Cuentos de hadas III: George MacDonald

(Todas las fotos que ilustran esta entrada – incluída la de la cabecera de la página web-  pertenecen a La Casa Victoriana y podéis encontrarlas en nuestra cuenta de Instagram , de fotografía y poesía, e irán siendo publicadas en el blog La Casa Victoriana. Cuaderno de Viaje. Espero que sean de vuestro agrado)

Every one who has considered the subject knows full well that a nation without fancy, without some romance, never did, never can, never will, hold a great place under the sun.

(Cualquiera que haya considerado el tema, sabe perfectamente bien que una nación sin fantasía, sin romance, nunca ocupó, ni puede ocupar, ni ocupará un lugar destacado bajo el sol)

Charles Dickens

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Aunque en el siglo XVII los puritanos lucharon por prohibir la rica tradición inglesa llena de criaturas mágicas, declarándolas como peligrosas para la moral, las hadas, elfos, duendes y demás personajes del folclore británico e irlandés resistieron los rígidos ataques y no sólo sobrevivieron a las prohibiciones sino que se hicieron mucho más fuertes en la imaginería popular.

En primer lugar lo hicieron de un modo tímido colándose en los hogares de los más pobres con sus apariciones en los pennybooks, librillos que costaban un penique llenos de historias de fantasía donde las hadas y los duendes, que vivían en frondosos bosques llenos de flores, eran los protagonistas, de romances con bellas princesas y con valientes príncipes azules, pero también de feroces ogros y malvadas brujas.

Más tarde, y dada su popularidad, entraron en casa no sólo de los ricos victorianos, que adornaban sus hogares con cuadros y figuras de ninfas y otras criaturas mitológicas, sino de los intelectuales, que las hacían protagonistas de sus obras pictóricas y de sus novelas.

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Gracias a los cuentos -denominados märchen en su idioma original – del danés Hans Christian Andersen y de los alemanes Grimm, las nurseries y las habitaciones de toda Gran Bretaña se llenaban de alegre fantasía, que hacía soñar a unos y olvidar la pobreza y las penurias del día a día a otros.

¿Qué elementos debía tener un cuento de hadas para que pudises ser considerado como tal? Pues, en un fairytale, así denominado en lengua inglesa, a pesar de no tener que estar necesariamente protagonizado por hadas, debían aparecer los consabidos héroes y villanos y, además, todo cuento debía mostrar una moraleja o enseñanza moral a modo de advertencia para todos los niños y niñas, pero también para las más jóvenes de la casa. Porque los cuentos clásicos originales poco tienen que ver con su versión edulcorada actual, donde los príncipes y princesas son felices y comen perdices, y la violencia apenas aparece sugerida.

Andersen y los Grimm escribieron cuentos llenos de violencia y crueldad, donde los malos son realmente perversos, donde los buenos no siempre son tan buenos y en los que el final feliz no siempre es de ensueño. Basta ver la crueldad subyacente en el cuento original de Caperucita, o a una Cenicienta que debe escapar de un príncipe, que más que agasajarla, la acosa hasta amedrentarla.

En este mundo fantástico, donde el bien y el mal se entremezclan tejiendo una sutil telaraña pero en que los conceptos morales están perfectamente claros y definidos, George MacDonald se mueve como pez en el agua.

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Este pastor calvinista, ensayista, escritor, poeta, profesor universitario de literatura y vidente, como le gustaba definirse, cultivó la amistad de otros famosos escritores contemporáneos como su gran amigo Lewis Carroll, Charles Dickens, Wilkie Collins, Alfred Tennyson y Arthur Hugues, ilustrador de la mayor parte de sus obras, entre otros, a los que recibía en su casa de campo, El Retiro, en la que vivía con su esposa y sus once hijos.

Adorado por el publico norteamericano, viajó varias veces a los Estados Unidos, donde sus visitas despertaban un gran fervor entre los admiradores de su obra, entre ellos el genial Mark Twain, con el que entabló una entrañable amistad.

Su producción literaria, además de poemas de género fantástico, está compuesta por una selección de märchen para lectores que, como él mismo decía, no habían perdido todavía la inocencia y trataban de guiar su vida por medio de unos códigos éticos análogos a los de los protagonistas de sus cuentos.

Los escenarios de sus obras son mundos fantásticos, irreales, inventados, llenos de criaturas creadas en la imaginación del autor, pero lo suficientemente definidas para que penetren en la imaginación del lector.

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MacDonald defendía la invención de los personajes, los escenarios y los seres que los habitaban, ya que si se parecían demasiado a lo que ya existía, la magia de la historia desaparecería. Pero al mismo tiempo todo tenía que ser identificable por el lector, para poder participar del cuento y, de algún modo, vivirlo. Nada tiene porque ser exactamente igual a la realidad.

Pero había un elemento fundamental que nunca podía ser modificado: la verdad. Y para que haya verdad, las leyes del mundo moral, lo que es bueno y lo que es malo, lo que es ético y lo que es inmoral debe permanecer incorrupto.

No puede existir un personaje bueno que cometa hechos perversos constantemente , ni un personaje malo generoso y que haga el bien. La línea divisoria entre el bien y el mal tiene que quedar clara, y aunque en toda su obra, MacDonald defiende la interpretación del texto por parte del lector, tiene especial interés en que esta línea quede clara.

Entre sus obras más destacadas están el largo poema Within and Without You, varias recopilaciones de cuentos, entre los que destacan La princesa y el duende, su continuación La princesa y Curdie y las novelas Back of the North Wind y Phantastes, a Fairie Romance for Men and Women, que inspiraría a C.S. Lewis, para escribir El león, la bruja y el armario, primera de las novelas de la serie Las Crónicas De Narnia.

George MacDonald murió en Inglaterra, el 18 de septiembre de 1905 y sus restos se enterraron con los de su querida esposa Louise en el cementario de Aberdeen, donde una estatua le rinde homenaje al que fue uno de los mejores transmisores del folklore británico.

En España la editorial Atalanta ha publicado dos libros de George MacDonald dentro de su colección Ars Brevis: el magnífico Cuentos de Hadas para todas las edades y Phantastes, a Fairie Romance for Men and Women.

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Moda masculina

Cuando hablamos de moda en el siglo XIX siempre pensamos en esos maravillosos vestidos victorianos, engrandecidos con sus crinolinas y polisones, con cinturas de avispa moldeadas por corsés y preciosos sombreros engalanados con encajes, flores y plumas.

Pero pocas veces nos acordamos de la moda de los caballeros que ofrecían su brazo a las damas, vestidos con franela y tweed, lana y terciopelo – incluso La Casa Victoriana ha retrasado demasiado esta merecida entrada porque la moda masculina, en el siglo XIX, fue realmente destacable.

Fue a comienzos del siglo XIX cuando un caballero inglés llamado Beau Brummel cambió  el modo de vestir de los hombres e inculcó en ellos el concepto de moda masculina.

Su forma de vestir no pasaba inadvertida: camisa blanca con el cuello levantado, rodeado por un pañuelo con lazada , habitualmente de color blanco inmaculado, chaleco corto, pantalones largos muy ajustados- diferentes de los breechers o pantalones a la altura de la rodilla, tan populares en el siglo XVIII-  y chaqueta de doble botonadura de bronce con faldón trasero. Los colores verde, azul, marrón, negro, gris, marrón y los tonos bronce eran los preferidos.

Aunque los pantalones también se llevaban con zapato plano con hebilla, Brummel prefería combinarlo con botas perfectamente lustradas (la leyenda dice que las abrillantaba con champán).

Para finalizar este outfit, lo más apropiado era acompañarlo con un sombrero de copa y como complemento un bastón de paseo.

No utilizaba ningún tipo de fragancia o perfume ya que, contrariamente a los hombres y mujeres de su época, presumía de asearse diariamente.

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Caricatura de Beau Brummel por Robert Dighton 1805

 

El estilo Brummel fue tendencia hasta mediados de los años 30, cuando la moda masculina se volvió más sobria y definió la elegancia con conceptos más discretos que los de Brummel, incluyendo un cambio en la actitud que se tornó mucho más mesurada, cediendo todo el protagonismo a las damas.

Aunque las prendas básicas, camisa, chaleco y pantalón largo se mantuvieron, los colores se oscurecieron, siendo la paleta de grises la más utilizada. El cambio más sustancial en la moda masculina se produjo en el corte de las camisas y los abrigos y chaquetas.

La camisa dejó de ser una liviana casaca ajustada con un pañuelo al cuello para transformarse en una prenda perfectamente cortada adornada con elegantes corbatas y pajaritas. La prenda que cubría la camisa se denominaba coat, aunque en realidad era un chaleco de botonadura sencilla.

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Victorian morning coat

Diferentes diseños de chaquetas y abrigos estuvieron de moda durante el siglo XIX, sin que ninguno de ellos fuera más tendencia que otros. A diferencia de lo que sucedía con la moda femenina, la moda masculina se ceñía más a lo qué “era adecuado llevar” según la ocasión y no a lo que estuviera de moda.

Así, los caballeros usaban morning coats, chaquetas largas de excelente corte, con botonadura simple y sencilla en su diseño que se abotonaba hasta la cintura, con botones sin brillo o forrados en tela en contraste al color de la chaqueta. Estas chaquetas eran cortas por delante y largas por detrás.

La levita o frock coat, era una chaqueta larga con apariencia de abrigo más que de chaqueta. Tenía doble botonadura y normalmente llevaba las solapas de cuello en contraste, del mismo color pero en diferente tejido. Estaba realizada con materiales gruesos como lana o tweed y, dada su elegancia, se utilizaba en ocasiones especiales.

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Levita o frock coat

La chaqueta Norfolk, cuyo nombre no está muy claro si proviene del condado de Norfolk o del propio Duque de Norfolk, fue concebida para las jornadas de caza, aunque se convirtió en la prenda favorita de los jugadores de golf y los ciclistas. Se puso de moda alrededor de 1860 y era una de las prendas predilectas del Príncipe de Gales y su círculo de amistades.

Su estilo elegante pero informal a la vez, con cinturón o medio cinturón,sus pliegues en el pecho y espalda, sus grandes bolsillos laterales y su llamativo tejido de tweed en tonos marrones hicieron de la Norfolk la chaqueta de moda para las jornadas deportivas.

Esta prenda se complementaba con una gorra con visera y pantalones del mismo tejido y color recogidos en las rodillas, generalmente por botas o botines con medias altas.

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A la izquierda un box coat y a la izquierda un chaqueta Norfolk

La box coat era una chaqueta de corte muy clásico, similar a las de los trajes actuales. Esta chaqueta podía ser de doble o simple botonadura y se acompañaba tanto de corbata como de pajarita y con y sin chaleco. Era de uso diario, diseñada para la funcionalidad más que para el lucimiento.

A lo largo de la segunda mitad del siglo aparecieron muchos diseños similares, como la lounge jacket y la lounge suit jacket, chaquetas de largo hasta la cadera, con botonadura simple, no siempre del mismo diseño y color que los pantalones a las que complementaban.

Con estas chaquetas los caballeros no usaban sombrero o bien las complementaban con sombreros de homburg o de fieltro como los de la ilustración anterior.

El abrigo Chesterfield triunfó entre los caballeros por su versatilidad, ya que combinaba la funcionalidad de una lounge jacket y la elegancia de una levita. Por este motivo era usado tanto con sombreros de fieltro o con sombreros de copa. Su botonadura era simple o doble, con bolsillos o sin ellos, pero siempre con un corte muy elegante.

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Diferentes maneras de lucir un abrigo Chesterfield

 

Para las ocasiones muy formales se utilizaban los gabanes o greatcoats, abrigos largos con el cuello y las solapas y , algunas veces, los puños ribeteados con piel. Los greatcoats eran abrigos muy elegantes con los que el caballero llevaba pañuelo de seda a modo de corbata, sombrero de copa y bastón de paseo. Debajo del greatcoat podían usar una levita o incluso un abrigo Chesterfield.

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Gabán o Greatcoat

 

La capa Mackintosh fue un impermeable muy popular que debe su nombre al inventor escocés del tejido, aunque fue el cirujano James Syme quien reclamó ser el verdadero inventor, argumentando que Mackintosh sólo se limitó a copiar y patentar su invento.

La Mackinstons, cuya característica principal era la sobrecapa que caía hasta la altura del codo tenía la apariencia de un abrigo y se utilizó no sólo como prenda de vestir sino, gracias a su impermeabilidad, como atuendo de los agentes de policía que pasaban muchas horas a la intemperie. Se acompañaba de un sombrero  homburg o un bowler hat (tipo bombín) y el inevitable paraguas negro.

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Impermeable Mackintosh

Otro tipo de capas muy populares en la época fueron las Inverness, una prenda que se comercializaban en dos estilos: uno más informal sin solapas, con o sin capucha, y en tela de tweed de colores marrones o cobrizos, que se combinaba con un deerstalker o gorro de cazador, atuendo popularizado por el genial detective Sherlock Holmes, y otro más formal y elegante con solapas, combinado con sombrero de fieltro y confeccionado con materiales de mayor calidad y colores más sobrios como la paleta de grises.

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Capa Inverness con capucha

El Ulster overcoat fue otra de las prendas más usadas a finales del siglo XIX. Debe su nombre a un tipo de abrigo, tipo sobretodo, que utilizaban los hombres en algunas provincias de Irlanda del Norte, prendas gruesas y largas para protegerse del frío con  puños, solapas y una capa superpuesta con una longitud hasta el codo.

Tenía una versión más corta y ligera bautizada como ulserett.

La versión del overcoat que llegó a las calles de Londres era un versión refinada y elegante de las prendas irlandesas.

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Ulster overcoat

La moda masculina del siglo XIX fue rica también en complementos como sombreros o zapatos. Dejaremos estos complementos para una nueva entrada sobre moda.

Easter Bonnet. El bonete de Pascua.

At Easter let your clothes be new, or this be sure you it will rue

En Pascua ropa nueva estrenarás o de lo contrario lo lamentarás

En España existe tradición por la cual el Domingo de Ramos, para acudir a los oficios religiosos, se estrena, al menos, una prenda de ropa.

Esta tradición, como muchas otras, es una mezcla de paganismo y religión y parece ser que tiene su origen en los tiempos en  los que, el emperador romano Constantino, decretó que, para despedir la Cuaresma, los fieles debían usar ropajes nuevos.

Aunque la idea de Constantino tampoco era nueva ni original ya que en la antigüedad los  germanos paganos ya celebraban la llegada de Ostera, diosa de la primavera, usando ropas nuevas como símbolo de bienvenida y de atracción de la buena suerte.

En Gran Bretaña y posteriormente en Estados Unidos, se recogieron estas tradiciones, unidas a supersticiones que auguraban toda clase de desdichas y infortunios a todos aquellos que no estrenaran ropa durante la Pascua (incluso en la época Tudor había un dicho en el que se instaba a estrenar ropa nueva bajo la maldición de que, si no se hacía, las polillas se comerían las ropas usadas).

Así que para cumplir esta tradición de Pascua, las damas victorianas desplegaban toda su elegancia luciendo nuevos vestidos, sombreros y capas, con los más lujosos tejidos siguiendo las últimas modas de París.

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Cottage bonnet. Cropped Fan – Giovanni Costa

Pero estrenar ropa no era tan fácil para las familias mas humildes victorianas, sobre todo para las mujeres, ya que la confección de sus vestidos no sólo implicaba muchas horas de trabajo, sino también un gasto monetario en telas, adornos y demás complementos.

Ante esta imposibilidad, y tal y como suele suceder, el ingenio se impuso a las dificultades y las jóvenes idearon como estrenar una nueva prenda sin incurrir en grandes gastos: reciclando sus sombreros de tal modo que parecieran completamente nuevos. Y así nació lo que posteriormente se conoció como Easter Bonnet, o Bonete de Pascua.

Tan popular se hizo el sombrerito que incluso en la revista Vogue, en 1896, apareció un poema titulado Al Bonete de Pascua, en el que el autor expresaba su felicidad al ver a tantas mujeres lucir sombreros nuevos y coloridos el día de Pascua

Ah, me! It is a wondrous thing,
That little Easter bonnet.
Why, all the flowers of joyous spring
Are fastened there upon it.

Just what the name of each may be
I do not know at all.
But I would call the whole — let’s see —
Well — Horticultural Hall.

But let me stop. It pleases her,
And see this kiss she tossed me.
It’s worth ten thousand bonnets, sir,
No matter what they cost me.

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A Fair Maiden – Giovanni Costa

El poeta sugiere que ver uno de estos lindos bonetes es como tener delante una explosión primaveral. Esto sucedía porque las mujeres utilizaban todo tipo de coloridas flores como adorno.Estas flores se combinaban con velos, encajes, piezas de ganchillo, tissues y muselinas, brillantes lazos de satén, piezas de seda, plumas de vivos colores y para las más atrevidas aderezos con pequeños pájaros, incluso con su nido. Todo adorno era válido para convertir viejo bonete en un espectacular Easter Bonnet.

Además, dependiendo del tipo y diseño del bonete, este admitía diferentes tipos de ornamentación. Los bonetes más comunes eran los denominados cottage bonnets, hechos de paja, sin tintado, adornados con diferentes tipos de lazos y que se ataba bajo la barbilla con una pequeña lazada.

La función de este bonete, de diseño sencillo, era cubrir la cabeza y enmarcar la cara de la dama sin que los ornamentos le restaran protagonismo a su cara, resaltando la frescura y belleza de su rostro. Algunos de estos bonetes eran posteriormente forrados con rasos. Eran los bonetes más típicos de la moda Regencia.

Giovanni Costa (1833-1902) The new fan
Cottage bonnet. The New Fan – Giovanni Costa

Los poke bonnets eran bonetes más grandes y llamativos que los cottage bonnets, con un saliente en su parte delantera a modo de visera que cubría toda la cara y protegía la piel del sol. Algunas veces de esta visera salía un pequeño velo bordado cubriendo la cara parcialmente o por completo. Estaba hecho de paja, aunque, a diferencia del cottage bonnet, la paja se cubría con encajes u otras telas, como el terciopelo.

Las primeras referencias a los poke bonnets aparecen a comienzos del siglo XIX, aunque su uso se extendió más allá de la primera mitad del siglo, ya que la línea de su diseño estaba en consonancia con el tipo de sombrero que le gustaba usar a la Reina Victoria.

George Morton - Figure Study
Poke bonnet. Figure Study- George Morton

Los tall crowned bonnets eran uno de los modelos preferidos por las damas, ya que su parte posterior elevada permitía todo tipo de adornos y ornamentos, como elaborados encajes, grandes lazos con lazadas y guirnaldas de flores.

Admitía casi todo tipo de tejidos para su confección, aunque dado el diseño del bonete, hecho para impresionar, se preferían los tejidos más lujosos. Estaban diseñados para ocultar una parte de la cara y para que la dama pudiera recoger y ocultar casi totalmente su cabello. Se sujetaba bajo la barbilla usualmente con una gran lazada.

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Tall crowned bonnet. Giovanni Costa

Los drawn bonnet estaban hechos de sedas, rasos o terciopelo, con fruncidos o volantes posteriores o enmarcando el rostro, ya que su diseño estaba concebido para realzar el óvalo de la cara – a veces utilizando pequeñas flores interiores cosidas a un delicado velo bordado. La tela era lisa, sin estampados y como único adorno solían llevar una pequeña flor o una pluma a juego con el color del sombrero, ya que los fruncidos eran más que suficientes para lograr que el sombrero destacase.

Era el más discreto en lo que a ornamentación se refiere pero quizás de los más llamativos en cuanto a confección. Como todos los bonetes se sujetaba al cuello con un lazo.

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Drawn bonnet. Euphemia White Van Rensselaer – George P.A. Healy

Todos los bonetes admitían retoques, mejoras y nuevos adornos y ornamentos, y gracias a ellos, las mujeres victorianas, independientemente de su clase social podían sentir como si su vestuario fuese nuevo y cumplir con la tradición de estrenar algo nuevo en Pascua.

Desde La Casa Victoriana queremos desear a todos nuestros subscriptores y visitantes un feliz día de Pascua.

Y no olvideis visitarnos en nuestras redes sociales, porque estrenamos tablero en Pinterest con 100 pines dedicados a las preciosas postales victorianas de Pascua.

Moda victoriana: Irish Crochet Lace

Coincidiendo con la festividad del día de San Patricio, desde La Casa Victoriana queremos hacer nuestro particular homenaje a la isla esmeralda con un artículo sobre uno de los ornamentos de confección original irlandesa que se pusieron de moda en el siglo XIX : el Irish Crochet o ganchillo irlandés.

Aunque la población irlandesa padeció varias hambrunas en su historia, la sufrida en la primera mitad del siglo XIX fue realmente devastadora y trajo graves consecuencias sobre la sociedad irlandesa, entre ellas un importante descenso de la población provocada por los fallecimientos y la emigración masiva.

La pobreza instalada en la mayor parte de los hogares rurales irlandeses hizo que el ingenio, principalmente de las mujeres, buscara nuevas formas de ingresos para el hogar y una de ellas fue con una habilidad para la creación de bellos complementos realizados con la técnica del crochet.

London Stereoscopic Company en Getty Images

Hay diferentes teorías sobre como la habilidad del ganchillo se convirtió en una tradición  en Irlanda. Una de ellas señala a las monjas ursulinas como introductoras de la técnica, aunque otras apuntan a la hija de un noble franco-español y de una irlandesa, Mademoiselle Riego de Blanchardiere, como la verdadera inventora de lo que posteriormente se denominó Irish Crochet.

El Irish Crochet era la labor mediante la cual, con pequeñas agujas, se creaba una pieza, siguiendo una serie de patrones o plantillas que se repetían, y que posteriormente se unían para formar una pieza mayor. La unión de esas piezas formaban una figura determinada dependiendo de cual fuera el objetivo buscado, un pequeño bolso, un chal, un paño, una colcha…

La habilidad irlandesa para el crochet fue refinándose pasando de confeccionar piezas más sencillas a auténticas obras de arte que semejaban los encajes más elegantes y que les permitían elaborar desde mangas, cuellos o chales hasta blusas o vestidos completos.

En las familias irlandesas no sólo ganchillaba la madre y las demás mujeres de la casa sino también otros miembros de la familia, entre ellos los más pequeños, ya que era un modo de aportar ingresos a la unidad familiar tan necesitada de obtenerlos.

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En la exigente sociedad victoriana, el Irish Crochet Lace se consideraba un buen trabajo de costura pero cuya calidad no se podía comparar con otros encajes más selectos. Su popularidad era grande entre las clases trabajadoras y rurales, porque permitía adornar bonetes, sombreros y otras prendas haciéndolas más vistosas con materiales más baratos que los de los encajes tradicionales y que podían ser hechos por ellas mismas. Por este motivo las damas de clase alta lo consideraban el hermano pobre del encaje, y no propio de una mujer elegante y con clase.

Pero esta percepción cambió el día que la Reina Victoria decidió prender una pieza de ganchillo irlandés como adorno de uno de sus sombreros. A partir de ese momento esta técnica se popularizó hasta límites insospechados y no había mujer de la alta sociedad que no luciera una de estas piezas como vestuario u ornamento, ni casa donde las mujeres no aprendiesen a confeccionarlo, independientemente de la clase social a la que pertenecieran.

No olvidemos el inmenso cariño que los ingleses sentían por la familia real y la reina en especial, cuya ropa, costumbres y comportamientos eran imitados por todas las clases sociales.

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Este crochet se realizaba con tres hilos de diferente grosor: un hilo fino para confeccionar los diseños, uno más grueso y resistente para unir todas las piezas y uno muy fino para rellenar espacios entre las piezas, con dibujo de red u otros diseños. Este último paso se solía hacer sobre papel en un bastidor, ya que era un paso más delicado y requería mucha pericia para dar ese acabado final de encaje.

El encaje irlandés pronto se convirtió en una industria que exportaba piezas de ganchillo no sólo a Irlanda y Reino Unido, sino a otros países de Europa, como la exigente Francia, que pronto lo convirtió en moda, y a Estados Unidos, donde hubo una floreciente industria del sector.

Los patrones y técnicas más laboriosas eran guardados con un halo de secretismo y transmitido sólo a los miembros de la familia e incluían modelos de diferentes tipos de flores, hojas e intrincados y, al mismo tiempo delicados, diseños originales.

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Esta industria, alimentada del trabajo casero de las mujeres y familias irlandesas, comenzó a decrecer con la llegada de la maquinaria industrial textil que, con menos costes y de manera casi automática podía tejer piezas grandes y de diseños más complicados.

Muchas de las preciosas piezas de ganchillo irlandés están expuestas en museos, incluidas las bufandas que fueron entregadas a destacados soldados de las guerras Boer, tejidas por la propia reina, que se refugió en las labores de ganchillo como remedio para superar la muerte de su esposo el Príncipe Alberto.

En la actualidad se siguen publicando libros de patrones y diseños  de encaje irlandés, existiendo, además, infinidad de blogs y talleres donde se recupera esta técnica decimonónica para aplicarla a todo tipo de diseños y complementos.

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La Casa Victoriana desea a todos sus subscriptores y visitantes un Feliz día de San Patricio, y para celebrarlo estrenamos tablero en Pinterest con una colección de las más tiernas y victorianas tradicionales postales de felicitación.

http://es.pinterest.com/casavictoriana/postales-victorianas-del-d%C3%ADa-de-san-patricio-st-pa/

Los libros de Alicia

¡Estrenamos Tablero en Pinterest!

La Casa Victoriana desde su tablero, Alicia en el País de las Maravillas. Alice’s Adventures in Wonderland, te invita a compartir una completísima colección de portadas de libros de Alicia en el País de las Maravillas de distintas ediciones y en diferentes idiomas, diseñadas por los mejores ilustradores.

Así que preparad una taza de té, un pedazo de pastel de no-cumpleaños y disfrutad de un encantador paseo por Wonderland.

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Lorhrop Publishing Co.

Fiestas de disfraces: las farsas victorianas

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Los victorianos no celebraban las fiestas de carnaval tal y como nosotros las conocemos, pero pocas cosas le gustaban más que participar en una fancy dress party y ponerse un fancy dress lo más exótico y recargado posible.

Los fancy dresses no eran disfraces propiamente dichos sino trajes cuidadosamente elaborados con los que se representaba a personajes reales o ficticios, y que iban evolucionando según las modas literarias o culturales del momento.

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Este tipo de trajes se usaban en las fancy dress parties, fiestas que se organizaban habitualmente en casas particulares y en las que los anfitriones elegantemente disfrazados recibían a sus invitados y los agasajaban con magníficos tentempiés y, muy a menudo, con música.

En otras ocasiones, se celebraban en salones habilitados para grandes bailes (ballrooms) y contaban con la presencia de la más rancia aristocracia victoriana, incluidos los miembros de la familia real, que dejaban a un lado la etiqueta para divertirse transformándose en el personaje que representaban, a menudo protegidos con máscaras o antifaces.

En muchas de estas fiestas participaban no sólo los adultos sino también los más pequeños de la casa, que correteaban entre los invitados engalanados con sus fancy dresses.

Ni las familias más serias, ni las damas más discretas, ni los hombres con los más altos cargos de responsabilidad de la sociedad victoriana podían resistirse a una divertida fancy dress party.

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Una de las características de este tipo de fiestas era la celebración de charadas o farsas, pequeñas obras de teatro satíricas, con guiones literarios o inventados donde los protagonistas eran los anfitriones, los invitados a la fiesta o un grupo de actores contratados para este fin.

Para asistir a estas parties, los invitados ponían un cuidado especial en su vestuario, comprando los fancy dresses en tiendas especializadas en diseñar y confeccionar ropa para obras de teatro, o bien encargándoselas a sus modistas y sastres particulares, sin escatimar en la calidad del tejido, siendo las sedas de vivos colores, el terciopelo y recargados brocados las telas preferidas.

Era fundamental que no faltara detalle alguno, completando cada traje con los más exquisitos y osados complementos, desde pelucas confeccionadas con pelo natural, plumas exóticas y máscaras de estilo veneciano, a complementos más cómicos, como sencillos antifaces, grandes gafas, mostachos o finos bigotillos de estilo oriental.

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Los diseños iban en función de la moda del momento: el estilo oriental tanto para mujeres como para hombres estuvo de moda durante varios años, al igual que la moda francesa del reinado de Luis XVI y María Antonieta y los trajes isabelinos, sin olvidar a los socorridos Pierrot, Arlequín y Colombina que siempre eran garantía de éxito.

El vestuario relacionado con la astrología, la mitología y las ciencias ocultas eran de los más demandados: ninguna mujer se resistía a los ajustados vestios carmesí de diablesa, adornados con negras alas de murciélago, y no era extraño ver a los hombres con coloridad mallas y elaborados tocados para dar vida a Mephistofeles, el diablo literario diablo de Goethe.

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Un personaje de asistencia casi obligada a cualquier fiesta era la recreación, con diferentes interpretaciones, del personaje dickensiano de Dolly Warden, una excéntrica, descarada y presumida mujer que aparecía en la novela Barnaby Rudge, escrita por Charles Dickens en 1841.

Dolly solía vestir en el siglo XIX con ropa propia del siglo XVIII: polainas, sombreros de paja de estilo bonnet y apariencia de ingenua pastorcilla. Su vestuario en contraste con su carácter y el ambiente en el que se desarrola la novela hacen de ella uno de los personajes más estrafalarios y recordados de Dickens.

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Happy “Catloween”: Los gatos victorianos de Whittier y Wain

“Rabbits are the easiest to photograph in costume, but incapable of taking many ‘human’ parts. Puppies are tractable when rightly understood, but the kitten is the most versatile animal actor, and possesses the greatest variety of appeal,”

Harry Whittier Frees (1879–1953

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No hay Halloween sin brujas y no hay brujas sin sus gatos. El gato estuvo y estará unido a la tradición del misterio y la superstición, aunque durante la época victoriana algo cambió y lo convirtió en protagonista indiscutible de la casa, la decoración y hasta la fotografía.

Antes de esta época, el gato no era un animal doméstico, tal y como entendemos en nuestros tiempos esa expresión, sino simplemente un animal “útil” al que tener en casa, ya que su presencia garantizaba que los ratones se mantendrían lejos de la casa.

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No fue hasta la llegada de la Reina Victoria, una niña solitaria con la única compañía de sus muñecas y sus mascotas, que la percepción de los gatos y de los animales en general cambió para la sociedad.

Fue Victoria, gran amante de los animales, quien patrocinó la primera sociedad en contra del maltrato animal del Reino Unido – de hecho ella tenía varios perros y dos gatos persas a los que adoraba, y que aparecen en varias fotografías de la época.

Aunque, como todos los victorianos tenía sus contradicciones: patrocinar la asociación no era incompatible con practicar los numerosos deportes de caza que tanta tradición tenían entre la realeza británica.

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Así los gatos pasaron a convertirse en el animal de moda victoriano y a aparecer en multitud de elementos decorativos, pinturas, dibujos y hasta fotografías, protagonizando no sólo las ilustraciones  de Halloween sino apareciendo en las ilustraciones de  libros infantiles y otras postales y fotografías victorianas.

¿Creíais que las fotografías de gatitos adorables son fruto de la era internet?

De ningún modo, a finales del siglo XIX, Harry Whittier Frees , fotógrafo estadounidense comenzó a retratar a gatos en poses y actitudes humanas, consiguiendo fotografías que nada tienen que envidiarle a las imágenes virales que invaden las redes sociales en la actualidad, convirtiéndose en el pionero del fenómeno LOLcat.

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Todos sus gatitos aparecen vestidos como personas y representando escenas cotidianas de la vida victoriana, ya que como afirma en su libro Animal Land on the Air, el gato es el actor con más talento de entre todos los animales, y aunque no fácil trabajar con él, es el animal que más versatilidad ofrece a un fotógrafo para poner en práctica su arte.

Muchas de las imágenes aparecen acompañadas de una frase humorística que tiene que ver con la escena.

Pero Whittier Frees no fue el único artista que creo un universo de gatos. Louis Wain, también brilló en el suyo aunque dentro del campo de la ilustración y el dibujo.

El mismísio H.G.Wells dijo de él:

“He has made the cat his own. He invented a cat style, a cat society, a whole cat world. English cats that do not look and live like Louis Wain cats are ashamed of themselves.”

Su mundo icónico y costumbrista de gatos antropomórficos se ganó el favor del público victoriano que lo encumbró como uno de los ilustradores más célebres de la época, publicando sus dibujos en varias revistas con gran éxito.

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En sus ilustraciones los gatos que siempre aparecían caminando sobre dos patas y, a menudo, vistiendo atuendos humanos, representaban una escena que encubre, bajo la ilustración humorística,  una visión crítica de la sociedad victoriana, que habitualmente remarca con una frase o diálogo irónico de los gatos protagonistas.

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A veces, sus dibujos y su mundo gatuno es tan surrealista que muchos autores coinciden en afirmar que el ilustrador sufría trastornos esquizoides que asomaban a través de sus caricaturas.

Las ilustraciones de Wain, donde muestra su particular visión del mundo a través de los gatos, están enormemente cotizadas en la actualidad.

Feliz Halloween a todos los los seguidores y seguidoras de La Casa Victoriana.

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