Muñecas de madera: Stump y Peg Dolls

Hace unas semanas en una visita a Lisboa descubrí uno de los lugares más curiosos que he conocido el Hospital de Bonecas de Lisboa. Esta tienda/taller fundada en 1830 se encuentra en la Praça da Figueira, en pleno centro de la capital portuguesa y en cada uno de sus rincones guarda pequeños tesoros de nuestra infancia pero también valiosos ejemplares de muñecas antiguas, pequeñas obras de arte que tuve la suerte de admirar en una visita privada guiada por la encantadora Manuela.

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Si quieres saber más del Hospital de Bonecas lisboeta, pincha en el enlace de mi blog Mi Casita de Papel, donde aparecen las fotografías que amablemente me permitieron tomar de sus estancias, talleres y muñecas.

En esta visita por la exposición permanente de muñecas pude contemplar ante mí más de un siglo de la historia de las muñecas quedándome fascinadas con las más antiguas, de composición y material más simple, pero de una belleza histórica sin comparación.

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En estas fechas en las que los medios de comunicación nos bombardea con las muñecas más modernas, quizás sea un buen momento para retroceder en el tiempo y recordar unas muñecas más modestas hechas de madera, con rasgos pintados a mano y vestidos sencillos, compañeras de juegos donde la imaginación tenía un papel predominante: las Poupards, las Stump Dolls y  las Peg Wooden Dolls.

Aunque en las familias siempre se utilizaron piezas de madera para crear juguetes para los más pequeños, las primeras muñecas de madera comercializadas en Alemania e Inglaterra, fueron las Stump Dolls o muñecas-palo. Como podéis ver en la imagen estas muñecas eran bastante toscas, hechas de una pieza y talladas en un único bloque de madera, con pequeños agujeros para ojos, nariz y boca, que se pintaban en colores sólidos. Incluso la ropa era pintada, creando con la combinación de colores encajes y estampados florales sencillos.

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A estas muñecas le siguieron las Poupards, fabricadas originariamente en Alemania. Muy parecidas a las stump, estaban hechas de una sola pieza de madera y aunque no tenían piernas, habitualmente tenían brazos no añadidos sino tallados, aunque curiosamente las figuras con brazos sólo representaban a adultos.

Las antiguas muñecas tradicionales Kokeshi japonesas, tan de moda en sus reinterpretaciones actuales, son realmente stump dolls de una sola pieza o de dos piezas, un cilindro para el cuerpo, sin extremidades,  y, dependiendo del artista, con un trozo de madera tallada en forma de esfera para la cabeza, con los rasgos finamente pintados.

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Pero si hubo unas muñecas realmente apreciadas, cuyo éxito de producción se mantuvo hasta la primera mitad del siglo XX, estas fueron las Peg Wooden Dolls. Su nombre proviene de la similitud de las piezas que formaban las extremidades de la figura y,  que se unían la parte principal del cuerpo,  con unas pinzas de tender la ropa.

Curiosamente las Peg Dolls también eran conocidas como Dutch Dolls, nombre que provenían de una confusión con su palabra de origen y el país desde el que se exportaban a Inglaterra.

Estas bonitas muñecas hechas de madera eran fabricadas en Alemania, de ahí su nombre Deutsch dolls, pero llegaban a el Reino Unido desde los puertos holandeses. La confusión entre deutsch (alemán, en lengua alemana) y dutch (holandés en lengua inglesa) crearon una terminología equivocada para denominarlas.

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Su mecanismo de fabricación era muy simple: una pieza de madera, tallada de manera muy estilizada y con una cintura muy marcada formaba el tronco, desde las piernas hasta el busto. Las extremidades estaban formadas por dos piezas unidas al tronco por una cavidad que se realizaba a la altura de los hombros y de los muslos. Cada una de las extremidades tenían dos partes con capacidad de ser articuladas; en los brazos a la altura del codo y en las piernas en las rodillas.

La cabeza era un pieza que se unía al tronco desde la parte superior del busto, con un cuello largo y delgado, era pequeña, redonda y carecía de orejas.

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La madera se pintaba de pintura lacada color carne. Cuando secaba se pintaban los rasgos de la figura: expresivos ojos, habitualmente de color azul, con los párpados y las cejas oscuros, finos y marcados para resaltar su expresividad; la boca pequeña, con los labios dibujando un corazón y de color rojo intenso. El toque final lo daban unas mejillas sonrosadas a modo de coloretes.

Para simular el cabello se grababan unas incisiones leves en la madera que posteriormente se pintaban de colores oscuros. El estilo de peinado era un recogido, en un moño o con una peineta, normalmente retirado de la cara, o con unos suaves tirabuzones enmarcándola, pero casi siempre dejando una ancha frente al descubierto. Para simular la nariz, se pegaba sobre la incisión previamente hecha un trozo triangular de madera. No tenían orejas.

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Las manos solían tener pulgares, pero no dedos, aunque con el tiempo la técnica se fue perfeccionando añadiendo más detalles.

El torso era amplio, con cintura muy delgada y caderas planas. Las piernas se tallaban como palos largos, con muslos sin formas, pantorrillas redondeadas y tobillos esbeltos y elegantes.

La parte inferior de las piernas se pintaban de blanco o colores claros para simular medias y la planta del pie y sus dedos se pintaban con una línea gruesa de colores vivos a modo de zapatos.

En su espalda, cada muñeca llevaba escrito a mano, en tipografía de estilo germano,  su nombre, origen y fecha de fabricación.

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Aunque de todas las Peg Dolls, la que más éxito tuvo fue una versión modernizada de las muñecas alemanas denominada Tuckcomb Doll. El nombre de esta muñeca provenía de su rasgo más característico: la peineta con la cual sujetaba su pelo en un moño bajo.

Esta peineta era un saliente tallado en la parte superior de la pieza de madera redonda que formaba la cabeza; no era un añadido, sino que formaba parte de la pieza. La peineta se pintaba de colores muy vivos, con predominancia del amarillo dorado para contrastar con la pintura negra que decoraba los cabellos.

La Tuckcomb Doll más famosa fue Angelita, muñeca de fabricación estadounidense hecha por la empresa S. Smith, que con su producción y el posterior éxito de ventas, plantó cara a los fabricantes alemanes, que hasta ese momento tenían la hegemonía en la fabricación y comercialización de este tipo de muñecas. Cada Angelita llevaba cosida a su ropa una etiqueta con su origen y fecha de fabricación.

cat-1066_017Estas muñecas, además del signo distintivo de su broche para el pelo, tenía un peinado con pequeños caracoles sobre su frente, accesorio y peinado muy del gusto de la época. Los pies ya no eran planos sino que presentaban pequeños tacones y la pintura que simulaba los zapatos dejaba de ser negra para combinar con la ropa.

Estas Peg Dolls iban a la moda, con elaborados vestidos, encajes y muselinas, que representaban vestuario urbano, rural o el más lujoso de la alta sociedad con caros apliqués. Además se adornaban con joyas como collares y pendientes, e incluso pequeñas diademas o coronas.

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Además las Peg Dolls se fabricaban en varios tamaños , que podían ir desde los 43 centímetros, las más grandes, hasta las diminutas pegs de tan sólo 1.5 centímetros.

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Pero si en algún lugar las Dutch Dolls serán siempre recordadas y seguirán vivas en la imaginación de todas las generaciones, pasadas y venideras,  será en las ilustraciones de Florence Kate Upton, la cartoonist americana de origen británico.

Basado en un juguete infantil que su tía Kate rescató del ático, Florence dio vida en modo ilustrado al protagonista del libro de cuentos escrito por su madre Bertha Upton, titulado The Adventures of Two Dutch Dolls and a Golliwogg. Publicado en las Navidades de 1895 fue todo un éxito y convirtió a las pegs dolls en protagonistas de esta simpática historia , que os recomiendo conocer estas fiestas.

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Desde La Casa Victoriana, os deseamos unas Navidades llenas de felicidad.

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Edith Holden

No one who can read,

even looks at a book, even unopened on a shelf, like one who cannot

Charles Dickens

Hay libros que son capaces de transportarnos a otras épocas, que nos hacen pensar, sentir, admirar, amar o rebelarnos ante las circunstancias que se narran. En algunas ocasiones nos sentimos como espectadores silenciosos, observadores de un argumento que no nos deja indiferentes, pero en el que nunca interferiríamos para cambiar ni una sóla palabra, ni una única coma y, otras en las que nada nos gustaría más que ser los protagonistas y vivir cada una de las vivencias que se narran, para disfrutarlas o poder cambiar su rumbo a nuestro gusto.

Hay libros que nos hacen comprender circunstancias de épocas pasadas y otros en los que contemplamos con cierta resignación y mucha desolación cómo las cosas no han cambiado tanto como deberían, como los modelos sociales se siguen repitiendo y el ser humano parece no haber aprendido de sus errores.

Pero existe lo que yo denomino de una manera un poco infantil libros bonitos: libros para sentarse en día de verano bajo la sombra de un árbol sin más intención que curiosear por sus páginas, llenarnos de luz y color con bellas ilustraciones mientras las acompañamos del dulce romanticismo de Keats, de la pasión de un soneto shakesperiano o simplemente de anotaciones personales escritas con una bella caligrafía. En este grupo incluiría los dos libros que me gustaría compartir con vosotros: The Country Diary of an Edwardian Lady y The Nature Notes of an Edwardian Lady, de Edith Holden.

Pero, más allá de la belleza visual, debemos hacer justicia a estas pequeñas joyas de la ilustración que reflejan la vida y experiencias de una artista excepcional y una mujer en continua lucha contra los convencionalismos.

The Country Diary of an Edwardian Lady y The Nature Notes of an Edwardian Lady

Aunque durante su vida Edith Holden (1871-1920) fue una reconocida ilustradora victoriana de cuentos y rimas infantiles, su obra permaneció en el olvido hasta que en los años 70 su sobrina-nieta le mostró un libro de herencia familiar a un editor, que rápidamente reconoció en él un pequeño tesoro.

El libro era una colección de delicadas acuarelas de temática natural: la flora y fauna, las estaciones, la granja… con valiosas descripciones, que revelaban unos conocimientos más que notables de botánica y zoología. Anotaciones personales, versos de los más destacados poetas británicos y rimas populares, completaban un cuaderno de una belleza casi insuperable.

El libro, datado en 1906 y publicado en 1977 en formato facsímil -lo que le da un valor añadido a la singularidad de la obra- fue un éxito de ventas que en el año 2000 había alcanzado más de 6 millones de copias.

La vida de Edith Holden, como muchas otras heroínas victorianas que han acudido a La Casa Victoriana, fue bastante singular para una mujer de su época.

Su padre, un fabricante de barniz, conocido por su filantropía, y su madre, biógrafa de santas, compartían rígidas y conservadoras ideas religiosas que intentaron transmitir a sus cuatro hijas. Pero también le inculcaron el amor por las disciplinas artísticas, en especial por el dibujo y la pintura; por ello animaron a sus hijas a encaminarse al mundo del arte matriculándolas en la Birmingham School of Art.

Todas ellas se dedicaron a la pintura y ilustración, pero fue Edith quien puso un especial interés en reflejar la naturaleza con sus formas y colores a través dela pintura, razón por la cual acudió a clases con el pintor John Adam, en cuya granja los estudiantes podían estudiar, pintar a los animales y estudiar el mundo de la naturaleza como espectadores privilegiados.

Holden expuso su obra en la Academia de las Artes de Birmingham, pero como otras mujeres pintoras no fue tomada en serio por sus contemporáneos. Para la sociedad victoriana un pintor era un artista, pero una mujer que pintaba sólo era una dama con un talento pictórico que empleaba como pasatiempo, como la costura o la música.

El único resquicio para mostrar su arte y poder vivir de él, era ilustrar libros infantiles. Edith se rindió a la evidencia de que, a no ser de este modo, no podría dedicarse a su pasión por el arte, así que se empleó con devoción al mundo de la ilustración infantil, llegando a ser una reconocida artista en este campo.

Pero nunca olvidó su auténtica pasión por reflejar en coloristas acuarelas el mundo natural, recogiendo en un diario deliciosamente ilustrado sus experiencias y su visión de la naturaleza, proporcionándonos, además, una interesantísima visión de su propia vida, sus gustos e inquietudes.

Este diario se completó con un segundo cuaderno encontrado más tarde y publicado en 1987 con el título de The Nature Notes of an Edwardian Lady, y tan recomendable como el primero.

La vida de Edith Holden transcurrió por el límite de lo considerado convencional para una mujer de su tiempo. A la edad de 40 años, edad muy tardía para una dama victoriana,  se enamoró apasionadamente de Ernest Smith, un escultor 7 años más joven y haciendo caso omiso a las desaprobaciones familiares y sociales se casaron y se mudaron a Chelsea, para participar activamente del círculo artístico londinense.

 En 1920, mientras observaba unos brotes de castaño para reflejarlos en su obra, Edith se cayó al Tamésis, muriendo ahogada. Su marido falleció poco tiempo después inacapaz de superar su pérdida.

Hoy, gracias a su familia y un avispado editor, podemos disfrutar de la obra que Edith Holden quiso exponer y publicar, intención que en su momento le fue negada. Ambos libros están a la venta y se pueden conseguir de segunda mano – los míos lo son- a precios muy asequibles y en casi perfectas condiciones de uso. Me consta que alguno de ellos ha sido publicado en castellano, pero sin desmerecer la edición, os recomendaría las ediciones inglesas, merece la pena el esfuerzo de leer los poemas en la versión original.

En 1984, se rodó una serie de 12 episodios para la televisión británica, basada en la vida de  ilustradora y su trabajo, titulada igual que su cuaderno The Country Diary of an Edwardian Lady. No puedo opinar de ella, ya que no la he visto, pero las críticas no fueron demasiado brillantes, superando por poco margen el aprobado.

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Me gustaría agradecer sinceramente todos vuestros comentarios y felicitaciones, especialmente a aquellos blogs amigosque me habéis otorgados premios con tanto cariño. Me ha hecho mucha ilusión ver como La Casa Victoriana os gusta tanto por su contenido como por su diseño.

Pero también debo pediros disculpas por la tardanza en responder a los comentarios y preguntas que me hacéis. No es dejadez ni desinterés, sólo falta de tiempo para contestar como me gustaría.

Como podéis observar, las puertas de La Casa Victoriana no se abren muy a menudo con nuevos posts – y lo digo con resignación. El cuidado que trato de poner en la elección de los temas, el contenido riguroso y la búsqueda de las imágenes que los acompañan me llevan más tiempo del que habitualmente dispongo y la publicación se va ralentizando. Os confieso que cada publicación significa para mí el éxito de un esfuerzo personal.

Debo comentar algo acerca de las bellas imágenes que aparecen en el blog: muchas de ellas son de mis libros, o de la época victoriana libres de derechos de autor, otras las encuentro en internet;  si son privadas pido permiso al artista para su publicación, si veo una imagen adecuada y no puedo contactar, incluyo su autoría, bien al final de la entrada o al pinchar sobre la imagen. Si alguien pudiera sentirse molesto, que contacte conmigo y serán retiradas lo antes posible. Este blog no tiene ánimo de lucro, sólo de difusión cultural y no pretende ni ofender ni aprovecharse del trabajo y la creatividad de otros.

Y, es cierto – tienes toda la razón, Laura – que el blogroll necesita una actualización urgente. Mientras no me pongo con ello, os recomiendo enlazar con las páginas de muchos amigos que me visitan, muchas de ellas con contenido afín y otras muy interesantes.

Espero poder subsanar estas carencias lo antes posible y poder seguir compartiendo hechos y personajes de esta maravillosa época con todos y todas.

Anne Brönte

Anne, dear gentle Anne, was quite different in appearance from the others. She was her aunt’s favourite. Her hair was a pretty, light brown, and fell on her neck in graceful curls. She have a lovely violet-blue eyes, fine pencilled eyebrows, and clear, almost transparent complexion.                                         Ellen Nussey (a Charlotte’s friend)

La figura de Anne Brönte, la más pequeña de las hermanas es quizás la más desconocida. Ensombrecida por la prolífica carrera y arrolladora personalidad de Charlotte y el éxito de Emily con la inolvidable Cumbres Borrascosas, la obra y personalidad de Anne, tan diferente de sus hermanas, tendieron a pasar más injustamente desapercibidas.

Anne tenía sólo tres meses cuando la familia se mudó a Haworth y 20 meses cuando su madre  murió, quedando a cargo, como sus hermanas y su hermano, de su padre y de la tía Branwell. Su salud delicada y su asma crónica provocaron que no acudiese a la misma escuela que sus hermanas sino que, con la ayuda de su tía, y gracias a la biblioteca de su padre, aprendiera en casa todos conocimientos necesarios que le permitirían en el futuro ganarse la vida como institutriz.

Es inevitable encontrar en la personalidad y obra de Anne una enorme influencia de la sobreprotección de su tía, aunque es posible que la extrema religiosidad de ésta tuviera mucho que ver en los conflictos espirituales que tuvo Anne en su juventud, y que tan bien se reflejan en el personaje de Helen Huntingdon de The Tennant of Wildfell Hall, obra cuya temática la propia Charlotte censuró en su momento por considerar que expresaba con demasiada crudeza la situación personal de la protagonista.

Como el resto de sus hermanos, participó activamente en los relatos y vivencias del  mundo imaginario que ellos mismos crearon, Juvenilia, y sus reinos Gondal y Angria. Anne y Emily, su hermana, mejor amiga y confidente siempre prefirieron el más gentil mundo Gondal como refugio, creando allí sus alter egos frente al mundo de Angria, preferido por los dominantes Charlotte y Branwell. En este mundo imaginario lleno de reyes y reinas, soldados, damas y caballeros, las hermanas aprendieron a escribir relatos y en ellos se fraguaron muchos de los personajes que, años más tarde, serían los protagonistas de algunas de sus novelas más conocidas.

A los 16 años Anne dejó la casa familiar por primera vez para acudir como alumna a la escuela en la que Charlotte estaba empleada como profesora. Los dos años que estuvo en la Roe Head School fueron su única educación formal, ya que al contrario que sus hermanas no se fue a Bruselas a completar sus estudios, probablemente porque ya había encontrado trabajo como institutriz.

Las primeras familias con las que trabajó sólo le trajeron decepciones y humillaciones: padres despreocupados, madres consentidoras, niños intratables y nannies que le dificultaban su trabajo. En algunas de las cartas que escribe a su maestro quedan reflejadas las penurias a las que se enfrentaba cada día intentando hacer su trabajo. Todas esas vivencias han quedado reflejadas en la magnífica Agnes Grey.

Por esa época parece que vivió su primer amor con un ayudante de la vicaría de su padre, William Weightman, un joven atractivo, divertido y cariñoso, muy diferente de los coadjuntores de las vicarías. La atracción de la joven Anne por William fue percibida por la observadora Charlotte que escribía a una amiga:

«he sits opposite to Anne at Church sighing sofly and looking out of the corners of his eyes to win her attention and Anne is so quiet, her look so downcast…they are a picture»

De hecho, el encantador Mr Weston, de Agnes Grey parece estar inspirado en William y los sentimientos de la joven institutriz Agnes hacía él nos hacen pensar en la atracción romántica que el coadjuntor ejercía sobre la pequeña Brontë.

Desgraciadamente poco sabemos de la vida personal tanto de Anne como de Emily, pues las vivencias de ambas quedaron siempre difuminadas por las arrolladoras y dominantes personalidades de Charlotte y de Branwell.

Si William fue el amor de su vida, Anne sólo lo reflejó en sus novelas y poesía, pues su timidez y discrección le impidieron dar un paso más allá y vivir el romance que le gustaría con ese hombre ideal. Su dedicación, en su corta vida, fueron casi a tiempo completo para su trabajo de institutriz, su obra literaria y su hermano Branwell.

De hecho, al igual que hizo Emily, Branwell fue el único hombre al que dedicaron toda su vida. Acostumbrado desde pequeño a hacer su voluntad, y con un carácter apasionado e irresponsable, a pesar de su talento, acaparó la vida de sus hermanas pequeñas que lo cuidaron y lo protegieron durante toda su vida.

Ante la personalidad inestable de Branwell, Anne decidió recomendarlo como profesor de pintura en casa de la familia Robinson, donde ella trabajaba. Al principio parecía que Branwell se había tranquilizado y conectado perfectamente con aquella familia, pero pronto saltó el escándalo: Branwell y la señora Robinson se habían enamorado apasionadamente. Este romance trastocó la vida de ambos hermanos: Anne tuvo que dejar a una familia con la que se sentía realmente a gusto y Branwell ante la imposibilidad de estar con su amada comenzó a beber y a llevar una vida aún más disipada de la que había vivido hasta el momento.

Las hermanas tan unidas como siempre, decidieron cerrar filas en torno a Branwell, y mientras las dos pequeñas se ocupaban del hermano, Charlotte decidió llevar las riendas de la familia. Entre las tres decidieron abrir una pequeña escuela, para ganarse la vida como profesoras sin depender de nadie más que de su propio trabajo y, así, poder darle un impulso a su talento literario. Además de publicar un librito de poemas bajo el pseudónimo de Currer, Ellis y Acton Bell, comenzaron a publicar sus propias novelas alcanzando un considerable éxito.

Las dos novelas de Anne fueron las más polémicas: Agnes Grey por expresar con realismo desacostumbrado la vida llena de penurias de las institutrices y el maltrato psicológico y humillaciones a las que eran sometidas por muchas familias, sus hijos y el resto del servicio.

La Inquilina de Tennant Wildfell Hall, como dijimos anteriormente, fue incluso censurada por la propia Charlotte: la violencia y la pervensión subyacente en toda la obra, el carácter agresivo y dominante, unido al alcoholismo de Arthur Huntingdon y los conflictos psicológicos de la protagonista Helen fueron descritos con demasiada crudeza para una sociedad que, aún conociendo a la perfección situaciones como la que mostraba el libro, preferían cerrar los ojos ante ellas.

Al igual que Heathcliff, protagonista inolvidable de Cumbres Borrascosas, el Huntingdon, de The Tennant of Wildfell Hall, parece estar basado en su hermano Branwell, y las protagonistas femeninas en las dos hermanas, sumidas en la enfermiza responsabilidad y devoción que sentían por ellos, que a la vez chocaba con sus ansias de independencia y libertad

Branwell murió de tuberculosis y a los pocos meses Emily también sucumbió a la enfermedad. No mucho después les siguió Anne, dejando a Charlotte sumida en la desesperación de ver como sus tres queridos hermanos la dejaban sola, con pocos meses de diferencia. La dulce Anne trató de reconfortar a su hermana dedicándole sus últimas palabras:

Ten valor, Charlotte, ten valor….

Anne Brönte, fue enterrada en su amado pueblo costero de Scarborough, donde ella se sintió inmensamente feliz.

En esta entrada, como en todas las que publico,  he puesto especial atención en la selección de las pinturas que la ilustran, espero que las disfrutéis.

Viajeras Victorianas I

«One cannot divide nor forecast the conditions that will make happiness; one only stumbles upon them by chance, in a lucky hour, at the world’s end somewhere, and holds fast to the days…» Willa Cather

Hacía tiempo que quería hablar de las viajeras victorianas, auténticas pioneras que lucharon contra todo tipo de obstáculos y prejuicios para poder hacer lo que realmente querían: descubrir el mundo que había más allá de la conservadora Inglaterra victoriana. La llegada a mis manos de un interesante volumen de la editorial Virago Press, publicado por primera vez en 1994 y reeditado en el año 2002, titulado  The Illustrated Virago Book of Women Travellers, editado por Mary Morris y Larry O’Connor es la excusa perfecta para esta serie de entradas.

Durante siglos, no estuvo bien visto que una mujer viajara sin estar acompañada por una  dama de compañía, un tutor o un marido. Viajar sola significaba correr un gran riesgo, no sólo para su integridad física sino para su imagen social e incluso moral. La libertad de conocer y de explorar más allá del mundo que les había sido asignado se consideraba algo peligroso, una aventura que le podría proporcionar conocimientos y compañías no adecuados.

A las mujeres se les negaba la oportunidad de moverse solas por el mundo y no se les permitía una participación activa en la vida pública, política o empresarial, forzándolas a cultivar sus sentimientos en privado y a sobrevalorar el romance por encima de cualquier otra cosa, ya que esa era la única vía de escape para abandonar el hogar familiar, y, con suerte,  poder salir de su entorno acompañando a sus maridos.

Las mujeres a las que vamos a homenajear en La Casa Victoriana son algunas de las excepciones que se liberaron del encorsetamiento y las ataduras que restringían el movimiento de las mujeres – en el prólogo del libro Mary Morris hace un interesante símil entre el apretado corsé de las mujeres occidentales y los pies atados de las mujeres orientales con la falta de libertad para respirar socialmente y poder moverse con libertad.

De todos modos no podemos esperar las mismas experiencias de viaje reflejadas por una mujer que por un hombre de la época – de hecho hay muy pocas obras sobre viajes escritas por mujeres; la manera de asimilar las nuevos conocimientos, el modo de adaptarse a las diferentes culturas, los miedos a sufrir algún tipo de agresión física, los rechazos sociales y el despertar no sólo intelectual sino físico de muchas de ellas, hacen que todos los testimonios recogidos, ya sea directamente o como inspiración para un poema o una novela, sean especialmente valiosos por las percepciones y complejas emociones que nos muestran.

Flora Tristan (1803-1844)

La vida de la reformadora Flora Tristán fue rescatada del olvido en 1925, cuando se publicó su obra Tour de France, un informe sobre su campaña sobre los derechos de los trabajadores franceses en las zonas industriales. Su temprana muerte de fiebres tifoideas frenó su sueño de creación de un sindicato universal de trabajadores que incluyera entre sus puntos fundacionales la igualdad de derechos de las mujeres. Su largo viaje en solitario a Perú, por cuestiones familiares, significó el despertar político y reivindicativo de la escritora, como ella misma refleja en su obra Peregrinations of a Pariah.

La que sería la abuela del artista Paul Gaugin, protagonizó uno de los hechos que más ríos de tinta hicieron correr en la crónica social de los periódicos franceses: cuando la ley de divorcio todavía era ilegal en Francia, Flora se separó de su marido, el empresario André Chazal. Recuperó su nombre de soltera y entabló una lucha por la custodia de sus tres hijos. El enfrentamiento pudo acabar en tragedia, ya que Chazal, que rechazaba el protagonismo político y social de su ya ex-mujer, le disparó por la espalda hiriéndola de gravedad. Los juzgados le concedieron la custodia de sus hijos y la declararon legalmente divorciada, condenando a André a 17 años de cárcel.

Frances Trollope (1780-1863)

Como su hijo Anthony Trollope, la autora británica fue una prolífica escritora de novelas, llegando a publicar un total de 34; pero, al contrario que su hijo, nunca recibió el reconocimiento ni la fama que él alcanzó. Su gran éxito fue el libro inspirado por sus viajes por Estados Unidos, Domestic Manners of the Americans, donde de forma irónica y desde un punto de vista muy británico, hacía un retrato de la nueva sociedad estadounidense, sus costumbres y carácter, centrándose muy especialmente en el entorno rural.

Independientemente del ataque mordaz, la obra muestra una profunda preocupación por el papel que la mujer representa dentro del ámbito familiar y público, llegando a lamentar lo que ella define literalmente como el «la lamentable insignificancia de la mujer americana»

Amelia Edwards (1831- 1892)

Mientras la mayoría de las viajeras británicas sentían la necesidad de mostrar su descubrimiento de la libertad a través de sus novelas y escritos sobre viajes, podríamos decir que el viaje de Amelia fue en sentido contrariou, ya que comenzó a viajar cuando ya era considerada una escritora de prestigio entre el público y la crítica.

Desde muy joven demostró un sobresaliente talento para la poesía y la novela, publicando varios de sus escritos a través de periódicos y revistas y alcanzando el éxito con novelas como Barbara’s History, y sobre todo con Lord Buckenbury, de la que se llegaron a hacer 15 reediciones. De espíritu inquieto, decidió viajar a Egipto en compañía de unos amigos, quedando inmediatamente fascinada por el pueblo y la cultura egipcia.

Sus viajes a Egipto los documentó en su libro A Thousand Miles Up the Nile, un masivo éxito de ventas, con el que comenzó una concienciación social por la protección de los tesoros y monumentos egipcios y la reivindicación de un turismo responsable y respetuoso con las culturas que visitaba.

Los últimos años de su vida, Edwards dejó de lado la literatura para dedicarse en cuerpo y alma al la egiptología y el coleccionismo, colaborando con varias asociaciones arqueológicas y convirtiéndose en una erudita sobre el tema. Pero ni siquiera su nueva pasión hizo que su afán por viajar y conocer nuevas culturas disminuyera, emprendiendo un nuevo viaje por las regiones más desconocidas e inaccesibles del Tirol, que plasmó en su obra Untrodden Peaks and unfrequented Valleys: A midsummer Ramble in the Dolomites, donde consigue transmitirnos cada una de las sensaciones que las culturas centroeupeas causaban en su educación victoriana británica.

 Mary Kingsley (1862-1900)

La vida de Mary Kingsley refleja, quizás, el estereotipo de la viajera victoriana más que cualquier otro, porque en ella están presentes casi todos los tópicos de la época.

Hija del escritor George Kingsley y sobrina del novelista y reformador Charles Kingsley (a quien le hemos dedicado un post en este blog),  fue una niña inquieta que, pese a su escasa formación, devoraba los volúmenes de la biblioteca paterna. Sus ansias de viajar y conocer otros mundos se vieron frenadas por la invalidez de su madre y la obligación de cuidarla.

Pero Mary nunca dejó de soñar con viajes a culturas exóticas, muy diferentes de los tours que ofrecían las agencias de vacaciones británicas, y, cuando sus padres fallecieron, se sintió lo suficientemente liberada y fuerte para embarcarse en sus propios proyectos. Así comenzó su sueño africano.

Además de lo exótico que resultaba una indefensa mujer victoriana conviviendo con las tribus africanas,  enfrentándose a los peligros de la selva, la prosa llena de humor de Mary Kingsley cautivó a los británicos que seguían con inusitado interés las experiencias de la viajera en canoa por el río Ogooué siendo atacada por los cocodrilos, encarándose con los leopardos, el descubrimiento del canibalismo y su escalada al monte Camerún, por una ruta que jamás había seguido otro europeo. Sus descubrimientos los reflejó en su libro Travels in West Africa, con el que le rindió homenaje a su padre, pues de algún modo sentía que ella estaba finalizando el trabajo que él había comenzado.

Pero más allá del espíritu aventurero, Mary desarrolló un gran espíritu reivindicativo, luchando por los derechos de los indígenas africanos a conservar su propia idiosincrasia, sin que los misioneros intentaran cambiar sus costumbres y creencias, lo que le trajo grandes críticas de los sectores eclesiásticos.

Isabella Bird (1831-1904)

La prestigiosa Royal Geographical Society ofreció por primera vez un puesto a una mujer como reconocimiento a su gran trabajo sobre culturas y viajes por todo el mundo. Esa mujer era la escritora británica Isabella Bird.

Esta viajera incansable, de fuerte y excéntrico carácter, se crió bajo la conservadora educación de su padre, un vicario inglés con el que recorrió multiples parroquias de todo el país. Hasta los 40 años de edad se vio relegada a tareas caseras y al cuidado de sus padres enfermos; pero fueron sus propias dolencias- fuertes dolores cervicales e insomnio crónico- lo que propiciaron que comenzara a viajar, ya que los doctores le recomendaron salir de la fría Inglaterra en busca de lugares más cálidos.

Comenzó sus viajes acompañada de su hermana Hanny, pero pronto se dio cuenta de que el carácter conservador de su hermana frenaba sus instintos aventureros, por lo que decidió emprender sus propias aventuras; viajó a Australia, Hawaii y a los Estados Unidos. Fascinada por el medio oeste publicó su exitoso A Lady’s Life in the Rocky Mountains.

Pero pronto, se vio necesitada de conocer otras cultras mucho más exóticas para una inglesa y eligió Asia como su próximo destino, visitando Japón, China, Malasya y Singapur. En las últimas etapas de su vida, esta mujer siempre inquieta estudió medicina y se estableció en la India aceptando la propuesta de matrimonio con el doctor John Bishop.


«If we grow weary of waiting, we can go on a journey.

We can be the stranger who comes to town» Mary Morris

Tarjetas de San Valentín

Hace pocos días recibí un pequeño y curioso libro que me servirá de fuente para esta entrada-homenaje a una de las fechas que más disfrutaban los victorianos.  El libro, creo que descatalogado en la actualidad, se titula Tokens of Love, y está publicado por Abbeville Press y escrito por Roberta Ette, una apasionada de la fotografía antigua y coleccionista de ephemera, que ha pasado a engrosar mi lista de libros destacados sobre temática victoriana. El libro me resultó interesante no sólo por la información que contiene, sino por lo cuidado de su impresión y la alta calidad de reproducción de sus ilustraciones de tarjetas, grabados, viñetas, comics y otros objetos relacionados con las señales de amor (título del libro) a través de la historia.

A través de estas muestras de amor, la autora hace un ameno recorrido por los diferentes momentos históricos y culturales de occidente, centrando gran parte de su estudio en la época victoriana en la que el amor romántico triunfó sobre el amor pactado de épocas anteriores.

A comienzos del siglo XIX la señal de amor más popular era la tarjeta de San Valentín. Esas felicitaciones, hechas en frágiles papeles con mezclas de seda y satén y rodeadas por filigranas de encajes y puntillas, conseguía que cada visita del cartero, el 14 de febrero,  provocara crisis nerviosas.

Las St Valentine’s cards victorianas nos trasladan a una época donde los sentimientos de los enamorados se expresaban con cursis poesías escritas en envoltorios tan bellos como extravagantes, pero llenos de tierno amor y esperanza.

La tarjeta manía que se apoderó de los victorianos hizo que muchas empresas de material de papelería vieran en ello un gran negocio y comenzaran a proliferar marcas comerciales que se esforzaban por tener una imagen propia que las diferenciase de las demás y, así, ganar el favor del público, convirtiéndose en la marca favorita y de referencia. La mayoría de estas marcas trabajaban artesanalmente sobre diseños propios, lo que hace que las tarjetas sean tan bellas y al mismo tiempo tan valiosas. Merece la pena conocer su trabajo y casi empalagarnos de las dulces muestras de amor victorianas.

Dobbs Company of England

La marca Dobbs, fundada en Londres en 1803,  creó unas tarjetas de San Valentín de exquisita belleza hechas con delicadas puntillas de papel. Cada tarjeta estaba decorada por pinturas hechas a mano donde predominaban los temas de flores o cupidos, frecuentemente colocados sobre satén o seda. Además una pequeña leyenda o frase amorosa acompañaba a la pintura, frecuentemente recargada con plumas de colores, flores secas o lazos. Todo un alarde de decoración recargada que, aunque parezca mentira, quedaba muy elegante en su conjunto.

Eugene Rimmel

Los fabricantes estaban constantemente inventando nuevas combinaciones de materiales decorativos y recursos para hacer una presentación lo más agradable y espectacular posible. Uno de esos nuevos productos fue el presentado por Eugene Rimmel, cuya compañía operaba en Londres, París y Nueva York. Rimmel, un reputado perfumista, concibió un saquito lleno de esencias perfumadas dentro de un sobre al que no le faltaba ni una sola de las características de las cards victorianas.

El saquito que contenía las esencias estaba hecho de algodón grueso y se metía en un sobre decorado de brillante papel plateado con filigranas en relieve. A medida que el saquito de San Valentín se fue haciendo popular, Rimmel presentó nuevos sobres elaborados con diferentes materiales. Dependiendo del material, el saquito era más valioso, ya que se pusieron a la venta sobres de papel perforado que mostraba siluetas, cuero repujado, grabados de madera y litografías, adornadas con pinturas hechas a mano, bordados, papel cortado que simulaba encajes, sedas, plumas de exóticos pájaros de América del Sur, filigranas de cristal, lacados. Después del éxito del sachet perfumado, Rimmel se atrevió con diferentes y originales objetos para que las damas fueran agasajadas en este día especial; todo ello con el aroma de las deliciosas esencias Rimmel.



Joseph Mansell

Mansell se dedicaba a los productos de papelería cuando comenzó la fabricación de valentines en 1835. Las características más destacadas de sus tarjetas fueron el cutting del papel tan delicado y un trabajo tan proteccionista y cuidado al máximo detalle que podía ser confundido por encaje y puntilla real. Estas filigranas de papel no se quedaban un mero dibujo geométrico típico de los encajes sino que representaba figuras, edificios, árboles, pájaros y todo aquello que la prodigiosa imaginación de Joseph Mansell fuera capaz de trasladar a su exquisito dominio del corte de papel, que sugerían un elegante estilo camafeo.

Además, alrededor de 1840 empezó a tintar el papel con románticos colores pastel o con sorprendentes dorados que se mezclaban con los poemas y  distintivas siluetas que adornaban el centro de la postal.

Charles Magnus

La compañía de Charles Magnus, con sede en Nueva York, estuvo funcionando desde 1854 a 1870 y, a pesar del poco tiempo que estuvo en activo, hizo una de las aportaciones más revolucionarias al mundo de las cards, las tarjetas con elementos móviles, muy utilizadas posteriormente por los tarjeteros alemanes. Estos elementos aparecían unas veces sobre una hoja de papel con membretes dorados y otras sobre partituras musicales.

Esther Howland

Empapada por el espítitu romántico más puro, las tarjetas de Esther Howland pasaron de ser un pequeño presente de San Valentín para sus amistades, a convertirse en un objeto de deseo a ambos lados del Atlántico, como símbolo del refinamiento y la belleza por los amantes de las valentine’s cards.

Hija de un artesano de la industria del papel, comenzó a hacer sus propias tarjetas hechas de puntillas de papel y decoradas con scraps de flores. En ellas no faltaba una pequeña dedicatoria para expresar los mejores sentimientos a la persona amada.

Su padre se percató del éxito de las tarjetas de Esther entre las damas y la convenció para dedicarse a su diseño de un modo más profesional. El éxito de ventas fue tal que pronto montó un pequeño taller casero para el que contrató a varias amigas con la tarea decopiar las muestras que ella les entregaba. Alrededor de 1850 sus tarjetas comenzaron a ser más elaboradas, sin abandonar la alta calidad que las distinguía: las delicadas flores de papel pegadas y las parras y hojas pintadas a mano fueron paulatinamente sustituidas por los brilantes y coloristas scraps alemanes.

De hecho la utilización de las láminas de scrap para aliviar la rigidez de las puntillas de papel fueron una marca distintiva de las tarjetas Howland. Otras de sus características eran la superposición de capas de adorno de papel y scraps y la profusión de color en el tintado del papel y en las láminas. Además las tarjetas contenían un pequeño mensaje en una hoja de papel separada. Todo ello sin olvidarnos de la H de Howland que aparecía en el reverso de las cards, bien en la esquina superior o inferior, bien en el centro acompañada por un corazón blanco.

En 1880 Esther Howland vendió su exitoso negocio a George C. Whitne y& Co.para dedicarse a cuidar a su viudo padre, necesitado de cuidados a causa de un grave accidente.

George C. Whitney & Co.

Asentado tanto en Europa como en Estados Unidos la Whitney Company se dedicó intensivamente al negocio de las cards en el último cuarto el siglo XIX. Su política consistió en encargar el papel cortado desde los mejores talleres de Inglaterra e imitar el estilo Howland, sustituyendo la H del reverso por una W. Además esta compañía compró la A.J. Fisher Company de Nueva York comenzando otro lucrativo negocio, el de los comics de San Valentín, uno de sus productos más populares.

Animado por el éxito, Whitney decidió incrementar su negocio prescindiendo de los proveedores ingleses para fabricar ellos mismos el papel y los adornos. Después del incendio de 1915 donde la fábrica de Whitney casi desaparece, la empresa retomó su actividad dirigida por su hijo Warren hasta su cierre en 1942, acuciada por las restricciones comerciales y la escasez de papel que impuso el tiempo de guerra.

Ilustradores de Valentines

Me gustaría terminar este post haciendo mención a dos magníficos ilustradores que hicieron del diseño de tarjetas de San Valentín todo un arte. Estos ilustradores trabajaban por encargo, dibujando tarjetas para empresas que los imprimían en serie y los distribuían por toda Europa occidental y Estados Unidos. Frente a las tarjetas que describimos anteriormente donde predominaba el trabajo artesanal, estas tarjetas eran impresiones que se vendían a precios mucho más populares y que crearon una auténtica cardmania en la sociedad victoriana.

La primera de ellas la inigualable Kate Greenaway, a la que le dedicamos ya un post en este blog, y cuyas ilustraciones nos llevan a una infancia llena de ternura e inocencia, que supo reflejar en unas tarjetas llenas de dulzura.

Samuel L Schmucker, ilustrador estrella de Marcus Ward, cuyos diseños son fácilmente identificables por sus bellísimas  ilustraciones a todo color de damas victorianas enamoradas, acompañadas de una pequeña leyenda o poema referente al amor. Todas sus tarjetas tenían un elaborado y cuidado diseño con imágenes muchas veces en relieve, marcos dorados de filigrana y letras en diferentes fuentes calígrafas en las que combinaba varios colores. Un conjunto con el que quizás identificamos la tarjetas de valentine victoriana más que con cualquier otro.

Si quieres más informacion sobre tarjetas de San Valentine y scrap victoriano visita:

http://www.indiana.edu/~liblilly/index.php

http://www.scrapalbum.com/

http://www.antiques-atlas.com/antiques/Ephemera/Greetings_Card/Valentines_Cards.php

Y si te interesa la moda victoriana visita una coleccion de paper dolls victorianas en  mi blog:

www.casitadepapel.wordpress.com

¡Feliz St Valentine’s Day!

E.T.A Hoffmann


Llevaba unos días pensando en cuál sería el mejor post para felicitar estas fiestas. Lo primero que se me ocurrió fue el tan evidente – y tan adecuado – Cuento de Navidad de Charles Dickens, pero algo me dice que Mr Scrooge nos visitará de nuevo en estas fiestas desde decenas de adaptaciones más o menos logradas desde todos los canales de televisión.

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Así que recordé otro clásico navideño, El Cascanueces, y E.T.A Hoffmann y el Romanticismo Alemán me parecieron perfectos para ser invitados en La Casa Victoriana en estas fechas navideñas, principalmente porque, aunque este cuento es una obra universalmente conocida gracias a la adaptación musical que hizo Tchaikovsky, posteriormente convertida en ballet, poca gente sabe que es obra del polifacético escritor prusiano.

E.T.A Hoffman, Ernst Theodor Amadeus Willhem Hoffman, nació en Prusia en 1776 y aunque Amadeus no formaba parte de su nombre original, lo adoptó como homenaje a su admirado Mozart. Su primera vocación fue la dedicación al mundo judicial, ejerciendo de jurista hasta la derrota de Prusia a manos de las tropas napoleónicas. Este revés en su carrera de jurista fue el detonante de que tuviera que dedicarse al mundo de las artes, que hasta momento sólo había considerado una especie de pasatiempo.

De este modo las inseguridades de Hoffmann respecto a su talento quedaron ampliamente superadas ante el éxito de su obra musical, que incluye obras para orquesta y piano, óperas y ballets, su trabajo pictórico, una sublime obra escrita y sobre todo su gran influencia como inspirador para otros artistas que crearon óperas y ballets a partir de su obra. Como ejemplos más destacados, además de El Cascanueces,  están Jacques Offenbach y su ópera Los Cuentos de Hoffman o Leo Delibes para su ballet Copelia. Otros autores como Schumann, Wagner o Donizetti hallaron inspiración para su obra en los personajes, argumentos o piezas musicales del prusiano.

Artus Scheiner

Como escritor es uno de los autores más destacados del Romanticismo Alemán. Comenzó a escribir alrededor de los diez últimos años de su corta vida, y cuando según testimonios de sus familiares y conocidos, era totalmente dependiente del alcohol. Sus cuentos cortos están llenos de suspense y horror, llevando al lector a un terror psicológico provocado por sus personajes fantasmagóricos y sus atmósferas sobrenaturales, donde realidad y fantasía se entremezclan creando un mundo único. Sus cuentos cortos fueron reunidos en un recopilatorio de dos volúmenes titulado Piezas Fantásticas, donde se reúnen todas las características más destacadas del cuento de terror gótico. Son especialmente recomendables El Hombre de Arena y Vampirismo. Su novela Los Elixires del Diablo está considerada una obra cumbre, no sólo del Romanticismo Alemán sino de la literatura universal.


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El cine y la animación no ha podido resistirse a El Cascanueces, produciendo adaptaciones no siempre fieles al espíritu del cuento de Hoffmann, edulcorando y suavizando su contenido para hacerlo más comercial. De todas ellas mi preferida es la adaptación animada rusa de 1973, dirigida por Boris Stepansev, más cercana al cuento original que a la adaptación para ballet de Tchaikovski. Los enlaces pertenecen a la versión original rusa con subtítulos en inglés. Desgraciadamente ni la calidad del video ni del audio son las mejores para disfrutar tanto de la película como de la música, pero aún así, merece la pena ver esta pequeña joya de la animación.

The Nutcracker. Parte 1.

El Cascanueces 1

The Nutcracker. Parte 2.

El Cascanueces 2

Si quieres deleitarte con una de las mejores adaptaciones del ballet de Tchaikovski, te recomiendo la versión del American Ballet Theatre, protagonizada por Mikhail Baryshnikov en el papel del Príncipe Cascanueces y por Gelsey Kirkland en el de Clara. Esta es la versión del ballet adaptada para la televisión en 1977 – y mi favorita.

The Nutcracker Ballet

The Nutcracket Ballet

Para todos aquellos que queráis leer la versión íntegra de El Cascanueces tenéis una buena traducción en esta página:

http://www.navidadlatina.com/cuentosypoesias/elcascanueces.asp

Si estás interesado en el Romanticismo Alemán y la figura de Hoffman como inspirador de los artistas de su época os dejo una página recién descubierta de la RNV holandesa en su versión en español, que me ha encantado, donde además de situarnos en el contexto histórico del autor con una información muy completa, se adereza con las piezas musicales que ha inspirado:

http://www.rnw.nl/espanol/radioshow/eta-hoffmann-como-inspirador

¡Felices y Victorianas Navidades para todos y todas!

Arts and Crafts: Charles Robert Ashbee

 

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Hacemos un pequeño paréntesis en el mundo de los cuentos que se habían instalado durante estos meses en La Casa Victoriana para dejar paso a un movimiento que revolucionó el modo de entender las artes y el diseño y que dio cobijo a figuras tan relevantes y conocidas como William Morris.

Pero no es a él a quién vamos a dedicar el post de hoy sino a Charles Robert Ashbee, fundador de la Guild and School of Handicraft (Gremio y Escuela de Artesanía) y uno de los pilares del movimiento de Arts and Crafts.

Charles Robert Ashbee nació en Londres en 1863; hijo de un acomodado comerciante inglés, gran aficionado al arte y bibliografo reconocido, estudió en los mejores centros londinenses, como el King’s College y el Wellington. Interesado en las nuevas corrientes artísticas y sociales conectó rápidamente con los postulados de John Ruskin.

La doctrina de Ruskin y el pensamiento socialista de Morris se unieron para dar forma al Gremio y Escuela de Artesanía que Ashbee fundó en el distrito londinense de Whitechapel, en Londres. En este centro Ashbee aglutinó a los más innovadores artistas de la época. A pesar de sus diferencias personales, todos compartían una ideología artística: recuperar la esencia del arte más puro, basado en las formas de la naturaleza, la creación de piezas únicas, con alma.

Y cuando hablamos de arte nos referimos a todas las manifestaciones artísticas: mobiliario, cerámica, pintura, loza, joyería…Para los integrantes del Gremio los objetos cotidianos cobraban vida si realmente se establecía una conexión entre el objeto y la función para la que ese objeto había sido concebido.

Todo ello se contraponía con el concepto de arte que trajo consigo la Revolución Industrial: arte hecho en serie, en fábricas, piezas hechas para un mero uso funcional sin ningún fundamento estético.

Los integrantes del Gremio pensaban que arte y artesanía formaban parte de un todo y separar al artista del arte era una aberración no sólo estética sino ética. Pero iban aún más allá: propugnaban una vuelta al medievalismo, al trabajo colectivo y grupal, todo encaminado a  la consecución de un producto con un acabado de calidad tanto en su diseño como en su carácter funcional, donde artesano y cliente se sientas satisfechos con el resultado final.

Algo que nos puede parecer obvio, desde un punto de vista artístico, no lo era (no lo es) desde un punto de vista económico y social. Si a duras penas en nuestra sociedad de consumo actual lo comprendemos -consumimos objetos hechos en serie, pocas veces de verdadera calidad y con materiales no naturales- y hemos relegado a los artesanos, de cualquier gremio, a pequeños talleres donde su arte y su producción no pueden competir en precio con la maquinaria empresarial china, debemos ponernos en la piel de una sociedad de emergente burguesía, como la de la Revolución Industrial, que, de pronto,  podía acceder a pequeños lujos decorativos, aunque no fueran de reseñable calidad, pero que le hacían sentirse más cerca de las clases aristocráticas a las que soñaban parecerse.

Por este motivo, aunque el movimiento Arts and Crafts fue revolucionario en su época, podemos decir que el reconocimiento de su ARTE (con mayúsculas) fue reivindicado como genial más desde la posteridad que desde su presente, ya que en un momento dado, el impacto causado y el deseo de muchos burgueses de participar de este movimiento fue el primer paso hacia el punto del que el propio movimiento quería huir: las imitaciones de baja calidad.

Pronto salieron imitadores a nivel industrial, producciones en serie que copiaban los diseños del Gremio y de la compañía creada por Morris, haciendo que las tesis del movimiento perdieran su propia esencia.

En este punto Charles Ashbee decide ir más allá del movimiento y abrazar el maquinismo o ideología maquinista. Este movimiento se integraba en la nueva creencia racionalista de que las máquinas y la industria ya formaban parte de una asociación indisoluble con el progreso económico, social y artístico. No aceptar esta premisa era quedarse atrás y no avanzar con la sociedad.

Pero Ashbee, da una vuelta de tuerca al pensamiento maquinista en serie y decide aplicar las teorías de Arts and Crafts a la corriente imperante: el diseño industrial. No se trataba de abandonar la esencia del producto, sino de darle un nuevo significado: diseñar y producir objetos usando todo aquello que tenía a su alcance, y la nueva maquinaria y las industria moderna podían ser el pilar de esa producción. Ashbee no consideraba que su nuevo concepto de arte sacrificara al artesano, sino que transformaba al artesano en diseñador industrial, siendo sus manos la máquina.

En 1905 el Gremio y Escuela de Artesanos desapareció, pero su esencia evoluciónó en la mente de Charles Robert Ashbee.

Todas las imágenes pertenecen a piezas (maravillosas piezas) diseñadas por Charles Robert Ashbee.

Cuentos de Hadas II: Hans Christian Andersen

Elegir a Hans Christian Andersen para ilustrar este segundo post sobre los cuentos de hadas victorianos no fue una elección difícil. Por un lado, a diferencia de los Hermanos Grimm, Andersen no es sólo un recopilador de cuentos sino un autor con obras y personajes originales; por otra parte la conexión del autor con la cultura victoriana es más que evidente, no sólo por la influencia que sus obras tuvieron en la sociedad tanto a nivel literario como popular, sino por el gran prestigio y amistad personal que alcanzó entre algunos de los autores más sobresalientes de la época como Charles Dickens, Thackeray u Oscar Wilde.

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Porque contrariamente a lo que pudiésemos imaginar, los cuentos de Andersen alcanzaron más popularidad entre los adultos que entre los niños. Pero, si sus historias, a pesar de ser originales, contenían todos los ingredientes de un cuento clásico, héroes y heroínas, villanos que tienen su merecido con un horrible final, amor verdadero que puede romper cualquier hechizo, ¿cuál fue el motivo de ese éxito entre el público adulto?

Como Charles Dickens dijo en más de una ocasión Andersen dotaba a sus personajes e historias de un sabor agridulce que los hacía «reales». A pesar, de vivir en un mundo de fantasía, los protagonistas de sus cuentos podían fácilmente reconocerse en situaciones reales, estando más cerca del Peter Pan de J.M. Barrie y de Los Niños del Agua de Charles Kinsley que de los cuentos de los Grimm. El bien y el mal tienen tintes grises en los cuentos de Andersen, la desesperanza flota en el ambiente hasta llegar a ese esperado final feliz.

Pero como en Dickens, el final feliz no es capaz de borrar de nuestra mente las penas que los protagonistas han vivido antes. La moraleja no es el final del cuento sino que es el cuento en sí mismo. Y ese final feliz no es siempre un festín de risa y felicidad sino un inmenso alivio para la desgraciada situación del protagonista, como sucede en uno de los cuentos más tristes y bonitos que he escuchado, La pequeña cerillera, dedicado a la memoria de su madre, una vendedora pobre y alcohólica.

 

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La Pequeña Cerillera

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Ilustración de  Wilhelm Petersen para el original de La pequeña cerillera

 

¡Qué frío hacía!; nevaba y comenzaba a oscurecer; era la última noche del año, la noche de San Silvestre. Bajo aquel frío y en aquella oscuridad, pasaba por la calle una pobre niña, descalza y con la cabeza descubierta. Verdad es que al salir de su casa llevaba zapatillas, pero, ¡de qué le sirvieron! Eran unas zapatillas que su madre había llevado últimamente, y a la pequeña le venían tan grandes, que las perdió al cruzar corriendo la calle para librarse de dos coches que venían a toda velocidad. Una de las zapatillas no hubo medio de encontrarla, y la otra se la había puesto un mozalbete, que dijo que la haría servir de cuna el día que tuviese hijos.

Y así la pobre niña andaba descalza con los desnudos pies completamente amoratados por el frío. En un viejo delantal llevaba un puñado de fósforos, y un paquete en una mano. En todo el santo día nadie le había comprado nada, ni le había dado un mísero chelín; volvíase a su casa hambrienta y medio helada, ¡y parecía tan abatida, la pobrecilla! Los copos de nieve caían sobre su largo cabello rubio, cuyos hermosos rizos le cubrían el cuello; pero no estaba ella para presumir.

En un ángulo que formaban dos casas -una más saliente que la otra-, se sentó en el suelo y se acurrucó hecha un ovillo. Encogía los pies todo lo posible, pero el frío la iba invadiendo, y, por otra parte, no se atrevía a volver a casa, pues no había vendido ni un fósforo, ni recogido un triste céntimo. Su padre le pegaría, además de que en casa hacía frío también; sólo los cobijaba el tejado, y el viento entraba por todas partes, pese a la paja y los trapos con que habían procurado tapar las rendijas. 

Arthur Rackham illustration

Ilustración de Arthur Rackham

Tenía las manitas casi ateridas de frío. ¡Ay, un fósforo la aliviaría seguramente! ¡Si se atreviese a sacar uno solo del manojo, frotarlo contra la pared y calentarse los dedos! Y sacó uno: «¡ritch!». ¡Cómo chispeó y cómo quemaba! Dio una llama clara, cálida, como una pequeña luz, cuando la resguardó con la mano; una luz maravillosa. Le pareció a la pequeña que estaba sentada junto a una gran estufa de hierro, con pies y campana de latón; el fuego ardía magníficamente en su interior, ¡y calentaba tan bien! La niña alargó los pies para calentárselos a su vez, pero se extinguió la llama, se esfumó la estufa, y ella se quedó sentada, con el resto de la consumida cerilla en la mano.

Encendió otra, que, al arder y proyectar su luz sobre la pared, volvió a ésta transparente como si fuese de gasa, y la niña pudo ver el interior de una habitación donde estaba la mesa puesta, cubierta con un blanquísimo mantel y fina porcelana. Un pato asado humeaba deliciosamente, relleno de ciruelas y manzanas. Y lo mejor del caso fue que el pato saltó fuera de la fuente y, anadeando por el suelo con un tenedor y un cuchillo a la espalda, se dirigió hacia la pobre niña. Pero en aquel momento se apagó el fósforo, dejando visible tan sólo la gruesa y fría pared.Encendió la niña una tercera cerilla, y se encontró sentada debajo de un hermosísimo árbol de Navidad. Era aún más alto y más bonito que el que viera la última Nochebuena, a través de la puerta de cristales, en casa del rico comerciante. Millares de velas, ardían en las ramas verdes, y de éstas colgaban pintadas estampas, semejantes a las que adornaban los escaparates. La pequeña levantó los dos brazos… y entonces se apagó el fósforo. Todas las luces se remontaron a lo alto, y ella se dio cuenta de que eran las rutilantes estrellas del cielo; una de ellas se desprendió y trazó en el firmamento una larga estela de fuego.

Vilhelm Pedersen.
Ilustración de Wilhelm Pedersen para el original de La pequeña cerillera

 

«Alguien se está muriendo» -pensó la niña, pues su abuela, la única persona que la había querido, pero que estaba muerta ya, le había dicho-: Cuando una estrella cae, un alma se eleva hacia Dios.

Frotó una nueva cerilla contra la pared; se iluminó el espacio inmediato, y apareció la anciana abuelita, radiante, dulce y cariñosa.

-¡Abuelita! -exclamó la pequeña-. ¡Llévame, contigo! Sé que te irás también cuando se apague el fósforo, del mismo modo que se fueron la estufa, el asado y el árbol de Navidad. Se apresuró a encender los fósforos que le quedaban, afanosa de no perder a su abuela; y los fósforos brillaron con luz más clara que la del pleno día. Nunca la abuelita había sido tan alta y tan hermosa; tomó a la niña en el brazo y, envueltas las dos en un gran resplandor, llenas de gozo, emprendieron el vuelo hacia las alturas, sin que la pequeña sintiera ya frío, hambre ni miedo. Estaban en la mansión de Dios Nuestro Señor.

Pero en el ángulo de la casa, la fría madrugada descubrió a la chiquilla, rojas las mejillas, y la boca sonriente… Muerta, muerta de frío en la última noche del Año Viejo. La primera mañana del Nuevo Año iluminó el pequeño cadáver, sentado, con sus fósforos, un paquet de los cuales aparecía consumido casi del todo. «¡Quiso calentarse!», dijo la gente. Pero nadie supo las maravillas que había visto, ni el esplendor con que, en compañía de su anciana abuelita, había subido a la gloria del Año Nuevo.

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Nacido en Odense, Dinamarca en 1805, su infancia fue tremendamente pobre y desgraciada, pero como el hambre agudiza el ingenio, este niño imprevisible que mendigaba bajo los puentes, se las arregló para leer todo lo que caía en  sus manos y labrarse un grupo de amistades de un nivel social muy superior al suyo, que lo protegieron y lo relacionaron con clases sociales a las que nunca habría llegado por su condición. De hecho, su vida parece salida de un cuento, ya que el mismísimo rey Federico lo tuvo entre sus protegidos y llegó a ir a la universidad en una época donde ésta estaba reservada sólo para unos pocos.

En 1827 publicó su primera obra, y a partir de ese momento comenzó su progresivo éxito que le llevó a ser uno de los personajes más conocidos de Europa. Con su afán viajero recorrió multitud de países sobre los que después escribía en varios periódicos ,y su vida sentimental era la comidilla de los salones sociales europeos: tan pronto se declaraba a Jenny Lindt, famosísima cantante de ópera apodada El Ruiseñor – y a la que le dedicó un cuento con este mismo nombre, como proclamaba su amor en forma de romántica epístola a bailarines y jóvenes herederos europeos.

Romántico, enamoradizo y aventurero, su vida era para él la mayor fuente de inspiración para sus historias: su infancia, su progreso, sus amores femeninos y masculinos no correspondidos; todos influyeron en sus personajes y en sus cuentos, como él mismo declaró toda su obra tiene una parte de él. Nada es totalmente bueno ni malo, no hay felicidad absoluta pero todo se puede solucionar de algún modo. Es la esperanza dentro de la desesperanza.

The Wind's Tale - Edmund Dulac (illustrations for Stories by Hans Christian Andersen, 1911
The Wind’s Tale. Ilustración de Edmund Dulac para el cuento de Andersen

 

 

Andersen nunca se consideró un autor de cuentos; de hecho sus ambiciones iban más allá de lo que él consideraba un arte menor para ganarse la vida y siempre aspiró a ser dramaturgo o novelista de éxito, como su amigo Dickens; pero nunca lo consiguió. Sus novelas y obras fueron un rotundo fracaso que le causaron una gran decepción.

Nunca pensó que sus cuentos fueran a pasar a la historia de la literatura ni que hoy estaríamos hablando de él como uno de los grandes autores de la literatura universal.

Quizás, como en sus cuentos, siempre hay un final feliz, aunque sea un final diferente al esperado.

Una Hoja en el cielo

A gran altura, en el aire límpido, volaba un ángel que llevaba en la mano una flor del jardín del Paraíso, y al darle un beso, de sus labios cayó una minúscula hojita, que, al tocar el suelo, en medio del bosque, arraigó en seguida y dio nacimiento a una nueva planta, entre las muchas que crecían en el lugar.

-¡Qué hierba más ridícula! -dijeron aquéllas. Y ninguna quería reconocerla, ni siquiera los cardos y las ortigas. -Debe de ser una planta de jardín -añadieron, con una risa irónica, y siguieron burlándose de la nueva vecina; pero ésta venga crecer y crecer, dejando atrás a las otras, y venga extender sus ramas en forma de zarcillos a su alrededor.

-¿Adónde quieres ir? -preguntaron los altos cardos, armados de espinas en todas sus hojas-. Dejas las riendas demasiado sueltas, no es éste el lugar apropiado. No estamos aquí para aguantarte.

Louis van Houtte, botanical illustration, Fuchsias, 1877
Ilustración botánica de Louis Van Houtte

Llegó el invierno, y la nieve cubrió la planta; pero ésta dio a la nívea capa un brillo espléndido, como si por debajo la atravesara la luz del sol. En primavera se había convertido en una planta florida, la más hermosa del bosque. Vino entonces el profesor de Botánica; su profesión se adivinaba a la legua. Examinó la planta, la probó, pero no figuraba en su manual; no logró clasificarla.

-Es una especie híbrida -dijo-. No la conozco. No entra en el sistema. -¡No entra en el sistema! -repitieron los cardos y las ortigas. Los grandes árboles circundantes miraban la escena sin decir palabra, ni buena ni mala, lo cual es siempre lo más prudente cuando se es tonto. Se acercó en esto, bosque a través, una pobre niña inocente; su corazón era puro, y su entendimiento, grande, gracias a la fe; toda su herencia acá en la Tierra se reducía a una vieja Biblia, pero en sus hojas le hablaba la voz de Dios: «Cuando los hombres se propongan causarte algún daño, piensa en la historia de José: pensaron mal en sus corazones, mas Dios lo encaminó al bien. Si sufres injusticia, si eres objeto de burlas y de sospechas, piensa en Él, el más puro, el mejor, Aquél de quien se mofaron y que, clavado en cruz, rogaba:

“¡Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen!»».

La muchachita se detuvo delante de la maravillosa planta, cuyas hojas verdes exhalaban un aroma suave y refrescante, y cuyas flores brillaban a los rayos del sol como un castillo de fuegos artificiales, resonando además cada una como si en ella se ocultase el profundo manantial de las melodías, no agotado en el curso de milenios.

Con piadoso fervor contempló la niña toda aquella magnificencia de Dios; torció una rama para poder examinar mejor las flores y aspirar su aroma, y se hizo luz en su mente, al mismo tiempo que sentía un gran bienestar en el corazón. Le habría gustado cortar una flor, pero no se decidía a hacerlo, pues se habría marchitado muy pronto; así, se limitó a llevarse una de las verdes hojas que, una vez en casa, guardó en su Biblia, donde se conservó fresca, sin marchitarse nunca.

Quedó oculta entre las hojas de la Biblia; en ella fue colocada debajo de la cabeza de la muchachita cuando, pocas semanas más tarde, yacía ésta en el ataúd, con la sagrada gravedad de la muerte reflejándose en su rostro piadoso, como si en el polvo terrenal se leyera que su alma se hallaba en aquellos momentos ante Dios.

Pero en el bosque seguía floreciendo la planta maravillosa; era ya casi como un árbol, y todas las aves migratorias se inclinaban ante ella, especialmente la golondrina y la cigüeña.

-¡Esto son artes del extranjero! -dijeron los cardos y lampazos-. Los que somos de aquí no sabríamos comportarnos de este modo.

Y los negros caracoles de bosque escupieron al árbol.

Vino después el porquerizo a recoger cardos y zarcillos para quemarlos y obtener ceniza. El árbol maravilloso fue arrancado de raíz y echado al montón con el resto:

-Que sirva para algo también -dijo, y así fue.

Berthe Hoola Van Nooten
Ilustración botánica de Berthe Hoola Van Nooten

Mas he aquí que desde hacía mucho tiempo el rey del país venía sufriendo de una hondísima melancolía; era activo y trabajador, pero de nada le servía; le leían obras de profundo sentido filosófico y le leían, asimismo, las más ligeras que cabía encontrar; todo era inútil. En esto llegó un mensaje de uno de los hombres más sabios del mundo, al cual se habían dirigido. Su respuesta fue que existía un remedio para curar y fortalecer al enfermo: «En el propio reino del Monarca crece, en el bosque, una planta de origen celeste; tiene tal y cual aspecto, es imposible equivocarse». Y seguía un dibujo de la planta, muy fácil de identificar: «Es verde en invierno y en verano. Coged cada anochecer una hoja fresca de ella, y aplicadla a la frente del Rey; sus pensamientos se iluminarán y tendrá un magnífico sueño que le dará fuerzas y aclarará sus ideas para el día siguiente».

La cosa estaba bien clara, y todos los doctores, y con ellos el profesor de Botánica, se dirigieron al bosque. Sí; mas, ¿dónde estaba la planta?

-Seguramente ha ido a parar a mi montón -dijo el porquero y tiempo ha está convertida en ceniza; pero, ¿qué sabía yo?

-¿Qué sabías tú? -exclamaron todos-. ¡Ignorancia, ignorancia! -. Estas palabras debían llegar al alma de aquel hombre, pues a él y a nadie más iban dirigidas.

No hubo modo de dar con una sola hoja; la única existente yacía en el féretro de la difunta, pero nadie lo sabía.

El Rey en persona, desesperado, se encaminó a aquel lugar del bosque.

-Aquí estuvo el árbol -dijo-. ¡Sea éste un lugar sagrado!

Y lo rodearon con una verja de oro y pusieron un centinela. El profesor de Botánica escribió un tratado sobre la planta celeste, en premio del cual lo cubrieron de oro, con gran satisfacción suya; aquel baño de oro le vino bien a él y a su familia, y fue lo más agradable de toda la historia, ya que la planta había desaparecido, y el Rey siguió preso de su melancolía y aflicción.

-Pero ya las sufría antes -dijo el centinela.

Louis Van Houtte, Belgian
Ilustración botánica de Louis Van Houtte

 

 

Los cuentos que aparecen en este post los he recogido del siguiente link Cuentos de Hans Christian Andersen , donde podéis encontrar una recopilación completa de cuentos de Hans Christian Andersen.

Cuentos de Hadas I

Este post está dedicado a mi madre que siempre dejó que los espíritus de los cuentos hiciesen volar mi imaginación, compartiendo aquellos que le contaron de pequeña e inventando muchos otros que siguen vivos en mi memoria como si me los acabara de contar.

George Lawrence Bulleid (1858-1933)
A Young Girl Reading a Book George Lawrence Bulleid

 

Cuando alguien dice «Érase una vez…», un cuento nace tan fresco como la primera vez que se contó….

No hay historias que calen más en nuestra memoria que los cuentos infantiles que nos han contado cuando éramos niños.  La magia y la fantasía que la que están hechos impregnan nuestros recuerdos desde la infancia acompañándonos en nuestra edad adulta y no siendo jamás olvidados.

Porque un cuento, mucho más allá de una historia es una enseñanza, una moraleja llena de valores, donde los héroes y heroínas consiguen la felicidad después de pasar penas, duras pruebas, probar su fe o de modificar un comportamiento donde los defectos son más evidentes que las virtudes.

Un héroe debe afrontar sus propios miedos, poner a prueba su valentía y olvidarse de sí mismo para lograr su fin, un buen y honesto fin por supuesto.

El villano y la bruja siempre tienen su merecido, habitualmente con un castigo ejemplar; el orgulloso y el presuntuoso siempre reciben su cura de humildad. No hay malvado que no reciba un castigo en consonancia con su pecado. Es el triunfo de la honestidad frente a la injusticia, del bien frente al mal.

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Un antiguo cuento costarricense narra la historia de un príncipe al que su padre quería casar a toda costa. Para ello trajo a todas las princesas de los reinos vecinos y lejanos para que el joven príncipe eligiera quien sería su esposa; pero al príncipe no le gustaba ninguna. Decepcionado y enfadado con su padre cogió su caballo y decidió pasear por el bosque, donde encontró en un naranjo tres magníficas naranjas de oro. Hambriento y sediento decidió comer las naranjas.

Con gran sorpresa, cuando cortó la primera naranja, vio como esta se transformaba en una preciosa joven que le pidió un sorbo de agua pues estaba sedienta. Como el joven no tenía agua la joven desapareció por arte de magia. Lo mismo sucedió cuando cortó la segunda naranja: otra joven le pidió agua que el joven no le pudo ofrecer por lo que también desapareció. Cuando cortó la tercera naranja, una bella mujer de ojos azabache y negros cabellos le pidió agua. El joven buscó agua para ofrecérsela. Cuando la joven bebió rompió el hechizo que la había encerrado en la naranja y se casó con el príncipe.

Pero la malvada bruja se enteró de que su maleficio se había roto y buscó a la princesa para castigarla de nuevo. Aprovechando que el príncipe se había ido de caza fue al castillo donde estaba la joven y le vendió una horquilla que cuando se clavó en su pelo la transformó en una paloma blanca que voló hacia el bosque.

Viendo en el bosque una paloma tan hermosa el príncipe la capturó para regalársela a su esposa; pero cuando volvió se dio cuenta de que la princesa había desaparecido. Pasaron los meses y nada calmaba la pena del príncipe excepto la bella paloma y acariciándola se dio cuenta de que había algo clavado entre sus plumas. Con mucho cuidado se lo quitó y ante sus asombrados ojos apareció su bella esposa.

El príncipe ordenó buscar a la bruja para castigarla, pero no fue necesario. Había muerto de una manera terrible, quemada en un incendio de su cabaña, castigada por el fuego por sus horribles maldades.

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Freia, the fair one by Arthur Rackham
Freia, the fairie one. Ilustración de Arthur Rackham

 

Y, en un cuento, así tiene que ser: cuando al final nos dicen «y vivieron felices para siempre» nos lo creemos porque su final justo y optimista hace que nos lo creamos.

Los cuentos son básicamente historias tradicionales, transmitidos oralmente durante siglos de padres a hijos, al calor del fuego en invierno, por los juglares de pueblo en pueblo, cantándolos, narrándolos e ilustrándolos de mil maneras gráficas y mímicas. El cuento nació para ser legado de generación en generación, de pueblo en pueblo.

Y, aunque, todos los cuentos están basados en el folclore popular de cada región, su esencia puede ser adoptada por cualquier cultura, ya que sus valores no tienen fronteras culturales; esa es la razón por la que cuentos de lugares culturalmente tan dispares como Japón, Rusia, la India, Irlanda o los países mediterráneos comparten rasgos, argumentos o personajes, que nos hacen pensar en el mismo cuento situados en lugares diferentes.

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Cuenta un antiguo cuento coreano como a un muchacho le encantaba que le contaran cuentos, los disfrutaba con auténtico entusiasmo y tanto le gustaban que los quería sólo para él; por ese motivo se negó a compartirlos y nunca se los contó a otros. Durante años se dedicó a guardar esos cuentos en una vieja bolsa y nunca permitía que nadie los escuchase.

Un día un viejo sirviente escuchó como unos extraños murmullos salían de la bolsa de suamo y acercó su oreja para escuchar que decían aquellas voces que salían del misterioso zurrón que su amo apreciaba tanto. El terror se dibujó en el rostro del criado: espíritus de historias olvidadas luchaban por salir de allí, planeaban mil venganzas para liberarse y castigar a su carcelero, y aquel era el mejor de los días. El muchacho se disponía a casarse y no vigilaría la bolsa. Era su oportunidad.

El fiel criado le contó a su joven amo lo que había escuchado diciéndole: «No se puede tener a los espíritus de los cuentos prisioneros, debes liberarlos, es su naturaleza…»

El joven comprendiendo su error liberó a todos los espíritus y desde aquel día se dedicó a contar a todo el que quería escuchar todos los cuentos que había aprendido y las mil historias que había atesorado.  Los cuentos están hechos para ser contados.

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En la época Victoriana los cuentos tuvieron un importante renacimiento; el espíritu victoriano romántico, amante de la antasía y  de lo exótico trajeron una edad de oro al mundo de las pequeñas novelas.  Recopilaciones como las de los hermanos Grimm o relatos propios como los de Hans Christian Andersen llenaron de fantasía los hogares del siglo XIX. Además los mejores ilustradores como Rukcham, Doré o Goble llenaron de vida las historias de hadas, príncipes y princesas, malvados y brujas de las historias populares de Perrault y de todas aquellas pertenecientes a la cultura tradiciónal y contribuyeron a que el arte y el cuento se unieran en una maravillosa pareja digna de un cuento de hadas.

En el siguiente post dejaremos volar nuestra imaginación por la estructura, los personajes y los escenarios más comunes de los cuentos. Y, por qué no, narraremos alguna que otra historia que nos lleve de viaje por los pueblos y culturas del mundo. Pero como escribió W.B. Yeats «¡cuidado! no intentes saber demasiado sobre las hadas…»

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En las ruinas de un antiquísimo castillo irlandés todos los años, por Halloween, se reunían las Hadas paras celebrar Halloween. Nadie se acercaba por allí durante la celebración – las Hadas eran capaces de la magia más bondadosa, pero también muy susceptibles y no consentían que se las molestaran; si así fuera se vengarían sin piedad.

Un joven muy pobre llamado Jamie, decidió ir al castillo en busca de fortuna durante esas fechas, en contra de la voluntad de su madre, una viuda muy pobre. Allí fue recibido con algarabía por las Hadas que lo invitaron a participar de sus travesuras. La de esa noche sería raptar a una joven dama. Jamie decidió ir con ellas  y a lomos de un corcel mágico cabalgó sobre los  barrios de Dublín. A través de una ventana de una elegante casa victoriana vieron a una hermosa joven que dormía y Jamie no salió de su asombro cuando vio a las pequeñas hadas raptar a la joven y sustituirla por un palo inerte transfigurado con su cuerpo y rasgos.

Jamie no podía apartar sus ojos de la bella joven y le pidió a las Hadas si podía llevarla él en su caballo. Las Hadas accedieron y cuando sobrevolaban la aldea del joven se tiró del caballo con la joven dama en sus brazos y corrió haciacas a. Las Hadas , enfadadas por el engaño del muchacho, le lanzaron todo tipo de maleficios convirtiendo a la joven en animales y otros objetos para que Jamie la soltara. Pero la voluntad del joven de quedarse con la muchacha era superior a cualquier hechizo y se resistía a soltarla. Entonces una de las Hadas decidió volver a la joven sorda y muda para siempre.

Jamie y su madre cuidaron con mimo a la muchacha pero su rostro siempre estaba invadido por la tristeza. Así que al año siguiente, Jamie decidió volver al castillo por Halloween para enfrentarse a las Hadas. Casualmente escuchó a las Hadas reirse de él recordando su travesura del año anterior y como una de ellas tenía en su mano un bebedizo que le devolvería el habla y el oído a la joven. Astuto como era, Jamie se las arregló para quitarle el brebaje al Hada y huir con él.

Cuando la joven bebió de él y se recuperó la alegría del muchacho y de su madre fue grande, no así la de la joven que quería volver a casa para ver a su familia, a pesar de estar muy agradecida a la viuda y a Jamie, del que se había enamorado.

De vuelta a Dublín, y después de convencer a sus padres de que seguía viva – sus  familia había enterrado  un año atrás al palo hechizado por las Hadas – la joven y Jamie se casaron en una espléndida boda donde la madre de Jamie ocupó un lugar destacado.

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Jumeau Dolls

Beautiful Rare Antique French Bisque Bebe E.J. Jumeau doll, Size 8, with Original Dress and Hat

En 1842 Pierre François Jumeau, con la ayuda de Louis Désiré Belton funda su empresa de muñecos en París. Esta aventura empresarial, aunque llena de ideas y proyectos, comenzó con muy pocos medios, hasta el punto que, como no tenían horno para la porcelana, encargaban las cabezas a Barrois y Gaultier y a las empresas alemanas, mucho más aventajadas en la industria del juguete artesano.

Las primeras muñecas Jumeau se hacían con cabezas de papel maché sobre cuerpos de piel, e incluso sus primeros y famosísimos muñecos como el Bebé Gigoteur (el bebé que gatea) o el Bebé Parlant, fabricados en cera sobre papel maché, fueron hechos en colaboración con el que después sería uno de sus mayores competidores Jules Nicolas Steiner.

Las características de estos primeros muñecos Jameau eran su cabeza redonda con ojos de cristal y boca abierta con dientes; a decir verdad, estos muñecos no eran especialmente bonitos aunque supusieron toda una revelación en su época.

En 1867 Emile, hijo de Pierre toma las riendas de la empresa dándole un giro más comercial y trayendo nuevos aires empresariales. Con él la compañía familiar empieza a extenderse y en 1873 ya hacen sus muñecas con bisque heads de fabricación propia. Las cabezas bisque estaban hechas de porcelana blanca, no vidriada y le daban a las muñecas un aspecto más natural y elegante que el papel maché, mucho más tosco, o la cera, mucho más artificial y fría.

El sentido de la perfección y calidad de Emile hicieron de sus muñecas las preferidas por el público y proclamaron a Jumeau como el «Rey de la Muñecas», título irrebatible y aceptado hasta por sus competidores.

Bebe Jumeau Antique Doll in Fabulous

El diseño de la nueva muñeca, con su carita inocente, de ensueño, su nariz aristocrática y sus labios en forma de corazón y sobre todo con sus ojos grandes de cristal azules, tipo «pisapapeles» soplados a mano, con un iris luminoso rodeado de pequeñísimas pestañas pintadas a mano bajo unas cejas bastante pobladas típicas de las Jumeau, conquistó el corazón del público rápidamente.

Otro rasgo inconfundible de las Jumeau era su cuerpo perfecto y resistente de composición, con brazos de madera y piernas que tenían ocho articulaciones móviles de bola, mientras que el cuerpo y la cabeza, ladeada se unían con un resorte.

Era destacable su precioso pelo hecho y peinado por trabajadores especializados; en un primer momento el pelo, rubio y luminoso,  se hacía de mohair tibetano – pelo de cabra largo y suave; más tarde se hizo de pelo humano peinado con hermosos rizos o bucles y con bonitos aderezos.

Todos los muñecos, en su espalda y en su cuerpo llevaban pequeños sellos donde se certificaba la autenticidad y calidad del producto Jumeau.

Pero Emile dio un paso más para hacer de las Jumeau las muñecas referencia de todos los fabricantes; en 1874 se caso con Ernestine Stephanie Ducroix, quien rápidamente se interesó por el trabajo de su marido y se involucró e la fabricación de las muñecas diseñando sus primeros trajes. Esta colaboración fue decisiva porque pronto las Jumeau no sólo se distinguieron por su perfecta fabricación de calidad sino por sus lujosos vestidos, elaborados en talleres especializados con los mejores materiales, seda, algodón, encajes, lanas y terciopelos, siguiendo las últimas tendencias en moda.

Grand 15 of the French Bisque Bebe E.J. by Jumeau in Superb Original Brittany Costume

Los Jumeau no dejaban al azar el más mínimo detalles y a los trajes, abrigos y tocados a juego, añadieron bellos zapatos diseñados en función del traje, elaborados en talleres especializados en calzado y accesorios como bolsos, sombrillas y otros complementos siempre a juego con el vestuario. Además se empezaron a fabricar otros objetos como carritos de bebés, espejos y pequeñas joyas que hacían de cada muñeca Jumeau un objeto único.

En 1892 Emile Jumeau dirigía una empresa de 1000 trabajadores y sacaba al mercado una producción de alrededor de 150.000 unidades anuales.

Pero la presión de la industria alemana, que producía unidades a precios más bajos, aunque con una calidad inferior, hizo que Emile tuviera que replantearse su concepto de negocio de calidad y casi artesanal para sucumbir a las embestidas de un mercado cada vez más competitivo. En 1889 se unió a SFBJ, empresa que le permitió seguir fabricando muñecas con su propio nombre, y aunque durante esta asociación se hicieron muñecas realmente bonitas, incluso con pequeñas cajas parlantes en su interior, que hacían que las muñecas «pudieran hablar» la calidad de la porcelana y de los materiales del vestuario era más baja.

En 1910, Emile Jumeau, falleció a la edad de 67 años y con él se fue una época de artesanía y unas muñecas, que a pesar de los grandes fabricantes de que han tenido tanto Francia como Alemania, nunca han podido ser superadas en gracia y calidad.

Jd

Para saber más de las Jumeau Dolls y de las muñecas fabricadas en el siglo XIX os recomiendo algunos libros libros – aunque no sé si están ya descatalogados.

El primero lleva por título Muñecas Antiguas, de la editorial Dastin y escrito por Agnes Melger. Está en español y estupendamente ilustrado y documentado.

El segundo está en inglés, y editado con la calidad indiscutible de DK está ricamente ilustrado con fotografías de todas las épocas y lleno de detalles ilustrados. Está escrito por Caroline Godfellow y se titula The Ultimate Doll Book.

Ursula Bretch ublicó en 1984 el magnífico Precious Dols: a Treasury of Bisque Dolls.

Y, por último Dolls, de Marco Tosa, un recorrido por la historia de las muñecas, su significado y simbología en las diferentes épocas.