La World’s Great Marriage Association, el negocio del matrimonio en la Inglaterra del siglo XIX

Regresamos a La Casa Victoriana para celebrar una de las fechas victorianas por excelencia: San Valentín.

Este año nuestra entrada estará protagonizada por una institución no demasiado conocida pero que tuvo un gran auge y posterior caída (en picado) en la Inglaterra decimonónica: la agencia matrimonial World’s Great Marriage Association.

En la Inglaterra victoriana, el matrimonio no era solo una cuestión de amor. Era una cuestión económica, un seguro para la respetabilidad en sociedad y, en muchos casos, la única vía real de ascenso de clase.

En ese contexto, no resulta extraño que surgieran negocios dedicados a algo tan personal como encontrar pareja. Entre todas las agencias matrimoniales de finales del siglo XIX, ninguna alcanzó la notoriedad de la World’s Great Marriage Association (WGMA), una empresa londinense vinculada a una publicación especializada, el Matrimonial Herald and Fashionable Marriage Gazette, que prometía matrimonios ventajosos y terminó envuelta en uno de los mayores escándalos sentimentales, económicos y judiciales de la era victoriana.

Matrimonio y clase social en la Inglaterra victoriana

Durante el reinado de Victoria casarse era casi una obligación social implícita, especialmente para las mujeres. La soltería prolongada se asociaba con el fracaso personal, la falta de cualidades o incluso la sospecha moral. Para los hombres, el matrimonio era igualmente importante como forma de estabilizar su vida doméstica y consolidar la posición social.

Pero, en una sociedad cada vez más industrializada y urbana, las costumbres del cortejo clásico representadas en bailes, presentaciones familiares y reuniones sociales ya no funcionaban. Como respuesta, desde mediados del siglo XIX comenzaron a proliferar los anuncios matrimoniales en periódicos y revistas, una práctica que inicialmente despertó muchos recelos pero que se hizo cada vez más habitual.

Anuncios matrimoniales: el origen del mercado sentimental

Este tipo de anuncios consistían en textos breves donde hombres y mujeres describían su edad, carácter, posición económica y expectativas con vistas al matrimonio. No era extraño que, además, se incluyera una breve descripción física donde se dieran datos de altura, peso, color de ojos y pelo, así como de la raza y creencias religiosas, y se pedía que quienes no cumplieran los requisitos se abstuviesen de contestar.

Por supuesto, hubo quien vio en esta necesidad de encontrar pareja una oportunidad de negocio y así nació la agencia matrimonial más famosa del Reino Unido la World’s Great Marriage Association.

Los orígenes

Fundada en Londres hacia 1883, la World’s Great Marriage Association transformó la moda de los anuncios por palabras en un servicio organizado y de pago. A diferencia de una simple columna de anuncios en la que cualquiera podía publicar unas líneas, la WGMA se presentaba como una empresa seria con personal profesional capaz de gestionar la correspondencia, seleccionar candidatos, estudiar sus características y preferencias y garantizar una cita exitosa entre las personas adecuadas.

Los fundadores de la WGMA fueron los hermanos Skates, Mortimer Daniel y John Charles y el suegro de Daniel, John Abrahams. Curiosamente ninguno de los tres eran empresarios ni consta que tuvieran ingresos elevados para poner en marcha, no solo la infraestructura de la agencia sino las diferentes herramientas de apoyo al negocio.

Procedentes de Berkshire, los Skates procedían de familias trabajadoras pero supieron ver la oportunidad en un mercado emergente donde la necesidad, cuando no la desesperación, empujaba a hombres y mujeres a buscar un estatus social de respetabilidad que la sociedad victoriana otorgaba mediante el estado civil.

Su ascenso en el mundo empresarial fue rápido siendo lo que en la actualidad consideraríamos “un caso de emprendimiento de éxito”. La empresa fue registrada como “Sociedad Limitada” con un capital social elevado, pero todo indica que ese capital no era real sino un capital nominal, práctica habitual para dar apariencia de solvencia sin respaldo económico efectivo.

La publicación oficial

Para reforzar su imagen de respetabilidad, la agencia contaba con su propio medio impreso: El Matrimonial Herald and Fashionable Marriage Gazette.

Esta revista, que podía considerarse la publicación oficial de la agencia, se apoyaba en una publicidad agresiva en la que destacaban los anuncios llamativos en los periódicos y revistas de mayor tirada. La publicación se adquiría por alrededor de 2 peniques en quioscos y librerías de Londres y otras áreas urbanas, que eran los lugares donde, principalmente, tenía su público lector.

También podía adquirirse por subscripción; con este método la revista llegaba por correo al domicilio del subscriptor o a la oficina de correos (las personas podían recibir discretamente su correspondencia en una oficina postal bajo su nombre o bajo iniciales y luego pasar a recogerla, en un sistema similar a los apartados postales actuales).

Por otro lado, la revista actuaba como un repositorio de anuncios matrimoniales, herramienta publicitaria de los servicios de la agencia y publicación de referencia del mundo de las citas matrimoniales.

En sus páginas no solo se publicaban anuncios, sino que se dedicaban espacios a supuestos testimonios de éxito gracias al buen trabajo de la agencia matrimonial.

Cómo funcionaba

La revista solía cobrar una tarifa de aproximadamente 4 chelines por colocar un anuncio de hasta 50 palabras en su publicación, pero por un pago adicional los clientes podían acceder a servicios adicionales que proporcionaba la WGMA.

Este pago adicional, que oscilaba entre 2 y 17 libras, daba derecho, además de a la publicación del anuncio, a una asistencia personalizada en el mercado matrimonial, entrevistas personales con el cliente para conocer sus preferencias, consejos sobre cómo presentarse en la búsqueda de pareja y escritura de correspondencia con posibles pretendientes (recordemos muchas personas no sabían escribir correctamente y necesitaban que alguien lo hiciera por ellos).

Además, independientemente de si había pagado la tarifa premium o no, el cliente se comprometía a pagar como mínimo el 2% de cualquier acuerdo matrimonial exitoso a la agencia.

La clientela

Uno de los errores más comunes al hablar de la WGMA es pensar que solo aceptaba hombres. Históricamente, esto no es correcto.

La WGMA aceptaba a cualquier cliente que pagara las tarifas, tanto hombres como mujeres. Ambos sexos podían publicar anuncios y ambos eran guiados, si así lo deseaban para encontrarse con su supuesta pareja ideal. Pero es cierto que las mujeres eran más reacias a publicar este tipo de anuncios, principalmente, por dos razones: la primera era el miedo a quedar expuestas socialmente como solteras desesperadas, la segunda el temor a ser objeto de burlas o ser humilladas públicamente.

Por otra parte, la WGMA publicitaba activamente supuestos anuncios de mujeres con dinero que buscaban un hombre respetable para contraer matrimonio. La posibilidad no solo de abandonar la soltería sino contraer matrimonio con una esposa que aportaba una dote considerable, atrajo masivamente a hombres de clase media con aspiraciones de ascenso social.

La caída

Durante un tiempo, el sistema de la WGMA funcionó con aparente éxito y sin escándalos visibles. Los clientes enviaban sus datos, pagaban la cuota correspondiente y comenzaban a recibir cartas de supuestos pretendientes. Las respuestas llegaban con prontitud y los remitentes parecían dispuestos a conocer a los destinatarios e incluso a comenzar una relación romántica que satisficiera a ambas partes.

Pero fue precisamente esa competencia tan eficaz en el servicio de la agencia la que empezó a levantar sospechas. Algunos clientes advirtieron que las cartas que recibían tenían estilos similares, frases y fórmulas repetidas, como si estuvieran escritas siguiendo patrones preconcebidos o escritos por la misma persona. Asimismo, los remitentes tenían perfiles demasiado coincidentes con los gustos y expectativas de los clientes.

En resumen, todo parecía demasiado perfecto para ser verdad. A esto debemos sumar que las promesas de encuentro se posponían indefinidamente en el tiempo. Y, en más de una ocasión, antes de concertar una cita, se solicitaban pagos adicionales a las cuotas ya entregadas.

Todo ello hizo que se comenzara a sospechar fraudes por parte de la agencia y, superados los primeros temores de los clientes por confesarse públicamente usuarios de este tipo de servicios, se pusieron las primeras denuncias.

Al principio estas denuncias no se tomaron muy en serio. Las autoridades las consideraron como quejas de clientes insatisfechos. Pero, a medida que aumentaron las acusaciones y coincidían los detalles denunciados, la policía decidió investigar.

Los registros en la WGMA dieron como resultado la incautación de cartas modelo, listas de falsos perfiles para mantener las ilusiones de los pretendientes reales y otras pruebas que ponían de relieve cómo el dinero de las tarifas pagadas por los clientes no se destinaba a los servicios que se publicitaban.

El caso fue llevado ante el tribunal penal central de Londres en 1896, bajo cargos de “obtención de dinero por falsas pretensiones”. El juicio despertó una gran atención por parte de los medios de comunicación y de la sociedad en general, ya que se conjugaba un fraude financiero con algo tan íntimo como el matrimonio, una institución intocable en la sociedad victoriana.

La acusación sostuvo que la agencia había diseñado un sistema con intención de defraudar a los clientes mediante falsa publicidad, correspondencia ficticia y cobro de tarifas y otras cuotas mediante embustes.

Por su parte, la defensa intentó presentar el negocio como legítimo y casi como un servicio social, argumentando que solamente actuaban como intermediarios y que el dinero de las tarifas cubría lo necesario para mantener el servicio y pagar a los empleados. Si un cliente no encontraba a su media naranja, o no estaba conforme con las personas seleccionadas no era culpa de la agencia; además, argumentaron que la lentitud de las citas era normal dado lo delicado del tema, y que muchos pretendientes se pensaban con detenimiento si les convenía o no la relación.

Los jueces fallaron a favor de los demandantes ya que las pruebas incautadas eran irrefutables. Los responsables fueron declarados culpables y enviados a prisión con trabajos forzados.

El caso tuvo un gran impacto social: la prensa lo trató con una mezcla de indignación moral y sensacionalismo, aunque los clientes tampoco estuvieron exentos de burlas y de ser los protagonistas de varias ilustraciones cómicas bastante humillantes.

Muchos periódicos ridiculizaron a los hombres que habían creído en la existencia de herederas ricas deseosas de casarse. Revistas satíricas como Punch llevaban años parodiando los anuncios matrimoniales, y el juicio pareció confirmar sus peores sospechas. Durante semanas tanto las agencias matrimoniales como su clientela fueron los protagonistas de sus satíricas ilustraciones,

Las mujeres clientas quedaron prácticamente al margen del juicio ya que las denuncias fueron principalmente puestas por hombres. ¿Quiere decir esto que no hubo mujeres estafadas? Por supuesto que las hubo, pero es más que probable que el miedo a la humillación pública las hiciera desistir de denunciar.

Como podemos ver, los esquemas de la búsqueda de pareja no eran tan diferentes a los de la actualidad, incluyendo perfiles falsos, ideales para mantener la ilusión y cobro de tarifas por servicios adicionales. La tecnología puede haber sustituido a los anuncios por palabras y a las agencias físicas, pero no a los sentimientos y expectativas humanas.

Celebradlo con quién queráis y cómo gustéis pero disfrutad un Feliz San Valentín, victorianos.

Nota: Todas las imágenes del artículo son obra del artista e ilustrador estadounidense Charles Dana Gibson.

Anuncios de amor en la época victoriana

Como todos los años desde La Casa Victoriana dedicamos un artículo al amor victoriano. En esta ocasión hablaremos de un modo diferente de conocer a una posible pareja, muy innovador en su momento, pero completamente superado en la época actual en la que el uso de aplicaciones de citas y los contactos a través de las redes sociales están a la orden del día, y con ello la verdad y la mentira se entrelazan continuamente.

Los anuncios por palabras personales

Vivimos en un momento de globalización e hiperconexión donde podemos acceder a bienes, servicios e incluso relaciones a golpe de click. Pero, como bien sabemos, no siempre fue así.

Hubo una época en la que el correo cumplía la misión de mantener a las personas conectadas y los anuncios por palabras de los periódicos servían para intentar localizar a una persona desaparecida y reclamar su presencia para comunicarle una noticia importante, como un fallecimiento de un familiar o una herencia.

Pero no solo eso: los anuncios por palabras también servían para buscar esposo y esposa, o bien para entablar una bonita relación de amistad. Estas relaciones podían quedarse en una amistad por correspondencia o avanzar hacia una relación más formal donde los amigos por carta se conocieran en persona, bien para compartir aficiones comunes, bien para estrechar lazos en una relación romántica.

En época victoria no era tan sencillo encontrar una pareja como la literatura romántica nos puede hacer creer. No todas las mujeres eran atractivas damiselas que aportaban belleza o una buena dote al matrimonio, ni todos los hombres atractivos caballeros herederos de una gran mansión. Si ya era difícil para las hijas de las familias adineradas y los no herederos encontrar una pareja adecuada, imaginemos las dificultades que tendrían las mujeres sin grandes recursos, los hombres viudos con familia o las personas con menos habilidades sociales para relacionarse románticamente. La dificultad aumentaba si la mujer había pasado la edad casadera o no era atractiva, y lo mismo sucedía con los caballeros.

Esta era la razón por la que muchos acudían a los anuncios personales por palabras de los periódicos para tratar de buscar amistades o relaciones.

Distinguir las buenas intenciones de las burlas

Aunque algunas damas publicaban anuncios donde expresaban su deseo de relacionarse con personas afines, éstas solían buscar la amistad de otras damas que se encontraban tan solas como ellas para pasear, acudir a tomar el té o unirse a clubes de lecturas. Estos anuncios solían publicarse en revistas femeninas. Era muy raro que una dama buscara o solicitara una relación o información sobre un caballero, ya que podría poner en jaque su reputación.

Lo más habitual era que un caballero publicara un anuncio para tratar encontrar una dama para entablar una amistad o con intenciones románticas. En este caso, el hombre expresaba lo que buscaba en la dama cuestión y sus intenciones. Después de una breve presentación y de enumerar las virtudes que deseaba que tuviera la dama en cuestión, dejaba sus señas o el número de un apartado postal para que las interesadas pudieran enviar la carta de contestación.

En otras ocasiones, un caballero publicaba un anuncio para localizar a una dama a la que había visto en un parque, en algún establecimiento o en la vía pública. En el anuncio se describía a la dama, su vestuario, si iba o no acompañada de otra persona, el lugar en cuestión, y por supuesto, la fecha y la hora.

Este tipo de anuncios eran tan populares que no era extraño que las damas los leyeran y el primer sentimiento de indignación ante tal atrevimiento se convertía en curiosidad por aquel caballero que buscaba una relación formal o por el que deseaba conocerlas. La prudencia recomendaba no responder a esos mensajes, pero la curiosidad, sobre todo, si el anuncio se publicaba durante varios días, solía ser mayor que la cautela y no eras pocas las que contestaban al caballero.

Los principales consejos para una dama, si esta deseaba responder eran los que apelaban a la sensatez de la dama. En primer lugar se respondería al caballero sin dar datos personales, ni nombre ni dirección; después se le pediría al caballero referencias para confirmar que era una persona respetable y sus intenciones eran honorables. De este modo, la dama mantendría su intimidad intacta y tendría la ventaja de conocer más sobre su supuesto pretendiente y descartar que era un mero acosador.

La prudencia debía ser extrema si la dama estaba casada y respondía movida por la curiosidad y el halago ya que podría poner su reputación y la de su familia en grave peligro si la correspondencia se difundía de algún modo entre su círculo social.

Si no había respuesta por parte del caballero, la dama no debía sentirse mal o rechazada. Nada se puede esperar de un caballero anónimo que busca una relación con una desconocida o requiere información de una dama con la que ha coincidido en una o varias ocasiones y a la que no le ha dirigido la palabra.

En segundo lugar, aún después de un breve intercambio de correspondencia, la dama debía mantener la distancia hasta conocer al caballero en persona, su entorno y sus propósitos. Y, aún así, debería dejarse acompañar a las primeras citas por una familiar o una amiga de confianza para evitar situaciones desagradables, malentendidos o intentos del caballero de comportarse con exceso de confianza.

Aunque, afortunadamente, muchas parejas estrecharon lazos de amistad, e incluso, encontraron una amorosa relación que terminó en campanas de boda, no todas las historias fueron tan felices. Muchas jóvenes incautas, deslumbradas por la adulación y la zalamería de un admirador secreto o soñando escapar de su solitaria vida con promesas de un matrimonio feliz, cayeron en la trampa de indeseables de toda clase social, que solo trataban de burlarse de las mujeres, coleccionando cartas de amor y sobre todo fotografías con las que después alardeaban delante de sus amigos en las tabernas o los clubes de caballeros.

Además, si la dama pertenecía a la aristocracia o burguesía, o estaba casada era muy probable que intentaran chantajear a ella, su esposo o a sus padres, que pagarían grandes sumas de dinero a cambio de recuperar las fotos o cartas comprometidas para proteger su reputación, y la de su círculo familiar.

Como vemos, cambian las formas y los medios de comunicarse, pero las emociones humanas se mantienen a través de los siglos.

Desde La Casa Victoriana os deseamos un Feliz Día De San Valentín.

San Valentín: curiosidades victorianas

Un nuevo año celebramos un San Valentín victoriano con un post lleno de curiosidades sobre el amor romántico, la simbología y las decisiones llenas de significado con las que la sociedad victoriana vivía cada ocasión especial.

Escogiendo el mejor Tussie Mussie para San Valentín

Blumenstillleben in Blauem Überfangglas by Andreas Lach

Los Tussie Mussie eran pequeños ramos de flores muy populares entre los victorianos, compuestos por diferentes tipos de flores. Estos ramos eran pequeñas composiciones, casi artísticas, en las que se combinaban el tamaño, el color y el significado de cada flor, e incluso alguna fruta, dando como resultado una preciosa explosión de colores y perfumes.

El ramillete estaba lleno de significado, no solo por las flores elegidas sino por su color, convirtiéndose en toda una declaración de intenciones ya que, como hemos comentado en muchas ocasiones, los victorianos daban a cada flor un significado diferente. Un ramo perfecto y lleno de significado para ser regalado el día de San Valentín estaría confeccionado por:

  • Tulipanes rojos simbolizando la declaración del amor.
  • Madreselva que subrayaba el vínculo amoroso.
  • Artemisa para recordarle a la dama que estaba siempre en el pensamiento de su amado.
  • Claveles rojos como representación de la fascinación, la pasión y el amor verdadero.
  • Espuela de caballero, emblema de la profunda devoción.

Cómo saber la edad de una dama

A Room With A View by Julius LeBlanc Stewart

En las épocas victoriana y eduardiana, a las señoritas en edad casadera no les gustaba decir su edad, sobre todo si consideraban que habían superado esos años en los que se les podía considerar demasiado mayores para no haber tenido proposiciones anteriores. En estos casos se debía actuar con mucha delicadeza y para ello el Marshall’s Illustrated Almanac de 1908 propone un pequeño juego que os invito a hacer.

Pídele a la dama que escriba el número del mes en el que nació; después multiplicamos ese número por 2, luego sumamos 5, multiplicamos por 50 y al número resultante se le suma la edad de la dama. Después al número que hemos obtenido le restamos 365 y le sumamos 115.

Acto seguido le pedimos que nos diga el número resultante: los dos números a la derecha de la cifra nos dirán la edad de la dama y el número o números de la izquierda su mes de nacimiento

.Por ejemplo si la cantidad de 1.026 indica que la dama tiene 26 años y que nació en octubre.

Ya veis que rodeos se empleaban para averiguar la edad de las jóvenes, pero la cuestión principal era no incomodar a ninguna dama preguntándole directamente su edad.

Posibilidades de que una dama se casara según su edad

Elegante au Sofa by Julius LeBlanc Stewart

A medida que una joven cumplía años, las posibilidades de contraer matrimonio iban disminuyendo. Recordemos que las jóvenes victorianas solo aseguraban su futuro a través del matrimonio, ya que cualquier herencia o posesión de la familia pasaba sin remedio a los varones de la casa.

Si no conseguían casarse, una renta y sobrevivir gracias a la amabilidad de sus hermanos era su triste destino. Tal era la obsesión de los padres victorianos por conseguir un matrimonio provechoso para sus hijas, y de las jóvenes de procurarse un marido que en las revistas de la época se publicaban estadísticas sobre las posibilidades de una dama de casarse según su edad. Una de estas estadísticas calculaba que las posibilidades eran:

  • 1% para las damas de entre 50 y 56 años.
  • 2% para las damas de entre 45 y 50 años.
  • 3% para las damas de entre 40 y 45 años.
  • 4% para las damas de entre 35 y 40 años.
  • 15% para las damas de entre 30 y 35 años.
  • 18% para las damas de entre 25 y 30 años.
  • 52% para las damas de entre 20 y 25 años.
  • 14% para las damas de entre 15 y 20 años.

El día más conveniente para celebrar un matrimonio

Girl With A Rose by Gustave-Leonard de Jonghe

Elegir el día y mes de la unión de una pareja no era una tarea fácil si los novios deseaban que la fecha estuviera libre de malos augurios y todo saliese a la perfección. El novio dejaba esta responsabilidad en el buen criterio de la novia, que se afanaba, en compañía de su madre, hermanas y amigas más íntimas en analizar los pros y contras de la fecha más conveniente para su enlace.

A no ser que no hubiese otras posibilidades, los viernes y los días 13 de cada mes eran inmediatamente descartados, pues la mala suerte se asociaba con ambos. De acuerdo con los consejos del manual 1900 Twentieth Century Etiquette, una novia precavida evitaría los meses con demasiado frío o demasiado calor, descartando los meses de invierno o verano, pero también mayo, ya que según la tradición romana era el mes de los malos espíritus, y por lo tanto un mes nefasto para celebrar una boda.

Lo más adecuado sería una boda en junio, para tener una boda engalanada con el perfume y la belleza de las rosas, o bien octubre donde la paleta de colores del otoño serían el escenario ideal para el enlace.

En cuanto a la hora, la más rígida tradición británica tenía su regla no escrita de que una boda debía celebrarse a las doce en punto de la mañana. En Estados Unidos esta norma fue relajándose considerando apropiada cualquier hora entre las diez y media de la mañana y las nueve de la noche.

Las despedidas de solteros

Tanto el novio como la novia celebraban, por separado, su despedida de solteros.

Afternoon Tea by Alexander Rossi

La novia celebraba en su hogar un almuerzo con las mujeres de la familia y sus amigas más cercanas. En esta reunión informal los buenos deseos y la superstición se entremezclaban para crear un ambiente alegre y misterioso. En algunas reuniones se leían los posos del té, se echaban las cartas y se invocaban todos los augurios para intentar vislumbrar no solo el futuro de la nueva pareja sino el de todas las damas que participaban de una u otra manera en el enlace. El objetivo era pasar una tarde distendida en buena compañía y transmitir a la futura novia felicidad y confianza en la nueva vida que estaba a punto de comenzar.

Uno de los juegos más recurrentes consistía en cortar un pastel en el que, previamente, se habían introducido diferentes objetos. El pastel se cortaba en tantas porciones como invitadas asistían; dependiendo del objeto encontrado así sería el futuro de la joven. Si la dama no encontraba objeto alguno en su porción el destino le sugería paciencia hasta la llegada de una buena nueva en su vida. Los objetos más habituales que se podían encontrar eran:

  • Anillo como símbolo del matrimonio.
  • Botón de ancla que simbolizaba la esperanza y la estabilidad.
  • Dedal como signo de un romance incipiente.
  • Corazón de plata como augurio de amor y alegría.
  • Herradura que traía la buena suerte.
  • Moneda para prometer un compromiso.
  • Cruz, emblema de la protección frente a los espíritus adversos.

Durante el almuerzo se entregaban a las jóvenes elegidas como damas de honor diferentes complementos para que llevasen durante la ceremonia y luciesen todas similares.

The Dinner Party by Ferencz Paczka

El novio se reunía con sus amigos en una cena en un hotel, un restaurante o en el club de caballeros, a diferencia de la despedida de la novia que organizaba el almuerzo en su hogar. Esta cena se celebraba dos o tres noches antes del enlace y además del padrino y los amigos más cercanos también se invitaba a los colegas de trabajo y compañeros del ejército con los que se mantenía relación de cercanía.

Durante la cena los asistentes comían y bebían recordando anécdotas comunes y bromeando sobre las nuevas responsabilidades del futuro esposo. También se brindaba por el futuro matrimonio. Al igual que la novia, el novio repartía obsequios como alfileres de corbata y otros complementos como flores de solapa para que los invitados usasen durante la ceremonia.

Una de las tradiciones era que la mesa en la que se celebraba la cena estuviese presidida por un gran ramo de rosas. Una tarjeta era entregada a los invitados para que cada uno de ellos escribiera un mensaje a la novia más o menos humorístico y caballeroso, dependiendo de la delicadeza del escribiente y de las copas de alcohol que hubiera bebido. Posteriormente, el ramo y la tarjeta se entregaban en el domicilio de la futura esposa.

Spring Flowers in-the Conservatory by Julius Leblanc Stewart

Los regalos y complementos que los novios regalaban a las damas de honor y los mejores amigos eran abundantes y escogidos con mimo por los contrayentes. Para las damas se escogían bonitos abanicos, libros de oraciones, anillos, brazaletes y pañuelos bordados. A los caballeros se les obsequiaba con alfileres de corbata, espuelas, gemelos y bastones. La novia era la encargada de entregar los ramos de flores que llevarían las damas de honor y las flores para los ojales de las levitas de los caballeros.

Con esta recopilación de curiosidades desde La Casa Victoriana os deseamos un Feliz Día de San Valentín lleno de amor romántico, filial, de amistad y, en definitiva, de amor y cariño con aquellos con quienes deseéis compartirlo.

El arte del coqueteo con el pañuelo

A Reclining Lady With A Fan – EleuterioPagliani

El honor y la virtud eran dos cualidades morales que se consideraban inherentes a toda dama victoriana. Cualquier desliz podía empañar la reputación de una mujer de manera irreversible con consecuencias fatales para un futuro casamiento o para su matrimonio, poniendo en entredicho, además, la honra de su familia. Pero la pasión amorosa y la discreción no siempre conseguían ir de la mano, por lo que las jóvenes, y no tan jóvenes, tenían que idear modos de comunicarse con sus amados que no llamasen demasiado la atención. Uno de estas maneras de comunicarse era por medio de los pañuelos, cuyo uso era bien distinto del que la funcionalidad con la que los asociamos en la actualidad.

En un primer momento el uso del pañuelo como complemento de vestuario se consideró muy atrevido, ya que este pequeño cuadrado de tela y encaje era más propio de los tocadores y se identificaba con la intimidad femenina más que con la exhibición y el coqueteo.

Un pañuelo no se utilizaba para algo tan vulgar como sonarse, sino que era uno de los regalos más preciados que podían recibirse. La razón era que un pañuelo era un objeto preciado, con un significado más allá de lo material. Las damas bordaban sus iniciales o un pequeño mensaje en él para dárselos a sus seres queridos o a su amado. Estos mensajes eran algo más que una letra o una frase bordada, era una labor cuidadosa, hecha con mimo, preparada con tiempo, dedicada y personalizada en la que la dama mostraba sus habilidades con la aguja, aprendidas tras horas de dedicación y esfuerzo.

Otro de los motivos que acompañaban a estas iniciales o mensajes eran pequeñas flores y ramilletes de vivos colores bordados en una de las esquinas. Las iniciales estaban bordadas con letras de bonita caligrafía – incluso había modelos para traspasar a la tela y hacer más fácil el bordado. La elección de las flores, que iban acompañando a las iniciales o bien solas no eran casuales y siempre en colores delicados, nada estridentes, trataban de transmitir un mensaje siguiendo el lenguaje victoriano de las flores, violetas como signo de lealtad, margaritas simbolizando la pureza e inocencia, rosas como recordatorio de un amor verdadero y apasionado o campanillas expresando esperanza, eran las más comunes.

Otros motivos como una casa, una cesta, un árbol, un carro podían ser los protagonistas del bordado, dependiendo del mensaje que se quisiera transmitir con la entrega del pañuelo. Algunas damas preferían el petit point o punto de cruz para realizar sus pequeños dibujos. Este tipo de puntada era el preferido si el pañuelo iba a ser entregado a un niño.

Algunas veces se punteaban los extremos con vivos colores o simplemente se le añadía un bonito encaje, bordeando los extremos o simplemente en una de las esquinas. El encaje era caro y no todas las damas dominaban la técnica de empleo de este delicado tejido para unirla a la tela, lo que convertían a los pañuelos con encaje en piezas valiosas más allá del coste material de los materiales de confección.

Household duties – Franz Xaver Simm

Los encajes franceses y belgas eran reconocidos por sus filigranas y su minuciosidad, así como por su gran calidad y elevado precio; pero los británicos preferían encajes ingleses e irlandeses, que aunque menos demandados en Europa eran de extraordinaria belleza y denotaban un trabajo de alta precisión en su elaboración y posterior aplicación. Algunos ejemplos de estos preciosos encajes eran:

  • El encaje inglés, también conocido como encaje inglés, era de los más populares. Este encaje se cosía sobre una tela blanca con hilo de color blanco, consiguiendo un efecto casi tridimensional.
  • Los encajes de Limerick, localidad irlandesa, famosa entre otras cosas por la belleza de sus encajes y sus depuradas técnicas de confección. Los más destacados eran los encajes realizados con needlerun, un delicado trabajo de bordado sobre tela de tul, con puntadas a la carrera con una aguja de coser. En este tipo de encaje se dejaban huecos en los diseños que se rellenaban posteriormente con meticulosas puntadas diferentes para lograr un conjunto armonioso y elegante. En Limerick también se confeccionaba el Tambour lace, un tipo de técnica realizada igualmente sobre tul, pero mientras que en la técnica needlerun se utilizaba la aguja, aquí se utilizaba un gancho para crear la decoración del encaje. El nombre tambour viene del objeto que se utilizaba para estirar el tul y facilitar la puntada de gancho, un gran aro muy similiar a un bastidor.
  • También en Irlanda, pero un poco más hacia el sur, en la localidad marinera de Youghal, se confeccionaba uno de los encajes más demandados por las damas de la alta sociedad, como símbolo de estatus y elegancia. El hilo con el que se creaba este exquisito encaje era finísimo, literalmente, incluso más que el cabello humano, lo que daba lugar a unas piezas muy delicadas, de altísima calidad que había que tratar y guardar con sumo cuidado.

Aquellas mujeres que no podían permitirse estas delicatessen de la costura se conformaban con el Irish crochet, piezas de ganchillo, igualmente bellas pero menos delicadas, al alcance de cualquier familia, pero con las que una dama de buen gusto podía lograr un diseño realmente bello.

Waiting For The Ferry – Thomas Brooks

Con la llegada de la Revolución Industrial y el desarrollo de las fábricas textiles, la confección de encaje se hacía de manera industrial y no artesanal. Aunque la calidad, evidentemente no era la misma, consiguuió que los precios fueran muy inferiores y estuvieran al alcance de cualquier mujer. Esto popularizó la técnica del tape lace, que consistía en la unión de diferentes piezas de encaje para lograr un conjunto armonioso.

El modo de confeccionarlo dependía del buen gusto de la dama, pero, contrariamente al gusto victoriano por lo recargado, los pañuelos solían ser delicados y elegantes. Las familias guardaban los pañuelos bordados como pequeños tesoros familiares que pasaban de una a otra generación, las damas los guardaban en sus cajitas de labor o en estuches adaptados para que la humedad no los estropeara y se conservaran en la mejor condición.

Un pañuelo en las manos de una dama evitaba que esta mostrara su nerviosismo y resultaba un apoyo para tener sus manos ocupadas y mostrar serenidad, pero, además, fue uno de los complementos más utilizados para la comunicación entre los amantes, elaborando con suaves y discretos movimientos un complejo código amoroso en el que se incluía desde el coqueteo, hasta la advertencia e, incluso, el enfado y una ruptura elegante.

El lenguaje del coqueteo con el pañuelo implicaba una serie de movimientos, cada uno con su propio significado, que todo pretendiente o amante debía conocer:

Pasarlo por los labios: Estoy deseando conocer a alguien.
Pasarlo por los ojos: Lo siento.
Ponerlo en la mejilla: Te quiero.
Ponerlo en la frente: Nos observan.
Pasarlo por las manos: Te odio.
Dejarlo caer: Seremos amigos.
Doblarlo: Deseo hablar contigo.
Apoyarlo en la mejilla derecha: Sí.
Apoyarlo en la mejilla izquierda: No.
Ponerlo sobre los ojos: Eres cruel.
Poner las esquinas opuestas en ambas manos: Espérame.
Pasarlo por encima del hombro: Sígueme.
Colocarlo en la oreja derecha: Has cambiado.
Tomándolo por el centro: Eres demasiado voluntarioso.
Girarlo con ambas manos: Indiferencia.
Girarlo con la mano izquierda: Deseo librarme de ti.
Girarlo con la mano derecha: Amo a otro.
Girarlo alrededor del dedo índice: estoy comprometida.
Girarlo alrededor del tercer dedo: estoy casada.
Agitarlo cerca de alguien una vez: eres un seductor.
Agitarlo cerca de alguien tres veces: Váyase al diablo.
Pasarlo sobre por encima de la cabeza: Váyase lejos.
Meterlo en el bolsillo: No más por ahora.