La Casa Victoriana

Brontes, Gaskell, Dickens y mucho más

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Una tea party victoriana Parte I

“Hay pocos momentos en la vida más agradables que la hora dedicada a la ceremonia conocida como el té de la tarde”

Henry James

La invitación Aunque, los hombres también podían ser invitados, la hora del té era un momento de mujeres. Estos momentos de merienda, aunque con sus protocolos correspondientes, eran relajados y ligeros, muy diferentes a la rígida etiqueta que había que mantener en una cena u otros actos sociales. El protocolo indicaba que la anfitriona enviase una invitación informal a otras damas, que aceptaban de buen grado la propuesta –  rechazarla sería muy desconsiderado por parte de la invitada y era signo de mala educación. Ninguna dama, que se tuviera por ello, rechazaría jamás una invitación para asistir a una reunión de té, a no ser que existiese un motivo lo suficientemente justificado para ello. La etiqueta requería que la invitación fuera enviada en una tarjeta de visita con días de antelación, especificando la hora de la reunión – de 4 a 6 de la tarde – y en la que constara que la invitación era para “drink tea“, ya que la expresión “take tea” era considerada vulgar y propia de personas no refinadas.   tumblr_mpvrxun1kc1r5zf4uo1_1280

El vestuario

El vestuario de la anfitriona variaba dependiendo de su posición social. Los vestidos de seda, lisos y sin estampados eran los más adecuados. Un poco de encaje como adorno no estaba mal visto, igual que algunas joyas discretas.

Las invitadas podían llevar un vestido de cola más o menos larga y con lujosos encajes. Esos vestidos eran conocidos como teagies, por su uso habitual en estas reuniones.

Aunque los guantes eran una parte esencial del atuendo, las reuniones de té era especialmente disfrutadas por las damas, ya que el protocolo no obligaba al uso del corsé, por lo que las mujeres podían no sólo estar mucho más cómodas, sino disfrutar realmente de los pasteles y bizcochos servidos con el té sin sentir la opresión del corsé en su estómago.

mbac3pnvir El servicio

El tea de la tarde era también conocido como low tea si se servía alrededor de las 4 de la tarde. Se servía con acompañamientos ligeros como finas rebanadas de pan, mantequilla y pastel.

Si se servía de las 5 en adelante s denominaba high tea y se acompañaba de comidas más abundantes como carnes, , pan caliente, frutas en conserva, pasteles y otros dulces. El high tea era más popular en el campo que en la ciudad y hacía la función de una merienda-cena informal.

Además de té, no era inusual que se sirviera café. Las bebidas se servían juegos de porcelana, profusamente decorados.

Si la reunión era numerosa, las bebidas y los acompañamientos se preparaban en una mesa grande, al estilo de un buffet, para que las invitadas se sirvieran ellas mismas. El té se tomaba de pie y se formaban pequeños grupos de conversación.

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Si las invitadas eras pocas, este momento se convertía en un rato de conversación ligera y confidencias, donde las damas se sentaban alrededor de una mesa donde se servía el té.

Como curiosidad diremos que no estaba mal visto que cada dama llevara su propia taza de té y sus cucharillas. La vajilla y los cubiertos eran transportados cuidadosamente envueltos en cajas especialmente diseñadas para este menester. 2010_3_9_1_32_52_4246 La mesa En la tea table se colocaban pequeños platos alrededor de los cuales se colocaba un cuchillo, servilleta y un plato con mantequilla. En una mesa auxiliar se servían las tazas de te con sus platillos, el azucarero, el slopbowl (para dejar los posos del té), la leche – o crema- y una tetera de agua caliente, para ir vertiendo sobre el té y que no se enfriara. También había platillos con limones cortados en rodajas muy finas, por si alguna dama prefería el té acompañado de limón. Nunca se cortaría el limón en pedazos, aunque fueran pequeños, ya que ofrecer el limón de este modo se consideraba vulgar.

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Los refrigerios

Uno de los alicientes de las reuniones de té eran los exquisitos acompañamientos ofrecidos por la anfitriona.

Una buena anfitriona destacaba por la calidad de los refrigerios que ofrecía y la clase social y económica de la misma iba en consonancia con la aptitud y destreza culinaria de su cocinera – de todos los miembros del servicio victoriano, la cocinera era la que más libertad tenía; la cocina era su feudo y ni los señores de la casa se atrevían a molestarla demasiado para que no se fuera a otra casa. Una buena cocinera era un pequeño tesoro que había que cuidar.

Además de pan, mantequilla, mermeladas, compotas y conservas, en la mesa no solían faltar bizcochos, sandwiches, fruta fresca, chocolate y consomés. También se ofrecían helados, durante la estación veraniega.

Además, las invitadas podían optar por acompañar estas delicias con ponche o limonada fresca. Muchas veces la anfitriona ofrecía pequeñas bandejas de frutos secos o exquisitos trifles. Curiosamente, y a pesar de poder degustar todas estas delicias, en muchas reuniones, si no había cierta confianza entre las damas – recordemos que una tea party no siempre era una reunión de amigas, sino un evento de carácter social –  se utilizaba el rígido protocolo tomar el té con los guantes puestos. Era tan incómodo comer y servirse con ellos que muchas damas se limitaban a beber sin comer nada en absoluto. Incluso los médicos aconsejaban comer algo durante las reuniones, no sólo para evitar problemas digestivos sino para evitar desvanecimientos durante las mismas.

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Os dejo una deliciosa receta de trifle. He escogido esta no sólo porque, además de las preciosas fotografías, la autora no se limita a dar la receta sino que nos cuenta un poco de la historia de este delicioso postre. Sabores y Momentos . ¡Disfrutadla!   En el próximo post de La Casa Victoriana aparecerá la Parte II.

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La etiqueta victoriana en la calle

Las reglas de etiqueta dirigían el estilo de vida de la sociedad victoriana. Por esta razón tenían protocolos para casi todos los ámbitos de la vida; y los paseos por las ciudades y los parques no iban a ser una excepción.

Saber cómo y cuándo poner en práctica estas reglas era fundamental para ser considerada una dama respetable o un caballero cortés y respetuoso.

Para conocerlas vamos a remitirnos a un pequeño libro del que ya hemos hablado en más de una ocasión The Essential Handbook of Victorian Etiquette, que nos mostrará algunas costumbres de la época curiosas y sorprendentes.

Un simple paseo por la ciudad suponía la oportunidad de aplicar todos los protocolos diseñados para la relación social.

Tanto damas como caballeros, cuando caminaban por una acera, debían hacerlo siempre por la parte derecha de la misma. Si la acera era demasiado estrecha o peligrosa los caballeros tenían que estar atentos para que las damas, a las que acompañaban, no sufrieran daño alguno.

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Si el pavimento era inseguro o si estaba anocheciendo, y la visibilidad no era buena, el caballero ofrecería su brazo a la dama para que ésta pudiera sujetarse y caminar con mayor seguridad.

No se consideraba costumbre, ni tan siquiera adecuado, que una mujer caminara del brazo de un hombre, a no ser que la dama fuera lo que los ingleses denominan “of certain age”, para denominar a una mujer mayor, o bien la pareja fueran matrimonio.

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Curiosamente, si la situación lo requería, un caballero podía llevar dos damas de su brazo, pero nunca una mujer llevar dos caballeros del suyo. En el primer caso la actitud se consideraba galante, en el segundo la reputación de una mujer quedaba en entredicho.

Si una mujer descendía de un carruaje, un hombre debería ayudarla a descender, sin necesidad de que hubiese una presentación previa. Eso sí, cuando el caballero cumpliese su misión, el protocolo exigía que hiciese un pequeño saludo con su sombrero y siguiese su camino, sin intentar entablar ningún tipo de conversación con la dama, ni importunarla de cualquier otro modo.

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Que un hombre fumara mientras paseaba por la calle en compañía de una dama estaba considerado una falta de educación. Es más, si el caballero caminaba solo y fumara, si se encontraba a una dama dejaría de fumar de inmediato, aún con el permiso de ella.

Un caballero nunca debía saludar desde una ventana a una dama que paseara por la calle, aunque si el que fuera por calle fuera él y quien saludara fuera la dama, el caballero podía saludar discretamente.

De todos modos, el protocolo recomendaba ni saludar ni responder al saludo, fuera cual fuera el caso, debido a las miradas indiscretas y a los rumores y cotilleos que esa acción podía provocar en una sociedad victoriana tan dada a provocar un escándalo por cualquier nimiedad.

Una dama tendría que evitar andar presurosamente por la calle, ya que este modo de caminar le resta gracia a sus movimientos. Muchos menos debería correr, ya que no sólo puede ser peligroso sino que muestra falta de dignidad.

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Cuando cruzaba la calle, la dama debería subir ligeramente la falta con su mano derecha, para no tropezar. Levantar el vestido con ambas manos era considerado vulgar y sólo podía excusarse si tuviera que salvar un desnivel, el pavimento estuviese mojado o si hubiera barro.

Caminar por la calle con un vestido que arrastre por la acera es un síntoma de muy mal gusto por parte de la dama que lo usa. Los vestidos para caminar por la ciudad deben ser vestidos cómodos y sencillos.

 Una verdadera dama caminará tranquila, sin fijarse en los demás, ni prestar una atención exagerada a lo que pasa a su alrededor. Tampoco buscará atraer la mirada de otros transeúntes, sobre todo la del sexo opuesto, aunque si deberá responder a las cortesías con un saludo cortés y a los saludos de amigos y familiares con gentil amabilidad.

Mover los brazos mientras se camina, comer por la calle, jugar con la sombrilla balanceándola, abrirse paso a empujones, hablar en voz muy alta, susurrar delante de otras personas o reír a carcajadas eran comportamientos que dejaban en evidencia la educación de cualquier dama.

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 Fotografías Pinterest y rbkclocalstudies.wordpress.com

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Pintoras victorianas ilustres (y casi desconocidas) Gwen John

Gwen John

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“She takes down my hair and does it like her own … she has me sit as she does, and I feel the absorption of her personality as I sit” J. Foster, modelo

La pintora de las “mujeres sentadas”, como se conoce a esta pintora galesa, tuvo que esperar a su arte fuera reconocido casi 50 años después de su fallecimiento, ya que durante su vida fue eclipsada por su hermano Auguste John, importante representante del post-impresionismo en el Reino Unido.

Hija de un abogado de severo carácter  y de una madre, acuarelista aficionada,  cuya enfermedad hizo que dejara el cuidado de sus tres hijas en manos de sus hermanas, su infancia estuvo marcada por la temprana muerte de su madre y la fervorosa religiosidad de sus tías.

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Desde muy joven mostró especial inclinación por el dibujo y apoyada por su hermano Auguste  decidió a ir a la Slade School of Art, la única escuela de arte en Gran Bretaña que permitía que las mujeres asistiesen a sus clases, aunque siempre separadas de los hombres, tanto en las clases como en cualquier otro espacio de la escuela.

Siempre a la sombra de su hermano, el atractivo y talentoso Auguste, Gwen desarrollaba su talento, e incluso su vida lentamente. Su carrera era un reflejo de su carácter retraído y tímido.

Expone sus obras por primera vez en 1900, en el New English Art Club, pero sus circunstancias personales y su falta de medios económicos la obligan a pasar penurias que cambiarían cuando decide viajar a París.

Con sus útiles de pintura como único equipaje, Gwen llega a París donde consigue trabajo como modelo para pintores y escultores. En uno de sus posados conoció al gran amor de su vida, el escultor Auguste Rodin, con el que vivió una apasionada e intermitente historia de amor durante cerca de 10 años.

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La angustiosa relación con el pintor, mucho mayor que ella, y que siempre deseó una relación abierta y no tradicional, la condujeron a una crisis espiritual que la llevó a refugiarse en el catolicismo.

La obra de Gwen John es de algún modo el reflejo de su vida: sus 158 pinturas son principalmente mujeres anónimas en actitud serena, casi siempre sentadas con las manos en su regazo, transmitiendo casi una sensación de tristeza, de cierto misterio, de sentimientos encontrados luchando por salir a través de una mirada desafiante.

También pintó paisajes, interiores  y naturalezas muertas.

Además conservamos sus cuadernos de apuntes, donde aparecen sus impresiones sobre la naturaleza, el color y varios bosquejos, entre ellos muchos de gatos, motivo favorito de la pintora.

Eclipsada en su tiempo por la obra y personalidad de su hermano, fue precisamente éste quien predijo que su obra sería mejor entendida por las generaciones futuras que por sus contemporáneos,el punto de que en el futuro él sería conocido como el hermano de Gwen John.

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Victorianos en la mesa

The Essential Handbook of Victorian Entertaiment es un pequeño libro tan interesante en su contenido como prolíficamente ilustrado por el inimitable Charles Dana Gibson.

Publicado en 2005 por Bluewood Books y adaptado por Autumn Stephens, el libro es una guía de buenas prácticas para organizar con éxito desde un tea party, cenas, veladas de negocios o entretenimiento en el hogar, con la garantía de que ni una sola de las estrictas normas sociales victorianas serán dejadas al azar.

La vestimenta requerida, la posición de los invitados en la mesa, el diseño, tamaño y redacción de las tarjetas de invitación, aceptar o rechazar la invitación, los temas y juegos más adecuados para cada ocasión…todo tiene cabida en este libro, que hace referencia a cada cuestión de un modo fidedigno, pero sin olvidar el tan necesario sentido del humor.

En resumen, este librillo sería la guía que todo anfitrión y anfitriona debían conocer para resolver con éxito cualquier situación social por complicada que fuera.

Algunas de estas normas son del más simple sentido común, aunque otras quizás nos puedan sorprender, ya que lo que es correcto o no, socialmente hablando, ha cambiado mucho a lo largo de los siglos.

En esta entrada vamos a centrarnos en el comportamiento que un victoriano debe tener en la mesa durante una cena con invitados.

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Cómo vestirse

Se aconseja para la anfitriona telas suntuosas y  de calidad, pero de colores tenues. Nunca se debe eclipsar a las invitadas.

La mejor elección para una mujer joven sería un vestido de seda en negro o colores oscuros, con cuello y mangas de fino encaje y joyas sencillas. Una anfitriona de más edad podría usar terciopelo, satén o encajes.

Las invitadas acudirán con trajes menos llamativos que para ir a la ópera o a un baile, pero sin perder la elegancia. En invierno se recomienda terciopelo y seda. En verano se podrán vestir telas ligeras y seda.

Ninguna dama debería vestirse con ropas no acordes con su status social. Sería considerado como el mayor de los errores y una increíble falta de gusto.

Aunque las costumbres se fueron relajando, exponer los brazos y el cuello era considerado como una falta de corrección. Cubrirlos con un ligera muselina era una buena opción.

En la elección del color hay que tener en cuenta que un vestido muy adecuado para la luz del día, quizás no resulte adecuado para su exposición a la luz de gas.

En el caso de los caballeros la elección es sencilla: la ropa, tanto de anfitrión como de invitados, consistía en pantalones, chaleco y chaqueta negros y corbata, camisa y guantes blancos.

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El delicado arte de la conversación

Una conversación de tono amistoso es ideal para cualquier fiesta. Esa conversación debe ser alegre y relajada.

Las reglas de la educación nunca pueden ser contrarias a los principios morales: lo que no puede considerarse educado no puede considerarse moral: nadie tiene derecho a ofender al resto de los comensales con malos modales o falta de educación.

La conversación debe ser general, aunque cada comensal debe sentirse obligado a entretener a su compañero o compañera de mesa.

Es posible que a la cena asistan invitados a los que un asistente a la cena nunca invitarían a su fiesta, pero si coinciden en una cena ofrecida por otros, es obligación de todos comportarse de un modo civilizado y cortés.

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Temas que deben ser evitados

No se debe expresar citas en latín o griego si sospechamos que el resto de los invitados desconocen las lenguas clásicas.

No es correcto hablar de temas médicos ni relacionados con enfermedades. Tampoco con ningún tema que consideremos inapropiado y que pueda de algún modo herir la sensibilidad de los comensales.

No se debe presumir del hecho de tener amistades pudientes, distinguidas o de sangre azul.

El jactarse de los viajes que se han realizado al extranjero, enumerándolos para procurar la envidia de los que no han podido viajar, se considera de un gusto  dudoso.

No es educado hacer comentarios sobre cualquier tema que pueda, directa o indirectamente, conducir a una discusión u ofender a cualquiera de los invitados. Por este motivo la política y la religión deberían ser cuidadosamente evitados.

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La etiqueta en la mesa

Hay que comer lentamente; según el código victoriano este sencillo gesto ayudará a mantener una buena salud y al mismo tiempo a comportarse con educación en la mesa.

Una persona educada trata a los camareros o al servicio con una educación exquisita, respondiendo siempre un “No, I thank you” o “If you, please”. Tratar con displicencia a las personas que sirven la mesa dan una imagen pésima de los invitados o los anfitriones.

Unas ligeras alabanzas a la presentación y sabor de los platos, enorgullecerá a los anfitriones. Se debe huir de las exageraciones o elogios excesivos, esta actitud podría restarle sinceridad al elogio.

Hay que comer y beber con moderación; esto no sólo mejorará la salud sino que evitará el amodorramiento posterior a la comida, provocando una actitud poco deseable para la larga sobremesa y los entretenimientos que los anfitriones tengan preparados.

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Actitudes que se deben evitar

Si se encuentra algo desagradable en plato, como un cabello en el pan o una mosca en el café (ambas son frases que aparecen en la guía) no se deben hacer comentarios. Simplemente se apartan a un lado sin hacerlo notar públicamente. Sería descortés hacer que el resto de los comensales se sintiesen asqueados.

Nunca se debe hacer mención a la palabra “milk”, aunque se sirva leche. La palabra elegante es “cream” y así se debe nombrar.

No se debe dudar que escoger cuando te ofrezcan un plato. También se considera poco cortés no coger la última rebanada de pan o de pastel y dejarla en la bandeja.

No es correcto llevarse comida de la mesa, aunque se cambie de habitación para hacer otra actividad. Del mismo modo nunca hay que abandonar la mesa a menos que sea a causa de una urgencia.

gibson 6Situaciones que deben ser especialmente evitadas por las damas

En el caso concreto de una dama todos los detalles deben ser cuidados al máximo: la imagen, la conversación, la actitud…Como comer la sopa o qué hacer con el hueso de una cereza podrían ser indicativo de la verdadera clase social de una dama. Incluso su elección del vino, o como comer los guisantes harían que la imagen de una mujer se resintiera de tal forma que no fuese invitada a otras cenas.

Si a una dama se le ofrece una copa de vino, se considera extremadamente descortés no aceptarlo. Cuando el vino le sea servido, hará un pequeño brindis con una sutil inclinación de su copa mientras mira a la persona que la ha invitado y lo acercará a sus labios tomando un sorbo apenas perceptible.

No está bien visto que una joven beba más de dos copas de vino durante la cena, aunque las mujeres casadas podían tomar cinco o seis copas sin ser juzgadas negativamente.

Ninguna dama debería utilizar guantes en la mesa.

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Situaciones que deben ser especialmente evitadas por los caballeros

La limpieza de las manos y las uñas es fundamental. Se considera un gran insulto que un hombre acuda con las manos sucias o descuidadas.

Cuando se trae un plato a la mesa, el caballero debe estar atento para no servirse si la dama que está sentada a su lado aún no ha sido servida. En ese caso debe servirla.

Los caballeros deben tener especial cuidado con el vocabulario y las formas en la mesa, y prestar siempre atención a las damas.

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Deberes de los anfitriones

Una buena anfitriona será siempre agradable y atenta, incluso en los momentos más delicados. Tendrá que ser capaz de no pestañear ni hacer un mohín de desagrado cuando algún invitado por accidente rompa la porcelana o las  copas de fino cristal que han pertenecido a su familia durante generaciones, o derrame su café sobre la elegante mantelería.

Por el contrario, llamará al servicio para que solucione el accidente lo antes posible, sin perder la sonrisa ni hacer que el invitado se sienta culpable.

Será la encargada de atender a los invitados y evitar que ninguno de ellos se sienta incómodo. Por ejemplo, si alguno de ellos comiese más lento que el resto de los comensales. La anfitriona también se demoraría en terminar su plato para no provocar que el comensal tuviese que apresurarse, al decatarse de que todos había terminado.

Nunca se enorgullecerá de una cena exitosa ni se disculpará de las posibles deficiencias que haya tenido.

Si la anfitriona es madre evitará que los niños aparezcan en el comedor.

Será la encargada de controlar la duración de la cena: dos horas serán adecuadas, más de tres horas se considerará demasiado larga. La anfitriona será la primera en levantarse para dar por concluida la velada.

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El anfitrión debe contribuir al entretenimiento de los invitados y a mantener la conversación dentro de unos derroteros de amabilidad y la calidez, atendiendo, sin hacer distinciones, a todos y cada uno de los invitados.

Normalmente la carne y las aves ya llegan cortadas y trinchadas a la mesa, pero si se siguiese la costumbre tradicional, sería el anfitrión el encargado de hacerlo, por lo que debería tener una buena técnica para hacerlo.

(Todas las imágenes de esta entrada son obra del inigualable ilustrador norteamericano Charles Dana Gibson, creador de una mujer americana moderna con un característico peinado que fue denominada Gibson Girl)

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Jane Austen en comic

Mi primer acercamiento a la literatura clásica, y más concretamente a la literatura inglesa, no fue a través de los libros propiamente dichos sino por mediación de aquellas maravillas de adaptaciones gráficas publicadas por la Editorial Bruguera con el título de Joyas Literarias Juveniles.

Recuerdo, de niña,  ir al kiosko para ver los nuevos ejemplares que habían llegado y no poder decidir entre Sir Walter Scott, Charles Dickens, Daniel Defoe, Louise May Alcott, y otros muchos cuyas novelas estaban resumidas en un cuaderno ilustrado de no más de 80 páginas.

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Aquellos cuadernillos, muchos de los cuales todavía conservo, me descubrieron un mundo de maravillosas historias en las que tenían cabida todo un mundo de personajes y universos literarios.

Por ello, cuando descubrí  varias novelas de Jane Austen en comic, supuso una agradable sorpresa y al mismo tiempo una cierta expectación por ver cómo se habían adaptado unas novelas conocidas por todos y con múltiples versiones cinematográficas.

La publicación de las adaptaciones gráficas de Jane Austen en lengua inglesa data de un par de años atrás, pero su traducción al castellano y la  llegada a las librerías españolas no se produjo hasta el año pasado.

La editorial que publica los libros en lengua inglesa es Marvel Comics. En la edición inglesa se comercializan los formatos tapa dura y  blanda, pero desconozco si los libros de tapa dura están disponibles en el mercado con la edición en español.

En España, con los textos traducidos al castellano, están comercializados por Panini, con un precio de alrededor de 15 euros cada cuaderno de tapa blanda y un número de páginas de 128 páginas ilustradas.

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Las adaptaciones publicadas en inglés son 4: Pride and Prejudice, Emma, Sense and Sensibility y Northanger Abbey. En español, al menos editadas  en España, sólo me constan 2 ediciones, ambas publicadas por Panini: Orgullo y Prejuicio y Emma.

Si hay algo que destaca en las 4 adaptaciones es el guión, cuidado al máximo y siempre tratando de ser lo más fiel posible a la novela, dentro de las limitaciones que conlleva la guionización de una novela a un comic de 128 páginas.

La responsable de llevar a cabo el difícil tabajo de no decepcionar a la legión de admiradores de la novelista inglesa es Nancy Butler, prolífica escritora estadounidense de novela romántica, cuyos personajes viven apasionadas e intrigantes historias con el siglo XIX como telón de fondo, principalmente la época de la Regencia.

Las ilustraciones corren a cargo de 4 diferentes dibujantes que dotan a cada volumen de un sello propio y que lo hacen diferente de las demás adaptaciones de la escritora. De este modo cada uno de los 4 libros tiene una entidad propia y bien diferenciada.

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Pride and Prejudice

Tiene adaptación al español.

Consta de 5 capítulos diferenciados, cada uno de ellos con su propia portada.

Cada portada se presenta casi como una revista del corazón, con sus chicas de portada y llamativos titulares que avanzan la temática del contenido.

Las magníficas ilustraciones son obra del artista español Hugo Petrus, ilustrador entre otras de Los tres mosqueteros, la adaptación gráfica para Marvel de la obra de Dumas. En un primer momento la interpretación de las hermanas Bennet y su entorno puede chocar por lo diferente que aparecen ante nuestros ojos, con una imagen bastante distanciada de la delicadeza con la que son representadas habitualmente.

Pero, al mismo tiempo, dota a los personajes de un realismo y un toque moderno que es capaz de actualizar la obra y a los personajes, convirtiendo a las Bennet en heroínas contemporáneas y a Darcy en un caballero, que si no fuera por su vestuario, podría vivir en el Londres del siglo XIX.

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Sense and Sensibility

No me consta la adaptación al español.

De nuevo es Nancy Butler la elegida para guionizar la obra de Austen, pero, en esta ocasión el ilustrador elegido es el malasio Sonny Liew, a quien ya conocía por su trabajo en Vertigo Comics, como ilustrador de la genial Wonderland y de My faith in Frankie.

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Presentada, igual que Pride and Prejudice como una serie de 5 cuadernos, cada uno de ellos con una portada individual, tengo que confesar que es mi adaptación favorita. Creo que en ello tienen mucho que ver las ilustraciones de Sonny Liew, que creo que ha sabido captar perfectamente el espíritu de los personajes de Austen y el ambiente que los rodeaba.

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Emma

Hay una versión en castellano de la obra, publicada por Panini para España.

Guionizada por Nancy Butler, para la ilustración de la obra, Marvel apuesta por una ilustradora norteamericana Janet Lee, co-creadora de la aclamada obra Return of the Dapper Men con el escritor Jim McCann, ganadora en el 2011 del prestigioso Eisner Award en la categoría de mejor Álbum Gráfico del año. Además, por esta obra, Lee obtuvo una nominación a la mejor nueva ilustadora.

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Como es habitual fue editada en una serie de 5 cuadernos, posteriormente recogidos en un álbum. La Emma de Janet Lee es una mujer sofisticada y refinada, que me recuerda bastante a la adaptación cinematográfica de Douglas McGrath, cuya protagonista era Gwyneth Paltrow – y, tengo que decir que no es mi adaptación favorita, me gusta infinítamente más la versión de la BBC adaptada por Sandy Welch, con unos fantásticos Romola Garai bordando el papel de Emma y de Johnny Lee Miller en el de Mr Knightley.

Northanger Abbey

No me consta la publicación en español de esta obra.

La guionista vuelva a ser Nancy Butler, y, al igual que en Emma, Janet Lee repite como ilustradora, captando increíblemente bien la atmósfera intrigante y casi gótica con la que Jane Austen dotó a la novela.

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La fantasiosa e imaginativa Catherine Morland, se hace perfectamente reconocible en esta adaptación gráfica.

Una lectura de esta adaptación se convierten casi en un paseo por los momentos y escenarios que todos recordamos de la novela original.

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A pesar de que Northanger Abbey no es de mis novelas preferidas de Jane Austen, esta adaptación es junto con Sense and Sensibility mi preferida, tanto por lo que refiere al guión como por las ilustraciones.

Y…¿para cuando una adaptación gráfica de Persuasion?

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Acuarela obra de C.E. Brock
 

Nota: Mi agradecimiento a Fina, Ángeles y Dani por sus cariñosos ánimos para retomar el proyecto de este blog que por razones personales estuvo parado más de un año.

 

 

 


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Muñecas de madera: Stump y Peg Dolls

Hace unas semanas en una visita a Lisboa descubrí uno de los lugares más curiosos que he conocido el Hospital de Bonecas de Lisboa. Esta tienda/taller fundada en 1830 se encuentra en la Praça da Figueira, en pleno centro de la capital portuguesa y en cada uno de sus rincones guarda pequeños tesoros de nuestra infancia pero también valiosos ejemplares de muñecas antiguas, pequeñas obras de arte que tuve la suerte de admirar en una visita privada guiada por la encantadora Manuela.

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Si quieres saber más del Hospital de Bonecas lisboeta, pincha en el enlace de mi blog Mi Casita de Papel, donde aparecen las fotografías que amablemente me permitieron tomar de sus estancias, talleres y muñecas.

En esta visita por la exposición permanente de muñecas pude contemplar ante mí más de un siglo de la historia de las muñecas quedándome fascinadas con las más antiguas, de composición y material más simple, pero de una belleza histórica sin comparación.

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En estas fechas en las que los medios de comunicación nos bombardea con las muñecas más modernas, quizás sea un buen momento para retroceder en el tiempo y recordar unas muñecas más modestas hechas de madera, con rasgos pintados a mano y vestidos sencillos, compañeras de juegos donde la imaginación tenía un papel predominante: las Poupards, las Stump Dolls y  las Peg Wooden Dolls.

Aunque en las familias siempre se utilizaron piezas de madera para crear juguetes para los más pequeños, las primeras muñecas de madera comercializadas en Alemania e Inglaterra, fueron las Stump Dolls o muñecas-palo. Como podéis ver en la imagen estas muñecas eran bastante toscas, hechas de una pieza y talladas en un único bloque de madera, con pequeños agujeros para ojos, nariz y boca, que se pintaban en colores sólidos. Incluso la ropa era pintada, creando con la combinación de colores encajes y estampados florales sencillos.

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A estas muñecas le siguieron las Poupards, fabricadas originariamente en Alemania. Muy parecidas a las stump, estaban hechas de una sola pieza de madera y aunque no tenían piernas, habitualmente tenían brazos no añadidos sino tallados, aunque curiosamente las figuras con brazos sólo representaban a adultos.

Las antiguas muñecas tradicionales Kokeshi japonesas, tan de moda en sus reinterpretaciones actuales, son realmente stump dolls de una sola pieza o de dos piezas, un cilindro para el cuerpo, sin extremidades,  y, dependiendo del artista, con un trozo de madera tallada en forma de esfera para la cabeza, con los rasgos finamente pintados.

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Pero si hubo unas muñecas realmente apreciadas, cuyo éxito de producción se mantuvo hasta la primera mitad del siglo XX, estas fueron las Peg Wooden Dolls. Su nombre proviene de la similitud de las piezas que formaban las extremidades de la figura y,  que se unían la parte principal del cuerpo,  con unas pinzas de tender la ropa.

Curiosamente las Peg Dolls también eran conocidas como Dutch Dolls, nombre que provenían de una confusión con su palabra de origen y el país desde el que se exportaban a Inglaterra.

Estas bonitas muñecas hechas de madera eran fabricadas en Alemania, de ahí su nombre Deutsch dolls, pero llegaban a el Reino Unido desde los puertos holandeses. La confusión entre deutsch (alemán, en lengua alemana) y dutch (holandés en lengua inglesa) crearon una terminología equivocada para denominarlas.

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Su mecanismo de fabricación era muy simple: una pieza de madera, tallada de manera muy estilizada y con una cintura muy marcada formaba el tronco, desde las piernas hasta el busto. Las extremidades estaban formadas por dos piezas unidas al tronco por una cavidad que se realizaba a la altura de los hombros y de los muslos. Cada una de las extremidades tenían dos partes con capacidad de ser articuladas; en los brazos a la altura del codo y en las piernas en las rodillas.

La cabeza era un pieza que se unía al tronco desde la parte superior del busto, con un cuello largo y delgado, era pequeña, redonda y carecía de orejas.

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La madera se pintaba de pintura lacada color carne. Cuando secaba se pintaban los rasgos de la figura: expresivos ojos, habitualmente de color azul, con los párpados y las cejas oscuros, finos y marcados para resaltar su expresividad; la boca pequeña, con los labios dibujando un corazón y de color rojo intenso. El toque final lo daban unas mejillas sonrosadas a modo de coloretes.

Para simular el cabello se grababan unas incisiones leves en la madera que posteriormente se pintaban de colores oscuros. El estilo de peinado era un recogido, en un moño o con una peineta, normalmente retirado de la cara, o con unos suaves tirabuzones enmarcándola, pero casi siempre dejando una ancha frente al descubierto. Para simular la nariz, se pegaba sobre la incisión previamente hecha un trozo triangular de madera. No tenían orejas.

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Las manos solían tener pulgares, pero no dedos, aunque con el tiempo la técnica se fue perfeccionando añadiendo más detalles.

El torso era amplio, con cintura muy delgada y caderas planas. Las piernas se tallaban como palos largos, con muslos sin formas, pantorrillas redondeadas y tobillos esbeltos y elegantes.

La parte inferior de las piernas se pintaban de blanco o colores claros para simular medias y la planta del pie y sus dedos se pintaban con una línea gruesa de colores vivos a modo de zapatos.

En su espalda, cada muñeca llevaba escrito a mano, en tipografía de estilo germano,  su nombre, origen y fecha de fabricación.

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Aunque de todas las Peg Dolls, la que más éxito tuvo fue una versión modernizada de las muñecas alemanas denominada Tuckcomb Doll. El nombre de esta muñeca provenía de su rasgo más característico: la peineta con la cual sujetaba su pelo en un moño bajo.

Esta peineta era un saliente tallado en la parte superior de la pieza de madera redonda que formaba la cabeza; no era un añadido, sino que formaba parte de la pieza. La peineta se pintaba de colores muy vivos, con predominancia del amarillo dorado para contrastar con la pintura negra que decoraba los cabellos.

La Tuckcomb Doll más famosa fue Angelita, muñeca de fabricación estadounidense hecha por la empresa S. Smith, que con su producción y el posterior éxito de ventas, plantó cara a los fabricantes alemanes, que hasta ese momento tenían la hegemonía en la fabricación y comercialización de este tipo de muñecas. Cada Angelita llevaba cosida a su ropa una etiqueta con su origen y fecha de fabricación.

cat-1066_017Estas muñecas, además del signo distintivo de su broche para el pelo, tenía un peinado con pequeños caracoles sobre su frente, accesorio y peinado muy del gusto de la época. Los pies ya no eran planos sino que presentaban pequeños tacones y la pintura que simulaba los zapatos dejaba de ser negra para combinar con la ropa.

Estas Peg Dolls iban a la moda, con elaborados vestidos, encajes y muselinas, que representaban vestuario urbano, rural o el más lujoso de la alta sociedad con caros apliqués. Además se adornaban con joyas como collares y pendientes, e incluso pequeñas diademas o coronas.

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Además las Peg Dolls se fabricaban en varios tamaños , que podían ir desde los 43 centímetros, las más grandes, hasta las diminutas pegs de tan sólo 1.5 centímetros.

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Pero si en algún lugar las Dutch Dolls serán siempre recordadas y seguirán vivas en la imaginación de todas las generaciones, pasadas y venideras,  será en las ilustraciones de Florence Kate Upton, la cartoonist americana de origen británico.

Basado en un juguete infantil que su tía Kate rescató del ático, Florence dio vida en modo ilustrado al protagonista del libro de cuentos escrito por su madre Bertha Upton, titulado The Adventures of Two Dutch Dolls and a Golliwogg. Publicado en las Navidades de 1895 fue todo un éxito y convirtió a las pegs dolls en protagonistas de esta simpática historia , que os recomiendo conocer estas fiestas.

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Desde La Casa Victoriana, os deseamos unas Navidades llenas de felicidad.

Snowman


4 comentarios

En huelga: the Match Girls

La Casa Victoriana hoy también está en huelga…

Huelga de las Match Girls en 1888, reclamando sus derechos laborales y denunciando las condiciones de casi esclavitud en las que trabajaban estas mujeres en las fábricas de cerillas: jornadas inacabables, sueldos míseros y condiciones insalubres.

La denuncia de Annie Besant de la explotación que sufrían las “cerilleras” y las posteriores represalias de las empresas despidiendo a trabajadoras, condujeron a una de las mayores huelgas y manifestaciones de protesta acaecidas durante la Época Victoriana.

Ilustración: TUC Library Collection

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