Easter Bonnet. El bonete de Pascua.

At Easter let your clothes be new, or this be sure you it will rue

En Pascua ropa nueva estrenarás o de lo contrario lo lamentarás

En España existe tradición por la cual el Domingo de Ramos, para acudir a los oficios religiosos, se estrena, al menos, una prenda de ropa.

Esta tradición, como muchas otras, es una mezcla de paganismo y religión y parece ser que tiene su origen en los tiempos en  los que, el emperador romano Constantino, decretó que, para despedir la Cuaresma, los fieles debían usar ropajes nuevos.

Aunque la idea de Constantino tampoco era nueva ni original ya que en la antigüedad los  germanos paganos ya celebraban la llegada de Ostera, diosa de la primavera, usando ropas nuevas como símbolo de bienvenida y de atracción de la buena suerte.

En Gran Bretaña y posteriormente en Estados Unidos, se recogieron estas tradiciones, unidas a supersticiones que auguraban toda clase de desdichas y infortunios a todos aquellos que no estrenaran ropa durante la Pascua (incluso en la época Tudor había un dicho en el que se instaba a estrenar ropa nueva bajo la maldición de que, si no se hacía, las polillas se comerían las ropas usadas).

Así que para cumplir esta tradición de Pascua, las damas victorianas desplegaban toda su elegancia luciendo nuevos vestidos, sombreros y capas, con los más lujosos tejidos siguiendo las últimas modas de París.

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Cottage bonnet. Cropped Fan – Giovanni Costa

Pero estrenar ropa no era tan fácil para las familias mas humildes victorianas, sobre todo para las mujeres, ya que la confección de sus vestidos no sólo implicaba muchas horas de trabajo, sino también un gasto monetario en telas, adornos y demás complementos.

Ante esta imposibilidad, y tal y como suele suceder, el ingenio se impuso a las dificultades y las jóvenes idearon como estrenar una nueva prenda sin incurrir en grandes gastos: reciclando sus sombreros de tal modo que parecieran completamente nuevos. Y así nació lo que posteriormente se conoció como Easter Bonnet, o Bonete de Pascua.

Tan popular se hizo el sombrerito que incluso en la revista Vogue, en 1896, apareció un poema titulado Al Bonete de Pascua, en el que el autor expresaba su felicidad al ver a tantas mujeres lucir sombreros nuevos y coloridos el día de Pascua

Ah, me! It is a wondrous thing,
That little Easter bonnet.
Why, all the flowers of joyous spring
Are fastened there upon it.

Just what the name of each may be
I do not know at all.
But I would call the whole — let’s see —
Well — Horticultural Hall.

But let me stop. It pleases her,
And see this kiss she tossed me.
It’s worth ten thousand bonnets, sir,
No matter what they cost me.

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A Fair Maiden – Giovanni Costa

El poeta sugiere que ver uno de estos lindos bonetes es como tener delante una explosión primaveral. Esto sucedía porque las mujeres utilizaban todo tipo de coloridas flores como adorno.Estas flores se combinaban con velos, encajes, piezas de ganchillo, tissues y muselinas, brillantes lazos de satén, piezas de seda, plumas de vivos colores y para las más atrevidas aderezos con pequeños pájaros, incluso con su nido. Todo adorno era válido para convertir viejo bonete en un espectacular Easter Bonnet.

Además, dependiendo del tipo y diseño del bonete, este admitía diferentes tipos de ornamentación. Los bonetes más comunes eran los denominados cottage bonnets, hechos de paja, sin tintado, adornados con diferentes tipos de lazos y que se ataba bajo la barbilla con una pequeña lazada.

La función de este bonete, de diseño sencillo, era cubrir la cabeza y enmarcar la cara de la dama sin que los ornamentos le restaran protagonismo a su cara, resaltando la frescura y belleza de su rostro. Algunos de estos bonetes eran posteriormente forrados con rasos. Eran los bonetes más típicos de la moda Regencia.

Giovanni Costa (1833-1902) The new fan
Cottage bonnet. The New Fan – Giovanni Costa

Los poke bonnets eran bonetes más grandes y llamativos que los cottage bonnets, con un saliente en su parte delantera a modo de visera que cubría toda la cara y protegía la piel del sol. Algunas veces de esta visera salía un pequeño velo bordado cubriendo la cara parcialmente o por completo. Estaba hecho de paja, aunque, a diferencia del cottage bonnet, la paja se cubría con encajes u otras telas, como el terciopelo.

Las primeras referencias a los poke bonnets aparecen a comienzos del siglo XIX, aunque su uso se extendió más allá de la primera mitad del siglo, ya que la línea de su diseño estaba en consonancia con el tipo de sombrero que le gustaba usar a la Reina Victoria.

George Morton - Figure Study
Poke bonnet. Figure Study- George Morton

Los tall crowned bonnets eran uno de los modelos preferidos por las damas, ya que su parte posterior elevada permitía todo tipo de adornos y ornamentos, como elaborados encajes, grandes lazos con lazadas y guirnaldas de flores.

Admitía casi todo tipo de tejidos para su confección, aunque dado el diseño del bonete, hecho para impresionar, se preferían los tejidos más lujosos. Estaban diseñados para ocultar una parte de la cara y para que la dama pudiera recoger y ocultar casi totalmente su cabello. Se sujetaba bajo la barbilla usualmente con una gran lazada.

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Tall crowned bonnet. Giovanni Costa

Los drawn bonnet estaban hechos de sedas, rasos o terciopelo, con fruncidos o volantes posteriores o enmarcando el rostro, ya que su diseño estaba concebido para realzar el óvalo de la cara – a veces utilizando pequeñas flores interiores cosidas a un delicado velo bordado. La tela era lisa, sin estampados y como único adorno solían llevar una pequeña flor o una pluma a juego con el color del sombrero, ya que los fruncidos eran más que suficientes para lograr que el sombrero destacase.

Era el más discreto en lo que a ornamentación se refiere pero quizás de los más llamativos en cuanto a confección. Como todos los bonetes se sujetaba al cuello con un lazo.

Euphemia White Van Rensselaer by George P. A. Healy
Drawn bonnet. Euphemia White Van Rensselaer – George P.A. Healy

Todos los bonetes admitían retoques, mejoras y nuevos adornos y ornamentos, y gracias a ellos, las mujeres victorianas, independientemente de su clase social podían sentir como si su vestuario fuese nuevo y cumplir con la tradición de estrenar algo nuevo en Pascua.

Desde La Casa Victoriana queremos desear a todos nuestros subscriptores y visitantes un feliz día de Pascua.

Y no olvideis visitarnos en nuestras redes sociales, porque estrenamos tablero en Pinterest con 100 pines dedicados a las preciosas postales victorianas de Pascua.

Moda victoriana: Irish Crochet Lace

Coincidiendo con la festividad del día de San Patricio, desde La Casa Victoriana queremos hacer nuestro particular homenaje a la isla esmeralda con un artículo sobre uno de los ornamentos de confección original irlandesa que se pusieron de moda en el siglo XIX : el Irish Crochet o ganchillo irlandés.

Aunque la población irlandesa padeció varias hambrunas en su historia, la sufrida en la primera mitad del siglo XIX fue realmente devastadora y trajo graves consecuencias sobre la sociedad irlandesa, entre ellas un importante descenso de la población provocada por los fallecimientos y la emigración masiva.

La pobreza instalada en la mayor parte de los hogares rurales irlandeses hizo que el ingenio, principalmente de las mujeres, buscara nuevas formas de ingresos para el hogar y una de ellas fue con una habilidad para la creación de bellos complementos realizados con la técnica del crochet.

London Stereoscopic Company en Getty Images

Hay diferentes teorías sobre como la habilidad del ganchillo se convirtió en una tradición  en Irlanda. Una de ellas señala a las monjas ursulinas como introductoras de la técnica, aunque otras apuntan a la hija de un noble franco-español y de una irlandesa, Mademoiselle Riego de Blanchardiere, como la verdadera inventora de lo que posteriormente se denominó Irish Crochet.

El Irish Crochet era la labor mediante la cual, con pequeñas agujas, se creaba una pieza, siguiendo una serie de patrones o plantillas que se repetían, y que posteriormente se unían para formar una pieza mayor. La unión de esas piezas formaban una figura determinada dependiendo de cual fuera el objetivo buscado, un pequeño bolso, un chal, un paño, una colcha…

La habilidad irlandesa para el crochet fue refinándose pasando de confeccionar piezas más sencillas a auténticas obras de arte que semejaban los encajes más elegantes y que les permitían elaborar desde mangas, cuellos o chales hasta blusas o vestidos completos.

En las familias irlandesas no sólo ganchillaba la madre y las demás mujeres de la casa sino también otros miembros de la familia, entre ellos los más pequeños, ya que era un modo de aportar ingresos a la unidad familiar tan necesitada de obtenerlos.

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En la exigente sociedad victoriana, el Irish Crochet Lace se consideraba un buen trabajo de costura pero cuya calidad no se podía comparar con otros encajes más selectos. Su popularidad era grande entre las clases trabajadoras y rurales, porque permitía adornar bonetes, sombreros y otras prendas haciéndolas más vistosas con materiales más baratos que los de los encajes tradicionales y que podían ser hechos por ellas mismas. Por este motivo las damas de clase alta lo consideraban el hermano pobre del encaje, y no propio de una mujer elegante y con clase.

Pero esta percepción cambió el día que la Reina Victoria decidió prender una pieza de ganchillo irlandés como adorno de uno de sus sombreros. A partir de ese momento esta técnica se popularizó hasta límites insospechados y no había mujer de la alta sociedad que no luciera una de estas piezas como vestuario u ornamento, ni casa donde las mujeres no aprendiesen a confeccionarlo, independientemente de la clase social a la que pertenecieran.

No olvidemos el inmenso cariño que los ingleses sentían por la familia real y la reina en especial, cuya ropa, costumbres y comportamientos eran imitados por todas las clases sociales.

Irish crochet

Este crochet se realizaba con tres hilos de diferente grosor: un hilo fino para confeccionar los diseños, uno más grueso y resistente para unir todas las piezas y uno muy fino para rellenar espacios entre las piezas, con dibujo de red u otros diseños. Este último paso se solía hacer sobre papel en un bastidor, ya que era un paso más delicado y requería mucha pericia para dar ese acabado final de encaje.

El encaje irlandés pronto se convirtió en una industria que exportaba piezas de ganchillo no sólo a Irlanda y Reino Unido, sino a otros países de Europa, como la exigente Francia, que pronto lo convirtió en moda, y a Estados Unidos, donde hubo una floreciente industria del sector.

Los patrones y técnicas más laboriosas eran guardados con un halo de secretismo y transmitido sólo a los miembros de la familia e incluían modelos de diferentes tipos de flores, hojas e intrincados y, al mismo tiempo delicados, diseños originales.

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Esta industria, alimentada del trabajo casero de las mujeres y familias irlandesas, comenzó a decrecer con la llegada de la maquinaria industrial textil que, con menos costes y de manera casi automática podía tejer piezas grandes y de diseños más complicados.

Muchas de las preciosas piezas de ganchillo irlandés están expuestas en museos, incluidas las bufandas que fueron entregadas a destacados soldados de las guerras Boer, tejidas por la propia reina, que se refugió en las labores de ganchillo como remedio para superar la muerte de su esposo el Príncipe Alberto.

En la actualidad se siguen publicando libros de patrones y diseños  de encaje irlandés, existiendo, además, infinidad de blogs y talleres donde se recupera esta técnica decimonónica para aplicarla a todo tipo de diseños y complementos.

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La Casa Victoriana desea a todos sus subscriptores y visitantes un Feliz día de San Patricio, y para celebrarlo estrenamos tablero en Pinterest con una colección de las más tiernas y victorianas tradicionales postales de felicitación.

http://es.pinterest.com/casavictoriana/postales-victorianas-del-d%C3%ADa-de-san-patricio-st-pa/

Los libros de Alicia

¡Estrenamos Tablero en Pinterest!

La Casa Victoriana desde su tablero, Alicia en el País de las Maravillas. Alice’s Adventures in Wonderland, te invita a compartir una completísima colección de portadas de libros de Alicia en el País de las Maravillas de distintas ediciones y en diferentes idiomas, diseñadas por los mejores ilustradores.

Así que preparad una taza de té, un pedazo de pastel de no-cumpleaños y disfrutad de un encantador paseo por Wonderland.

http://es.pinterest.com/casavictoriana/alicia-en-el-pa%C3%ADs-de-las-maravillas-alices-adventu/

Lorhrop Publishing Co.

8 de Marzo de 1908

Hoy, 8 de marzo se conmemora el Día de la mujer trabajadora, una fecha para recordar el trabajo que las mujeres realizamos día a día en los diferentes escenarios de nuestras vidas.

La idea de celebración de este día surgió en el siglo XIX como denuncia a las pésimas condiciones de trabajo que sufrían las mujeres trabajadoras y como acto de reivindicación del derecho al voto, al trabajo y a la no discriminación laboral.

El día y la fecha fueron elegidos como recordatorio del 8 de marzo de 1908. En esta fecha 146 trabajadoras de la ciudad de Nueva York, pertenecientes a la fábrica textil Cotton, murieron calcinadas a causa de las bombas incediarias que les arrojaron para tratar de desalojarlas de la fábrica, en la que se habían encerrado para protestar por sus bajos salarios y sus precarias condiciones de trabajo.

En La Casa Victoriana hemos celebrado este día con artículos sobre el origen de la fecha y con una entrada, que ha sido una de las más populares de la página web, dedicada a las institutrices victorianas.

https://lacasavictoriana.com/…/8-de-marzo-dia-de-la-mujer-t…/
https://lacasavictoriana.com/…/the-governess-la-institutriz…/

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Regalos victorianos para San Valentín

En el siglo XIX, acertar con el regalo correcto en el día de los enamorados por excelencia, San Valentín, no era sólo cuestión de buena voluntad sino que podía considerarse un auténtico arte, ya que una simple flor o un delicado perfume iban cargados de un significado más profundo que el acto de ofrecer un simple presente a la persona amada.

Con el afán de ayudar a aquellos enamorados y enamoradas indecisos el Hill’s Manual of Social and Business Forms,  el The Ladies’ Home Journal o el Everyday Etiquette daban precisas instrucciones de comportamiento para salir airoso de cualquier situación, por complicada que fuera.

Los regalos de una amada a su enamorado debían ser reflejo de las virtudes de esa dama y de su naturaleza dulce y refinada, por lo que eran preferibles aquellos obsequios con un valor más sentimental que monetario. Un cuadro, un dibujo, un poema o un bordado hechos por ella misma serían los regalos más adecuados.

Charles Amable Lenoir

Según estos manuales de las buenas costumbres, un caballero no debería regalar a su amada regalos caros y ostentosos, si todavía no están casados, excepto el anillo de compromiso que no debe ser entregado como regalo de San Valentín, sino en una fiesta de pedida de mano. Un regalo que transmita cariño y respeto sería más valorado.

Si el amado opta por regalar una joya, puede elegir entre un sencillo anillo, pendientes o un broche, ninguno de ellos demasiado llamativo y  que puedan ser lucidos por su amada en el día a día como muestra de amor correspondido.

Un libro entraba dentro de la lista de regalos perfectos, aunque había que tener cuidado con la temática elegida; un libro de poesía era una elección perfecta para la fecha, al igual que una novela de temática romántica. Otros tipo de libros, como novelas de Dickens, no eran tan adecuados, aunque todo dependía de los gustos de la dama.

Cuadros, pinturas, dibujos y litografías, cuidadosamente enmarcados en marcos de plata o en originales – y más cursis- marcos con forma de corazón, eran un regalo habitual entre las parejas de enamorados. Álbumes para guardar fotografías y decorarlos con la técnica del scrapbooking eran uno de los agasajos mejor recibidos.

In Love - Marcus Stone

Un perfume, aún siendo un regalo más personal, era una elección correcta. Las fragancias debían ser delicadas, siendo el agua de rosas la más elegante, aunque cualquier agua de colonia sería un buen regalo. Las mezclas con almizcle o el pachulí tenían que evitarse ya que no eran considerados convenientes para una mujer refinada y su olor se consideraba exagerado e incluso desagradable.

Según The Ladies’ Home Journal unas bonitas cajas, pequeños baúles o costureros para guardar encajes, lazos, organdíes o tules le encantarían a las damas, así como cajas para guantes y bolsitas de tul con lazos para guardar los pañuelos bordados.

Si el enamorado optaba por obsequiar a su amada con una caja de bombones u otros dulces, estos deberían ir siempre en una lujosa caja o cesta adornada con lazos recogidos con grandes lazadas, cintas de vivos colores y las flores adecuadas. Ningún adorno, por exagerado que pudiera parecernos, sobraba en estas exquisitas cestas de dulces.

Jules James Rougeron

Los bombones iban siempre acompañados de una bella tarjeta en la que el amado declaraba su amor con una cita o un poema. La más utilizada era la socorrida «Sweets for my sweet», aunque también eran comunes «A wilderness of sweets» o «Love has found the way».

En esta lista de posibles regalos no podían faltar las flores recogidas en preciosos ramos y bouquets de rosas rojas y rosas (símbolo del amor), rosas blancas (transmitiendo un amor puro y espiritual), lilas (cuyo signficado está relacionado con la ilusión de sentirse enamorado), lirios del valle (como símbolo de un corazón henchido de felicidad) o nomeolvides (el amor verdadero declarado a través de las flores).

Y, por supuesto, siempre todos y cada uno de los presentes debía ir acompañado de una de las hermosas postales decoradas con todo tipo de adornos y románticas ilustraciones en las que aparezcan todos y cada uno de los símbolos con los que los victorianos asociaban el amor: bellas damas, ángeles, flores, pájaros de intensos colores, dulces niños y niñas, gatitos…

Desde La Casa Victoriana os deseamos un Feliz San Valentín a todos nuestros visitantes.

Y no olvides visitarnos en las redes sociales.

Rosas - Emilie Vernon

 

 

 

 

 

 

Fiestas de disfraces: las farsas victorianas

Preparing for the Fancy-Dress Ball - Finishing Touches Lucien Davis

Los victorianos no celebraban las fiestas de carnaval tal y como nosotros las conocemos, pero pocas cosas le gustaban más que participar en una fancy dress party y ponerse un fancy dress lo más exótico y recargado posible.

Los fancy dresses no eran disfraces propiamente dichos sino trajes cuidadosamente elaborados con los que se representaba a personajes reales o ficticios, y que iban evolucionando según las modas literarias o culturales del momento.

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Este tipo de trajes se usaban en las fancy dress parties, fiestas que se organizaban habitualmente en casas particulares y en las que los anfitriones elegantemente disfrazados recibían a sus invitados y los agasajaban con magníficos tentempiés y, muy a menudo, con música.

En otras ocasiones, se celebraban en salones habilitados para grandes bailes (ballrooms) y contaban con la presencia de la más rancia aristocracia victoriana, incluidos los miembros de la familia real, que dejaban a un lado la etiqueta para divertirse transformándose en el personaje que representaban, a menudo protegidos con máscaras o antifaces.

En muchas de estas fiestas participaban no sólo los adultos sino también los más pequeños de la casa, que correteaban entre los invitados engalanados con sus fancy dresses.

Ni las familias más serias, ni las damas más discretas, ni los hombres con los más altos cargos de responsabilidad de la sociedad victoriana podían resistirse a una divertida fancy dress party.

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Una de las características de este tipo de fiestas era la celebración de charadas o farsas, pequeñas obras de teatro satíricas, con guiones literarios o inventados donde los protagonistas eran los anfitriones, los invitados a la fiesta o un grupo de actores contratados para este fin.

Para asistir a estas parties, los invitados ponían un cuidado especial en su vestuario, comprando los fancy dresses en tiendas especializadas en diseñar y confeccionar ropa para obras de teatro, o bien encargándoselas a sus modistas y sastres particulares, sin escatimar en la calidad del tejido, siendo las sedas de vivos colores, el terciopelo y recargados brocados las telas preferidas.

Era fundamental que no faltara detalle alguno, completando cada traje con los más exquisitos y osados complementos, desde pelucas confeccionadas con pelo natural, plumas exóticas y máscaras de estilo veneciano, a complementos más cómicos, como sencillos antifaces, grandes gafas, mostachos o finos bigotillos de estilo oriental.

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Los diseños iban en función de la moda del momento: el estilo oriental tanto para mujeres como para hombres estuvo de moda durante varios años, al igual que la moda francesa del reinado de Luis XVI y María Antonieta y los trajes isabelinos, sin olvidar a los socorridos Pierrot, Arlequín y Colombina que siempre eran garantía de éxito.

El vestuario relacionado con la astrología, la mitología y las ciencias ocultas eran de los más demandados: ninguna mujer se resistía a los ajustados vestios carmesí de diablesa, adornados con negras alas de murciélago, y no era extraño ver a los hombres con coloridad mallas y elaborados tocados para dar vida a Mephistofeles, el diablo literario diablo de Goethe.

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Un personaje de asistencia casi obligada a cualquier fiesta era la recreación, con diferentes interpretaciones, del personaje dickensiano de Dolly Warden, una excéntrica, descarada y presumida mujer que aparecía en la novela Barnaby Rudge, escrita por Charles Dickens en 1841.

Dolly solía vestir en el siglo XIX con ropa propia del siglo XVIII: polainas, sombreros de paja de estilo bonnet y apariencia de ingenua pastorcilla. Su vestuario en contraste con su carácter y el ambiente en el que se desarrola la novela hacen de ella uno de los personajes más estrafalarios y recordados de Dickens.

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La Casa Victoriana. Cuaderno de Viaje.

La Casa Victoriana. Cuaderno de Viaje. nace como un blog hermano de La Casa Victoriana, ya que su espíritu está presente en la esencia de cada una de sus entradas, como un pequeño cuarto lleno de libros, cuadernos de apuntes, útiles de dibujo y escritura y una rudimentaria cámara dentro de esa casa que ha ido creciendo poco a poco hasta llegar casi al millón de visitas.

El Cuaderno de Viaje no es un blog de fotografía sino un espacio para dar cabida a imágenes que la cámara no es capaz de captar, que se dibujan con la mente, que provocan sentimientos, que traen recuerdos, que evocan poesía, que despiertan ecos de historias casi olvidadas…

Es un espacio tan personal como La Casa Victoriana pero, al igual que esta, un espacio para compartir un viaje a una sociedad decimonónica cuyos vestigios siguen vivos en el siglo XXI, despertando tanta curiosidad como fascinación.

Además, para celebrar la aparición de este nuevo espacio, abrimos el blog a las redes sociales con presencia en Facebook e Instagram.

Bienvenidos a La Casa Victoriana. Bienvenidos a su Cuaderno de Viaje.

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Feliz y Victoriana Navidad

La navidad en familia

Como otras tantas tradiciones navideñas, el concepto de Navidad en familia fue creado por los victorianos, teniendo como modelo al Príncipe Alberto y a la Reina Victoria, cuyo amor por la familia, la vida hogareña y las fiestas navideñas constituían un modelo a seguir por la sociedad victoriana.

El entusiasmo que la familia real creaba entre todas las clases sociales sin excepción, fue aprovechado como un medio de elevar la moral de una sociedad con grandes brechas económicas creadas por la revolución industrial. Por ello los periódicos y publicaciones de todo tipo no economizaban en la publicación de imágenes de la pareja real rodeada de sus nueve hijos, creando estampas familiares tan entrañables como envidiables.

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Desde los hogares más humildes, pasando por la emergente clase media y burguesa, hasta las más rancias familias aristocráticas el modelo a seguir era la familia real.

Pero no sólo como ejemplo de familia perfecta, sino que todo lo que hacían era imitado, según las posibilidades de cada familia.

Una de esas tradiciones consistía en la decoración de la mesa navideña: a la reina le encantaban los árboles navideños profusamente decorados – tradición que su amado esposo Alberto había “importado” de su Alemania natal – por lo que comenzó a decorar la mesa navideña con árboles iluminados con velas, de los que colgaban trozos de pan de jengibre para acompañar a los suculentos trozos de carne que se apilaban en las bandejas de alrededor.

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Los regalos navideños

¿Sabíais que la costumbre de dar regalos en Navidad era desconocida en Inglaterra antes de la llegada del Príncipe Alberto?

Las primeras Navidades de casada de la Reina Victoria fueron celebradas en el castillo de Windsor, adornado por la pareja con una profusa decoración navideña, donde no faltaron los árboles de Navidad con velas, lazos, pequeños paquetes envueltos en llamativos papeles de colores rellenos de frutos secos y galletas y panes de jengibre, tarjetas navideñas, pequeños juguetes y otros adornos.
Además, colgados en el árbol y situados a sus pies, cajas de todos los tamaños contenían presentes para todos los miembros de la familia como muestra de afecto y para mantener la ilusión de una sorpresa en las fechas navideñas.

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Cuando se entregaban todos los presentes, las luces navideñas de las velas que iluminaban el árbol se apagaban.
Esta tradición que el príncipe trajo de Alemania fue rápidamente imitada por todas las clases sociales y llegó a América donde se extendió con celeridad.

El calcetín de Navidad

Cuenta la legenda que San Nicolás pasaba por delante de la casa de un hombre muy pobre. Conmovido por la pobreza del hombre, le arrojó desde la ventana un puñado de monedas, que casualmente cayeron dentro de los calcetines que el hombre tenía colgados en la chimenea para que se secaran.
Desde ese momento, la tradición de colgar calcetines en la chimenea para que Santa Claus- versión americana de San Nicolás, los llenara de regalos- se extendió por todas las islas y Estados Unidos.
Dentro del calcetín se dejaba una manzana y una naranja, como símbolo de la salud y un penique, nuevo y brillante como símbolo de la prosperidad. Además se añadía un trozo de carbón que simbolizaba la calidez y unas pizcas de sal como presagio de la buena fortuna.

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En las familias más humildes, este solía ser todo el contenido que los niños recibían, aunque habitualmente los padres se esforzaban por añadir a los calcetines juguetes de madera, cartón u hojalata hechos por ellos mismos, o muñecas de trapo y lana confeccionadas por las madres.
En las familias más adineradas los niños recibían juguetes, generalmente importados de Alemania, país de jugueteros por excelencia, ya que consideraban los más bellos y de mejor calidad.

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La Casa Victoriana desea que estas navidades en vuestros calcetines, aparezcan los mejores regalos, pero sobre todo los más humildes: una pizca de sal, una moneda brillante, unas piezas de frutas y un trozo de carbón, y sobre todo mucho afecto e ilusión.
¡Feliz Navidad!

Happy «Catloween»: Los gatos victorianos de Whittier y Wain

“Rabbits are the easiest to photograph in costume, but incapable of taking many ‘human’ parts. Puppies are tractable when rightly understood, but the kitten is the most versatile animal actor, and possesses the greatest variety of appeal,”

Harry Whittier Frees (1879–1953

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No hay Halloween sin brujas y no hay brujas sin sus gatos. El gato estuvo y estará unido a la tradición del misterio y la superstición, aunque durante la época victoriana algo cambió y lo convirtió en protagonista indiscutible de la casa, la decoración y hasta la fotografía.

Antes de esta época, el gato no era un animal doméstico, tal y como entendemos en nuestros tiempos esa expresión, sino simplemente un animal «útil» al que tener en casa, ya que su presencia garantizaba que los ratones se mantendrían lejos de la casa.

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No fue hasta la llegada de la Reina Victoria, una niña solitaria con la única compañía de sus muñecas y sus mascotas, que la percepción de los gatos y de los animales en general cambió para la sociedad.

Fue Victoria, gran amante de los animales, quien patrocinó la primera sociedad en contra del maltrato animal del Reino Unido – de hecho ella tenía varios perros y dos gatos persas a los que adoraba, y que aparecen en varias fotografías de la época.

Aunque, como todos los victorianos tenía sus contradicciones: patrocinar la asociación no era incompatible con practicar los numerosos deportes de caza que tanta tradición tenían entre la realeza británica.

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Así los gatos pasaron a convertirse en el animal de moda victoriano y a aparecer en multitud de elementos decorativos, pinturas, dibujos y hasta fotografías, protagonizando no sólo las ilustraciones  de Halloween sino apareciendo en las ilustraciones de  libros infantiles y otras postales y fotografías victorianas.

¿Creíais que las fotografías de gatitos adorables son fruto de la era internet?

De ningún modo, a finales del siglo XIX, Harry Whittier Frees , fotógrafo estadounidense comenzó a retratar a gatos en poses y actitudes humanas, consiguiendo fotografías que nada tienen que envidiarle a las imágenes virales que invaden las redes sociales en la actualidad, convirtiéndose en el pionero del fenómeno LOLcat.

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Todos sus gatitos aparecen vestidos como personas y representando escenas cotidianas de la vida victoriana, ya que como afirma en su libro Animal Land on the Air, el gato es el actor con más talento de entre todos los animales, y aunque no fácil trabajar con él, es el animal que más versatilidad ofrece a un fotógrafo para poner en práctica su arte.

Muchas de las imágenes aparecen acompañadas de una frase humorística que tiene que ver con la escena.

Pero Whittier Frees no fue el único artista que creo un universo de gatos. Louis Wain, también brilló en el suyo aunque dentro del campo de la ilustración y el dibujo.

El mismísio H.G.Wells dijo de él:

«He has made the cat his own. He invented a cat style, a cat society, a whole cat world. English cats that do not look and live like Louis Wain cats are ashamed of themselves.»

Su mundo icónico y costumbrista de gatos antropomórficos se ganó el favor del público victoriano que lo encumbró como uno de los ilustradores más célebres de la época, publicando sus dibujos en varias revistas con gran éxito.

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En sus ilustraciones los gatos que siempre aparecían caminando sobre dos patas y, a menudo, vistiendo atuendos humanos, representaban una escena que encubre, bajo la ilustración humorística,  una visión crítica de la sociedad victoriana, que habitualmente remarca con una frase o diálogo irónico de los gatos protagonistas.

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A veces, sus dibujos y su mundo gatuno es tan surrealista que muchos autores coinciden en afirmar que el ilustrador sufría trastornos esquizoides que asomaban a través de sus caricaturas.

Las ilustraciones de Wain, donde muestra su particular visión del mundo a través de los gatos, están enormemente cotizadas en la actualidad.

Feliz Halloween a todos los los seguidores y seguidoras de La Casa Victoriana.

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Harriet de Elizabeth Jenkins

harriet stauton 1Única fotografía que existe de Elizabeth Stauton, tomada con motivo de su compromiso en 1876

«Y su madre lo tomó por una fantasía, fruto de las atenciones de un hombre sin mala voluntad, fuera quien fuese. Se sintió agradecida de que hubiera sido amable con la pobre Hatty y le hubiera permitido disfrutar como las demás mujeres, y pensó que, quizás, no se había dado cuenta de que no debía tratarla con tanta amabilidad, pues Harriet se haría más ilusiones de las debidas y tardaría algún tiempo en olvidarlo»

Harriet, Elizabeth Jerkins

Hoy abrimos una nueva habitación de La Casa Victoriana que intentaremos llenar de libros y de historias relacionadas con hechos y personajes que huella en cualquiera de los ámbitos de la época.

Para estrenar esta nueva sección os propongo la lectura de Harriet, escrita en 1934 por la escritora británica Elizabeth Jenkins.  Y, a pesar, del fragmento que he escogido para comenzar esta entrada, no esperéis una obra romántica ni de elegante seducción en Harriet, sino una historia en el que el amor  inocente de la protagonista dará paso progresivamente al horror y al abandono de una mujer completamente desvalida.

En la obra, la escritora reconstruye una crónica negra que estremeció a la sociedad victoriana de 1877, el conocido como «Misterio de Penge«. Este caso llenó paginas de periódicos, removió los cimientos de los colegios médicos y puso en el ojo del huracán a la judicatura – a raíz de este caso se aceleró la creación del Tribunal de Apelación en Gran Bretaña- pero sobre todo movilizó y horrorizó a la sociedad por la crueldad y falta de remordimientos y escrúpulos de los protagonistas de la historia.

Para reconstruir la historia Elizabeth Jenkins contó con material de una fiabilidad fuera de toda duda: su hermano David le prestó un ejemplar de The Trial de los Stautons, volumen incluido en la colección Notable British Trials Series, que se encontraba en la biblioteca del bufete donde trabajaba.

En mi opinión, la maestría de Jenkins, sin embargo, no proviene de la certeza datos sino del increíble estudio psicológico que hace de los personajes, especialmente de los hermanos Stauton y de las hermanas Rhodes- Oman y Hoppner en la novela, ya que la escritora sustituye los nombres reales por ficticios.

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No voy a desvelar más sobre el  caso Penge para no descubrir la trama de la novela y os recomiendo no leer más sobre él hasta haber leído el libro, que, por cierto, ganó el prestigioso galardón Femina Vie Heureuse.

En España ha sido publicado por Alba Editorial dentro de esa estupenda colección que es rara avis. Esta es la reseña de la contraportada del libro (si no conoceis nada sobre el caso quizás sería más conveniente no leer la reseña porque puede ser un spoiler de la historia):

Esta novela, escrita en 1934 y un éxito de ventas en su día, reconstruye el llamado «misterio de Penge», que estremeció a la sociedad victoriana de 1877. Harriet es una mujer de treinta y dos años, elegante y adinerada, ya en posesión de su propia herencia; pero es también lo que «los vecinos del pueblo» de donde procede su madre llaman «tontita».

Esta alma cándida y simple conoce un día, mientras pasa una temporada en casa de unos parientes pobres, a Lewis Oman, empleado en una casa de subastas, el cual no tarda en pedir su mano. «Las mujeres me encuentran atractivo», le dice a la madre de Harriet, que solo ve en él a un vulgar cazafortunas y que trata por todos los medios de impedir la boda. Sin embargo, ésta se celebra… y Harriet, a merced de su marido y de la familia de éste, entra en una pesadilla que nadie habría sido capaz de imaginar.

Lo inimaginable es, ciertamente, el tema de Harriet, una novela que empieza como Washington Square y termina como Luz de gas. Elizabeth Jenkins compone una brillante historia de seducción y engaño que progresa como una novela de horror, con un suspense casi irrespirable.

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