Phineas Taylor Barnum

Si hay un personaje victoriano que en su día generó polémica y controversia entre la sociedad victoriana a ambos lados del Atlántico, ese fue Phineas Taylor Barnum.

Para unos era un auténtico showman, para otros un generador de ilusiones, un astuto hombre de negocios para muchos, un simple ladrón y estafador, un maestro del engaño para la mayoría pero es innegable que los espectáculos creados por este mago del show business no dejaron a nadie indiferente en su época, y nunca sabremos si las leyendas, que todavía se cuentan sobre Barnum, tienen algo de real o son pura fantasía.

Su frase, al parecer nunca dicha por él, de “cada segundo nace un tonto”, podría definir muy bien su manera de pensar, de actuar y…de enriquecerse.

Personalmente creo que su figura estaría más cerca de la del pícaro de la literatura del Siglo de Oro que de ninguna otra definición, porque realmente Barnum era un experto en buscarse la vida y ganar dinero con el menor esfuerzo posible y mostraba sólo lo que los demás querían ver, inventaba personajes increíbles, historias fantásticas y shows deslumbrantes que le daban al público victoriano lo que pedía: morbo, fantasía, exotismo, un toque de escándalo y mucho espectáculo. Además fue un maestro indiscutible de uso del marketing como forma de reclamo para atraer a la gente a sus circos.

Nacido en Connectica en 1810, Phineas Taylor Barnum heredó su amor por el negocio artístico de su abuelo, un bromista declarado famoso en su comunidad por llevar sus bromas hasta las últimas consecuencias.

El propio Barnum declararía que la forma de actuar de su abuelo fueron su gran inspiración para fundar y llevar adelante su negocio. Y esa oportunidad para desarrollar ese carácter especulativo se concreto a raíz de la muerte de su padre. Barnum se vio abocado a sacar adelante a su familia y el mundo de la granja, que constituía el negocio familiar no eran de su agrado ya que según sus propias palabras el duro trabajo del granjero chocaba de pleno con su tendencia a la vagancia.

Así que el joven Phineas se dispuso a buscar maneras de ganar dinero fácil y qué mejor que especular con la lotería y embaucar a unos cuantos incautos. Con el dinero ganado montó una tienda con la ayuda de su singular abuelo, pero pronto este negocio se quedaría pequeño para las ambiciones de Barnum.

Poco después de casarse, la familia se mudó a Nueva York en busca de fortuna y después de abrir un ultramarinos, la oportunidad de negocio que había estado buscando apareció ante él con el nombre de Joice Heth.

Joice Heth era una mujer afro-americana que supuestamente tenía 161 años, pero  que además ¡era la abuela de George Washington! Increíblemente la gente pagaba por ver a la señora Heth, así que Barnum decidió que había encontrado lo que había estado buscando toda su vida: una forma de enriquecerse fácil, barata y sin tener que desempeñar un “trabajo”.

A partir de ahí nuestro hábil embaucador buscó la manera de conseguir explotar al máximo la idea del engaño y la ilusión: lo importante era vender un producto del modo más sensacionalista posible, para ello había que encontrar al público adecuado y una ubicación acertada y la encontró en el Scudder’s American Museum de Broadway al que él rebautizó como Barnum Museum.

Pronto el Museo Barnum se convirtió en un lugar de referencia para todo aquel que quisiera ver un espectáculo “diferente”: mujeres barbudas, pulgas y perros domesticados, siameses, albinos, personas increíblemente obesas, ventrílocuos, afro-americanos interpretando danzas de guerra, dioramas, espectáculos de pájaros, criaturas acuáticas e ¡incluso sirenas! Todo aquello que uno pudiera imaginar podía ser visto en el Museo “a 25 centavos la entrada para los adultos y los niños a mitad de precio”.

Claro que nada era real, todo eran trucos visuales, animales disfrazados y personas maquilladas. En el mundo Barnum lo real no era lo importante, sino lo que el público quería ver y escuchar. La inversión inicial del empresario, hipotecando todos sus bienes fue recuperada en apenas un año.

De todas las atracciones ninguna gustaba tanto como la del General Tom Thumbs, un hombrecillo de 64 cm de altura y unos 8 kilos de peso. Con la contratación de Charles Stratton, Barnum ganó millones de dólares. El pequeño general recorrió no sólo Estados Unidos sino Europa deleitando a la sociedad victoriana de medio mundo, reyes y aristócratas incluidos, con sus actuaciones, bailes y canciones.

Sin dejar de lado sus fraudes y engaños, Barnum intentó también convertirse en un empresario serio y lo hizo introduciéndose en el mundo de la música presentando a la sociedad americana al “Ruiseñor Sueco” Jenny Lind, una magnífica cantante que triunfaba en Europa y a la que contrató en exclusiva para América por una cantidad impensable para aquella época.

Pero el dinero fácil se va con la misma facilidad que llega y a pesar de haber ganado cantidades ingentes de dinero, Barnum se arruinó varias veces a causa del fuego. Hasta cinco veces el fuego le trajo la ruina, pero de cada una de ellas se recuperó.

Su última genialidad fue trasladar su museo a un espectáculo viviente e itinerante como era el circo. De nuevo sus ideas de marketing tuvieron mucho que ver con el éxito de su nueva empresa “El espectáculo más grande sobre la Tierra”, como lo denominó este peculiar empresario, se convirtió con ayuda de su socio James A. Bailey, en algo novedoso y extravagante: un circo de tres pistas, con las atracciones más fabulosas y arriesgadas, los animales más exóticos, los personajes más increíbles…

La publicidad de sus carteles, sus desfiles y el transporte del circo en tren – era la primera vez que el circo viajaba en tren, lo que se convirtió por sí mismo en una atracción – atrajeron al público más variopinto de ambos lados del océano.

En 1871 la salud de Phineas Barnum comenzó flaquear, pero su sentido del humor seguía intacto: su última broma consistió en darle permiso al Evening Sun para publicar su esquela, así podría leerla antes de morir. El 7 de Abril de ese mismo año Phineas Barnum falleció, pero no todas aquellas leyendas sobre su persona y negocios que han sobrevivido hasta nuestros días.

Además sus teorías sobre negocios y marketing han continuado vigentes a lo largo de los años. Por ejemplo me viene a la cabeza el ejemplo de R. Hearst cuya máxima “no dejes que la realidad estropee una buena historia” o el “yo construyo noticias” dio lugar a un modo de periodismo sensacionalista y amarillo que sigue presente en muchas publicaciones y en las televisiones de medio mundo en pleno siglo XXI, donde el afán de espectáculo, escándalo y morbo parece estar  por encima de la objectividad y la seriedad. Quizás sea lo que reclama la sociedad, triste…