La World’s Great Marriage Association, el negocio del matrimonio en la Inglaterra del siglo XIX

Regresamos a La Casa Victoriana para celebrar una de las fechas victorianas por excelencia: San Valentín.

Este año nuestra entrada estará protagonizada por una institución no demasiado conocida pero que tuvo un gran auge y posterior caída (en picado) en la Inglaterra decimonónica: la agencia matrimonial World’s Great Marriage Association.

En la Inglaterra victoriana, el matrimonio no era solo una cuestión de amor. Era una cuestión económica, un seguro para la respetabilidad en sociedad y, en muchos casos, la única vía real de ascenso de clase.

En ese contexto, no resulta extraño que surgieran negocios dedicados a algo tan personal como encontrar pareja. Entre todas las agencias matrimoniales de finales del siglo XIX, ninguna alcanzó la notoriedad de la World’s Great Marriage Association (WGMA), una empresa londinense vinculada a una publicación especializada, el Matrimonial Herald and Fashionable Marriage Gazette, que prometía matrimonios ventajosos y terminó envuelta en uno de los mayores escándalos sentimentales, económicos y judiciales de la era victoriana.

Matrimonio y clase social en la Inglaterra victoriana

Durante el reinado de Victoria casarse era casi una obligación social implícita, especialmente para las mujeres. La soltería prolongada se asociaba con el fracaso personal, la falta de cualidades o incluso la sospecha moral. Para los hombres, el matrimonio era igualmente importante como forma de estabilizar su vida doméstica y consolidar la posición social.

Pero, en una sociedad cada vez más industrializada y urbana, las costumbres del cortejo clásico representadas en bailes, presentaciones familiares y reuniones sociales ya no funcionaban. Como respuesta, desde mediados del siglo XIX comenzaron a proliferar los anuncios matrimoniales en periódicos y revistas, una práctica que inicialmente despertó muchos recelos pero que se hizo cada vez más habitual.

Anuncios matrimoniales: el origen del mercado sentimental

Este tipo de anuncios consistían en textos breves donde hombres y mujeres describían su edad, carácter, posición económica y expectativas con vistas al matrimonio. No era extraño que, además, se incluyera una breve descripción física donde se dieran datos de altura, peso, color de ojos y pelo, así como de la raza y creencias religiosas, y se pedía que quienes no cumplieran los requisitos se abstuviesen de contestar.

Por supuesto, hubo quien vio en esta necesidad de encontrar pareja una oportunidad de negocio y así nació la agencia matrimonial más famosa del Reino Unido la World’s Great Marriage Association.

Los orígenes

Fundada en Londres hacia 1883, la World’s Great Marriage Association transformó la moda de los anuncios por palabras en un servicio organizado y de pago. A diferencia de una simple columna de anuncios en la que cualquiera podía publicar unas líneas, la WGMA se presentaba como una empresa seria con personal profesional capaz de gestionar la correspondencia, seleccionar candidatos, estudiar sus características y preferencias y garantizar una cita exitosa entre las personas adecuadas.

Los fundadores de la WGMA fueron los hermanos Skates, Mortimer Daniel y John Charles y el suegro de Daniel, John Abrahams. Curiosamente ninguno de los tres eran empresarios ni consta que tuvieran ingresos elevados para poner en marcha, no solo la infraestructura de la agencia sino las diferentes herramientas de apoyo al negocio.

Procedentes de Berkshire, los Skates procedían de familias trabajadoras pero supieron ver la oportunidad en un mercado emergente donde la necesidad, cuando no la desesperación, empujaba a hombres y mujeres a buscar un estatus social de respetabilidad que la sociedad victoriana otorgaba mediante el estado civil.

Su ascenso en el mundo empresarial fue rápido siendo lo que en la actualidad consideraríamos “un caso de emprendimiento de éxito”. La empresa fue registrada como “Sociedad Limitada” con un capital social elevado, pero todo indica que ese capital no era real sino un capital nominal, práctica habitual para dar apariencia de solvencia sin respaldo económico efectivo.

La publicación oficial

Para reforzar su imagen de respetabilidad, la agencia contaba con su propio medio impreso: El Matrimonial Herald and Fashionable Marriage Gazette.

Esta revista, que podía considerarse la publicación oficial de la agencia, se apoyaba en una publicidad agresiva en la que destacaban los anuncios llamativos en los periódicos y revistas de mayor tirada. La publicación se adquiría por alrededor de 2 peniques en quioscos y librerías de Londres y otras áreas urbanas, que eran los lugares donde, principalmente, tenía su público lector.

También podía adquirirse por subscripción; con este método la revista llegaba por correo al domicilio del subscriptor o a la oficina de correos (las personas podían recibir discretamente su correspondencia en una oficina postal bajo su nombre o bajo iniciales y luego pasar a recogerla, en un sistema similar a los apartados postales actuales).

Por otro lado, la revista actuaba como un repositorio de anuncios matrimoniales, herramienta publicitaria de los servicios de la agencia y publicación de referencia del mundo de las citas matrimoniales.

En sus páginas no solo se publicaban anuncios, sino que se dedicaban espacios a supuestos testimonios de éxito gracias al buen trabajo de la agencia matrimonial.

Cómo funcionaba

La revista solía cobrar una tarifa de aproximadamente 4 chelines por colocar un anuncio de hasta 50 palabras en su publicación, pero por un pago adicional los clientes podían acceder a servicios adicionales que proporcionaba la WGMA.

Este pago adicional, que oscilaba entre 2 y 17 libras, daba derecho, además de a la publicación del anuncio, a una asistencia personalizada en el mercado matrimonial, entrevistas personales con el cliente para conocer sus preferencias, consejos sobre cómo presentarse en la búsqueda de pareja y escritura de correspondencia con posibles pretendientes (recordemos muchas personas no sabían escribir correctamente y necesitaban que alguien lo hiciera por ellos).

Además, independientemente de si había pagado la tarifa premium o no, el cliente se comprometía a pagar como mínimo el 2% de cualquier acuerdo matrimonial exitoso a la agencia.

La clientela

Uno de los errores más comunes al hablar de la WGMA es pensar que solo aceptaba hombres. Históricamente, esto no es correcto.

La WGMA aceptaba a cualquier cliente que pagara las tarifas, tanto hombres como mujeres. Ambos sexos podían publicar anuncios y ambos eran guiados, si así lo deseaban para encontrarse con su supuesta pareja ideal. Pero es cierto que las mujeres eran más reacias a publicar este tipo de anuncios, principalmente, por dos razones: la primera era el miedo a quedar expuestas socialmente como solteras desesperadas, la segunda el temor a ser objeto de burlas o ser humilladas públicamente.

Por otra parte, la WGMA publicitaba activamente supuestos anuncios de mujeres con dinero que buscaban un hombre respetable para contraer matrimonio. La posibilidad no solo de abandonar la soltería sino contraer matrimonio con una esposa que aportaba una dote considerable, atrajo masivamente a hombres de clase media con aspiraciones de ascenso social.

La caída

Durante un tiempo, el sistema de la WGMA funcionó con aparente éxito y sin escándalos visibles. Los clientes enviaban sus datos, pagaban la cuota correspondiente y comenzaban a recibir cartas de supuestos pretendientes. Las respuestas llegaban con prontitud y los remitentes parecían dispuestos a conocer a los destinatarios e incluso a comenzar una relación romántica que satisficiera a ambas partes.

Pero fue precisamente esa competencia tan eficaz en el servicio de la agencia la que empezó a levantar sospechas. Algunos clientes advirtieron que las cartas que recibían tenían estilos similares, frases y fórmulas repetidas, como si estuvieran escritas siguiendo patrones preconcebidos o escritos por la misma persona. Asimismo, los remitentes tenían perfiles demasiado coincidentes con los gustos y expectativas de los clientes.

En resumen, todo parecía demasiado perfecto para ser verdad. A esto debemos sumar que las promesas de encuentro se posponían indefinidamente en el tiempo. Y, en más de una ocasión, antes de concertar una cita, se solicitaban pagos adicionales a las cuotas ya entregadas.

Todo ello hizo que se comenzara a sospechar fraudes por parte de la agencia y, superados los primeros temores de los clientes por confesarse públicamente usuarios de este tipo de servicios, se pusieron las primeras denuncias.

Al principio estas denuncias no se tomaron muy en serio. Las autoridades las consideraron como quejas de clientes insatisfechos. Pero, a medida que aumentaron las acusaciones y coincidían los detalles denunciados, la policía decidió investigar.

Los registros en la WGMA dieron como resultado la incautación de cartas modelo, listas de falsos perfiles para mantener las ilusiones de los pretendientes reales y otras pruebas que ponían de relieve cómo el dinero de las tarifas pagadas por los clientes no se destinaba a los servicios que se publicitaban.

El caso fue llevado ante el tribunal penal central de Londres en 1896, bajo cargos de “obtención de dinero por falsas pretensiones”. El juicio despertó una gran atención por parte de los medios de comunicación y de la sociedad en general, ya que se conjugaba un fraude financiero con algo tan íntimo como el matrimonio, una institución intocable en la sociedad victoriana.

La acusación sostuvo que la agencia había diseñado un sistema con intención de defraudar a los clientes mediante falsa publicidad, correspondencia ficticia y cobro de tarifas y otras cuotas mediante embustes.

Por su parte, la defensa intentó presentar el negocio como legítimo y casi como un servicio social, argumentando que solamente actuaban como intermediarios y que el dinero de las tarifas cubría lo necesario para mantener el servicio y pagar a los empleados. Si un cliente no encontraba a su media naranja, o no estaba conforme con las personas seleccionadas no era culpa de la agencia; además, argumentaron que la lentitud de las citas era normal dado lo delicado del tema, y que muchos pretendientes se pensaban con detenimiento si les convenía o no la relación.

Los jueces fallaron a favor de los demandantes ya que las pruebas incautadas eran irrefutables. Los responsables fueron declarados culpables y enviados a prisión con trabajos forzados.

El caso tuvo un gran impacto social: la prensa lo trató con una mezcla de indignación moral y sensacionalismo, aunque los clientes tampoco estuvieron exentos de burlas y de ser los protagonistas de varias ilustraciones cómicas bastante humillantes.

Muchos periódicos ridiculizaron a los hombres que habían creído en la existencia de herederas ricas deseosas de casarse. Revistas satíricas como Punch llevaban años parodiando los anuncios matrimoniales, y el juicio pareció confirmar sus peores sospechas. Durante semanas tanto las agencias matrimoniales como su clientela fueron los protagonistas de sus satíricas ilustraciones,

Las mujeres clientas quedaron prácticamente al margen del juicio ya que las denuncias fueron principalmente puestas por hombres. ¿Quiere decir esto que no hubo mujeres estafadas? Por supuesto que las hubo, pero es más que probable que el miedo a la humillación pública las hiciera desistir de denunciar.

Como podemos ver, los esquemas de la búsqueda de pareja no eran tan diferentes a los de la actualidad, incluyendo perfiles falsos, ideales para mantener la ilusión y cobro de tarifas por servicios adicionales. La tecnología puede haber sustituido a los anuncios por palabras y a las agencias físicas, pero no a los sentimientos y expectativas humanas.

Celebradlo con quién queráis y cómo gustéis pero disfrutad un Feliz San Valentín, victorianos.

Nota: Todas las imágenes del artículo son obra del artista e ilustrador estadounidense Charles Dana Gibson.

Victorianos en la mesa

The Essential Handbook of Victorian Entertaiment es un pequeño libro tan interesante en su contenido como prolíficamente ilustrado por el inimitable Charles Dana Gibson.

Publicado en 2005 por Bluewood Books y adaptado por Autumn Stephens, el libro es una guía de buenas prácticas para organizar con éxito desde un tea party, cenas, veladas de negocios o entretenimiento en el hogar, con la garantía de que ni una sola de las estrictas normas sociales victorianas serán dejadas al azar.

La vestimenta requerida, la posición de los invitados en la mesa, el diseño, tamaño y redacción de las tarjetas de invitación, aceptar o rechazar la invitación, los temas y juegos más adecuados para cada ocasión…todo tiene cabida en este libro, que hace referencia a cada cuestión de un modo fidedigno, pero sin olvidar el tan necesario sentido del humor.

En resumen, este librillo sería la guía que todo anfitrión y anfitriona debían conocer para resolver con éxito cualquier situación social por complicada que fuera.

Algunas de estas normas son del más simple sentido común, aunque otras quizás nos puedan sorprender, ya que lo que es correcto o no, socialmente hablando, ha cambiado mucho a lo largo de los siglos.

En esta entrada vamos a centrarnos en el comportamiento que un victoriano debe tener en la mesa durante una cena con invitados.

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Cómo vestirse

Se aconseja para la anfitriona telas suntuosas y  de calidad, pero de colores tenues. Nunca se debe eclipsar a las invitadas.

La mejor elección para una mujer joven sería un vestido de seda en negro o colores oscuros, con cuello y mangas de fino encaje y joyas sencillas. Una anfitriona de más edad podría usar terciopelo, satén o encajes.

Las invitadas acudirán con trajes menos llamativos que para ir a la ópera o a un baile, pero sin perder la elegancia. En invierno se recomienda terciopelo y seda. En verano se podrán vestir telas ligeras y seda.

Ninguna dama debería vestirse con ropas no acordes con su status social. Sería considerado como el mayor de los errores y una increíble falta de gusto.

Aunque las costumbres se fueron relajando, exponer los brazos y el cuello era considerado como una falta de corrección. Cubrirlos con un ligera muselina era una buena opción.

En la elección del color hay que tener en cuenta que un vestido muy adecuado para la luz del día, quizás no resulte adecuado para su exposición a la luz de gas.

En el caso de los caballeros la elección es sencilla: la ropa, tanto de anfitrión como de invitados, consistía en pantalones, chaleco y chaqueta negros y corbata, camisa y guantes blancos.

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El delicado arte de la conversación

Una conversación de tono amistoso es ideal para cualquier fiesta. Esa conversación debe ser alegre y relajada.

Las reglas de la educación nunca pueden ser contrarias a los principios morales: lo que no puede considerarse educado no puede considerarse moral: nadie tiene derecho a ofender al resto de los comensales con malos modales o falta de educación.

La conversación debe ser general, aunque cada comensal debe sentirse obligado a entretener a su compañero o compañera de mesa.

Es posible que a la cena asistan invitados a los que un asistente a la cena nunca invitarían a su fiesta, pero si coinciden en una cena ofrecida por otros, es obligación de todos comportarse de un modo civilizado y cortés.

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Temas que deben ser evitados

No se debe expresar citas en latín o griego si sospechamos que el resto de los invitados desconocen las lenguas clásicas.

No es correcto hablar de temas médicos ni relacionados con enfermedades. Tampoco con ningún tema que consideremos inapropiado y que pueda de algún modo herir la sensibilidad de los comensales.

No se debe presumir del hecho de tener amistades pudientes, distinguidas o de sangre azul.

El jactarse de los viajes que se han realizado al extranjero, enumerándolos para procurar la envidia de los que no han podido viajar, se considera de un gusto  dudoso.

No es educado hacer comentarios sobre cualquier tema que pueda, directa o indirectamente, conducir a una discusión u ofender a cualquiera de los invitados. Por este motivo la política y la religión deberían ser cuidadosamente evitados.

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La etiqueta en la mesa

Hay que comer lentamente; según el código victoriano este sencillo gesto ayudará a mantener una buena salud y al mismo tiempo a comportarse con educación en la mesa.

Una persona educada trata a los camareros o al servicio con una educación exquisita, respondiendo siempre un «No, I thank you» o «If you, please». Tratar con displicencia a las personas que sirven la mesa dan una imagen pésima de los invitados o los anfitriones.

Unas ligeras alabanzas a la presentación y sabor de los platos, enorgullecerá a los anfitriones. Se debe huir de las exageraciones o elogios excesivos, esta actitud podría restarle sinceridad al elogio.

Hay que comer y beber con moderación; esto no sólo mejorará la salud sino que evitará el amodorramiento posterior a la comida, provocando una actitud poco deseable para la larga sobremesa y los entretenimientos que los anfitriones tengan preparados.

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Actitudes que se deben evitar

Si se encuentra algo desagradable en plato, como un cabello en el pan o una mosca en el café (ambas son frases que aparecen en la guía) no se deben hacer comentarios. Simplemente se apartan a un lado sin hacerlo notar públicamente. Sería descortés hacer que el resto de los comensales se sintiesen asqueados.

Nunca se debe hacer mención a la palabra «milk», aunque se sirva leche. La palabra elegante es «cream» y así se debe nombrar.

No se debe dudar que escoger cuando te ofrezcan un plato. También se considera poco cortés no coger la última rebanada de pan o de pastel y dejarla en la bandeja.

No es correcto llevarse comida de la mesa, aunque se cambie de habitación para hacer otra actividad. Del mismo modo nunca hay que abandonar la mesa a menos que sea a causa de una urgencia.

gibson 6Situaciones que deben ser especialmente evitadas por las damas

En el caso concreto de una dama todos los detalles deben ser cuidados al máximo: la imagen, la conversación, la actitud…Como comer la sopa o qué hacer con el hueso de una cereza podrían ser indicativo de la verdadera clase social de una dama. Incluso su elección del vino, o como comer los guisantes harían que la imagen de una mujer se resintiera de tal forma que no fuese invitada a otras cenas.

Si a una dama se le ofrece una copa de vino, se considera extremadamente descortés no aceptarlo. Cuando el vino le sea servido, hará un pequeño brindis con una sutil inclinación de su copa mientras mira a la persona que la ha invitado y lo acercará a sus labios tomando un sorbo apenas perceptible.

No está bien visto que una joven beba más de dos copas de vino durante la cena, aunque las mujeres casadas podían tomar cinco o seis copas sin ser juzgadas negativamente.

Ninguna dama debería utilizar guantes en la mesa.

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Situaciones que deben ser especialmente evitadas por los caballeros

La limpieza de las manos y las uñas es fundamental. Se considera un gran insulto que un hombre acuda con las manos sucias o descuidadas.

Cuando se trae un plato a la mesa, el caballero debe estar atento para no servirse si la dama que está sentada a su lado aún no ha sido servida. En ese caso debe servirla.

Los caballeros deben tener especial cuidado con el vocabulario y las formas en la mesa, y prestar siempre atención a las damas.

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Deberes de los anfitriones

Una buena anfitriona será siempre agradable y atenta, incluso en los momentos más delicados. Tendrá que ser capaz de no pestañear ni hacer un mohín de desagrado cuando algún invitado por accidente rompa la porcelana o las  copas de fino cristal que han pertenecido a su familia durante generaciones, o derrame su café sobre la elegante mantelería.

Por el contrario, llamará al servicio para que solucione el accidente lo antes posible, sin perder la sonrisa ni hacer que el invitado se sienta culpable.

Será la encargada de atender a los invitados y evitar que ninguno de ellos se sienta incómodo. Por ejemplo, si alguno de ellos comiese más lento que el resto de los comensales. La anfitriona también se demoraría en terminar su plato para no provocar que el comensal tuviese que apresurarse, al decatarse de que todos había terminado.

Nunca se enorgullecerá de una cena exitosa ni se disculpará de las posibles deficiencias que haya tenido.

Si la anfitriona es madre evitará que los niños aparezcan en el comedor.

Será la encargada de controlar la duración de la cena: dos horas serán adecuadas, más de tres horas se considerará demasiado larga. La anfitriona será la primera en levantarse para dar por concluida la velada.

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El anfitrión debe contribuir al entretenimiento de los invitados y a mantener la conversación dentro de unos derroteros de amabilidad y la calidez, atendiendo, sin hacer distinciones, a todos y cada uno de los invitados.

Normalmente la carne y las aves ya llegan cortadas y trinchadas a la mesa, pero si se siguiese la costumbre tradicional, sería el anfitrión el encargado de hacerlo, por lo que debería tener una buena técnica para hacerlo.

(Todas las imágenes de esta entrada son obra del inigualable ilustrador norteamericano Charles Dana Gibson, creador de una mujer americana moderna con un característico peinado que fue denominada Gibson Girl)

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