8 de Marzo de 1908

Hoy, 8 de marzo se conmemora el Día de la mujer trabajadora, una fecha para recordar el trabajo que las mujeres realizamos día a día en los diferentes escenarios de nuestras vidas.

La idea de celebración de este día surgió en el siglo XIX como denuncia a las pésimas condiciones de trabajo que sufrían las mujeres trabajadoras y como acto de reivindicación del derecho al voto, al trabajo y a la no discriminación laboral.

El día y la fecha fueron elegidos como recordatorio del 8 de marzo de 1908. En esta fecha 146 trabajadoras de la ciudad de Nueva York, pertenecientes a la fábrica textil Cotton, murieron calcinadas a causa de las bombas incediarias que les arrojaron para tratar de desalojarlas de la fábrica, en la que se habían encerrado para protestar por sus bajos salarios y sus precarias condiciones de trabajo.

En La Casa Victoriana hemos celebrado este día con artículos sobre el origen de la fecha y con una entrada, que ha sido una de las más populares de la página web, dedicada a las institutrices victorianas.

https://lacasavictoriana.com/…/8-de-marzo-dia-de-la-mujer-t…/
https://lacasavictoriana.com/…/the-governess-la-institutriz…/

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Regalos victorianos para San Valentín

En el siglo XIX, acertar con el regalo correcto en el día de los enamorados por excelencia, San Valentín, no era sólo cuestión de buena voluntad sino que podía considerarse un auténtico arte, ya que una simple flor o un delicado perfume iban cargados de un significado más profundo que el acto de ofrecer un simple presente a la persona amada.

Con el afán de ayudar a aquellos enamorados y enamoradas indecisos el Hill’s Manual of Social and Business Forms,  el The Ladies’ Home Journal o el Everyday Etiquette daban precisas instrucciones de comportamiento para salir airoso de cualquier situación, por complicada que fuera.

Los regalos de una amada a su enamorado debían ser reflejo de las virtudes de esa dama y de su naturaleza dulce y refinada, por lo que eran preferibles aquellos obsequios con un valor más sentimental que monetario. Un cuadro, un dibujo, un poema o un bordado hechos por ella misma serían los regalos más adecuados.

Charles Amable Lenoir

Según estos manuales de las buenas costumbres, un caballero no debería regalar a su amada regalos caros y ostentosos, si todavía no están casados, excepto el anillo de compromiso que no debe ser entregado como regalo de San Valentín, sino en una fiesta de pedida de mano. Un regalo que transmita cariño y respeto sería más valorado.

Si el amado opta por regalar una joya, puede elegir entre un sencillo anillo, pendientes o un broche, ninguno de ellos demasiado llamativo y  que puedan ser lucidos por su amada en el día a día como muestra de amor correspondido.

Un libro entraba dentro de la lista de regalos perfectos, aunque había que tener cuidado con la temática elegida; un libro de poesía era una elección perfecta para la fecha, al igual que una novela de temática romántica. Otros tipo de libros, como novelas de Dickens, no eran tan adecuados, aunque todo dependía de los gustos de la dama.

Cuadros, pinturas, dibujos y litografías, cuidadosamente enmarcados en marcos de plata o en originales – y más cursis- marcos con forma de corazón, eran un regalo habitual entre las parejas de enamorados. Álbumes para guardar fotografías y decorarlos con la técnica del scrapbooking eran uno de los agasajos mejor recibidos.

In Love - Marcus Stone

Un perfume, aún siendo un regalo más personal, era una elección correcta. Las fragancias debían ser delicadas, siendo el agua de rosas la más elegante, aunque cualquier agua de colonia sería un buen regalo. Las mezclas con almizcle o el pachulí tenían que evitarse ya que no eran considerados convenientes para una mujer refinada y su olor se consideraba exagerado e incluso desagradable.

Según The Ladies’ Home Journal unas bonitas cajas, pequeños baúles o costureros para guardar encajes, lazos, organdíes o tules le encantarían a las damas, así como cajas para guantes y bolsitas de tul con lazos para guardar los pañuelos bordados.

Si el enamorado optaba por obsequiar a su amada con una caja de bombones u otros dulces, estos deberían ir siempre en una lujosa caja o cesta adornada con lazos recogidos con grandes lazadas, cintas de vivos colores y las flores adecuadas. Ningún adorno, por exagerado que pudiera parecernos, sobraba en estas exquisitas cestas de dulces.

Jules James Rougeron

Los bombones iban siempre acompañados de una bella tarjeta en la que el amado declaraba su amor con una cita o un poema. La más utilizada era la socorrida «Sweets for my sweet», aunque también eran comunes «A wilderness of sweets» o «Love has found the way».

En esta lista de posibles regalos no podían faltar las flores recogidas en preciosos ramos y bouquets de rosas rojas y rosas (símbolo del amor), rosas blancas (transmitiendo un amor puro y espiritual), lilas (cuyo signficado está relacionado con la ilusión de sentirse enamorado), lirios del valle (como símbolo de un corazón henchido de felicidad) o nomeolvides (el amor verdadero declarado a través de las flores).

Y, por supuesto, siempre todos y cada uno de los presentes debía ir acompañado de una de las hermosas postales decoradas con todo tipo de adornos y románticas ilustraciones en las que aparezcan todos y cada uno de los símbolos con los que los victorianos asociaban el amor: bellas damas, ángeles, flores, pájaros de intensos colores, dulces niños y niñas, gatitos…

Desde La Casa Victoriana os deseamos un Feliz San Valentín a todos nuestros visitantes.

Y no olvides visitarnos en las redes sociales.

Rosas - Emilie Vernon

 

 

 

 

 

 

Fiestas de disfraces: las farsas victorianas

Preparing for the Fancy-Dress Ball - Finishing Touches Lucien Davis

Los victorianos no celebraban las fiestas de carnaval tal y como nosotros las conocemos, pero pocas cosas le gustaban más que participar en una fancy dress party y ponerse un fancy dress lo más exótico y recargado posible.

Los fancy dresses no eran disfraces propiamente dichos sino trajes cuidadosamente elaborados con los que se representaba a personajes reales o ficticios, y que iban evolucionando según las modas literarias o culturales del momento.

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Este tipo de trajes se usaban en las fancy dress parties, fiestas que se organizaban habitualmente en casas particulares y en las que los anfitriones elegantemente disfrazados recibían a sus invitados y los agasajaban con magníficos tentempiés y, muy a menudo, con música.

En otras ocasiones, se celebraban en salones habilitados para grandes bailes (ballrooms) y contaban con la presencia de la más rancia aristocracia victoriana, incluidos los miembros de la familia real, que dejaban a un lado la etiqueta para divertirse transformándose en el personaje que representaban, a menudo protegidos con máscaras o antifaces.

En muchas de estas fiestas participaban no sólo los adultos sino también los más pequeños de la casa, que correteaban entre los invitados engalanados con sus fancy dresses.

Ni las familias más serias, ni las damas más discretas, ni los hombres con los más altos cargos de responsabilidad de la sociedad victoriana podían resistirse a una divertida fancy dress party.

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Una de las características de este tipo de fiestas era la celebración de charadas o farsas, pequeñas obras de teatro satíricas, con guiones literarios o inventados donde los protagonistas eran los anfitriones, los invitados a la fiesta o un grupo de actores contratados para este fin.

Para asistir a estas parties, los invitados ponían un cuidado especial en su vestuario, comprando los fancy dresses en tiendas especializadas en diseñar y confeccionar ropa para obras de teatro, o bien encargándoselas a sus modistas y sastres particulares, sin escatimar en la calidad del tejido, siendo las sedas de vivos colores, el terciopelo y recargados brocados las telas preferidas.

Era fundamental que no faltara detalle alguno, completando cada traje con los más exquisitos y osados complementos, desde pelucas confeccionadas con pelo natural, plumas exóticas y máscaras de estilo veneciano, a complementos más cómicos, como sencillos antifaces, grandes gafas, mostachos o finos bigotillos de estilo oriental.

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Los diseños iban en función de la moda del momento: el estilo oriental tanto para mujeres como para hombres estuvo de moda durante varios años, al igual que la moda francesa del reinado de Luis XVI y María Antonieta y los trajes isabelinos, sin olvidar a los socorridos Pierrot, Arlequín y Colombina que siempre eran garantía de éxito.

El vestuario relacionado con la astrología, la mitología y las ciencias ocultas eran de los más demandados: ninguna mujer se resistía a los ajustados vestios carmesí de diablesa, adornados con negras alas de murciélago, y no era extraño ver a los hombres con coloridad mallas y elaborados tocados para dar vida a Mephistofeles, el diablo literario diablo de Goethe.

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Un personaje de asistencia casi obligada a cualquier fiesta era la recreación, con diferentes interpretaciones, del personaje dickensiano de Dolly Warden, una excéntrica, descarada y presumida mujer que aparecía en la novela Barnaby Rudge, escrita por Charles Dickens en 1841.

Dolly solía vestir en el siglo XIX con ropa propia del siglo XVIII: polainas, sombreros de paja de estilo bonnet y apariencia de ingenua pastorcilla. Su vestuario en contraste con su carácter y el ambiente en el que se desarrola la novela hacen de ella uno de los personajes más estrafalarios y recordados de Dickens.

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La Casa Victoriana. Cuaderno de Viaje.

La Casa Victoriana. Cuaderno de Viaje. nace como un blog hermano de La Casa Victoriana, ya que su espíritu está presente en la esencia de cada una de sus entradas, como un pequeño cuarto lleno de libros, cuadernos de apuntes, útiles de dibujo y escritura y una rudimentaria cámara dentro de esa casa que ha ido creciendo poco a poco hasta llegar casi al millón de visitas.

El Cuaderno de Viaje no es un blog de fotografía sino un espacio para dar cabida a imágenes que la cámara no es capaz de captar, que se dibujan con la mente, que provocan sentimientos, que traen recuerdos, que evocan poesía, que despiertan ecos de historias casi olvidadas…

Es un espacio tan personal como La Casa Victoriana pero, al igual que esta, un espacio para compartir un viaje a una sociedad decimonónica cuyos vestigios siguen vivos en el siglo XXI, despertando tanta curiosidad como fascinación.

Además, para celebrar la aparición de este nuevo espacio, abrimos el blog a las redes sociales con presencia en Facebook e Instagram.

Bienvenidos a La Casa Victoriana. Bienvenidos a su Cuaderno de Viaje.

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Feliz y Victoriana Navidad

La navidad en familia

Como otras tantas tradiciones navideñas, el concepto de Navidad en familia fue creado por los victorianos, teniendo como modelo al Príncipe Alberto y a la Reina Victoria, cuyo amor por la familia, la vida hogareña y las fiestas navideñas constituían un modelo a seguir por la sociedad victoriana.

El entusiasmo que la familia real creaba entre todas las clases sociales sin excepción, fue aprovechado como un medio de elevar la moral de una sociedad con grandes brechas económicas creadas por la revolución industrial. Por ello los periódicos y publicaciones de todo tipo no economizaban en la publicación de imágenes de la pareja real rodeada de sus nueve hijos, creando estampas familiares tan entrañables como envidiables.

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Desde los hogares más humildes, pasando por la emergente clase media y burguesa, hasta las más rancias familias aristocráticas el modelo a seguir era la familia real.

Pero no sólo como ejemplo de familia perfecta, sino que todo lo que hacían era imitado, según las posibilidades de cada familia.

Una de esas tradiciones consistía en la decoración de la mesa navideña: a la reina le encantaban los árboles navideños profusamente decorados – tradición que su amado esposo Alberto había “importado” de su Alemania natal – por lo que comenzó a decorar la mesa navideña con árboles iluminados con velas, de los que colgaban trozos de pan de jengibre para acompañar a los suculentos trozos de carne que se apilaban en las bandejas de alrededor.

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Los regalos navideños

¿Sabíais que la costumbre de dar regalos en Navidad era desconocida en Inglaterra antes de la llegada del Príncipe Alberto?

Las primeras Navidades de casada de la Reina Victoria fueron celebradas en el castillo de Windsor, adornado por la pareja con una profusa decoración navideña, donde no faltaron los árboles de Navidad con velas, lazos, pequeños paquetes envueltos en llamativos papeles de colores rellenos de frutos secos y galletas y panes de jengibre, tarjetas navideñas, pequeños juguetes y otros adornos.
Además, colgados en el árbol y situados a sus pies, cajas de todos los tamaños contenían presentes para todos los miembros de la familia como muestra de afecto y para mantener la ilusión de una sorpresa en las fechas navideñas.

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Cuando se entregaban todos los presentes, las luces navideñas de las velas que iluminaban el árbol se apagaban.
Esta tradición que el príncipe trajo de Alemania fue rápidamente imitada por todas las clases sociales y llegó a América donde se extendió con celeridad.

El calcetín de Navidad

Cuenta la legenda que San Nicolás pasaba por delante de la casa de un hombre muy pobre. Conmovido por la pobreza del hombre, le arrojó desde la ventana un puñado de monedas, que casualmente cayeron dentro de los calcetines que el hombre tenía colgados en la chimenea para que se secaran.
Desde ese momento, la tradición de colgar calcetines en la chimenea para que Santa Claus- versión americana de San Nicolás, los llenara de regalos- se extendió por todas las islas y Estados Unidos.
Dentro del calcetín se dejaba una manzana y una naranja, como símbolo de la salud y un penique, nuevo y brillante como símbolo de la prosperidad. Además se añadía un trozo de carbón que simbolizaba la calidez y unas pizcas de sal como presagio de la buena fortuna.

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En las familias más humildes, este solía ser todo el contenido que los niños recibían, aunque habitualmente los padres se esforzaban por añadir a los calcetines juguetes de madera, cartón u hojalata hechos por ellos mismos, o muñecas de trapo y lana confeccionadas por las madres.
En las familias más adineradas los niños recibían juguetes, generalmente importados de Alemania, país de jugueteros por excelencia, ya que consideraban los más bellos y de mejor calidad.

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La Casa Victoriana desea que estas navidades en vuestros calcetines, aparezcan los mejores regalos, pero sobre todo los más humildes: una pizca de sal, una moneda brillante, unas piezas de frutas y un trozo de carbón, y sobre todo mucho afecto e ilusión.
¡Feliz Navidad!

Una tea party victoriana II

“Surely a pretty woman never looks prettier than when making tea.”

Mary Elisabeth Braddon, Lady Audley’s Secret

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La preparación

Como vimos en la entrada anterior, en una tea party todo está preparado hasta el último detalle.

El té se puede preparar en muchos tipos de tetera pero las mejores son de metal, para que retengan el calor durante el máximo de tiempo posible- habitualmente la tetera se colocaba en un soporte bajo el cual se ponía un pequeño hornillo por si era necesario calentar de nuevo el té o preparar más durante la reunión. La tetera debía tener un aspecto impecable: siempre limpia y brillante.

Para preparar el té se ponía en la tetera una cucharada de té y una taza de agua hirviendo por cada una de las invitadas y se dejaba infusionar por un periodo de alrededor de siete minutos.
Era sumamente importante cubrir la tetera para que el vapor no saliese. Para ello se empleaban los tea cozies, o cubreteteras.

En la época victoriana un cosy (o cozy) era una pequeña obra de arte bordada a mano con hilos y cuentas de cristal o de vivos colores, habitualmente representando flores o escenas de la naturaleza. Las telas podían ir desde el lino hasta la seda – aunque en los hogares más humildes se hicieran los cosies calcetados con lana.

Os dejo el enlace a una tienda que vende tea cozies victorianos para que podáis ver en diferentes modelos el maravilloso trabajo de costura, bordado y diseño de estos pequeños complementos de cocina.
http://www.rubylane.com/item/135488-1206tczy4/Superb-Antique-Victorian-Beadwork-Needlepoint-Tea

Sirviendo el té
Será la anfitriona la que personalmente sirva el té, preguntando a sus invitadas cuantas rodajas de limón y cucharadas de azúcar desean. La cortesía obliga a pedir una o dos cucharadas de azúcar solamente, aunque se prefieran más.
Nunca se debe solicitar leche si el té ya tiene limón.

Podía suceder que la anfitriona no tuviera leche para acompañar el té. En ese caso un batido de clara de huevo, mezclado con un poco de mantequilla podría ser un buen sustitutivo.

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Como sujetar la taza
Como no podía ser de otro modo, el modo en el que cada invitada sujetara la taza podía indicar al resto de las asistentes cuál era su educación y su clase social.

El modo correcto de sujetar una taza de té sería deslizando el índice por el asa de la taza hasta la primera falange, llevando el pulgar hasta la parte superior de la taza, mientras se sujeta el fondo con el dedo corazón – ver cuadro.

La taza no se elevará a la altura de la nariz para beber sino que se levantará hacia la boca perpendicularmente y se acercará a los labios de modo delicado.
Mientras se está bebiendo, la mirada de la invitada se dirigirá a su propia taza.
Nunca se beberá ni se probará el té con la cuchara.

Si una invitada estaba situada alejada de la mesa, se retirará el plato de la mesa sujetándolo con la otra mano.
Después de revolver azúcar del té, la cuchara debe colocarse en el plato. Nunca se debe beber con la cuchara dentro de la taza.

Mientras se conversa, las tazas deben quedar sobre la mesa. Si se desea más té, se colocará la cuchara en el platillo, pero si la cantidad es suficiente y no se desea ser servida de nuevo, la cucharilla debe mantenerse dentro de la taza hasta el momento de beber.
Evidentemente se evitará sorber el té o revolver el azúcar de manera ruidosa.

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La duración ideal de una tea party.

Una invitación para tomar el té, si no era un encuentro entre amigas íntimas o familia, era un acto claramente social, por lo que la buena educación dictaba que no durara más de aproximadamente 45 minutos, tiempo suficiente para una breve y agradable conversación.

Como dictaba la cortesía victoriana, las invitadas enviarían una breve nota a la anfitriona a lo largo de la semana siguiente, agradeciéndole la invitación y destacando algún aspecto de la reunión.

George Goodwin Kilburne Afternoon TeaAfternoon Tea – George Goodwin Kilburne

Una tea party victoriana Parte I

«Hay pocos momentos en la vida más agradables que la hora dedicada a la ceremonia conocida como el té de la tarde»

Henry James

La invitación Aunque, los hombres también podían ser invitados, la hora del té era un momento de mujeres. Estos momentos de merienda, aunque con sus protocolos correspondientes, eran relajados y ligeros, muy diferentes a la rígida etiqueta que había que mantener en una cena u otros actos sociales. El protocolo indicaba que la anfitriona enviase una invitación informal a otras damas, que aceptaban de buen grado la propuesta –  rechazarla sería muy desconsiderado por parte de la invitada y era signo de mala educación. Ninguna dama, que se tuviera por ello, rechazaría jamás una invitación para asistir a una reunión de té, a no ser que existiese un motivo lo suficientemente justificado para ello. La etiqueta requería que la invitación fuera enviada en una tarjeta de visita con días de antelación, especificando la hora de la reunión – de 4 a 6 de la tarde – y en la que constara que la invitación era para «drink tea«, ya que la expresión «take tea» era considerada vulgar y propia de personas no refinadas.   tumblr_mpvrxun1kc1r5zf4uo1_1280

El vestuario

El vestuario de la anfitriona variaba dependiendo de su posición social. Los vestidos de seda, lisos y sin estampados eran los más adecuados. Un poco de encaje como adorno no estaba mal visto, igual que algunas joyas discretas.

Las invitadas podían llevar un vestido de cola más o menos larga y con lujosos encajes. Esos vestidos eran conocidos como teagies, por su uso habitual en estas reuniones.

Aunque los guantes eran una parte esencial del atuendo, las reuniones de té era especialmente disfrutadas por las damas, ya que el protocolo no obligaba al uso del corsé, por lo que las mujeres podían no sólo estar mucho más cómodas, sino disfrutar realmente de los pasteles y bizcochos servidos con el té sin sentir la opresión del corsé en su estómago.

mbac3pnvir El servicio

El tea de la tarde era también conocido como low tea si se servía alrededor de las 4 de la tarde. Se servía con acompañamientos ligeros como finas rebanadas de pan, mantequilla y pastel.

Si se servía de las 5 en adelante s denominaba high tea y se acompañaba de comidas más abundantes como carnes, , pan caliente, frutas en conserva, pasteles y otros dulces. El high tea era más popular en el campo que en la ciudad y hacía la función de una merienda-cena informal.

Además de té, no era inusual que se sirviera café. Las bebidas se servían juegos de porcelana, profusamente decorados.

Si la reunión era numerosa, las bebidas y los acompañamientos se preparaban en una mesa grande, al estilo de un buffet, para que las invitadas se sirvieran ellas mismas. El té se tomaba de pie y se formaban pequeños grupos de conversación.

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Si las invitadas eras pocas, este momento se convertía en un rato de conversación ligera y confidencias, donde las damas se sentaban alrededor de una mesa donde se servía el té.

Como curiosidad diremos que no estaba mal visto que cada dama llevara su propia taza de té y sus cucharillas. La vajilla y los cubiertos eran transportados cuidadosamente envueltos en cajas especialmente diseñadas para este menester. 2010_3_9_1_32_52_4246 La mesa En la tea table se colocaban pequeños platos alrededor de los cuales se colocaba un cuchillo, servilleta y un plato con mantequilla. En una mesa auxiliar se servían las tazas de te con sus platillos, el azucarero, el slopbowl (para dejar los posos del té), la leche – o crema- y una tetera de agua caliente, para ir vertiendo sobre el té y que no se enfriara. También había platillos con limones cortados en rodajas muy finas, por si alguna dama prefería el té acompañado de limón. Nunca se cortaría el limón en pedazos, aunque fueran pequeños, ya que ofrecer el limón de este modo se consideraba vulgar.

Robert Payton Reid - A Little Tea and Gossip 1859

Los refrigerios

Uno de los alicientes de las reuniones de té eran los exquisitos acompañamientos ofrecidos por la anfitriona.

Una buena anfitriona destacaba por la calidad de los refrigerios que ofrecía y la clase social y económica de la misma iba en consonancia con la aptitud y destreza culinaria de su cocinera – de todos los miembros del servicio victoriano, la cocinera era la que más libertad tenía; la cocina era su feudo y ni los señores de la casa se atrevían a molestarla demasiado para que no se fuera a otra casa. Una buena cocinera era un pequeño tesoro que había que cuidar.

Además de pan, mantequilla, mermeladas, compotas y conservas, en la mesa no solían faltar bizcochos, sandwiches, fruta fresca, chocolate y consomés. También se ofrecían helados, durante la estación veraniega.

Además, las invitadas podían optar por acompañar estas delicias con ponche o limonada fresca. Muchas veces la anfitriona ofrecía pequeñas bandejas de frutos secos o exquisitos trifles. Curiosamente, y a pesar de poder degustar todas estas delicias, en muchas reuniones, si no había cierta confianza entre las damas – recordemos que una tea party no siempre era una reunión de amigas, sino un evento de carácter social –  se utilizaba el rígido protocolo tomar el té con los guantes puestos. Era tan incómodo comer y servirse con ellos que muchas damas se limitaban a beber sin comer nada en absoluto. Incluso los médicos aconsejaban comer algo durante las reuniones, no sólo para evitar problemas digestivos sino para evitar desvanecimientos durante las mismas.

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Os dejo una deliciosa receta de trifle. He escogido esta no sólo porque, además de las preciosas fotografías, la autora no se limita a dar la receta sino que nos cuenta un poco de la historia de este delicioso postre. Sabores y Momentos . ¡Disfrutadla!   En el próximo post de La Casa Victoriana aparecerá la Parte II.

La etiqueta victoriana en la calle

Las reglas de etiqueta dirigían el estilo de vida de la sociedad victoriana. Por esta razón tenían protocolos para casi todos los ámbitos de la vida; y los paseos por las ciudades y los parques no iban a ser una excepción.

Saber cómo y cuándo poner en práctica estas reglas era fundamental para ser considerada una dama respetable o un caballero cortés y respetuoso.

Para conocerlas vamos a remitirnos a un pequeño libro del que ya hemos hablado en más de una ocasión The Essential Handbook of Victorian Etiquette, que nos mostrará algunas costumbres de la época curiosas y sorprendentes.

Un simple paseo por la ciudad suponía la oportunidad de aplicar todos los protocolos diseñados para la relación social.

Tanto damas como caballeros, cuando caminaban por una acera, debían hacerlo siempre por la parte derecha de la misma. Si la acera era demasiado estrecha o peligrosa los caballeros tenían que estar atentos para que las damas, a las que acompañaban, no sufrieran daño alguno.

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Si el pavimento era inseguro o si estaba anocheciendo, y la visibilidad no era buena, el caballero ofrecería su brazo a la dama para que ésta pudiera sujetarse y caminar con mayor seguridad.

No se consideraba costumbre, ni tan siquiera adecuado, que una mujer caminara del brazo de un hombre, a no ser que la dama fuera lo que los ingleses denominan «of certain age», para denominar a una mujer mayor, o bien la pareja fueran matrimonio.

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Curiosamente, si la situación lo requería, un caballero podía llevar dos damas de su brazo, pero nunca una mujer llevar dos caballeros del suyo. En el primer caso la actitud se consideraba galante, en el segundo la reputación de una mujer quedaba en entredicho.

Si una mujer descendía de un carruaje, un hombre debería ayudarla a descender, sin necesidad de que hubiese una presentación previa. Eso sí, cuando el caballero cumpliese su misión, el protocolo exigía que hiciese un pequeño saludo con su sombrero y siguiese su camino, sin intentar entablar ningún tipo de conversación con la dama, ni importunarla de cualquier otro modo.

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Que un hombre fumara mientras paseaba por la calle en compañía de una dama estaba considerado una falta de educación. Es más, si el caballero caminaba solo y fumara, si se encontraba a una dama dejaría de fumar de inmediato, aún con el permiso de ella.

Un caballero nunca debía saludar desde una ventana a una dama que paseara por la calle, aunque si el que fuera por calle fuera él y quien saludara fuera la dama, el caballero podía saludar discretamente.

De todos modos, el protocolo recomendaba ni saludar ni responder al saludo, fuera cual fuera el caso, debido a las miradas indiscretas y a los rumores y cotilleos que esa acción podía provocar en una sociedad victoriana tan dada a provocar un escándalo por cualquier nimiedad.

Una dama tendría que evitar andar presurosamente por la calle, ya que este modo de caminar le resta gracia a sus movimientos. Muchos menos debería correr, ya que no sólo puede ser peligroso sino que muestra falta de dignidad.

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Cuando cruzaba la calle, la dama debería subir ligeramente la falta con su mano derecha, para no tropezar. Levantar el vestido con ambas manos era considerado vulgar y sólo podía excusarse si tuviera que salvar un desnivel, el pavimento estuviese mojado o si hubiera barro.

Caminar por la calle con un vestido que arrastre por la acera es un síntoma de muy mal gusto por parte de la dama que lo usa. Los vestidos para caminar por la ciudad deben ser vestidos cómodos y sencillos.

 Una verdadera dama caminará tranquila, sin fijarse en los demás, ni prestar una atención exagerada a lo que pasa a su alrededor. Tampoco buscará atraer la mirada de otros transeúntes, sobre todo la del sexo opuesto, aunque si deberá responder a las cortesías con un saludo cortés y a los saludos de amigos y familiares con gentil amabilidad.

Mover los brazos mientras se camina, comer por la calle, jugar con la sombrilla balanceándola, abrirse paso a empujones, hablar en voz muy alta, susurrar delante de otras personas o reír a carcajadas eran comportamientos que dejaban en evidencia la educación de cualquier dama.

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 Fotografías Pinterest y rbkclocalstudies.wordpress.com

Pintoras victorianas ilustres (y casi desconocidas) Gwen John

Gwen John

Self-Portrait 1902 by Gwen John 1876-1939

«She takes down my hair and does it like her own … she has me sit as she does, and I feel the absorption of her personality as I sit» J. Foster, modelo

La pintora de las «mujeres sentadas», como se conoce a esta pintora galesa, tuvo que esperar a su arte fuera reconocido casi 50 años después de su fallecimiento, ya que durante su vida fue eclipsada por su hermano Auguste John, importante representante del post-impresionismo en el Reino Unido.

Hija de un abogado de severo carácter  y de una madre, acuarelista aficionada,  cuya enfermedad hizo que dejara el cuidado de sus tres hijas en manos de sus hermanas, su infancia estuvo marcada por la temprana muerte de su madre y la fervorosa religiosidad de sus tías.

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Desde muy joven mostró especial inclinación por el dibujo y apoyada por su hermano Auguste  decidió a ir a la Slade School of Art, la única escuela de arte en Gran Bretaña que permitía que las mujeres asistiesen a sus clases, aunque siempre separadas de los hombres, tanto en las clases como en cualquier otro espacio de la escuela.

Siempre a la sombra de su hermano, el atractivo y talentoso Auguste, Gwen desarrollaba su talento, e incluso su vida lentamente. Su carrera era un reflejo de su carácter retraído y tímido.

Expone sus obras por primera vez en 1900, en el New English Art Club, pero sus circunstancias personales y su falta de medios económicos la obligan a pasar penurias que cambiarían cuando decide viajar a París.

Con sus útiles de pintura como único equipaje, Gwen llega a París donde consigue trabajo como modelo para pintores y escultores. En uno de sus posados conoció al gran amor de su vida, el escultor Auguste Rodin, con el que vivió una apasionada e intermitente historia de amor durante cerca de 10 años.

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La angustiosa relación con el pintor, mucho mayor que ella, y que siempre deseó una relación abierta y no tradicional, la condujeron a una crisis espiritual que la llevó a refugiarse en el catolicismo.

La obra de Gwen John es de algún modo el reflejo de su vida: sus 158 pinturas son principalmente mujeres anónimas en actitud serena, casi siempre sentadas con las manos en su regazo, transmitiendo casi una sensación de tristeza, de cierto misterio, de sentimientos encontrados luchando por salir a través de una mirada desafiante.

También pintó paisajes, interiores  y naturalezas muertas.

Además conservamos sus cuadernos de apuntes, donde aparecen sus impresiones sobre la naturaleza, el color y varios bosquejos, entre ellos muchos de gatos, motivo favorito de la pintora.

Eclipsada en su tiempo por la obra y personalidad de su hermano, fue precisamente éste quien predijo que su obra sería mejor entendida por las generaciones futuras que por sus contemporáneos,el punto de que en el futuro él sería conocido como el hermano de Gwen John.

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Victorianos en la mesa

The Essential Handbook of Victorian Entertaiment es un pequeño libro tan interesante en su contenido como prolíficamente ilustrado por el inimitable Charles Dana Gibson.

Publicado en 2005 por Bluewood Books y adaptado por Autumn Stephens, el libro es una guía de buenas prácticas para organizar con éxito desde un tea party, cenas, veladas de negocios o entretenimiento en el hogar, con la garantía de que ni una sola de las estrictas normas sociales victorianas serán dejadas al azar.

La vestimenta requerida, la posición de los invitados en la mesa, el diseño, tamaño y redacción de las tarjetas de invitación, aceptar o rechazar la invitación, los temas y juegos más adecuados para cada ocasión…todo tiene cabida en este libro, que hace referencia a cada cuestión de un modo fidedigno, pero sin olvidar el tan necesario sentido del humor.

En resumen, este librillo sería la guía que todo anfitrión y anfitriona debían conocer para resolver con éxito cualquier situación social por complicada que fuera.

Algunas de estas normas son del más simple sentido común, aunque otras quizás nos puedan sorprender, ya que lo que es correcto o no, socialmente hablando, ha cambiado mucho a lo largo de los siglos.

En esta entrada vamos a centrarnos en el comportamiento que un victoriano debe tener en la mesa durante una cena con invitados.

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Cómo vestirse

Se aconseja para la anfitriona telas suntuosas y  de calidad, pero de colores tenues. Nunca se debe eclipsar a las invitadas.

La mejor elección para una mujer joven sería un vestido de seda en negro o colores oscuros, con cuello y mangas de fino encaje y joyas sencillas. Una anfitriona de más edad podría usar terciopelo, satén o encajes.

Las invitadas acudirán con trajes menos llamativos que para ir a la ópera o a un baile, pero sin perder la elegancia. En invierno se recomienda terciopelo y seda. En verano se podrán vestir telas ligeras y seda.

Ninguna dama debería vestirse con ropas no acordes con su status social. Sería considerado como el mayor de los errores y una increíble falta de gusto.

Aunque las costumbres se fueron relajando, exponer los brazos y el cuello era considerado como una falta de corrección. Cubrirlos con un ligera muselina era una buena opción.

En la elección del color hay que tener en cuenta que un vestido muy adecuado para la luz del día, quizás no resulte adecuado para su exposición a la luz de gas.

En el caso de los caballeros la elección es sencilla: la ropa, tanto de anfitrión como de invitados, consistía en pantalones, chaleco y chaqueta negros y corbata, camisa y guantes blancos.

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El delicado arte de la conversación

Una conversación de tono amistoso es ideal para cualquier fiesta. Esa conversación debe ser alegre y relajada.

Las reglas de la educación nunca pueden ser contrarias a los principios morales: lo que no puede considerarse educado no puede considerarse moral: nadie tiene derecho a ofender al resto de los comensales con malos modales o falta de educación.

La conversación debe ser general, aunque cada comensal debe sentirse obligado a entretener a su compañero o compañera de mesa.

Es posible que a la cena asistan invitados a los que un asistente a la cena nunca invitarían a su fiesta, pero si coinciden en una cena ofrecida por otros, es obligación de todos comportarse de un modo civilizado y cortés.

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Temas que deben ser evitados

No se debe expresar citas en latín o griego si sospechamos que el resto de los invitados desconocen las lenguas clásicas.

No es correcto hablar de temas médicos ni relacionados con enfermedades. Tampoco con ningún tema que consideremos inapropiado y que pueda de algún modo herir la sensibilidad de los comensales.

No se debe presumir del hecho de tener amistades pudientes, distinguidas o de sangre azul.

El jactarse de los viajes que se han realizado al extranjero, enumerándolos para procurar la envidia de los que no han podido viajar, se considera de un gusto  dudoso.

No es educado hacer comentarios sobre cualquier tema que pueda, directa o indirectamente, conducir a una discusión u ofender a cualquiera de los invitados. Por este motivo la política y la religión deberían ser cuidadosamente evitados.

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La etiqueta en la mesa

Hay que comer lentamente; según el código victoriano este sencillo gesto ayudará a mantener una buena salud y al mismo tiempo a comportarse con educación en la mesa.

Una persona educada trata a los camareros o al servicio con una educación exquisita, respondiendo siempre un «No, I thank you» o «If you, please». Tratar con displicencia a las personas que sirven la mesa dan una imagen pésima de los invitados o los anfitriones.

Unas ligeras alabanzas a la presentación y sabor de los platos, enorgullecerá a los anfitriones. Se debe huir de las exageraciones o elogios excesivos, esta actitud podría restarle sinceridad al elogio.

Hay que comer y beber con moderación; esto no sólo mejorará la salud sino que evitará el amodorramiento posterior a la comida, provocando una actitud poco deseable para la larga sobremesa y los entretenimientos que los anfitriones tengan preparados.

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Actitudes que se deben evitar

Si se encuentra algo desagradable en plato, como un cabello en el pan o una mosca en el café (ambas son frases que aparecen en la guía) no se deben hacer comentarios. Simplemente se apartan a un lado sin hacerlo notar públicamente. Sería descortés hacer que el resto de los comensales se sintiesen asqueados.

Nunca se debe hacer mención a la palabra «milk», aunque se sirva leche. La palabra elegante es «cream» y así se debe nombrar.

No se debe dudar que escoger cuando te ofrezcan un plato. También se considera poco cortés no coger la última rebanada de pan o de pastel y dejarla en la bandeja.

No es correcto llevarse comida de la mesa, aunque se cambie de habitación para hacer otra actividad. Del mismo modo nunca hay que abandonar la mesa a menos que sea a causa de una urgencia.

gibson 6Situaciones que deben ser especialmente evitadas por las damas

En el caso concreto de una dama todos los detalles deben ser cuidados al máximo: la imagen, la conversación, la actitud…Como comer la sopa o qué hacer con el hueso de una cereza podrían ser indicativo de la verdadera clase social de una dama. Incluso su elección del vino, o como comer los guisantes harían que la imagen de una mujer se resintiera de tal forma que no fuese invitada a otras cenas.

Si a una dama se le ofrece una copa de vino, se considera extremadamente descortés no aceptarlo. Cuando el vino le sea servido, hará un pequeño brindis con una sutil inclinación de su copa mientras mira a la persona que la ha invitado y lo acercará a sus labios tomando un sorbo apenas perceptible.

No está bien visto que una joven beba más de dos copas de vino durante la cena, aunque las mujeres casadas podían tomar cinco o seis copas sin ser juzgadas negativamente.

Ninguna dama debería utilizar guantes en la mesa.

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Situaciones que deben ser especialmente evitadas por los caballeros

La limpieza de las manos y las uñas es fundamental. Se considera un gran insulto que un hombre acuda con las manos sucias o descuidadas.

Cuando se trae un plato a la mesa, el caballero debe estar atento para no servirse si la dama que está sentada a su lado aún no ha sido servida. En ese caso debe servirla.

Los caballeros deben tener especial cuidado con el vocabulario y las formas en la mesa, y prestar siempre atención a las damas.

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Deberes de los anfitriones

Una buena anfitriona será siempre agradable y atenta, incluso en los momentos más delicados. Tendrá que ser capaz de no pestañear ni hacer un mohín de desagrado cuando algún invitado por accidente rompa la porcelana o las  copas de fino cristal que han pertenecido a su familia durante generaciones, o derrame su café sobre la elegante mantelería.

Por el contrario, llamará al servicio para que solucione el accidente lo antes posible, sin perder la sonrisa ni hacer que el invitado se sienta culpable.

Será la encargada de atender a los invitados y evitar que ninguno de ellos se sienta incómodo. Por ejemplo, si alguno de ellos comiese más lento que el resto de los comensales. La anfitriona también se demoraría en terminar su plato para no provocar que el comensal tuviese que apresurarse, al decatarse de que todos había terminado.

Nunca se enorgullecerá de una cena exitosa ni se disculpará de las posibles deficiencias que haya tenido.

Si la anfitriona es madre evitará que los niños aparezcan en el comedor.

Será la encargada de controlar la duración de la cena: dos horas serán adecuadas, más de tres horas se considerará demasiado larga. La anfitriona será la primera en levantarse para dar por concluida la velada.

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El anfitrión debe contribuir al entretenimiento de los invitados y a mantener la conversación dentro de unos derroteros de amabilidad y la calidez, atendiendo, sin hacer distinciones, a todos y cada uno de los invitados.

Normalmente la carne y las aves ya llegan cortadas y trinchadas a la mesa, pero si se siguiese la costumbre tradicional, sería el anfitrión el encargado de hacerlo, por lo que debería tener una buena técnica para hacerlo.

(Todas las imágenes de esta entrada son obra del inigualable ilustrador norteamericano Charles Dana Gibson, creador de una mujer americana moderna con un característico peinado que fue denominada Gibson Girl)

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