en los relatos y vivencias del  mundo imaginario que ellos mismos crearon, Juvenilia, y sus reinos Gondal y Angria. Anne y Emily, su hermana, mejor amiga y confidente siempre prefirieron el más gentil mundo Gondal como refugio, creando allí sus alter egos frente al mundo de Angria, preferido por los dominantes Charlotte y Branwell. En este mundo imaginario lleno de reyes y reinas, soldados, damas y caballeros, las hermanas aprendieron a escribir relatos y en ellos se fraguaron muchos de los personajes que, años más tarde, serían los protagonistas de algunas de sus novelas más conocidas.

A los 16 años Anne dejó la casa familiar por primera vez para acudir como alumna a la escuela en la que Charlotte estaba empleada como profesora. Los dos años que estuvo en la Roe Head School fueron su única educación formal, ya que al contrario que sus hermanas no se fue a Bruselas a completar sus estudios, probablemente porque ya había encontrado trabajo como institutriz.

Las primeras familias con las que trabajó sólo le trajeron decepciones y humillaciones: padres despreocupados, madres consentidoras, niños intratables y nannies que le dificultaban su trabajo. En algunas de las cartas que escribe a su maestro quedan reflejadas las penurias a las que se enfrentaba cada día intentando hacer su trabajo. Todas esas vivencias han quedado reflejadas en la magnífica Agnes Grey.

Por esa época parece que vivió su primer amor con un ayudante de la vicaría de su padre, William Weightman, un joven atractivo, divertido y cariñoso, muy diferente de los coadjuntores de las vicarías. La atracción de la joven Anne por William fue percibida por la observadora Charlotte que escribía a una amiga:

“he sits opposite to Anne at Church sighing sofly and looking out of the corners of his eyes to win her attention and Anne is so quiet, her look so downcast…they are a picture”

De hecho, el encantador Mr Weston, de Agnes Grey parece estar inspirado en William y los sentimientos de la joven institutriz Agnes hacía él nos hacen pensar en la atracción romántica que el coadjuntor ejercía sobre la pequeña Brontë.

Desgraciadamente poco sabemos de la vida personal tanto de Anne como de Emily, pues las vivencias de ambas quedaron siempre difuminadas por las arrolladoras y dominantes personalidades de Charlotte y de Branwell.

Si William fue el amor de su vida, Anne sólo lo reflejó en sus novelas y poesía, pues su timidez y discrección le impidieron dar un paso más allá y vivir el romance que le gustaría con ese hombre ideal. Su dedicación, en su corta vida, fueron casi a tiempo completo para su trabajo de institutriz, su obra literaria y su hermano Branwell.

De hecho, al igual que hizo Emily, Branwell fue el único hombre al que dedicaron toda su vida. Acostumbrado desde pequeño a hacer su voluntad, y con un carácter apasionado e irresponsable, a pesar de su talento, acaparó la vida de sus hermanas pequeñas que lo cuidaron y lo protegieron durante toda su vida.

Ante la personalidad inestable de Branwell, Anne decidió recomendarlo como profesor de pintura en casa de la familia Robinson, donde ella trabajaba. Al principio parecía que Branwell se había tranquilizado y conectado perfectamente con aquella familia, pero pronto saltó el escándalo: Branwell y la señora Robinson se habían enamorado apasionadamente. Este romance trastocó la vida de ambos hermanos: Anne tuvo que dejar a una familia con la que se sentía realmente a gusto y Branwell ante la imposibilidad de estar con su amada comenzó a beber y a llevar una vida aún más disipada de la que había vivido hasta el momento.

Las hermanas tan unidas como siempre, decidieron cerrar filas en torno a Branwell, y mientras las dos pequeñas se ocupaban del hermano, Charlotte decidió llevar las riendas de la familia. Entre las tres decidieron abrir una pequeña escuela, para ganarse la vida como profesoras sin depender de nadie más que de su propio trabajo y, así, poder darle un impulso a su talento literario. Además de publicar un librito de poemas bajo el pseudónimo de Currer, Ellis y Acton Bell, comenzaron a publicar sus propias novelas alcanzando un considerable éxito.

Las dos novelas de Anne fueron las más polémicas: Agnes Grey por expresar con realismo desacostumbrado la vida llena de penurias de las institutrices y el maltrato psicológico y humillaciones a las que eran sometidas por muchas familias, sus hijos y el resto del servicio.

La Inquilina de Tennant Wildfell Hall, como dijimos anteriormente, fue incluso censurada por la propia Charlotte: la violencia y la pervensión subyacente en toda la obra, el carácter agresivo y dominante, unido al alcoholismo de Arthur Huntingdon y los conflictos psicológicos de la protagonista Helen fueron descritos con demasiada crudeza para una sociedad que, aún conociendo a la perfección situaciones como la que mostraba el libro, preferían cerrar los ojos ante ellas.

Al igual que Heathcliff, protagonista inolvidable de Cumbres Borrascosas, el Huntingdon, de The Tennant of Wildfell Hall, parece estar basado en su hermano Branwell, y las protagonistas femeninas en las dos hermanas, sumidas en la enfermiza responsabilidad y devoción que sentían por ellos, que a la vez chocaba con sus ansias de independencia y libertad

Branwell murió de tuberculosis y a los pocos meses Emily también sucumbió a la enfermedad. No mucho después les siguió Anne, dejando a Charlotte sumida en la desesperación de ver como sus tres queridos hermanos la dejaban sola, con pocos meses de diferencia. La dulce Anne trató de reconfortar a su hermana dedicándole sus últimas palabras:

Ten valor, Charlotte, ten valor….

Anne Brönte, fue enterrada en su amado pueblo costero de Scarborough, donde ella se sintió inmensamente feliz.

En esta entrada, como en todas las que publico,  he puesto especial atención en la selección de las pinturas que la ilustran, espero que las disfrutéis.

Viajeras Victorianas I

“One cannot divide nor forecast the conditions that will make happiness; one only stumbles upon them by chance, in a lucky hour, at the world’s end somewhere, and holds fast to the days…” Willa Cather

Hacía tiempo que quería hablar de las viajeras victorianas, auténticas pioneras que lucharon contra todo tipo de obstáculos y prejuicios para poder hacer lo que realmente querían: descubrir el mundo que había más allá de la conservadora Inglaterra victoriana. La llegada a mis manos de un interesante volumen de la editorial Virago Press, publicado por primera vez en 1994 y reeditado en el año 2002, titulado  The Illustrated Virago Book of Women Travellers, editado por Mary Morris y Larry O’Connor es la excusa perfecta para esta serie de entradas.

Durante siglos, no estuvo bien visto que una mujer viajara sin estar acompañada por una  dama de compañía, un tutor o un marido. Viajar sola significaba correr un gran riesgo, no sólo para su integridad física sino para su imagen social e incluso moral. La libertad de conocer y de explorar más allá del mundo que les había sido asignado se consideraba algo peligroso, una aventura que le podría proporcionar conocimientos y compañías no adecuados.

A las mujeres se les negaba la oportunidad de moverse solas por el mundo y no se les permitía una participación activa en la vida pública, política o empresarial, forzándolas a cultivar sus sentimientos en privado y a sobrevalorar el romance por encima de cualquier otra cosa, ya que esa era la única vía de escape para abandonar el hogar familiar, y, con suerte,  poder salir de su entorno acompañando a sus maridos.

Las mujeres a las que vamos a homenajear en La Casa Victoriana son algunas de las excepciones que se liberaron del encorsetamiento y las ataduras que restringían el movimiento de las mujeres – en el prólogo del libro Mary Morris hace un interesante símil entre el apretado corsé de las mujeres occidentales y los pies atados de las mujeres orientales con la falta de libertad para respirar socialmente y poder moverse con libertad.

De todos modos no podemos esperar las mismas experiencias de viaje reflejadas por una mujer que por un hombre de la época – de hecho hay muy pocas obras sobre viajes escritas por mujeres; la manera de asimilar las nuevos conocimientos, el modo de adaptarse a las diferentes culturas, los miedos a sufrir algún tipo de agresión física, los rechazos sociales y el despertar no sólo intelectual sino físico de muchas de ellas, hacen que todos los testimonios recogidos, ya sea directamente o como inspiración para un poema o una novela, sean especialmente valiosos por las percepciones y complejas emociones que nos muestran.

Flora Tristan (1803-1844)

La vida de la reformadora Flora Tristán fue rescatada del olvido en 1925, cuando se publicó su obra Tour de France, un informe sobre su campaña sobre los derechos de los trabajadores franceses en las zonas industriales. Su temprana muerte de fiebres tifoideas frenó su sueño de creación de un sindicato universal de trabajadores que incluyera entre sus puntos fundacionales la igualdad de derechos de las mujeres. Su largo viaje en solitario a Perú, por cuestiones familiares, significó el despertar político y reivindicativo de la escritora, como ella misma refleja en su obra Peregrinations of a Pariah.

La que sería la abuela del artista Paul Gaugin, protagonizó uno de los hechos que más ríos de tinta hicieron correr en la crónica social de los periódicos franceses: cuando la ley de divorcio todavía era ilegal en Francia, Flora se separó de su marido, el empresario André Chazal. Recuperó su nombre de soltera y entabló una lucha por la custodia de sus tres hijos. El enfrentamiento pudo acabar en tragedia, ya que Chazal, que rechazaba el protagonismo político y social de su ya ex-mujer, le disparó por la espalda hiriéndola de gravedad. Los juzgados le concedieron la custodia de sus hijos y la declararon legalmente divorciada, condenando a André a 17 años de cárcel.

Frances Trollope (1780-1863)

Como su hijo Anthony Trollope, la autora británica fue una prolífica escritora de novelas, llegando a publicar un total de 34; pero, al contrario que su hijo, nunca recibió el reconocimiento ni la fama que él alcanzó. Su gran éxito fue el libro inspirado por sus viajes por Estados Unidos, Domestic Manners of the Americans, donde de forma irónica y desde un punto de vista muy británico, hacía un retrato de la nueva sociedad estadounidense, sus costumbres y carácter, centrándose muy especialmente en el entorno rural.

Independientemente del ataque mordaz, la obra muestra una profunda preocupación por el papel que la mujer representa dentro del ámbito familiar y público, llegando a lamentar lo que ella define literalmente como el “la lamentable insignificancia de la mujer americana”

Amelia Edwards (1831- 1892)

Mientras la mayoría de las viajeras británicas sentían la necesidad de mostrar su descubrimiento de la libertad a través de sus novelas y escritos sobre viajes, podríamos decir que el viaje de Amelia fue en sentido contrariou, ya que comenzó a viajar cuando ya era considerada una escritora de prestigio entre el público y la crítica.

Desde muy joven demostró un sobresaliente talento para la poesía y la novela, publicando varios de sus escritos a través de periódicos y revistas y alcanzando el éxito con novelas como Barbara’s History, y sobre todo con Lord Buckenbury, de la que se llegaron a hacer 15 reediciones. De espíritu inquieto, decidió viajar a Egipto en compañía de unos amigos, quedando inmediatamente fascinada por el pueblo y la cultura egipcia.

Sus viajes a Egipto los documentó en su libro A Thousand Miles Up the Nile, un masivo éxito de ventas, con el que comenzó una concienciación social por la protección de los tesoros y monumentos egipcios y la reivindicación de un turismo responsable y respetuoso con las culturas que visitaba.

Los últimos años de su vida, Edwards dejó de lado la literatura para dedicarse en cuerpo y alma al la egiptología y el coleccionismo, colaborando con varias asociaciones arqueológicas y convirtiéndose en una erudita sobre el tema. Pero ni siquiera su nueva pasión hizo que su afán por viajar y conocer nuevas culturas disminuyera, emprendiendo un nuevo viaje por las regiones más desconocidas e inaccesibles del Tirol, que plasmó en su obra Untrodden Peaks and unfrequented Valleys: A midsummer Ramble in the Dolomites, donde consigue transmitirnos cada una de las sensaciones que las culturas centroeupeas causaban en su educación victoriana británica.

 Mary Kingsley (1862-1900)

La vida de Mary Kingsley refleja, quizás, el estereotipo de la viajera victoriana más que cualquier otro, porque en ella están presentes casi todos los tópicos de la época.

Hija del escritor George Kingsley y sobrina del novelista y reformador Charles Kingsley (a quien le hemos dedicado un post en este blog),  fue una niña inquieta que, pese a su escasa formación, devoraba los volúmenes de la biblioteca paterna. Sus ansias de viajar y conocer otros mundos se vieron frenadas por la invalidez de su madre y la obligación de cuidarla.

Pero Mary nunca dejó de soñar con viajes a culturas exóticas, muy diferentes de los tours que ofrecían las agencias de vacaciones británicas, y, cuando sus padres fallecieron, se sintió lo suficientemente liberada y fuerte para embarcarse en sus propios proyectos. Así comenzó su sueño africano.

Además de lo exótico que resultaba una indefensa mujer victoriana conviviendo con las tribus africanas,  enfrentándose a los peligros de la selva, la prosa llena de humor de Mary Kingsley cautivó a los británicos que seguían con inusitado interés las experiencias de la viajera en canoa por el río Ogooué siendo atacada por los cocodrilos, encarándose con los leopardos, el descubrimiento del canibalismo y su escalada al monte Camerún, por una ruta que jamás había seguido otro europeo. Sus descubrimientos los reflejó en su libro Travels in West Africa, con el que le rindió homenaje a su padre, pues de algún modo sentía que ella estaba finalizando el trabajo que él había comenzado.

Pero más allá del espíritu aventurero, Mary desarrolló un gran espíritu reivindicativo, luchando por los derechos de los indígenas africanos a conservar su propia idiosincrasia, sin que los misioneros intentaran cambiar sus costumbres y creencias, lo que le trajo grandes críticas de los sectores eclesiásticos.

Isabella Bird (1831-1904)

La prestigiosa Royal Geographical Society ofreció por primera vez un puesto a una mujer como reconocimiento a su gran trabajo sobre culturas y viajes por todo el mundo. Esa mujer era la escritora británica Isabella Bird.

Esta viajera incansable, de fuerte y excéntrico carácter, se crió bajo la conservadora educación de su padre, un vicario inglés con el que recorrió multiples parroquias de todo el país. Hasta los 40 años de edad se vio relegada a tareas caseras y al cuidado de sus padres enfermos; pero fueron sus propias dolencias- fuertes dolores cervicales e insomnio crónico- lo que propiciaron que comenzara a viajar, ya que los doctores le recomendaron salir de la fría Inglaterra en busca de lugares más cálidos.

Comenzó sus viajes acompañada de su hermana Hanny, pero pronto se dio cuenta de que el carácter conservador de su hermana frenaba sus instintos aventureros, por lo que decidió emprender sus propias aventuras; viajó a Australia, Hawaii y a los Estados Unidos. Fascinada por el medio oeste publicó su exitoso A Lady’s Life in the Rocky Mountains.

Pero pronto, se vio necesitada de conocer otras cultras mucho más exóticas para una inglesa y eligió Asia como su próximo destino, visitando Japón, China, Malasya y Singapur. En las últimas etapas de su vida, esta mujer siempre inquieta estudió medicina y se estableció en la India aceptando la propuesta de matrimonio con el doctor John Bishop.


“If we grow weary of waiting, we can go on a journey.

We can be the stranger who comes to town” Mary Morris

The Governess: la Institutriz Victoriana

El 8 de Marzo celebramos el día de la Mujer Trabajadora, y me gustaría hacer un especial énfasis en la palabra celebramos porque, aunque bien es cierto que todavía falta mucho camino por recorrer, sinceramente creo que la situación de la mujer en el mundo laboral occidental ha avanzado de una manera efectiva en el último siglo.

Por ello me gustaría dedicar esta entrada a aquellas mujeres que fueron abriendo caminos, luchando por su independencia económica y el derecho a trabajar y a valerse por sí mismas, a base de grandes sacrificios y de enfrentarse a una sociedad que era reticente a otro modelo de mujer diferente al establecido.

De entre todas ellas he elegido a una figura tan popular como desconocida: la governess, la institutriz victoriana, una suerte de niñera, profesora, educadora y amiga.

Tomaré como fuente The Victorian Nursery Book, un interesante y recomendable libro escrito por Antony y Peter Miall, que recoge información, testimonios e ilustraciones de como funcionaban las nurseries victorianas, ese espacio dentro de la casa donde los más jóvenes de la casa pasaban largas horas acompañados de la nanny o de la governess.

How delightful it would be to be a governess! to go into the world; to enter a new life; to act for myself: to exercise my unusual faculties; to earn my own maintenance.

Agnes Grey, Anne Brönte

Así expresaba Agnes Grey, la protagonista de la obra de la menor de las Brönte, su ilusión por el inicio de su salida al mundo para ganarse su propio salario e independencia aprovechando la cultura asimilada durante sus años de juventud en la rectoría de su padre.

Pero la vida de una institutriz estaba llena de tristezas y sinsabores. En la época victoriana, una mujer era educada con una sola misión: conseguir un buen marido, o al menos, un marido. Aquellas que tenían la desgracia de no conseguirlo tenían pocas opciones de salir adelante, ya que para una señorita no había muchos oficios adecuados, aparte de costurera o maestra.

La mayor parte elegían el mundo de la enseñanza, ya que, al menos, les aseguraba un techo en una casa respetable, lo que hizo que, en un momento dado, fueran muchas las candidatas que optaban a estos puestos y estuvieran dispuestas a aceptar el trabajo por salarios realmente bajos. (Hay una divertida escena en el libro de P.L.Travers, Mary Poppins, donde se refleja la gran cantidad de candidatas que asistían a cada entrevista para un puesto de institutriz, aunque aquí Travers retrata a una serie de maestras que ningún niño querría tener, como contraposición a la dulce Mary que está a punto de llegar)

Una institutriz preparada y educada por alguna de las mejores instituciones inglesas podría solicitar un salario de 100 libras anuales, aunque la necesidad de trabajo hacía que la mayor parte de las mujeres aceparan trabajar por una décima parte de esa cantidad.

¿Cuáles eran las cualidades que una buena institutriz debía poseer para ser la candidata ideal para una familia de clase media-alta? Nada lo prodría explicar mejor que la Cassell’s Household Guide, una guía para el hogar tremendamente popular en la época Victoriana:

Cualquiera que pretenda ejercer una autoridad sobre las mentes de lo más pequeños debe ser, en el sentido más literal de la palabra, una persona superior. Una institrutiz no debe ser sólo versada en las materias que vaya a enseñar sino que debe ser un ejemplo para los niños que tenga a su cargo – en conducta, actitud y hábitos personales. Muchas de las cosas que aprendemos en los libros cuando somos niños apenas las recordamos de adultos, pero raramente olvidamos el ejemplo que nos han dejado nuestros mayores y nuestros maestros (…)

Por ello, además de una entrevista personal y en profundidad, muy diferente de las estereotipadas listas de preguntas para las aspirantes al servicio doméstico, en una institutriz se observaba con especial atención su estilo en el vestir, su sentido de la justicia, su humanidad así como el sentimiento de sacrificio y entrega a los demás. Sin olvidar una austeridad en el salario a percibir, aún entendiendo la familia contratante la necesidad de la trabajadora en pensar en su futuro y en el ahorro para los años de vejez (sic)

Pero si ello no parecía suficiente, una buena institutriz debía ser capaz de enseñar inglés, francés, alemán e italiano; tener conocimientos de pintura al óleo, acuarela y carboncillo, geografía e historia; poder transmitir enseñanzas y preceptos religiosos y morales, así como matemáticas. También debían ser buenas maestras de música, y a ser posible, saber tocar algún instrumento, preferiblemente violín o piano. Se le presuponía una buena voz para dar clases de música y canto, ritmo y habilidad para enseñar baile y maña para la costura.

Además, a menudo, luchaban con una nanny demasiado condescendiente, madres histéricas y niños mimados e ingobernables. Todo ello por un sueldo miserable, que no solía superar las 20 libras anuales y, a pesar de todas sus virtudes, sin negarse a remendar la ropa de los niños y aceptar trabajos más propios del servicio doméstico que de su propia ocupación.

Al mínimo error o fallo, real o imaginario, o lo que era considerado como tal por la familia, era despedida en el acto, quedando con su pequeña maleta desvalida en busca de un lugar donde dormir y con el único pensamiento de volver a encontrar trabajo. Era complicado encontrar a una institutriz que durara en una casa dos años, del mismo modo que prácticamente no se encontraba una nanny que no lo estuviera. Y, ante la imposibilidad de encontrar una governess adecuada, las familias comenzaron a optar por las daily governess, institutrices externas, seleccionadas por empresas de servicios doméstico, que no vivían en la casa familiar sino que acudían diariamente durante unas horas para realizar sus tareas.

En uno de sus escritos Lady Lubbock narra una reveladora conversación con su institutriz, que estaba a punto de abandonar a la familia, obligada por la edad de la joven que, según las normas sociales, ya no precisaba de sus servicios.

La dama recuerda una tarde de paseo por el muelle con su institutriz, un momento casi perfecto de calma y complicidad. Uno de esos momentos que estaba a punto de no repetirse jamás por la marcha de su maestra y donde con una punzada de tristeza le confesó que la iba a echar muchísimo de menos.

Miss Cutting, la institutriz, le contestó con dulzura pero sin perder la compostura: “Querida, no te entristezcas. No creo que me vayas a echar muchísimo de menos, aunque es normal que ahora pienses así. Tú vida está empezando; encontrarás nuevos amigos e intereses y no tendrás tiempo para echar de menos a nadie. Pero yo sí te echaré de menos a ti, porque mi vida no se abre sino que se está cerrando como es natural para alguien de mi edad y seré feliz sólo con que tengas un rato para acordarte de mí y escribirme”.

Estas palabras de Miss Cutting resumen la vida de la governess, una mujer con una exquisita preparación, entregada en cuerpo y alma a su tarea, tan poco valorada como incomprendida. Ha sido representada a menudo como un ser desgraciado, arisco y carente de afecto, pero incluso esta actitud tiene su explicación: convivía con la familia más que ningún otro miembro del servicio doméstico, pero no era una más de la familia, la nanny la consideraba demasiado severa para tratar con sus niños y el servicio pensaba que era demasiado estirada para formar parte de ellos. Por todo ello, cuando no trabajaba, pasaba mucho tiempo sola en su cuarto, lo cual, a menudo, agriaba su carácter.

Afortunadamente, algunas veces, la vida de la institutriz no era tan triste, ya que encontraba el amor y la consideración que merecía entre algún amigo de la familia u otro miembro del servicio, habitualmente el maestro o preceptor de los jóvenes de la casa. Otras veces, pasaba de ser la governess de los más jóvenes a ser la dama de compañía de las mujeres de más edad de la familia, que precisaban de alguien de una preparación cultural adecuada y que además supiera de las normas sociales de comportamiento para acompañarlas en sus paseos o simplemente para conversar.

Charlotte Brönte, reflejó perfectamente la vida de estas mujeres  en las extraordinaria Jane Eyre, Villete y Shirley, y lo mismo hizo Anne Brönte en Agnes Grey.

Las protagonistas de estas novelas, gracias a las marcadas y particulares personalidades de las Brönte, que impregnan en todos sus personajes femeninos esa fuerza, distan mucho de ser esos seres entre patéticos y amargados para convertirse en mujeres llenas de fuerza y ganas de luchar , como otras tantas mujeres que a lo largo de los siglos han luchado por su independencia y su lugar en el mundo laboral.

Las governess de las Brönte son mujeres luchadoras, que analizan su entorno, lo sufren y lo disfrutan a partes iguales y que, frente a las adversidades de una mujer sola y sin dinero en una sociedad tan conservadora y clasista como la victoriana, son capaces de elegir su propio camino y a la persona con quien quieren compartirlo más allá de las convenciones sociales.

Sirva esta entrada como homenaje a estas mujeres, a menudo tan denostadas por la literatura y la leyenda, y tan preparadas para enfrentarse y adaptarse a un mundo continuamente cambiante.